Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Agosto de
2007
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Carta del
Papa Juan Pablo II a los Artistas
A los que
con apasionada entrega buscan nuevas «epifanías» de la belleza
para ofrecerlas al mundo a través de la creación artística.
«Dios vio
cuanto había hecho, y todo estaba muy bien»
(Gn 1, 31)
El
artista, imagen de Dios Creador
1. Nadie
mejor que vosotros, artistas, genia les constructores de
belleza, puede intuir algo del pathos con el que Dios, en el
alba de la creación, contempló la obra de sus manos. Un eco de
aquel sentimiento se ha reflejado infinitas veces en la mirada
con que vosotros, al igual que los artistas de todos los
tiempos, atraídos por el asombro del ancestral poder de los
sonidos y de las palabras, de los colores y de las formas,
habéis
admirado
la obra de vuestra inspiración, descubriendo en ella como la
resonancia de aquel misterio de la creación a la que Dios, único
creador de todas las cosas, ha querido en cierto modo asociaros.
Por esto
me ha parecido que no hay palabras más apropiadas que las del
Génesis para comenzar esta Carta dirigida a vosotros, a quienes
me siento unido por experiencias que se remontan muy atrás en el
tiempo y han marcado de modo indeleble mi vida. Con este texto
quiero situarme en el camino del fecundo diálogo de la Iglesia
con los artistas que en dos mil años de historia no se ha
interrumpido nunca, y que se presenta también rico de
perspectivas de futuro en el umbral del tercer milenio.
En
realidad, se trata de un diálogo no solamente motivado por
circunstancias históricas o por razones funcionales, sino basado
en la esencia misma tanto de la experiencia religiosa como de la
creación artística.
La página
inicial de la Biblia nos presenta a Dios casi como el modelo
ejemplar de cada persona que produce una obra: en el hombre
artífice se refleja su imagen de Creador. Esta relación se pone
en evidencia en la lengua polaca, gracias al parecido en el
léxico entre las palabras stwóeca (creador) y twórcam
(artífice).
¿Cuál es
la diferencia entre «creador» y «artífice»? El que crea da el
ser mismo, saca alguna cosa de la nada —ex nihilo sui et
subiecti, se dice en latín— y esto, en sentido estricto, es el
modo de proceder exclusivo del Omnipotente. El artífice, por el
contrario, utiliza algo ya existente, dándole forma y
significado.
Este modo
de actuar es propio del hombre en cuanto imagen de Dios. En
efecto, después de haber dicho que Dios creó el hombre y la
mujer « a imagen suya » (cf. Gn 1, 27), la Biblia añade que les
confió la tarea de dominar la tierra (cf. Gn 1, 28). Fue en el
último día de la creación (cf. Gn 1, 28-31). En los días
precedentes, como marcando el ritmo de la evolución cósmica, el
Señor había creado el universo. Al final
creó al
hombre, el fruto más noble de su proyecto, al cual sometió el
mundo visible como un inmenso campo donde expresar su capacidad
creadora.
Así pues,
Dios ha llamado al hombre a la existencia, transmitiéndole la
tarea de ser artífice. En la « creación artística » el hombre se
revela más que nunca « imagen de Dios » y lleva a cabo esta
tarea ante todo plasmando la estupenda « materia » de la propia
humanidad y, después, ejerciendo un dominio creativo sobre el
universo que le rodea.
El Artista
divino, con admirable condescendencia, trasmite al artista
humano un destello de su sabiduría trascendente, llamándolo a
compartir su potencia creadora. Obviamente, es una participación
que deja intacta la distancia infinita entre el Creador y la
criatura, como señalaba el Cardenal Nicolás de Cusa: «El arte
creador, que el alma tiene la suerte de alojar, no se identifica
con aquel arte por esencia que es Dios, sino que es solamente
una comunicación y una participación del mismo».(1)
Por esto
el artista, cuanto más consciente es de su « don », tanto más se
siente movido a mirar hacia sí mismo y hacia toda la creación
con ojos capaces de contemplar y de agradecer, elevando a Dios
su himno de alabanza. Sólo así puede comprenderse a fondo a sí
mismo, su propia vocación y misión.
La
especial vocación del artista
2. No
todos están llamados a ser artistas en el sentido específico de
la palabra. Sin embargo, según la expresión del Génesis, a cada
hombre se le confía la tarea de ser artífice de la propia vida;
en cierto modo, debe hacer de ella una obra de arte, una obra
maestra.
Es
importante entender la distinción, pero también la conexión,
entre estas dos facetas de la actividad humana. La distinción es
evidente. En efecto, una cosa es la disposición por la cual el
ser humano es autor de sus propios actos y responsable de su
valor moral, y otra la disposición por la cual es artista y sabe
actuar según las exigencias del arte, acogiendo con fidelidad
sus dictámenes específicos. (2) Por eso el artista es capaz de
producir objetos, pero esto, de por sí, nada dice aún de sus
disposiciones morales. En efecto, en este caso, no se trata de
realizarse uno mismo, de formar la propia personalidad, sino
solamente de poner en acto las capacidades operativas, dando
forma estética a las ideas concebidas en la mente.
Pero si la
distinción es fundamental, no lo es menos la conexión entre
estas dos disposiciones, la moral y la artística. Éstas se
condicionan profundamente de modo recíproco. En efecto, al
modelar una obra el artista se expresa a sí mismo hasta el punto
de que su producción es un reflejo singular de su mismo ser, de
lo que él es y de cómo es. Esto se confirma en la historia de la
humanidad, pues el artista, cuando realiza una obra maestra, no
sólo da vida a su obra, sino que por medio de ella, en cierto
modo, descubre también su propia personalidad. En el arte
encuentra una dimensión nueva y un canal extraordinario de
expresión para su crecimiento espiritual. Por medio de las obras
realizadas, el artista habla y se comunica con los otros.
La
historia del arte, por ello, no es sólo historia de las obras,
sino también de los hombres. Las obras de arte hablan de sus
autores, introducen en el conocimiento de su intimidad y revelan
la original contribución que ofrecen a la historia de la
cultura.
La
vocación artística al servicio de la belleza
3. Escribe
un conocido poeta polaco, Cyprian Norwid: « La belleza sirve
para entusiasmar en el trabajo, el trabajo para resurgir ».(3)
El tema de
la belleza es propio de una reflexión sobre el arte. Ya se ha
visto cuando he recordado la mirada complacida de Dios ante la
creación. Al notar que lo que había creado era bueno, Dios vio
también que era bello.(4) La relación entre bueno y bello
suscita sugestivas reflexiones. La belleza es en un cierto
sentido la expresión visible del bien, así como el bien es la
condición metafísica de la belleza.
Lo habían
comprendido acertadamente los griegos que, uniendo los dos
conceptos, acuñaron una palabra que comprende a ambos: «
kalokagathia », es decir « belleza-bondad ». A este respecto
escribe Platón: « La potencia del Bien se ha refugiado en la
naturaleza de lo Bello ».(5)
El modo en
que el hombre establece la propia relación con el ser, con la
verdad y con el bien, es viviendo y trabajando. El artista vive
una relación peculiar con la belleza. En un sentido muy real
puede decirse que la belleza es la vocación a la que el Creador
le llama con el don del « talento artístico ». Y, ciertamente,
también éste es un talento que hay que desarrollar según la
lógica de la parábola evangélica de los talentos (cf. Mt 25,
14-30).
Entramos
aquí en un punto esencial. Quien percibe en sí mismo esta
especie de destello divino que es la vocación artística —de
poeta, escritor, pintor, escultor, arquitecto, músico, actor,
etc.— advierte al mismo tiempo la obligación de no malgastar ese
talento, sino de desarrollarlo para ponerlo al servicio del
prójimo y de toda la humanidad.
El artista
y el bien común
4. La
sociedad, en efecto, tiene necesidad de artistas, del mismo modo
que tiene necesidad de científicos, técnicos, trabajadores,
profesionales, así como de testigos de la fe, maestros, padres y
madres, que garanticen el crecimiento de la persona y el
desarrollo de la comunidad por medio de ese arte eminente que es
el « arte de educar ». En el amplio panorama cultural de cada
nación, los artistas tienen su propio lugar. Precisamente porque
obedecen a su inspiración en la realización de obras
verdaderamente válidas y bellas, non sólo enriquecen el
patrimonio cultural de cada nación y de toda la humanidad, sino
que prestan un servicio social cualificado en beneficio del bien
común.
La
diferente vocación de cada artista, a la vez que determina el
ámbito de su servicio, indica las tareas que debe asumir, el
duro trabajo al que debe someterse y la responsabilidad que debe
afrontar. Un artista consciente de todo ello sabe también que ha
de trabajar sin dejarse llevar por la búsqueda de la gloria
banal o la avidez de una fácil popularidad, y menos aún por la
ambición de posibles ganancias personales.
Existe,
pues, una ética, o más bien una « espiritualidad » del servicio
artístico que de un modo propio contribuye a la vida y al
renacimiento de un pueblo. Precisamente a esto parece querer
aludir Cyprian Norwid cuando afirma: « La belleza sirve para
entusiasmar en el trabajo, el trabajo para resurgir ».
El arte
ante el misterio del Verbo encarnado
5. La ley
del Antiguo Testamento presenta una prohibición explícita de
representar a Dios invisible e inexpresable con la ayuda de una
« imagen esculpida o de metal fundido » (Dt 27, 25), porque Dios
transciende toda representación material: « Yo soy el que soy »
(Ex 3, 14). Sin embargo, en el misterio de la Encarnación el
Hijo de Dios en persona se ha hecho visible: « Al llegar la
plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer »
(Ga 4, 4). Dios se hizo hombre en Jesucristo, el cual ha pasado
a ser así « el punto de referencia para comprender el enigma de
la existencia humana, del mundo creado y de Dios mismo ».(6)
Esta
manifestación fundamental del « Dios-Misterio » aparece como
animación y desafío para los cristianos, incluso en el plano de
la creación artística. De ello se deriva un desarrollo de la
belleza que ha encontrado su savia precisamente en el misterio
de la Encarnación. En efecto, el Hijo de Dios, al hacerse
hombre, ha introducido en la historia de la humanidad toda la
riqueza evangélica de la verdad y del bien, y con ella ha
manifestado también una nueva dimensión de la belleza, de la
cual el mensaje evangélico está repleto.
La Sagrada
Escritura se ha convertido así en una especie de « inmenso
vocabulario » (P. Claudel) y de « Atlas iconográfico » (M.
Chagall) del que se han nutrido la cultura y el arte cristianos.
El mismo Antiguo Testamento, interpretado a la luz del Nuevo, ha
dado lugar a inagotables filones de inspiración. A partir de las
narraciones de la creación, del pecado, del diluvio, del ciclo
de los Patriarcas, de los acontecimientos del éxodo, hasta
tantos otros episodios y personajes de la historia de la
salvación, el texto bíblico ha inspirado la imaginación de
pintores, poetas, músicos, autores de teatro y de cine.
Una figura
como la de Job, por citar sólo un ejemplo, con su desgarradora y
siempre actual problemática del dolor, continúa suscitando el
interés filosófico, literario y artístico. Y ¿qué decir del
Nuevo Testamento? Desde la Navidad al Gólgota, desde la
Transfiguración a la Resurrección, desde los milagros a las
enseñanzas de Cristo, llegando hasta los acontecimientos
narrados en los Hechos de los Apóstoles o los descritos por el
Apocalipsis en clave escatológica, la palabra bíblica se ha
hecho innumerables veces imagen, música o poesía, evocando con
el lenguaje del arte el misterio del « Verbo hecho carne ».
Todo ello
constituye un vasto capítulo de fe y belleza en la historia de
la cultura, del que se han beneficiado especialmente los
creyentes en su experiencia de oración y de vida.
Para
muchos de ellos, en épocas de escasa alfabetización, las
expresiones figurativas de la Biblia representaron incluso una
concreta mediación catequética.(7) Pero para todos, creyentes o
no, las obras inspiradas en la Escritura son un reflejo del
misterio insondable que rodea y está presente en el mundo.
Alianza
fecunda entre Evangelio y arte
6. La
auténtica intuición artística va más allá de lo que perciben los
sentidos y, penetrando la realidad, intenta interpretar su
misterio escondido. Dicha intuición brota de lo más íntimo del
alma humana, allí donde la aspiración a dar sentido a la propia
vida se ve acompañada por la percepción fugaz de la belleza y de
la unidad misteriosa de las cosas. Todos los artistas tienen en
común la experiencia de la distancia insondable que existe entre
la obra de sus manos, por lograda que sea, y la perfección
fulgurante de la belleza percibida en el fervor del momento
creativo: lo que logran expresar en lo que pintan, esculpen o
crean es sólo un tenue reflejo del esplendor que durante unos
instantes ha brillado ante los ojos de su espíritu.
El
creyente no se maravilla de esto: sabe que por un momento se ha
asomado al abismo de luz que tiene su fuente originaria en Dios.
¿Acaso debe sorprenderse de que el espíritu quede como abrumado
hasta el punto de no poder expresarse sino con balbuceos? El
verdadero artista está dispuesto a reconocer su limitación y
hacer suyas las palabras del apóstol Pablo, según el cual « Dios
no habita en santuarios fabricados por manos humanas », de modo
que « no debemos pensar que la divinidad sea algo semejante al
oro, la plata o la piedra, modelados por el arte y el ingenio
humano » (Hch 17, 24.29). Si ya la realidad íntima de las cosas
está siempre « más allá » de las capacidades de penetración
humana, ¡cuánto más Dios en la profundidad de su insondable
misterio!
El
conocimiento de la fe es de otra naturaleza. Supone un encuentro
personal con Dios en Jesucristo. Este conocimiento, sin embargo,
puede también enriquecerse a través de la intuición artística.
Un modelo elocuente de contemplación estética que se sublima en
la fe son, por ejemplo, las obras del Beato Angélico.
A este
respecto, es muy significativa la lauda extática que San
Francisco de Asís repite dos veces en la chartula compuesta
después de haber recibido en el monte Verna los estigmas de
Cristo: « ¡Tú eres belleza... Tú eres belleza! ».(8) San
Buenaventura comenta: « Contemplaba en las cosas bellas al
Bellísimo y, siguiendo las huellas impresas en las criaturas,
seguía a todas partes al Amado".(9)
Una
sensibilidad semejante se encuentra en la espiritualidad
oriental, donde Cristo es calificado como « el Bellísimo, de
belleza superior a todos los mortales ».(10) Macario el Grande
comenta del siguiente modo la belleza transfigurante y
liberadora del Resucitado: «El alma que ha sido plenamente
iluminada por la belleza indecible de la gloria luminosa del
rostro de Cristo, está llena del Espíritu Santo... es toda ojo,
toda luz, todo rostro».(11)
Toda forma
auténtica de arte es, a su modo, una vía de acceso a la realidad
más profunda del hombre y del mundo. Por ello, constituye un
acercamiento muy válido al horizonte de la fe, donde la
vicisitud humana encuentra su interpretación completa. Este es
el motivo por el que la plenitud evangélica de la verdad suscitó
desde el principio el interés de los artistas, particularmente
sensibles a todas las manifestaciones de la íntima belleza de la
realidad.
Los
principios
7. El arte
que el cristianismo encontró en sus comienzos era el fruto
maduro del mundo clásico, manifestaba sus cánones estéticos y,
al mismo tiempo, transmitía sus valores. La fe imponía a los
cristianos, tanto en el campo de la vida y del pensamiento como
en el del arte, un discernimiento que no permitía una recepción
automática de este patrimonio. Así, el arte de inspiración
cristiana comenzó de forma silenciosa, estrechamente vinculado a
la necesidad de los creyentes de buscar signos con los que
expresar, basándose en la Escritura, los misterios de la fe y de
disponer al mismo tiempo de un « código simbólico », gracias al
cual poder reconocerse e identificarse, especialmente en los
tiempos difíciles de persecución. ¿Quién no recuerda aquellos
símbolos que fueron también los primeros inicios de un arte
pictórico o plástico? El pez,
los panes
o el pastor evocaban el misterio, llegando a ser, casi
insensiblemente, los esbozos de un nuevo arte.
Cuando,
con el edicto de Constantino, se permitió a los cristianos
expresarse con plena libertad, el arte se convirtió en un cauce
privilegiado de manifestación de la fe. Comenzaron a aparecer
majestuosas basílicas, en las que se asumían los cánones
arquitectónicos del antiguo paganismo, plegándolos a su vez a
las exigencias del nuevo culto. ¿Cómo no recordar, al menos, las
antiguas Basílicas de San Pedro y de San Juan de Letrán,
construidas por cuenta del mismo Constantino, o ese esplendor
del arte bizantino, la Haghia Sophia de Constantinopla, querida
por Justiniano?
Mientras
la arquitectura diseñaba el espacio sagrado, la necesidad de
contemplar el misterio y de proponerlo de forma inmediata a los
sencillos suscitó progresivamente las primeras manifestaciones
de la pintura y la escultura. Surgían al mismo tiempo los
rudimentos de un arte de la palabra y del sonido.
Y,
mientras Agustín incluía entre los numerosos temas de su
producción un De musica, Hilario, Ambrosio, Prudencio, Efrén el
Sirio, Gregorio Nacianceo y Paulino de Nola, por citar sólo
algunos nombres, se hacían promotores de una poesía cristiana,
que con frecuencia alcanzaba un alto valor no sólo teológico,
sino también literario. Su programa poético valoraba las formas
heredadas de los clásicos, pero se inspiraba en la savia pura
del Evangelio, como sentenciaba con acierto el santo poeta de
Nola: «Nuestro único arte es la fe y Cristo nuestro canto" (12)
Por su parte, Gregorio Magno, con la compilación del
Antiphonarium, ponía poco después las bases para el desarrollo
orgánico de una música sagrada tan original que de él ha tomado
su nombre.
Con sus
inspiradas modulaciones el Canto gregoriano se convertirá con
los siglos en la expresión melódica característica de la fe de
la Iglesia en la celebración litúrgica de los sagrados
misterios. Lo « bello » se conjugaba así con lo «verdadero»,
para que también a través de las vías del arte los ánimos fueran
llevados
de lo sensible a lo eterno.
En este
itinerario no faltaron momentos difíciles. Precisamente la
antigüedad conoció una áspera controversia sobre la
representación del misterio cristiano, que ha pasado a la
historia con el nombre de « lucha iconoclasta ». Las imágenes
sagradas, muy difundidas en la devoción del pueblo de Dios,
fueron objeto de una violenta contestación.
El
Concilio celebrado en Nicea el año 787, que estableció la
licitud de
las
imágenes y de su culto, fue un acontecimiento histórico no sólo
para la fe, sino también para la cultura misma. El argumento
decisivo que invocaron los Obispos para dirimir la discusión fue
el misterio de la Encarnación: si el Hijo de Dios ha entrado en
el mundo de las realidades visibles, tendiendo un puente con su
humanidad entre lo visible y lo invisible, de forma análoga se
puede pensar que una representación del misterio puede ser
usada, en la lógica del signo, como evocación sensible del
misterio. El icono no se venera por sí mismo, sino que lleva al
sujeto representado.(13)
La Edad
Media
8. Los
siglos posteriores fueron testigos de un gran desarrollo del
arte cristiano. En Oriente continuó floreciendo el arte de los
iconos, vinculado a significativos cánones teológicos y
estéticos y apoyado en la convicción de que, en cierto sentido,
el icono es un sacramento. En efecto, de forma análoga a lo que
sucede en los sacramentos, hace presente el misterio de la
Encarnación en uno u otro de sus aspectos. Precisamente por esto
la belleza del icono puede ser admirada sobre todo dentro de un
templo con lámparas que arden, produciendo infinitos reflejos de
luz en la penumbra. Escribe al respecto Pavel Florenskij: « El
oro, bárbaro, pesado y fútil a la luz difusa del día, se reaviva
a la luz temblorosa de una lámpara o de una vela, pues
resplandece en miríadas de centellas, haciendo presentir otras
luces no terrestres que llenan el espacio celeste».(14)
En
Occidente los puntos de vista de los que parten los artistas son
muy diversos, dependiendo en parte de las convicciones de fondo
propias del ambiente cultural de su tiempo. El patrimonio
artístico que se ha ido formando a lo largo de los siglos cuenta
con innumerables obras sagradas de gran inspiración, que
provocan una profunda admiración aún en el observador de hoy. Se
aprecia, en primer lugar, en las grandes construcciones para el
culto, donde la funcionalidad se conjuga siempre con la
fantasía, la cual se deja
inspirar
por el sentido de la belleza y por la intuición del misterio. De
aquí nacen los estilos tan conocidos en la historia del arte.
La fuerza
y la sencillez del románico, expresada en las catedrales o en
los monasterios, se va desarrollando gradualmente en la esbeltez
y el esplendor del gótico. En estas formas, no se aprecia
únicamente el genio de un artista, sino el alma de un pueblo. En
el juego de luces y sombras, en las formas a veces robustas y a
veces estilizadas, intervienen consideraciones de técnica
estructural, pero también las tensiones características de la
experiencia de Dios, misterio « tremendo » y « fascinante ».
¿Cómo
sintetizar en pocas palabras, y para las diversas expresiones
del arte, el poder creativo de los largos siglos del medievo
cristiano? Una entera cultura, aunque siempre con las
limitaciones propias de todo lo humano, se impregnó del
Evangelio y, cuando el pensamiento teológico producía la Summa
de Santo Tomás, el arte de las iglesias doblegaba la materia a
la adoración del misterio, a la vez que un gran poeta como Dante
Alighieri podía componer « el poema sacro, en el que han dejado
su huella el cielo y la tierra »,(15) como él mismo llamaba la
Divina Comedia.
Humanismo
y Renacimiento
9. El
fértil ambiente cultural en el que surge el extraordinario
florecimiento artístico del Humanismo y del Renacimiento, tiene
repercusiones significativas también en el modo en que los
artistas de este período abordan el tema religioso.
Naturalmente, al menos en aquéllos más importantes, las
inspiraciones son tan variadas como sus estilos. No es mi
intención, sin embargo, recordar cosas que vosotros, artistas,
sabéis de sobra.
Al
escribiros desde este Palacio Apostólico, que es también como un
tesoro de obras maestras acaso único en el mundo, quisiera más
bien hacerme voz de los grandes artistas que prodigaron aquí las
riquezas de su ingenio, impregnado con frecuencia de gran
hondura espiritual. Desde aquí habla Miguel Ángel, que en la
Capilla Sixtina, desde la Creación al Juicio Universal, ha
recogido en cierto modo el drama y el misterio del mundo, dando
rostro a Dios Padre, a Cristo juez y al hombre en su fatigoso
camino desde los orígenes hasta el final de la historia. Desde
aquí habla el genio delicado y profundo de Rafael, mostrando en
la variedad de sus pinturas, y especialmente en la « Disputa »
del Apartamento de la Signatura, el misterio de la revelación
del Dios Trinitario, que en la Eucaristía se hace compañía del
hombre y proyecta luz sobre las preguntas y las expectativas de
la inteligencia humana.
Desde
aquí, desde la majestuosa Basílica dedicada al Príncipe de los
Apóstoles, desde la columnata que arranca de sus puertas como
dos brazos abiertos para acoger a la humanidad, siguen hablando
aún Bramante, Bernini, Borromini o Maderno, por citar sólo los
más grandes, ofreciendo plásticamente el sentido del misterio
que hace de la Iglesia una comunidad universal, hospitalaria,
madre y compañera de viaje de cada hombre en la búsqueda de
Dios.
El arte
sagrado ha encontrado en este extraordinario complejo una
expresión de excepcional fuerza, alcanzando niveles de
imperecedero valor estético y religioso a la vez. Sea bajo el
impulso del Humanismo y del Renacimiento, sea por influjo de las
sucesivas tendencias de la cultura y de la ciencia, su
característica más destacada es el creciente interés por el
hombre, el mundo y la realidad de la historia.
Este
interés, por sí mismo, en modo alguno supone un peligro para la
fe cristiana, centrada en el misterio de la Encarnación y, por
consiguiente, en la valoración del hombre por parte de Dios. Lo
demuestran precisamente los grandes artistas apenas mencionados.
Baste pensar en el modo en que Miguel Ángel expresa, en sus
pinturas y esculturas, la belleza del cuerpo humano.(16)
Por lo
demás, en el nuevo ambiente de los últimos siglos, donde parece
que parte de la sociedad se ha hecho indiferente a la fe,
tampoco el arte religioso ha interrumpido su camino. La
constatación se amplía si, de las artes figurativas, pasamos a
considerar el gran desarrollo que también en este período de
tiempo ha tenido la música sagrada, compuesta para las
celebraciones litúrgicas o vinculada al menos a temas
religiosos. Además de tantos artistas que se han dedicado
preferentemente a ella —¿cómo no recordar a Pier Luigi da
Palestrina, a Orlando di Lasso y Tomás Luis de Victoria—, es
bien sabido que muchos grandes compositores —desde Händel a
Bach, desde Mozart a Schubert, desde Beethoven a Berlioz, desde
Liszt a Verdi— nos han dejado asimismo obras de gran inspiración
en este campo.
Hacia un
diálogo renovado
10. Es
cierto, sin embargo, que en la edad moderna, junto a este
humanismo cristiano que ha seguido produciendo significativas
obras de cultura y arte, se ha ido también afirmando
progresivamente una forma de humanismo caracterizado por la
ausencia de Dios y con frecuencia por la oposición a Él. Este
clima ha llevado a veces a una cierta separación entre el mundo
del arte y el de la fe, al menos en el sentido de un menor
interés en muchos artistas por los temas religiosos.
Vosotros
sabéis que, a pesar de ello, la Iglesia ha seguido alimentando
un gran aprecio por el valor del arte como tal. En efecto, el
arte, incluso más allá de sus expresiones más típicamente
religiosas, cuando es auténtico, tiene una íntima afinidad con
el mundo de la fe, de modo que, hasta en las condiciones de
mayor desapego de la cultura respecto a la Iglesia, precisamente
el arte continúa siendo una especie de puente tendido hacia la
experiencia religiosa.
En cuanto
búsqueda de la belleza, fruto de una imaginación que va más allá
de lo cotidiano, es por su naturaleza una especie de llamada al
Misterio. Incluso cuando escudriña las profundidades más oscuras
del alma o los aspectos más desconcertantes del mal, el artista
se hace de algún modo voz de la expectativa universal de
redención.
Se
comprende así el especial interés de la Iglesia por el diálogo
con el arte y su deseo de que en nuestro tiempo se realice una
nueva alianza con los artistas, como auspiciaba mi venerado
predecesor Pablo VI en su vibrante discurso dirigido a los
artistas durante el singular encuentro en la Capilla Sixtina el
7 de mayo de 1964.(17) La Iglesia espera que de esta
colaboración surja una renovada « epifanía » de belleza para
nuestro tiempo, así como respuestas adecuadas a las exigencias
propias de la comunidad cristiana.
En el
espíritu del Concilio Vaticano II
11. El
Concilio Vaticano II ha puesto las bases de una renovada
relación entre la Iglesia y la cultura, que tiene inmediatas
repercusiones también en el mundo del arte. Es una relación que
se presenta bajo el signo de la amistad, de la apertura y del
diálogo. En la Constitución pastoral Gaudium et Spes, los Padres
conciliares subrayaron la « gran importancia » de la literatura
y las artes en la vida del hombre: « También la literatura y el
arte tienen gran importancia para la vida de la Iglesia, ya que
pretenden estudiar la índole propia del hombre, sus problemas y
su experiencia en el esfuerzo por conocerse mejor y
perfeccionarse a sí mismo y al mundo; se afanan por descubrir su
situación en la historia y en el universo, por iluminar las
miserias y los gozos, las necesidades y las capacidades de los
hombres, y por diseñar un mejor destino para el hombre ».(18)
Sobre esta
base, al concluir el Concilio, los Padres dirigieron un saludo y
una llamada a los artistas: « Este mundo en que vivimos —decían—
tiene necesidad de la belleza para no caer en la desesperanza.
La belleza, como la verdad, pone alegría en el corazón de los
hombres; es el fruto precioso que resiste a la usura del tiempo,
que une a las generaciones y las hace comunicarse en la
admiración ».(19) Precisamente en este espíritu de estima
profunda por la belleza, la Constitución Sacrosanctum Concilium
sobre la Sagrada Liturgia había recordado la histórica amistad
de la Iglesia con el arte y, hablando más específicamente del
arte sacro, « cumbre » del arte religioso, no dudó en considerar
« noble ministerio » a la actividad de los artistas cuando sus
obras son capaces de reflejar de algún modo la infinita belleza
de Dios y de dirigir el pensamiento de los hombres hacia Él.(20)
También por su aportación « se manifiesta mejor el conocimiento
de Dios » y « la predicación evangélica se hace más transparente
a la inteligencia humana ».(21) A la luz de esto, no debe
sorprender la afirmación del P. Marie Dominique Chenu, según la
cual el historiador de la teología haría un trabajo incompleto
si no reservara la debida atención a las realizaciones
artísticas, tanto literarias como plásticas, que a su manera no
son « solamente ilustraciones estéticas, sino verdaderos
“lugares” teológicos ».(22)
La Iglesia
tiene necesidad del arte
12. Para
transmitir el mensaje que Cristo le ha confiado, la Iglesia
tiene necesidad del arte. En efecto, debe hacer perceptible, más
aún, fascinante en lo posible, el mundo del espíritu, de lo
invisible, de Dios. Debe por tanto acuñar en fórmulas
significativas lo que en sí mismo es inefable. Ahora bien, el
arte posee esa capacidad peculiar de reflejar uno u otro aspecto
del mensaje, traduciéndolo en colores, formas o sonidos que
ayudan a la intuición de quien contempla o escucha. Todo esto,
sin privar al mensaje mismo de su valor trascendente y de su
halo de misterio.
La Iglesia
necesita, en particular, de aquellos que sepan realizar todo
esto en el ámbito literario y figurativo, sirviéndose de las
infinitas posibilidades de las imágenes y de sus connotaciones
simbólicas. Cristo mismo ha utilizado abundantemente las
imágenes en su predicación, en plena coherencia con la decisión
de ser Él mismo, en la Encarnación, icono del Dios invisible.
La Iglesia
necesita también de los músicos. ¡Cuántas piezas sacras han
compuesto a lo largo de los siglos personas profundamente
imbuidas del sentido del misterio! Innumerables creyentes han
alimentado su fe con las melodías surgidas del corazón de otros
creyentes, que han pasado a formar parte de la liturgia o que,al
menos, son de gran ayuda para el decoro de su celebración. En el
canto, la fe se experimenta como
exuberancia de alegría, de amor, de confiada espera en la
intervención salvífica de Dios.
La Iglesia
tiene necesidad de arquitectos, porque requiere lugares para
reunir al pueblo cristiano y celebrar los misterios de la
salvación. Tras las terribles destrucciones de la última guerra
mundial y la expansión de las metrópolis, muchos arquitectos de
la nueva generación se han fraguado teniendo en cuenta las
exigencias del culto cristiano, confirmando así la capacidad de
inspiración que el tema religioso posee, incluso por lo que se
refiere a los criterios arquitectónicos de nuestro tiempo. En
efecto, no pocas veces se han construido templos que son, a la
vez, lugares de oración y auténticas obras de arte.
El arte,
¿tiene necesidad de la Iglesia?
13. La
Iglesia, pues, tiene necesidad del arte. Pero, ?se puede decir
también que el arte necesita a la Iglesia? La pregunta puede
parecer provocadora. En realidad, si se entiende de manera
apropiada, tiene una motivación legítima y profunda. El artista
busca siempre el sentido recóndito de las cosas y su ansia es
conseguir expresar el mundo de lo inefable. ¿Cómo ignorar, pues,
la gran inspiración que le puede venir de esa especie de patria
del alma que es la religión? ¿No es acaso en el ámbito religioso
donde se plantean las más importantes preguntas personales y se
buscan las respuestas existenciales definitivas?
De hecho,
los temas religiosos son de los más tratados por los artistas de
todas las épocas. La Iglesia ha recurrido a su capacidad
creativa para interpretar el mensaje evangélico y su aplicación
concreta en la vida de la comunidad cristiana. Esta colaboración
ha dado lugar a un mutuo enriquecimiento espiritual.
En
definitiva, ha salido beneficiada la comprensión del hombre, de
su imagen auténtica, de su verdad. Se ha puesto de relieve
también una peculiar relación entre el arte y la revelación
cristiana. Esto no quiere decir que el genio humano no haya sido
incentivado también por otros contextos religiosos. Baste
recordar el arte antiguo, especialmente griego y romano, o el
todavía floreciente de las antiquísimas civilizaciones del
Oriente. Sin embargo, sigue siendo verdad que el cristianismo,
en virtud del dogma central de la Encarnación del Verbo de Dios,
ofrece al artista un horizonte particularmente rico de motivos
de inspiración. ¡Cómo se empobrecería el arte si se abandonara
el filón inagotable del Evangelio!
Llamada a
los artistas
14. Con
esta Carta me dirijo a vosotros, artistas del mundo entero, para
confirmaros mi estima y para contribuir a reanudar una más
provechosa cooperación entre el arte y la Iglesia. La mía es una
invitación a redescubrir la profundidad de la dimensión
espiritual y religiosa que ha caracterizado el arte en todos los
tiempos, en sus más nobles formas expresivas. En este sentido os
dirijo una llamada a vosotros, artistas de la palabra escrita y
oral, del teatro y de la música, de las artes plásticas y de las
más modernas tecnologías de la comunicación. Hago una llamada
especial a los artistas cristianos. Quiero recordar a cada uno
de vosotros que la alianza establecida desde siempre entre el
Evangelio y el arte, más allá de las exigencias funcionales,
implica la invitación a adentrarse con intuición creativa en el
misterio del Dios encarnado y, al mismo tiempo, en el misterio
del hombre.
Todo ser
humano es, en cierto sentido, un desconocido para sí mismo.
Jesucristo no solamente revela a Dios, sino que «manifiesta
plenamente el hombre al propio hombre» (23) En Cristo, Dios ha
reconciliado consigo al mundo. Todos los creyentes están
llamados a dar testimonio de ello; pero os toca a vosotros,
hombres y mujeres que habéis dedicado vuestra vida al arte,
decir con la riqueza de vuestra genialidad que en Cristo el
mundo ha sido redimido: redimido el hombre, redimido el cuerpo
humano, redimida la creación entera, de la cual san Pablo ha
escrito que espera ansiosa « la revelación de los hijos de Dios
» (Rm 8, 19).
Espera la
revelación de los hijos de Dios también mediante el arte y en el
arte. Ésta es vuestra misión. En contacto con las obras de arte,
la humanidad de todos los tiempos —también la de hoy— espera ser
iluminada sobre el propio rumbo y el propio destino.
Espíritu
creador e inspiración artística
15. En la
Iglesia resuena con frecuencia la invocación al Espíritu Santo:
Veni, Creator Spiritus... – « Ven, Espíritu creador, visita las
almas de tus fieles y llena de la divina gracia los corazones
que Tú mismo creaste».(24)
El
Espíritu Santo, « el soplo » (ruah), es Aquél al que se refiere
el libro del Génesis: « La tierra era caos y confusión y
oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba
por encima de las aguas » (1, 2). Hay una gran afinidad entre
las palabras « soplo - espiración » e « inspiración ». El
Espíritu es el misterioso artista del universo. En la
perspectiva del tercer milenio, quisiera que todos los artistas
reciban abundantemente el don de las inspiraciones creativas, de
las que surge toda auténtica obra de arte.
Queridos
artistas, sabéis muy bien que hay muchos estímulos, interiores y
exteriores, que pueden inspirar vuestro talento. No obstante, en
toda inspiración auténtica hay una cierta vibración de aquel «
soplo » con el que el Espíritu creador impregnaba desde el
principio la obra de la creación. Presidiendo sobre las
misteriosas leyes que gobiernan el universo, el soplo divino del
Espíritu creador se encuentra con el genio del hombre,
impulsando su capacidad creativa. Lo alcanza con una especie de
iluminación interior, que une al mismo tiempo la tendencia al
bien y a lo bello, despertando en él las energías de la mente y
del corazón, y haciéndolo así apto para concebir la idea y darle
forma en la obra de arte. Se habla justamente entonces, si bien
de manera análoga, de «momentos de gracia », porque el ser
humano es capaz de tener una cierta experiencia del Absoluto que
le transciende.
La «
Belleza » que salva
16. Ya en
los umbrales del tercer milenio, deseo a todos vosotros,
queridos artistas, que os lleguen con particular intensidad
estas inspiraciones creativas. Que la belleza que transmitáis a
las generaciones del mañana provoque asombro en ellas. Ante la
sacralidad de la vida y del ser humano, ante las maravillas del
universo, la única actitud apropiada es el asombro.
De esto,
desde el asombro, podrá surgir aquel entusiasmo del que habla
Norwid en el poema al que me refería al comienzo. Los hombres de
hoy y de mañana tienen necesidad de este entusiasmo para
afrontar y superar los desafíos cruciales que se avistan en el
horizonte. Gracias a él la humanidad, después de cada momento de
extravío, podrá ponerse en pie y reanudar su camino.
Precisamente en este sentido se ha dicho, con profunda
intuición, que « la belleza salvará al mundo ».(25)
La belleza
es clave del misterio y llamada a lo trascendente. Es una
invitación a gustar la vida y a soñar el futuro. Por eso la
belleza de las cosas creadas no puede saciar del todo y suscita
esa arcana nostalgia de Dios que un enamorado de la belleza como
san Agustín ha sabido interpretar de manera inigualable: «¡Tarde
te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! ».(26)
Os deseo,
artistas del mundo, que vuestros múltiples caminos conduzcan a
todos hacia aquel océano infinito de belleza, en el que el
asombro se convierte en admiración, embriaguez, gozo indecible.
Que el
misterio de Cristo resucitado, con cuya contemplación exulta en
estos días la Iglesia, os inspire y oriente.
Que os
acompañe la Santísima Virgen, la «tota pulchra» que innumerables
artistas han plasmado y que el gran Dante contempla en el fulgor
del Paraíso como «belleza, que alegraba los ojos de todos los
otros santos».(27)
«Surge del
caos el mundo del espíritu». Las palabras que Adam Michiewicz
escribía en un momento de gran prueba para la patria polaca,(28)
me sugieren un auspicio para vosotros: que vuestro arte
contribuya a la consolidación de una auténtica belleza que, casi
como un destello del Espíritu de Dios, transfigure la materia,
abriendo las almas al sentido de lo eterno.
Con mis
mejores deseos.
Vaticano,
4 de abril de 1999
Pascua de
Resurrección.
Joannes
Paulus P.P. I
Notas al
Pie
(1)
Dialogus de ludo globi, Lib. II: Philosophisch-Theologische
Schriften, Viena 1967, III, p. 332.
(2) Las
virtudes morales, y entre ellas en particular la prudencia,
permiten al sujeto obrar en armonía con el
criterio
del bien y del mal moral, según la recta ratio agibilium (el
justo criterio de la conducta). El arte, al
contrario,
es definido por la filosofía como recta ratio factibilium (el
justo criterio de las realizaciones).
(3)
Promtehidion: Bogumil vv. 185-186: Pisma wybrane, Varsovia 1968,
vol. 2, p. 216.
(4) La
versión griega de los Setenta expresó adecuadamente este
aspecto, traduciendo el término t(o-)b
(bueno)
del texto hebreo con kalón (bello).
(5)
Filebo, 65 A.
(6) Carta
enc. Fides et ratio (14 septiembre 1998), 80: AAS 91 (1999), 67.
(7) San
Gregorio Magno formuló magistralmente este principio pedagógico
en una carta del 599 al Obispo
de
Marsella, Sereno: « La pintura se usa en las iglesias para que
los analfabetos, al menos mirando a las
paredes,
puedan leer lo que no son capaces de descifrar en los códices »,
Epistulae, IX, 209: CCL 140 A,
1714.
(8)
Alabanzas al Dios altísimo, vv. 7 y 10: Fonti Francescane, n.
261, Padua 1982, p. 177.
(9)
Legenda maior, IX, 1: Fonti Francescane, n. 1162, l. c., p. 911.
(10)
Enkomia del Orthós del Santo y Gran Sábado.
(11)
Homilía, I, 2: PG 34, 451.
(12) « At
nobis ars una fides et musica Christus »: Carmen 20, 31: CCL
203, 144.
(13) Cf.
Carta ap. Duodecimum saeculum, al cumplirse el XII centenario
del II Concilio de Nicea (4
diciembre
1987), 8-9: AAS 80 (1988), 247-249.
(14) La
prospettiva rovesciata ed altri scritti, Roma 1984, p. 63.
(15)
Paraíso XXV, 1-2.
(16) Cf.
Homilía durante la Santa Misa al término de los trabajos de
restauración de los frescos de Miguel
Ángel (8
abril 1994): L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua
española, 15 abril 1994, 12.
(17) Cf.
AAS 56 (1964), 438-444.
(18) N.
62.
(19)
Mensaje a los artistas (8 diciembre 1965): AAS 54 (1966), 13.
(20) Cf.
n. 122.
(21)
Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo
actual, 62.
(22) La
teologia nel XII secolo, Jaca Book, Milán 1992, p. 9.
(23) CONC.
ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en
el mundo actual, 22.
(24) Himno
de Vísperas de Pentecostés.
(25) F.
DOSTOIEVSKI, El Idiota, p. III, cap. V.
(26) «
Sero te amavi! Pulchritudo tam antiqua et tam nova, sero te
amavi! »: Confesiones, 10, 27, 38: CCL
27, 251.
(27)
Paraíso, XXXI, 134-135.
(28) Oda
do mlodosci, v. 69: Wybór poezji, Breslau 1986, vol. I, p. 63.
rescos de
Miguel Ángel (8 abril 1994): L'Osservatore Romano, ed. semanal
en lengua española, 15 abril
1994, 12.
(17) Cf.
AAS 56 (1964), 438-444.
(18) N.
62.
(19)
Mensaje a los artistas (8 diciembre 1965): AAS 54 (1966), 13.
(20) Cf.
n. 122.
(21)
Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo
actual, 62.
(22) La
teologia nel XII secolo, Jaca Book, Milán 1992, p. 9.
(23) CONC.
ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en
el mundo actual, 22.
(24) Himno
de Vísperas de Pentecostés.
(25) F.
DOSTOIEVSKI, El Idiota, p. III, cap. V.
(26) «
Sero te amavi! Pulchritudo tam antiqua et tam nova, sero te
amavi! »: Confesiones, 10, 27, 38: CCL
27, 251.
(27)
Paraíso, XXXI, 134-135.
(28) Oda
do mlodosci, v. 69: Wybór poezji, Breslau 1986, vol. I, p. 63.
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