Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, junio de
2007
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La
ética cristiana: camino de la vida personal y social
Eduardo Regal Villa
Coordinador General del Movimiento de Vida
Cristiana
La ética está en directa relación con el quehacer
del ser humano al definir normas, expresar criterios de juicio o
proporcionar motivos para la acción de la persona humana
1
. Cabe preguntarse, pues, ¿cuál es el fundamento que da
valor ético al obrar humano? O también, ¿qué debe hacer el ser
humano, y cómo, para alcanzar la plenitud a la que aspira? Éstas
son preguntas que van muy de la mano con las grandes y profundas
interrogantes que resuenan en el interior de toda persona que se
cuestiona por su propia existencia: ¿quién soy?, ¿de dónde
vengo?, ¿hacia dónde voy? y ¿qué debo hacer?
Quiero aprovechar esta última interrogante,
¿qué
debo hacer?,
para situarnos en la perspectiva de la ética cristiana en
nuestro tiempo como camino de vida personal y social. Los
Evangelios nos relatan un diálogo entre Jesús y un joven en
torno a esta misma pregunta: «En esto se le acercó uno y le
dijo: “Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida
eterna?”»
2
.
Quisiera destacar dos características del
interlocutor de Jesús. La primera: su juventud. El joven vive
una etapa de grandes cuestionamientos interiores, de
expectativas hacia el futuro que se abre frente a sí, de ideales
y también de faltas de certeza. La pregunta de este joven surge
sincera y naturalmente de una persona que reconoce el destino
final de su camino de felicidad en la vida eterna y que es
consciente de que debe obrar bien para poder alcanzarla.
La segunda característica: su riqueza material.
Será desvelada sólo al final del diálogo cuando, al no creerse
capaz de obrar según las condiciones que le plantea Jesús, «se
marchó entristecido, porque tenía muchos bienes»
3
. Este joven, además de ser rico —o tal vez por su
riqueza—, era considerado entre los “principales” o jefes, entre
aquellos que tenían autoridad
4
. Más adelante, a lo largo de esta reflexión,
retomaremos estos temas del
tener
bienes materiales y del
poder
en relación a la felicidad y el bien obrar. Sin embargo, deseo
llamar la atención sobre algunos elementos que podrían pasar
inadvertidos en este interesante pasaje en relación al quehacer
humano: En Cristo es posible saber
qué
se debe hacer
o cómo
obrar
rectamente
para ser feliz. Sin embargo, es también posible no obrar según
aquello que se descubre como el camino correcto, y esto lleva a
la infelicidad.
Jesucristo revela la identidad del ser humano
La pregunta por el
recto
obrar
tiene como telón de fondo la interrogante por la misma identidad
de la naturaleza humana, su origen y su destino. Una sencilla
frase lo sintetiza: para saber qué hacer, debo antes saber quién
soy. Para profundizar un poco en esta naturaleza humana acudiré
nuevamente al pasaje citado del Evangelio según San Mateo. Esta
vez quisiera que pongamos nuestra mirada en el Señor Jesús, a
quien este joven de inquietante cuestionamiento dirige su
pregunta. El Señor, que conoce la identidad de esta persona, le
dice qué hacer.
El gran acontecimiento de la
Anunciación-Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección de
Jesucristo abre las puertas a dimensiones humanamente
insospechadas para la comprensión de la auténtica naturaleza
humana y su vida a lo largo de su peregrinar en el mundo.
A la luz de la plenitud de la Revelación
descubrimos un primer elemento fundamental de la experiencia
vital del ser humano en el dinamismo que lo impulsa a permanecer
siendo lo que es. Se trata de un
dinamismo de permanencia.
Dinamismo, porque es una energía activa y propulsora
5
que tiene la idea de actividad, al mismo tiempo que una
capacidad de actualización propia. «Es —señala Luis Fernando
Figari— un impulso que lleva al ser del hombre a querer
permanecer siendo. Tal experiencia, hecha conciencia, no es un
elemento aislado, es la constatación de un fundamento que remite
hacia,
que reclama el enraizamiento fundante en aquello a lo que ese
dinamismo de permanencia
responde, en aquello en que se funda»
6
.
Es el impulso que remite a la persona hacia el
encuentro del fundamento más profundo de su propia realidad,
pues, al tiempo que se descubre siendo y permaneciendo en esa
condición, advierte que se encuentra remitida más allá de sí
misma. Toma conciencia de que es una persona abierta hacia una
dimensión que trasciende su propia existencia y se reconoce como
«ser hecho para la comunión o abierto a la comunión, y —quizá
aún con mayor claridad— como
ser
teologal.
Y es que el determinante más propio del ser humano está en su
dimensión teologal, en su ontológica apertura a la realidad que
llamamos Dios»
7
.
Desde la reconciliación traída por el Señor Jesús
somos capaces de comprender la naturaleza humana como creada por
Dios. Él, que es Ser y Comunión interpersonal de Amor, crea al
ser humano por amor. Pero, además de darle ser, lo invita a
seguir siendo y a participar de su comunión divina desplegándose
según el amor. Le señala, también, el camino de la comunión con
los demás seres humanos y la armoniosa relación con la creación
toda.
Ahora bien, el obrar humano tiene su fundamento
en un segundo dinamismo fundamental: el
dinamismo de despliegue
8
. El ser humano no limita
su existencia a seguir siendo. El dinamismo de despliegue
impulsa a la persona a realizarse en la vida temporal con
acciones que lo conduzcan a un mayor encuentro de comunión con
Aquel que es la plenitud, con Dios, a realizarse como ser humano
concreto que es, a relacionarse con los otros humanos y a
aplicarse a la transformación de la realidad. Por este mismo
dinamismo
la persona realiza acciones encaminadas al despliegue personal,
al encuentro de comunión con los demás seres humanos y a usar de
la creación según la intención del Creador.
Los dos dinamismos fundamentales en el ser humano
que acabamos de describir, además de mostrar sus raíces
ontológicas, constituyen también una clave de lectura sobre su
obrar que permitirá aproximarnos a una
ética
cristiana.
El quehacer y obrar del ser humano, para que sea bueno, o recto,
debe estar en sintonía con la dirección hacia la que apuntan
estos dos dinamismos enraizados en su estructura natural. De esa
forma el quehacer y el obrar contribuirán a una cada vez mayor
humanización de la persona.
El Señor Jesús, paradigma de humanidad, en su
despliegue como ser humano a lo largo de su peregrinar entre
nosotros, con su vida, sus obras y sus palabras, nos señala el
camino de la ética personal y social. Es Él mismo quien se nos
presenta como «el Camino, la Verdad y la Vida»
9
. Él es el único capaz de responder a los grandes
cuestionamientos que hemos venido señalando
10
. «Sólo en Él —decía el
siervo de Dios Juan Pablo II— están las respuestas a los
interrogantes más profundos y angustiosos de todo hombre y de la
historia misma»
11
.
Entre las muchas lecciones de la vida del Señor
Jesús que podríamos señalar como camino para nuestra vida
personal y social quisiera señalar dos que en alguna forma nos
sitúan en un recto obrar según los propios dinamismos de
permanencia y de despliegue.
Jesucristo se revela como el Hijo de Dios y como
Dios mismo. Como el que Es en el Amor del Padre en el Espíritu y
permanecerá Siendo. Desde esa
permanencia
en el Amor, vemos al Señor Jesús
desplegándose
a lo largo de su peregrinar en la tierra, obrando según el
divino Plan: «Yo amo al Padre y obro como Él me ha ordenado»
12
.
Reconocemos en Jesús el elemento central del tema
que venimos tocando. La clave del recto obrar humano es
permanecer en el Amor de Dios y desplegarse según el Plan
trazado por Él para cada ser humano y para la humanidad toda
desde la eternidad. Para alcanzar ese fin el camino es la
configuración con Cristo, de manera que podamos pensar con
Cristo
13
, vivir la vida de Cristo,
haciendo de ese modo que su vida sea la propia vida
14
. Así, las obras del
cristiano no sólo serán buenas para sí mismo sino para el bien
de los demás, como Él mismo nos señaló: «Brille así vuestra luz
delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y
glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos»
15
.
Distorsiones en el peregrinar
Sin embargo, nuestro mundo parece tener un rumbo
muy diferente al del Plan divino de amor. Ya desde el inicio de
la creación el ser humano se negó a obedecerlo. «Habiendo
conocido a Dios —dice San Pablo—, no lo glorificaron como a Dios
ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en sus
razonamientos y su insensato corazón se entenebreció: jactándose
de sabios se volvieron estúpidos, y cambiaron la gloria del Dios
incorruptible por una representación en forma de hombre
corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles»
16
.
Al introducirse el pecado en la humanidad las
tinieblas oscurecieron la inteligencia humana y su capacidad de
acercarse a la plenitud de la verdad y obrar según ésta. En el
largo peregrinar humano surgieron ideas o corrientes de
pensamiento idolátricas. Algunas de ellas podrían parecer hoy
novedosas, pero no lo son tanto en realidad y han llevado a la
relativización de los valores y de la verdad, así como a una
vida sin normas, sin libertad, sin Dios.
En efecto, en nuestra cultura algunos opinan que
todo es relativo. En especial, no habría verdad o, si la
hubiera, no se podría llegar a conocer bajo ningún aspecto.
Otros, por ejemplo, afirman que el fin justifica los medios. Es
decir, con tal de llegar a un determinado fin, cualquier medio
se puede emplear, independientemente de la otra persona, de la
verdad o de las normas morales. Así, el bien y la verdad
desaparecen frente a lo útil o lo eficaz.
La presencia de una mentalidad tecnologizada, que
—como afirmaba Germán Doig—, es una
forma
mentis
de nuestras culturas
17
, parece tener alcance
universal. Doig reseña cómo la
poiesis
griega, es decir, la consideración del obrar humano para obtener
bienes útiles, prima sobre la
praxis,
sobre el respeto a la libertad humana encaminada a la propia
perfección como persona. Esto responde a la pérdida de
fundamento y a un nihilismo cada vez más extendido, una de cuyas
manifestaciones es el trágico agnosticismo funcional que parece
inundarlo todo. De este modo, por la primacía de la
poiesis,
las decisiones del gobierno, de una familia, la opción
vocacional o la determinación sobre la vida de una persona
dependen no tanto de ella misma, sino de la utilidad real y
subjetiva que tal o cual acto proporcione.
También somos testigos hoy en día del resurgir de
las tendencias que consideran al hombre como enemigo del propio
hombre. Éstas podrían resumirse en las conocidas frases de
Hobbes sobre el hombre como el lobo del hombre, o de Sartre
sobre que los demás son el infierno. Otros señalando que el ser
humano es bueno en sí mismo, mas no en sociedad, conducen a
profesar la inexistencia de una comunión social. De ese modo se
considera que toda la vida de comunión de las personas humanas
es una suerte de ficción, y que el encuentro de unos con otros
debe estar regulado por contratos, que serían la pieza clave de
unión.
Este modo de comprender la realidad va sumado a
la idea de la inexistencia de una ley natural inscrita en el
interior del ser humano. Así, las leyes serían sólo fruto de la
cultura sin necesidad de otro fundamento que un consenso, como
por ejemplo se sigue de la teoría de la ironía liberal del
norteamericano Richard Rorty. Consecuencia de esto sería que
cuando la cultura o el consenso varían, todas las leyes podrían
cambiar sin mayor problema. Esto, que en algunos niveles muy
concretos de la legislación podría tener algún sentido, no puede
volverse norma en temas tan importantes como el derecho a la
vida, a la familia, a la salud o a la educación. Algunos han
perdido la conciencia de que no se puede prescindir de una
primacía natural de la verdad previa a todo tipo de legislación.
Esta verdad se debe buscar y encontrar. No se trata de
inventarla por un consenso de momento o por imposición de los
mecanismos de poder.
La frase de Protágoras de Abdera, en el siglo V
a.C., «el hombre es la medida de todas las cosas, de cuanto son
en cuanto son y de las que no son en cuanto no son» tiene hoy en
día también una impresionante y trágica vigencia. Hoy que se
quiere convertir lo trascendente en banal, lo divino en
individual, cabe preguntarse: ¿y cuál es la medida del ser
humano?... ¿la sola medida del individuo? Cuando ese
egocentrismo es la respuesta, se entienden las tendencias de
interés narcisista, que buscan sólo el propio beneficio. Cuánta
razón tendría el personaje de Dostoievski al decir: «Si Dios no
existe, todo es lícito». En este contexto, en último término la
exclusión de Dios o de un orden natural lleva a que los
auténticos derechos de la persona sean ignorados aunque se hable
muchas veces de derechos que jamás pueden ser tales y que en las
legislaciones son una muestra de abominación jurídica. Un
ejemplo de esto se da cuando se habla del “derecho al aborto”,
¡como si existiese un derecho a dar muerte a un ser inocente e
indefenso!
La lista de criterios anti-éticos que han primado
a lo largo de la historia ciertamente podría ser larga. El
Cardenal Ratzinger resumía algunos de estos problemas en el
siglo XX en su homilía durante la Misa
Pro
eligendo Romano Pontifice
al decir: «¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante
estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes de pensamiento!...
La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido
zarandeada a menudo por estas olas, llevadas de un extremo al
otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del
colectivismo al individualismo radical; de ateísmo a un vago
misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc.»
18
.
Hoy la humanidad enfrenta graves desafíos. Somos
testigos de una verdadera
dimisión de lo humano,
por la cual la vida es valorada por su
utilidad
o su
productividad
y, como consecuencia, puede ser fácilmente descartada. Así, la
más terrible de las violencias encuentra una cierta permisividad
en el mundo. El ser humano puede llegar a sentirse en el
“derecho” de matar a quienes menos pueden defenderse, a los
niños no nacidos, como acabamos de mencionar.
Las cifras de los niños y niñas asesinados por
sus madres son imposibles de calcular. Bien sabemos, y no es el
caso abundar en el tema en esta ocasión, que grandes organismos
y corporaciones internacionales, intereses económicos y Estados
tergiversan la información, crean desconcierto, confunden los
términos e inventan racionalizaciones jurídicas para que esta
corriente de muerte siga avanzando conforme a sus intereses. Es
paradójico que en los tiempos en que más se ha hablado de los
derechos humanos, en el siglo XX, de la manera más racional y
cruel se ha organizado la mayor exterminación habida de las
personas: la de los que han sido engendrados y no han nacido.
Esto que ha sido llamado
humanicidio
es una de las más graves consecuencias de una ética sin el
verdadero fundamento en la verdad.
Esta misma aproximación ideológica lleva a
considerar a los enfermos, discapacitados, ancianos o a quienes
no pueden valerse por sí mismos, como inútiles, y de esa forma,
también, desechables. La falta de una ética que tiene como
principio y fundamento la verdadera naturaleza humana lleva a
que la eutanasia sea considerada “legal” y hasta oportuna en
algunos lugares, que existan corrientes o “ideologías
eutanásicas” impulsando decididamente esta forma de asesinato a
través de eufemismos como “suicidio asistido”, “muerte por
misericordia” o “derecho a morir”
19
. No podemos dejar de ver
en todo esto ciertos ecos de horrorosas visiones totalitaristas
como el nazismo o el estalinismo que acogieron y pusieron por
obra estos principios.
Por otra parte, la eugenesia y la manipulación
genética sin ningún fundamento más que el valor de lo útil —y al
estar en manos del poder de turno— llegarán a los extremos más
aberrantes y se podrán constituir en una de las mayores amenazas
para la humanidad. La magnitud final de los riesgos de esto es
incierta todavía. Sí se puede colegir, sin embargo, que a nada
bueno conducen el desconocimiento de los derechos personales del
embrión, la comercialización con seres humanos en los momentos
incipientes de su existencia, la selección arbitrarla de
personas por un racismo a nivel embrional o los métodos
utilizados para la extracción de células estaminales, incluso
sin importar que esté altamente discutida la argumentación que
venimos escuchando, como hace pocos días hemos visto en el
cuestionamiento hecho por el Dr. Peter Hollands, connotado
especialista en el tema.
El poco valor de la vida humana trae como
consecuencia también el fomento de la incesante violencia en
nuestro tiempo. Ejemplos abundan: la guerra, incluso
supuestamente justificada; la discriminación racista; la miseria
moral; la explotación e incluso la esclavitud; injusticias de
todo tipo; la marginación; los ataques incesantes contra la
familia y el matrimonio, el único según el orden natural; sólo
por mencionar algunos. La violencia se dirige también hoy a la
Iglesia. Quiero mencionar que me sobrecoge, además de la
violencia misma, el desconocimiento que tenemos los católicos de
los millones de hermanos y hermanas en la fe que han sido
asesinados por pertenecer a la Iglesia Católica en el siglo XX y
en los años que llevamos del siglo XXI.
Hay «un oscurecimiento de la verdad ontológica de
la persona humana»
20
y de la ontología en todo
su sentido. Los desplazamientos de paradigmas de lo ontológico y
verdadero son nuevas manifestaciones del antiguo problema del
nominalismo. Pero ¿es que acaso el lenguaje crea la realidad?
¿No hay más realidad que el lenguaje? ¿Debemos aceptar el triste
final de la conocida obra de Umberto Eco: «tan solo el nombre de
la rosa, nada más tenemos»? Más bien hay que afirmar que existe
una realidad que el lenguaje identifica y comunica.
En este contexto el
poder,
el
tener
y el
placer
pasan a regir la vida y el quehacer en el mundo actual.
Recientemente hemos sido testigos de cómo un
poder
político, escindido de la ética, es capaz de imponer su dominio
sobre los aspectos de la vida cotidiana con legislaciones
antihumanas así como invadir el espacio privado y religioso. Las
noticias han hablado de los más de 25 millones de chinos varones
que se quedarían sin mujer porque el Estado ha “normado” la
política del “hijo único” por pareja. La explicación es el
criterio del valor del ser humano por su utilidad: las parejas
“desechan” a sus hijas para quedarse sólo con los hijos, pues
son más “productivos” en aquella sociedad.
Romano Guardini había advertido estos posibles
abusos del ejercicio del poder cuando afirmó que «el poder
significa, en consecuencia, tanto la posibilidad de realizar
obras buenas y positivas, como el peligro de producir efectos
malos y destructores. Este peligro crece al aumentar el poder;
este es el hecho que, en parte de un modo súbito y aterrador, se
ha introducido en la conciencia de nosotros, los hombres de hoy.
De aquí puede surgir también el peligro de que sobre el poder
disponga una voluntad dotada de una orientación moral falsa, o
que acaso no obedezca ya a ninguna obligación moral (…) Esta
forma del peligro que el poder representa se vuelve
especialmente amenazadora cuando, como hoy ocurre, se va
haciendo cada vez más débil el sentimiento que inspiran la
persona, su dignidad y su responsabilidad, los valores
personales de la libertad, del honor, del carácter originario de
su obrar y existir»
21
.
La pobreza, en muchos casos la miseria extrema, y
la injusta repartición de la riqueza laceran el rostro de
nuestros pueblos. Es sorprendente, dicho sea de paso, la
capacidad de engaño que puede tener la teoría neomaltusiana,
ayudada por el neoliberalismo, de hacer creer que para eliminar
la pobreza se debería disminuir el número de personas. El apego
desordenado del
tener
—como el de aquel joven del Evangelio—, además de producir
pobrezas morales, espirituales, psicológicas y a un afán
desmedido de lucro en quienes lo padecen, ocasionan situaciones
de injusticia que claman al cielo.
El tercer ídolo, el poseer
placer
22
, ha llevado a un
predominio del gusto que legitimaría toda una ética y lleva a
una primacía de lo erótico, a la tergiversación de la
sexualidad, al hedonismo, al gusto y cuidado exagerado del
cuerpo, al excesivo confort, a la instrumentalización y grave
violencia contra la mujer.
Estos problemas, asociados al consumismo y al
secularismo, las ideologías, el agnosticismo funcional son
expresiones, y a su vez, fermento de una cultura de muerte.
La ética
cristiana: camino de vida personal y social
Vemos en este breve diagnóstico de algunos
problemas en nuestros días por dónde apuntan las verdaderas
claves de solución. Éstas deben ir a la raíz del problema y no a
refugiarse en sucedáneos que, al fin y al cabo, nada resuelven.
Hemos de ser conscientes de que las instituciones, las grandes
corporaciones o la política y los gobiernos están conformados
por personas. En la medida en que en estas personas no cambien
su interior y sigan viviendo en ruptura con Dios, consigo
mismas, con los demás, y con la creación los frutos de su acción
serán manifestación de estas rupturas y producirán aún más.
Una ética cristiana que afronte vital y
eficazmente los diversos problemas que hemos presentado debe ser
una ética de la reconciliación, cuya clave o piedra angular se
encuentre en el Señor Jesús. Él, modelo de toda perfección,
«predicó a todos y cada uno de sus discípulos, cualquiera que
fuese su condición, la santidad de vida, de la que es iniciador
y consumador; “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre
celestial es perfecto” (Mt
5,48)»
23
.
Por eso, la primera responsabilidad, personal y
social, de todo cristiano es la santidad. Ésta no es simplemente
una opción. Es el camino señalado por voluntad expresa de
Jesucristo y ha de ser la meta a la que cada persona debe
tender. Más aún, podemos afirmar que el cambio de la sociedad
pasa necesariamente por el cambio o transformación personal.
Éste es el proceso que hará posible que nuestro pensar, nuestro
sentir, nuestro actuar y nuestro vivir realmente produzcan,
además de frutos de santidad personal, una transformación real
de la sociedad.
Lo contrario, es decir, no optar por la santidad
es más bien preferir el crecimiento del mal y sus diversas
expresiones. «Al entender, bajo la iluminación de la fe, los
profundos dinamismos que subyacen a la opresión, a la miseria, a
la violencia, se comprende bien que no hay mayor injusticia en
este mundo que la de un bautizado que no pone todos los medios a
su alcance para ser santo. ¡No hay mayor injusticia que la de no
optar por la santidad!»
24
.
Este llamado a la santidad implica una serie de
exigencias impostergables. Se trata de vivir una auténtica
praxis
cristiana que nos permita vivir humanamente. Es un esfuerzo por
cooperar con la gracia y dejar que el Espíritu de reconciliación
transforme las relaciones humanas en más justas y transforme el
mundo material según el designio de Dios. Pasaré a enumerar
ahora algunas exigencias que esto implica en nuestra vida
personal y social.
El
ejercicio de la libertad
El ejercicio de la libertad debe seguir el
paradigma del Señor Jesús: «conoceréis la verdad y la verdad os
hará libres»
25
. No hay libertad sin
verdad; la verdad nos conduce a la auténtica libertad. Es muy
importante recuperar el sentido de la verdad y es necesario
vivir en la verdad. Sin la verdad que viene de Dios, quedamos
sometidos a la mentira o a la ilusión, nuestra vida se llena de
tinieblas. La historia de la humanidad es testigo de esto, así
como también lo es nuestra historia personal. La auténtica
libertad, fundada en la gracia, es capaz de perfeccionarnos como
seres humanos y elimina en nosotros todo resquicio de sujeción a
vicios, malos hábitos, pecado y rupturas que nos impiden obrar
acordes con nuestra auténtica naturaleza.
La Verdad viene de Dios, de quien procede también
la norma ética última. Ésta está inscrita en toda la creación, y
por lo tanto también en nuestro interior, en lo que se denomina
“ley natural”, y ha tenido una revelación que nos enseña con
toda claridad cómo debemos obrar y hacia dónde se debe encaminar
la libertad humana. Una cultura que desconoce la existencia de
una verdad trascendente o superior a nuestra condición humana
está condenada, como podemos ver en la experiencia, a que primen
intereses de grupo o de una nación sobre otras. La ley queda
relegada al interés del grupo dominante —también éste es uno de
los peligros de la globalización—, y no hay verdadera libertad
ni justicia social.
Cuando el ser humano quiere ser buscador de las
normas éticas —y no su inventor— podemos afirmar que la persona
eleva su condición y que se humaniza. Y es que la libertad no es
un valor absoluto, sino relativo al sujeto. Esto significa que
en ella hay una posibilidad y, al mismo tiempo, un límite. «Es
la libertad de una criatura, o sea, una libertad donada, que se
ha de acoger como un germen y hacer madurar con responsabilidad»
26
. No es responsable, pues,
dejarse llevar por la fatuidad del propio gusto o voluntad para
inventar una norma ética que responde más bien al capricho
personal. Eso no constituye un ejercicio de la libertad sino un
desconocimiento de la naturaleza de la libertad humana y una
reducción a categorías semejantes a las del arbitrario
movimiento de desplazamiento como el que pueden realizar los
animales en un prado.
El
mandamiento del amor
La experiencia del cristiano debe estar iluminada
por la ley suprema instituida por Jesucristo: «Os doy un
mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como
yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los
otros»
27
. El ejemplo de qué es el
amor nos lo da el mismo Señor Jesús, no sólo cuando afirma que
no hay mayor amor que el de entregar la vida por los amigos
28
, sino cuando Él mismo
entrega totalmente su vida por todo el género humano y por cada
persona en particular. La existencia del cristiano debe seguir
ese paradigma. Frente a una sociedad individualista, centrada en
el propio beneficio, el mensaje de la vida entregada por amor a
los demás resulta a veces incómodo, pero diría que es no sólo
necesario, sino que la misma vivencia del ideal del amor es la
única capaz de colmar las expectativas más profundas en el ser
humano. Siguiendo esta lógica, por otro lado, se ve claramente
la valía del “ser” sobre el “tener”
29
.
Es importante señalar que este ejercicio del amor
se debe hacer en la Iglesia. Como ha dicho el Santo Padre
Benedicto XVI: «Toda la actividad de la Iglesia es una expresión
de un amor que busca el bien integral del ser humano: busca su
evangelización mediante la Palabra y los Sacramentos, empresa a
veces heroica en su realización histórica; y busca su promoción
en los diversos ámbitos de la actividad humana. Por tanto, el
amor es el servicio que presta la Iglesia para atender
constantemente los sufrimientos y las necesidades, incluso
materiales, de los hombres»
30
.
Reconciliación con los demás
La ética comprendida de esta manera tiene una
implicancia social inmediata. Ante todo, es importante entender
que comprenderla en clave de reconciliación trae consigo la
llamada a vivir en reconciliación con las demás personas. Según
nuestra naturaleza, creada a imagen y semejanza de Dios, se
descubre que somos personas llamadas a la vivencia de la
comunión. La ética personal se traduce en ética social y la
ética social está al servicio de la persona humana.
Tenemos un Padre común y todos hemos sido
redimidos por Jesucristo; y es ahí donde está la naturaleza de
nuestra vinculación social. A diferencia de quienes afirman la
necesidad de un contrato social, la ética cristiana entiende que
Dios nos invita a formar una familia, en la que todos somos
hermanos, pues «todos han sido creados a imagen y semejanza de
Dios —señala la
Gaudium
et spes—,
quien hizo de uno todo el linaje humano para poblar toda la haz
de la tierra (Hech
17,26), y todos son llamados a un solo e idéntico fin, esto es,
Dios mismo»
31
. De este modo, se entiende
el amor no sólo como amor a Dios, sino también como amor a los
demás, en quienes vemos reflejada la huella de Dios.
Por esta misma razón, además, los seres humanos
estamos llamados a la unidad en Jesucristo, por nuestra
semejanza con la Vida Divina. Es más, «esta semejanza demuestra
que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado
por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en
la entrega sincera de sí mismo a los demás»
32
.
Una de las principales manifestaciones del amor
es la donación y el compromiso efectivo con el otro. No debe
agotarse en meras “declaraciones de principios”, sino que debe
volcarse en acciones concretas de caridad buscando en todo
ayudar a la otra persona a encontrarse con el Señor Jesús
33
.
Centralidad de la persona en el desarrollo social
El desarrollo personal y el desarrollo social
están íntimamente unidos. Esto implica que, por un lado, «el
principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones
sociales es y debe ser la persona humana»
34
. La vida social no es una
carga pesada, sino todo lo contrario. La vida en sociedad es el
espacio básico que permite que la persona avance y desarrolle
sus capacidades, así como lo capacita para responder a su
vocación. Toda institución, entonces, debe tener como norma
última el principio supremo de estar dedicada a la persona
humana. En cuanto se aparta de ese principio, se desnaturaliza,
pierde virtud y corrompe la sociedad. Parte de nuestro esfuerzo
debe ser, justamente, devolver a las instituciones su razón de
ser y recuperar el sentido social en relación a la meta misma de
la vida en sociedad.
Resalta la primera institución social, que es la
familia, hoy amenazada, cuando no destruida o deformada. En la
medida en que la sociedad no tenga como centro a la familia, o
en cuanto quiera desprenderse de ésta, la vida social se
corromperá rápidamente. Así nos lo ha enseñado en diversas
ocasiones la historia, pero a veces parecemos duros para
comprender el inmenso rol social y personal que le corresponde
al núcleo familiar. Junto a eso, la defensa de la persona humana
debe ser clave del cambio social, de la ética cristiana.
Especialmente, la defensa del no nacido, del indefenso, del
pobre, del enfermo, del discapacitado, del abandonado, de quien
refleja el rostro de Cristo crucificado.
El bien
común
En concordancia con el punto anterior, debe ser
objetivo de la ética cristiana la promoción del bien común. «El
bien común no consiste en la simple suma de los bienes
particulares de cada sujeto como cuerpo social. Siendo de todos
y de cada uno es y permanece común, porque es indivisible y
porque sólo juntos es posible alcanzarlo, acrecentarlo y
custodiarlo, también en vistas al futuro (…) El bien común se
puede considerar como la dimensión social y comunitaria del bien
moral»
35
.
Éste es un deber de todos cuantos formamos la
sociedad. Ninguno se puede sentir exento de cooperar, sino cada
uno debe fomentar su vivencia, según el máximo de su capacidad y
posibilidades. «Tales exigencias atañen, ante todo —señala el
Compendio de doctrina social de la Iglesia—,
al compromiso por la paz, a la correcta organización de los
poderes del Estado, a un sólido ordenamiento jurídico, a la
salvaguardia del ambiente, a la prestación de los servicios
esenciales para las personas, algunos de los cuales son, al
mismo tiempo, derechos del hombre: alimentación, habitación,
trabajo, educación y acceso a la cultura, transporte, salud,
libre circulación de las informaciones y tutela de la libertad
religiosa»
36
. Exige también la
corresponsabilidad de saber lo que el otro realmente necesita, y
esforzarse por ayudarle a obtenerlo.
Es fundamental el esfuerzo por superar la ética
individualista, que tanto ha corrompido nuestras sociedades.
Nadie puede permanecer pasivo ante lo que sucede hoy en nuestra
sociedad, en nuestros países, en el mundo. El individualista se
encierra en sí mismo, levantando una especie de muro que impide
no sólo el acceso de los demás, sino también salir al encuentro
del otro. Este cáncer de nuestra sociedad actual prefiere lo
útil a lo bueno, la propia ganancia en detrimento ajeno, la vida
aislada de los demás, el gozar solo de la vida y sin que los
demás participen. Este esquema conduce a un individualismo
solitario aterrador, en lo existencia, y a una atomización,
aterradora también, en lo social. Si tomamos conciencia de la
grave injusticia personal y social que eso implica, debemos
hacer el máximo esfuerzo posible por cambiar personalmente y por
cambiar la sociedad. Se necesita de personas auténticamente
comprometidas consigo mismas, que se abran al misterio de su
vocación cristiana y se donen en amor generoso a sus familias, a
sus comunidades y a toda la sociedad.
Caridad
solidaria
Ante las múltiples necesidades humanas la ética
cristiana nos mueve a avocarnos a construir una cultura de la
solidaridad fraterna. Resuenan en nuestro interior vivamente las
palabras del Papa Pablo VI, invitando al auténtico desarrollo.
La caridad social es esfuerzo consciente y decidido por trabajar
en beneficio del auténtico desarrollo de la persona humana
pasando de condiciones menos humanas de vida a condiciones más
humanas. Me permito citar del Papa Montini un texto que expresa
este trabajo de servicio solidario que debemos emprender: «Menos
humanas: la penuria material de quienes están privados de un
mínimo vital y la penuria moral de quienes por el egoísmo están
mutilados. Menos humanas: las estructuras opresoras, ya
provengan del abuso del tener, ya del abuso del poder, de la
explotación de los trabajadores o de la injusticia de las
transacciones. Más humanas: lograr ascender de la miseria a la
posesión de lo necesario, la victoria sobre las plagas sociales,
la adquisición de la cultura. Más humanas todavía: el aumento en
considerar la dignidad de los demás, la orientación hacia el
espíritu de pobreza, la cooperación al bien común, la voluntad
de la paz. Más humanas aún: el reconocimiento, por el hombre, de
los valores supremos y de Dios, fuente y fin de todos ellos. Más
humanas, finalmente, y, sobre todo, la fe, don de Dios, acogido
por la buena voluntad de los hombres, y la unidad en la caridad
de Cristo, que a todos nos llama a participar, como hijos, en la
vida del Dios viviente, Padre de todos los hombres»
37
.
Justicia
social
Los desequilibrios sociales y comerciales, las
diversas problemáticas laborales, la inestabilidad en las
relaciones institucionales, los nacionalismos que aíslan a los
pueblos son obstáculos hacia un mundo solidario. Éstos, entre
otros problemas, vienen dando como resultado que «los pueblos
pobres permanecen siempre pobres y los ricos se hacen cada vez
más ricos»
38
. La ética cristiana lleva
también a los pueblos un esfuerzo, además, de justicia social.
Por encima de nuestras diferencias físicas, psíquicas,
espirituales o de cualquier otra índole, todos tenemos una misma
naturaleza y un mismo origen. Los cristianos hemos de alzar
nuestra voz contra toda forma de discriminación en los derechos
fundamentales de la persona e impregnar las estructuras sociales
cambiantes con el pensamiento social católico en todos sus
aspectos, procurando una sociedad en donde realmente se viva la
justicia. En esta tarea —como ha señalado en su reciente
encíclica el Papa Benedicto XVI— los fieles laicos debemos
asumir un rol protagónico participando en primera persona en la
vida pública
39
.
La
urgencia de la Nueva Evangelización
A modo de conclusión quisiera enmarcar el
esfuerzo por desarrollar y vivir una ética cristiana en el
horizonte de la Nueva Evangelización. Ésta —la ética cristiana—
es la expresión natural de un pueblo cristiano. Hoy, sin
embargo, muchos pueblos nacidos al calor de la evangelización
ven mermada su adhesión a la fe y se hace necesario, por lo
tanto, el compromiso renovado de todos los cristianos por una
nueva evangelización.
«En este tiempo en que la Iglesia es llamada a un
nuevo esfuerzo de evangelización»
40
el surgir de una verdadera
ética cristiana dependerá, finalmente, de que los hijos e hijas
de la Iglesia respondamos con métodos dinámicos y creativos a
los desafíos del mundo actual, buscando comunicar al Señor
Jesús, el «mismo ayer, hoy y siempre»
41
, de maneras asequibles y
cercanas a las personas de nuestros días
42
, procurando en todo
momento mantener inalterado el depósito de la fe
43
y comunicando la Buena
Nueva de la reconciliación con nuestra vida y a través de una
ardorosa acción evangelizadora. Este esfuerzo, con la gracia de
Dios, hará posible la instauración de la ansiada civilización
del amor
44
, que es sinónimo de una
sociedad justa, reconciliada y centrada en el dinamismo del amor
que viene de Dios y todo lo transforma en un camino hacia
comunión divina de Amor.
1
Ver Karol Wojtyla,
La
moral y la ética,
en
Mi
visión del hombre,
Ed. Palabra, Madrid 1977, pp. 25s.
2
Mt
19,16.
3
Mt
19,22.
4
Ver
Lc
18,18.
5
Ver definición del Diccionario de la Real
Academia de la Lengua Española.
6
Luis Fernando Figari,
Nostalgia de infinito,
Fondo Editorial, Lima 2002, p. 14.
7
Allí mismo, p. 10.
8
Para una mayor profundización en los dinamismos
de permanencia y despliegue ver: allí mismo, pp. 8-18.
9
Jn
14,16.
10
Ver S.S. Juan Pablo II,
Veritatis splendor,
2.
11
S.S. Juan Pablo II,
Mensaje
a los jóvenes,
Lima, 15/5/1988, 3.
12
Jn
14,31.
13
Ver
Rom
12,2;
Ef
4,23s.
14
Ver
Gál
2,20.
15
Mt
5,16.
16
Rom
1,21-23.
17
Ver Germán Doig,
El
desafío de la tecnología. Más allá de Ícaro y Dédalo,
Vida y Espiritualidad, Lima 2000, p. 157.
18
S.S. Benedicto XVI,
Homilía
durante la Misa
Pro Eligendo Romano Pontifice, 18/04/05.
19
Ver Luis E. Ráez,
El
suicidio asistido y la eutanasia,
Vida y Espiritualidad, Lima 2005, pp. 16-21.
20
Congregación para el Clero,
Directorio General para la Catequesis,
15/8/1997, 23.
21
Romano Guardini,
El
poder,
Ediciones Cristiandad, Madrid 1981, p. 175.
22
Ver 1Jn 2,16.
23
Lumen
gentium,
40a.
24
Luis Fernando Figari,
Enseñanza social, camino de reconciliación,
Vida y Espiritualidad, Lima 1998, p. 9.
25
Jn
8,32
26
S.S. Juan Pablo II,
Veritatis splendor,
86.
27
Jn
13,34.
28
Ver
Jn
15,13.
29
Ver
Gaudium et spes,
35.
30
S.S. Benedicto XVI,
Deus
caritas est,
19.
31
Gaudium
et spes,
24.
32
Lug. cit.
33
Ver
Stgo
3,14-18.
34
Gaudium
et spes,
25.
35
Pontificio Consejo “Justicia y Paz”,
Compendio de la doctrina social de la Iglesia,
164. Ver también
Gaudium
et spes,
26.
36
Allí mismo, 167.
37
S.S. Pablo VI,
Populorum progressio,
21.
38
Allí mismo, 57.
39
Ver S.S. Benedicto XVI,
Deus caritas est,
29.
40
S.S. Juan Pablo II,
Fidei
depositum,
5.
41
Heb
13,8.
42
Ver S.S. Juan Pablo II,
Ecclesia in America,
6.
43
Ver
Catecismo de la Iglesia Católica,
84.
44
Ver, entre otros, S.S. Pablo VI,
Catequesis
31/12/1975; 14/01/1976; 21/01/1976.
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