| Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de
2005 |
No te dejes vencer por el mal antes bien, vence al mal con el
bien
Mensaje de Su Santidad Juan Pablo
Jornada Mundial de la Paz
1 de enero de 2005
1. Al comienzo del nuevo año, dirijo una vez más la palabra a
los responsables de las Naciones y a todos los hombres y mujeres
de buena voluntad, sabedores de lo necesario que es construir la
paz en el mundo. He elegido como tema para la Jornada Mundial de
la Paz 2005 la exhortación de san Pablo en la Carta a los
Romanos: « No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence
al mal con el bien » (12,21). No se supera el mal con el
mal. En efecto, quien obra así, en vez de vencer al mal, se
deja vencer por el mal.
La perspectiva indicada por el gran Apóstol subraya una verdad
de fondo: la paz es el resultado de una larga y dura batalla,
que se gana cuando el bien derrota al mal. Ante el dramático
panorama de los violentos enfrentamientos fratricidas que se dan
en varias partes del mundo, ante los sufrimientos indecibles e
injusticias que producen, la única opción realmente constructiva
es detestar el mal con horror y adherirse al bien (cf. Rm
12,9), como sugiere también san Pablo.
La paz es un bien que se promueve con el bien:
es un bien para las personas, las familias, las Naciones de la
tierra y para toda la humanidad; pero es un bien que se ha de
custodiar y fomentar mediante iniciativas y obras buenas. Se
comprende así la gran verdad de otra máxima de Pablo: « Sin
devolver a nadie mal por mal » (Rm 12,17). El único
modo para salir del círculo vicioso del mal por el mal es seguir
la exhortación del Apóstol: « No te dejes vencer por el mal;
antes bien, vence al mal con el bien » (Rm 12,21).
El mal, el bien y el amor
2. La humanidad ha tenido desde sus orígenes la trágica
experiencia del mal y ha tratado de descubrir sus raíces y
explicar sus causas. El mal no es una fuerza anónima que actúa
en el mundo por mecanismos deterministas e impersonales. El mal
pasa por la libertad humana. Precisamente esta facultad, que
distingue al hombre de los otros seres vivientes de la tierra,
está siempre en el centro del drama del mal y lo acompaña. El
mal tiene siempre un rostro y un nombre: el rostro y el
nombre de los hombres y mujeres que libremente lo eligen. La
Sagrada Escritura enseña que en los comienzos de la historia,
Adán y Eva se rebelaron contra Dios y Caín mató a su hermano
Abel (cf. Gn 3-4). Fueron las primeras decisiones
equivocadas, a las que siguieron otras innumerables a lo largo
de los siglos. Cada una de ellas conlleva una connotación
moral esencial, que implica responsabilidades concretas para
el sujeto que las toma e incide en las relaciones fundamentales
de la persona con Dios, con los demás y con la creación.
Al buscar los aspectos más profundos, se descubre que el mal,
en definitiva, es un trágico huir de las exigencias del amor.[1]
El bien moral, por el contrario, nace del amor, se manifiesta
como amor y se orienta al amor. Esto es muy claro para el
cristiano, consciente de que la participación en el único Cuerpo
místico de Cristo instaura una relación particular no sólo con
el Señor, sino también con los hermanos. La lógica del amor
cristiano, que en el Evangelio es como el corazón palpitante del
bien moral, llevado a sus últimas consecuencias, llega hasta el
amor por los enemigos: « Si tu enemigo tiene hambre, dale de
comer; y si tiene sed, dale de beber » (Rm 12,20).
La « gramática » de la ley moral universal
3. Al contemplar la situación actual del mundo no se puede
ignorar la impresionante proliferación de múltiples
manifestaciones sociales y políticas del mal: desde el
desorden social a la anarquía y a la guerra, desde la injusticia
a la violencia y a la supresión del otro. Para orientar el
propio camino frente a la opuesta atracción del bien y del mal,
la familia humana necesita urgentemente tener en cuenta el
patrimonio común de valores morales recibidos como don de
Dios. Por eso, a cuantos están decididos a vencer al mal con el
bien san Pablo los invita a fomentar actitudes nobles y
desinteresadas de generosidad y de paz (cf. Rm
12,17-21).
Hace ya diez años, hablando a la Asamblea General de las
Naciones Unidas sobre la tarea común al servicio de la paz, hice
referencia a la « gramática » de la ley moral universal,[2]
recordada por la Iglesia en sus numerosos pronunciamientos sobre
esta materia. Dicha ley une a los hombres entre sí
inspirando valores y principios comunes, si bien en la
diversidad de culturas, y es inmutable: « subsiste bajo el flujo
de las ideas y costumbres y sostiene su progreso [...]. Incluso
cuando se llega a renegar de sus principios, no se la puede
destruir ni arrancar del corazón del hombre. Resurge siempre en
la vida de individuos y sociedades ».[3]
4. Esta común gramática de la ley moral exige un
compromiso constante y responsable para que se respete y
promueva la vida de las personas y los pueblos. A su luz no se
puede dejar de reprobar con vigor los males de carácter social y
político que afligen al mundo, sobre todo los provocados por los
brotes de violencia. En este contexto, ¿cómo no pensar en el
querido Continente africano donde persisten conflictos
que han provocado y siguen provocando millones de víctimas?
¿Cómo no recordar la peligrosa situación de Palestina, la
tierra de Jesús, donde no se consigue asegurar, en la verdad y
en la justicia, las vías de la mutua comprensión, truncadas a
causa de un conflicto alimentado cada día de manera preocupante
por atentados y venganzas? Y, ¿qué decir del trágico fenómeno de
la violencia terrorista que parece conducir al mundo
entero hacia un futuro de miedo y angustia? En fin, ¿cómo no
constatar con amargura que el drama iraquí se extiende
por desgracia a situaciones de incertidumbre e inseguridad para
todos?
Para conseguir el bien de la paz es preciso afirmar con lúcida
convicción que la violencia es un mal inaceptable y que nunca
soluciona los problemas. « La violencia es una mentira, porque
va contra la verdad de nuestra fe, la verdad de nuestra
humanidad. La violencia destruye lo que pretende defender: la
dignidad, la vida, la libertad del ser humano ».[4] Por
tanto, es indispensable promover una gran obra educativa de
las conciencias, que forme a todos en el bien, especialmente
a las nuevas generaciones, abriéndoles al horizonte del
humanismo integral y solidario que la Iglesia indica y
desea. Sobre esta base es posible dar vida a un orden social,
económico y político que tenga en cuenta la dignidad, la
libertad y los derechos fundamentales de cada persona.
El bien de la paz y el bien común
5. Para promover la paz, venciendo al mal con el bien, hay que
tener muy en cuenta el bien común[5] y sus
consecuencias sociales y políticas. En efecto, cuando se
promueve el bien común en todas sus dimensiones, se promueve la
paz. ¿Acaso puede realizarse plenamente la persona prescindiendo
de su naturaleza social, es decir, de su ser « con » y « para »
los otros? El bien común le concierne muy directamente.
Concierne a todas las formas en que se realiza su carácter
social: la familia, los grupos, las asociaciones, las ciudades,
las regiones, los Estados, las comunidades de pueblos y de
Naciones. De alguna manera, todos están implicados en el
trabajo por el bien común, en la búsqueda constante del bien
ajeno como si fuera el propio. Dicha responsabilidad compete
particularmente a la autoridad política, a cada una en su nivel,
porque está llamada a crear el conjunto de condiciones sociales
que consientan y favorezcan en los hombres y mujeres el
desarrollo integral de sus personas.[6]
El bien común exige, por tanto, respeto y promoción de la
persona y de sus derechos fundamentales, así como el respeto y
promoción de los derechos de las Naciones en una perspectiva
universal. Como dice el Concilio Vaticano II: « De la
interdependencia cada vez más estrecha y extendida
paulatinamente a todo el mundo se sigue que el bien común [...]
se hace hoy cada vez más universal y por ello implica derechos y
deberes que se refieren a todo el género humano. Por lo tanto,
todo grupo debe tener en cuenta las necesidades y aspiraciones
legítimas de los demás grupos; más aún, debe tener en cuenta el
bien común de toda la familia humana ».[7] El bien de la
humanidad entera, incluso el de las futuras generaciones, exige
una verdadera cooperación internacional, con las aportaciones de
cada Nación.[8]
Sin embargo, las concepciones claramente restrictivas de la
realidad humana transforman el bien común en un simple
bienestar socioeconómico, carente de toda referencia
trascendente y vacío de su más profunda razón de ser. El bien
común, en cambio, tiene también una dimensión
trascendente, porque Dios es el fin último de sus criaturas.[9]
Además, los cristianos saben que Jesús ha iluminado plenamente
la realización del verdadero bien común de la humanidad. Ésta
camina hacia Cristo y en Él culmina la historia: gracias a Él, a
través de Él y por Él, toda realidad humana puede llegar a su
perfeccionamiento pleno en Dios.
El bien de la paz
y el uso de los bienes de la tierra
6. Dado que el bien de la paz está unido estrechamente al
desarrollo de todos los pueblos, es indispensable tener en
cuenta las implicaciones éticas del uso de los bienes de la
tierra. El Concilio Vaticano II ha recordado que « Dios ha
destinado la tierra y todo cuanto ella contiene para uso de
todos los hombres y pueblos, de modo que los bienes creados
deben llegar a todos en forma equitativa bajo la guía de la
justicia y el acompañamiento de la caridad ».[10]
La pertenencia a la familia humana otorga a cada persona una
especie de ciudadanía mundial, haciéndola titular de
derechos y deberes, dado que los hombres están unidos por un
origen y supremo destino comunes. Basta que un niño sea
concebido para que sea titular de derechos, merezca atención y
cuidados, y que alguien deba proveer a ello. La condena del
racismo, la tutela de las minorías, la asistencia a los prófugos
y refugiados, la movilización de la solidaridad internacional
para todos los necesitados, no son sino aplicaciones coherentes
del principio de la ciudadanía mundial.
7. El bien de la paz se ha de considerar hoy en estrecha
relación con los nuevos bienes provenientes del
conocimiento científico y del progreso tecnológico. También
éstos, aplicando el principio del destino universal de los
bienes de la tierra, deben ser puestos al servicio de las
necesidades primarias del hombre. Con iniciativas apropiadas
de ámbito internacional se puede realizar el principio del
destino universal de los bienes, asegurando a todos —individuos
y Naciones— las condiciones básicas para participar en el
desarrollo. Esto es posible si se prescinde de las barreras y
los monopolios que dejan al margen a tantos pueblos.[11]
Además, se garantizará mejor el bien de la paz si la comunidad
internacional se hace cargo, con mayor sentido de
responsabilidad, de los comúnmente llamados bienes públicos.
Se trata de aquellos bienes de los que todos los ciudadanos
gozan automáticamente, aun sin haber hecho una opción precisa
por ellos. Es lo que ocurre, por ejemplo, en el ámbito nacional,
con bienes como el sistema judicial, la defensa y la red de
carreteras o ferrocarriles. En el mundo de hoy, tan afectado por
el fenómeno de la globalización, son cada vez más numerosos los
bienes públicos que tienen un carácter global y,
consecuentemente, aumentan también de día en día los
intereses comunes. Baste pensar en la lucha contra la
pobreza, la búsqueda de la paz y la seguridad, la preocupación
por los cambios climáticos, el control de la difusión de las
enfermedades. La comunidad internacional tiene que responder a
estos intereses con un red cada vez más amplia de acuerdos
jurídicos que reglamenten el uso de los bienes públicos,
inspirándose en los principios universales de la equidad y la
solidaridad.
8. El principio del destino universal de los bienes permite,
además, afrontar adecuadamente el desafío de la pobreza,
sobre todo teniendo en cuenta las condiciones de miseria en que
viven aún más de mil millones de seres humanos. La comunidad
internacional se ha puesto como objetivo prioritario, al
principio del nuevo milenio, reducir a la mitad el número de
dichas personas antes de terminar el año 2015. La Iglesia apoya
y anima este compromiso e invita a los creyentes en Cristo a
manifestar, de modo concreto y en todos los ámbitos, un amor
preferencial por los pobres.[12]
El drama de la pobreza está en estrecha conexión con el problema
de la deuda externa de los Países pobres. A pesar de los
logros significativos conseguidos hasta ahora, la cuestión no ha
encontrado todavía una solución adecuada. Han pasado quince años
desde que llamé la atención de la opinión pública sobre el hecho
de que la deuda externa de los Países pobres está « conectada
con un gran número de otros temas, como el de las inversiones en
el extranjero, el trabajo equitativo de las principales
instituciones internacionales, el precio de las materias primas,
etc. ».[13] Las recientes medidas para reducir las
deudas, que han tenido más en cuenta las exigencias de los
pobres, han mejorado sin duda la calidad del crecimiento
económico. No obstante, por una serie de factores, dicho
crecimiento resulta todavía insuficiente cuantitativamente,
especialmente para alcanzar los objetivos propuestos al inicio
del milenio. Los Países pobres se encuentran aún en un círculo
vicioso: las rentas bajas y el crecimiento lento limitan el
ahorro y, a su vez, las reducidas inversiones y el uso ineficaz
del ahorro no favorecen el crecimiento.
9. Como afirmó el Papa Pablo VI, y como yo mismo he recordado,
el único remedio verdaderamente eficaz para permitir a los
Estados afrontar la dramática cuestión de la pobreza es dotarles
de los recursos necesarios mediante financiaciones externas
—públicas y privadas—, otorgadas en condiciones accesibles, en
el marco de las relaciones comerciales internacionales,
reguladas de manera equitativa.[14] Es, pues, necesaria
una movilización moral y económica, que respete los
acuerdos tomados en favor de los Países pobres, por un lado, y
por otro dispuesta también a revisar dichos acuerdos cuando la
experiencia demuestre que son demasiado gravosos para ciertos
países. En esta perspectiva, es deseable y necesario dar un
nuevo impulso a la ayuda pública para el desarrollo y, no
obstante las dificultades que puedan presentarse, estudiar las
propuestas de nuevas formas de financiación para el desarrollo.[15]
Algunos gobiernos están considerando atentamente medidas
esperanzadoras en este sentido, iniciativas significativas que
se han de llevar adelante de modo multilateral y respetando el
principio de subsidiaridad. Es necesario también
controlar que la gestión de los recursos económicos destinados
al desarrollo de los Países pobres siga criterios escrupulosos
de buena administración, tanto por parte de los donantes como de
los destinatarios. La Iglesia alienta estos esfuerzos y ofrece
su contribución. Baste citar, por ejemplo, la valiosa aportación
que dan las numerosas agencias católicas de ayuda y de
desarrollo.
10. Al finalizar el Gran Jubileo del año 2000, en la Carta
apostólica Novo millennio ineunte he señalado la
urgencia de una nueva imaginación de la caridad [16]
para difundir en el mundo el Evangelio de la esperanza. Eso se
hace evidente sobre todo cuando se abordan los muchos y
delicados problemas que obstaculizan el desarrollo del
Continente africano: piénsese en los numerosos conflictos
armados, en las enfermedades pandémicas, más peligrosas aún por
las condiciones de miseria, en la inestabilidad política unida a
una difusa inseguridad social. Son realidades dramáticas que
reclaman un camino radicalmente nuevo para África: es
necesario dar vida a nuevas formas de solidaridad,
bilaterales y multilaterales, con un mayor compromiso por
parte de todos y tomando plena conciencia de que el bien de los
pueblos africanos representa una condición indispensable para
lograr el bien común universal.
Es de desear que los pueblos africanos asuman como protagonistas
su propia suerte y el propio desarrollo cultural, civil, social
y económico. Que África deje de ser sólo objeto de asistencia,
para ser sujeto responsable de un modo de compartir real y
productivo. Para alcanzar tales objetivos es necesaria una nueva
cultura política, especialmente en el ámbito de la cooperación
internacional. Quisiera recordar una vez más que el
incumplimiento de las reiteradas promesas relativas a la
ayuda pública para el desarrollo y la cuestión abierta aún
de la pesada carga de la deuda internacional de los Países
africanos y la carencia de una consideración especial con ellos
en las relaciones comerciales internacionales, son graves
obstáculos para la paz, y por tanto deben ser afrontados y
superados con urgencia. Para lograr la paz en el mundo es
determinante y decisivo, hoy más que nunca, tomar conciencia de
la interdependencia entre Países ricos y pobres, por lo que « el
desarrollo o se convierte en un hecho común a todas las partes
del mundo, o sufre un proceso de retroceso aún en las zonas
marcadas por un constante progreso ».[17]
Universalidad del mal y esperanza cristiana
11. Ante tantos dramas como afligen al mundo, los cristianos
confiesan con humilde confianza que sólo Dios da al hombre y a
los pueblos la posibilidad de superar el mal para alcanzar el
bien. Con su muerte y resurrección, Cristo nos ha redimido y
rescatado pagando « un precio muy alto » (cf. 1 Co 6,20;
7,23), obteniendo la salvación para todos. Por tanto, con su
ayuda todos pueden vencer al mal con el bien.
Con la certeza de que el mal no prevalecerá, el cristiano
cultiva una esperanza indómita que lo ayuda a promover la
justicia y la paz. A pesar de los pecados personales y sociales
que condicionan la actuación humana, la esperanza da siempre
nuevo impulso al compromiso por la justicia y la paz, junto con
una firme confianza en la posibilidad de construir un mundo
mejor.
Si es cierto que existe y actúa en el mundo el « misterio de la
impiedad » (2 Ts 2,7), no se debe olvidar que el hombre
redimido tiene energías suficientes para afrontarlo. Creado a
imagen de Dios y redimido por Cristo que « se ha unido, en
cierto modo, con todo hombre »,[18] éste puede cooperar
activamente a que triunfe el bien. La acción del « espíritu del
Señor llena la tierra » (Sb 1,7). Los cristianos,
especialmente los fieles laicos, « no pueden esconder esta
esperanza simplemente dentro de sí. Tienen que manifestarla
incluso en las estructuras del mundo por medio de la conversión
continua y de la lucha “contra los poderes de este mundo de
tinieblas, contra los espíritus del mal” (Ef 6,12) ».[19]
12. Ningún hombre, ninguna mujer de buena voluntad puede
eximirse del esfuerzo en la lucha para vencer al mal con el
bien. Es una lucha que se combate eficazmente sólo con las armas
del amor. Cuando el bien vence al mal, reina el amor y donde
reina el amor reina la paz. Es la enseñanza del Evangelio,
recordada por el Concilio Vaticano II: « La ley fundamental de
la perfección humana, y por ello de la transformación del mundo,
es el mandamiento nuevo del amor».[20]
Esto también es verdad en el ámbito social y político. A este
respecto, el Papa León XIII escribió que quienes tienen el deber
de proveer al bien de la paz en las relaciones entre los pueblos
han de alimentar en sí mismos e infundir en los demás « la
caridad, señora y reina de todas las virtudes».[21] Los
cristianos han de ser testigos convencidos de esta verdad; han
de saber mostrar con su vida que el amor es la única fuerza
capaz de llevar a la perfección personal y social, el único
dinamismo posible para hacer avanzar la historia hacia el bien y
la paz.
En este año dedicado a la Eucaristía, los hijos de la
Iglesia han de encontrar en el Sacramento supremo del amor
la fuente de toda comunión: comunión con Jesús Redentor y,
en Él, con todo ser humano. En virtud de la muerte y
resurrección de Cristo, sacramentalmente presentes en cada
Celebración eucarística, somos rescatados del mal y capacitados
para hacer el bien. Gracias a la vida nueva que Él nos ha dado,
podemos reconocernos como hermanos, por encima de cualquier
diferencia de lengua, nacionalidad o cultura. En una palabra,
por la participación en el mismo Pan y el mismo Cáliz, podemos
sentirnos « familia de Dios » y al mismo tiempo contribuir de
manera concreta y eficaz a la edificación de un mundo fundado en
los valores de la justicia, la libertad y la paz.
Vaticano, 8 de diciembre de 2004.
JUAN PABLO II
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Notas
[1]
San Agustín afirma a este respecto: « Dos amores han dado origen
a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios,
la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la
celestial » (De Civitate Dei, XIV, 28).
[2]
Cf. Discurso para el 50o aniversario de fundación de la ONU
(5 octubre 1995), 3: Insegnamenti, XVIII, 2 (1995),
732.
[3]
Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1958.
[4]
Homilía en Drogheda, Irlanda (29 septiembre 1979), 9:
AAS 71 (1979), 1081.
[5]
Según una vasta acepción, por bien común se entiende « el
conjunto de aquellas condiciones de vida social que permiten a
los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y
fácilmente su propia perfección »: Conc.
Ecum. Vat.
II, Cons. past. Gaudium et spes, 26.
[6]
Cf. Juan XXIII, Enc. Mater et magistra: AAS 53
(1961), 417.
[7]
Cons. past. Gaudium et spes, 26.
[8]
Cf. Juan XXIII, Enc. Mater et magistra: AAS 53
(1961), 421.
[9]
Cf. Enc. Centesimus annus, 41: AAS 83
(1991), 844.
[10]
Cons. past. Gaudium et spes, 69.
[11]
Cf. Enc. Centesimus annus, 35: AAS 80
(1988), 837.
[12]
Cf. Enc.
Sollicitudo rei socialis,
42: AAS 80 (1988), 572.
[13]
Discurso a los participantes en la Semana de Estudios
organizada por la Pontificia Academia de las Ciencias ( 27
octubre 1989), 6: Insegnamenti XII/2 (1989), 1050.
[14]Cf.
Pablo VI, Enc. Populorum progressio, 56-61: AAS
59 (1967), 285- 287; Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei
socialis, 33-34: AAS 80 (1988) 557-560.
[15]Cf.
Mensaje al Presidente del Consejo Pontificio « Justicia y
Paz »: L'Osservatore Romano, ed. semanal en
lengua española (16 julio 2004), p. 3.
[16]
Cf. n. 50: AAS 93 (2001), 303.
[17]
Enc. Sollicitudo rei socialis, 17: AAS 80
(1988), 532.
[18]
Conc. Ecum. Vat. II, Cons. past. Gaudium et spes,
22.
[19]
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
35.
[20]
Cons. past. Gaudium et spes, 38.
[21]
Enc. Rerum novarum: Acta Leonis XIII, 11
(1892), 143; cf. Benedicto XV, Enc. Pacem Dei: AAS
12 (1920), 215.
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