Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de
2005
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Un compromiso siempre actual: educar para la paz
Juan Pablo II
Jornada Mundial de la Paz,
2004
Me dirijo a vosotros, Jefes de las Naciones, que tenéis el deber
de promover la paz.
A vosotros, Juristas, dedicados a abrir caminos de entendimiento
pacífico, preparando convenciones y tratados que refuerzan la
legalidad internacional.
A vosotros, Educadores de la juventud, que en cada continente
trabajáis incansablemente para formar las conciencias en el
camino de la comprensión y del diálogo.
Y me dirijo también a vosotros, hombres y mujeres que sentís la
tentación de recurrir al terrorismo como instrumento inaceptable,
comprometiendo así, desde la raíz, la causa por la cual estáis
combatiendo.
Escuchad todos el humilde llamamiento del sucesor de Pedro que
grita: ¡Aún hoy, al inicio del nuevo año 2004, la paz es
posible. Y, si es posible, la paz es también una
necesidad apremiante.
Una iniciativa concreta
1. El primer Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz,
al inicio de enero de 1979, se centraba en el lema: « Para
lograr la paz, educar a la paz ».
Con aquel Mensaje de Año Nuevo se continuaba el plan trazado por
Pablo VI, el cual había querido para el 1 de enero de cada año
la celebración de una Jornada Mundial de oración por la Paz.
Recuerdo las palabras del mencionado Pontífice en el Año Nuevo
de 1968: « Sería nuestro deseo que después, cada año, esta
celebración se repitiese como presagio y como promesa, al
principio del calendario que mide y describe el camino de la
vida en el tiempo, de que sea la Paz con su justo y benéfico
equilibrio la que domine el desarrollo de la historia futura
».(1)
Haciendo mío el deseo expresado por mi venerado Predecesor en la
Cátedra de Pedro, cada año he mantenido esta noble tradición
dedicando el primer día del año civil a la reflexión y la
oración por la paz en el mundo.
En los veinticinco años de Pontificado, que el Señor me ha
concedido hasta ahora, no he dejado de levantar mi voz, ante la
Iglesia y ante el mundo, para invitar a los creyentes, así como
a todas las personas de buena voluntad, a hacer propia la causa
de la paz, para contribuir a la realización de este bien
primordial, asegurando así al mundo una era mejor, en serena
convivencia y respeto recíproco.
Este año siento también el deber de invitar a los hombres y
mujeres de cada continente a celebrar una nueva Jornada Mundial
de la Paz. En efecto, la humanidad necesita más que nunca
reencontrar la vía de la concordia, al estar estremecida por
egoísmos y odios, por afán de poder y deseos de venganza.
La ciencia de la paz
2. Los once Mensajes dirigidos al mundo por el Papa Pablo VI
han trazado progresivamente las coordenadas del camino a
recorrer para alcanzar el ideal de la paz. Poco a poco el gran
Pontífice fue ilustrando los diversos capítulos de una verdadera
y propia « ciencia de la paz ». Puede ser útil recordar los
temas de los Mensajes dejados por el Papa Montini para dicha
ocasión.(2)
Cada uno de ellos conserva aún hoy una gran actualidad. Incluso
frente al drama de las guerras que, al comienzo del Tercer
Milenio, todavía ensangrientan las regiones del mundo, sobre
todo en Oriente Medio, estos escritos, en algunos de sus
pasajes, tienen el valor de avisos proféticos.
Glosario de la paz
3. Por mi parte, a lo largo de estos veinticinco años de
Pontificado, he procurado avanzar por el camino iniciado por mi
venerado Predecesor. Al comienzo de cada nuevo año, he exhortado
a las personas de buena voluntad a reflexionar, a la luz de la
razón y de la fe, sobre los diversos aspectos de una convivencia
ordenada.
Ha surgido así una síntesis de doctrina sobre la paz, que es
como un glosario sobre este argumento fundamental; un
glosario fácil de entender para quien tiene el ánimo bien
dispuesto, pero al mismo tiempo extremamente exigente para toda
persona sensible al porvenir de la humanidad.(3)
Los distintos aspectos de la paz ya han sido ilustrados
abundantemente. Ahora no queda más que actuar para que el ideal
de la convivencia pacífica, con sus precisas exigencias, entre
en la conciencia de los individuos y de los pueblos. Los
cristianos sentimos, como característica propia de nuestra
religión, el deber de formarnos a nosotros mismos y a los demás
para la paz . En efecto, para el cristiano proclamar la paz es
anunciar a Cristo que es « nuestra paz » (Ef 2,14) y
anunciar su Evangelio que es « el Evangelio de la paz » (Ef
6,15), exhortando a todos a la bienaventuranza de ser «
constructores de la paz » (cf. Mt 5,9).
Educar a la paz
4. En el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del 1o
de enero de 1979 dirigía ya este llamamiento: « Para
lograr la paz, educar a la paz ». Esto es hoy más urgente
que nunca porque los hombres, ante las tragedias que siguen
afligiendo a la humanidad, están tentados de abandonarse al
fatalismo, como si la paz fuera un ideal inalcanzable.
La Iglesia, en cambio, ha enseñado siempre y sigue enseñando una
evidencia muy sencilla: la paz es posible. Más aún, la
Iglesia no se cansa de repetir: la paz es necesaria. Ésta
se ha de construir sobre las cuatro bases indicadas por el Beato
Juan XXIII en la Encíclica Pacem in terris: la
verdad, la justicia, el amor y la libertad. Se impone, pues, un
deber a todos los amantes de la paz: educar a las nuevas
generaciones en estos ideales, para preparar una era mejor
para toda la humanidad.
Educar a la legalidad
5. En este cometido de educar a la paz, se ve la urgente
necesidad de enseñar a los individuos y los pueblos a
respetar el orden internacional y observar los compromisos
asumidos por las Autoridades, que los representan legítimamente.
La paz y el derecho internacional están íntimamente unidos entre
sí: el derecho favorece la paz.
Desde los albores de la civilización, las agrupaciones humanas
que se formaron establecieron acuerdos y pactos para evitar el
uso arbitrario de la violencia y buscar una solución pacífica a
las controversias que surgían. Además de los ordenamientos
jurídicos de cada pueblo, se formó progresivamente otro conjunto
de normas que fue calificado como jus gentium (derecho de
gentes). Con el paso del tiempo, éste se fue difundiendo y
precisando a la luz de las vicisitudes históricas de los
pueblos.
Este proceso tuvo notable auge con el nacimiento de los Estados
modernos. A partir del siglo XVI juristas, filósofos y teólogos
se dedicaron a elaborar los diversos capítulos del derecho
internacional, basándolo en postulados fundamentales del derecho
natural. En este proceso tomaron forma, con mayor fuerza,
unos principios universales que son anteriores y superiores al
derecho interno de los Estados, y que tienen en cuenta la
unidad y la común vocación de la familia humana.
Entre todos estos principios destaca ciertamente aquél según el
cual pacta sunt servanda: los acuerdos firmados
libremente deben ser cumplidos. Ésta es la base y el presupuesto
inderogable de toda relación entre las partes contratantes
responsables. Su violación llevaría a una situación de
ilegalidad y de consiguientes roces y contraposiciones, que
tendrían repercusiones negativas duraderas. Es oportuno recordar
esta regla fundamental, sobre todo en los momentos en que se
percibe la tentación de apelar al derecho de la fuerza
más que a la fuerza del derecho.
Uno de estos momentos fue sin duda el drama que experimentó la
humanidad durante la segunda guerra mundial: una espiral de
violencia, destrucción y muerte, como nunca se había conocido
hasta entonces.
La observancia del derecho
6. Aquella guerra, con los horrores y las terribles violaciones
de la dignidad humana que causó, llevó a una renovación
profunda del ordenamiento jurídico internacional. La defensa
y promoción de la paz fueron el centro de un sistema normativo e
institucional actualizado ampliamente. Para proteger la paz y la
seguridad global, y fomentar los esfuerzos de los Estados para
mantener y garantizar estos bienes fundamentales de la
humanidad, los Gobiernos crearon una organización específica al
respecto –la Organización de las Naciones Unidas– con un
Consejo de Seguridad dotado de amplios poderes de acción.
Como eje del sistema se puso la prohibición del recurso a la
fuerza. Una prohibición que, según el conocido Cap. VII de
la Carta de las Naciones Unidas, prevé únicamente dos
excepciones. Una confirma el derecho natural a la legítima
defensa, que se ha de ejercer según las modalidades
previstas en el ámbito de las Naciones Unidas; por consiguiente,
dentro también de los tradicionales límites de la necesidad
y de la proporcionalidad.
La otra excepción es el sistema de seguridad colectiva,
que atribuye al Consejo de Seguridad la competencia y
responsabilidad para el mantenimiento de la paz, con poder de
decisión y amplia discrecionalidad.
El sistema elaborado con la Carta de las Naciones Unidas
debía haber preservado a « las futuras generaciones del azote
de la guerra, que dos veces, en el arco de tiempo de una vida
humana, ha infligido indecibles sufrimientos a la humanidad ».(4)
En los decenios sucesivos, sin embargo, la división de la
comunidad internacional en bloques contrapuestos, la guerra fría
en una parte del globo terrestre, así como los violentos
conflictos surgidos en otras regiones y el fenómeno del
terrorismo, han producido un alejamiento creciente de las
previsiones y expectativas de la inmediata posguerra.
Un nuevo ordenamiento internacional
7. Sin embargo, es preciso reconocer que la Organización de las
Naciones Unidas, incluso con límites y retrasos debidos en gran
parte al incumplimiento por parte de sus miembros, ha
contribuido a promover notablemente el respeto de la dignidad
humana, la libertad de los pueblos y la exigencia del
desarrollo, preparando el terreno cultural e institucional sobre
el cual construir la paz.
La acción de los Gobiernos nacionales recibirá un gran impulso
al constatar que los ideales de las Naciones Unidas están muy
extendidos, especialmente a través de los gestos concretos de
solidaridad y de paz de tantas personas que trabajan en las
Organizaciones No Gubernativas y en los Movimientos en favor
de los derechos humanos.
Se trata de un significativo estímulo para una reforma que
capacite a la Organización de las Naciones Unidas para funcionar
eficazmente en la consecución de sus propios objetivos
estatutarios, todavía válidos: « la humanidad, enfrentada a una
etapa nueva y más difícil de su auténtico desarrollo, necesita
hoy un grado superior de ordenamiento internacional »(5)
Los Estados deben considerar este objetivo como una precisa
obligación moral y política, que requiere prudencia y
determinación. Renuevo a este respecto el deseo formulado en
1995: « Es preciso que la Organización de las Naciones Unidas
se eleve cada vez más de la fría condición de institución de
tipo administrativo a la de ser centro moral, en el que todas
las naciones del mundo se sientan en su casa, desarrollando la
conciencia común de ser, por así decir, una “familia de
naciones” ».(6)
La plaga funesta del terrorismo
8. Hoy el derecho internacional tiene dificultades para ofrecer
soluciones a las situaciones conflictivas derivadas de los
cambios en el panorama del mundo contemporáneo. En efecto, estas
mismas situaciones cuentan frecuentemente entre sus
protagonistas con agentes que no son Estados, sino entes
derivados de la disgregación de los Estados mismos, o vinculados
a reivindicaciones independentistas, o bien relacionados con
aguerridas organizaciones criminales. Un ordenamiento jurídico
constituido por normas elaboradas a lo largo de los siglos
para regular las relaciones entre Estados soberanos
encuentra dificultades para hacer frente a conflictos en los que
intervienen también entes no asimilables a las
características tradicionales de un Estado. Esto vale,
concretamente, para el caso de los grupos terroristas.
La plaga del terrorismo se ha hecho más virulenta en estos
últimos años y ha producido masacres atroces que han
obstaculizado cada vez más el proceso del diálogo y la
negociación, exacerbando los ánimos y agravando los problemas,
especialmente en Oriente Medio.
Sin embargo, para lograr su objetivo, la lucha contra el
terrorismo no puede reducirse sólo a operaciones represivas y
punitivas. Es esencial que incluso el recurso necesario a la
fuerza vaya acompañado por un análisis lúcido y decidido de los
motivos subyacentes a los ataques terroristas. Al mismo
tiempo, la lucha contra el terrorismo debe realizarse también en
el plano político y pedagógico: por un lado, evitando las causas
que originan las situaciones de injusticia de las cuales surgen
a menudo los móviles de los actos más desesperados y
sanguinarios; por otro, insistiendo en una educación inspirada
en el respeto de la vida humana en todas las circunstancias. En
efecto, la unidad del género humano es una realidad más fuerte
que las divisiones contingentes que separan a los hombres y los
pueblos.
En la necesaria lucha contra el terrorismo, el derecho
internacional ha de elaborar ahora instrumentos jurídicos
dotados de mecanismos eficientes de prevención, control y
represión de los delitos. En todo caso, los Gobiernos
democráticos saben bien que el uso de la fuerza contra los
terroristas no puede justificar la renuncia a los principios
de un Estado de derecho. Serían opciones políticas
inaceptables las que buscasen el éxito sin tener en cuenta los
derechos humanos fundamentales, dado que !el fin nunca
justifica los medios¡
Aportación de la Iglesia
9. « Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos
serán llamados hijos de Dios » (Mt 5,9). ¿Cómo esta
palabra, que invita a trabajar en el inmenso campo de la paz,
podría tener resonancias tan intensas en el corazón humano si no
correspondiera a un anhelo y una esperanza que nosotros tenemos
de manera imborrable? Y, ¿por qué otro motivo los que trabajan
por la paz serán llamados hijos de Dios, si no es porque Él, por
su naturaleza, es el Dios de la paz? Precisamente por esto, en
el anuncio de salvación que la Iglesia propaga por todo el mundo
hay elementos doctrinales de fundamental importancia para la
elaboración de los principios necesarios para una pacífica
convivencia entre las Naciones.
Las vicisitudes históricas enseñan que la edificación de la paz
no puede prescindir del respeto de un orden ético y jurídico,
según el antiguo adagio: « Serva ordinem et ordo servabit
te » (conserva el orden y el orden te conservará a ti). El
derecho internacional debe evitar que prevalezca la ley del más
fuerte. Su objetivo esencial es reemplazar « la fuerza material
de las armas con la fuerza moral del derecho »,(7)
previendo sanciones apropiadas para los transgresores, además de
la debida reparación para las víctimas. Esto ha de valer también
para aquellos gobernantes que violen impunemente la dignidad y
los derechos humanos con el pretexto inaceptable de que se trata
de cuestiones internas de su Estado.
Dirigiéndome al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa
Sede, el 13 de enero de 1997, indicaba en el Derecho
internacional un instrumento de primer orden para la búsqueda de
la paz: « El derecho internacional ha sido durante mucho tiempo
un derecho de la guerra y de la paz. Creo que está llamado cada
vez más a ser exclusivamente un derecho de la paz concebida en
función de la justicia y de la solidaridad. Y, en este contexto,
la moral debe fecundar el derecho; ella puede ejercer también
una función de anticipación del derecho, en la medida en que
indica la dirección de lo que es justo y bueno ».(8)
A lo largo de los siglos, ha sido relevante la contribución
doctrinal ofrecida por la Iglesia –a través de la reflexión
filosófica y teológica de numerosos pensadores cristianos– para
orientar el derecho internacional hacia el bien común de toda la
familia humana. En la historia contemporánea concretamente, los
Papas no han dudado en subrayar la importancia del derecho
internacional como garantía de la paz, con la convicción de que
« frutos de justicia se siembran en la paz para los que
procuran la paz » (St 3, 18). La acción de la Iglesia
–mediante sus propios instrumentos– está comprometida en este
sentido, a la luz perenne del Evangelio y con la ayuda
indispensable de la oración.
La civilización del amor
10. Al final de estas reflexiones considero obligado, no
obstante, recordar que, para instaurar la verdadera paz en el
mundo, la justicia ha de complementarse con la caridad.
El derecho es, ciertamente, el primer camino que se debe tomar
para llegar a la paz. Y los pueblos deben ser formados en el
respeto de este derecho. Pero no se llegará al final del camino
si la justicia no se integra con el amor. A veces, justicia y
amor aparentan ser fuerzas antagónicas. Verdaderamente,
no son más que las dos caras de una misma realidad, dos
dimensiones de la existencia humana que deben completarse
mutuamente. Lo confirma la experiencia histórica. Ésta enseña
cómo, a menudo, la justicia no consigue liberarse del rencor,
del odio e incluso de la crueldad. Por sí sola, la justicia
no basta. Más aún, puede llegar a negarse a sí misma, si no
se abre a la fuerza más profunda que es el amor.
Por eso he recordado varias veces a los cristianos y a todas las
personas de buena voluntad la necesidad del perdón para
solucionar los problemas, tanto de los individuos como de los
pueblos. ¡No hay paz sin perdón! Lo repito también en
esta circunstancia, teniendo concretamente ante los ojos la
crisis que sigue arreciando en Palestina y en Medio Oriente. No
se encontrará una solución a los graves problemas que aquejan a
las poblaciones de aquellas regiones, desde hace demasiado
tiempo, hasta que no se decida superar la lógica de la estricta
justicia para abrirse también a la del perdón.
El cristiano sabe que el amor es el motivo por el cual Dios
entra en relación con el hombre. Es también el amor lo que Él
espera como respuesta del hombre. Por eso el amor es la forma
más alta y más noble de relación de los seres humanos entre
sí. El amor debe animar, pues, todos los ámbitos de la vida
humana, extendiéndose igualmente al orden internacional. Sólo
una humanidad en la que reine la « civilización del amor » podrá
gozar de una paz auténtica y duradera.
Al principio de un nuevo año deseo recordar a las mujeres y a
los hombres de cada lengua, religión y cultura el antiguo
principio: « Omnia vincit amor! » (Todo lo vence el
amor) ¡Sí, queridos hermanos y hermanas de todas las partes del
mundo, al final vencerá el amor! Que cada uno se esfuerce para
que esta victoria llegue pronto. A ella, en el fondo, aspira el
corazón de todos.
Vaticano, 8 de diciembre de 2003.
JUAN PABLO II
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(1)Insegnamenti, V (1967), 620.
(2)1968: 1o de enero: Jornada Mundial de la Paz
1969: La promoción de los derechos del hombre, camino hacia
la paz
1970: Educarse para la paz a través de la reconciliación
1971: Todo hombre es mi hermano
1972: Si quieres la paz, trabaja por la justicia
1973: La paz es posible
1974: La paz depende también de ti
1975: La reconciliación, camino hacia la paz
1976: Las verdaderas armas de la paz
1977: Si quieres la paz, defiende la vida
1978: No a la violencia, sí a la paz
(3)Siguen los temas de las 25 sucesivas Jornadas
Mundiales de la Paz:
1979: Para lograr la paz, educar a la paz
1980: La verdad, fuerza de la paz
1981: Para servir a la paz, respeta la libertad
1982: La paz, don de Dios confiado a los hombres
1983: El diálogo por la paz, una urgencia para nuestro tiempo
1984: La paz nace de un corazón nuevo
1985: La paz y los jóvenes caminan juntos
1986: La paz es un valor sin fronteras. Norte-Sur,
Este-Oeste: una
sola paz
1987: Desarrollo y solidaridad: dos claves para la paz
1988: La libertad religiosa, una condición para la pacífica
convivencia
1989: Para construir la paz, respeta las minorías
1990: Paz con Dios creador, paz con todas las criaturas
1991: Si quieres la paz, respeta la conciencia de cada
persona
1992: Creyentes unidos en la construcción de la paz
1993: Si quieres la paz, sal al encuentro del pobre
1994: De la familia nace la paz de la familia humana
1995: La mujer: educadora para la paz
1996: Demos a los niños un futuro de paz
1997: Ofrece el perdón, recibe la paz
1998: De la justicia de cada uno nace la paz para todos
1999: El secreto de la verdadera paz reside en el respeto de
los derechos humanos
2000: Paz en la tierra a los hombres que Dios ama
2001: Diálogo entre culturas para una civilización del amor y
la paz
2002: No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón
2003: « Pacem in terris »: una tarea permanente
(4)Preámbulo.
(5)Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 43: AAS
80 (1988), 575.
(6)Discurso ante la Asamblea General de las Naciones
Unidas, Nueva York (5 octubre 1995), 14: L'Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española (13 octubre 1995), p.
9.
(7)Benedicto XV, Appello ai Capi dei popoli
belligeranti, 1 enero 1917: AAS 9 (1917), 422.
(8)N. 4: L'Osservatore Romano, ed. semanal en
lengua española (17 enero 1997), p. 6.
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