Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de
2005
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Pacem In Terris:
Una Tarea Permanente
Juan Pablo II
Jornada Mundial De La Paz,
2003
1. Han transcurrido casi cuarenta años desde aquel 11 de abril
de 1963, en que el Papa Juan XXIII publicó la histórica Carta
encíclica Pacem in terris. Aquel día era Jueves
Santo. Dirigiéndose « a todos los hombres de buena voluntad »,
mi venerado Predecesor, que moriría dos meses después,
compendiaba su mensaje de paz al mundo en la primera afirmación
de la Encíclica: « La paz en la tierra, suprema aspiración de
toda la humanidad a través de la historia, es indudable que no
puede establecerse ni consolidarse si no se respeta fielmente el
orden establecido por Dios » (Pacem in terris, Introd.,
AAS 55 [1963], 257).
Hablar de paz a un mundo dividido
2. En realidad, el mundo al cual se dirigía Juan XXIII se
encontraba en un profundo estado de desorden. El siglo XX se
había iniciado con una gran expectativa de progreso. En cambio,
la humanidad había asistido, en sesenta años de historia, al
estallido de dos guerras mundiales, la consolidación de sistemas
totalitarios demoledores, la acumulación de inmensos
sufrimientos humanos y el desencadenamiento, contra la Iglesia,
de la mayor persecución que la historia haya conocido jamás.
Sólo dos años antes de la Pacem in terris, en 1961, se
erigió el « muro de Berlín » para dividir y oponer no solamente
dos partes de aquella ciudad, sino también dos modos de
comprender y de construir la ciudad terrena. De una parte y de
otra del muro la vida tuvo un estilo diferente, inspirado en
reglas a menudo contrapuestas, en un clima difuso de sospecha y
desconfianza. Tanto como visión del mundo que como planteamiento
concreto de la vida, aquel muro atravesó la humanidad en su
conjunto y penetró en el corazón y mente de las personas,
creando divisiones que parecían destinadas a durar siempre.
Además, justo seis meses antes de la publicación de la
Encíclica, mientras en Roma se había inaugurado hacía pocos días
el Concilio Vaticano II, el mundo, debido a la crisis de los
misiles en Cuba, se encontró al borde de una guerra nuclear.
Parecía bloqueado el camino hacia un mundo de paz, de justicia y
de libertad. Muchos pensaban que la humanidad estaba condenada a
vivir todavía durante largo tiempo en aquellas condiciones
precarias de « guerra fría », sometida constantemente a la
pesadilla de que una agresión o un percance cualquiera pudieran
desencadenar de un día a otro la peor guerra de toda la historia
humana. En efecto, el uso de armas atómicas, podía transformarla
en un conflicto que habría puesto en peligro el futuro mismo de
la humanidad.
Los cuatro pilares de la paz
3. El Papa Juan XXIII no estaba de acuerdo con los que creían
imposible la paz. Con la Encíclica logró que este valor
fundamental –con toda su exigente verdad– empezara a hacerse
sentir en ambas partes de aquel muro y de todos los muros. A
muchos la Encíclica les hizo ver la común pertenencia a la
familia humana y les encendió una luz respecto a la aspiración
de la gente de todos los lugares de la tierra a vivir en
seguridad, justicia y esperanza ante el futuro.
Con su espíritu clarividente, Juan XXIII indicó las condiciones
esenciales para la paz en cuatro exigencias concretas del ánimo
humano: la verdad, la justicia, el amor y
la libertad (cf. ibíd., I: l.c., 265-266).
La verdad –dijo– será fundamento de la paz cuando cada
individuo tome consciencia rectamente, más que de los propios
derechos, también de los propios deberes con los otros. La
justicia edificará la paz cuando cada uno respete
concretamente los derechos ajenos y se esfuerce por cumplir
plenamente los mismos deberes con los demás. El amor será
fermento de paz, cuando la gente sienta las necesidades de los
otros como propias y comparta con ellos lo que posee, empezando
por los valores del espíritu. Finalmente, la libertad
alimentará la paz y la hará fructificar cuando, en la elección
de los medios para alcanzarla, los individuos se guíen por la
razón y asuman con valentía la responsabilidad de las propias
acciones.
Mirando al presente y al futuro con los ojos de la fe y de la
razón, el beato Juan XXIII vislumbró e interpretó los
dinamismos profundos que estaban actuando ya en la historia.
Sabía que las cosas no son siempre como aparecen exteriormente.
A pesar de las guerras y las amenazas de guerras, había algo
nuevo que se percibía en las vicisitudes humanas, algo que el
Papa consideró como el inicio prometedor de una revolución
espiritual.
Una nueva consciencia de la dignidad del hombre y de sus
derechos inalienables
4. La humanidad, escribió, ha emprendido una nueva etapa de su
camino (cf. ibíd., I: l.c., 267-269). El fin del
colonialismo, el nacimiento de nuevos Estados independientes, la
defensa más eficaz de los derechos de los trabajadores, la nueva
y agradable presencia de las mujeres en la vida pública, le
parecían como otros tantos signos de una humanidad que estaba
entrando en una nueva fase de su historia, una fase
caracterizada por la « convicción de que todos los hombres
son, por dignidad natural, iguales entre sí » (ibíd.,
I: l.c., 268). Ciertamente, esta dignidad era
vilipendiada aún en muchas partes del mundo. El Papa no lo
ignoraba. Sin embargo estaba convencido de que, no obstante la
situación fuese dramática bajo algunos aspectos, el mundo era
cada día más consciente de algunos valores espirituales y
cada vez estaba más abierto a la riqueza de contenido de
aquellos « pilares de la paz » que eran la verdad, la justicia,
el amor y la libertad (cf. ibíd., I: l.c.,
268-269). A través del esfuerzo por llevar estos valores a la
vida social, tanto nacional como internacional, los hombres y
las mujeres serían cada vez más conscientes de la importancia de
su relación con Dios, fuente de todo bien, como sólido
fundamento y criterio supremo de su vida, ya sea como individuos
que como seres sociales (cf. ibíd.). Esta sensibilidad
espiritual más aguda –el Papa estaba convencido de ello– tendría
también profundas consecuencias públicas y políticas.
Ante la creciente conciencia de los derechos humanos que iba
aflorando a nivel nacional e internacional, Juan XXIII intuyó la
fuerza interior de este fenómeno y su extraordinario poder de
cambiar la historia. Lo que ocurrió pocos años después, sobre
todo en Europa central y oriental, fue una excelente prueba de
ello. El camino hacia la paz, enseñaba el Papa en su Encíclica,
debía pasar por la defensa y promoción de los derechos humanos
fundamentales. En efecto, cada persona humana goza de ellos, no
como de un beneficio concedido por una cierta clase social o por
el Estado, sino como de una prerrogativa propia por ser persona:
« En toda convivencia humana bien ordenada y fecunda hay que
establecer como fundamento el principio de que todo hombre es
persona, esto es, naturaleza dotada de inteligencia y de libre
albedrío, y que, por tanto, el hombre tiene por sí mismo
derechos y deberes que dimanan inmediatamente y al mismo tiempo
de su propia naturaleza. Estos derechos y deberes son, por ello,
universales e inviolables, y no pueden renunciarse por ningún
concepto » (ibíd., I: l.c., 259).
No se trataba simplemente de ideas abstractas. Eran ideas de
vastas consecuencias prácticas, como en seguida demostraría la
historia. Basados en la convicción de que cada ser humano es
igual en dignidad y que, por consiguiente, la sociedad tiene que
adecuar sus estructuras a esta premisa, surgieron muy pronto los
movimientos por los derechos humanos, que dieron expresión
política concreta a una de las grandes dinámicas de la historia
contemporánea. La promoción de la libertad fue reconocida como
un elemento indispensable del empeño por la paz. Surgiendo
prácticamente en todas las partes del mundo, estos movimientos
contribuyeron al derrocamiento de formas de gobierno
dictatoriales y ayudaron a cambiarlas con otras formas más
democráticas y participativas. En la práctica, demostraron que
la paz y el progreso pueden alcanzarse sólo a través del respeto
de la ley moral universal, inscrita en el corazón del hombre
(cf. Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea de las Naciones
Unidas, 5 octubre 1995, 3).
El bien común universal
5. En otro punto el magisterio de la Pacem in terris se
mostró profético, anticipándose a la fase sucesiva de la
evolución de las políticas mundiales. Ante un mundo que se hacía
cada vez más interdependiente y global, el Papa Juan XXIII
sugirió que el concepto de bien común debía formularse con una
perspectiva mundial. Para ser correcto, debía referirse al
concepto de « bien común universal » (Pacem in terris,
IV: l.c., 292). Una de las consecuencias de esta
evolución era la exigencia evidente de que hubiera una
autoridad pública a nivel internacional, que pudiese
disponer de capacidad efectiva para promover este bien común
universal. Esta autoridad, añadía enseguida el Papa, no debería
instituirse mediante la coacción, sino sólo a través del
consenso de las naciones. Debería tratarse de un organismo que
tuviese como « objetivo fundamental el reconocimiento, el
respeto, la tutela y la promoción de los derechos de la
persona » (ibíd., IV: l.c., 294).
Por esto no sorprende que Juan XXIII mirara con gran esperanza
hacia la Organización de las Naciones Unidas, constituida el 26
de junio de 1945. En ella veía un instrumento válido para
mantener y reforzar la paz en el mundo. Justamente por esto
expresó un particular aprecio por la Declaración Universal de
los Derechos del Hombre de 1948, considerándola « un primer
paso introductorio para el establecimiento de una constitución
jurídica y política de todos los pueblos del mundo » (ibíd.,
IV: l.c., 295). En efecto, en dicha Declaración
se habían fijado los fundamentos morales sobre los que se
habría podido basar la edificación de un mundo caracterizado por
el orden en vez del desorden, por el diálogo en vez de la
fuerza. Con esta perspectiva, el Papa dejaba entender que la
defensa de los derechos humanos por parte de la Organización de
las Naciones Unidas era el presupuesto indispensable para el
desarrollo de la capacidad de la Organización misma para
promover y defender la seguridad internacional.
La visión precursora del Papa, es decir, la propuesta de una
autoridad pública internacional al servicio de los derechos
humanos, de la libertad y de la paz, no sólo no se ha logrado
aún completamente, sino que se debe constatar, por desgracia, la
frecuente indecisión de la comunidad internacional sobre el
deber de respetar y aplicar los derechos humanos. Este deber
atañe a todos los derechos fundamentales y no permite
decisiones arbitrarias que acabarían en formas de discriminación
e injusticia. Al mismo tiempo, somos testigos del incremento de
una preocupante divergencia entre una serie de nuevos
« derechos » promovidos en las sociedades tecnológicamente
avanzadas y derechos humanos elementales que todavía no son
respetados en situaciones de subdesarrollo: pienso, por ejemplo,
en el derecho a la alimentación, al agua potable, a la vivienda,
a la autodeterminación y a la independencia. La paz exige que
esta divergencia se reduzca urgentemente y que finalmente se
supere.
Debe hacerse todavía una observación: la comunidad
internacional, que desde 1948 posee una carta de los derechos de
la persona humana, ha dejado además de insistir adecuadamente
sobre los deberes que se derivan de la misma. En realidad, es
el deber el que establece el ámbito dentro del cual los
derechos tienen que regularse para no transformarse en el
ejercicio de una arbitrariedad. Una mayor conciencia de los
deberes humanos universales reportaría un gran beneficio
para la causa de la paz, porque le daría la base moral del
reconocimiento compartido de un orden de las cosas que no
depende de la voluntad de un individuo o de un grupo.
Un nuevo orden moral internacional
6. Es asimismo verdad que, a pesar de muchas dificultades y
retrasos, en los cuarenta años transcurridos ha habido un
notable progreso hacia la realización de la noble visión del
Papa Juan XXIII. El hecho de que los Estados casi en todas las
partes del mundo se sientan obligados a respetar la idea de los
derechos humanos muestra cómo son eficaces los instrumentos de
la convicción moral y de la entereza espiritual. Estas fuerzas
fueron decisivas en aquella movilización de las conciencias que
originó la revolución no violenta de 1989, acontecimiento que
determinó la caída del comunismo europeo. Y aunque se den
concepciones erróneas de libertad, entendida como desenfreno,
que siguen amenazando la democracia y las sociedades libres, es
sin duda significativo que, en los cuarenta años transcurridos
desde la Pacem in terris, muchas poblaciones del mundo
hayan llegado a ser más libres, se hayan consolidado estructuras
de diálogo y cooperación entre las naciones y la amenaza de una
guerra global nuclear, como la que se vislumbró drásticamente en
tiempos del Papa Juan XXIII, haya sido controlada eficazmente.
A este respecto, con humilde valentía querría observar cómo la
enseñanza plurisecular de la Iglesia sobre la paz entendida como
« tranquillitas ordinis » – « tranquilidad del orden »,
según la definición de San Agustín, (De civitate Dei, 19,
13) y a la luz también de las reflexiones de la Pacem in
terris, se haya revelado particularmente significativa para
el mundo actual, tanto para los Jefes de las naciones como para
los simples ciudadanos. Que haya un gran desorden en la
situación del mundo contemporáneo es una constatación compartida
fácilmente por todos. Por tanto, la pregunta que se impone es la
siguiente: ¿qué tipo de orden puede reemplazar este desorden,
para dar a los hombres y mujeres la posibilidad de vivir en
libertad, justicia y seguridad? Y ya que el mundo, incluso en su
desorden, se está « organizando » en varios campos (económico,
cultural y hasta político), surge otra pregunta igualmente
apremiante: ¿bajo qué principios se están desarrollando estas
nuevas formas de orden mundial?
Estas preguntas de vasta irradiación indican que el problema del
orden en los asuntos mundiales, que es también el problema de la
paz rectamente entendida, no puede prescindir de cuestiones
relacionadas con los principios morales. Con otras palabras,
desde esta perspectiva se toma también conciencia de que la
cuestión de la paz no puede separarse de la cuestión de la
dignidad y de los derechos humanos. Ésta es precisamente una de
las verdades perennes enseñada por la Pacem in terris, y
nosotros haríamos bien en recordarla y meditarla en este
cuadragésimo aniversario.
¿No es éste quizás el tiempo en el que todos deben colaborar en
la constitución de una nueva organización de toda la familia
humana, para asegurar la paz y la armonía entre los pueblos,
y promover juntos su progreso integral? Es importante evitar
tergiversaciones: aquí no se quiere aludir a la constitución de
un superestado global. Más bien se piensa subrayar la urgencia
de acelerar los procesos ya en acto para responder a la casi
universal pregunta sobre modos democráticos en el ejercicio
de la autoridad política, sea nacional que internacional,
como también a la exigencia de transparencia y credibilidad a
cualquier nivel de la vida pública. Confiando en la bondad
presente en el corazón de cada persona, el Papa Juan XXIII quiso
valerse de la misma e invitó al mundo entero hacia una visión
más noble de la vida pública y del ejercicio de la autoridad
pública. Con audacia, animó al mundo a proyectarse más allá del
propio estado de desorden actual y a imaginar nuevas formas de
orden internacional que estuviesen de acuerdo con la dignidad
humana.
Relación entre paz y verdad
7. Contrastando la visión de quienes pensaban en la política
como un ámbito desvinculado de la moral y sujeto al solo
criterio del interés, Juan XXIII, a través de la Encíclica
Pacem in terris, presentó una imagen más verdadera de la
realidad humana e indicó el camino hacia un futuro mejor para
todos. Precisamente porque las personas son creadas con la
capacidad de tomar opciones morales, ninguna actividad humana
está fuera del ámbito de los valores éticos. La política es
una actividad humana; por tanto, está sometida también al juicio
moral. Esto es también válido para la política internacional. El
Papa escribió: « La misma ley natural que rige las relaciones de
convivencia entre los ciudadanos debe regular también las
relaciones mutuas entre las comunidades políticas » (Pacem in
terris, III: l.c., 279). Cuantos creen que la vida
pública internacional se desarrolla de algún modo fuera del
ámbito del juicio moral, no tienen más que reflexionar sobre el
impacto de los movimientos por los derechos humanos en
las políticas nacionales e internacionales del siglo XX,
recientemente concluido. Estas perspectivas, que anticipó la
enseñanza de la Encíclica, contrastan claramente con la
pretensión de que las políticas internacionales se sitúen en una
especie de « zona franca » en la que la ley moral no tendría
ninguna fuerza.
Quizás no hay otro lugar en el que se vea con igual claridad la
necesidad de un uso correcto de la autoridad política, como en
la dramática situación de Oriente Medio y de Tierra Santa.
Día tras día y año tras año, el efecto creciente de un rechazo
recíproco exacerbado y de una cadena infinita de violencias y
venganzas ha hecho fracasar hasta ahora todo intento de iniciar
un diálogo serio sobre las cuestiones reales en litigio. La
situación precaria se hace todavía más dramática por el
contraste de intereses entre los miembros de la comunidad
internacional. Hasta que quienes ocupan puestos de
responsabilidad no acepten cuestionarse con valentía su modo de
administrar el poder y de procurar el bienestar de sus pueblos,
será difícil imaginar que se pueda progresar verdaderamente
hacia la paz. La lucha fratricida, que cada día afecta a Tierra
Santa contraponiendo entre sí las fuerzas que preparan el futuro
inmediato de Oriente Medio, muestra la urgente exigencia de
hombres y mujeres convencidos de la necesidad de una política
basada en el respeto de la dignidad y de los derechos de la
persona. Semejante política es para todos incomparablemente más
ventajosa que continuar con las situaciones del conflicto
actual. Hace falta partir de esta verdad. Ésta es siempre más
liberadora que cualquier forma de propaganda, especialmente
cuando dicha propaganda sirviera para disimular intenciones
inconfesables.
Las premisas de una paz duradera
8. Hay una relación inseparable entre el compromiso por la
paz y el respeto de la verdad. La honestidad en dar
informaciones, la imparcialidad de los sistemas jurídicos y la
transparencia de los procedimientos democráticos dan a los
ciudadanos el sentido de seguridad, la disponibilidad para
resolver las controversias con medios pacíficos y la voluntad de
acuerdo leal y constructivo que constituyen las verdaderas
premisas de una paz duradera. Los encuentros políticos a
nivel nacional e internacional sólo sirven a la causa de la paz
si los compromisos tomados en común son respetados después por
cada parte. En caso contrario, estos encuentros corren el riesgo
de ser irrelevantes e inútiles, y su resultado es que la gente
se siente tentada a creer cada vez menos en la utilidad del
diálogo y, en cambio, a confiar en el uso de la fuerza como
camino para solucionar las controversias. Las repercusiones
negativas, que tienen los compromisos adquiridos y luego no
respetados sobre el proceso de paz, deben inducir a los Jefes de
Estado y de Gobierno a ponderar todas sus decisiones con gran
sentido de responsabilidad.
Pacta sunt servanda,
dice el antiguo adagio. Si han de respetarse todos los
compromisos asumidos, debe ponerse especial atención en cumplir
los compromisos asumidos para con los pobres. En efecto,
sería particularmente frustrante para los mismos no cumplir las
promesas consideradas por ellos como de interés vital. Con esta
perspectiva, el no cumplir los compromisos con las naciones en
vías de desarrollo constituye una seria cuestión moral y pone
aún más de relieve la injusticia de las desigualdades existentes
en el mundo. El sufrimiento causado por la pobreza se ve
agudizado dramáticamente cuando falta la confianza. El
resultado final es el desmoronamiento de toda esperanza. La
existencia de confianza en las relaciones internacionales es un
capital social de valor fundamental.
Una cultura de paz
9. Si se examinan los problemas profundamente, se debe reconocer
que la paz no es tanto cuestión de estructuras, como de
personas. Estructuras y procedimientos de paz –jurídicos,
políticos y económicos– son ciertamente necesarios y
afortunadamente se dan a menudo. Sin embargo, no son sino el
fruto de la sensatez y de la experiencia acumulada a lo largo de
la historia a través de innumerables gestos de paz,
llevados a cabo por hombres y mujeres que han sabido esperar sin
desanimarse nunca. Gestos de paz se dan en la vida de
personas que cultivan en su propio ánimo constantes actitudes
de paz. Son obra de la mente y del corazón de quienes
« trabajan por la paz » (Mt 5, 9). Gestos de paz
son posibles cuando la gente aprecia plenamente la dimensión
comunitaria de la vida, que les hace percibir el significado
y las consecuencias que ciertos acontecimientos tienen sobre su
propia comunidad y sobre el mundo en general. Gestos de paz
crean una tradición y una cultura de paz.
La religión tiene un papel vital para suscitar gestos de paz y
consolidar condiciones de paz.
Este papel lo puede desempeñar tanto más eficazmente cuanto más
decididamente se concentra en lo que la caracteriza: la apertura
a Dios, la enseñanza de una fraternidad universal y la promoción
de una cultura de solidaridad. La « Jornada de oración por la
paz », que he promovido en Asís el 24 de enero de 2002,
comprometiendo a los representantes de numerosas religiones,
tenía justamente este objetivo. Quería expresar el deseo de
educar para la paz mediante la difusión de una espiritualidad y
de una cultura de paz.
La herencia de la « Pacem in terris »
10. El beato Juan XXIII era una persona que no temía el
futuro. Lo ayudaba en esta actitud de optimismo la confianza
segura en Dios y en el hombre, aprendida en el profundo clima de
fe en el que había crecido. Persuadido de este abandono en la
Providencia, incluso en un contexto que parecía de permanente
conflicto, no dudó en proponer a los líderes de su tiempo una
nueva visión del mundo. Ésta es la herencia que nos ha dejado.
Fijándonos en él, en esta Jornada Mundial de la Paz de 2003, nos
sentimos invitados a comprometernos en sus mismos sentimientos:
confianza en Dios misericordioso y compasivo, que nos llama a la
fraternidad; confianza en los hombres y mujeres tanto de hoy
como de cualquier otro tiempo, gracias a la imagen de Dios
impresa igualmente en los espíritus de todos. A partir de estos
sentimientos es como se puede esperar en la construcción un
mundo de paz en la tierra.
Al inicio de un nuevo año en la historia de la humanidad, éste
es el augurio que surge espontáneo de lo más profundo de mi
corazón: que en el ánimo de todos brote un impulso de renovada
adhesión a la noble misión que la Encíclica Pacem in terris
propuso hace cuarenta años a todos los hombres y mujeres de
buena voluntad. Esta tarea, que la Encíclica calificó como « inmensa »,
se concretaba en « establecer un nuevo sistema de relaciones en
la sociedad humana, bajo la enseñanza y el apoyo de la verdad,
la justicia, el amor y la libertad ». El Papa precisaba además
que se refería a las « relaciones de convivencia en la sociedad
humana..., primero, entre los individuos; en segundo lugar,
entre los ciudadanos y sus respectivos Estados; tercero, entre
los Estados entre sí, y, finalmente, entre los individuos,
familias, entidades intermedias y Estados particulares, de un
lado, y, de otro, la comunidad mundial ». Y concluía afirmando
que el empeño de « consolidar la paz verdadera según el orden
establecido por Dios » constituía una « tarea sin duda gloriosa »
(Pacem in terris, V: l.c., 301-302).
El cuadragésimo aniversario de la Pacem in terris es una
ocasión muy oportuna para beneficiarse de la enseñanza profética
del Papa Juan XXIII. Las comunidades eclesiales estudiarán cómo
celebrar este aniversario de modo apropiado durante el año, con
iniciativas que pueden tener un carácter ecuménico e
interreligioso, abriéndose a todos los que sienten un profundo
anhelo de « echar por tierra las barreras que dividen a unos de
otros, para estrechar los vínculos de la mutua caridad, para
fomentar la recíproca comprensión, para perdonar, en fin, a
cuantos nos hayan injuriado » (ibíd., 304).
Acompaño estos augurios con la oración a Dios Omnipotente,
fuente de todo nuestro bien. Que Él, que desde las condiciones
de opresión y conflicto nos llama a la libertad y la cooperación
para bien de todos, ayude a las personas en cada lugar de la
tierra a construir un mundo de paz, basados siempre cada vez más
firmemente en los cuatro pilares que el beato Juan XXIII indicó
a todos en su histórica Encíclica: verdad, justicia, amor y
libertad.
Vaticano, 8 de diciembre de 2002.
JUAN PABLO II |