Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de
2005
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No hay paz sin justicia ni justicia sin perdón
Juan Pablo II
Jornada Mundial de la Paz, 2002
1. Este año, la Jornada Mundial de la Paz se ce lebra con el
trasfondo de los dramáticos acontecimientos del pasado 11 de
septiembre. Aquel día se cometió un crimen de terrible gravedad:
en pocos minutos, millares de personas inocentes, de diverso
origen étnico, fueron horrendamente asesinados. Desde entonces,
todo el mundo ha tomado conciencia con nueva intensidad de la
vulnerabilidad personal y ha comenzado a mirar el futuro con un
sentimiento profundo de miedo, hasta ahora desconocido. Ante
estos estados de ánimo, la Iglesia desea dar testimonio de su
esperanza, fundada en la convicción de que el mal, el
mysterium iniquitatis, no tiene la última palabra en los
avatares humanos. La historia de la salvación descrita en la
Sagrada Escritura proyecta una gran luz sobre toda la historia
del mundo, mostrando que está siempre acompañada por la
solicitud diligente y misericordiosa de Dios, que conoce el modo
de llegar a los corazones más endurecidos y sacar también buenos
frutos de un terreno árido y estéril.
La esperanza que sostiene a la Iglesia al comenzar el año 2002
es que el mundo, donde el poder del mal parece predominar
todavía, se transforme realmente, con la gracia de Dios, en un
mundo en el que puedan colmarse las aspiraciones más nobles del
corazón humano; un mundo en el que prevalezca la verdadera paz.
La paz: obra de justicia y amor
2. Lo que ha ocurrido recientemente, con los hechos sangrientos
que acabamos de recordar, me ha impulsado a continuar una
reflexión que brota a menudo de lo más hondo de mi corazón, al
rememorar acontecimientos históricos que han marcado mi vida,
especialmente en los años de mi juventud. Los indecibles
sufrimientos de los pueblos y de las personas, entre ellas no
pocos amigos y conocidos míos, causados por los totalitarismos
nazi y comunista, siempre me han interpelado íntimamente y
animado mi oración. Muchas veces me he detenido a pensar sobre
esta pregunta: ¿cuál es el camino que conduce al pleno
restablecimiento del orden moral y social, violado tan
bárbaramente? La convicción a la que he llegado, razonando y
confrontándome con la Revelación bíblica, es que no se
restablece completamente el orden quebrantado, si no es
conjugando entre sí la justicia el perdón. Los pilares de la
paz verdadera son la justicia y esa forma particular del amor
que es el perdón.
3. Pero ¿cómo se puede hablar, en las circunstancias actuales,
de justicia y, al mismo tiempo, de perdón como fuentes y
condiciones de la paz? Mi respuesta es que se puede y se debe
hablar de ello a pesar de la dificultad que comporta, entre
otros motivos, porque se tiende a pensar en la justicia y en el
perdón en términos alternativos. Pero el perdón se opone al
rencor y a la venganza, no a la justicia. En realidad, la
verdadera paz es « obra de la justicia » (Is 32, 17).
Como ha afirmado el Concilio Vaticano II, la paz es « el fruto
del orden asignado a la sociedad humana por su divino Fundador y
que los hombres, siempre sedientos de una justicia más perfecta,
han de llevar a cabo » (Constitución pastoral Gaudium et
spes, 78). Desde hace más de quince siglos, resuena en
la Iglesia católica la enseñanza de Agustín de Hipona, quien ha
recordado que la paz, a la cual se debe tender con la aportación
de todos, consiste en la tranquillitas ordinis, en la
tranquilidad del orden (cf. De civitate Dei, 19, 13).
La verdadera paz, pues, es fruto de la justicia, virtud moral y
garantía legal que vela sobre el pleno respeto de derechos y
deberes, y sobre la distribución ecuánime de beneficios y
cargas. Pero, puesto que la justicia humana es siempre frágil e
imperfecta, expuesta a las limitaciones y a los egoísmos
personales y de grupo, debe ejercerse y en cierto modo
completarse con el perdón, que cura las heridas y restablece
en profundidad las relaciones humanas truncadas. Esto vale
tanto para las tensiones que afectan a los individuos, como para
las de alcance más general, e incluso internacional. El perdón
en modo alguno se contrapone a la justicia, porque no consiste
en inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del
orden violado. El perdón tiende más bien a esa plenitud de la
justicia que conduce a la tranquilidad del orden y que, siendo
mucho más que un frágil y temporal cese de las hostilidades,
pretende una profunda recuperación de las heridas abiertas. Para
esta recuperación, son esenciales ambos, la justicia y el
perdón.
Éstas son las dos dimensiones de la paz que deseo analizar en
este mensaje. Este año, la Jornada Mundial ofrece a toda la
humanidad, y especialmente a los Jefes de las Naciones, la
oportunidad de reflexionar sobre las exigencias de la justicia y
sobre el llamamiento al perdón ante los graves problemas que
siguen afligiendo el mundo, entre los cuales se encuentra, y no
en último lugar, el nuevo nivel de violencia introducido por
el terrorismo organizado.
El fenómeno del terrorismo
4. Es precisamente la paz fundada sobre la justicia y sobre el
perdón la que es atacada actualmente por el terrorismo
internacional. En estos últimos años, especialmente después de
la guerra fría, el terrorismo se ha transformado en una
sofisticada red de connivencias políticas, técnicas y
económicas, que supera los confines nacionales y se expande
hasta abarcar todo el mundo. Se trata de verdaderas
organizaciones, dotadas a menudo de ingentes recursos
financieros, que planifican estrategias a gran escala,
agrediendo a personas inocentes y sin implicación alguna en las
perspectivas pretendidas por los terroristas.
Empleando sus mismos secuaces como arma arrojadiza contra
personas inermes y desprevenidas, estas organizaciones
terroristas muestran de modo sobrecogedor el instinto de muerte
que las mueve. El terrorismo nace del odio y engendra
aislamiento, desconfianza y exclusión. La violencia se suma a la
violencia, en una trágica espiral que contagia también a las
nuevas generaciones, las cuales heredan así el odio que ha
dividido a las anteriores. El terrorismo se basa en el
desprecio de la vida del hombre. Precisamente por eso, no
sólo comete crímenes intolerables, sino que en sí mismo, en
cuanto recurso al terror como estrategia política y económica,
es un auténtico crimen contra la humanidad.
5. Existe, por tanto, un derecho a defenderse del terrorismo.
Es un derecho que, como cualquier otro, debe atenerse a reglas
morales y jurídicas, tanto en la elección de los objetivos como
de los medios. La identificación de los culpables ha de ser
probada debidamente, porque la responsabilidad penal es siempre
personal y, por tanto, no puede extenderse a las naciones, a las
etnias o a las religiones a las que pertenecen los terroristas.
La colaboración internacional en la lucha contra la actividad
terrorista debe comportar también un compromiso especial en el
ámbito político, diplomático y económico, con el fin de
solucionar con valentía y determinación las eventuales
situaciones de opresión y marginación que pudieran estar en el
origen de los planes terroristas. En efecto, el reclutamiento de
los terroristas resulta más fácil en los contextos sociales
donde los derechos son conculcados y las injusticias se toleran
durante demasiado tiempo.
No obstante, es preciso afirmar con claridad que las injusticias
existentes en el mundo nunca pueden usarse como pretexto para
justificar los atentados terroristas. Se ha de subrayar, además,
que entre las víctimas de la destrucción radical del orden, como
pretenden los terroristas, han de incluirse en primer lugar a
los millones de hombres y mujeres menos preparados para resistir
el colapso de la solidaridad internacional. Me refiero
concretamente a los pueblos del mundo en vías de desarrollo, que
viven ya con estrechos márgenes de supervivencia, y que serían
los más dolorosamente perjudicados por el caos global, económico
y político. La pretensión del terrorismo de actuar en nombre de
los pobres es una falsedad patente.
¡No se mata en nombre de Dios!
6. Quien mata con atentados terroristas cultiva sentimientos de
desprecio hacia la humanidad, manifestando desesperación ante la
vida y el futuro; desde esta perspectiva, se puede odiar y
destruir todo. El terrorista piensa que la verdad en la que cree
o el sufrimiento padecido son tan absolutos que lo legitiman a
reaccionar destruyendo incluso vidas humanas inocentes. A veces,
el terrorismo es hijo de un fundamentalismo fanático, que
nace de la convicción de poder imponer a todos su propia visión
de la verdad. La verdad, en cambio, aún cuando se la haya
alcanzado —y eso ocurre siempre de manera limitada y
perfectible—, jamás puede ser impuesta. El respeto de la
conciencia de los demás, en la cual se refleja la imagen misma
de Dios (cf. Gn 1, 26-27), permite sólo proponer la
verdad al otro, al cual corresponde acogerla responsablemente.
Pretender imponer a otros con la violencia lo que se considera
como la verdad, significa violar la dignidad del ser humano y,
en definitiva, ultrajar a Dios, del cual es imagen. Por eso, el
fanatismo fundamentalista es una actitud radicalmente contraria
a la fe en Dios. Si nos fijamos bien, el terrorismo no sólo
instrumentaliza al hombre, sino también a Dios, haciendo de
él un ídolo, del cual se sirve para sus propios objetivos.
7. Por tanto, ningún responsable de las religiones puede ser
indulgente con el terrorismo y, menos aún, predicarlo. Es
una profanación de la religión proclamarse terroristas en nombre
de Dios, hacer en su nombre violencia al hombre. La violencia
terrorista es contraria a la fe en Dios Creador del hombre; en
Dios que lo cuida y lo ama. En particular, es totalmente
contraria a la fe en Cristo, el Señor, que enseñó a sus
discípulos a rezar así: « Perdona nuestras ofensas, como
nosotros perdonamos a quienes nos ofenden » (Mt 6,
12).
Siguiendo la enseñanza y el ejemplo de Jesús, los cristianos
están convencidos de que mostrar misericordia significa vivir
plenamente la verdad de nuestra vida: podemos y tenemos que ser
misericordiosos, porque nos ha sido manifestada la misericordia
por un Dios que es Amor misericordioso (cf. 1 Jn 4,
7-12). El Dios que nos redime mediante su entrada en la
historia, y que mediante el drama del Viernes Santo prepara la
victoria del día de Pascua, es un Dios de misericordia y de
perdón (cf. Sal 103 [102], 3-4. 10-13). A cuantos le
objetaban que comía con los pecadores, Jesús les ha contestado:
« Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia
quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a
justos, sino a pecadores » (Mt 9, 13). Los seguidores de
Cristo, bautizados en su muerte y en su resurrección, deben ser
siempre hombres y mujeres de misericordia y perdón.
Necesidad del perdón
8. Pero, ¿qué significa concretamente perdonar? Y ¿por qué
perdonar? Una reflexión sobre el perdón no puede eludir
estas preguntas. Volviendo a una reflexión que tuve oportunidad
de ofrecer para la Jornada de la Paz 1997 (« Ofrece el perdón,
recibe la paz »), deseo recordar que el perdón, antes de ser un
hecho social, nace en el corazón de cada uno. Sólo en la medida
en que se afirma una ética y una cultura del perdón se puede
esperar también en una « política del perdón », expresada con
actitudes sociales e instrumentos jurídicos, en los cuales la
justicia misma asuma un rostro más humano.
En realidad, el perdón es ante todo una decisión personal, una
opción del corazón que va contra el instinto espontáneo de
devolver mal por mal. Dicha opción tiene su punto de referencia
en el amor de Dios, que nos acoge a pesar de nuestro pecado y,
como modelo supremo, el perdón de Cristo, el cual invocó desde
la cruz: « Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen » (Lc
23, 34).
Así pues, el perdón tiene una raíz y una dimensión divinas. No
obstante, esto no excluye que su valor pueda entenderse también
a la luz de consideraciones basadas en razones humanas. La
primera entre todas, es la que se refiere a la experiencia
vivida por el ser humano cuando comete el mal. Entonces se da
cuenta de su fragilidad y desea que los otros sean indulgentes
con él. Por tanto, ¿por qué no tratar a los demás como uno desea
ser tratado? Todo ser humano abriga en sí la esperanza de poder
reemprender un camino de vida y no quedar para siempre
prisionero de sus propios errores y de sus propias culpas. Sueña
con poder levantar de nuevo la mirada hacia el futuro, para
descubrir aún una perspectiva de confianza y compromiso.
9. En cuanto acto humano, el perdón es ante todo una iniciativa
de cada individuo respecto a sus semejantes. La persona, sin
embargo, tiene una dimensión esencialmente social, por la cual
establece una red de relaciones sociales en las que se
manifiesta a sí misma: no sólo en el bien sino, por desgracia,
incluso en el mal. Consecuencia de ello es que el perdón es
necesario también en el ámbito social. Las familias, los
grupos, los Estados, la misma Comunidad internacional, necesitan
abrirse al perdón para remediar las relaciones interrumpidas,
para superar situaciones de estéril condena mutua, para vencer
la tentación de excluir a los otros, sin concederles posibilidad
alguna de apelación. La capacidad de perdón es básica en
cualquier proyecto de una sociedad futura más justa y solidaria.
Por el contrario, la falta de perdón, especialmente cuando
favorece la prosecución de conflictos, tiene enormes costes para
el desarrollo de los pueblos. Los recursos se emplean para
mantener la carrera de armamentos, los gastos de las guerras,
las consecuencias de las extorsiones económicas. De este modo,
llegan a faltar las disponibilidades financieras necesarias para
promover desarrollo, paz, justicia. ¡Cuánto sufre la humanidad
por no saberse reconciliar, cuántos retrasos padece por no saber
perdonar! La paz es la condición para el desarrollo, pero una
verdadera paz es posible solamente por el perdón.
El perdón, vía maestra
10. La propuesta del perdón no se comprende de inmediato ni se
acepta fácilmente; es un mensaje en cierto modo paradójico. En
efecto, el perdón comporta siempre a corto plazo una aparente
pérdida, mientras que, a la larga, asegura un provecho
real. La violencia es exactamente lo opuesto: opta por un
beneficio sin demora, pero, a largo plazo, produce perjuicios
reales y permanentes. El perdón podría parecer una debilidad; en
realidad, tanto para concederlo como para aceptarlo, hace falta
una gran fuerza espiritual y una valentía moral a toda prueba.
Lejos de ser menoscabo para la persona, el perdón la lleva hacia
una humanidad más plena y más rica, capaz de reflejar en sí
misma un rayo del esplendor del Creador.
El ministerio que llevo a cabo al servicio del Evangelio me hace
sentir profundamente el deber, y a la vez me da la fuerza, de
insistir sobre la necesidad del perdón. Lo hago también hoy,
sostenido por la esperanza de poder suscitar una reflexión
serena y madura, de cara a una renovación general, tanto en
los corazones de las personas como en las relaciones entre los
pueblos de la tierra.
11. Meditando sobre el tema del perdón, habría que recordar
algunas situaciones trágicas de conflicto, que desde hace
demasiado tiempo fomentan odios profundos y lacerantes, con la
consiguiente espiral incontenible de tragedias personales y
colectivas. Me refiero, en particular, a cuanto ocurre en Tierra
Santa, lugar bendito y sagrado del encuentro de Dios con los
hombres, lugar de la vida, muerte y resurrección de Jesús, el
Príncipe de la paz.
La delicada situación internacional invita a subrayar con
renovada fuerza la urgencia de una solución del conflicto
árabe-israelí, que dura ya más de cincuenta años, con una
alternancia de fases más o menos agudas. El continuo recurso a
actos terroristas o de guerra, que agravan para todos la
situación y obscurecen las perspectivas, tiene que dar paso
finalmente a una negociación decisiva. Los derechos y exigencias
de cada parte serán tenidos debidamente en cuenta, y regulados
de manera ecuánime, si y cuando prevalezca en todos la voluntad
de justicia y de reconciliación. A estos queridos pueblos dirijo
de nuevo una invitación apremiante a esforzarse por llegar a una
nueva era de respeto mutuo y de acuerdo constructivo.
Comprensión y cooperación interreligiosa
12. En este gran esfuerzo, los líderes religiosos tienen una
responsabilidad específica. Las confesiones cristianas y las
grandes religiones de la humanidad han de colaborar entre sí
para eliminar las causas sociales y culturales del terrorismo,
enseñando la grandeza y la dignidad de la persona y difundiendo
una mayor conciencia de la unidad del género humano. Se
trata de un campo concreto del diálogo y de la colaboración
ecuménica e interreligiosa, para prestar un servicio urgente de
las religiones a la paz entre los pueblos.
En particular, estoy convencido de que los líderes religiosos
judíos, cristianos y musulmanes, deben tomar la iniciativa,
mediante la condena pública del terrorismo, negando a cuantos
participan en él cualquier forma de legitimación religiosa o
moral.
13. Al dar testimonio común de la verdad moral, según la cual el
asesinato deliberado del inocente es siempre un pecado grave, en
cualquier sitio y sin excepciones, los líderes religiosos del
mundo favorecerán la formación de una opinión pública moralmente
correcta. Ésta es la condición necesaria para la edificación de
una sociedad internacional capaz de alcanzar la tranquilidad del
orden en la justicia y en la libertad.
Un compromiso de este tipo por parte de las religiones no puede
dejar de adentrarse en la vía del perdón, que lleva a la
comprensión recíproca, al respeto y a la confianza. El servicio
que las religiones pueden ofrecer en favor de la paz y contra el
terrorismo consiste precisamente en la pedagogía del perdón,
porque el hombre que perdona o pide perdón comprende que hay una
Verdad más grande que él y que, acogiéndola, puede transcenderse
a sí mismo.
Oración por la paz
14. Justamente por esta razón, la oración por la paz no es un
elemento que « viene después » del compromiso por la paz. Al
contrario, está en el corazón mismo del esfuerzo por la
edificación de una paz en el orden, en la justicia y en la
libertad. Orar por la paz significa abrir el corazón humano a la
irrupción del poder renovador de Dios. Con la fuerza vivificante
de su gracia, Dios puede abrir caminos a la paz allí donde
parece que sólo hay obstáculos y obstrucciones; puede reforzar y
ampliar la solidaridad de la familia humana, a pesar de
prolongadas historias de divisiones y de luchas. Orar por la paz
significa orar por la justicia, por un adecuado ordenamiento de
las Naciones y en las relaciones entre ellas. Quiere decir
también rogar por la libertad, especialmente por la libertad
religiosa, que es un derecho fundamental humano y civil de todo
individuo. Orar por la paz significa rogar para alcanzar el
perdón de Dios y para crecer, al mismo tiempo, en la valentía
que es necesaria en quien quiere, a su vez, perdonar las ofensas
recibidas.
Por todos estos motivos, he invitado a los representantes de las
religiones del mundo a acudir a Asís, la ciudad de san
Francisco, el próximo 24 de enero, para orar por la paz.
Queremos manifestar con ello que el genuino sentimiento
religioso es una fuente inagotable de respeto mutuo y de armonía
entre los pueblos; más aún, en él se encuentra el principal
antídoto contra la violencia y los conflictos. En estos momentos
de honda preocupación, la familia humana necesita que se le
recuerden las razones seguras de nuestra esperanza. Justamente
esto es lo que queremos proclamar en Asís, pidiendo a Dios
Omnipotente — según la expresión atribuida al mismo san
Francisco — que haga de nosotros instrumentos de su paz.
15. No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón:
esto es lo que quiero anunciar en este Mensaje a creyentes y no
creyentes, a los hombres y mujeres de buena voluntad, que se
preocupan por el bien de la familia humana y por su futuro.
No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón:
esto es lo que quiero recordar a cuantos tienen en sus manos el
destino de las comunidades humanas, para que se dejen guiar
siempre en sus graves y difíciles decisiones por la luz del
verdadero bien del hombre, en la perspectiva del bien común.
No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón:
no me cansaré de repetir esta exhortación a cuantos, por una
razón o por otra, alimentan en su interior odio, deseo de
venganza o ansia de destrucción.
Que en esta Jornada de la Paz se eleve desde el corazón de cada
creyente, de manera más intensa, la oración por todas las
víctimas del terrorismo, por sus familias afectadas trágicamente
y por todos los pueblos a los que el terrorismo y la guerra
continúan agraviando e inquietando. Que no queden fuera de
nuestra oración aquellos mismos que ofenden gravemente a Dios y
al hombre con estos actos sin piedad: que se les conceda
recapacitar sobre sus actos y darse cuenta del mal que ocasionan,
de modo que se sientan impulsados a abandonar todo propósito de
violencia y buscar el perdón. Que la humanidad, en estos tiempos
azarosos, pueda encontrar paz verdadera y duradera, aquella paz
que sólo puede nacer del encuentro de la justicia con la
misericordia.
Vaticano, 8 de diciembre de 2001
JUAN PABLO II
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