Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de
2005
|
Diálogo entre las culturas para una civilización del amor y la
paz
Juan Pablo II
Jornada Mundial De La Paz, 2001
1.Al inicio de un nuevo milenio, se hace más viva
la esperanza de que las relaciones entre los hombres se inspiren
cada vez más en el ideal de una fraternidad verdaderamente
universal. Sin compartir este ideal no podrá asegurarse de modo
estable la paz. Muchos indicios llevan a pensar que esta
convicción está emergiendo con mayor fuerza en la conciencia de
la humanidad. El valor de la fraternidad está proclamado por las
grandes «cartas» de los derechos humanos; ha sido puesto de
manifiesto concretamente por grandes instituciones
internacionales y, en particular, por la Organización de las
Naciones Unidas; y es requerido, ahora más que nunca, por el
proceso de globalización que une de modo creciente los destinos
de la economía, de la cultura y de la sociedad. La misma
reflexión de los creyentes, en la diversas religiones, tiende a
subrayar cómo la relación con el único Dios, Padre común de
todos los hombres, favorece el sentirse y vivir como hermanos.
En la revelación de Dios en Cristo, este principio está
expresado con extrema radicalidad: «Quien no ama no ha conocido
a Dios, porque Dios es amor» (1Jn 4,8).
2. Al mismo tiempo, sin embargo, no se puede
ocultar que las señales apenas evocadas han sido oscurecidas por
vastas y densas sombras. La humanidad empieza esta nueva etapa
de su historia con heridas todavía abiertas; está marcada en
muchas regiones por duros y sangrientos conflictos; conoce la
dificultad de una solidaridad más difícil en las relaciones
entre los hombres de diferentes culturas y civilizaciones, cada
vez más cercanas e interactivas sobre los mismos territorios.
Todos conocen cuán difícil es conciliar las razones de los
contendientes cuando los ánimos están encendidos y exasperados a
causa de antiguos odios y de graves problemas que dificultan el
encontrar solución. Pero no menos peligrosa para el futuro de la
paz sería la incapacidad de afrontar con sabiduría los problemas
suscitados por la nueva organización que la humanidad, en muchos
Países, va asumiendo debido a la aceleración de los procesos
migratorios y de la convivencia nueva que surge entre personas
de diversas culturas y civilizaciones.
3. Por eso, me ha parecido urgente invitar a los
creyentes en Cristo, y con ellos a todos los hombres de buena
voluntad, a reflexionar sobre el diálogo entre las diferentes
culturas y tradiciones de los pueblos, indicando así el
camino necesario para la construcción de un mundo reconciliado,
capaz de mirar con serenidad al propio futuro. Se trata de un
tema decisivo para las perspectivas de la paz. Me complace que
también la Organización de las Naciones Unidas haya acogido y
propuesto esta urgencia, declarando el año 2001 «Año
internacional del diálogo entre las civilizaciones».
Naturalmente no pienso que, sobre un problema
como éste, se puedan ofrecer soluciones fáciles, de inmediata
aplicación. Es complicado el mero análisis de la situación, que
evoluciona continuamente, ya que escapa a esquemas prefijados. A
esto hay que añadir la dificultad de conjugar principios y
valores que, siendo incluso idealmente compatibles, pueden
manifestar concretamente elementos de tensión que no facilitan
la síntesis. Está además, en la base, la dificultad que deriva
del compromiso ético de cada ser humano llevado a enfrentarse
con el propio egoísmo y los propios límites.
Pero precisamente por esto considero útil una
reflexión común sobre esta problemática. Para este objetivo me
limito aquí a ofrecer algunos principios orientadores en la
escucha de lo que el Espíritu de Dios dice a las Iglesias (cf.
Ap 2,7) y a toda la humanidad en este decisivo período de
su historia.
El hombre y sus diferentes culturas
4. Considerando todas las vicisitudes de la
humanidad, uno se queda asombrado frente a las manifestaciones
complejas y varias de las culturas humanas. Cada una de ellas se
diferencia de las otras por su específico itinerario histórico y
por los consiguientes rasgos característicos que la hacen única,
original y orgánica en su propia estructura. La cultura es
expresión cualificada del hombre y de sus vicisitudes
históricas, tanto a nivel individual como colectivo. En
efecto, la inteligencia y la voluntad le mueven incesantemente a
«cultivar los bienes y los valores de la naturaleza»(1),
plasmando en unas síntesis culturales cada vez más altas y
sistemáticas los conocimientos fundamentales que se refieren a
todos los aspectos de la vida y, en particular, los que atañen a
su convivencia social y política, a la seguridad y al desarrollo
económico, a la elaboración de los valores y significados
existenciales, sobre todo de naturaleza religiosa, que permiten
a su situación individual y comunitaria desarrollarse según
modalidades auténticamente humanas.(2)
5. Las culturas se caracterizan siempre por
algunos elementos estables y duraderos y por otros dinámicos y
contingentes. En un primer momento, la consideración de una
cultura ofrece sobre todo los aspectos característicos que la
diferencian de la cultura del observador, asegurándole un
carácter típico en el cual convergen elementos de la más diversa
naturaleza. En la mayor parte de los casos las culturas se
desarrollan sobre territorios concretos, cuyos elementos
geográficos, históricos y étnicos se entrelazan de modo original
e irrepetible. Este «carácter típico» de cada cultura se
refleja, de modo más o menos relevante, en las personas que la
tienen, en un dinamismo continuo de influjos en cada uno de los
sujetos humanos y de las aportaciones que éstos, según su
capacidad y su genio, dan a la propia cultura. En cualquier
caso, ser hombre significa necesariamente existir en una
determinada cultura. Cada persona está marcada por la
cultura que respira a través de la familia y los grupos humanos
con los que entra en contacto, por medio de los procesos
educativos y las influencias ambientales más diversas y de la
misma relación fundamental que tiene con el territorio en el que
vive. En todo esto no hay ningún determinismo, sino una
constante dialéctica entre la fuerza de los condicionamientos y
el dinamismo de la libertad.
Formación humana y pertenencia cultural
6. La acogida de la propia cultura como elemento
configurador de la personalidad, especialmente en la primera
fase del crecimiento, es un dato de experiencia universal, cuya
importancia no se debe infravalorar. Sin este enraizamiento en
un humus definido, la persona misma correría el riego de
verse expuesta, en edad aún temprana, a un exceso de estímulos
contrastantes que no ayudarían el desarrollo sereno y
equilibrado. Sobre la base de esta relación fundamental con los
propios «orígenes» —a nivel familiar, pero también territorial,
social y cultural— es donde se desarrolla en las personas el
sentido de la «patria», y la cultura tiende a asumir, unas
veces más y otras menos, una configuración «nacional». El mismo
Hijo de Dios, haciéndose hombre, recibió, con una familia
humana, también una «patria». Él es para siempre Jesús de
Nazaret, el Nazareno (cf. Mc 10,47; Lc 18,37;
Jn 1,45; 19,19). Se trata de un proceso natural en el cual
las instancias sociológicas y psicológicas actúan entre sí, con
efectos normalmente positivos y constructivos. El amor
patriótico es, por eso, un valor a cultivar, pero sin
restricciones de espíritu, amando juntos a toda la familia
humana(3) y evitando las manifestaciones patológicas que se dan
cuando el sentido de pertenencia asume tonos de autoexaltación y
de exclusión de la diversidad, desarrollándose en formas
nacionalistas, racistas y xenófobas.
7. Si por esto es importante, por un lado, saber
apreciar los valores de la propia cultura, por otro es preciso
tomar conciencia de que cada cultura, siendo un producto
típicamente humano e históricamente condicionado, también
implica necesariamente unos límites. Para que el sentido de
pertenencia cultural no se transforme en cerrazón, un antídoto
eficaz es el conocimiento sereno, no condicionado por prejuicios
negativos, de las otras culturas. Por lo demás, en un análisis
atento y riguroso, frecuentemente las culturas muestran, por
encima de sus manifestaciones más externas, elementos comunes
significativos. Esto se puede ver también en la sucesión
histórica de culturas y civilizaciones. La Iglesia, mirando a
Cristo, que revela el hombre al hombre(4), y apoyada en la
experiencia alcanzada en dos mil años de historia, está
convencida de que «por encima de todos los cambios, hay muchas
cosas que no cambian »(5). Esta continuidad está basada en
características esenciales y universales del proyecto de Dios
sobre el hombre.
Las diferencias culturales han de ser
comprendidas desde la perspectiva fundamental de la unidad
del género humano, dato histórico y ontológico primario, a
la luz del cual es posible entender el significado profundo de
las mismas diferencias. En realidad, sólo la visión de conjunto
tanto de los elementos de unidad como de las diferencias hace
posible la comprensión y la interpretación de la verdad plena de
toda cultura humana.(6)
Diversidad de culturas y respeto recíproco
8. En el pasado las diferencias entre las
culturas han sido a menudo fuente de incomprensiones entre los
pueblos y motivo de conflictos y guerras. Pero todavía hoy, por
desgracia, en diversas partes del mundo constatamos, con
creciente aprensión, la polémica consolidación de algunas
identidades culturales contra otras culturas. Este fenómeno
puede, a largo plazo, desembocar en tensiones y choques
funestos, y por lo menos hace difícil la condición de algunas
minorías étnicas y culturales, que viven en un contexto de
mayorías culturalmente diversas, propensas a actitudes y
comportamientos hostiles y racistas.
Ante esta situación, todo hombre de buena
voluntad debe interrogarse sobre las orientaciones éticas
fundamentales que caracterizan la experiencia cultural de una
determinada comunidad. En efecto, las culturas, igual que el
hombre que es su autor, están marcadas por el «misterio de
iniquidad» que actúa en la historia humana (cf. 2 Ts 2,7)
y tienen también necesidad de purificación y salvación. La
autenticidad de cada cultura humana, el valor del ethos
que lleva consigo, o sea, la solidez de su orientación moral, se
pueden medir de alguna manera por su razón de ser en favor
del hombre y en la promoción de su dignidad a cualquier
nivel y en cualquier contexto.
9. Si tan preocupante es la radicalización de las
identidades culturales que se vuelven impermeables a cualquier
influjo externo beneficioso, no es menos arriesgada la servil
aceptación de las culturas, o de algunos de sus importantes
aspectos, como modelos culturales del mundo occidental que, ya
desconectados de su ambiente cristiano, se inspiran en una
concepción secularizada y prácticamente atea de la vida y en
formas de individualismo radical. Se trata de un fenómeno de
vastas proporciones, sostenido por poderosas campañas de los
medios de comunicación social, que tienden a proponer estilos de
vida, proyectos sociales y económicos y, en definitiva, una
visión general de la realidad, que erosiona internamente
organizaciones culturales distintas y civilizaciones
nobilísimas. Por su destacado carácter científico y técnico, los
modelos culturales de Occidente son fascinantes y atrayentes,
pero muestran, por desgracia y siempre con mayor evidencia, un
progresivo empobrecimiento humanístico, espiritual y moral. La
cultura que los produce está marcada por la dramática pretensión
de querer realizar el bien del hombre prescindiendo de Dios,
supremo Bien. Pero «sin el Creador —ha advertido el Concilio
Vaticano II— la criatura se diluye »(7).Una cultura que rechaza
referirse a Dios pierde la propia alma y se desorienta
transformándose en una cultura de muerte, como atestiguan los
trágicos acontecimientos del siglo XX y como demuestran los
efectos nihilistas actualmente presentes en importantes ámbitos
del mundo occidental.
Diálogo entre las culturas
10. De manera análoga a lo que sucede en la
persona, que se realiza a través de la apertura acogedora al
otro y la generosa donación de sí misma, las culturas,
elaboradas por los hombres y al servicio de los hombres, se
modelan también con los dinamismos típicos del diálogo y de la
comunión, sobre la base de la originaria y fundamental unidad de
la familia humana, salida de las manos de Dios, que « creó, de
un solo principio todo el linaje humano » (Hch 17,26).
Desde este punto de vista, el diálogo entre
las culturas, tema del presente Mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz, surge como una exigencia intrínseca de la
naturaleza misma del hombre y de la cultura. Como
expresiones históricas diversas y geniales de la unidad
originaria de la familia humana, las culturas encuentran en el
diálogo la salvaguardia de su carácter peculiar y de la
recíproca comprensión y comunión. El concepto de comunión, que
en la revelación cristiana tiene su origen y modelo sublime en
Dios uno y trino (cf. Jn 17,11.21), no supone un anularse
en la uniformidad o una forzada homologación o asimilación; es
más bien expresión de la convergencia de una multiforme
variedad, y por ello se convierte en signo de riqueza y promesa
de desarrollo.
El diálogo lleva a reconocer la riqueza de la
diversidad y dispone los ánimos a la recíproca aceptación, en la
perspectiva de una auténtica colaboración, que responde a la
originaria vocación a la unidad de toda la familia humana. Como
tal, el diálogo es un instrumento eminente para realizar la
civilización del amor y de la paz, que mi venerado
predecesor, el Papa Pablo VI, indicó como el ideal en el que
había que inspirar la vida cultural, social, política y
económica de nuestro tiempo. Al inicio del tercer milenio es
urgente proponer de nuevo la vía del diálogo a un mundo
marcado por tantos conflictos y violencias, desalentado a veces
e incapaz de escrutar los horizontes de la esperanza y de la
paz.
Potencialidades y riesgos
de la comunicación global
11. El diálogo entre las culturas se ve hoy
particularmente necesario si se considera el impacto de las
nuevas tecnologías de la comunicación en la vida de las
personas y de los pueblos. Vivimos en la era de la comunicación
global, que está plasmando la sociedad según nuevos modelos
culturales, más o menos extraños a los modelos del pasado. La
información precisa y actualizada es, al menos en línea de
principio, prácticamente accesible a todos, en cualquier parte
del mundo.
El libre aluvión de imágenes y palabras a escala
mundial está transformando no sólo las relaciones entre los
pueblos a nivel político y económico, sino también la misma
comprensión del mundo. Este fenómeno ofrece múltiples
potencialidades en otro tiempo impensables, pero presenta
también algunos aspectos negativos y peligrosos. El hecho de que
un número reducido de Países detente el monopolio de las
«industrias» culturales, distribuyendo sus productos en
cualquier lugar de la tierra a un público cada vez mayor, puede
ser un potente factor de erosión de las características
culturales. Son productos que contienen y transmiten sistemas
implícitos de valor y por tanto pueden provocar en los
receptores unos efectos de expropiación y pérdida de identidad.
Desafío de las migraciones
12. El estilo y la cultura del diálogo son
particularmente significativos respecto a la compleja
problemática de las migraciones, importante fenómeno social
de nuestro tiempo. El éxodo de grandes masas de una región a
otra del planeta, que es a menudo una dramática odisea humana
para quienes se ven implicados, tiene como consecuencia la
mezcla de tradiciones y costumbres diferentes, con notables
repercusiones en los Países de origen y en los de llegada. La
acogida reservada a los migrantes por parte de los Países que
los reciben y su capacidad de integrarse en el nuevo ambiente
humano representan otras tantas medidas para valorar la calidad
del diálogo entre las diferentes culturas.
En realidad, sobre el tema de la integración
cultural, tan debatido actualmente, no es fácil encontrar
organizaciones y ordenamientos que garanticen, de manera
equilibrada y ecuánime, los derechos y deberes, tanto de quien
acoge como de quien es acogido. Históricamente, los procesos
migratorios han tenido lugar de maneras muy distintas y con
resultados diversos. Son muchas las civilizaciones que se han
desarrollado y enriquecido precisamente por las aportaciones de
la inmigración. En otros casos, las diferencias culturales de
autóctonos e inmigrados no se han integrado, sino que han
mostrado la capacidad de convivir, a través del respeto
recíproco de las personas y de la aceptación o tolerancia de las
diferentes costumbres. Lamentablemente perduran también
situaciones en las que las dificultades de encuentro entre las
diversas culturas no se han solucionado nunca y las tensiones
han sido causa de conflictos periódicos.
13. En una materia tan compleja, no hay fórmulas
«mágicas»; no obstante, es preciso indicar algunos principios
éticos de fondo a los que hacer referencia. Como primero entre
todos se ha recordar el principio según el cual los
emigrantes han de ser tratados siempre con el respeto debido a
la dignidad de toda persona humana. A este principio ha de
supeditarse incluso la debida consideración al bien común cuando
se trata de regular los flujos inmigratorios. Se trata, pues, de
conjugar la acogida que se debe a todos los seres humanos, en
especial si son indigentes, con la consideración sobre las
condiciones indispensables para una vida decorosa y pacífica,
tanto para los habitantes originarios como para los nuevos
llegados. Por lo que se refiere a las características culturales
que los emigrantes llevan consigo, han de ser respetadas y
acogidas, en la medida en que no se contraponen a los valores
éticos universales, ínsitos en la ley natural, y a los derechos
humanos fundamentales.
Respeto de las culturas
y «fisonomía cultural» del
territorio
14. Más difícil es determinar hasta dónde llega
el derecho de los emigrantes al reconocimiento jurídico público
de sus manifestaciones culturales específicas, cuando éstas no
se acomodan fácilmente a las costumbres de la mayoría de los
ciudadanos. La solución de este problema, en el marco de una
sustancial apertura, está vinculada a la valoración concreta
del bien común en un determinado momento histórico y en una
situación territorial y social concreta. Mucho depende de que
arraigue en todos una cultura de la acogida que, sin caer en la
indiferencia sobre los valores, sepa conjugar las razones en
favor de la identidad y del diálogo.
Por otro lado, como he indicado antes, se ha de
valorar la importancia que tiene la cultura característica de un
territorio para el crecimiento equilibrado de los que pertenecen
a él por nacimiento, especialmente en sus fases evolutivas más
delicadas. Desde este punto de vista, puede considerarse
plausible una orientación que tienda a garantizar en un
determinado territorio un cierto «equilibrio cultural», en
correspondencia con la cultura predominante que lo ha
caracterizado; un equilibrio que, aunque siempre abierto a las
minorías y al respeto de sus derechos fundamentales, permita la
permanencia y el desarrollo de una determinada «fisonomía
cultural», o sea, del patrimonio fundamental de lengua,
tradiciones y valores que generalmente se asocian a la
experiencia de la nación y al sentido de la «patria».
15. Es evidente que esta exigencia de
«equilibrio», respecto a la «fisonomía cultural» de un
territorio, no se puede lograr satisfactoriamente sólo con
instrumentos legislativos, puesto que éstos carecerían de
eficacia si no estuvieran fundados en el ethos de la
población y, sobre todo, estarían destinados a cambiar
naturalmente, cuando una cultura perdiera de hecho su capacidad
de animar un pueblo y un territorio, convirtiéndose en una
simple herencia guardada en museos o monumentos artísticos y
literarios.
En realidad, una cultura, en la medida en que es
realmente vital, no tiene motivos para temer ser dominada, de
igual manera que ninguna ley podrá mantenerla viva si ha muerto
en el alma de un pueblo. Por lo demás, en el plano del diálogo
entre las culturas, no se puede impedir a uno que proponga a
otro los valores en que cree, con tal de que se haga de manera
respetuosa de la libertad y de la conciencia de las personas.
«La verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad,
que penetra, con suavidad y firmeza a la vez, en las almas»(8).
Conciencia de los valores comunes
16. El diálogo entre las culturas, instrumento
privilegiado para construir la civilización del amor, se apoya
en la certeza de que hay valores comunes a todas las
culturas, porque están arraigados en la naturaleza de la
persona. En tales valores la humanidad expresa sus rasgos más
auténticos e importantes. Hace falta cultivar en las almas la
conciencia de estos valores, dejando de lado prejuicios
ideológicos y egoísmos partidarios, para alimentar ese humus
cultural, universal por naturaleza, que hace posible el
desarrollo fecundo de un diálogo constructivo. También las
diferentes religiones pueden y deben dar una contribución
decisiva en este sentido. La experiencia que he tenido tantas
veces en el encuentro con representantes de otras religiones
—recuerdo en particular el encuentro de Asís de 1986 y el de la
plaza San Pedro de 1999— me confirma en la confianza de que la
recíproca apertura de los seguidores de las diversas religiones
puede aportar muchos beneficios para la causa de la paz y del
bien común de la humanidad.
El valor de la solidaridad
17. Ante las crecientes desigualdades existentes
en el mundo, el primer valor que se debe promover y
difundir cada vez más en las conciencias es ciertamente el de la
solidaridad. Toda sociedad se apoya sobre la base del
vínculo originario de las personas entre sí, conformado por
ámbitos relacionales cada vez más amplios —desde la familia y
los demás grupos sociales intermedios— hasta los de la sociedad
civil entera y de la comunidad estatal. A su vez, los Estados no
pueden prescindir de entrar en relación unos con otros. La
actual situación de interdependencia planetaria ayuda a percibir
mejor el destino común de toda la familia humana, favoreciendo
en toda persona reflexiva el aprecio por la virtud de la
solidaridad.
A este respecto, sin embargo, se debe notar que
la progresiva interdependencia ha contribuido a poner al
descubierto múltiples desigualdades, como el desequilibrio entre
Países ricos y Países pobres; la distancia social, dentro de
cada País, entre quien vive en la opulencia y quien ve ofendida
su dignidad, porque le falta incluso lo necesario; el deterioro
ambiental y humano, provocado y acelerado por el empleo
irresponsable de los recursos naturales. Tales desigualdades y
diferencias sociales han ido aumentando en algunos casos, hasta
llevar a los Países más pobres hacia una deriva imparable.
Una auténtica cultura de la solidaridad ha de
tener, pues, como principal objetivo la promoción de la
justicia. No se trata sólo de dar lo superfluo a quien está
necesitado, sino de «ayudar a pueblos enteros —que están
excluidos o marginados— a que entren en el círculo del
desarrollo económico y humano. Esto será posible no sólo
utilizando lo superfluo que nuestro mundo produce en abundancia,
sino cambiando sobre todo los estilos de vida, los modelos de
producción y de consumo, las estructuras consolidadas de poder
que rigen hoy la sociedad»(9).
El valor de la paz
18. La cultura de la solidaridad está
estrechamente unida al valor de la paz, objetivo
primordial de toda sociedad y de la convivencia nacional e
internacional. Sin embargo, en el camino hacia un mejor acuerdo
entre los pueblos son aún numerosos los desafíos que debe
afrontar el mundo y que ponen a todos ante opciones
inderogables. El preocupante aumento de los armamentos, mientras
no acaba de consolidarse el compromiso por la no proliferación
de las armas nucleares, tiene el riesgo de alimentar y difundir
una cultura de la competencia y la conflictualidad, que no
implica solamente a los Estados, sino también a entidades no
institucionales, como grupos paramilitares y organizaciones
terroristas.
El mundo sigue sufriendo aún las consecuencias de
guerras pasadas y presentes, las tragedias provocadas por el uso
de minas antipersonales y por el recurso a las horribles armas
químicas y biológicas.¿Y cómo olvidar el riesgo permanente de
conflictos entre las naciones, de guerras civiles dentro de
algunos Estados y de una violencia extendida, que las
organizaciones internacionales y los gobiernos nacionales se ven
casi impotentes para afrontar? Ante tales amenazas, todos tienen
que sentir el deber moral de adoptar medidas concretas y
apropiadas para promover la causa de la paz y la comprensión
entre los hombres.
El valor de la vida
19. Un auténtico diálogo entre las culturas,
además del sentimiento del mutuo respeto, no puede más que
alimentar una viva sensibilidad por el valor de la vida.
La vida humana no puede ser considerada como un objeto del cual
disponer arbitrariamente, sino como la realidad más sagrada e
intangible que está presente en el escenario del mundo. No puede
haber paz cuando falta la defensa de este bien fundamental.
No se puede invocar la paz y despreciar la vida. Nuestro
tiempo es testigo de excelentes ejemplos de generosidad y
entrega al servicio de la vida, pero también del triste
escenario de millones de hombres entregados a la crueldad o a la
indiferencia de un destino doloroso y brutal. Se trata de una
trágica espiral de muerte que abarca homicidios, suicidios,
abortos, eutanasia, como también mutilaciones, torturas físicas
y psicológicas, formas de coacción injusta, encarcelamiento
arbitrario, recurso absolutamente innecesario a la pena de
muerte, deportaciones, esclavitud, prostitución, compra-venta de
mujeres y niños. A esta relación se han de añadir prácticas
irresponsables de ingeniería genética, como la clonación y la
utilización de embriones humanos para la investigación, las
cuales se quiere justificar con una ilegítima referencia a la
libertad, al progreso de la cultura y a la promoción del
desarrollo humano. Cuando los sujetos más frágiles e indefensos
de la sociedad sufren tales atrocidades, la misma noción de
familia humana, basada en los valores de la persona, de la
confianza y del mutuo respeto y ayuda, es gravemente cercenada.
Una civilización basada en el amor y la paz debe oponerse a
estos experimentos indignos del hombre.
El valor de la educación
20. Para construir la civilización del amor, el
diálogo entre las culturas debe tender a superar todo egoísmo
etnocéntrico para conjugar la atención a la propia identidad con
la comprensión de los demás y el respeto de la diversidad. Es
fundamental, a este respecto, la responsabilidad de la
educación. Ésta debe transmitir a los sujetos la conciencia
de las propias raíces y ofrecerles puntos de referencia que les
permitan encontrar su situación personal en el mundo. Al mismo
tiempo debe esforzarse por enseñar el respeto a las otras
culturas. Es necesario mirar más allá de la experiencia
individual inmediata y aceptar las diferencias, descubriendo la
riqueza de la historia de los demás y de sus valores.
El conocimiento de las otras culturas, llevado a
cabo con el debido sentido crítico y con sólidos puntos de
referencia ética, lleva a un mayor conocimiento de los valores y
de los límites inherentes a la propia cultura y revela, a la
vez, la existencia de una herencia común a todo el género
humano. Precisamente por esta amplitud de miras, la educación
tiene una función particular en la construcción de un mundo más
solidario y pacífico. La educación puede contribuir a la
consolidación del humanismo integral, abierto a la dimensión
ética y religiosa, que atribuye la debida importancia al
conocimiento y a la estima de las culturas y de los valores
espirituales de las diversas civilizaciones.
El perdón y la reconciliación
21. Durante el Gran Jubileo, dos mil años después
del nacimiento de Jesús, la Iglesia ha vivido con particular
intensidad la llamada exigente de la reconciliación. Es
también una invitación significativa en el marco de la compleja
temática del diálogo entre las culturas. En efecto, el diálogo
es a menudo difícil, porque sobre él pesa la hipoteca de
trágicas herencias de guerras, conflictos, violencias y odios,
que la memoria sigue fomentando. Para superar las barreras de la
incomunicabilidad, el camino a recorrer es el del perdón y la
reconciliación. Muchos, en nombre de un realismo desengañado,
consideran este camino utópico e ingenuo. En cambio, en la
perspectiva cristiana, ésta es la única vía para alcanzar la
meta de la paz.
La mirada de los creyentes se detiene a
contemplar el icono del Crucificado. Poco antes de morir Jesús
exclama: «Padre perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc
23,34). El malhechor crucificado a su derecha, oyendo estas
últimas palabras del Redentor moribundo, se abre a la gracia de
la conversión, acoge el Evangelio del perdón y recibe la promesa
de la felicidad eterna. El ejemplo de Cristo nos confirma que
realmente se pueden derribar tantos muros que bloquean la
comunicación y el diálogo entre los hombres. La mirada al
Crucificado nos infunde la confianza de que el perdón y la
reconciliación pueden ser una praxis normal de la vida cotidiana
y de toda cultura y, por tanto, una oportunidad concreta para
construir la paz y el futuro de la humanidad.
Recordando la significativa experiencia jubilar
de la purificación de la memoria, deseo dirigir a los
cristianos una invitación particular, a fin de que sean testigos
y misioneros de perdón y reconciliación, apresurando, con la
incesante invocación al Dios de la paz, la realización de la
espléndida profecía de Isaías, que se puede extender a todos los
pueblos de la tierra: «Aquel día habrá una calzada desde Egipto
a Asiria. Vendrá Asur a Egipto y Egipto a Asiria, y Egipto
servirá a Asur. Aquel día será Israel tercero con Egipto y Asur,
objeto de bendición en medio de la tierra, pues la bendecirá el
Señor de los ejércitos diciendo: "Bendito sea mi pueblo Egipto,
la obra de mis manos Asur, y mi heredad Israel"» (Is
19,23-25).
Una llamada a los jóvenes
22. Deseo concluir este Mensaje de paz con una
invitación especial a vosotros, jóvenes de todo el mundo,
que sois el futuro de la humanidad y las piedras vivas para
construir la civilización del amor. Conservo en el corazón el
recuerdo de los encuentros llenos de emoción y de esperanza que
he tenido con vosotros durante la reciente Jornada Mundial de la
Juventud en Roma. Vuestra adhesión ha sido gozosa, convencida y
prometedora. En vuestra energía y vitalidad, y en vuestro amor a
Cristo, he vislumbrado un porvenir más sereno y humano para el
mundo.
Al sentiros cerca, percibía dentro de mí un
sentimiento profundo de gratitud al Señor, que me concedía la
gracia de contemplar, a través del variopinto mosaico de
vuestras diversas lenguas, culturas, costumbres y mentalidades,
el milagro de la universalidad de la Iglesia, de su
catolicidad y de su unidad. Por medio de vosotros he admirado
la maravillosa conjunción de la diversidad en la unidad de
la misma fe, de la misma esperanza y de la misma caridad, como
expresión elocuente de la espléndida realidad de la Iglesia,
signo e instrumento de Cristo para la salvación del mundo y para
la unidad del género humano(10). El Evangelio os llama a
reconstruir aquella originaria unidad de la familia humana, que
tiene su fuente en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Queridos jóvenes de cualquier lengua y cultura,
os espera una tarea ardua y apasionante: ser hombres y
mujeres capaces de solidaridad, de paz y de amor a la vida, en
el respeto de todos. ¡Sed artífices de una nueva humanidad,
donde hermanos y hermanas, miembros todos de una misma familia,
puedan vivir finalmente en la paz!
Vaticano, 8 de diciembre de 2000.
------------------------------------------------------------------------
Notas
(1) Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes,
53.
(2) Cf. Juan Pablo II, Discurso a las Naciones
Unidas, 15 de octubre de 1995.
(3) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes,
75.
(4) Cf. ibíd., 22.
(5) Ibíd., 10.
(6) Cf. Juan Pablo II, Discurso a la UNESCO, 2 de
junio de 1980, 6.
(7) Const. past. Gaudium et spes, 36.
(8) Conc. Ecum. Vat. II, Decl.
Dignitatis humanae,
sobre la libertad religiosa, 1.
(9) Juan Pablo II, Carta Enc.
Centesimus annus,
58.
(10) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
1. |