Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de
2005
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Paz en la tierra a los hombres
que Dios ama
Juan Pablo II
JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ, 2000
1. Éste es el anuncio de los ángeles que acompañó al nacimiento
de Jesucristo hace 2000 años (cf. Lc 2,14) y que
escucharemos resonar con alegría en la noche santa de Navidad,
en el momento en que solemnemente se abrirá el Gran Jubileo.
Este mensaje de esperanza que viene de la gruta de Belén lo
queremos volver a proponer al inicio del nuevo Milenio. Dios ama
a todos los hombres y mujeres de la tierra y les concede la
esperanza de un tiempo nuevo, un tiempo de paz. Su amor,
revelado plenamente en el Hijo hecho carne, es el fundamento de
la paz universal; acogido profundamente en el corazón,
reconcilia a cada uno con Dios y consigo mismo, renueva las
relaciones entre los hombres y suscita la sed de fraternidad
capaz de alejar la tentación de la violencia y la guerra.
El Gran Jubileo está indisolublemente unido a este mensaje de
amor y de reconciliación, que manifiesta las aspiraciones más
auténticas de la humanidad de nuestro tiempo.
2. Con la perspectiva de un año lleno de significado, renuevo
cordialmente a todos el deseo de paz. A todos os digo que la paz
es posible. Pedida como un don de Dios, debe ser también
construida día a día con su ayuda a través de obras de justicia
y de amor.
Ciertamente, son muchos y complejos los problemas que a menudo
hacen que sea difícil y desalentador el camino hacia la paz,
pero ésta es una exigencia profundamente enraizada en el corazón
de cada ser humano. Por eso, no debe disminuir la voluntad de
buscarla incesantemente, pues su fundamento se halla en la
conciencia de que la humanidad, marcada por el pecado, el odio y
la violencia, está llamada por Dios a formar una sola familia.
Este designio divino debe ser reconocido y puesto en práctica,
promoviendo la búsqueda de relaciones armoniosas entre las
personas y los pueblos, en una cultura que integre la apertura
al Trascendente, la promoción del hombre y el respeto de la
naturaleza.
Éste es el mensaje de Navidad, el mensaje del Jubileo y mi deseo
al inicio de un nuevo Milenio.
Con la guerra, la humanidad es la que pierde
3. Durante el siglo que dejamos atrás, la humanidad ha sido
duramente probada por una interminable y horrenda serie de
guerras, conflictos, genocidios, « limpiezas étnicas », que han
causado indescriptibles sufrimientos: millones y millones de
víctimas, familias y países destruidos; multitudes de prófugos,
miseria, hambre, enfermedades, subdesarrollo y pérdida de
ingentes recursos. En la raíz de tanto sufrimiento hay una
lógica de violencia, alimentada por el deseo de dominar y de
explotar a los demás, por ideologías de poder o de totalitarismo
utópico, por nacionalismos exacerbados o antiguos odios
tribales. A veces, a la violencia brutal y sistemática,
orientada hacia el sometimiento o incluso el exterminio total de
regiones y pueblos enteros, ha sido necesario oponer una
resistencia armada.
El siglo XX nos deja en herencia, sobre todo, una advertencia:
unas guerras a menudo son causa de otras, ya que
alimentan odios profundos, crean situaciones de injusticia y
ofenden la dignidad y los derechos de las personas. En general,
además de ser extraordinariamente dañinas, no resuelven los
problemas que las originan y, por tanto, resultan inútiles.
Con la guerra, la humanidad es la que pierde. Sólo desde la
paz y con la paz se puede garantizar el respeto de la dignidad
de la persona humana y de sus derechos inalienables.(1)
4. Frente al escenario de guerra del siglo XX, el honor de la
humanidad ha sido salvado por los que han hablado y trabajado en
nombre de la paz.
Es un deber recordar a los que, en un gran número, han
contribuido a la afirmación de los derechos humanos y a su
solemne proclamación, a la derrota de los totalitarismos, al
final del colonialismo, al desarrollo de la democracia y a la
creación de grandes organismos internacionales. Ejemplos
luminosos y proféticos nos han dado quienes han orientado sus
opciones de vida hacia el valor de la no-violencia. Su
testimonio de coherencia y fidelidad, llevado incluso hasta el
martirio, ha escrito extraordinarias páginas ricas de
enseñanzas.
Entre aquellos que han trabajado en nombre de la paz, no hay que
olvidar a los hombres y mujeres cuya dedicación ha hecho posible
grandes progresos en todos los campos de la ciencia y de la
técnica, logrando vencer graves enfermedades y mejorando y
prolongando la vida.
Tampoco puedo dejar de referirme a mis Predecesores, de venerada
memoria, que han guiado la Iglesia en el siglo XX. Con su
Magisterio y su incansable actuación han orientado a la Iglesia
en la promoción de una cultura de paz. Como testimonio
emblemático de este esfuerzo está la feliz y clarividente
intuición de Pablo VI, que el 8 de diciembre de 1967 instituyó
la Jornada Mundial de la Paz, la cual se ha ido consolidando año
tras año como experiencia fecunda de reflexión y de proyección
común.
La vocación a ser una sola familia
5. « Paz en la tierra a los hombres que Dios ama ». El
anuncio evangélico sugiere esta preocupante pregunta: ¿Estará el
siglo que inicia bajo el signo de la paz y de la fraternidad
entre los hombres y los pueblos? No podemos prever el futuro;
sin embargo, podemos establecer un principio exigente: habrá
paz en la medida en que toda la humanidad sepa redescubrir su
originaria vocación a ser una sola familia, en la que la
dignidad y los derechos de las personas —de cualquier estado,
raza o religión— sean reconocidos como anteriores y preeminentes
respecto a cualquier diferencia o especificidad.
Desde esta concepción puede ser animado, dirigido y orientado el
actual contexto mundial, marcado por la dinámica de la
globalización. Este proceso, que no carece de riesgos, presenta
extraordinarias y prometedoras oportunidades, precisamente con
vistas a hacer de la humanidad una sola familia, fundada en los
valores de la justicia, la igualdad y la solidaridad.
6. Por eso es necesario un cambio radical de perspectiva; ante
todo debe prevalecer el bien de la humanidad y no el bien
particular de una comunidad política, racial o cultural. La
consecución del bien común de una comunidad política no puede ir
contra el bien común de toda la humanidad, concretado en
el reconocimiento y respeto de los derechos del hombre,
sancionados por la Declaración Universal de los Derechos Humanos
de 1948. Por tanto, se deben superar las concepciones y
actuaciones, a menudo condicionadas y determinadas por grandes
intereses económicos, que subordinan cualquier otro valor a un
concepto absoluto de Nación y de Estado. Las divisiones y
diferencias políticas, culturales e institucionales en que se
articula y organiza la humanidad son, desde esta perspectiva,
legítimas en la medida en que se armonizan con la pertenencia a
la familia humana y con las exigencias éticas y jurídicas
derivadas de la misma.
Los crímenes contra la humanidad
7. De este principio surge una consecuencia de gran importancia:
quien viola los derechos humanos, ofende la conciencia humana
en cuanto tal y ofende a la humanidad misma. El deber de
tutelar tales derechos transciende, pues, los confines
geográficos y políticos dentro de los que son conculcados.
Los crímenes contra la humanidad no pueden ser considerados
asuntos internos de una nación. En este sentido, la puesta
en marcha de la institución de una Corte penal que los juzgue es
un paso importante. Tenemos que dar gracias a Dios que siga
creciendo, en la conciencia de los pueblos y las naciones, la
convicción de que los derechos humanos, universales e
indivisibles, no tienen fronteras.
8. En nuestro tiempo han ido disminuyendo las guerras entre los
Estados. Sin embargo, este dato, de por sí consolador, ha de ser
visto con cautela al considerar los conflictos armados que
tienen lugar en el interior de los Estados.
Desgraciadamente son demasiado numerosos, presentes
prácticamente en todos los continentes y frecuentemente de gran
violencia. En general, los provocan antiguos motivos históricos
de naturaleza étnica, tribal o incluso religiosa, a los que se
añaden actualmente otras razones de naturaleza ideológica,
social y económica.
Estos conflictos internos, en los que se suelen usar armas de
pequeño calibre o las llamadas armas « ligeras », pero en
realidad extraordinariamente mortíferas, a menudo conllevan
graves implicaciones que van más allá de los límites del Estado,
afectando intereses y responsabilidades externas. Aunque es
verdad que resulta muy difícil comprender y valorar las causas y
los intereses en juego debido a su enorme complejidad, un dato
se revela indiscutible: las consecuencias más dramáticas de
estos conflictos las padecen las poblaciones civiles, a
causa de la inobservancia de las leyes comunes y las leyes de
guerra. Lejos de ser protegidos, los civiles son con frecuencia
el primer objetivo de las fuerzas opuestas, viéndose a veces
ellos mismos directamente involucrados en acciones armadas
dentro de una espiral perversa que los hace, al mismo tiempo,
víctimas y verdugos de otros civiles.
Muchos y horripilantes han sido, y siguen siendo, los escenarios
siniestros en los que niños, mujeres, ancianos indefensos y sin
ninguna culpa son, muy a su pesar, víctimas de los conflictos
que ensangrientan nuestros días. Demasiados, verdaderamente, por
no decir que ha llegado el momento de cambiar el modo de actuar,
con decisión y gran sentido de la responsabilidad.
El derecho a la asistencia humanitaria
9. En todo caso, ante estas situaciones complejas y dramáticas y
contra todas las presuntas « razones » de la guerra, se ha de
afirmar el valor fundamental del derecho humanitario y, por
tanto, el deber de garantizar el derecho a la asistencia
humanitaria de los refugiados y de los pueblos que sufren.
El reconocimiento y el cumplimiento efectivo de estos derechos
no tienen que estar sometidos a intereses de alguna de las
partes en conflicto. Al contrario, se impone el deber de
determinar todos los modos, institucionales o no, que puedan
concretar las finalidades humanitarias del mejor modo posible.
La legitimación moral y política de esos derechos reside en el
principio por el cual el bien de la persona humana está antes de
todo y transciende toda institución humana.
10. Quiero aquí reafirmar mi profundo convencimiento de que,
ante los actuales conflictos armados, la negociación entre las
partes, ayudada con oportunas intervenciones de mediación y
pacificación llevadas a cabo por organismos regionales e
internacionales, asume la máxima relevancia, para prevenir
los mismos conflictos o, una vez que han estallado, para que
cesen, restableciendo la paz por medio de una ecuánime
resolución de los derechos y de los intereses en juego.
Este convencimiento sobre el papel positivo de organismos de
mediación y pacificación se extiende a las organizaciones
humanitarias no gubernamentales y a los organismos religiosos
que, con discreción y generosidad, promueven la paz entre los
diferentes grupos, ayudan a vencer antiguos rencores, a
reconciliar enemigos y a abrir el camino hacia un futuro nuevo y
común. Al mismo tiempo que rindo homenaje a su noble dedicación
por la causa de la paz, quiero dirigir una palabra de emotivo
aprecio a todos los que han dado su vida para que otros pudieran
vivir. Por ellos elevo a Dios mi oración e invito también a los
creyentes a hacer lo mismo.
La « injerencia humanitaria »
11. Evidentemente, cuando la población civil corre peligro de
sucumbir ante el ataque de un agresor injusto y los esfuerzos
políticos y los instrumentos de defensa no violenta no han
valido para nada, es legítimo, e incluso obligado, emprender
iniciativas concretas para desarmar al agresor. Pero éstas han
de estar circunscritas en el tiempo y deben ser concretas en sus
objetivos, de modo que estén dirigidas desde el total respeto al
derecho internacional, garantizadas por una autoridad reconocida
a nivel supranacional y en ningún caso dejadas a la mera lógica
de las armas.
Por eso, habrá que hacer un mayor y mejor uso de lo que prevé la
Carta de las Naciones Unidas, definiendo posteriormente
instrumentos y modalidades eficaces de intervención, en el marco
de la legalidad internacional.
A este propósito la misma Organización de las Naciones Unidas
tiene que ofrecer a todos los Estados miembros la misma
oportunidad de participar en las decisiones, superando
privilegios y discriminaciones que debilitan su papel y
credibilidad.
12. Se abre aquí un campo de reflexión y de deliberación nuevo,
tanto para la política como para el derecho, un campo que todos
esperamos sea cultivado con pasión y cordura. Es necesaria e
improrrogable una renovación del derecho internacional y de
las instituciones internacionales que tenga su punto de
partida en la supremacía del bien de la humanidad y de la
persona humana sobre todas las otras cosas y sea éste el
criterio fundamental de organización. Esta renovación es más
urgente aún si consideramos la paradoja de la guerra en nuestro
tiempo, tal y como se ha reflejado también en los conflictos
recientes, en los que contrastaba la gran seguridad de los
ejércitos con la desconcertante situación de peligro de la
población civil. En ninguna clase de conflicto es legítimo dejar
de lado el derecho de los civiles a la incolumidad.
Más allá de las perspectivas jurídicas e institucionales, es
fundamental el deber de todos los hombres y mujeres de buena
voluntad, llamados a comprometerse por la paz, a educar en la
paz, a desarrollar estructuras de paz e instrumentos de
no-violencia y a hacer todos los esfuerzos posibles para llevar
a los que están en conflicto a la mesa de negociación.
La paz en la solidaridad
13. « Paz en la tierra a los hombres que Dios ama ».
Desde la problemática de la guerra la mirada se dirige
espontáneamente a otra dimensión ligada especialmente a ella:
el tema de la solidaridad. El noble y laborioso trabajo por
la paz, que pertenece a la vocación de la humanidad a ser y a
reconocerse como familia, tiene su punto de apoyo en el
principio del destino universal de los bienes de la tierra,
principio que no hace ilegítima la propiedad privada, sino que
orienta su concepción y gestión desde su imprescindible función
social, para el bien común y especialmente de los miembros más
débiles de la sociedad.(2) Este principio fundamental
desgraciadamente está muy olvidado, como demuestra la
persistencia y el crecimiento de la desigualdad entre un Norte
del mundo, cada vez más saturado de bienes y recursos y habitado
por un número cada vez más mayor de ancianos, y un Sur en el que
se concentra la gran mayoría de las jóvenes generaciones,
privadas todavía de una perspectiva esperanzadora de desarrollo
social, cultural y económico.
Que nadie se haga ilusiones de que la simple ausencia de guerra,
aún siendo tan deseada, sea sinónimo de una paz duradera. No hay
verdadera paz si no viene acompañada de equidad, verdad,
justicia y solidaridad. Está condenado al fracaso cualquier
proyecto que mantenga separados dos derechos indivisibles e
interdependientes: el de la paz y el de un desarrollo integral y
solidario. « Las injusticias, las desigualdades excesivas de
carácter económico o social, la envidia, la desconfianza y el
orgullo, que existen entre los hombres y las naciones, amenazan
sin cesar la paz y causan las guerras. Todo lo que se hace para
eliminar estos desórdenes contribuye a construir la paz y evitar
la guerra ».(3)
14. En el inicio de un nuevo siglo, la pobreza de miles de
millones de hombres y mujeres es la cuestión que, más que
cualquier otra, interpela nuestra conciencia humana y cristiana.
Es aún más dramática al ser conscientes de que los mayores
problemas económicos de nuestro tiempo no dependen de la falta
de recursos, sino del hecho de que a las actuales estructuras
económicas, sociales y culturales les cuesta hacerse cargo de
las exigencias de un auténtico desarrollo.
Justamente, los pobres, tanto los de los países en vías de
desarrollo como los de los prósperos y ricos, « exigen el
derecho de participar y gozar de los bienes materiales y de
hacer fructificar su capacidad de trabajo, creando así un mundo
más justo y más próspero para todos. La promoción de los pobres
es una gran ocasión para el crecimiento moral, cultural e
incluso económico de la humanidad entera ».(4) Miramos a los
pobres no como un problema, sino como los que pueden llegar a
ser sujetos y protagonistas de un futuro nuevo y más humano para
todo el mundo.
Urgencia de una reorientación de la economía
15. En este sentido, resulta obligado preguntarse también por el
creciente malestar que sienten en nuestros días muchos
estudiosos y agentes económicos ante los problemas que surgen
desde la vertiente de la pobreza, la paz, la ecología y el
futuro de los jóvenes, cuando reflexionan sobre el papel del
mercado, sobre la omnipresente dimensión monetario-financiera,
la separación entre lo económico y lo social y otros asuntos
similares de la actividad económica.
Puede que haya llegado el momento de una nueva y más profunda
reflexión sobre el sentido de la economía y de sus fines.
Con este propósito, parece urgente que vuelva a ser considerada
la concepción misma del bienestar, de modo que no se vea
dominada por una estrecha perspectiva utilitarista, que deja
completamente al margen valores como el de la solidaridad y el
altruismo.
16. Quisiera aquí invitar a los que se dedican a la ciencia
económica y a los mismos trabajadores de este sector, así como a
los responsables políticos, a que tomen nota de la urgencia de
que la praxis económica y las políticas correspondientes miren
al bien de todo hombre y de todo el hombre. Lo exige no sólo la
ética, sino también una sana economía. En efecto, parece
confirmado por la experiencia que el desarrollo económico está
cada vez más condicionado por el hecho de que sean valoradas las
personas y sus capacidades, que se promueva la participación, se
cultiven más y mejor los conocimientos y las informaciones y se
incremente la solidaridad.
Se trata de valores que, lejos de ser extraños a la ciencia y a
la actividad económica, contribuyen a hacer de ella una ciencia
y una práctica integralmente « humanas ». Una economía que no
considere la dimensión ética y que no procure servir el bien de
la persona —de toda persona y de toda la persona— no puede
llamarse, de por sí, « economía », entendida en el sentido de
una racional y beneficiosa gestión de la riqueza material.
¿Qué modelos de desarrollo?
17. Desde el momento en que la humanidad, llamada a ser una sola
familia, todavía está dividida dramáticamente en dos por la
pobreza —al principio del siglo XXI más de mil cuatrocientos
millones de personas viven en una situación de extrema pobreza—,
es especialmente urgente reconsiderar los modelos que
inspiran las opciones de desarrollo.
A este respecto, se tendrán que armonizar mejor las legítimas
exigencias de eficacia económica con las de participación
política y justicia social, sin recaer en los errores
ideológicos cometidos en el siglo XX. En concreto, ello
significa entretejer de solidaridad las redes de las relaciones
recíprocas entre lo económico, político y social, que los
procesos de globalización en la actualidad tienden a aumentar.
Estos procesos exigen una reorientación de la cooperación
internacional, en los términos de una nueva cultura de la
solidaridad. Pensada como germen de paz, la cooperación no
puede reducirse a la ayuda y a la asistencia, menos aún buscando
las ventajas del rendimiento de los recursos puestos a
disposición. En cambio, la cooperación debe expresar un
compromiso concreto y tangible de solidaridad, de tal modo que
haga de los pobres protagonistas de su desarrollo y permita al
mayor número posible de personas fomentar, dentro de las
concretas circunstancias económicas y políticas en las que
viven, la creatividad propia del ser humano, de la que depende
también la riqueza de las naciones.(5)
Es preciso, en especial, encontrar soluciones definitivas al
viejo problema de la deuda internacional de los países pobres,
garantizando al mismo tiempo la financiación necesaria también
para la lucha contra el hambre, la desnutrición, las
enfermedades, el analfabetismo y la degradación del medio
ambiente.
18. Se impone hoy, con más urgencia que en el pasado, la
necesidad de cultivar la conciencia de valores morales
universales, para afrontar los problemas del presente, cuya
nota común es la dimensión planetaria que van asumiendo. La
promoción de la paz y los derechos humanos, el estallido de
conflictos armados dentro y fuera de los Estados, la defensa de
las minorías étnicas y de los emigrantes, la salvaguardia del
medio ambiente, la batalla contra terribles enfermedades, la
lucha contra los traficantes de droga y armas y contra la
corrupción política y económica, son cuestiones ante las que
ninguna nación por sí sola puede hacer hoy frente. Todas ellas
atañen a la comunidad humana entera y, por tanto, se deben
afrontar y resolver trabajando juntos.
Han de encontrarse vías para dialogar, con un lenguaje común y
comprensible, sobre los problemas del ser humano de cara al
futuro. El fundamento de este diálogo es la ley moral
universal inscrita en el corazón humano. Siguiendo esta «
gramática » del espíritu, la comunidad humana puede afrontar los
problemas de la convivencia y moverse hacia el mañana respetando
el designio divino.(6)
Del encuentro entre la fe y la razón, entre el sentido religioso
y el moral, deriva una decisiva aportación en la dirección del
diálogo y la colaboración entre pueblos, culturas y religiones.
Jesús, don de paz
19. « Paz en la tierra a los hombres que Dios ama ». En
todo el mundo, en el contexto del Gran Jubileo, los cristianos
están comprometidos a hacer solemne memoria de la Encarnación.
Retomando el anuncio de los ángeles en Belén (cf. Lc
2,14), ellos proclaman este acontecimiento con la conciencia de
que Jesús « es nuestra paz » (Ef 2,14), es don de paz
para todos los hombres. Sus primeras palabras a los discípulos
después de la Resurrección fueron: « Paz a vosotros » (Jn
20, 19.21.26). Él vino para unir lo que estaba dividido, para
destruir el pecado y el odio, despertando en la humanidad la
vocación a la unidad y a la fraternidad. Él es, por tanto, « el
principio y el ejemplo de esta humanidad renovada, llena de amor
fraterno, de sinceridad y de espíritu de paz, a la que todos
aspiran ».(7)
20. En este año jubilar, la Iglesia, en el recuerdo vivo de su
Señor, quiere confirmar su propia vocación y misión a ser en
Cristo « sacramento », es decir, signo e instrumento de paz
en el mundo y para el mundo. Para ella, cumplir su misión
evangelizadora es trabajar por la paz. « Así, la Iglesia, único
rebaño de Dios, como signo levantado entre las naciones,
comunicando el Evangelio de la paz a todo el género humano,
peregrina en esperanza hacia la meta de la patria celeste ».(8)
Por tanto, para los fieles católicos el compromiso de construir
la paz y la justicia no es secundario, sino esencial, y ha de
ser llevado a cabo con espíritu abierto hacia los hermanos de
las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, hacia los creyentes
de otras religiones y a todos los hombres y mujeres de buena
voluntad, con los que comparten el mismo anhelo de paz y de
fraternidad.
Comprometerse generosamente por la paz
21. Es motivo de esperanza constatar cómo, a pesar de que hay
múltiples y graves obstáculos, se siguen desarrollando día a día
iniciativas y proyectos de paz, con la generosa colaboración de
tantas personas. La paz es un edificio en continua construcción.
A su edificación concurren:
– los padres que viven y dan testimonio de paz en sus familias
educando a los hijos para la paz;
– los educadores que saben transmitir los auténticos valores
presentes en todas las áreas del saber y en el patrimonio
histórico y cultural de la humanidad;
– los hombres y mujeres del mundo del trabajo comprometidos en
la lucha por la dignidad del trabajo ante las nuevas situaciones
que a nivel internacional reclaman justicia y solidaridad;
– los gobernantes que tienen como objetivo de su acción política
y la de sus países una firme y convencida determinación por la
paz y la justicia;
– todos aquellos que trabajan en primera línea en Organismos
Internacionales, a menudo con escasos medios, donde « trabajar
por la paz » es una empresa arriesgada incluso para la propia
integridad personal;
– los miembros de las Organizaciones No Gubernamentales que, con
el estudio y la acción, se dedican a la prevención y resolución
de conflictos en las más variadas situaciones y en diversas
partes del mundo;
– los creyentes que, convencidos de que la auténtica fe nunca es
fuente de guerra ni de violencia, promueven argumentos para la
paz y el amor a través del diálogo ecuménico e interreligioso.
22. Mi pensamiento se dirige particularmente a vosotros,
queridos jóvenes, que experimentáis de un modo especial la
bendición de la vida y tenéis el deber de no malgastarla. En las
escuelas y universidades, en los ambientes de trabajo, en el
tiempo libre y en el deporte, en todo lo que hacéis, dejaos
guiar constantemente por este objetivo: la paz dentro y fuera de
vosotros, la paz siempre, la paz con todos, la paz para todos.
A los jóvenes que desgraciadamente han conocido la trágica
experiencia de la guerra y experimentan sentimientos de odio y
resentimiento, os quiero hacer una súplica: haced lo posible por
encontrar el camino de la reconciliación y el perdón. Es
difícil, pero es el único modo que os permite mirar al futuro
con esperanza para vosotros y vuestros hijos, para vuestros
países y para la humanidad entera.
Tendré la oportunidad de reanudar este diálogo con vosotros,
queridos jóvenes, cuando nos encontremos en Roma el próximo mes
de agosto con motivo de la Jornada Jubilar dedicada a vosotros.
El Papa Juan XXIII en uno de sus últimos discursos se dirigió
una vez más « a los hombres de buena voluntad » para invitarlos
a comprometerse en un programa de paz fundado en el « evangelio
de la obediencia a Dios, de la misericordia y del perdón »; y
añadía: « entonces, sin ninguna duda, la paloma luminosa de la
paz recorrerá su camino, encendiendo el gozo y derramando la luz
y la gracia en el corazón de los hombres sobre toda la
superficie de la tierra, haciéndoles descubrir, más allá de toda
frontera, rostros de hermanos, rostros de amigos ».(9) ¡Que
vosotros, jóvenes del 2000, podáis descubrir y hacer descubrir
rostros de hermanos y rostros de amigos!
En este Año Jubilar, en el que la Iglesia se dedicará a la
oración por la paz con especiales súplicas, nos dirigimos con
filial devoción a la Madre de Jesús, invocándola como Reina de
la paz, para que Ella nos conceda pródigamente los dones de su
materna bondad y ayude al género humano a ser una sola familia,
en la solidaridad y en la paz.
Vaticano, 8 de diciembre de 1999
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NOTAS
(1) Cf. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1999,
n. 1.
(2) Cf. Enc. Centesimus annus (1 de mayo de 1991), 30-43:
AAS 83 (1991), 830-848.
(3) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2317.
(4) Enc. Centesimus annus (1 de mayo de 1991), 28: AAS
83 (1991), 828.
(5) Cf. Discurso a la ONU en el 50º aniversario de su
fundación (5 de octubre de 1995), 13: Insegnamenti
182 (1995), 739-740.
(6) Cf. ibíd., 3: l.c., 732.
(7) Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Ad gentes,
sobre la actividad misionera de la Iglesia, 8.
(8) Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Unitatis redintegratio,
sobre el ecumenismo, 2.
(9) Con ocasión de la entrega del Premio Balzán, el 10 de mayo
de 1963: AAS 55 (1963), 445.
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