Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de
2005
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El influjo de la globalización sobre las religiones y
religiosidad
MADRID, sábado, 11 marzo 2006 (ZENIT.org).-
Publicamos la intervención del profesor Alfonso Carrasco Ruoco,
profesor de la Facultad de Teología «San Dámaso» de Madrid,
sobre «El influjo de la globalización sobre las religiones y
religiosidad» pronunciada en la videoconferencia mundial
organizada por la Congregación vaticana para el Clero el pasado
27 de enero.
La reflexión sobre las religiones y la religiosidad muestra bien
cómo el fenómeno de la globalización no puede ser reducido de
ninguna manera a la constitución de un mero mercado global, sino
que significa en primer lugar comunicación, conocimiento,
presencia consciente y relación mutua.
La globalización implica ciertamente la existencia de contactos
cada vez mayores con miembros de otras religiones; pero su
influencia más honda y significativa se refiere a la percepción
y a la conciencia misma de la propia religión y de la
religiosidad.
La interpelación primera afecta a la identidad religiosa propia
y exige superar ante todo el riesgo del relativismo, es decir,
la tentación de aceptar la imposibilidad de alcanzar una verdad
propiamente dicha sobre Dios, considerando las diferentes
religiones, al final, como meros fenómenos culturales más o
menos regionales.
Por esta vía se diluye la identidad de todas las religiones, que
se comprenden a sí mismas como propuestas verdaderas para la
vida del hombre, y desaparece el interés por un diálogo real
entre ellas, que, en cuanto tal, carecería de sentido.
En esta perspectiva, la religiosidad misma del hombre es
reinterpretada a la medida de un agnosticismo típicamente
moderno y occidental, que, absolutizando su concepción de una
razón instrumental y cerrada a la trascendencia, hace violencia
a las varias religiones, pretendiendo su irrelevancia real, y
multiplica las dificultades para el respeto y el conocimiento
mutuo.
El desafío de la globalización exige, por el contrario, que las
religiones puedan comunicar sus riquezas espirituales y dar
razón de su pretensión de verdad; de esta manera, manteniendo el
nexo intrínseco entre verdad, cultura y religión, podrá darse un
encuentro y un diálogo razonable entre ellas, de extraordinaria
relevancia para la convivencia pacífica en una sociedad
globalizada.
Será posible así, por un lado, reconocer unos principios de
humanidad comunes a todas las grandes religiones: el anhelo de
verdad y de bien, el significado de la libertad de conciencia,
el reconocimiento de los propios límites ante el Misterio que
fundamenta la realidad, etc.; lo que constituye base
imprescindible para un entendimiento entre las gentes. Por otra
parte, será posible comprender mejor que todos los hombres
estamos en camino hacia el Dios verdadero, de modo que se eviten
las tentaciones de totalitarismo y de imposición violenta, que
pueden surgir en toda tradición, religiosa o irreligiosa. Pues
la revelación misma de Dios constituye en realidad el don de un
camino verdadero hacia la plenitud de la vida, y su pretensión
se verificará inevitablemente situando realmente a la persona en
este camino, de modo que sea capaz de encontrarse con todo
hombre y alentarlo en la común búsqueda de la verdad,
compartiendo las propias riquezas espirituales, sin pretender en
absoluto haber agotado el conocimiento del misterio (FR 2).
La globalización pone de manifiesto, por tanto, que todas las
religiones están llamadas al diálogo y a la colaboración en el
camino de los hombres hacia la plenitud que es Dios, el cual es
afirmado y amado precisamente como mayor que todo lo que podemos
pensar. En este proceso, los miembros de las diferentes
religiones habrán de dejar atrás limitaciones propias –y quizá
pecados–, abriéndose de nuevo a la verdad, siempre más grande.
La aceptación del agnosticismo, en cambio, la negación de la
verdad, cierra las vías de un diálogo verdadero, y contradice en
lo más íntimo a todos aquellos que creen verdaderamente en su
religión.
La globalización no pone, pues, en cuestión la religiosidad, es
decir, la búsqueda del Dios verdadero por parte del hombre, sino
que muestra más bien la inviabilidad de una posición escéptica o
agnóstica, racionalista, incapaz de acceder a las riquezas
propias de la vida de los hombres y de los pueblos.