Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, junio de
2007
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La elección en los EE.UU., la fe y la política
Jung Mo Sung *
La elección para presidente de los Estados Unidos va a
realizarse el 2008, pero las disputas por las candidaturas de
los partidos demócrata y republicano ya están a pleno vapor. Una
de las cosas que me impresionó en los debates en la TV, que
acontecieron en los últimos días entre los postulantes de cada
partido fue la íntima relación entre fe-religión y política. Los
candidatos se proclamaron personas de fe y afirmaron que Dios
tiene un lugar especial en sus vidas en nivel personal y también
como políticos. Algunos llegaron a asumir explícitamente que
solamente Jesús es el salvador y que los principios morales que
deberían guiar a los Estados Unidos y al mundo son los revelados
por Dios en la Biblia.
¿Hay algún problema en esa íntima relación entre fe-religión y
la política? Está claro que a quienes no les gusta la política
norte-americana la tendencia es criticar lo que sería una
"manipulación" de la religión con fines políticos. Algunos,
incluso, podrían decir que la arrogancia del gobierno y de la
elite de los Estados Unidos con relación al resto del mundo
tiene su base en esta pretensión de representar la voluntad de
Dios en el mundo de hoy. Pero, la relación entre fe y política
no es tan sencilla.
No podemos olvidar que buena parte de los cristianos que asumen
la causa de los pobres justifica esa opción a nombre de la
relación necesaria entre la fe y la política. Fue en nombre de
esa fe que muchos cristianos ingresaron en la lucha política en
el intento de construir una sociedad más justa y humana. Por
eso, pienso que necesitamos siempre revisar con cuidado esa
relación entre fe y política.
En primer lugar, necesitamos recordar dos nociones de política.
En un sentido más amplio, la política se refiere al "bien
común", bien de la colectividad. En ese sentido, la fe cristiana
y también de otras religiones nos impele a buscarnos ese bien
común y, de esa manera, nos preocupar de la política. No en
tanto, en Estados democráticos (pelo menos con elecciones
libres), la administración de ese bien-común o el gobierno de
las cosas públicas son echas a través de gobiernos elegidos
periódicamente a través del sistema de partidos políticos. En
ese ámbito, la palabra política significa la disputa por el
poder el Estado a través de partidos políticos. La confusión
entre estos dos sentidos puede llevar personas y grupos a
identificar la búsqueda Del bien-común (la política en el
sentido más amplio) a un determinado partido político (o a una
determinada alianza de partidos) y, así, creer que hacer
política (en el sentido del bien-común) solamente es posible con
una determinación o opción política (en el sentido de partido
político). Personas con otras opciones partidarias estarían, de
esa forma, automáticamente en el listado de personas que están
en contra Del bien-común o contra los intereses de la mayoría.
El problema es más grave cuando esa confusión lleva a algunos a
juzgar la calidad de la fe de otras personas por su opción
político partidaria.
Otra importante cuestión es la comprensión de lo que es la fe y
la religión en esa relación entre fe y política. Si las personas
-como algunos candidatos en los Estados Unidos y otros líderes
políticos y religiosos- creen que su religión detiene la verdad
absoluta sobre la voluntad de Dios, es natural que ellas
siéntanse en el derecho y en la obligación de proponer y hasta
incluso imponer esas verdades y valores morales para su país y
para todo el mundo (si tuvieren poder para eso). Pues, el bien
verdadero (el remedio para todos los males) haría bien mismo en
contra de la voluntad del "enfermo". Esa tentación de sentirse
"dueño de la verdad" no es privilegio de la "derecha", sino de
todas las personas y grupos que creen que hay un único camino
verdadero para realizar el bien-común y defender los verdaderos
intereses de la mayoría en contra de una minoría tachada de
egoísta, explotadora o mal intencionada.
El problema de esa concepción de religión es que ella entra en
contradicción con ella misma. Tener una fe religiosa es asumir
que existe un Dios que es más grande que el ser humano y que,
por ello, está por arriba de la capacidad humana de comprender
todo su misterio. Es por eso que en la religión se habla de la
fe y no de la certeza absoluta empíricamente probada (noción que
hasta científicos están abandonando). Si tengo fe no puede
pretender tener certeza sobre la voluntad de Dios en el mundo y
sobre el mejor camino para el bien-común. Quien tiene certeza no
necesita tener fe.
Asumir que se vive de fe (sea religiosa o sencillamente
antropológica) es reconocer que vivimos de apuesta, que no
tenemos capacidad de conocer toda la verdad y todo el bien,
mucho menos de practicarlos plenamente. Es asumir que
necesitamos dialogar y trabajar con otras personas, grupos y
pueblos para nos criticar e nos mejorar mutuamente.
Es por eso es esencial para el mundo hoy una buena relación
entre la fe y la política. Una correcta comprensión de esa
relación puede nos ayudar a defender algunos de los pilares
principales de una sociedad más justa y humana. Uno de ellos es
el derecho y la libertad de expresar públicamente opiniones
sobre el camino como construir y el que se entiende sobre
bien-común, mismo que haya divergencia con las opiniones
dominantes. Otro es el derecho a organizarse social o en
partidos políticos para actuar democráticamente en el ámbito de
la sociedad civil o del Estado. Libertad de opinión (que incluye
también la libertad de prensa) y la democracia son dos
mecanismos institucionales fundamentales para preservar los
derechos de las minorías o de los subalternos, de los que son
y/o piensan diferente a los grupos dominantes.
Una buena
reflexión sobre la fe y política nos ayuda en la crítica a la
pretensión y a la arrogancia de la elite económica y política
estadounidense, bien como en nuestra autocrítica para que no
pasemos a reproducir los errores que criticamos a los demás.
Profesor de postgrado en Ciencias de l Religión de la
Universidad Metodista de San Pablo y autor de Sementes de
esperança: a fé em un mundo em crise