Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de
2005
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Qué hacer con los cuidados al enfermo y al moribundo
WASHINGTON, sábado, 15 octubre 2005
Las personas más ancianas son nuestros hermanos y hermanas en
Cristo. Este es uno de los puntos planteados por los obispos de
Irlanda como parte del Día de la Vida, que se celebró hace dos
domingos. El tema para la celebración de este año fue «El
cuidado en el atardecer de la vida».
La carta pastoral está escrita con los obispos de Escocia e
Inglaterra y Gales. Hecha pública el 30 de septiembre por la
conferencia episcopal irlandesa, la misiva afrontaba cuáles
deberían ser las actitudes apropiadas hacia las personas
ancianas. También hablaba del tema de la eutanasia.
La eutanasia, observaba el texto, viola la ley divina: «Dios es
el dador de la vida, y sólo Él tiene derecho a decidir cuándo
debe terminar una vida». Además, advertían los obispos: «El
derecho a poder elegir morir puede convertirse muy fácilmente en
el deber de morir».
La conferencia episcopal canadiense también intervino hace poco
sobre la cuestión de la eutanasia. En una nota de prensa el 23
de septiembre, la conferencia expresaba su preocupación por una
propuesta ante el parlamento, la ley C-407, que podría abrir la
puerta a la eutanasia.
Reunidos en su encuentro plenario anual, los obispos canadienses
pidieron al parlamento y al gobierno que rechazaran la
propuesta. Mejor medida sería, afirmaban, promover cuidados
paliativos y para el fin de la vida. «Nuestro sistema legal
debería inspirarse por una cultura de la vida en la que cada
persona se sienta responsable del bienestar de los demás hasta
su muerte natural», decían los obispos.
Informe sobre Estados Unidos
El Consejo de Bioética del presidente de los Estados Unidos
publicó un informe sobre ese país que trataba también el tema
del fin de la vida. «Ofrecer cuidados asistenciales de forma
ética en una sociedad envejecida» se presentó al presidente
George Bush el 28 de septiembre.
Estamos en el umbral, advertía el informe, de una «sociedad
geriátrica masiva». Por un lado, los avances en la asistencia
sanitaria y la prolongación de la vida nos han dado un regalo
del que deberíamos estar agradecidos. Por otro, «una
reconfiguración del ciclo de la vida creará enormes desafíos
para casi cada familia y para toda la sociedad».
Esta transición presenta a la sociedad desafíos diversos. Éstos
incluyen la debilidad y dependencia protegidas para un grupo de
personas siempre más grande; un desafío económico para los
programas de bienestar y salud; y una escasez en ciernes de
cuidados a largo plazo para el incapacitado.
Cuatro de cada diez personas mueren después de un extenso
periodo de empeoramiento de su debilidad, demencia y
dependencia, observaba el informe del consejo de bioética.
Muchos millones de personas se ocupan ya de sus padres mayores,
pero los avances médicos que prolongan las vidas dan como
resultado que los pacientes requieran cuidados más extensos y
caros que nunca antes. Asimismo, familias más pequeñas reducen
el número de hijos dispuestos a cuidar de sus padres, y la
creciente participación de las esposas en la fuerza laboral
reduce aún más la capacidad de la familia para ocuparse de los
ancianos.
El informe se centraba en los desafíos éticos para una sociedad
envejecida. «Como individuos y como sociedad», indicaba,
«necesitaremos mayor sabiduría y recursos de carácter si
queremos envejecer bien en los próximos años». Esto implica
reflexionar sobre las obligaciones mutuas entre jóvenes y
viejos, así como combinar la aceptación de los límites de la
medicina y los recursos económicos, «a la vez que nunca se
abandone el cuidado humano consciente y compasivo».
Incluso en las mejores circunstancias, observaba el consejo de
bioética, con una familia cariñosa, doctores competentes y una
comunidad que apoye, tendremos todavía que hacer frente a graves
decisiones sobre cómo cuidar a los ancianos. «Sin algunas
directrices éticas que nos guíen», advertía el consejo, «el
esfuerzo de proporcionar apoyo social y económica para dar
cuidados asistenciales carecerá de un claro fundamento y un
propósito que lo guíe».
Quienes están a cargo de los ancianos «no son santos», comentaba
el informe. Por esta razón, «necesitamos asegurar que ciertos
límites morales están firmemente asentados y que existe la
necesaria libertad de actuación dentro de un mundo social en el
que ciertas clases de acciones sean impensables por estar
éticamente fuera de los límites».
Y, continuaba el informe, «es precisamente debido a la angustia
que acompaña ver a quienes amamos sufrir los ataques de la
demencia por lo que necesitamos guiar la compasión con la razón
ética, de modo que nuestra compasión no nos conduzca
involuntariamente al extravío».
El texto también observaba la «complicada relación entre lo
legal y lo ético». La sociedad liberal moderna tiende a dar a
los individuos la máxima libertad posible para hacer sus
elecciones morales. Esta situación no significa, sin embargo,
«que la elección libre sea el único o el más alto objetivo de
nuestra sociedad».
Soluciones inhumanas
Bajando a los detalles, el Consejo de Bioética del presidente
advertía sobre algunos de los peligros a la hora de enfrentarse
a los problemas planteados por el envejecimiento.
Primero, «debemos erigir salvaguardias firmes y permanentes
contra ciertas ‘soluciones’ inhumanas a los desafíos de cuidar a
los ancianos dependientes –como la eutanasia activa o la
promoción del suicidio asistido, soluciones que definen una
categoría de personas como ‘vida indigna de vivir’ o como
personas que merecen abandonarse y más allá del alcance de
nuestro cuidado».
Segundo, «debemos evitar que se permita que el cuidado a largo
plazo para los ancianos y los cuidados médicos en general
excluyan cualquier otro bien cívico».
Tercero, «nunca debemos traicionar a nuestros ancianos, pero
debemos reconocer también que no podemos (y no debemos) hacer
siempre todo lo concebible por ellos».
Cuarto, debemos evitar el peligro de que algunos ancianos se
vean abandonados o empobrecidos, sin nadie que se cuide de
ellos, y el otro peligro que es ocuparse de modo eficiente de
las necesidades físicas de la gente, «pero ignorar ampliamente
sus necesidades humanas y espirituales más profundas, porque
quienes tienen lazos más cercanos con ellos no son capaces o no
están dispuestos a estar con ellos».
Quinto, necesitamos evitar la medicalización de la edad
avanzada. Esto significa verla sólo como una serie de
necesidades que pueden crear descontento con el envejecimiento,
conduciendo a «un insaciable deseo de más y más milagros
médicos», y creando una «ilusión de que podemos trascender
nuestras limitaciones y que la muerte misma puede retrasarse
indefinidamente».
Miembros de la comunidad
El capítulo final del informe presenta algunas conclusiones,
entre las cuales:
–«los seres humanos que se están consumiendo, debilitando o se
ven inhabilitados en su cuerpo o en su mente siguen siendo
miembros iguales de la comunidad humana». Esto significa,
insistía el informe, que deben ser tratados con respeto y
cuidado.
–Nos deberíamos oponer a la eutanasia y al suicidio asistido, no
sólo por razones morales, sino también porque son contrarios al
buen cuidado. «Uno no puede pensar sinceramente sobre cuál es el
mejor cuidado para la vida del paciente, si el poner fin a su
vida se vuelve para nosotros una opción de tratamiento
elegible», advertía el informe. Pero no estamos obligados
siempre a elegir tratamientos que prolonguen la vida a cualquier
coste o impongan una miseria indebida.
– Los testamentos vitales «no son una panacea», observaba el
informe. En el mejor de los casos, se enfrenta sólo a una parte
de las decisiones que quienes imparten cuidados deben tomar para
las personas discapacitadas. Sigue habiendo muchas situaciones
donde deben tomarse decisiones, y quizá lo que resulte más
necesario es proporcionar una directiva especificando quién
debería tomar las decisiones cruciales en lugar nuestro.
En su carta, los obispos irlandeses pedían que se tuviera en
mente el ejemplo del Papa Juan Pablo II, que «nos recordó con su
propio doloroso testimonio que nunca podemos decir que una
persona, debilitada por la enfermedad o la edad, es inútil y no
es más que una carga para la sociedad». Un ejemplo que habrá que
recordar en los años futuros.