Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de
2005
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CONSEJO PONTIFICIO JUSTICIA Y PAZ
Presentación del "Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia"
Cardenal Renato Raffaele Martino
Lunes 25 de octubre de 2004
Me complace particularmente hacer público hoy el esperado
documento Compendio de la doctrina social de la Iglesia,
elaborado, por encargo del Santo Padre, y dedicado a él, por el
Consejo pontificio Justicia y paz, que se responsabiliza
plenamente del mismo. El documento se pone ahora a disposición
de todos aquellos —católicos, demás cristianos y personas de
buena voluntad— que buscan orientaciones concretas para promover
el bien social de las personas y de la sociedad.
Esta obra se inició hace cinco años, bajo la presidencia de mi
venerado predecesor el cardenal François-Xavier Nguyên Van Thuân.
La enfermedad y, más tarde, la muerte del cardenal Van Thuân,
así como el consiguiente cambio de presidencia en el Consejo
pontificio Justicia y paz, produjeron un inevitable retraso en
el trabajo.
La elaboración del Compendio de la doctrina social de la
Iglesia no fue una tarea fácil. Los problemas más complejos
que se afrontaron fueron fundamentalmente cuatro: el hecho de
que se trataba de elaborar un texto sin precedentes en la
historia de la Iglesia; la formulación de algunas complejas
cuestiones epistemológicas inherentes a la naturaleza de la
doctrina social de la Iglesia; y el deseo de ofrecer una
enseñanza que resistiera el paso del tiempo, en una fase
histórica caracterizada por cambios sociales, económicos y
políticos muy rápidos y radicales.
El Compendio de la doctrina social de la Iglesia brinda
un cuadro completo de las líneas fundamentales del "corpus"
doctrinal de la enseñanza social católica. El documento, fiel a
las autorizadas indicaciones que el Santo Padre Juan Pablo II
dio en el número 54 de la exhortación apostólica Ecclesia
in America, presenta "de manera completa y sistemática,
aunque de forma sintética, la doctrina social, que es fruto
de la sabia reflexión del Magisterio y expresión del compromiso
constante de la Iglesia, en fidelidad a la gracia de la
salvación de Cristo y en amorosa solicitud por el destino de la
humanidad" (Compendio, n. 8).
El Compendio tiene una estructura sencilla y clara.
Después de una Introducción, siguen tres partes:
La primera, que consta de cuatro capítulos, trata sobre los
presupuestos fundamentales de la doctrina social: el designio
amoroso de Dios con respecto al hombre y a la sociedad, la
misión de la Iglesia y la naturaleza de la doctrina social, la
persona humana y sus derechos, y los principios y valores de la
doctrina social.
La segunda, que consta de siete capítulos, trata sobre los
contenidos y los temas clásicos de la doctrina social: la
familia, el trabajo humano, la vida económica, la comunidad
política, la comunidad internacional, el medio ambiente y la
paz.
La tercera, muy breve —consta de un solo capítulo—, contiene una
serie de indicaciones para la utilización de la doctrina social
en la praxis pastoral de la Iglesia y en la vida de los
cristianos, sobre todo de los fieles laicos.
La Conclusión, titulada "Para una civilización del amor",
resume la idea de fondo de todo el documento.
La obra se completa con amplios índices, utilísimos y fáciles de
consultar.
El Compendio tiene una finalidad precisa y se caracteriza
por algunos objetivos claramente enunciados en la
Introducción, que reza así: "Se presenta como instrumento
para el discernimiento moral y pastoral de los complejos
acontecimientos que caracterizan a nuestro tiempo; como guía
para inspirar, en el ámbito individual y en el colectivo,
comportamientos y opciones que permitan mirar al futuro con
confianza y esperanza; como subsidio para los fieles en la
enseñanza de la moral social" (n. 10).
Asimismo, es un instrumento elaborado con el objetivo preciso de
promover "un nuevo compromiso capaz de responder a las
exigencias de nuestro tiempo y adecuado a las necesidades y a
los recursos del hombre, y sobre todo al anhelo de valorar, con
formas nuevas, la vocación propia de los diversos carismas
eclesiales con vistas a la evangelización del ámbito social,
porque "todos los miembros de la Iglesia participan de su
dimensión secular" (Christifideles laici, 15)" (ib.).
Un dato que conviene poner de relieve, pues se halla presente en
varias partes del documento, es el siguiente: el texto se
presenta como un instrumento para alimentar el diálogo
ecuménico e interreligioso de los católicos con todos los
que buscan sinceramente el bien del hombre. En efecto, en el
número 12 se afirma: "Este documento se propone también a los
hermanos de las demás Iglesias y comunidades eclesiales, a los
seguidores de las otras religiones, así como a los hombres y
mujeres de buena voluntad que se interesan por el bien común".
En efecto, la doctrina social, además de dirigirse de forma
primaria y específica a los hijos de la Iglesia, tiene un
destino universal. La luz del Evangelio, que la doctrina social
refleja sobre la sociedad, ilumina a todos los hombres: todas
las conciencias e inteligencias son capaces de captar la
profundidad humana de los significados y de los valores
expresados en esta doctrina, así como la carga de humanidad y
humanización de sus normas de acción.
Evidentemente, el Compendio de la doctrina social de
la Iglesia atañe ante todo a los católicos, porque "la
primera destinataria de la doctrina social es la comunidad
eclesial en todos sus miembros, dado que todos tienen que asumir
responsabilidades sociales. (...) En las tareas de
evangelización, es decir, de enseñanza, catequesis y formación,
que suscita la doctrina social de la Iglesia, está destinada a
todo cristiano, según las competencias, los carismas, los
oficios y la misión de anuncio propios de cada uno" (n. 83).
La doctrina social implica, asimismo, responsabilidades
relativas a la construcción, organización y funcionamiento de la
sociedad: obligaciones políticas, económicas, administrativas,
es decir, de índole secular, que corresponden a los fieles
laicos de modo peculiar, en virtud de la condición secular de su
estado de vida y de la índole secular de su vocación; mediante
esas responsabilidades los laicos ponen en práctica la doctrina
social y cumplen la misión secular de la Iglesia.
En la elaboración del Compendio se planteó constantemente
la cuestión relativa a la situación de la doctrina social de la
Iglesia en el mundo de hoy. Al formular la respuesta, se
consideró que no convenía seguir el camino de un simple análisis
sociológico o una enumeración de prioridades sociales o
problemas emergentes. Más bien, se creyó oportuno que el
Compendio constituyera un instrumento serio y riguroso
adecuado para realizar el discernimiento —acto cognoscitivo
eclesial y comunitario— tan indispensable hoy. El discernimiento
cristiano se funda en la lectura de los signos de los tiempos,
realizada a la luz de la palabra de Dios y del "corpus" de
verdades que el Magisterio ha constituido como doctrina social
de la Iglesia, con la finalidad de orientar la praxis
comunitaria y personal. Así se llega al centro mismo de la
doctrina social de la Iglesia, a su íntima naturaleza de
"encuentro del mensaje evangélico y de sus exigencias (...)
con los problemas que derivan de la vida de la sociedad"
(Congregación para la doctrina de la fe, instrucción
Libertatis conscientia, 72). El Compendio de la doctrina
social de la Iglesia presenta la doctrina social de la
Iglesia como una enseñanza que nace del discernimiento, que ella
misma es discernimiento y está orientada al discernimiento.
Desde esta perspectiva de fondo, el Compendio tiene como
finalidad favorecer un discernimiento capaz de afrontar algunos
desafíos decisivos y de gran importancia.
El desafío cultural
El primer desafío es el del ámbito cultural, que la doctrina
social afronta aprovechando su dimensión interdisciplinar
constitutiva. Mediante su doctrina social, la Iglesia
"proclama la verdad sobre Cristo, sobre sí misma y sobre el
hombre, aplicándola a una situación concreta" (Sollicitudo
rei socialis, 41). Así pues, es evidente que, sobre todo
con vistas al futuro, la doctrina social deberá desarrollar cada
vez más su dimensión interdisciplinar ("La doctrina social [...]
tiene una importante dimensión interdisciplinar. Para encarnar
cada vez mejor, en contextos sociales económicos y políticos
distintos, y continuamente cambiantes, la única verdad sobre el
hombre, esta doctrina entra en diálogo con las diversas
disciplinas que se ocupan del hombre, incorpora sus aportaciones
y les ayuda a abrirse a horizontes más amplios al servicio de
cada persona, conocida y amada en la plenitud de su vocación":
Centesimus annus, 59).
La dimensión interdisciplinar no es una añadidura, sino una
dimensión intrínseca de la doctrina social de la Iglesia, porque
está íntimamente vinculada a la finalidad de encarnar la verdad
eterna del Evangelio en los problemas históricos que debe
afrontar la humanidad. La verdad del Evangelio debe encontrarse
con los saberes elaborados por el hombre, porque la fe no es
ajena a la razón; los frutos históricos de la justicia y la paz
maduran cuando la luz evangélica se filtra y penetra en las
culturas, respetando las autonomías recíprocas, pero también las
conexiones analógicas entre fe y saberes. Cuando el diálogo con
las diversas disciplinas del saber se hace íntimo y fecundo, la
doctrina social de la Iglesia logra cumplir su misión de
estimular nuevos proyectos sociales, económicos y políticos que
tengan como centro a la persona humana, en todas sus
dimensiones.
Conviene notar que la dimensión interdisciplinar, orientada
teológicamente, puede responder a dos exigencias fuertemente
sentidas por la cultura de hoy. La cultura actual rechaza
cualquier sistema "cerrado", pero al mismo tiempo busca razones.
La doctrina social de la Iglesia no es "un sistema cerrado" (Libertatis
conscientia, 72), y no lo es por dos motivos: porque es
histórica, es decir, "se desarrolla en función de las
circunstancias cambiantes de la historia" (ib.), y porque
tiene su origen en el mensaje evangélico (cf. ib.), que
es trascendente y, precisamente por esta razón, es la principal
"fuente de renovación" (Pablo VI, Octogesima adveniens,
42) de la historia. La dimensión interdisciplinar permite a
la doctrina social orientar sin ser un sistema, y no ser un
sistema sin desorientar.
El desafío de la indiferencia ética y religiosa
El segundo desafío es el que proviene de la situación de
indiferencia ética y religiosa, y de la necesidad de una
renovada colaboración interreligiosa. En el ámbito social, los
aspectos más importantes de la indiferencia generalizada son la
separación entre ética y política, y la convicción de que las
cuestiones éticas no pueden aspirar a un estatuto público, no
pueden constituir el objeto de un debate racional y político,
porque serían expresiones de opciones individuales, incluso
privadas. La separación entre ética y política, por extensión,
tiende a aplicarse también a las relaciones entre la política y
la religión, relegada a asunto privado.
En este ámbito, la doctrina social de la Iglesia tiene hoy y en
el futuro próximo una ardua tarea por desempeñar, una tarea que
se puede cumplir mejor si se realiza en diálogo con las
confesiones cristianas y también con las no cristianas. La
colaboración interreligiosa será uno de los itinerarios de valor
estratégico para el bien de la humanidad, decisivo en el futuro
de la doctrina social. Contemplando con la mirada de la
sabiduría cristiana los acontecimientos de finales del siglo XX
e inicios del milenio que acaba de comenzar, se puede descubrir,
guiados por el Santo Padre, al menos un ámbito histórico de
importancia prioritaria para el diálogo interreligioso sobre los
temas sociales. Se trata del tema de la paz y los derechos
humanos.
De todos son conocidas las múltiples y apremiantes
intervenciones del Papa sobre este tema. Basta repasar los
discursos que ha dirigido Juan Pablo II en estos veintiséis años
de pontificado al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa
Sede para darse cuenta de cuán frecuentes e insistentes son sus
llamamientos a una colaboración entre las religiones mundiales
en favor de la paz, con el "espíritu de Asís". Me limito aquí a
citar un texto del Mensaje para la Jornada mundial de la
paz de 2002. Escribe el Santo Padre: "Las confesiones
cristianas y las grandes religiones de la humanidad han de
colaborar entre sí para eliminar las causas sociales y
culturales del terrorismo, enseñando la grandeza y la dignidad
de la persona y difundiendo una mayor conciencia de la unidad
del género humano. Se trata de un campo concreto del diálogo y
de la colaboración ecuménica e interreligiosa, para que las
religiones presten un servicio urgente a la paz entre los
pueblos" (n. 12: L'Osservatore Romano, edición en lengua
española, 14 de diciembre de 2001, p. 8).
El terreno de los derechos humanos, de la paz, de la justicia
social y económica, del desarrollo, en el futuro próximo,
ocupará cada vez más el centro del diálogo interreligioso, en el
que los católicos deberán participar con su doctrina social,
entendida como "corpus doctrinal" que estimula pero que
también se alimenta de "la actividad fecunda de millones y
millones de hombres, que (...) se han esforzado por inspirarse
en él con miras al propio compromiso en el mundo" (Centesimus
annus, 3).
El desafío pastoral
El tercer desafío es específicamente pastoral. El futuro de la
doctrina social de la Iglesia en el mundo actual dependerá de
que se comprenda cada vez mejor que esa doctrina está arraigada
en la misión propia de la Iglesia; que nace de la palabra de
Dios y de la fe viva de la Iglesia; y que es expresión del
servicio que la Iglesia presta al mundo, en el que la salvación
de Cristo se ha de anunciar con palabras y obras. Es decir, se
debe comprender cada vez mejor que esa doctrina está relacionada
con todos los aspectos de la vida y de la acción de la Iglesia:
sacramentos, liturgia, catequesis y pastoral. La doctrina social
de la Iglesia, que "forma parte esencial del mensaje cristiano"
(ib., 5), debe ser conocida, difundida y testimoniada.
Cuando, de cualquier modo, se pierde la conciencia viva de esta
"pertenencia" de la doctrina social a la misión de la Iglesia,
esa doctrina social es instrumentalizada en función de varias
formas de ambigüedad o de parcialidad.
Quiero recordar aquí la famosa expresión: "La doctrina social
cristiana es parte integrante de la concepción cristiana de la
vida", con la que el beato Papa Juan XXIII, en la encíclica
Mater et magistra (n. 206), abría el camino, hace ya muchos
años, a las sucesivas, importantes y profundas precisiones de
Juan Pablo II: "La enseñanza y la difusión de esta doctrina
social forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia" (Sollicitudo
rei socialis, 41); la doctrina social, "instrumento de
evangelización" (Centesimus annus, 54), "anuncia a
Dios y su misterio de salvación en Cristo a todo hombre" (ib.).
Esa doctrina podrá cumplir tanto mejor su servicio al hombre
dentro del entramado de la sociedad y de la economía cuanto
menos se reduzca a un discurso sociológico o político, a
exhortación moralizadora, a "ciencia del vivir bien" (Redemptoris
missio, 11), o a simple "ética para situaciones
difíciles" y, por el contrario, cuanto más sea conocida,
enseñada, vivida y encarnada, en toda la plenitud de su "unión
vital con el Evangelio del Señor" (Sollicitudo rei
socialis, 3).
Para concluir la presentación del Compendio de la doctrina
social de la Iglesia con estas reflexiones sobre el papel de
la doctrina social de la Iglesia en el mundo actual ante las
nuevas exigencias de la evangelización, quisiera poner de
relieve una doble dimensión de la presencia de los cristianos en
la sociedad, una doble inspiración que nos viene de la doctrina
social misma y que en el futuro exigirá que se viva cada vez más
en síntesis complementaria.
Me refiero, por una parte, a la exigencia del testimonio
personal y, por otra, a la exigencia de un nuevo proyecto para
un auténtico humanismo que implique las estructuras sociales.
Nunca se han de separar ambas dimensiones, la personal y la
social. Yo albergo la gran esperanza de que el Compendio de
la doctrina social de la Iglesia haga madurar personalidades
creyentes auténticas y las impulse a ser testigos creíbles,
capaces de modificar los mecanismos de la sociedad actual con el
pensamiento y con la acción.
Siempre hay necesidad de testigos, de mártires y de santos,
también en el ámbito social. Los Sumos Pontífices a menudo han
hecho referencia a las personas que han vivido su presencia en
la sociedad como "testimonio de Cristo Salvador" (Centesimus
annus, 5). Se trata de todos los que la Rerum
novarum consideraba "muy dignos de elogio" (n. 41) por
haberse comprometido a mejorar, en esos tiempos, la condición de
los obreros; de ellos la Centesimus annus dice que
"han sabido encontrar, una y otra vez, formas eficaces para dar
testimonio de la verdad" (n. 23). "A impulsos del magisterio
social, se han esforzado por inspirarse en él con miras al
propio compromiso en el mundo. Actuando individualmente o bien
coordinados en grupos, asociaciones y organizaciones, han
constituido como un gran movimiento para la defensa de la
persona humana y para la tutela de su dignidad" (ib.,
3).
Son los innumerables cristianos, en su mayoría laicos, que "se
han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida"
(Novo millennio ineunte, 31). El testimonio
personal, fruto de una vida cristiana "adulta", profunda y
madura, no puede por menos de contribuir también a la
construcción de una nueva civilización, en diálogo con las
disciplinas del saber humano, en diálogo con las demás
religiones y con todos los hombres de buena voluntad, para la
realización de un humanismo integral y solidario.
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