Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, junio de
2007
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La alternativa
ética del laicado
Marciano Vidal
Estoy
convencido de que el laicado ha de tener un papel decisivo en la
forma de entender y de vivir la ética cristiana en el próximo
futuro. Muchos de los rasgos con los que he descrito (o
¿soñado?) la Moral del futuro (1999, editorial Verbo Divino)
únicamente se harán presentes con la actuación adulta y decidida
de los laicos. Pero no quiero referirme aquí a esa presencia del
laicado en el campo de la reflexión de la ética teológica. Mi
interés se centra en proponer algunos valores y actitudes que, a
mi juicio, constituyen una alternativa ética que ha de ser
vivida y encauzada por los laicos dentro de la comunidad
cristiana del futuro.
En los
últimos años se viene hablando de la ética como un “estilo de
vida”. Se vuelve así al significado original que encerraba la
palabra griega êthos, la cual sugiere la imagen de “morada”,
“lugar donde se habita”. El pensamiento moderno, sobre todo la
reflexión de M. Heidegger, ha dado importancia al significado de
êthos como “estilo humano de morar y de habitar”.
¿En qué
“morada” ética ha de habitar un laico cristiano del futuro? Es
evidente que, en bastantes ocasiones, las formulaciones que
tenemos de la moral cristiana resultan “inhabitables” para la
mente libre y para el corazón sincero de muchos laicos. Es
preciso reconocer que no siempre el catolicismo ha sabido ser un
lugar acogedor y liberador para la ética. No hacen falta
minuciosos análisis para constatar esos límites y fallos. La
cercanía con la gente sencilla nos hace ver, con bastante
frecuencia, las secuelas que ha dejado una incorrecta
presentación de la moral cristiana: sobredosis de miedo y
angustia ante castigos divinos, sobrecarga de preceptos y
normas, deformación de la imagen de Dios Padre misericordioso.
Urge la
necesidad de volver a escuchar el mensaje liberador del
Evangelio: “venid a mí todos los que estáis fatigados y
sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad mi yugo, y aprended
de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso
para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”
(Mt 11, 28-30). A la luz de este texto el cristianismo se
convierte, entre otras cosas, en un lugar habitable para la
ética. La vida de los laicos será una hermenéutica narrativa de
la propuesta ética evangélica. Señalo tres tareas a la ética del
laicado:
–
Recuperar la “frescura evangélica”
La
necesaria e inevitable ascensión del laicado al nivel de la
plena “consciencia” y del libre ejercicio dentro de la vida
eclesial traerá consigo la liberación de los viejos miedos de
raíz moral y la propuesta de una alternativa ética de carácter
más evangélico. Los laicos ayudarán a recuperar la frescura
evangélica de la moral cristiana. Pienso, de modo especial, en
tres tonalidades que desearía para la moral de los católicos del
futuro:
•
Respuesta gozosa: entender la vida moral como “respuesta” a
alguien que te ama y a quien amas. La categoría del “gozo” ha de
suplir a las categorías de la obligación, del precepto, de la
ley.
•
Libertad en el amor: realizar la exigencia moral como un camino
de “libertad”, una libertad que se enraíza en el amor y que
culmina en obras de caridad. Las categorías morales de la carta
a los Romanos y de la carta a los Gálatas se mueven dentro de
esta tesitura de la libertad en el amor.
•
Sencillez y simplicidad de la caridad: la vida moral cristiana
tiene que vencer la tentación de la “acumulación normativa” y
buscar la simplicidad de la caridad. No son las muchas normas el
índice de elevación moral cristiana, sino el fervor de la
caridad.
–
Colaborar activa y responsablemente en el discernimiento ético
cristiano.
La
sociedad actual es una “sociedad compleja”. La sociedad del
futuro lo será todavía más. Las cuestiones morales serán también
complejas. Ahora bien, a cuestiones complejas no se puede
contestar ni con mediocridad ni con dogmatismos autoritarios;
cuestiones complejas exigen respuestas complejas.
Los
grandes interrogantes de la conciencia moral cristiana precisan
ser discutidos con la participación más amplia posible de todo
el pueblo de Dios. Los obispos norteamericanos han ensayado una
metodología que ojalá se extendiera a otras comunidades
eclesiales: encomendar a “especialistas” el estudio y la
propuesta de los planteamientos, someter éstos a la reflexión de
la comunidad cristiana, proceder a través de la redacción de
borradores y proyectos sucesivos, hasta alcanzar el grado
suficiente de asentimiento garantizado además por la
intervención expresa y cualificada de los responsables del
Magisterio último de la iglesia.
Una de las
aportaciones de la doctrina social de la iglesia a la reflexión
sobre la organización de la sociedad ha sido el principio de la
“subsidiariedad”: lo que pueden hacer los grupos menores no ha
de ser asumido por autoridades superiores. Ese principio ha de
ser aplicado también a la vida eclesial. El Magisterio último no
ha de intervenir más que cuando hayan sido agotadas las
posibilidades de los grupos eclesiales intermedios. Esto mismo
vale para la reflexión teológico-moral: ha de ser una búsqueda
compartida por todo el pueblo de Dios.
En el
futuro será imprescindible la participación activa y responsable
de los laicos en el discernimiento de los grandes interrogantes
éticos de la conciencia moral cristiana. Esa presencia del
laicado hará que la propuesta moral cristiana sea:
•
Especializada: es decir, con el equipamiento metodológico y
temático que requieren los problemas morales; solamente así las
propuestas morales de la Iglesia podrán “ser escuchadas” –y
ojalá seguidas– por la cultura, cada vez más especializada, del
futuro.
•
Pluralista: es muy difícil dar una única solución a los
interrogantes morales, sobre todo en sus concreciones últimas,
en las que la razón y la sabiduría humanas han de intervenir de
una forma decisiva.
•
Diversificada culturalmente: la moral del futuro ha de
corresponder a una teología que se anuncia como “policéntrica”.
La “catolicidad” de la moral de la Iglesia ganará si la
reflexión teológico-moral sabe responder de forma correcta al
reto de la “inculturación”.
• En
camino: las cuestiones complejas es imposible someterlas a un
“cierre (lock-in) teológico”. Pocos problemas de moral están
definitivamente cerrados. La búsqueda permanente, la
provisionalidad creativa y la paciencia histórica serán
cualidades de la reflexión teológico-moral y de los moralistas
del futuro.
•
Ecuménica: la moral del futuro será más ecuménica que la del
presente. Pienso en diversos círculos concéntricos de ecumenismo
moral: el ecumenismo de la “razón ética” compartida por todos y
que conforma el êthos de la sociedad internacional mediante una
“ética civil planetaria”; el ecumenismo ético de las religiones,
como ha sido propuesto y apoyado por H. Küng y otros; el
ecumenismo cristiano, en el que las perspectivas peculiares de
cada confesión no conduzcan a la “exclusión”, sino a la
“inclusión” y a descubrir mejor la riqueza inconmensurable del
sentido que ofrece la fe cristiana.
La
presencia activa y responsable de los laicos en el
discernimiento ético hará que éste tenga las cualidades exigidas
por la tradición bíblica (cf. Rom 12, 1-2) y por la reflexión
teológica actual. Hace años que O. Cullmann constató que el
verbo “discernir” es la palabra clave de la moral
neotestamentaria. En efecto, no es la razón abstracta, que suele
proceder mediante principios generales y universales, sino el
“discernimiento” de la situación histórica (“signos de los
tiempos”: Gaudium et Spes, 4) la facultad decisiva en la
búsqueda de la verdad moral para el cristiano.
– Crear
nuevos “hábitos del corazón”
He
señalado que la ética se comprende hoy como un “estilo de vida”.
Ahora bien, son los “hábitos del corazón” los que dan origen a
estilos de vida alternativos. Creo en la bondad del corazón de
la gente sencilla como fuente de esperanza ética para el futuro
de la humanidad. Pienso que el laicado es quien vehicula, de
modo especial, los “hábitos del corazón” de la gente sencilla
que constituyen el núcleo moral insobornable sobre el que se
construye la bondad de las personas y de las sociedades.
Esos
hábitos de bondad están expresados, de forma inigualable, en las
bienaventuranzas evangélicas (Mt 5, 3-10): la bondad de los
“pobres”, de los “afligidos”, de los “desposeídos”, de los que
sufren la “injusticia”, de los “misericordiosos”, de los
“limpios de corazón”, de los “hacedores de paz”, de los
“perseguidos”. No conviene olvidar que la moral cristiana no es
otra cosa que el desarrollo y la realización de las
bienaventuranzas (Catecismo de la Iglesia Católica, nn.
1716-1724).
En otro
lugar he concretado los nuevos “hábitos del corazón” en las tres
sensibilidades éticas siguientes (Concilium, n. 283 [1999]
131-140):
– la
mirada limpia para ver la realidad sin prejuicios ni intereses;
– la
empatía compasiva para solidarizarse con los débiles;
– la
sencillez de vida para crear unos valores alternativos a la
complejidad actual.
Creo que
esas sensibilidades constituyen el núcleo básico de la ética del
laicado. Son los laicos quienes han de aportar a toda la
comunidad cristiana un êthos o estilo de vida nuevo, recuperando
las intuiciones evangélicas más genuinas. Jesús, en su praxis y
en su mensaje, ofrece un estilo de vida alternativo al vigente,
para su época y para la nuestra; Jesús subvierte los códigos
vigentes y propone otros alternativos de carácter liberador.
Según la reciente hermenéutica de la “antropología cultural”, en
el mensaje de los estratos más antiguos de los relatos
evangélicos existe la propuesta de un Jesús “contracultural” (de
ahí su cercanía con la imagen del filósofo cínico) que contesta
los valores predominantes y justificadores de la antropología
social del área cultural mediterránea en el siglo I.
Así, pues,
la ética del laicado es no sólo una tarea sino ante todo un don
para el conjunto de la comunidad cristiana. A todos nos incumbe
–y a todos nos beneficiará– el nuevo êthos de los laicos: un
estilo de vida alternativo que recupere la frescura evangélica,
que aporte la perspectiva secular al discernimiento moral y que
propicie la creación de nuevos hábitos del corazón que encaucen
la bondad moral del pueblo de Dios. Ésta es la “revelación” que
precisamos hoy: “te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra,
porque ocultaste estas cosas a los entendidos y se las revelaste
a la gente sencilla” (Mt 11, 23).
Profesor
del Instituto Superior de Ciencias Morales de Madrid