Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de
2005
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Gaudium Et Spes
Constitución Pastoral
Sobre
la Iglesia en el mundo actual
PROEMIO
Unión íntima de la Iglesia con la familia humana universal
1. Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de
los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de
cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y
angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente
humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad
cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo,
son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el
reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación
para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y
realmente solidaria del genero humano y de su historia.
Destinatarios de la palabra conciliar
2. Por ello, el Concilio Vaticano II, tras haber profundizado en
el misterio de la Iglesia, se dirige ahora no sólo a los hijos
de la Iglesia católica y a cuantos invocan a Cristo, sino a
todos los hombres, con el deseo de anunciar a todos cómo
entiende la presencia y la acción de la Iglesia en el mundo
actual.
Tiene pues, ante sí la Iglesia al mundo, esto es, la entera
familia humana con el conjunto universal de las realidades entre
las que ésta vive; el mundo, teatro de la historia humana, con
sus afanes, fracasos y victorias; el mundo, que los cristianos
creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado
bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo,
crucificado y resucitado, roto el poder del demonio, para que el
mundo se transforme según el propósito divino y llegue a su
consumación.
Al servicio del hombre
3. En nuestros días, el género humano, admirado de sus propios
descubrimientos y de su propio poder, se formula con frecuencia
preguntas angustiosas sobre la evolución presente del mundo,
sobre el puesto y la misión del hombre en el universo, sobre el
sentido de sus esfuerzos individuales y colectivos, sobre el
destino último de las cosas y de la humanidad. El Concilio,
testigo y expositor de la fe de todo el Pueblo de Dios
congregado por Cristo, no puede dar prueba mayor de solidaridad,
respeto y amor a toda la familia humana que la de dialogar con
ella acerca de todos estos problemas, aclarárselos a la luz del
Evangelio y poner a disposición del género humano el poder
salvador que la Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, ha
recibido de su Fundador. Es la persona del hombre la que hay que
salvar. Es la sociedad humana la que hay que renovar. Es, por
consiguiente, el hombre; pero el hombre todo entero, cuerpo y
alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad, quien será
el objeto central de las explicaciones que van a seguir.
Al proclamar el Concilio la altísima vocación del hombre y la
divina semilla que en éste se oculta, ofrece al género humano la
sincera colaboración de la Iglesia para lograr la fraternidad
universal que responda a esa vocación. No impulsa a la Iglesia
ambición terrena alguna. Sólo desea una cosa: continuar, bajo la
guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo
para dar testionio de la verdad, para salvar y no para juzgar,
para servir y no para ser servido.
EXPOSICIÓN PRELIMINAR
SITUACIÓN DEL HOMBRE EN EL MUNDO DE HOY
Esperanzas y temores
4. Para cumplir esta misión es deber permanente de la Iglesia
escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la
luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación,
pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la
humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida
futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario por ello
conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas,
sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le
caracteriza. He aquí algunos rasgos fundamentales del mundo
moderno.
El género humano se halla en un período nuevo de su historia,
caracterizado por cambios profundos y acelerados, que
progresivamente se extienden al universo entero. Los provoca el
hombre con su inteligencia y su dinamismo creador; pero recaen
luego sobre el hombre, sobre sus juicios y deseos individuales y
colectivos, sobre sus modos de pensar y sobre su comportamiento
para con las realidades y los hombres con quienes convive. Tan
es así esto, que se puede ya hablar de una verdadera
metamorfosis social y cultural, que redunda también en la vida
religiosa.
Como ocurre en toda crisis de crecimiento, esta transformación
trae consigo no leves dificultades. Así mientras el hombre
amplía extraordinariamente su poder, no siempre consigue
someterlo a su servicio. Quiere conocer con profundidad
creciente su intimidad espiritual, y con frecuencia se siente
más incierto que nunca de sí mismo. Descubre paulatinamente las
leyes de la vida social, y duda sobre la orientación que a ésta
se debe dar.
Jamás el género humano tuvo a su disposición tantas riquezas,
tantas posibilidades, tanto poder económico. Y, sin embargo, una
gran parte de la humanidad sufre hambre y miseria y son
muchedumbre los que no saben leer ni escribir. Nunca ha tenido
el hombre un sentido tan agudo de su libertad, y entretanto
surgen nuevas formas de esclavitud social y psicológica.
Mientras el mundo siente con tanta viveza su propia unidad y la
mutua interdependencia en ineludible solidaridad, se ve, sin
embargo, gravísimamente dividido por la presencia de fuerzas
contrapuestas. Persisten, en efecto, todavía agudas tensiones
políticas, sociales, económicas, raciales e ideológicas, y ni
siquiera falta el peligro de una guerra que amenaza con
destruirlo todo. Se aumenta la comunicación de las ideas; sin
embargo, aun las palabras definidoras de los conceptos más
fundamentales revisten sentidos harto diversos en las distintas
ideologías. Por último, se busca con insistencia un orden
temporal más perfecto, sin que avance paralelamente el
mejoramiento de los espíritus.
Afectados por tan compleja situación, muchos de nuestros
contemporáneos difícilmente llegan a conocer los valores
permanentes y a compaginarlos con exactitud al mismo tiempo con
los nuevos descubrimientos. La inquietud los atormenta, y se
preguntan, entre angustias y esperanzas, sobre la actual
evolución del mundo. El curso de la historia presente en un
desafío al hombre que le obliga a responder.
Cambios profundos
5. La turbación actual de los espíritus y la transformación de
las condiciones de vida están vinculadas a una revolución global
más amplia, que da creciente importancia, en la formación del
pensamiento, a las ciencias matemáticas y naturales y a las que
tratan del propio hombre; y, en el orden práctico, a la técnica
y a las ciencias de ella derivadas. El espíritu científico
modifica profundamente el ambiente cultural y las maneras de
pensar. La técnica con sus avances está transformando la faz de
la tierra e intenta ya la conquista de los espacios
interplanetarios.
También sobre el tiempo aumenta su imperio la inteligencia
humana, ya en cuanto al pasado, por el conocimiento de la
historia; ya en cuanto al futuro, por la técnica prospectiva y
la planificación. Los progresos de las ciencias biológicas,
psicológicas y sociales permiten al hombre no sólo conocerse
mejor, sino aun influir directamente sobre la vida de las
sociedades por medio de métodos técnicos. Al mismo tiempo, la
humanidad presta cada vez mayor atención a la previsión y
ordenación de la expansión demográfica.
La propia historia está sometida a un proceso tal de
aceleración, que apenas es posible al hombre seguirla. El género
humano corre una misma suerte y no se diversifica ya en varias
historias dispersas. La humanidad pasa así de una concepción más
bien estática de la realidad a otra más dinámica y evolutiva, de
donde surge un nuevo conjunto de problemas que exige nuevos
análisis y nuevas síntesis.
Cambios en el orden social
6. Por todo ello, son cada día más profundos los cambios que
experimentan las comunidades localestradicionales, como la
familia patriarcal, el clan, la tribu, la aldea, otros
diferentes grupos, y las mismas relaciones de la convivencia
social.
El tipo de sociedad industrial se extiende paulatinamente,
llevando a algunos paises a una economía de opulencia y
transformando profundamente concepciones y condiciones
milenarias de la vida social. La civilización urbana tiende a un
predominio análogo por el aumento de las ciudades y de su
población y por la tendencia a la urbanización, que se extiende
a las zonas rurales.
Nuevos y mejores medios de comunicación social contribuyen al
conocimiento de los hechos y a difundir con rapidez y expansión
máximas los modos de pensar y de sentir, provocando con ello
muchas repercusiones simultáneas.
Y no debe subestimarse el que tantos hombres, obligados a
emigrar por varios motivos, cambien su manera de vida.
De esta manera, las relaciones humanas se multiplican sin cesar
y el mismo tiempo la propia socialización crea nuevas
relaciones, sin que ello promueva siempre, sin embargo, el
adecuado proceso de maduración de la persona y las relaciones
auténticamente personales (personalización).
Esta evolución se manifiesta sobre todo en las naciones que se
benefician ya de los progresos económicos y técnicos; pero
también actúa en los pueblos en vías de desarrollo, que aspiran
a obtener para sí las ventajas de la industrialización y de la
urbanización. Estos últimos, sobre todo los que poseen
tradiciones más antiguas, sienten también la tendencia a un
ejercicio más perfecto y personal de la libertad.
Cambios psicológicos, morales y religiosos
7. El cambio de mentalidad y de estructuras somete con
frecuencia a discusión las ideas recibidas. Esto se nota
particularmente entre jóvenes, cuya impaciencia e incluso a
veces angustia, les lleva a rebelarse. Conscientes de su propia
función en la vida social, desean participar rápidamente en
ella. Por lo cual no rara vez los padres y los educadores
experimentan dificultades cada día mayores en el cumplimiento de
sus tareas.
Las instituciones, las leyes, las maneras de pensar y de sentir,
heredadas del pasado, no siempre se adaptan bien al estado
actual de cosas. De ahí una grave perturbación en el
comportamiento y aun en las mismas normas reguladoras de éste.
Las nuevas condiciones ejercen influjo también sobre la vida
religiosa. Por una parte, el espíritu crítico más agudizado la
purifica de un concepto mágico del mundo y de residuos
supersticiosos y exige cada vez más una adhesiónverdaderamente
personal y operante a la fe, lo cual hace que muchos alcancen un
sentido más vivo de lo divino. Por otra parte, muchedumbres cada
vez más numerosas se alejan prácticamente de la religión. La
negación de Dios o de la religión no constituye, como en épocas
pasadas, un hecho insólito e individual; hoy día, en efecto, se
presenta no rara vez como exigencia del progreso científico y de
un cierto humanismo nuevo. En muchas regiones esa negación se
encuentra expresada no sólo en niveles filosóficos, sino que
inspira ampliamente la literatura, el arte, la interpretación de
las ciencias humanas y de la historia y la misma legislación
civil. Es lo que explica la perturbación de muchos.
Los desequilibrios del mundo moderno
8. Una tan rápida mutación, realizada con frecuencia bajo el
signo del desorden, y la misma conciencia agudizada de las
antinomias existentes hoy en el mundo, engendran o aumentan
contradicciones y desequilibrios.
Surgen muchas veces en el propio hombre el desequilibrio entre
la inteligencia práctica moderna y una forma de conocimiento
teórico que no llega a dominar y ordenar la suma de sus
conocimientos en síntesis satisfactoria. Brota también el
desequilibrio entre el afán por la eficacia práctica y las
exigencias de la conciencia moral, y no pocas veces entre las
condiciones de la vida colectiva y a las exigencias de un
pensamiento personal y de la misma contemplación. Surge,
finalmente, el desequilibrio entre la especialización
profesional y la visión general de las cosas.
Aparecen discrepancias en la familia, debidas ya al peso de las
condiciones demográficas, económicas y sociales, ya a los
conflictos que surgen entre las generaciones que se van
sucediendo, ya a las nuevas relaciones sociales entre los dos
sexos.
Nacen también grandes discrepancias raciales y sociales de todo
género. Discrepancias entre los paises ricos, los menos ricos y
los pobres. Discrepancias, por último, entre las instituciones
internacionales, nacidas de la aspiración de los pueblos a la
paz, y las ambiciones puestas al servicio de la expansión de la
propia ideología o los egoísmos colectivos existentes en las
naciones y en otras entidades sociales.
Todo ello alimenta la mutua desconfianza y la hostilidad, los
conflictos y las desgracias, de los que el hombre es, a la vez,
causa y víctima.
Aspiraciones más universales de la humanidad
9. Entre tanto, se afianza la convicción de que el género humano
puede y debe no sólo perfeccionar su dominio sobre las cosas
creadas, sino que le corresponde además establecer un orden
político, económico y social que esté más al servicio del hombre
y permita a cada uno y a cada grupo afirmar y cultivar su propia
dignidad.
De aquí las instantes reivindicaciones económicas de muchísimos,
que tienen viva conciencia de que la carencia de bienes que
sufren se debe a la injusticia o a una no equitativa
distribución. Las naciones en vía de desarrollo, como son las
independizadas recientemente, desean participar en los bienes de
la civilización moderna, no sólo en el plano político, sino
también en el orden económico, y desempeñar libremente su
función en el mundo. Sin embargo, está aumentando a diario la
distancia que las separa de las naciones más ricas y la
dependencia incluso económica que respecto de éstas padecen. Los
pueblos hambrientos interpelan a los pueblos opulentos.
La mujer, allí donde todavía no lo ha logrado, reclama la
igualdad de derecho y de hecho con el hombre. Los trabajadores y
los agricultores no sólo quieren ganarse lo necesario para la
vida, sino que quieren también desarrollar por medio del trabajo
sus dotes personales y participar activamente en la ordenación
de la vida económica, social, política y cultural. Por primera
vez en la historia, todos los pueblos están convencidos de que
los beneficios de la cultura pueden y deben extenderse realmente
a todas las naciones.
Pero bajo todas estas reivindicaciones se oculta una aspiración
más profunda y más universal: las personas y los grupos sociales
están sedientos de una vida plena y de una vida libre, digna del
hombre, poniendo a su servicio las inmensas posibilidades que
les ofrece el mundo actual. Las naciones, por otra parte, se
esfuerzan cada vez más por formar una comunidad universal.
De esta forma, el mundo moderno aparece a la vez poderoso y
débil, capaz de lo mejor y de lo peor, pues tiene abierto el
camino para optar entre la libertad o la esclavitud, entre el
progreso o el retroceso, entre la fraternidad o el odio. El
hombre sabe muy bien que está en su mano el dirigir
correctamente las fuerzas que él ha desencadenado, y que pueden
aplastarle o servirle. Por ello se interroga a sí mismo.
Los interrogantes más profundos del hombre
10. En realidad de verdad, los desequilibrios que fatigan al
mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio
fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano. Son
muchos los elementos que se combaten en el propio interior del
hombre. A fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples
limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y
llamado a una vida superior. Atraído por muchas solicitaciones,
tiene que elegir y que renunciar. Más aún, como enfermo y
pecador, no raramente hace lo que no quiere y deja de hacer lo
que querría llevar a cabo. Por ello siente en sí mismo la
división, que tantas y tan graves discordias provoca en la
sociedad. Son muchísimos los que, tarados en su vida por el
materialismo práctico, no quieren saber nada de la clara
percepción de este dramático estado, o bien, oprimidos por la
miseria, no tienen tiempo para ponerse a considerarlo. Otros
esperan del solo esfuerzo humano la verdadera y plena liberación
de la humanidad y abrigan el convencimiento de que el futuro del
hombre sobre la tierra saciará plenamente todos sus deseos. Y no
faltan, por otra parte, quienes, desesperando de poder dar a la
vida un sentido exacto, alaban la insolencia de quienes piensan
que la existencia carece de toda significación propia y se
esfuerzan por darle un sentido puramente subjetivo. Sin embargo,
ante la actual evolución del mundo, son cada día más numerosos
los que se plantean o los que acometen con nueva penetración las
cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el
sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos
progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las
victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a
la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay después de
esta vida temporal?.
Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al
hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que
pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo
el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea necesario
salvarse. Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de
toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro. Afirma
además la Iglesia que bajo la superficie de lo cambiante hay
muchas cosas permanentes, que tienen su último fundamento en
Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre. Bajo la luz de
Cristo, imagen de Dios invisible, primogénito de toda la
creación, el Concilio habla a todos para esclarecer el misterio
del hombre y para cooperar en el hallazgo de soluciones que
respondan a los principales problemas de nuestra época.
PRIMERA PARTE
LA IGLESIA Y LA VOCACIÓN DEL HOMBRE
Hay que responder a las mociones del Espíritu
11. El Pueblo de Dios, movido por la fe, que le impulsa a creer
que quien lo conduce es el Espíritu del Señor, que llena el
universo, procura discernir en los acontecimientos, exigencias y
deseos, de los cuales participa juntamente con sus
contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los
planes de Dios. La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta
el plan divino sobre la entera vocación del hombre. Por ello
orienta la menta hacia soluciones plenamente humanas.
El Concilio se propone, ante todo, juzgar bajo esta luz los
valores que hoy disfrutan la máxima consideración y enlazarlos
de nuevo con su fuente divina. Estos valores, por proceder de la
inteligencia que Dios ha dado al hombre, poseen una bondad
extraordinaria; pero, a causa de la corrupción del corazón
humano, sufren con frecuencia desviaciones contrarias a su
debida ordenación. Por ello necesitan purificación.
¿Qué piensa del hombre la Iglesia? ¿Qué criterios fundamentales
deben recomendarse para levantar el edificio de la sociedad
actual? ¿Qué sentido último tiene la acción humana en el
universo? He aquí las preguntas que aguardan respuesta. Esta
hará ver con claridad que el Pueblo de Dios y la humanidad, de
la que aquél forma parte, se prestan mutuo servicio, lo cual
demuestra que la misión de la Iglesia es religiosa y, por lo
mismo, plenamente humana.
CAPÍTULO I
LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA
El hombre, imagen de Dios
12. Creyentes y no creyentes están generalmente deacuerdo en
este punto: todos los bienes de la tierra deben ordenarse en
función del hombre, centro y cima de todos ellos.
Pero, ¿qué es el hombre? Muchas son las opiniones que el hombre
se ha dado y se da sobre sí mismo. Diversas e incluso
contradictorias. Exaltándose a sí mismo como regla absoluta o
hundiéndose hasta la desesperación. La duda y la ansiedad se
siguen en consecuencia. La Iglesia siente profundamente estas
dificultades, y, aleccionada por la Revelación divina, puede
darles la respuesta que perfile la verdadera situación del
hombre, dé explicación a sus enfermedades y permita conocer
simultáneamente y con acierto la dignidad y la vocación propias
del hombre.
La Biblia nos enseña que el hombre ha sido creado "a imagen de
Dios", con capacidad para conocer y amar a su Creador, y que por
Dios ha sido constituido señor de la entera creación visible
para gobernarla y usarla glorificando a Dios. ¿Qué es el hombre
para que tú te acuerdes de él? ¿O el hijo del hombre para que te
cuides de él? Apenas lo has hecho inferior a los ángeles al
coronarlo de gloria y esplendor. Tú lo pusiste sobre la obra de
tus manos. Todo fue puesto por tí debajo de sus pies (Ps
8, 5-7).
Pero Dios no creó al hombre en solitario. Desde el principio los
hizo hombre y mujer (Gen l,27). Esta sociedad de hombre y
mujer es la expresión primera de la comunión de personas
humanas. El hombre es, en efecto, por su íntima naturaleza, un
ser social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin
relacionarse con los demás.
Dios, pues, nos dice también la Biblia, miró cuanto había
hecho, y lo juzgó muy bueno (Gen 1,31).
El pecado
13. Creado por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, por
instigación del demonio, en el propio exordio de la historia,
abusó de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo
alcanzar su propio fin al margen de Dios. Conocieron a Dios,
pero no le glorificaron como a Dios. Obscurecieron su estúpido
corazón y prefirieron servir a la criatura, no al Creador. Lo
que la Revelación divina nos dice coincide con la experiencia.
El hombre, en efecto, cuando examina su corazón, comprueba su
inclinación al mal y se siente anegado por muchos males, que no
pueden tener origen en su santo Creador. Al negarse con
frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompe el hombre
la debida subordinación a su fin último, y también toda su
ordenación tanto por lo que toca a su propia persona como a las
relaciones con los demás y con el resto dela creación.
Es esto lo que explica la división íntima del hombre. Toda la
vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como
lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la
luz y las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota incapaz de
domeñar con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el
punto de sentirse como aherrojado entre cadenas. Pero el Señor
vino en persona para liberar y vigorizar al hombre, renovándole
interiormente y expulsando al príncipe de este mundo (cf. Io
12,31), que le retenía en la esclavitud del pecado. El pecado
rebaja al hombre, impidiéndole lograr su propia plenitud.
A la luz de esta Revelación, la sublime vocación y la miseria
profunda que el hombre experimenta hallan simultáneamente su
última explicación.
Constitución del hombre
14. En la unidad de cuerpo y alma, el hombre, por su misma
condición corporal, es una síntesis del universo material, el
cual alcanza por medio del hombre su más alta cima y alza la voz
para la libre alabanza del Creador. No debe, por tanto,
despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, debe
tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de
Dios que ha de resucitar en el último día. Herido por el pecado,
experimenta, sin embargo, la rebelión del cuerpo. La propia
dignidad humana pide, pues, que glorifique a Dios en su cuerpo y
no permita que lo esclavicen las inclinaciones depravadas de su
corazón.
No se equivoca el hombre al afirmar su superioridad sobre el
universo material y al considerarse no ya como partícula de la
naturaleza o como elemento anónimo de la ciudad humana. Por su
interioridad es, en efecto, superior al universo entero; a esta
profunda interioridad retorna cuando entra dentro de su corazón,
donde Dios le aguarda, escrutador de los corazones, y donde él
personalmente, bajo la mirada de Dios, decide su propio destino.
Al afirmar, por tanto, en sí mismo la espiritualidad y la
inmortalidad de su alma, no es el hombre juguete de un espejismo
ilusorio provocado solamente por las condiciones físicas y
sociales exteriores, sino que toca, por el contrario, la verdad
más profunda de la realidad.
Dignidad de la inteligencia, verdad y sabiduría
15. Tiene razón el hombre, participante de la luz de la
inteligencia divina, cuando afirma que por virtud de su
inteligencia es superior al universo material. Con el ejercicio
infatigable de su ingenio a lo largo de los siglos, la humanidad
ha realizado grandes avances en las ciencias positivas, en el
campo de la técnica y en la esfera de las artes liberales. Pero
en nuestra época ha obtenido éxitos extraordinarios en la
investigación y en el dominio del mundo material. Siempre, sin
embargo, ha buscado y ha encontrado una verdad más profunda. La
inteligencia no se ciñe solamente a los fenómenos. Tiene
capacidad para alcanzar la realidad inteligible con verdadera
certeza, aunque a consecuencia del pecado esté parcialmente
oscurecida y debilitada.
Finalmente, la naturaleza intelectual de la persona humana se
perfecciona y debe perfeccionarse por medio de la sabiduría, la
cual atrae con suavidad la mente del hombre a la búsqueda y al
amor de la verdad y del bien. Imbuido por ella, el hombre se
alza por medio de lo visible hacia lo invisible.
Nuestra época, más que ninguna otra, tiene necesidad de esta
sabiduría para humanizar todos los nuevos descubrimientos de la
humanidad. El destino futuro del mundo corre peligro si no
forman hombres más instruidos en esta sabiduría. Debe advertirse
a este respecto que muchas naciones económicamente pobres, pero
ricas en esta sabiduría, pueden ofrecer a las demás una
extraordinaria aportación.
Con el don del Espíritu Santo, el hombre llega por la fe a
contemplar y saborear el misterio del plan divino.
Dignidad de la conciencia moral
16. En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la
existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la
cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en
los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar
el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello.
Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón,
en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual
será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más
secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a
solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de
aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer
esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del
prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con
los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto
los numerosos problemas morales que se presentan al individuoy a
la sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la recta
conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y las
sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a
las normas objetivas de la moralidad. No rara vez, sin embargo,
ocurre que yerra la conciencia por ignorancia invencible, sin
que ello suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que no puede
afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y
el bien y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo
por el hábito del pecado.
Grandeza de la libertad
17. La orientación del hombre hacia el bien sólo se logra con el
uso de la libertad, la cual posee un valor que nuestros
contemporáneos ensalzan con entusiasmo. Y con toda razón. Con
frecuencia, sin embargo, la fomentan de forma depravada, como si
fuera pura licencia para hacer cualquier cosa, con tal que
deleite, aunque sea mala. La verdadera libertad es signo
eminente de la imagen divina en el hombre. Dios ha querido dejar
al hombre en manos de su propia decisión para que así busque
espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste,
alcance la plena y bienaventurada perfección. La dignidad humana
requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y
libre elección, es decir, movido e inducido por convicción
interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso
interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta
dignidad cuando, liberado totalmente de la cautividad de las
pasiones, tiende a su fin con la libre elección del bien y se
procura medios adecuados para ello con eficacia y esfuerzo
crecientes. La libertad humana, herida por el pecado, para dar
la máxima eficacia a esta ordenación a Dios, ha de apoyarse
necesariamente en la gracia de Dios. Cada cual tendrá que dar
cuanta de su vida ante el tribunal de Dios según la conducta
buena o mala que haya observado.
El misterio de la muerte
18. El máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre
sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo.
Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición
perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar
la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. La
semilla de eternidad que en sí lleva, por se irreductible a la
sola materia, se levanta contra la muerte. Todos los esfuerzos
de la técnica moderna, por muy útiles que sea, no pueden calmar
esta ansiedad del hombre: la prórroga de la longevidad que hoy
proporciona la biología no puede satisfacer ese deseo del más
allá que surge ineluctablemente del corazón humano.
Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia,
aleccionada por la Revelación divina, afirma que el hombre ha
sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de
las fronteras de la miseria terrestre. La fe cristiana enseña
que la muerte corporal, que entró en la historia a consecuencia
del pecado, será vencida cuando el omnipotente y misericordioso
Salvador restituya al hombre en la salvación perdida por el
pecado. Dios ha llamado y llama al hombre a adherirse a El con
la total plenitud de su ser en la perpetua comunión de la
incorruptible vida divina. Ha sido Cristo resucitado el que ha
ganado esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte
con su propia muerte. Para todo hombre que reflexione, la fe,
apoyada en sólidos argumentos, responde satisfactoriamente al
interrogante angustioso sobre el destino futuro del hombre y al
mismo tiempo ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros
mismos queridos hermanos arrebatados por la muerte, dándonos la
esperanza de que poseen ya en Dios la vida verdadera.
Formas y raíces del ateísmo
19. La razón más alta de la dignidad humana consiste en la
vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo
nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe
pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el
amor de Dios, que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en
la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y
se confía por entero a su Creador. Muchos son, sin embargo, los
que hoy día se desentienden del todo de esta íntima y vital
unión con Dios o la niegan en forma explícita. Es este ateísmo
uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo. Y debe ser
examinado con toda atención.
La palabra "ateísmo" designa realidades muy diversas. Unos
niegan a Dios expresamente. Otros afirman que nada puede decirse
acerca de Dios. Los hay que someten la cuestión teológica a un
análisis metodológico tal, que reputa como inútil el propio
planteamiento de la cuestión. Muchos, rebasando indebidamente
los límites sobre estabase puramente científica o, por el
contrario, rechazan sin excepción toda verdad absoluta. Hay
quienes exaltan tanto al hombre, que dejan sin contenido la fe
en Dios, ya que les interesa más, a lo que parece, la afirmación
del hombre que la negación de Dios. Hay quienes imaginan un Dios
por ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del
Evangelio. Otros ni siquiera se plantean la cuestión de la
existencia de Dios, porque, al parecer, no sienten inquietud
religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse por el
hecho religiosos. Además, el ateísmo nace a veces como violenta
protesta contra la existencia del mal en el mundo o como
adjudicación indebida del carácter absoluto a ciertos bienes
humanos que son considerados prácticamente como sucedáneos de
Dios. La misma civilización actual, no en sí misma, pero sí por
su sobrecarga de apego a la tierra, puede dificultar en grado
notable el acceso del hombre a Dios.
Quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y
soslayar las cuestiones religiosas, desoyen el dictamen de su
conciencia y, por tanto, no carecen de culpa. Sin embargo,
también los creyentes tienen en esto su parte de
responsabilidad. Porque el ateísmo, considerado en su total
integridad, no es un fenómeno originario, sino un fenómeno
derivado de varias causas, entre las que se debe contar también
la reacción crítica contra las religiones, y, ciertamente en
algunas zonas del mundo, sobre todo contra la religión
cristiana. Por lo cual, en esta génesis del ateísmo pueden tener
parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el
descuido de la educación religiosa, o con la exposición
inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida
religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el
genuino rostro de Dios y de la religión.
El ateísmo sistemático
20. Con frecuencia, el ateísmo moderno reviste también la forma
sistemática, la cual, dejando ahora otras causas, lleva el afán
de autonomía humana hasta negar toda dependencia del hombre
respecto de Dios. Los que profesan este ateísmo afirman que la
esencia de la libertad consiste en que el hombre es el fin de sí
mismo, el único artífice y creador de su propia historia. Lo
cual no puede conciliarse, según ellos, con el reconocimiento
del Señor, autor y fin de todo, o por lo menos tal afirmación de
Dios es completamente superflua. El sentido de poder que el
progreso técnico actual da al hombre puede favorecer esta
doctrina.
Entre las formas del ateísmo moderno debe mencionarse la que
pone la liberación del hombre principalmente en su liberación
económica y social. Pretende este ateísmo que la religión, por
su propia naturaleza, es un obstáculo para esta liberación,
porque, al orientar el espíritu humano hacia una vida futura
ilusoria, apartaría al hombre del esfuerzo por levantar la
ciudad temporal. Por eso, cuando los defensores de esta doctrina
logran alcanzar el dominio político del Estado, atacan
violentamente a la religión, difundiendo el ateísmo, sobre todo
en materia educativa, con el uso de todos los medios de presión
que tiene a su alcance el poder público.
Actitud de la Iglesia ante el ateísmo
21. La Iglesia, fiel a Dios y fiel a los hombres, no puede dejar
de reprobar con dolor, pero con firmeza, como hasta ahora ha
reprobado, esas perniciosas doctrinas y conductas, que son
contrarias a la razón y a la experiencia humana universal y
privan al hombre de su innata grandeza.
Quiere, sin embargo, conocer las causas de la negación de Dios
que se esconden en la mente del hombre ateo. Consciente de la
gravedad de los problemas planteados por el ateísmo y movida por
el amor que siente a todos los hombres, la Iglesia juzga que los
motivos del ateísmo deben ser objeto de serio y más profundo
examen.
La Iglesia afirma que el reconocimiento de Dios no se opone en
modo alguno a la dignidad humana, ya que esta dignidad tiene en
el mismo Dios su fundamento y perfección. Es Dios creador el que
constituye al hombre inteligente y libre en la sociedad. Y,
sobre todo, el hombre es llamado, como hijo, a la unión con Dios
y a la participación de su felicidad. Enseña además la Iglesia
que la esperanza escatológica no merma la importancia de las
tareas temporales, sino que más bien proporciona nuevos motivos
de apoyo para su ejercicio. Cuando, por el contrario, faltan ese
fundamento divino y esa esperanza de la vida eterna, la dignidad
humana sufre lesiones gravísimas -es lo que hoy con frecuencia
sucede-, y los enigmas de la vida y de la muerte, de la culpa y
del dolor, quedan sin solucionar, llevando no raramente al
hombre a la desesperación.
Todo hombre resulta para sí mismo un problema no resuelto,
percibido con cierta obscuridad. Nadie en ciertos momentos,
sobre todo en los acontecimientos más importantes de la vida,
puede huir del todo el interrogante referido. A este problema
sólo Dios da respuesta plena y totalmente cierta; Dios, que
llama al hombre a pensamientos más altos y a una búsqueda más
humilde de la verdad.
El remedio del ateísmo hay que buscarlo en la exposición
adecuada de la doctrina y en la integridad de vida de la Iglesia
y de sus miembros. A la Iglesia toca hacer presentes y como
visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado con la continua
renovación y purificación propias bajo la guía del Espíritu
Santo. Esto se logra principalmente con el testimonio de una fe
viva y adulta, educada para poder percibir con lucidez las
dificultades y poderlas vencer. Numerosos mártires dieron y dan
preclaro testimonio de esta fe, la cual debe manifestar su
fecundidad imbuyendo toda la vida, incluso la profana, de los
creyentes, e impulsándolos a la justicia y al amor, sobre todo
respecto del necesitado. Mucho contribuye, finalmente, a esta
afirmación de la presencia de Dios el amor fraterno de los
fieles, que con espíritu unánime colaboran en la fe del
Evangelio y se alzan como signo de unidad.
La Iglesia, aunque rechaza en forma absoluta el ateísmo,
reconoce sinceramente que todos los hombres, creyentes y no
creyentes, deben colaborar en la edificación de este mundo, en
el que viven en común. Esto no puede hacerse sin un prudente y
sincero diálogo. Lamenta, pues, la Iglesia la discriminación
entre creyentes y no creyentes que algunas autoridades
políticas, negando los derechos fundamentales de la persona
humana, establecen injustamente. Pide para los creyentes
libertad activa para que puedan levantar en este mundo también
un templo a Dios. E invita cortésmente a los ateos a que
consideren sin prejuicios el Evangelio de Cristo.
La Iglesia sabe perfectamente que su mensaje está de acuerdo con
los deseos más profundos del corazón humano cuando reivindica la
dignidad de la vocación del hombre, devolviendo la esperanza a
quienes desesperan ya de sus destinos más altos. Su mensaje,
lejos de empequeñecer al hombre, difunde luz, vida y libertad
para el progreso humano. Lo único que puede llenar el corazón
del hombre es aquello que "nos hiciste, Señor, para tí, y
nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en tí".
Cristo, el Hombre nuevo
22. En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el
misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era
figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor,
Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del
Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio
hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño,
pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en
Cristo su fuente y su corona.
El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es
también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de
Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él,
la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada
también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su
encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre.
Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre,
obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido
de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros,
semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado.
Cordero inocente, con la entrega libérrima de su sangre nos
mereció la vida. En El Dios nos reconcilió consigo y con
nosotros y nos liberó de la esclavitud del diablo y del pecado,
por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El
Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal
2,20). Padeciendo por nosotros, nos dio ejemplo para seguir sus
pasos y, además abrió el camino, con cuyo seguimiento la vida y
la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido.
El hombre cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es
el Primogénito entre muchos hermanos, recibe las primicias
del Espíritu (Rom 8,23), las cuales le capacitan para
cumplir la ley nueva del amor. Por medio de este Espíritu, que
es prenda de la herencia (Eph 1,14), se restaura
internamente todo el hombre hasta que llegue la redención del
cuerpo (Rom 8,23). Si el Espíritu de Aquel que
resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que
resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también vida a
vuestros cuerpos mortales por virtud de su Espíritu que habita
en vosotros (Rom 8,11). Urgen al cristiano la necesidad y
el deber de luchar, con muchas tribulaciones, contra el demonio,
e incluso de padecer la muerte. Pero, asociado al misterio
pascual, configurado con la muerte de Cristo, llegará,
corroborado por la esperanza, a la resurrección.
Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para
todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la
gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación
suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina.
En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a
todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida,
se asocien a este misterio pascual.
Este es el gran misterio del hombre que la Revelación cristiana
esclarece a los fieles. Por Cristo y en Cristo se ilumina el
enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos
envuelve en absoluta obscuridad. Cristo resucitó; con su muerte
destruyó la muerte y nos dio la vida, para que, hijosen el Hijo,
clamemos en el Espíritu: Abba!,¡Padre!
CAPÍTULO II
LA COMUNIDAD HUMANA
Propósito del Concilio
23. Entre los principales aspectos del mundo actual hay que
señalar la multiplicación de las relaciones mutuas entre los
hombres. Contribuye sobremanera a este desarrollo el moderno
progreso técnico. Sin embargo, la perfección del coloquio
fraterno no está en ese progreso, sino más hondamente en la
comunidad que entre las personas se establece, la cual exige el
mutuo respeto de su plena dignidad espiritual. La Revelación
cristiana presta gran ayuda para fomentar esta comunión
interpersonal y al mismo tiempo nos lleva a una más profunda
comprensión de las leyes que regulan la vida social, y que el
Creador grabó en la naturaleza espiritual y moral del hombre.
Como el Magisterio de la Iglesia en recientes documentos ha
expuesto ampliamente la doctrina cristiana sobre la sociedad
humana, el Concilio se limita a recordar tan sólo algunas
verdades fundamentales y exponer sus fundamentos a la luz de la
Revelación. A continuación subraya ciertas consecuencias que de
aquéllas fluyen, y que tienen extraordinaria importancia en
nuestros días.
Indole comunitaria de la vocación humana según el plan de Dios
24. Dios, que cuida de todos con paterna solicitud, ha querido
que los hombres constituyan una sola familia y se traten entre
sí con espíritu de hermanos. Todos han sido creados a imagen y
semejanza de Dios, quien hizo de uno todo el linaje humano y
para poblar toda la haz de la tierra (Act 17,26), y todos
son llamados a un solo e idéntico fin, esto es, Dios mismo.
Por lo cual, el amor de Dios y del prójimo es el primero y el
mayor mandamiento. La Sagrada Escritura nos enseña que el amor
de Dios no puede separarse del amor del prójimo: ...
cualquier otro precepto en esta sentencia se resume : Amarás al
prójimo como a tí mismo ... El amor es el cumplimiento de la ley
(Rom 13,9-10; cf. 1 Io 4,20). Esta doctrina
posee hoy extraordinaria importancia a causa de dos hechos: la
creciente interdependencia mutua de los hombres y la unificación
asimismo creciente del mundo.
Más aún, el Señor, cuando ruega al Padre que todos sean uno,
como nosotros también somos uno (Io 17,21-22),
abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una
cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la
unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta
semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la
que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia
plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás.
Interdependencia entre la persona humana y la sociedad
25. La índole social del hombre demuestra que el desarrollo de
la persona humana y el crecimiento de la propia sociedad están
mutuamente condicionados. porque el principio, el sujeto y el
fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona
humana, la cual, por su misma naturaleza, tiene absoluta
necesidad de la vida social. La vida social no es, pues, para el
hombre sobrecarga accidental. Por ello, a través del trato con
los demás, de la reciprocidad de servicios, del diálogo con los
hermanos, la vida social engrandece al hombre en todas sus
cualidades y le capacita para responder a su vocación.
De los vínculos sociales que son necesarios para el cultivo del
hombre, unos, como la familia y la comunidad política, responden
más inmediatamente a su naturaleza profunda; otros, proceden más
bien de su libre voluntad. En nuestra época, por varias causas,
se multiplican sin cesar las conexiones mutuas y las
interdependencias; de aquí nacen diversas asociaciones e
instituciones tanto de derecho público como de derecho privado.
Este fenómeno, que recibe el nombre de socialización, aunque
encierra algunos peligros, ofrece, sin embargo, muchas ventajas
para consolidar y desarrollar las cualidades de la persona
humana y para garantizar sus derechos.
Mas si la persona humana, en lo tocante al cumplimiento de su
vocación, incluida la religiosa, recibe mucho de esta vida en
sociedad, no se puede, sin embargo, negar que las circunstancias
sociales en que vive y en que está como inmersa desde su
infancia, con frecuencia le apartan del bien y le inducen al
mal. Es cierto que las perturbaciones que tan frecuentemente
agitan la realidad social proceden en parte de las tensiones
propias de las estructuras económicas, políticas y sociales.
Pero proceden, sobre todo, de la soberbia y del egoísmo humanos,
que trastornan también el ambiente social. Y cuando la realidad
social se ve viciada por las consecuencias del pecado, el
hombre, inclinado ya al mal desde su nacimiento, encuentra
nuevos estímulos para el pecado, los cuales sólo pueden vencerse
con denodado esfuerzo ayudado por la gracia.
La promoción del bien común
26. La interdependencia, cada vez más estrecha, y su progresiva
universalización hacen que el bien común -esto es, el conjunto
de condiciones de la vida social que hacen posible a las
asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y
más fácil de la propia perfección- se universalice cada vez más,
e implique por ello derechos y obligaciones que miran a todo el
género humano. Todo grupo social debe tener en cuanta las
necesidades y las legítimas aspiraciones de los demás grupos;
más aún, debe tener muy en cuanta el bien común de toda la
familia humana.
Crece al mismo tiempo la conciencia de la excelsa dignidad de la
persona humana, de su superioridad sobre las cosas y de sus
derechos y deberes universales e inviolables. Es, pues,
necesario que se facilite al hombre todo lo que éste necesita
para vivir una vida verdaderamente humana, como son el alimento,
el vestido, la vivienda, el derecho a la libre elección de
estado ya fundar una familia, a la educación, al trabajo, a la
buena fama, al respeto, a una adecuada información, a obrar de
acuerdo con la norma recta de su conciencia, a la protección de
la vida privada y a la justa libertad también en materia
religiosa.
El orden social, pues, y su progresivo desarrollo deben en todo
momento subordinarse al bien de la persona, ya que el orden real
debe someterse al orden personal, y no al contrario. El propio
Señor lo advirtió cuando dijo que el sábado había sido hecho
para el hombre, y no el hombre para el sábado. El orden social
hay que desarrollarlo a diario, fundarlo en la verdad,
edificarlo sobre la justicia, vivificarlo por el amor. Pero debe
encontrar en la libertad un equilibrio cada día más humano. Para
cumplir todos estos objetivos hay que proceder a una renovación
de los espíritus y a profundas reformas de la sociedad.
El Espíritu de Dios, que con admirable providencia guía el curso
de los tiempos y renueva la faz de la tierra, no es ajeno a esta
evolución. Y, por su parte, el fermentoevangélico ha despertado
y despierta en el corazón del hombre esta irrefrenable exigencia
de la dignidad.
El respeto a la persona humana
27. Descendiendo a consecuencias prácticas de máxima urgencia,
el Concilio inculca el respeto al hombre, de forma de cada uno,
sin excepción de nadie, debe considerar al prójimo como otro yo,
cuidando en primer lugar de su vida y de los medios necesarios
para vivirla dignamente, no sea que imitemos a aquel rico que se
despreocupó por completo del pobre Lázaro.
En nuestra época principalmente urge la obligación de acercarnos
a todos y de servirlos con eficacia cuando llegue el caso, ya se
trate de ese anciano abandonado de todos, o de ese trabajador
extranjero despreciado injustamente, o de ese desterrado, o de
ese hijo ilegítimo que debe aguantar sin razón el pecado que él
no cometió, o de ese hambriento que recrimina nuestra conciencia
recordando la palabra del Señor: Cuantas veces hicisteis eso
a uno de estos mis hermanos menores, a mi me lo hicisteis. (Mt
25,40).
No sólo esto. Cuanto atenta contra la vida -homicidios de
cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el mismo
suicidio deliberado-; cuanto viola la integridad de la persona
humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas
morales o físicas, los conatos sistemáticos para dominar la
mente ajena; cuanto ofende a la dignidad humana, como son las
condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias,
las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de
blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales degradantes,
que reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro,
sin respeto a la libertad y a la responsabilidad de la persona
humana: todas estas prácticas y otras parecidas son en sí mismas
infamantes, degradan la civilización humana, deshonran más a sus
autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor
debido al Creador.
Respeto y amor a los adversarios
28. Quienes sienten u obran de modo distinto al nuestro en
materia social, política e incluso religiosa, deben ser también
objeto de nuestro respeto y amor. Cuanto más humana y caritativa
sea nuestra comprensión íntima de su manera de sentir, mayor
será la facilidad para establecer con ellos el diálogo.
Esta caridad y esta benignidad en modo alguno deben convertirse
en indiferencia ante la verdad y el bien. Más aún,la propia
caridad exige el anuncio a todos los hombres de la verdad
saludable. Pero es necesario distinguir entre el error, que
siempre debe ser rechazado, y el hombre que yerra, el cual
conserva la dignidad de la persona incluso cuando está desviado
por ideas falsas o insuficientes en materia religiosa. Dios es
el único juez y escrutador del corazón humano. Por ello, nos
prohíbe juzgar la culpabilidad interna de los demás.
La doctrina de Cristo pide también que perdonemos las injurias.
El precepto del amor se extiende a todos los enemigos. Es el
mandamiento de la Nueva Ley: «Habéis oído que se dijo: "Amarás a
tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo". Pero yo os digo : "Amad
a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian y orad por
lo que os persiguen y calumnian"» (Mt 5,43-44).
La igualdad esencial entre los hombres y la justicia social
29. La igualdad fundamental entre todos los hombres exige un
reconocimiento cada vez mayor. Porque todos ellos, dotados de
alma racional y creados a imagen de Dios, tienen la misma
naturaleza y el mismo origen. Y porque, redimidos por Cristo,
disfrutan de la misma vocación y de idéntico destino.
Es evidente que no todos los hombres son iguales en lo que toca
a la capacidad física y a las cualidades intelectuales y
morales. Sin embargo, toda forma de discriminación en los
derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural,
por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o
religión, debe ser vencida y eliminada por ser contraria al plan
divino. En verdad, es lamentable que los derechos fundamentales
de la persona no estén todavía protegidos en la forma debida por
todas partes. Es lo que sucede cuando se niega a la mujer el
derecho de escoger libremente esposo y de abrazar el estado de
vida que prefiera o se le impide tener acceso a una educación y
a una cultura iguales a las que se conceden al hombre.
Más aún, aunque existen desigualdades justas entre los hombres,
sin embargo, la igual dignidad de la persona exige que se llegue
a una situación social más humana y más justa. Resulta
escandaloso el hecho de las excesivas desigualdades económicas y
sociales que se dan entre los miembros y los pueblos de una
misma familia humana. Son contrarias a la justicia social, a la
equidad, a la dignidad de la persona humana y a la paz social e
internacional.
Las instituciones humanas, privadas o públicas, esfuércense por
ponerse al servicio de la dignidad y del findel hombre. Luchen
con energía contra cualquier esclavitud social o política y
respeten, bajo cualquier régimen político, los derechos
fundamentales del hombre. Más aún, estas instituciones deben ir
respondiendo cada vez más a las realidades espirituales, que son
las más profundas de todas, aunque es necesario todavía largo
plazo de tiempo para llegar al final deseado.
Hay que superar la ética individualista
30. La profunda y rápida transformación de la vida exige con
suma urgencia que no haya nadie que, por despreocupación frente
a la realidad o por pura inercia, se conforme con una ética
meramente individualista. El deber de justicia y caridad se
cumple cada vez más contribuyendo cada uno al bien común según
la propia capacidad y la necesidad ajena, promoviendo y ayudando
a las instituciones, así públicas como privadas, que sirven para
mejorar las condiciones de vida del hombre. Hay quienes profesan
amplias y generosas opiniones, pero en realidad viven siempre
como si nunca tuvieran cuidado alguno de las necesidades
sociales. No sólo esto; en varios paises son muchos los que
menosprecian las leyes y las normas sociales. No pocos, con
diversos subterfugios y fraudes, no tienen reparo en soslayar
los impuestos justos u otros deberes para con la sociedad.
Algunos subestiman ciertas normas de la vida social; por
ejemplo, las referentes a la higiene o las normas de la
circulación, sin preocuparse de que su descuido pone en peligro
la vida propia y la vida del prójimo.
La aceptación de las relaciones sociales y su observancia deben
ser consideradas por todos como uno de los principales deberes
del hombre contemporáneo. Porque cuanto más se unifica el mundo,
tanto más los deberes del hombre rebasan los límites de los
grupos particulares y se extiende poco a poco al universo
entero. Ello es imposible si los individuos y los grupos
sociales no cultivan en sí mismo y difunden en la sociedad las
virtudes morales y sociales, de forma que se conviertan
verdaderamente en hombres nuevos y en creadores de una nueva
humanidad con el auxilio necesario de la divina gracia.
Responsabilidad y participación
31. Para que cada uno pueda cultivar con mayor cuidado el
sentido de su responsabilidad tanto respecto a sí mismocomo de
los varios grupos sociales de los que es miembro, hay que
procurar con suma diligencia una más amplia cultura espiritual,
valiéndose para ello de los extraordinarios medios de que el
género humano dispone hoy día. Particularmente la educación de
los jóvenes, sea el que sea el origen social de éstos, debe
orientarse de tal modo, que forme hombres y mujeres que no sólo
sean personas cultas, sino también de generoso corazón, de
acuerdo con las exigencias perentorias de nuestra época.
Pero no puede llegarse a este sentido de la responsabilidad si
no se facilitan al hombre condiciones de vida que le permitan
tener conciencia de su propia dignidad y respondan a su
vocación, entregándose a Dios ya los demás. La libertad humana
con frecuencia se debilita cuando el hombre cae en extrema
necesidad, de la misma manera que se envilece cuando el hombre,
satisfecho por una vida demasiado fácil, se encierra como en una
dorada soledad. Por el contrario, la libertad se vigoriza cuando
el hombre acepta las inevitables obligaciones de la vida social,
toma sobre sí las multiformes exigencias de la convivencia
humana y se obliga al servicio de la comunidad en que vive.
Es necesario por ello estimular en todos la voluntad de
participar en los esfuerzos comunes. Merece alabanza la conducta
de aquellas naciones en las que la mayor parte de los ciudadanos
participa con verdadera libertad en la vida pública. Debe
tenerse en cuenta, sin embargo, la situación real de cada país y
el necesario vigor de la autoridad pública. Para que todos los
ciudadanos se sientan impulsados a participar en la vida de los
diferentes grupos de integran el cuerpo social, es necesario que
encuentren en dichos grupos valores que los atraigan y los
dispongan a ponerse al servicio de los demás. Se puede pensar
con toda razón que el porvenir de la humanidad está en manos de
quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para
vivir y razones para esperar.
El Verbo encarnado y la solidaridad humana
32. Dios creó al hombre no para vivir aisladamente, sino para
formar sociedad. De la misma manera, Dios "ha querido santificar
y salvar a los hombres no aisladamente, sin conexión alguna de
unos con otros, sino constituyendo un pueblo que le confesara en
verdad y le sirviera santamente". Desde el comienzo de la
historia de la salvación, Dios ha elegido a los hombres no
solamente en cuanto individuos, sino también a cuanto miembros
de una determinada comunidad. A losque eligió Dios manifestando
su propósito, denominó pueblo suyo (Ex 3,7-12),
con el que además estableció un pacto en el monte Sinaí.
Esta índole comunitaria se perfecciona y se consuma en la obra
de Jesucristo. El propio Verbo encarnado quiso participar de la
vida social humana. Asistió a las bodas de Caná, bajó a la casa
de Zaqueo, comió con publicanos y pecadores. Reveló el amor del
Padre y la excelsa vocación del hombre evocando las relaciones
más comunes de la vida social y sirviéndose del lenguaje y de
las imágenes de la vida diaria corriente. Sometiéndose
voluntariamente a las leyes de su patria, santificó los vínculos
humanos, sobre todo los de la familia, fuente de la vida social.
Eligió la vida propia de un trabajador de su tiempo y de su
tierra.
En su predicación mandó claramente a los hijos de Dios que se
trataran como hermanos. Pidió en su oración que todos sus
discípulos fuesen uno. Más todavía, se ofreció hasta la muerte
por todos, como Redentor de todos. Nadie tiene mayor amor que
este de dar uno la vida por sus amigos (Io 15,13). Y
ordenó a los Apóstoles predicar a todas las gentes la nueva
angélica, para que la humanidad se hiciera familia de Dios, en
la que la plenitud de la ley sea el amor.
Primogénito entre muchos hermanos, constituye, con el don de su
Espíritu, una nueva comunidad fraterna entre todos los que con
fe y caridad le reciben después de su muerte y resurrección,
esto es, en su Cuerpo, que es la Iglesia, en la que todos,
miembros los unos de los otros, deben ayudarse mutuamente según
la variedad de dones que se les hayan conferido.
Esta solidaridad debe aumentarse siempre hasta aquel día en que
llegue su consumación y en que los hombres, salvador por la
gracia, como familia amada de Dios y de Cristo hermano, darán a
Dios gloria perfecta.
CAPÍTULO III:
LA ACTIVIDAD HUMANA EN EL MUNDO
Planteamiento del problema
33. Siempre se ha esforzado el hombre con su trabajo y con su
ingenio en perfeccionar su vida; pero en nuestros días, gracias
a la ciencia y la técnica, ha logrado dilatar y sigue dilatando
el campo de su dominio sobre casi toda la naturaleza, y, con
ayuda sobre todo el aumento experimentado por los diversos
medios de intercambio entre las naciones, la familia humana se
va sintiendo y haciendo una única comunidad en el mundo. De lo
que resulta que gran número de bienes que antes el hombre
esperaba alcanzar sobre todo de las fuerzas superiores, hoy los
obtiene por sí mismo.
Ante este gigantesco esfuerzo que afecta ya a todo el género
humano, surgen entre los hombres muchas preguntas. ¿Qué sentido
y valor tiene esa actividad? ¿Cuál es el uso que hay que hacer
de todas estas cosas? ¿A qué fin deben tender los esfuerzos de
individuos y colectividades? La Iglesia, custodio del depósito
de la palabra de Dios, del que manan los principios en el orden
religioso y moral, sin que siempre tenga a manos respuesta
adecuada a cada cuestión, desea unir la luz de la Revelación al
saber humano para iluminar el camino recientemente emprendido
por la humanidad.
Valor de la actividad humana
34. Una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana
individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos
realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr
mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a
la voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibió
el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad,
sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de
orientar a Dios la propia persona y el universo entero,
reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con el
sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el
nombre de Dios en el mundo.
Esta enseñanza vale igualmente para los quehaceres más
ordinarios. Porque los hombres y mujeres que, mientras procuran
el sustento para sí y su familia, realizan su trabajo de forma
que resulte provechoso y en servicio de la sociedad, con razón
pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del
Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen demodo
personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia.
Los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por
el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional
pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario,
persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la
grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio. Cuanto
más se acrecienta el poder del hombre, más amplia es su
responsabilidad individual y colectiva. De donde se sigue que el
mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del
mundo si los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al
contrario, les impone como deber el hacerlo.
Ordenación de la actividad humana
35. La actividad humana, así como procede del hombre, así
también se ordena al hombre. Pues éste con su acción no sólo
transforma las cosas y la sociedad, sino que se perfecciona a sí
mismo. Aprende mucho, cultiva sus facultades, se supera y se
trasciende. Tal superación, rectamente entendida, es más
importante que las riquezas exteriores que puedan acumularse. El
hombre vale más por lo que es que por lo que tiene. Asimismo,
cuanto llevan a cabo los hombres para lograr más justicia, mayor
fraternidad y un más humano planteamiento en los problemas
sociales, vale más que los progresos técnicos. Pues dichos
progresos pueden ofrecer, como si dijéramos, el material para la
promoción humana, pero por sí solos no pueden llevarla a cabo.
Por tanto, está es la norma de la actividad humana: que, de
acuerdo con los designios y voluntad divinos, sea conforme al
auténtico bien del género humano y permita al hombre, como
individuo y como miembro de la sociedad, cultivar y realizar
íntegramente su plena vocación.
La justa autonomía de la realidad terrena
36. Muchos de nuestros contemporáneos parecen temer que, por una
excesivamente estrecha vinculación entre la actividad humana y
la religión, sufra trabas la autonomía del hombre, de la
sociedad o de la ciencia.
Si por autonomía de la realidad se quiere decir que las cosas
creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores,
que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es
absolutamente legítima esta exigencia de autonomía. No es sólo
que la reclamen imperiosamente los hombres de nuestro tiempo. Es
que además responde a la voluntad del Creador. Pues, por la
propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas
de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden
regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de
la metodología particular de cada ciencia o arte. Por ello, la
investigación metódica en todos los campos del saber, si está
realizada de una forma auténticamente científica y conforme a
las normas morales, nunca será en realidad contraria a la fe,
porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen
en un mismo Dios. Más aún, quien con perseverancia y humildad se
esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, está
llevado, aun sin saberlo, como por la mano de Dios, quien,
sosteniendo todas las cosas, da a todas ellas el ser. Son, a
este respecto, de deplorar ciertas actitudes que, por no
comprender bien el sentido de la legítima autonomía de la
ciencia, se han dado algunas veces entre los propios cristianos;
actitudes que, seguidas de agrias polémicas, indujeron a muchos
a establecer una oposición entre la ciencia y la fe.
Pero si autonomía de lo temporal quiere decir que la
realidad creada es independiente de Dios y que los hombres
pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno
a quien se le oculte la falsedad envuelta en tales palabras. La
criatura sin el Creador desaparece. Por lo demás, cuantos creen
en Dios, sea cual fuere su religión, escucharon siempre la
manifestación de la voz de Dios en el lenguaje de la creación.
Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda
oscurecida.
Deformación de la actividad humana por el pecado
37. La Sagrada Escritura, con la que está de acuerdo la
experiencia de los siglos, enseña a la familia humana que el
progreso altamente beneficioso para el hombre también encierra,
sin embargo, gran tentación, pues los individuos y las
colectividades, subvertida la jerarquía de los valores y
mezclado el bien con el mal, no miran más que a lo suyo,
olvidando lo ajeno. Lo que hace que el mundo no sea ya ámbito de
una auténtica fraternidad, mientras el poder acrecido de la
humanidad está amenazando con destruir al propio género humano.
A través de toda la historia humana existe una dura batalla
contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes
del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final.
Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar continuamente
para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la
ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en
sí mismo.
Por ello, la Iglesia de Cristo, confiando en el designio del
Creador, a la vez que reconoce que el progreso puede servir a la
verdadera felicidad humana, no puede dejar de hacer oír la voz
del Apóstol cuando dice: No queráis vivir conforme a este mundo
(Rom 12,2); es decir, conforme a aquel espíritu de
vanidad y de malicia que transforma en instrumento de pecado la
actividad humana, ordenada al servicio de Dios y de los hombres.
A la hora de saber cómo es posible superar tan deplorable
miseria, la norma cristiana es que hay que purificar por la cruz
y la resurrección de Cristo y encauzar por caminos de perfección
todas las actividades humanas, las cuales, a causa de la
soberbia y el egoísmo, corren diario peligro. El hombre,
redimido por Cristo y hecho, en el Espíritu Santo, nueva
criatura, puede y debe amar las cosas creadas por Dios. Pues de
Dios las recibe y las mira y respeta como objetos salidos de las
manos de Dios. Dándole gracias por ellas al Bienhechor y usando
y gozando de las criaturas en pobreza y con libertad de
espíritu, entra de veras en posesión del mundo como quien nada
tiene y es dueño de todo: Todo es vuestro; vosotros sois de
Cristo, y Cristo es de Dios (I Cor 3,22-23).
Perfección de la actividad humana en el misterio pascual
38. El Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas,
hecho El mismo carne y habitando en la tierra, entró como hombre
perfecto en la historia del mundo, asumiéndola y recapitulándola
en sí mismo. El es quien nos revela que Dios es amor (1
Io 4,8), a la vez que nos enseña que la ley fundamental de
la perfección humana, es el mandamiento nuevo del amor. Así,
pues, a los que creen en la caridad divina les da la certeza de
que abrir a todos los hombres los caminos del amor y esforzarse
por instaurar la fraternidad universal no son cosas inútiles. Al
mismo tiempo advierte que esta caridad no hay que buscarla
únicamente en los acontecimientos importantes, sino, ante todo,
en la vida ordinaria. El, sufriendo la muerte por todos
nosotros, pecadores, nos enseña con su ejemplo a llevar la cruz
que la carne y el mundo echan sobre los hombros de los que
buscan la paz y la justicia. Constituido Señor por su
resurrección, Cristo, al que le ha sido dada toda potestad en el
cielo y en la tierra, obra ya por la virtud de su Espíritu en el
corazón del hombre, no sólo despertando el anhelo del siglo
futuro, sino alentando, purificando y robusteciendo también con
ese deseo aquellos generosos propósitos con los que la familia
humana intentahacer más llevadera su propia vida y someter la
tierra a este fin. Mas los dones del Espíritu Santo son
diversos: si a unos llama a dar testimonio manifiesto con el
anhelo de la morada celestial y a mantenerlo vivo en la familia
humana, a otros los llama para que se entreguen al servicio
temporal de los hombres, y así preparen la materia del reino de
los cielos. Pero a todos les libera, para que, con la abnegación
propia y el empleo de todas las energías terrenas en pro de la
vida, se proyecten hacia las realidades futuras, cuando la
propia humanidad se convertirán en oblación acepta a Dios.
El Señor dejó a los suyos prenda de tal esperanza y alimento
para el camino en aquel sacramento de la fe en el que los
elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre, se
convierten en el cuerpo y sangre gloriosos con la cena de la
comunión fraterna y la degustación del banquete celestial.
Tierra nueva y cielo nuevo
39. Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la
tierra y de la humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se
transformará el universo. La figura de este mundo, afeada por el
pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva
morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya
bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos
de paz que surgen en el corazón humano. Entonces, vencida la
muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y lo que fue
sembrado bajo el signo de la debilidad y de la corrupción, se
revestirá de incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad y
sus obras, se verán libres de la servidumbre de la vanidad todas
las criaturas, que Dios creó pensando en el hombre.
Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el
mundo si se pierde a sí mismo. No obstante, la espera de una
tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien aliviar, la
preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo
de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera
anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que
distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del
reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede
contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran
medida al reino de Dios.
Pues los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la
libertad; en una palabra, todos los frutos excelentes de la
naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlospropagado
por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su
mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha,
iluminados y trasfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el
reino eterno y universal: "reino de verdad y de vida; reino de
santidad y gracia; reino de justicia, de amor y de paz". El
reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando
venga el Señor, se consumará su perfección.
CAPÍTULO IV
MISIÓN DE LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO
Relación mutua entre la Iglesia y el mundo
40. Todo lo que llevamos dicho sobre la dignidad de la persona,
sobre la comunidad humana, sobre el sentido profundo de la
actividad del hombre, constituye el fundamento de la relación
entre la Iglesia y el mundo, y también la base para el mutuo
diálogo. Por tanto, en este capítulo, presupuesto todo lo que ya
ha dicho el Concilio sobre el misterio de la Iglesia, va a ser
objeto de consideración la misma Iglesia en cuanto que existe en
este mundo y vive y actúa con él.
Nacida del amor del Padre Eterno, fundada en el tiempo por
Cristo Redentor, reunida en el Espíritu Santo, la Iglesia tiene
una finalidad escatológica y de salvación, que sólo en el mundo
futuro podrá alcanzar plenamente. Está presente ya aquí en la
tierra, formada por hombres, es decir, por miembros de la ciudad
terrena que tienen la vocación de formar en la propia historia
del género humano la familia de los hijos de Dios, que ha de ir
aumentando sin cesar hasta la venida del Señor. Unida
ciertamente por razones de los bienes eternos y enriquecida por
ellos, esta familia ha sido "constituida y organizada por Cristo
como sociedad en este mundo" y está dotada de "los medios
adecuados propios de una unión visible y social". De esta forma,
la Iglesia, "entidad social visible y comunidad espiritual",
avanza juntamente con toda la humanidad, experimenta la suerte
terrena del mundo, y su razón de ser es actuar como fermento y
como alma de la sociedad, que debe renovarse en Cristo y
transformarse en familia de Dios.
Esta compenetración de la ciudad terrena y de la ciudad eterna
sólo puede percibirse por la fe; más aún, es un misterio
permanente de la historia humana que se ve perturbado por el
pecado hasta la plena revelación de la claridad de los hijos de
Dios. Al buscar su propio fin de salvación, la Iglesia no sólo
comunica la vida divina al hombre, sino que además difunde sobre
el universo mundo, en cierto modo, el reflejo de su luz, sobre
todo curando y elevando la dignidad de la persona, consolidando
la firmeza de la sociedad y dotando a la actividad diaria de la
humanidad de un sentido y de una significación mucho más
profundos. Cree la Iglesia que de esta manera, por medio de sus
hijos y por medio de su entera comunidad, puede ofrecer gran
ayuda para dar un sentido más humano al hombre a su historia.
La Iglesia católica de buen grado estima mucho todo lo que en
este orden han hecho y hacen las demás Iglesias cristianas o
comunidades eclesiásticas con su obra de colaboración. Tiene
asimismo la firme persuasión de que el mundo, a través de las
personas individuales y de toda la sociedad humana, con sus
cualidades y actividades, puede ayudarla mucho y de múltiples
maneras en la preparación del Evangelio. Expónense a
continuación algunos principios generales para promover
acertadamente este mutuo intercambio y esta mutua ayuda en todo
aquello que en cierta manera es común a la Iglesia y al mundo.
Ayuda que la Iglesia procura prestar a cada hombre
41. El hombre contemporáneo camina hoy hacia el desarrollo pleno
de su personalidad y hacia el descubrimiento y afirmación
crecientes de sus derechos. Como a la Iglesia se ha confiado la
manifestación del misterio de Dios, que es el fin último del
hombre, la Iglesia descubre con ello al hombre el sentido de la
propia existencia, es decir, la verdad más profunda acerca del
ser humano. Bien sabe la Iglesia que sólo Dios, al que ella
sirve, responde a las aspiraciones más profundas del corazón
humano, el cual nunca se sacia plenamente con solos los
alimentos terrenos. Sabe también que el hombre, atraído sin
cesar por el Espíritu de Dios, nunca jamás será del todo
indiferente ante el problema religioso, como los prueban no sólo
la experiencia de los siglos pasados, sino también múltiples
testimonios de nuestra época. Siempre deseará el hombre saber,
al menos confusamente, el sentido de su vida, de su acción y de
su muerte. La presencia misma de la Iglesia le recuerda al
hombre talesproblemas; pero es sólo Dios, quien creó al hombre a
su imagen y lo redimió del pecado, el que puede dar respuesta
cabal a estas preguntas, y ello por medio de la Revelación en su
Hijo, que se hizo hombre. El que sigue a Cristo, Hombre
perfecto, se perfecciona cada vez más en su propia dignidad de
hombre.
Apoyada en esta fe, la Iglesia puede rescatar la dignidad humana
del incesante cambio de opiniones que, por ejemplo, deprimen
excesivamente o exaltan sin moderación alguna el cuerpo humano.
No hay ley humana que pueda garantizar la dignidad personal y la
libertad del hombre con la seguridad que comunica el Evangelio
de Cristo, confiado a la Iglesia. El Evangelio enuncia y
proclama la libertad de los hijos de Dios, rechaza todas las
esclavitudes, que derivan, en última instancia, del pecado;
respeta santamente la dignidad de la conciencia y su libre
decisión; advierte sin cesar que todo talento humano debe
redundar en servicio de Dios y bien de la humanidad; encomienda,
finalmente, a todos a la caridad de todos. Esto corresponde a la
ley fundamental de la economía cristiana. Porque, aunque el
mismo Dios es Salvador y Creador, e igualmente, también Señor de
la historia humana y de la historia de la salvación, sin
embargo, en esta misma ordenación divina, la justa autonomía de
lo creado, y sobre todo del hombre, no se suprime, sino que más
bien se restituye a su propia dignidad y se ve en ella
consolidada.
La Iglesia, pues, en virtud del Evangelio que se le ha confiado,
proclama los derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el
dinamismo de la época actual, que está promoviendo por todas
partes tales derechos. Debe, sin embargo, lograrse que este
movimiento quede imbuido del espíritu evangélico y garantizado
frente a cualquier apariencia de falsa autonomía. Acecha, en
efecto, la tentación de juzgar que nuestros derechos personales
solamente son salvados en su plenitud cuando nos vemos libres de
toda norma divina. Por ese camino, la dignidad humano no se
salva; por el contrario, perece.
Ayuda que la Iglesia procura dar a la sociedad humana
42. La unión de la familia humana cobra sumo vigor y se completa
con la unidad, fundada en Cristo, de la familia constituida por
los hijos de Dios.
La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden
político, económico o social. El fin que le asignó es de orden
religioso. Pero precisamente de esta misma misión religiosa
derivan funciones, luces y energías que pueden servir para
establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina.
Más aún, donde sea necesario, según las circunstancias de tiempo
y de lugar, la misión de la Iglesia puede crear, mejor dicho,
debe crear, obras al servicio de todos, particularmente de los
necesitados, como son, por ejemplo, las obras de misericordia u
otras semejantes.
La Iglesia reconoce, además, cuanto de bueno se halla en el
actual dinamismo social: sobre todo la evolución hacia la
unidad, el proceso de una sana socialización civil y económica.
La promoción de la unidad concuerda con la misión íntima de la
Iglesia, ya que ella es "en Cristo como sacramento, o sea signo
e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo
el género humano". Enseña así al mundo que la genuina unión
social exterior procede de la unión de los espíritus y de los
corazones, esto es, de la fe y de la caridad, que constituyen el
fundamento indisoluble de su unidad en el Espíritu Santo. Las
energías que la Iglesia puede comunicar a la actual sociedad
humana radican en esa fe y en esa caridad aplicadas a la vida
práctica. No radican en el mero dominio exterior ejercido con
medios puramente humanos.
Como, por otra parte, en virtud de su misión y naturaleza, no
está ligada a ninguna forma particular de civilización humana ni
a sistema alguno político, económico y social, la Iglesia, por
esta su universalidad, puede constituir un vínculo estrechísimo
entre las diferentes naciones y comunidades humanas, con tal que
éstas tengan confianza en ella y reconozcan efectivamente su
verdadera libertad para cumplir tal misión. Por esto, la Iglesia
advierte a sus hijos, y también a todos los hombres, a que con
este familiar espíritu de hijos de Dios superen todas las
desavenencias entre naciones y razas y den firmeza interna a las
justas asociaciones humanas.
El Concilio aprecia con el mayor respeto cuanto de verdadero, de
bueno y de justo se encuentra en las variadísimas instituciones
fundadas ya o que incesantemente se fundan en la humanidad.
Declara, además, que la Iglesia quiere ayudar y fomentar tales
instituciones en lo que de ella dependa y puede conciliarse con
su misión propia. Nada desea tanto como desarrollarse
libremente, en servicio de todos, bajo cualquier régimen
político que reconozca los derechos fundamentales de la persona
y de la familia y los imperativos del bien común.
Ayuda que la Iglesia, a través de sus hijos,
procura prestar al dinamismo humano
43. El Concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de la
ciudad temporal y de la ciudad eterna, a cumplir con fidelidad
sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu
evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no
tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura,
consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse
cuanta que la propia fe es un motivo que les obliga al más
perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal
de cada uno. Pero no es menos grave el error de quienes, por el
contrario, piensan que pueden entregarse totalmente del todo a
la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a
ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas
obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida diaria
de muchos debe ser considerado como uno de los más graves
errores de nuestra época. Ya en el Antiguo Testamento los
profetas reprendían con vehemencia semejante escándalo. Y en el
Nuevo Testamento sobre todo, Jesucristo personalmente conminaba
graves penas contra él. No se creen, por consiguiente,
oposiciones artificiales entre las ocupaciones profesionales y
sociales, por una parte, y la vida religiosa por otra. El
cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus
deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones
para con Dios y pone en peligro su eterna salvación. Siguiendo
el ejemplo de Cristo, quien ejerció el artesanado, alégrense los
cristianos de poder ejercer todas sus actividades temporales
haciendo una síntesis vital del esfuerzo humano, familiar,
profesional, científico o técnico, con los valores religiosos,
bajo cuya altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios.
Competen a los laicos propiamente, aunque no exclusivamente, las
tareas y el dinamismo seculares. Cuando actúan, individual o
colectivamente, como ciudadanos del mundo, no solamente deben
cumplir las leyes propias de cada disciplina, sino que deben
esforzarse por adquirir verdadera competencia en todos los
campos. Gustosos colaboren con quienes buscan idénticos fines.
Conscientes de las exigencias de la fe y vigorizados con sus
energías, acometan sin vacilar, cuando sea necesario, nuevas
iniciativas y llévenlas a buen término. A la conciencia bien
formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada
en la ciudad terrena. De los sacerdotes, los laicos pueden
esperar orientación e impulso espiritual,. Pero no piensen que
sus pastores están siempre en condiciones de poderles dar
inmediatamente solución concreta en todas las cuestiones, aun
graves, que surjan. No es ésta su misión. Cumplen más bien los
laicos su propiafunción con la luz de la sabiduría cristiana y
con la observancia atenta de la doctrina del Magisterio.
Muchas veces sucederá que la propia concepción cristiana de la
vida les inclinará en ciertos casos a elegir una determinada
solución. Pero podrá suceder, como sucede frecuentemente y con
todo derecho, que otros fieles, guiados por una no menor
sinceridad, juzguen del mismo asunto de distinta manera. En
estos casos de soluciones divergentes aun al margen de la
intención de ambas partes, muchos tienen fácilmente a vincular
su solución con el mensaje evangélico. Entiendan todos que en
tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva a
favor de su parecer la autoridad de la Iglesia. Procuren siempre
hacerse luz mutuamente con un diálogo sincero, guardando la
mutua caridad y la solicitud primordial pro el bien común.
Los laicos, que desempeñan parte activa en toda la vida de la
Iglesia, no solamente están obligados a cristianizar el mundo,
sino que además su vocación se extiende a ser testigos de Cristo
en todo momento en medio de la sociedad humana.
Los Obispos, que han recibido la misión de gobernar a la Iglesia
de Dios, prediquen, juntamente con sus sacerdotes, el mensaje de
Cristo, de tal manera que toda la actividad temporal de los
fieles quede como inundada por la luz del Evangelio. Recuerden
todos los pastores, además, que son ellos los que con su trato y
su trabajo pastoral diario exponen al mundo el rostro de la
Iglesia, que es el que sirve a los hombres para juzgar la
verdadera eficacia del mensaje cristiano. Con su vida y con sus
palabras, ayudados por los religiosos y por sus fieles,
demuestren que la Iglesia, aun por su sola presencia, portadora
de todos sus dones, es fuente inagotable de las virtudes de que
tan necesitado anda el mundo de hoy. Capacítense con insistente
afán para participar en el diálogo que hay que entablar con el
mundo y con los hombres de cualquier opinión. Tengan sobre todo
muy en el corazón las palabras del Concilio: "Como el mundo
entero tiende cada día más a la unidad civil, económica y
social, conviene tanto más que los sacerdotes, uniendo sus
esfuerzos y cuidados bajo la guía de los Obispos y del Sumo
Pontífice, eviten toda causa de dispersión, para que todo el
género humano venga a la unidad de la familia de Dios".
Aunque la Iglesia, pro la virtud del Espíritu Santo, se ha
mantenido como esposa fiel de su Señor y nunca ha cesado de ser
signo de salvación en el mundo, sabe, sin embargo, muy bien que
no siempre, a lo largo de su prolongada historia, fueron todos
sus miembros, clérigos o laicos, fieles al espíritu de Dios.
Sabe también la Iglesia que aún hoy día es mucha la distancia
que se da entre el mensaje que ella anuncia y la fragilidad
humana de los mensajeros a quienes está confiado el Evangelio.
Dejando a un lado el juicio de la historia sobre estas
deficiencias, debemos, sin embargo, tener conciencia de ellas y
combatirlas con máxima energía para que no dañen a la difusión
del Evangelio. De igual manera comprende la Iglesia cuánto le
queda aún por madurar, por su experiencia de siglos, en la
relación que debe mantener con el mundo. Dirigida por el
Espíritu Santo, la Iglesia, como madre, no cesa de "exhortar a
sus hijos a la purificación y a la renovación para que brille
con mayor claridad la señal de Cristo en el rostro de la
Iglesia".
Ayuda que la Iglesia recibe del mundo moderno
44. Interesa al mundo reconocer a la Iglesia como realidad
social y fermento de la historia. De igual manera, la Iglesia
reconoce los muchos beneficios que ha recibido de la evolución
histórica del género humano.
La experiencia del pasado, el progreso científico, los tesoros
escondidos en las diversas culturas, permiten conocer más a
fondo la naturaleza humana, abren nuevos caminos para la verdad
y aprovechan también a la Iglesia. Esta, desde el comienzo de su
historia, aprendió a expresar el mensaje cristiano con los
conceptos y en la lengua de cada pueblo y procuró ilustrarlo
además con el saber filosófico. Procedió así a fin de adaptar el
Evangelio a nivel del saber popular y a las exigencias de los
sabios en cuanto era posible. Esta adaptación de la predicación
de la palabra revelada debe mantenerse como ley de toda la
evangelización. Porque así en todos los pueblos se hace posible
expresar el mensaje cristiano de modo apropiado a cada uno de
ellos y al mismo tiempo se fomenta un vivo intercambio entre la
Iglesia y las diversas culturas. Para aumentar este trato sobre
todo en tiempos como los nuestros, en que las cosas cambian tan
rápidamente y tanto varían los modos de pensar, la Iglesia
necesita de modo muy peculiar la ayuda de quienes por vivir en
el mundo, sean o no sean creyentes, conocen a fondo las diversas
instituciones y disciplinas y comprenden con claridad la razón
íntima de todas ellas. Es propio de todo el Pueblo de Dios, pero
principalmente de los pastores y de los teólogos, auscultar,
discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las
múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la
palabra divina, a fin de que la Verdad revelada pueda ser mejor
percibida, mejor entendida y expresada en forma más adecuada.
La Iglesia, por disponer de una estructura social visible, señal
de su unidad en Cristo, puede enriquecerse, y de hecho se
enriquece también, con la evolución de la vida social, no porque
le falte en la constitución que Cristo le dio elemento alguno,
sino para conocer con mayor profundidad esta misma constitución,
para expresarla de forma más perfecta y para adaptarla con mayor
acierto a nuestros tiempos. La Iglesia reconoce agradecida que
tanto en el conjunto de su comunidad como en cada uno de sus
hijos recibe ayuda variada de parte de los hombres de toda clase
o condición. Porque todo el que promueve la comunidad humana en
el orden de la familia, de la cultura, de la vida
económico-social, de la vida política, así nacional como
internacional, proporciona no pequeña ayuda, según el plan
divino, también a la comunidad eclesial, ya que ésta depende
asimismo de las realidades externas. Más aún, la Iglesia
confiesa que le han sido de mucho provecho y le pueden ser
todavía de provecho la oposición y aun la persecución de sus
contrarios.
Cristo, alfa y omega
45. La Iglesia, al prestar ayuda al mundo y al recibir del mundo
múltiple ayuda, sólo pretende una cosa: el advenimiento del
reino de Dios y la salvación de toda la humanidad. Todo el bien
que el Pueblo de Dios puede dar a la familia humana al tiempo de
su peregrinación en la tierra, deriva del hecho de que la
Iglesia es "sacramento universal de salvación", que manifiesta y
al mismo tiempo realiza el misterio del amor de Dios al hombre.
El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que,
Hombre perfecto, salvará a todos y recapitulara todas las cosas.
El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia
hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la
civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y
plenitud total de sus aspiraciones. El es aquel a quien el Padre
resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de
vivos y de muertos. Vivificados y reunidos en su Espíritu,
caminamos como peregrinos hacia la consumación de la historia
humana, la cual coincide plenamente con su amoroso designio:
"Restaurar en Cristo todo lo que hay en el cielo y en la tierra"
(Eph 1,10).
He aquí que dice el Señor: "Vengo presto, y conmigo mi
recompensa, para dar a cada uno según sus obra. Yo soy el alfa y
la omega, el primero y el último, el principio y el fin" (Apoc
22,12-13).
SEGUNDA PARTE
ALGUNOS PROBLEMAS MÁS URGENTES
Introducción
46. Después de haber expuesto la gran dignidad de la persona
humana y la misión, tanto individual como social, a la que ha
sido llamada en el mundo entero, el Concilio, a la luz del
Evangelio y de la experiencia humana, llama ahora la atención de
todos sobre algunos problemas actuales más urgentes que afectan
profundamente al género humano.
Entre las numerosas cuestiones que preocupan a todos, haya que
mencionar principalmente las que siguen: el matrimonio y la
familia, la cultura humana, la vida económico-social y política,
la solidaridad de la familia de los pueblos y la paz. Sobre cada
una de ellas debe resplandecer la luz de los principios que
brota de Cristo, para guiar a los cristianos e iluminar a todos
los hombres en la búsqueda de solución a tantos y tan complejos
problemas.
CAPÍTULO I
DIGNIDAD DEL MATRIMONIO Y DE LA FAMILIA
El matrimonio y la familia en el mundo actual
47. El bienestar de la persona y de la sociedad humana y
cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la
comunidad conyugal y familiar. Por eso los cristianos, juntocon
todos lo que tienen en gran estima a esta comunidad, se alegran
sinceramente de los varios medios que permiten hoy a los hombres
avanzar en el fomento de esta comunidad de amor y en el respeto
a la vida y que ayudan a los esposos y padres en el cumplimiento
de su excelsa misión; de ellos esperan, además, los mejores
resultados y se afanan por promoverlos.
Sin embargo, la dignidad de esta institución no brilla en todas
partes con el mismo esplendor, puesto que está oscurecida por la
poligamia, la epidemia del divorcio, el llamado amor libre y
otras deformaciones; es más, el amor matrimonial queda
frecuentemente profanado por el egoísmo, el hedonismo y los usos
ilícitos contra la generación. Por otra parte, la actual
situación económico, social-psicológica y civil son origen de
fuertes perturbaciones para la familia. En determinadas regiones
del universo, finalmente, se observan con preocupación los
problemas nacidos del incremento demográfico. Todo lo cual
suscita angustia en las conciencias. Y, sin embargo, un hecho
muestra bien el vigor y la solidez de la institución matrimonial
y familiar: las profundas transformaciones de la sociedad
contemporánea, a pesar de las dificultades a que han dado
origen, con muchísima frecuencia manifiestan, de varios modos,
la verdadera naturaleza de tal institución.
Por tanto el Concilio, con la exposición más clara de algunos
puntos capitales de la doctrina de la Iglesia, pretende iluminar
y fortalecer a los cristianos y a todos los hombres que se
esfuerzan por garantizar y promover la intrínseca dignidad del
estado matrimonial y su valor eximio.
El carácter sagrado del matrimonio y de la familia
48. Fundada por el Creador y en posesión de sus propias leyes,
la íntima comunidad conyugal de vida y amor se establece sobre
la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento
personal e irrevocable. Así, del acto humano por el cual los
esposos se dan y se reciben mutuamente, nace, aun ante la
sociedad, una institución confirmada por la ley divina. Este
vínculo sagrado, en atención al bien tanto de los esposos y de
la prole como de la sociedad, no depende de la decisión humana.
Pues es el mismo Dios el autor del matrimonio, al cual ha dotado
con bienes y fines varios, todo lo cual es de suma importancia
para la continuación del género humano, para el provecho
personal de cada miembro de la familia y su suerte eterna, para
la dignidad, estabilidad, paz y prosperidad de la misma familia
y de toda la sociedad humana. Por su índole natural, la
institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados
por sí mismos a la procreación y a la educación de la prole, con
las que se ciñen como con su corona propia. De esta manera, el
marido y la mujer, que por el pacto conyugal ya no son dos, sino
una sola carne (Mt 19,6), con la unión íntima de sus
personas y actividades se ayudan y se sostienen mutuamente,
adquieren conciencia de su unidad y la logran cada vez más
plenamente. Esta íntima unión, como mutua entrega de dos
personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena
fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad.
Cristo nuestro Señor bendijo abundantemente este amor
multiforme, nacido de la fuente divina de la caridad y que está
formado a semejanza de su unión con la Iglesia. Porque así como
Dios antiguamente se adelantó a unirse a su pueblo por una
alianza de amor y de fidelidad, así ahora el Salvador de los
hombres y Esposo de la Iglesia sale al encuentro de los esposos
cristianos por medio del sacramento del matrimonio. Además,
permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega,
se amen con perpetua fidelidad, como El mismo amó a la Iglesia y
se entregó por ella. El genuino amor conyugal es asumido en el
amor divino y se rige y enriquece por la virtud redentora de
Cristo y la acción salvífica de la Iglesia para conducir
eficazmente a los cónyuges a Dios y ayudarlos y fortalecerlos en
la sublime misión de la paternidad y la maternidad. Por ello los
esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de
estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento
especial, con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y
familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su
vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia
perfección y a su mutua santificación, y , por tanto,
conjuntamente, a la glorificación de Dios.
Gracias precisamente a los padres, que precederán con el ejemplo
y la oración en familia, los hijos y aun los demás que viven en
el círculo familiar encontrarán más fácilmente el camino del
sentido humano, de la salvación y de la santidad. En cuanto a
los esposos, ennoblecidos por la dignidad y la función de padre
y de madre, realizarán concienzudamente el deber de la
educación, principalmente religiosa, que a ellos, sobre todo,
compete.
Los hijos, como miembros vivos de la familia, contribuyen, a su
manera, a la santificación de los padres. Pues con el
agradecimiento, la piedad filial y la confianza corresponderán a
los beneficios recibidos de sus padres y, como hijos, los
asistirán en las dificultades de la existencia y en la soledad,
aceptada con fortaleza de ánimo, será honrada por todos. La
familia hará partícipes a otras familias, generosamente, de sus
riquezas espirituales. Así es como la familia cristiana, cuyo
origen está en el matrimonio, que esimagen y participación de la
alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a todos
la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica
naturaleza de la Iglesia, ya por el amor, la generosa
fecundidad, la unidad y fidelidad de los esposos, ya por la
cooperación amorosa de todos sus miembros.
Del amor conyugal
49. Muchas veces a los novios y a los casados les invita la
palabra divina a que alimenten y fomenten el noviazgo con un
casto afecto, y el matrimonio con un amor único. Muchos
contemporáneos nuestros exaltan también el amor auténtico entre
marido y mujer, manifestado de varias maneras según las
costumbres honestas de los pueblos y las épocas. Este amor, por
ser eminentemente humano, ya que va de persona a persona con el
afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la persona, y ,
por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad especial las
expresiones del cuerpo y del espíritu y de ennoblecerlas como
elementos y señales específicas de la amistad conyugal. El Señor
se ha dignado sanar este amor, perfeccionarlo y elevarlo con el
don especial de la gracia y la caridad. Un tal amor, asociando a
la vez lo humano y lo divino, lleva a los esposos a un don libre
y mutuo de sí mismos, comprobado por sentimientos y actos de
ternura, e impregna toda su vida; más aún, por su misma generosa
actividad crece y se perfecciona. Supera, por tanto, con mucho
la inclinación puramente erótica, que, por ser cultivo del
egoísmo, se desvanece rápida y lamentablemente.
Esta amor se expresa y perfecciona singularmente con la acción
propia del matrimonio. Por ello los actos con los que los
esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y
dignos, y, ejecutados de manera verdaderamente humana,
significan y favorecen el don recíproco, con el que se
enriquecen mutuamente en un clima de gozosa gratitud. Este amor,
ratificado por la mutua fidelidad y, sobre todo, por el
sacramento de Cristo, es indisolublemente fiel, en cuerpo y
mente, en la prosperidad y en la adversidad, y, por tanto, queda
excluído de él todo adulterio y divorcio. El reconocimiento
obligatorio de la igual dignidad personal del hombre y de la
mujer en el mutuo y pleno amor evidencia también claramente la
unidad del matrimonio confirmada por el Señor. Para hacer frente
con constancia a las obligaciones de esta vocación cristiana se
requiere una insigne virtud; por eso los esposos, vigorizados
por la gracia para la vida de santidad, cultivarán la firmeza en
el amor, la magnanimidad de corazón y el espíritu de sacrificio,
pidiéndolos asiduamente en la oración.
Se apreciará más hondamente el genuino amor conyugal y se
formará una opinión pública sana acerca de él si los esposos
cristianos sobresalen con el testimonio de su fidelidad y
armonía en el mutuo amor y en el cuidado por la educación de sus
hijos y si participan en la necesaria renovación cultural,
psicológica y social en favor del matrimonio y de la familia.
Hay que formar a los jóvenes, a tiempo y convenientemente, sobre
la dignidad, función y ejercicio del amor conyugal, y esto
preferentemente en el seno de la misma familia. Así, educados en
el culto de la castidad, podrán pasar, a la edad conveniente, de
un honesto noviazgo al matrimonio.
Fecundidad del matrimonio
50. El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su
propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los
hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y
contribuyen sobremanera al bien de los propios padres. El mismo
Dios, que dijo: "No es bueno que el hombre esté solo" (Gen
2,18), y que "desde el principio ... hizo al hombre varón y
mujer" (Mt 19,4), queriendo comunicarle una participación
especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la
mujer diciendo: "Creced y multiplicaos" (Gen 1,28). De
aquí que el cultivo auténtico del amor conyugal y toda la
estructura de la vida familiar que de él deriva, sin dejar de
lado los demás fines del matrimonio, tienden a capacitar a los
esposos para cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del
Creador y del Salvador, quien por medio de ellos aumenta y
enriquece diariamente a su propia familia.
En el deber de transmitir la vida humana y de educarla, lo cual
hay que considerar como su propia misión, los cónyuges saben que
son cooperadores del amor de Dios Creador y como sus
intérpretes. Por eso, con responsabilidad humana y cristiana
cumplirán su misión y con dócil reverencia hacia Dios se
esforzarán ambos, de común acuerdo y común esfuerzo, por
formarse un juicio recto, atendiendo tanto a su propio bien
personal como al bien de los hijos, ya nacidos o todavía por
venir, discerniendo las circunstancias de los tiempos y del
estado de vida tanto materiales como espirituales, y,
finalmente, teniendo en cuanta el bien de la comunidad familiar,
de la sociedad temporal y de la propia Iglesia. Este juicio, en
último término, deben formarlo ante Dios los esposos
personalmente. En su modo de obrar, los esposos cristianos sean
conscientes de que no pueden proceder a su antojo, sino que
siempre deben regirse por la conciencia, lo cual ha de ajustarse
a la ley divina misma, dóciles al Magisterio de la Iglesia, que
interpreta auténticamente esta ley a la luz del Evangelio. Dicha
ley divina muestra el pleno sentido del amor conyugal, lo
protege e impulsa a la perfección genuinamente humana del mismo.
Así, los esposos cristianos, confiados en la divina Providencia
cultivando el espíritu de sacrificio, glorifican al Creador y
tienden a la perfección en Cristo cuando con generosa, humana y
cristiana responsabilidad cumplen su misión procreadora. Entre
los cónyuges que cumplen de este modo la misión que Dios les ha
confiado, son dignos de mención muy especial los que de común
acuerdo, bien ponderado, aceptan con magnanimidad una prole más
numerosa para educarla dignamente.
Pero el matrimonio no ha sido instituido solamente para la
procreación, sino que la propia naturaleza del vínculo
indisoluble entre las personas y el bien de la prole requieren
que también el amor mutuo de los esposos mismos se manifieste,
progrese y vaya madurando ordenadamente. Por eso, aunque la
descendencia, tan deseada muchas veces, falte, sigue en pie el
matrimonio como intimidad y comunión total de la vida y conserva
su valor e indisolubilidad.
El amor conyugal debe compaginarse
con el respeto a la vida humana
51. El Concilio sabe que los esposos, al ordenar armoniosamente
su vida conyugal, con frecuencia se encuentran impedidos por
algunas circunstancias actuales de la vida, y pueden hallarse en
situaciones en las que el número de hijos, al manos por ciento
tiempo, no puede aumentarse, y el cultivo del amor fiel y la
plena intimidad de vida tienen sus dificultades para mantenerse.
Cuando la intimidad conyugal se interrumpe, puede no raras veces
correr riesgos la fidelidad y quedar comprometido el bien de la
prole, porque entonces la educación de los hijos y la fortaleza
necesaria para aceptar los que vengan quedan en peligro.
Hay quienes se atreven a dar soluciones inmorales a estos
problemas; más aún, ni siquiera retroceden ante el homicidio; la
Iglesia, sin embargo, recuerda que no puede hacer contradicción
verdadera entre las leyes divinas de la transmisión obligatoria
de la vida y del fomento del genuino amor conyugal.
Pues Dios, Señor de la vida, ha confiado a los hombres la
insigne misión de conservar la vida, misión que ha de llevarse a
cabo de modo digno del hombre. Por tanto, la vida desde su
concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado; el
aborto y el infanticidio son crímenes abominables. La índole
sexual del hombre y la facultad generativa humana superan
admirablemente lo que de esto existe en los grados inferiores de
vida; por tanto, los mismos actos propios de la vida conyugal,
ordenados según la genuina dignidad humana, deben ser respetados
con gran reverencia. Cuando se trata, pues, de conjugar el amor
conyugal con la responsable transmisión de la vida, la índole
moral de la conducta no depende solamente de la sincera
intención y apreciación de los motivos, sino que debe
determinarse con criterios objetivos tomados de la naturaleza de
la persona y de sus actos, criterios que mantienen íntegro el
sentido de la mutua entrega y de la humana procreación,
entretejidos con el amor verdadero; esto es imposible sin
cultivar sinceramente la virtud de la castidad conyugal. No es
lícito a los hijos de la Iglesia, fundados en estos principios,
ir por caminos que el Magisterio, al explicar la ley divina
reprueba sobre la regulación de la natalidad.
Tengan todos entendido que la vida de los hombres y la misión de
transmitirla no se limita a este mundo, ni puede ser
conmensurada y entendida a este solo nivel, sino que siempre
mira el destino eterno de los hombres.
El progreso del matrimonio y de la familia, obra de todos
52. La familia es escuela del más rico humanismo. Para que pueda
lograr la plenitud de su vida y misión se requieren un clima de
benévola comunicación y unión de propósitos entre los cónyuges y
una cuidadosa cooperación de los padres en la educación de los
hijos. La activa presencia del padre contribuye sobremanera a la
formación de los hijos; pero también debe asegurarse el cuidado
de la madre en el hogar, que necesitan principalmente los niños
menores, sin dejar por eso a un lado la legítima promoción
social de la mujer. La educación de los hijos ha de ser tal, que
al llegar a la edad adulta puedan, con pleno sentido de la
responsabilidad, seguir la vocación, aun la sagrada, y escoger
estado de vida; y si éste es el matrimonio, puedan fundar una
familia propia en condiciones morales, sociales y económicas
adecuadas. Es propio de los padres o de los tutores guiar a los
jóvenes con prudentes consejos, que ellos deben oír con gusto,
al tratar de fundar una familia, evitando, sin embargo, toda
coacción directa o indirecta que les lleve a casarse o a elegir
determinada persona.
Así, la familia, en la que distintas generaciones coinciden y se
ayudan mutuamente a lograr una mayor sabiduría y a armonizar los
derechos de las personas con las demás exigencias de la vida
social, constituye el fundamente de la sociedad. Por ello todos
los que influyen en las comunidades y grupos sociales deben
contribuir eficazmente al progreso del matrimonio y de la
familia. El poder civil ha de considerar obligación suya sagrada
reconocer la verdadera naturaleza del matrimonio y de la
familia, protegerla y ayudarla, asegurar la moralidad pública y
favorecer la prosperidad doméstica. Hay que salvaguardar el
derecho de los padres a procrear y a educar en el seno de la
familia a sus hijos. Se debe proteger con legislación adecuada y
diversas instituciones y ayudar de forma suficiente a aquellos
que desgraciadamente carecen del bien de una familia propia.
Los cristianos, rescatando el tiempo presente y distinguiendo lo
eterno de lo pasajero, promuevan con diligencia los bienes del
matrimonio y de la familia así con el testimonio de la propia
vida como con la acción concorde con los hombres de buena
voluntad, y de esta forma, suprimidas las dificultades,
satisfarán las necesidades de la familia y las ventajas
adecuadas a los nuevos tiempos. Para obtener este fin ayudarán
mucho el sentido cristiano de los fieles, la recta conciencia
moral de los hombres y la sabiduría y competencia de las
personas versadas en las ciencias sagradas.
Los científicos, principalmente los biólogos, los médicos, los
sociólogos y los psicólogos, pueden contribuir mucho al bien del
matrimonio y de la familia y a la paz de las conciencias si se
esfuerzan por aclarar más a fondo, con estudios convergentes,
las diversas circunstancias favorables a la honesta ordenación
de la procreación humana.
Pertenece a los sacerdotes, debidamente preparados en el tema de
la familia, fomentar la vocación de los esposos en la vida
conyugal y familiar con distintos medios pastorales, con la
predicación de la palabra de Dios, con el culto litúrgico y
otras ayudas espirituales; fortalecerlos humana y pacientemente
en las dificultades y confortarlos en la caridad para que formen
familias realmente espléndidas.
Las diversas obras, especialmente las asociaciones familiares,
pondrán todo el empeño posible en instruir a los jóvenes y a los
cónyuges mismos, principalmente a los recién casados, en la
doctrina y en la acción y en formarlos para la vida familiar,
social y apostólica.
Los propios cónyuges, finalmente, hechos a imagen de Dios vivo y
constituidos en el verdadero orden de personas, vivan unidos,
con el mismo cariño, modo de pensar idéntico y mutua santidad,
para que, habiendo seguido a Cristo, principio de vida, en los
gozos y sacrificios de su vocación por medio de su fiel amor,
sean testigos de aquel misterio de amor que el Señor con su
muerte y resurrección reveló al mundo.
CAPÍTULO II
EL SANO FOMENTO DEL PROGRESO CULTURAL
Introducción
53. Es propio de la persona humana el no llegar a un nivel
verdadera y plenamente humano si no es mediante la cultura, es
decir, cultivando los bienes y los valores naturales. Siempre,
pues, que se trata de la vida humana, naturaleza y cultura se
hallen unidas estrechísimamente.
Con la palabra cultura se indica, en sentido general,
todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus
innumerables cualidades espirituales y corporales; procura
someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo;
hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda
la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e
instituciones; finalmente, a través del tiempo expresa, comunica
y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y
aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos, e incluso a
todo el género humano.
De aquí se sigue que la cultura humana presenta necesariamente
un aspecto histórico y social y que la palabra cultura asume con
frecuencia un sentido sociológico y etnológico. En este sentido
se habla de la pluralidad de culturas. Estilos de vida común
diversos y escala de valor diferentes encuentran su origen en la
distinta manera de servirse de las cosas, de trabajar, de
expresarse, de practicar la religión, de comportarse, de
establecer leyes e instituciones jurídicas, de desarrollar las
ciencias, las artes y de cultivar la belleza. Así, las
costumbres recibidas forman el patrimonio propio de cada
comunidad humana. Así también es como se constituye un medio
histórico determinado, en el cual se inserta el hombre de cada
nación o tiempo y del que recibe los valores para promover la
civilización humana.
Sección I.- La situación de la cultura en el mundo actual
Nuevos estilos de vida
54. Las circunstancia de vida del hombre moderno en el aspecto
social y cultural han cambiado profundamente, tantoque se puede
hablar con razón de una nueva época de la historia humana. Por
ello, nuevos caminos se han abierto para perfeccionar la cultura
y darle una mayor expansión. Caminos que han sido preparados por
el ingente progreso de las ciencias naturales y de las humanas,
incluidas las sociales; por el desarrollo de la técnica, y
también por los avances en el uso y recta organización de los
medios que ponen al hombre en comunicación con los demás. De
aquí provienen ciertas notas características de la cultura
actual: Las ciencias exactas cultivan al máximo el juicio
crítico; los más recientes estudios de la psicología explican
con mayor profundidad la actividad humana; las ciencias
históricas contribuyen mucho a que las cosas se vean bajo el
aspecto de su mutabilidad y evolución; los hábitos de vid ay las
costumbres tienden a uniformarse más y más; la
industrialización, la urbanización y los demás agentes que
promueven la vida comunitaria crean nuevas formas de cultura
(cultura de masas), de las que nacen nuevos modos de sentir,
actuar y descansar; al mismo tiempo, el creciente intercambio
entre las diversas naciones y grupos sociales descubre a todos y
a cada uno con creciente amplitud los tesoros de las diferentes
formas de cultura, y así poco a poco se va gestando una forma
más universal de cultura, que tanto más promueve y expresa la
unidad del género humano cuanto mejor sabe respetar las
particularidades de las diversas culturas.
El hombre, autor de la cultura
55. Cada día es mayor el número de los hombres y mujeres, de
todo grupo o nación, que tienen conciencia de que son ellos los
autores y promotores de la cultura de su comunidad. En todo el
mundo crece más y más el sentido de la autonomía y al mismo
tiempo de la responsabilidad, lo cual tiene enorme importancia
para la madurez espiritual y moral del género humano. Esto se ve
más claro si fijamos la mirada en la unificación del mundo y en
la tarea que se nos impone de edificar un mundo mejor en la
verdad y en la justicia. De esta manera somos testigos de que
está naciendo un nuevo humanismo, en el que el hombre queda
definido principalmente por la responsabilidad hacia sus
hermanos y ante la historia.
Dificultades y tareas actuales en este campo
56. En esta situación no hay que extrañarse de que el hombre,
que siente su responsabilidad en orden al progreso de la
cultura, alimente una más profunda esperanza, pero al
mismotiempo note con ansiedad las múltiples antinomias
existentes, que él mismo debe resolver:
¿Qué debe hacerse para que la intensificación de las relaciones
entre las culturas, que debería llevar a un verdadero y
fructuoso diálogo entre los diferentes grupos y naciones, no
perturbe la vida de las comunidades, no eche por tierra la
sabiduría de los antepasados ni ponga en peligro el genio propio
de los pueblos?
¿De qué forma hay que favorecer el dinamismo y la expansión de
la nueva cultura sin que perezca la fidelidad viva a la herencia
de las tradiciones? Esto es especialmente urgente allí donde la
cultura, nacida del enorme progreso de la ciencia y de la
técnica se ha de compaginar con el cultivo del espíritu, que se
alimenta, según diversas tradiciones, de los estudios clásicos.
¿Cómo la tan rápida y progresiva dispersión de las disciplinas
científicas puede armonizarse con la necesidad de formar su
síntesis y de conservar en los hombres la facultades de la
contemplación y de la admiración, que llevan a la sabiduría?
¿Qué hay que hacer para que todos los hombres participen de los
bienes culturales en el mundo, si al mismo tiempo la cultura de
los especialistas se hace cada vez más inaccesible y compleja?
¿De qué manera, finalmente, hay que reconocer como legítima la
autonomía que reclama para sí la cultura, sin llegar a un
humanismo meramente terrestre o incluso contrario a la misma
religión?
En medio de estas antinomias se ha de desarrollar hoy la cultura
humana, de tal manera que cultive equilibradamente a la persona
humana íntegra y ayude a los hombres en las tareas a cuyo
cumplimiento todos, y de modo principal los cristianos, están
llamados, unidos fraternalmente en una sola familia humana.
Sección 2.- Algunos principios para la sana promoción de la
cultura
La fe y la cultura
57. Los cristianos, en marcha hacia la ciudad celeste, deben
buscar y gustar las cosas de arriba, lo cual en nada disminuye,
antes por el contrario, aumenta, la importancia de la misión que
les incumbe de trabajar con todos los hombres en la edificación
de un mundo más humano. En realidad, el misterio de la fe
cristiana ofrece a loscristianos valiosos estímulos y ayudas
para cumplir con más intensidad su misión y, sobre todo, para
descubrir el sentido pleno de esa actividad que sitúa a la
cultura en el puesto eminente que le corresponde en la entera
vocación del hombre.
El hombre, en efecto, cuando con el trabajo de sus manos o con
ayuda de los recursos técnicos cultiva la tierra para que
produzca frutos y llegue a ser morada digna de toda la familia
humana y cuando conscientemente asume su parte en la vida de los
grupos sociales, cumple personalmente el plan mismo de Dios,
manifestado a la humanidad al comienzo de los tiempos, de
someter la tierra y perfeccionar la creación, y al mismo tiempo
se perfecciona a sí mismo; más aún, obedece al gran mandamiento
de Cristo de entregarse al servicio de los hermanos.
Además, el hombre, cuando se entrega a las diferentes
disciplinas de la filosofía, la historia, las matemáticas y las
ciencias naturales y se dedica a las artes, puede contribuir
sobremanera a que la familia humana se eleve a los conceptos más
altos de la verdad, el bien y la belleza y al juicio del valor
universal, y así sea iluminada mejor por la maravillosa
Sabiduría, que desde siempre estaba con Dios disponiendo todas
las cosas con El, jugando en el orbe de la tierra y encontrando
sus delicias en estar entre los hijos de los hombres.
Con todo lo cual es espíritu humano, más libre de la esclavitud
de las cosas, puede ser elevado con mayor facilidad al culto
mismo y a la contemplación del Creador. Más todavía, con el
impulso de la gracia se dispone a reconocer al Verbo de Dios,
que antes de hacerse carne para salvarlo todo y recapitular todo
en El, estaba en el mundo como luz verdadera que ilumina a todo
hombre (Io 1,9).
Es cierto que el progreso actual de las ciencias y de la
técnica, las cuales, debido a su método, no pueden penetrar
hasta las íntimas esencias de las cosas, puede favorecer cierto
fenomenismo y agnosticismo cuando el método de investigación
usado por estas disciplinas se considera sin razón como la regla
suprema para hallar toda la verdad. Es más, hay el peligro de
que el hombre, confiado con exceso en los inventos actuales,
crea que se basta a sí mismo y deje de buscar ya cosas más
altas.
Sin embargo, estas lamentables consecuencias no son efectos
necesarios de la cultura contemporánea ni deben hacernos caer en
la tentación de no reconocer los valores positivos de ésta.
Entre tales valores se cuentan: el estudio de las ciencias y la
exacta fidelidad a la verdad en las investigaciones científicas,
la necesidad de trabajar conjuntamente en equipos técnicos, el
sentido de la solidaridad internacional, la conciencia cada vez
más intensa de la responsabilidad de los peritos para la ayuda y
la protección de los hombres, la voluntad de lograr condiciones
de vida más aceptables para todos, singularmente para los
quepadecen privación de responsabilidad o indigencia cultural.
Todo lo cual puede aportar alguna preparación para recibir el
mensaje del Evangelio, la cual puede ser informada con la
caridad divina por Aquel que vino a salvar el mundo.
Múltiples conexiones entre la buena nueva de Cristo y la cultura
58. Múltiples son los vínculos que existen entre el mensaje de
salvación y la cultura humana. Dios, en efecto, al revelarse a
su pueblo hasta la plena manifestación de sí mismo en el Hijo
encarnado, habló según los tipos de cultura propios de cada
época.
De igual manera, la Iglesia, al vivir durante el transcurso de
la historia en variedad de circunstancias, ha empleado los
hallazgos de las diversas culturas para difundir y explicar el
mensaje de Cristo en su predicación a todas las gentes, para
investigarlo y comprenderlo con mayor profundidad, para
expresarlo mejor en la celebración litúrgica y en la vida de la
multiforme comunidad de los fieles.
Pero al mismo tiempo, la Iglesia, enviada a todos los pueblos
sin distinción de épocas y regiones, no está ligada de manera
exclusiva e indisoluble a raza o nación alguna, a algún sistema
particular de vida, a costumbre alguna antigua o reciente. Fiel
a su propia tradición y consciente a la vez de la universalidad
de su misión, puede entrar en comunión con las diversas formas
de cultura; comunión que enriquece al mismo tiempo a la propia
Iglesia y las diferentes culturas.
La buena nueva de Cristo renueva constantemente la vida y la
cultura del hombre, caído, combate y elimina los errores y males
que provienen de la seducción permanente del pecado. Purifica y
eleva incesantemente la moral de los pueblos. Con las riquezas
de lo alto fecunda como desde sus entrañas las cualidades
espirituales y las tradiciones de cada pueblo y de cada edad,
las consolida, perfecciona y restaura en Cristo. Así, la
Iglesia, cumpliendo su misión propia, contribuye, por lo mismo,
a la cultura humana y la impulsa, y con su actividad, incluida
la litúrgica, educa al hombre en la libertad interior.
Hay que armonizar diferentes valores en el seno de las culturas
59. Por las razones expuestas, la Iglesia recuerda a todos que
la cultura debe estar subordinada a la perfecciónintegral de la
persona humana, al bien de la comunidad y de la sociedad humana
entera. Por lo cual es preciso cultivar el espíritu de tal
manera que se promueva la capacidad de admiración, de intuición,
de contemplación y de formarse un juicio personal, así como el
poder cultivar el sentido religioso, moral y social.
Porque la cultura, por dimanar inmediatamente de la naturaleza
racional y social del hombre, tiene siempre necesidad de una
justa libertad para desarrollarse y de una legítima autonomía en
el obrar según sus propios principios. Tiene, por tanto, derecho
al respeto y goza de una cierta inviolabilidad, quedando
evidentemente a salvo los derechos de la persona y de la
sociedad, particular o mundial, dentro de los límites del bien
común.
El sagrado Sínodo, recordando lo que enseñó el Concilio Vaticano
I, declara que "existen dos órdenes de conocimiento" distintos,
el de la fe y el de la razón; y que la Iglesia no prohíbe que
"las artes y las disciplinas humanas gocen de sus propios
principios y de su propio método..., cada una en su propio
campo", por lo cual, "reconociendo esta justa libertad", la
Iglesia afirma la autonomía legítima de la cultura humana, y
especialmente la de las ciencias.
Todo esto pide también que el hombre, salvados el orden moral y
la común utilidad, pueda investigar libremente la verdad y
manifestar y propagar su opinión, lo mismo que practicar
cualquier ocupación, y, por último, que se le informe verazmente
acerca de los sucesos públicos.
A la autoridad pública compete no el determinar el carácter
propio de cada cultura, sino el fomentar las condiciones y los
medios para promover la vida cultural entre todos aun dentro de
las minorías de alguna nación. Por ello hay que insistir sobre
todo en que la cultura, apartada de su propio fin, no sea forada
a servir al poder político o económico.
Sección 3.- Algunas obligaciones más urgentes de los cristianos
respecto a la cultura
El reconocimiento y ejercicio efectivo
del derecho personal a la cultura
60. Hoy día es posible liberar a muchísimos hombres de la
miseria de la ignorancia. Por ello, uno de los deberes más
propios de nuestra época, sobre todo de los cristianos, es el de
trabajar con ahinco para que tanto en la economía como en la
política, así en el campo nacional como en el internacional, se
den las normas fundamentales para que sereconozca en todas
partes y se haga efectivo el derecho a todos a la cultura,
exigido por la dignidad de la persona, sin distinción de raza,
sexo, nacionalidad, religión o condición social. Es preciso, por
lo mismo, procurar a todos una cantidad suficiente de bienes
culturales, principalmente de los que constituyen la llamada
cultura "básica", a fin de evitar que un gran número de hombres
se vea impedido, por su ignorancia y por su falta de iniciativa,
de prestar su cooperación auténticamente humana al bien común.
Se debe tender a que quienes están bien dotados intelectualmente
tengan la posibilidad de llegar a los estudios superiores; y
ello de tal forma que, en la medida de lo posible, puedan
desempeñar en la sociedad las funciones, tareas y servicios que
correspondan a su aptitud natural y a la competencia adquirida.
Así podrán todos los hombres y todos los grupos sociales de cada
pueblo alcanzar el pleno desarrollo de su vida cultural de
acuerdo con sus cualidades y sus propias tradiciones.
Es preciso, además, hacer todo lo posible para que cada cual
adquiera conciencia del derecho que tiene a la cultura y del
deber que sobre él pesa de cultivarse a sí mismo y de ayudar a
los demás. Hay a veces situaciones en la vida laboral que
impiden el esfuerzo de superación cultural del hombre y
destruyen en éste el afán por la cultura. Esto se aplica de modo
especial a los agricultores y a los obreros, a los cuales es
preciso procurar tales condiciones de trabajo, que, lejos de
impedir su cultura humana, la fomenten. Las mujeres ya actúan en
casi todos los campos de la vida, pero es conveniente que puedan
asumir con plenitud su papel según su propia naturaleza. Todos
deben contribuir a que se reconozca y promueva la propia y
necesaria participación de la mujer en la vida cultural.
La educación para la cultura íntegra del hombre
61. Hoy día es más difícil que antes sintetizar las varias
disciplinas y ramas del saber. Porque, al crecer el acervo y la
diversidad de elementos que constituyen la cultura, disminuye al
mismo tiempo la capacidad de cada hombre para captarlos y
armonizarlos orgánicamente, de forma que cada vez se va
desdibujando más la imagen del hombre universal. Sin embargo,
queda en pie para cada hombre el deber de conservar la
estructura de toda la persona humana, en la que destacan los
valores de la inteligencia, voluntad, conciencia y fraternidad;
todos los cuales se basan en Dios Creador y han sido sanados y
elevados maravillosamente en Cristo.
La madre nutricia de esta educación es ante todo la familia: en
ella los hijos, en un clima de amor, aprenden juntos con mayor
facilidad la recta jerarquía de las cosas, al mismo tiempo que
se imprimen de modo como natural en el alma de los adolescentes
formas probadas de cultura a medida que van creciendo.
Para esta misma educación las sociedades contemporáneas disponen
de recursos que pueden favorecer la cultura universal, sobre
todo dada la creciente difusión del libro y los nuevos medios de
comunicación cultural y social. Pues con la disminución ya
generalizada del tiempo de trabajo aumentan para muchos hombres
las posibilidades. Empléense los descansos oportunamente para
distracción del ánimo y para consolidar la salud del espíritu y
del cuerpo, ya sea entregándose a actividades o a estudios
libres, ya a viajes por otras regiones (turismo), con los que se
afina el espíritu y los hombres se enriquecen con el mutuo
conocimiento; ya con ejercicios y manifestaciones deportivas,
que ayudan a conservar el equilibrio espiritual, incluso en la
comunidad, y a establecer relaciones fraternas entre los hombres
de todas las clases, naciones y razas. Cooperen los cristianos
también para que las manifestaciones y actividades culturales
colectivas, propias de nuestro tiempo, se humanicen y se
impregnen de espíritu cristiano.
Todas estas posibilidades no pueden llevar la educación del
hombre al pleno desarrollo cultural de sí mismo, si al mismo
tiempo se descuida el preguntarse a fondo por el sentido de la
cultura y de la ciencia para la persona humana.
Acuerdo entre la cultura humana y la educación cristiana
62. Aunque la Iglesia ha contribuido mucho al progreso de la
cultura, consta, sin embargo, por experiencia que por causas
contingentes no siempre se ve libre de dificultades al
compaginar la cultura con la educación cristiana.
Estas dificultades no dañan necesariamente a la vida de fe; por
el contrario, pueden estimular la mente a una más cuidadosa y
profunda inteligencia de aquélla. Puesto que los más recientes
estudios y los nuevos hallazgos de las ciencias, de la historia
y de la filosofía suscitan problemasnuevos que traen consigo
consecuencias prácticas e incluso reclaman nuevas
investigaciones teológicas. Por otra parte, los teólogos,
guardando los métodos y las exigencias propias de la ciencia
sagrada, están invitados a buscar siempre un modo más apropiado
de comunicar la doctrina a los hombres de su época; porque una
cosa es el depósito mismo de la fe, o sea, sus verdades, y otra
cosa es el modo deformularlas conservando el mismo sentido y el
mismo significado. Hay que reconocer y emplear suficientemente
en el trabajo pastoral no sólo los principios teológicos, sino
también los descubrimientos de las ciencias profanas, sobre todo
en psicología y en sociología, llevando así a los fieles y una
más pura y madura vida de fe.
También la literatura y el arte son, a su modo, de gran
importancia para la vida de la Iglesia. En efecto, se proponen
expresar la naturaleza propia del hombre, sus problemas y sus
experiencias en el intento de conocerse mejor a sí mismo y al
mundo y de superarse; se esfuerzan por descubrir la situación
del hombre en la historia y en el universo, por presentar
claramente las miserias y las alegrías de los hombres, sus
necesidades y sus recurso, y por bosquejar un mejor porvenir a
la humanidad. Así tienen el poder de elevar la vida humana en
las múltiples formas que ésta reviste según los tiempos y las
regiones.
Por tanto, hay que esforzarse para los artistas se sientan
comprendidos por la Iglesia en sus actividades y, gozando de una
ordenada libertad, establezcan contactos más fáciles con la
comunidad cristiana. También las nuevas formas artísticas, que
convienen a nuestros contemporáneos según la índole de cada
nación o región, sean reconocidas por la Iglesia. Recíbanse en
el santuario, cuando elevan la mente a Dios, con expresiones
acomodadas y conforme a las exigencias de la liturgia.
De esta forma, el conocimiento de Dios se manifiesta mejor y la
predicación del Evangelio resulta más transparente a la
inteligencia humana y aparece como embebida en las condiciones
de su vida.
Vivan los fieles en muy estrecha unión con los demás hombres de
su tiempo y esfuércense por comprender su manera de pensar y de
sentir, cuya expresión es la cultura. Compaginen los
conocimientos de las nuevas ciencias y doctrinas y de los más
recientes descubrimientos con la moral cristiana y con la
enseñanza de la doctrina cristiana, para que la cultura
religiosa y la rectitud de espíritu de las ciencias y de los
diarios progresos de la técnica; así se capacitarán para
examinar e interpretar todas las cosas con íntegro sentido
cristiano.
Los que se dedican a las ciencias teológicas en los seminarios y
universidades, empéñense en colaborar con los hombres versados
en las otras materias, poniendo en común sus energías y puntos
de vista. la investigación teológica siga profundizando en la
verdad revelada sin perder contacto con su tiempo, a fin de
facilitar a los hombres cultos en los diversos ramos del saber
un más pleno conocimiento de la fe. Esta colaboración será muy
provechosa para la formación de losministros sagrados, quienes
podrán presentar a nuestros contemporáneos la doctrina de la
Iglesia acerca de Dios, del hombre y del mundo, de forma más
adaptada al hombre contemporáneo y a la vez más gustosamente
aceptable por parte de ellos. Más aún, es de desear que
numerosos laicos reciban una buena formación en las ciencias
sagradas, y que no pocos de ellos se dediquen ex profeso
a estos estudios y profundicen en ellos. Pero para que puedan
llevar a buen término su tarea debe reconocerse a los fieles,
clérigos o laicos, la justa libertad de investigación, de
pensamiento y de hacer conocer humilde y valerosamente su manera
de ver en los ampos que son de su competencia.
CAPÍTULO III
LA VIDA ECONÓMICO-SOCIAL
Algunos aspectos de la vida económica
63. También en la vida económico-social deben respetarse y
promoverse la dignidad de la persona humana, su entera vocación
y el bien de toda la sociedad. Porque el hombre es el autor, el
centro y el fin de toda la vida económico- social.
La economía moderna, como los restantes sectores de la vida
social, se caracteriza por una creciente dominación del hombre
sobre la naturaleza, por la multiplicación e intensificación de
las relaciones sociales y por la interdependencia entre
ciudadanos, asociaciones y pueblos, así como también por la cada
vez más frecuente intervención del poder público. Por otra
parte, el progreso en las técnicas de la producción y en la
organización del comercio y de los servicios han convertido a la
economía en instrumento capaz de satisfacer mejor las nuevas
necesidades acrecentada de la familia humana.
Sin embargo, no faltan motivos de inquietud. Muchos hombres,
sobre todo en regiones económicamente desarrolladas, parecen
garza por la economía, de tal manera que casi toda su vida
personal y social está como teñida de cierto espíritu economista
tanto en las naciones de economía colectivizada como en las
otras. En un momento en que el desarrollo de la vida económica,
con tal que se le dirija y ordene de manera racional y humana,
podría mitigar las desigualdades sociales, con demasiada
frecuencia trae consigo un endurecimiento de ellas y a veces
hasta un retroceso en las condiciones de vida de los más débiles
y un desprecio de los pobres. Mientras muchedumbres inmensas
carecen de lo estrictamente necesario, algunos, aun en los
paises menos desarrollados, viven en la opulencia y malgastan
sin consideración. El lujo pulula junto a la miseria. Y mientras
unos pocos disponen de un poder amplísimo de decisión, muchos
carecen de toda iniciativa y de toda responsabilidad, viviendo
con frecuencia en condiciones de vida y de trabajo indignas de
la persona humana.
Tales desequilibrios económicos y sociales se producen tanto
entre los sectores de la agricultura, la industria y los
servicios, por un parte, como entre las diversas regiones dentro
de un mismo país. Cada día se agudiza más la oposición entre las
naciones económicamente desarrolladas y las restantes, lo cual
puede poner en peligro la misma paz mundial.
Los hombres de nuestro tiempo son cada día más sensibles a estas
disparidades, porque están plenamente convencidos de que la
amplitud de las posibilidades técnicas y económicas que tiene en
sus manos el mundo moderno puede y debe corregir este lamentable
estado de cosas. Por ello son necesarias muchas reformas en la
vida económico-social y un cambio de mentalidad y de costumbres
en todos. A este fin, la Iglesia, en el transcurso de los
siglos, a la luz del Evangelio, ha concretado los principios de
justicia y equidad, exigidos por la recta razón, tanto en orden
a la vida individual y social como en orden a la vida
internacional, y los ha manifestado especialmente en estos
últimos tiempos. El Concilio quiere robustecer estos principios
de acuerdo con las circunstancias actuales y dar algunas
orientaciones, referentes sobre todo a las exigencias del
desarrollo económico.
Sección I.- El desarrollo económico
Ley fundamental del desarrollo: el servicio del hombre
64. Hoy más que nunca, para hacer frente al aumento de población
y responder a las aspiraciones más amplias del género humano, se
tiende con razón a un aumento en laproducción agrícola e
industrial y en la prestación de los servicios. Por ello hay que
favorecer el progreso técnico, el espíritu de innovación, el
afán por crear y ampliar nuevas empresas, la adaptación de los
métodos productivos, el esfuerzo sostenido de cuantos participan
en la producción; en una palabra, todo cuanto puede contribuir a
dicho progreso. La finalidad fundamental de esta producción no
es el mero incremento de los productos, ni el beneficio, ni el
poder, sino el servicio del hombre, del hombre integral,
teniendo en cuanta sus necesidades materiales y sus exigencias
intelectuales, morales, espirituales y religiosas; de todo
hombre, decimos, de todo grupo de hombres, sin distinción de
raza o continente. De esta forma, la actividad económica debe
ejercerse siguiendo sus métodos y leyes propias, dentro del
ámbito del orden moral, para que se cumplan así los designios de
Dios sobre el hombre.
El desarrollo económico, bajo el control humano
65. El desarrollo debe permanecer bajo el control del hombre. No
debe quedar en manos de unos pocos o de grupos económicamente
poderosos en exceso, ni tampoco en manos de una sola comunidad
política o de ciertas naciones más poderosas. Es preciso, por el
contrario, que en todo nivel, el mayor número posible de
hombres, y en el plano internacional el conjunto de las
naciones, puedan tomar parte activa en la dirección del
desarrollo. Asimismo es necesario que las iniciativas
espontáneas de los individuos y de sus asociaciones libres
colaboren con los esfuerzos de las autoridades públicas y se
coordinen con éstos de forma eficaz y coherente.
No se puede confiar el desarrollo ni al solo proceso casi
mecánico de la acción económica de los individuos ni a la sola
decisión de la autoridad pública. Por este motivo hay que
calificar de falsas tanto las doctrinas que se oponen a las
reformas indispensables en nombre de una falsa libertad como las
que sacrifican los derechos fundamentales de la persona y de los
grupos en aras de la organización colectiva de la producción.
Recuerden, por otra parte, todos los ciudadanos el deber y el
derecho que tienen, y que el poder civil ha de reconocer, de
contribuir, según sus posibilidades, al progreso de la propia
comunidad. En los paises menos desarrollados, donde se impone el
empleo urgente de todos los recursos, ponen en grave peligro el
bien común los que retienen sus riquezas improductivamente o los
que -salvado el derecho personal de emigración- privan asu
comunidad de los medios materiales y espirituales que ésta
necesita.
Han de eliminarse las enormes desigualdades económico-sociales
66. Para satisfacer las exigencias de la justicia y de la
equidad hay que hacer todos los esfuerzos posibles para que,
dentro del respeto a los derechos de las personas y a las
características de cada pueblo, desaparezcan lo más rápidamente
posible las enormes diferencias económicas que existen hoy, y
frecuentemente aumentan, vinculadas a discriminaciones
individuales y sociales. De igual manera, en muchas regiones,
teniendo en cuanta las peculiares dificultades de la agricultura
tanto en la producción como en la venta de sus bienes, hay que
ayudar a los labradores para que aumenten su capacidad
productiva y comercial, introduzcan los necesarios cambios e
innovaciones, consigan una justa ganancia y no queden reducidos,
como sucede con frecuencia, a la situación de ciudadanos de
inferior categoría. Los propios agricultores, especialmente los
jóvenes, aplíquense con afán a perfeccionar su técnica
profesional, sin la que no puede darse el desarrollo de la
agricultura.
La justicia y la equidad exigen también que la movilidad, la
cual es necesaria en una economía progresiva, se ordene de
manera que se eviten la inseguridad y la estrechez de vida del
individuo y de su familia. Con respecto a los trabajadores que,
procedentes de otros paises o de otras regiones, cooperan en el
crecimiento económico de una nación o de una provincia, se ha de
evitar con sumo cuidado toda discriminación en materia de
remuneración o de condiciones de trabajo. Además, la sociedad
entera, en particular los poderes públicos, deben considerarlos
como personas, no simplemente como meros instrumentos de
producción; deben ayudarlos para que traigan junto a sí a sus
familiares, se procuren un alojamiento decente, y a favorecer su
incorporación a la vida social del país o de la región que los
acoge. Sin embargo, en cuanto sea posible, deben crearse fuentes
de trabajo en las propias regiones.
En las economías en período de transición, como sucede en las
formas nuevas de la sociedad industrial, en las que, v.gr., se
desarrolla la autonomía, en necesario asegurar a cada uno empleo
suficiente y adecuado: y al mismo tiempo la posibilidad de una
formación técnica y profesional congruente. Débense garantizar
la subsistencia y la dignidad humana de los que, sobre todo por
razón de enfermedad o de edad, se ven aquejados por graves
dificltades.
Sección 2.- Algunos principios reguladores del conjunto de la
vida económico-social
Trabajo, condiciones de trabajo, descanso
67. El trabajo humano que se ejerce en la producción y en el
comercio o en los servicios es muy superior a los restantes
elementos de la vida económico, pues estos últimos no tienen
otro papel que el de instrumentos.
Pues el trabajo humano, autónomo o dirigido, procede
inmediatamente de la persona, la cual marca con su impronta la
materia sobre la que trabaja y la somete a su voluntad. Es para
el trabajador y para su familia el medio ordinario de
subsistencia; por él el hombre se une a sus hermanos y les hace
un servicio, puede practicar la verdadera caridad y cooperar al
perfeccionamiento de la creación divina. No sólo esto. Sabemos
que, con la oblación de su trabajo a Dios, los hombres se
asocian a la propia obra redentora de Jesucristo, quien dio al
trabajo una dignidad sobreeminente laborando con sus propias
manos en Nazaret. De aquí se deriva para todo hombre el deber de
trabajar fielmente, así como también el derecho al trabajo. Y es
deber de la sociedad, por su parte, ayudar, según sus propias
circunstancias, a los ciudadanos para que puedan encontrar la
oportunidad de un trabajo suficiente. Por último, la
remuneración del trabajo debe ser tal que permita al hombre y a
su familia una vida digna en el plano material, social, cultural
y espiritual, teniendo presentes el puesto de trabajo y la
productividad de cada uno, así como las condiciones de la
empresa y el bien común.
La actividad económica es de ordinario fruto del trabajo
asociado de los hombres; por ello es injusto e inhumano
organizarlo y regularlo con daño de algunos trabajadores. Es,
sin embargo, demasiado frecuente también hoy día que los
trabajadores resulten en cierto sentido esclavos de su propio
trabajo. Lo cual de ningún modo está justificado por las
llamadas leyes económicas. El conjunto del proceso de la
producción debe, pues, ajustarse a las necesidades de la persona
y a la manera de vida de cada uno en particular, de su vida
familiar, principalmente por lo que toca a las madres de
familia, teniendo siempre en cuanta el sexo y la edad.
Ofrézcase, además, a los trabajadores la posibilidad de
desarrollar sus cualidades y su personalidad en el ámbito mismo
del trabajo. Al aplicar, con la debida responsabilidad, a este
trabajo su tiempo y sus fuerzas, disfruten todos de untiempo de
reposo y descanso suficiente que les permita cultivar la vida
familiar, cultural, social y religiosa. Más aún, tengan la
posibilidad de desarrollar libremente las energías y las
cualidades que tal vez en su trabajo profesional apenas pueden
cultivar.
Participación en la empresa y en la organización
general de la economía.
Conflictos laborales
68. En las empresas económicas son personas las que se asocian,
es decir, hombres libres y autónomos, creados a imagen de Dios.
Por ello, teniendo en cuanta las funciones de cada uno,
propietarios, administradores, técnicos, trabajadores, y
quedando a salvo la unidad necesaria en la dirección, se ha de
promover la activa participación de todos en la gestión de la
empresa, según formas que habrá que determinar con acierto. Con
todo, como en muchos casos no es a nivel de empresa, sino en
niveles institucionales superiores, donde se toman las
decisiones económicas y sociales de las que depende el porvenir
de los trabajadores y de sus hijos, deben los trabajadores
participar también en semejantes decisiones por sí mismos o por
medio de representantes libremente elegidos.
Entre los derechos fundamentales de la persona humana debe
contarse el derecho de los obreros a fundar libremente
asociaciones que representen auténticamente al trabajador y
puedan colaborar en la recta ordenación de la vida económica,
así como también el derecho de participar libremente en las
actividades de las asociaciones sin riesgo de represalias. Por
medio de esta ordenada participación, que está unida al progreso
en la formación económica y social, crecerá más y más entre
todos el sentido de la responsabilidad propia, el cual les
llevará a sentirse colaboradores, según sus medios y aptitudes
propias, en la tarea total del desarrollo económico y social y
del logro del bien común universal.
En caso de conflictos económico-sociales, hay que esforzarse por
encontrarles soluciones pacíficas. Aunque se ha de recurrir
siempre primero a un sincero diálogo entre las partes, sin
embargo, en la situación presente, la huelga puede seguir siendo
medio necesario, aunque extremo, para la defensa de los derechos
y el logro de las aspiraciones justas de los trabajadores.
Búsquense, con todo, cuanto antes, caminos para negociar y para
reanudar el diálogo conciliatorio.
Los bienes de la tierra están destinados a todos los hombres
69. Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso
de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes
creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la égida
de la justicia y con la compañía de la caridad. Sean las que
sean las formas de la propiedad, adaptadas a las instituciones
legítimas de los pueblos según las circunstancias diversas y
variables, jamás debe perderse de vista este destino universal
de los bienes. Por tanto, el hombre, al usarlos, no debe tener
las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente
suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le
aprovechen a él solamente, sino también a los demás. Por lo
demás, el derecho a poseer una parte de bienes suficiente para
sí mismos y para sus familias es un derecho que a todos
corresponde. Es éste el sentir de los Padres y de los doctores
de la Iglesia, quienes enseñaron que los hombres están obligados
a ayudar a los pobres, y por cierto no sólo con los bienes
superfluos. Quien se halla en situación de necesidad extrema
tiene derecho a tomar de la riqueza ajena lo necesario para sí.
Habiendo como hay tantos oprimidos actualmente por el hambre en
el mundo, el sacro Concilio urge a todos, particulares y
autoridades, a que, acordándose de aquella frase de los Padres:
Alimenta al que muere de hambre, porque, si no lo alimentas, lo
matas, según las propias posibilidades, comuniquen y ofrezcan
realmente sus bienes, ayudando en primer lugar a los pobres,
tanto individuos como pueblos, a que puedan ayudarse y
desarrollarse por sí mismos.
En sociedades económicamente menos desarrolladas, el destino
común de los bienes está a veces en parte logrado por un
conjunto de costumbres y tradiciones comunitarias que aseguran a
cada miembro los bienes absolutamente necesarios. Sin embargo,
elimínese el criterio de considerar como en absoluto inmutables
ciertas costumbres si no responden ya a las nuevas exigencias de
la época presente; pero, por otra parte, conviene no atentar
imprudentemente contra costumbres honestas que, adaptadas a las
circunstancias actuales, pueden resultar muy útiles. De igual
manera, en las naciones de economía muy desarrollada, el
conjunto de instituciones consagradas a la previsión y a la
seguridad social puede contribuir, por su parte, al destino
común de los bienes. Es necesario también continuar el
desarrollo de los servicios familiares y sociales,
principalmente de los que tienen por fin la cultura y la
educación. Al organizar todas estas instituciones debe cuidarse
de que los ciudadanos no vayan cayendo en una actitud de
pasividad con respecto a la sociedad o de irresponsabilidad y
egoísmo.
Inversiones y política monetaria
70. Las inversiones deben orientarse a asegurar posibilidades de
trabajo y beneficios suficientes a la población presente y
futura. Los responsables de las inversiones y de la organización
de la vida económica, tanto los particulares como los grupos o
las autoridades públicas, deben tener muy presentes estos fines
y reconocer su grave obligación de vigilar, por una parte, a fin
de que se provea de lo necesario para una vida decente tanto a
los individuos como a toda la comunidad, y, por otra parte, de
prever el futuro y establecer un justo equilibrio entre las
necesidades actuales del consumo individual y colectivo y las
exigencias de inversión para la generación futura. Ténganse,
además, siempre presentes las urgentes necesidades de las
naciones o de las regiones menos desarrolladas económicamente.
En materia de política monetaria cuídese no dañar al bien de la
propia nación o de las ajenas. Tómense precauciones para que los
económicamente débiles no queden afectados injustamente por los
cambios de valor de la moneda.
Acceso a la propiedad y dominio de los bienes.
Problema de los latifundios
71. La propiedad, como las demás formas de dominio privado sobre
los bienes exteriores, contribuye a la expresión de la persona y
le ofrece ocasión de ejercer su función responsable en la
sociedad y en la economía. Es por ello muy importante fomentar
el acceso de todos, individuos y comunidades, a algún dominio
sobre los bienes externos.
La propiedad privada o un cierto dominio sobre los bienes
externos aseguran a cada cual una zona absolutamente necesaria
para la autonomía personal y familiar y deben ser considerados
como ampliación de la libertad humana. Por último, al estimular
el ejercicio de la tarea y de la responsabilidad, constituyen
una de las condiciones de las libertades civiles.
Las formas de este dominio o propiedad son hoy diversas y se
diversifican cada día más. Todas ellas, sin embargo, continúan
siendo elemento de seguridad no despreciable aun contando con
los fondos sociales, derechos y servicios procurados por la
sociedad. Esto debe afirmarse no sólo de las propiedades
materiales, sino también de los bienes inmateriales, como es la
capacidad profesional.
El derecho de propiedad privada no es incompatible con las
diversas formas de propiedad pública existentes. El paso de
bienes a la propiedad pública sólo puede ser hecha por la
autoridad competente de acuerdo con las exigencias del bien
común y dentro de los límites de este último, supuesta la
compensación adecuada. A la autoridad pública toca, además,
impedir que se abuse de la propiedad privada en contra del bien
común.
La misma propiedad privada tiene también, por su misma
naturaleza, una índole social, cuyo fundamento reside en el
destino común de los bienes. Cuando esta índole social es
descuidada, la propiedad muchas veces se convierte en ocasión de
ambiciones y graves desórdenes, hasta el punto de que se da
pretexto a sus impugnadores para negar el derecho mismo.
En muchas regiones económicamente menos desarrolladas existen
posesiones rurales extensas y aun extensísimas mediocremente
cultivadas o reservadas sin cultivo para especular con ellas,
mientras la mayor parte de la población carece de tierras o
posee sólo parcelas irrisorias y el desarrollo de la producción
agrícola presenta caracteres de urgencia. No raras veces los
braceros o los arrendatarios de alguna parte de esas posesiones
reciben un salario o beneficio indigno del hombre, carecen de
alojamiento decente y son explotados por los intermediarios.
Viven en la más total inseguridad y en tal situación de
inferioridad personal, que apenas tienen ocasión de actuar libre
y responsablemente, de promover su nivel de vida y de participar
en la vida social y política. Son, pues, necesarias las reformas
que tengan por fin, según los casos, el incremento de las
remuneraciones, la mejora de las condiciones laborales, el
aumento de la seguridad en el empleo, el estímulo para la
iniciativa en el trabajo; más todavía, el reparto de las
propiedades insuficientemente cultivadas a favor de quienes sean
capaces de hacerlas valer. En este caso deben asegurárseles los
elementos y servicios indispensables, en particular los medios
de educación y las posibilidades que ofrece una justa ordenación
de tipo cooperativo. Siempre que el bien común exija una
expropiación, debe valorarse la indemnización según equidad,
teniendo en cuanta todo el conjunto de las circunstancias.
La actividad económico-social y el reino de Cristo
72. Los cristianos que toman parte activa en el movimiento
económico-social de nuestro tiempo y luchan por la justicia y
caridad, convénzanse de que pueden contribuir mucho al bienestar
de la humanidad y a la paz del mundo. Individual y
colectivamente den ejemplo en este campo. Adquirida la
competencia profesional y la experiencia que son absolutamente
necesarias, respeten en la acción temporal la justa jerarquía de
valores, con fidelidad a Cristo y a su Evangelio, a fin de que
toda su vida, así la individual como la social, quede saturada
con el espíritu de las bienaventuranzas, y particularmente con
el espíritu de la pobreza.
Quien con obediencia a Cristo busca ante todo el reino de Dios,
encuentra en éste un amor más fuerte y más puro para ayudar a
todos sus hermanos y para realizar la obra de la justicia bajo
la inspiración de la caridad.
CAPÍTULO IV
LA VIDA EN LA COMUNIDAD POLÍTICA
La vida pública en nuestros días
73. En nuestra época se advierten profundas transformaciones
también en las estructuras y en las instituciones de los pueblos
como consecuencia de la evolución cultural, económica y social
de estos últimos. Estas transformaciones ejercen gran influjo en
la vida de la comunidad política principalmente en lo que se
refiere a los derechos y deberes de todos en el ejercicio de la
libertad política y en el logro del bien común y en lo que toca
a las relaciones de los ciudadanos entre sí y con la autoridad
pública.
La conciencia más viva de la dignidad humana ha hecho que en
diversas regiones del mundo surja el propósito de establecer un
orden político-jurídico que proteja mejor en la vida pública los
derechos de la persona, como son el derecho de libre reunión, de
libre asociación, de expresar las propias opiniones y de
profesar privada y públicamente la religión. Porque la garantía
de los derechos de la persona es condición necesaria para que
los ciudadanos, como individuos o como miembros de asociaciones,
puedan participar activamente en la vida y en el gobierno de la
cosa pública.
Con el desarrollo cultural, económico y social se consolida en
la mayoría el deseo de participar más plenamente en la
ordenación de la comunidad política. En la conciencia de muchos
se intensifica el afán por respetar los derechos de las
minorías, sin descuidar los deberes de éstas para con la
comunidad política; además crece por días el respeto hacia los
hombres que profesan opinión o religión distintas; al mismo
tiempos e establece una mayor colaboración a fin de que todos
los ciudadanos, y no solamente algunos privilegiados, puedan
hacer uso efectivo de los derechos personales.
Se reprueban también todas las formas políticas, vigentesen
ciertas regiones, que obstaculizan la libertad civil o
religiosa, multiplican las víctimas de las pasiones y de los
crímenes políticos y desvían el ejercicio de la autoridad en la
prosecución del bien común, para ponerla al servicio de un grupo
o de los propios gobernantes.
La mejor manera de llagar a una política auténticamente humana
es fomentar el sentido interior de la justicia, de la
benevolencia y del servicio al bien común y robustecer las
convicciones fundamentales en lo que toca a la naturaleza
verdadera de la comunidad política y al fin, recto ejercicio y
límites de los poderes públicos.
Naturaleza y fin de la comunidad política
74. Los hombres, las familias y los diversos grupos que
constituyen la comunidad civil son conscientes de su propia
insuficiencia para lograr una vida plenamente humana y perciben
la necesidad de una comunidad más amplia, en la cual todos
conjuguen a diario sus energías en orden a una mejor procuración
del bien común. Por ello forman comunidad política según tipos
institucionales varios. La comunidad política nace, pues, para
buscar el bien común, en el que encuentra su justificación plena
y su sentido y del que deriva su legitimidad primigenia y
propia. El bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones
de vida social con las cuales los hombres, las familias y las
asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su
propia perfección.
Pero son muchos y diferentes los hombres que se encuentran en
una comunidad política, y pueden con todo derecho inclinarse
hacia soluciones diferentes. A fin de que, por la pluralidad de
pareceres, no perezca la comunidad política, es indispensable
una autoridad que dirija la acción de todos hacia el bien común
no mecánica o despóticamente, sino obrando principalmente como
una fuerza moral, que se basa en la libertad y en el sentido de
responsabilidad de cada uno.
Es, pues, evidente que la comunidad política y la autoridad
pública se fundan en la naturaleza humana, y, por lo mismo,
pertenecen al orden previsto por Dios, aun cuando la
determinación del régimen político y la designación de los
gobernantes se dejen a la libre designación de los ciudadanos.
Síguese también que el ejercicio de la autoridad política, así
en la comunidad en cuanto tal como en las instituciones
representativas, debe realizarse siempre dentro de los límites
del orden moral para procurar el bien común -concebido
dinámicamente- según el orden jurídico legítimamente establecido
o por establecer. Es entonces cuando los ciudadanos están
obligados enconciencia a obedecer. De todo lo cual se deducen la
responsabilidad, la dignidad y la importancia de los
gobernantes.
Pero cuando la autoridad pública, rebasando su competencia,
oprime a los ciudadanos, éstos no deben rehuir las exigencias
objetivas del bien común; les es lícito, sin embargo, defender
sus derechos y los de sus conciudadanos contra el abuso de tal
autoridad, guardando los límites que señala la ley natural y
evangélica.
Las modalidades concretas por las que la comunidad política
organiza su estructura fundamental y el equilibrio de los
poderes públicos pueden ser diferentes, según el genio de cada
pueblo y la marcha de su historia. Pero deben tender siempre a
formar un tipo de hombre culto, pacífico y benévolo respecto de
los demás para provecho de toda la familia humana.
Colaboración de todos en la vida pública
75. Es perfectamente conforme con la naturaleza humana que se
constituyan estructuras político-jurídicas que ofrezcan a todos
los ciudadanos, sin discriminación alguna y con perfección
creciente, posibilidades efectivas de tomar parte libre y
activamente en la fijación de los fundamentos jurídicos de la
comunidad política, en el gobierno de la cosa pública, en la
determinación de los campos de acción y de los límites de las
diferentes instituciones y en la elección de los gobernantes.
Recuerden, por tanto, todos los ciudadanos el derecho y al mismo
tiempo el deber que tienen de votar con libertad para promover
el bien común. La Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al
servicio del hombre, se consagran al bien de la cosa pública y
aceptan las cargas de este oficio.
Para que la cooperación ciudadana responsable pueda lograr
resultados felices en el curso diario de la vida pública, es
necesario un orden jurídico positivo que establezca la adecuada
división de las funciones institucionales de la autoridad
política, así como también la protección eficaz e independiente
de los derechos. Reconózcanse, respétense y promuévanse los
derechos de las personas, de las familias y de las asociaciones,
así como su ejercicio, no menos que los deberes cívicos de cada
uno. Entre estos últimos es necesario mencionar el deber de
aportar a la vida pública el concurso material y personal
requerido por el bien común. Cuiden los gobernantes de no
entorpecer las asociaciones familiares, sociales o culturales,
los cuerpos o las instituciones intermedias, y de no privarlos
de su legítima y constructiva acción, que más bien deben
promover con libertad y de manera ordenada. Los ciudadanos por
su parte, individual o colectivamente, eviten atribuir a la
autoridad política todo poder excesivo y no pidan al Estado de
manera inoportuna ventajas o favores excesivos, con riesgo de
disminuir la responsabilidad de las personas, de las familias y
de las agrupaciones sociales.
A consecuencia de la complejidad de nuestra época, los poderes
públicos se ven obligados a intervenir con más frecuencia en
materia social, económica y cultural para crear condiciones más
favorables, que ayuden con mayor eficacia a los ciudadanos y a
los grupos en la búsqueda libre del bien completo del hombre.
Según las diversas regiones y la evolución de los pueblos,
pueden entenderse de diverso modo las relaciones entre la
socialización y la autonomía y el desarrollo de la persona. Esto
no obstante, allí donde por razones de bien común se restrinja
temporalmente el ejercicio de los derechos, restablézcase la
libertad cuanto antes una vez que hayan cambiado las
circunstancias. De todos modos, es inhumano que la autoridad
política caiga en formas totalitarias o en formas dictatoriales
que lesionen los derechos de la persona o de los grupos
sociales.
Cultiven los ciudadanos con magnanimidad y lealtad el amor a la
patria, pero sin estrechez de espíritu, de suerte que miren
siempre al mismo tiempo por el bien de toda la familia humana,
unida por toda clase de vínculos entre las razas, pueblos y
naciones.
Los cristianos todos deben tener conciencia de la vocación
particular y propia que tienen en la comunidad política; en
virtud de esta vocación están obligados a dar ejemplo de sentido
de responsabilidad y de servicio al bien común, así demostrarán
también con los hechos cómo pueden armonizarse la autoridad y la
libertad, la iniciativa personal y la necesaria solidaridad del
cuerpo social, las ventajas de la unidad combinada con la
provechosa diversidad. El cristiano debe reconocer la legítima
pluralidad de opiniones temporales discrepantes y debe respetar
a los ciudadanos que, aun agrupados, defienden lealmente su
manera de ver. Los partidos políticos deben promover todo lo que
a su juicio exige el bien común; nunca, sin embargo, está
permitido anteponer intereses propios al bien común.
Hay que prestar gran atención a la educación cívica y política,
que hoy día es particularmente necesaria para el pueblo, y,
sobre todo para la juventud, a fin de que todos los ciudadanos
puedan cumplir su misión en la vida de la comunidad política.
Quienes son o pueden llegar a ser capaces de ejercer este arte
tan difícil y tan noble que es la política, prepárense para ella
y procuren ejercitarla con olvido del propio interés y de toda
ganancia venal. Luchen con integridad moral y con prudencia
contra la injusticia y la opresión, contra la intolerancia y el
absolutismo de un solo hombre o de un solo partido político;
conságrense con sinceridad y rectitud, más aún, con caridad y
fortaleza política, al servicio de todos.
La comunidad política y la Iglesia
76. Es de suma importancia, sobre todo allí donde existe una
sociedad pluralística, tener un recto concepto de las relaciones
entre la comunidad política y la Iglesia y distinguir netamente
entre la acción que los cristianos, aislada o asociadamente,
llevan a cabo a título personal, como ciudadanos de acuerdo con
su conciencia cristiana, y la acción que realizan, en nombre de
la Iglesia, en comunión con sus pastores.
La Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia no se
confunde en modo alguno con la comunidad política ni está ligada
a sistema político alguno, es a la vez signo y salvaguardia del
carácter trascendente de la persona humana.
La comunidad política y la Iglesia son independientes y
autónomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo,
aunque por diverso título, están al servicio de la vocación
personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con
tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto más sana y
mejor sea la cooperación entre ellas, habida cuesta de las
circunstancias de lugar y tiempo. El hombre, en efecto, no se
limita al solo horizonte temporal, sino que, sujeto de la
historia humana, mantiene íntegramente su vocación eterna. La
Iglesia, por su parte, fundada en el amor del Redentor,
contribuye a difundir cada vez más el reino de la justicia y de
la caridad en el seno de cada nación y entre las naciones.
Predicando la verdad evangélica e iluminando todos los sectores
de la acción humana con su doctrina y con el testimonio de los
cristianos, respeta y promueve también la libertad y la
responsabilidad políticas del ciudadano.
Cuando los apóstoles y sus sucesores y los cooperadores de éstos
son enviados para anunciar a los hombres a Cristo, Salvador del
mundo, en el ejercicio de su apostolado se apoyan sobre el poder
de Dios, el cual muchas veces manifiesta la fuerza del Evangelio
en la debilidad de sus testigos. Es preciso que cuantos se
consagran al ministerio de la palabra de Dios utilicen los
caminos y medios propios del Evangelio, los cuales se
diferencian en muchas cosas de los medios que la ciudad terrena
utiliza.
Ciertamente, las realidades temporales y las
realidadessobrenaturales están estrechamente unidas entre sí, y
la misma Iglesia se sirve de medios temporales en cuanto su
propia misión lo exige. No pone, sin embargo, su esperanza en
privilegios dados por el poder civil; más aún, renunciará al
ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos tan
pronto como conste que su uso puede empañar la pureza de su
testimonio o las nuevas condiciones de vida exijan otra
disposición. Es de justicia que pueda la Iglesia en todo momento
y en todas partes predicar la fe con auténtica libertad, enseñar
su doctrina social, ejercer su misión entre los hombres sin
traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre materias
referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos
fundamentales de la persona o la salvación de las almas,
utilizando todos y solos aquellos medios que sean conformes al
Evangelio y al bien de todos según la diversidad de tiempos y de
situaciones.
Con su fiel adhesión al Evangelio y el ejercicio de su misión en
el mundo, la Iglesia, cuya misión es fomentar y elevar todo
cuanto de verdadero, de bueno y de bello hay en la comunidad
humana, consolida la paz en la humanidad para gloria de Dios
CAPÍTULO V
EL FOMENTO DE LA PAZ Y LA PROMOCIÓN
DE LA COMUNIDAD DE LOS PUEBLOS
Introducción
77. En estos últimos años, en los que aún perduran entre los
hombres la aflicción y las angustias nacidas de la realidad o de
la amenaza de una guerra, la universal familia humana ha llegado
en su proceso de madurez a un momento de suprema crisis.
Unificada paulatinamente y ya más consciente en todo lugar de su
unidad, no puede llevar a cabo la tarea que tiene ante sí, es
decir, construir un mundo más humano para todos los hombres en
toda la extensión de la tierra, sin que todos se conviertan con
espíritu renovado a la verdad de la paz. De aquí proviene que el
mensaje evangélico, coincidente con los más profundos anhelos y
deseos del género humano, luzca en nuestros días con nuevo
resplandor al proclamar bienaventurados a los constructores de
la paz, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9).
Por esto el Concilio, al tratar de la nobilísima y auténtica
noción de la paz, después de condenar la crueldad de la guerra,
pretende hacer un ardiente llamamiento a los cristianos para que
con el auxilio de Cristo, autor de la paz, cooperen con todos
los hombres a cimentar la paz en la justicia y el aor y a
aportar los medios de la paz.
Naturaleza de la paz
78. La paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al
solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una
hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se
llama obra de la justicia (Is 32, 7). Es el fruto del
orden plantado en la sociedad humana por su divino Fundador, y
que los hombres, sedientos siempre de una más perfecta justicia,
han de llevar a cabo. El bien común del género humano se rige
primariamente por la ley eterna, pero en sus exigencias
concretas, durante el transcurso del tiempo, está cometido a
continuos cambios; por eso la paz jamás es una cosa del todo
hecha, sino un perpetuo quehacer. Dada la fragilidad de la
voluntad humana, herida por el pecado, el cuidado por la paz
reclama de cada uno constante dominio de sí mismo y vigilancia
por parte de la autoridad legítima.
Esto, sin embargo, no basta. Esta paz en la tierra no se puede
lograr si no se asegura el bien de las personas y la
comunicación espontánea entre los hombres de sus riquezas de
orden intelectual y espiritual. Es absolutamente necesario el
firme propósito de respetar a los demás hombres y pueblos, así
como su dignidad, y el apasionado ejercicio de la fraternidad en
orden a construir la paz. Así, la paz es también fruto del amor,
el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar.
La paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y
efecto de la paz de Cristo, que procede de Dios Padre. En
efecto, el propio Hijo encarnado, Príncipe de la paz, ha
reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su cruz,
y, reconstituyendo en un solo pueblo y en un solo cuerpo la
unidad del género humano, ha dado muerte al odio en su propia
carne y, después del triunfo de su resurrección, ha infundido el
Espíritu de amor en el corazón de los hombres.
Por lo cual, se llama insistentemente la atención de todos los
cristianos para que, viviendo con sinceridad en la caridad (Eph
4,15), se unan con los hombres realmente pacíficos para implorar
y establecer la paz.
Movidos por el mismo Espíritu, no podemos dejar de alabar a
aquellos que, renunciando a la violencia en la exigencia desus
derechos, recurren a los medios de defensa, que, por otra parte,
están al alcance incluso de los más débiles, con tal que esto
sea posible sin lesión de los derechos y obligaciones de otros o
de la sociedad.
En la medida en que el hombre es pecador, amenaza y amenazará el
peligro de guerra hasta el retorno de Cristo; pero en la medida
en que los hombres, unidos por la caridad, triunfen del pecado,
pueden también reportar la victoria sobre la violencia hasta la
realización de aquella palabra: De sus espadas forjarán arados,
y de sus lanzas hoces. Las naciones no levantarán ya más la
espada una conta otra y jamás se llevará a cabo la guerra (Is
2,4).
Sección I.- Obligación de evitar la guerra
Hay que frenar la crueldad de las guerras
79. A pesar de que las guerras recientes han traído a nuestro
mundo daños gravísimos materiales y morales, todavía a diario en
algunas zonas del mundo la guerra continúa sus devastaciones. Es
más, al emplear en la guerra armas científicas de todo género,
su crueldad intrínseca amenaza llevar a los que luchan a tal
barbarie, que supere, enormemente la de los tiempos pasados. La
complejidad de la situación actual y el laberinto de las
relaciones internaciones permiten prolongar guerras disfrazadas
con nuevos métodos insidiosos y subversivos. En muchos casos se
admite como nuevo sistema de guerra el uso de los métodos del
terrorismo.
Teniendo presente esta postración de la humanidad el Concilio
pretende recordar ante todo la vigencia permanente del derecho
natural de gentes y de sus principios universales. La misma
conciencia del género humano proclama con firmeza, cada vez más,
estos principios. Los actos, pues, que se oponen deliberadamente
a tales principios y las órdenes que mandan tales actos, son
criminales y la obediencia ciega no puede excusar a quienes las
acatan. Entre estos actos hay que enumerar ante todo aquellos
con los que metódicamente se extermina a todo un pueblo, raza o
minoría étnica: hay que condenar con energía tales actos como
crímenes horrendos; se ha de encomiar, en cambio, al máximo la
valentía de los que no temen oponerse abiertamente a los que
ordenan semejantes cosas.
Existen sobre la guerra y sus problemas varios tratados
internacionales, suscritos por muchas naciones, para que las
operaciones militares y sus consecuencias sean menos inhumanas;
tales son los que tratan del destino de loscombatientes heridos
o prisioneros y otros por el estilo. Hay que cumplir estos
tratados; es más, están obligados todos, especialmente las
autoridades públicas y los técnicos en estas materias, a
procurar cuanto puedan su perfeccionamiento, para que así se
consiga mejor y más eficazmente atenuar la crueldad de las
guerras. También parece razonable que las leyes tengan en
cuenta, con sentido humano, el caso de los que se niegan a tomar
las armas por motivo de conciencia y aceptan al mismo tiempo
servir a la comunidad humana de otra forma.
Desde luego, la guerra no ha sido desarraigada de la humanidad.
Mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad
internacional competente y provista de medios eficaces, una vez
agotados todos los recursos pacíficos de la diplomacia, no se
podrá negar el derecho de legítima defensa a los gobiernos. A
los jefes de Estado y a cuantos participan en los cargos de
gobierno les incumbe el deber de proteger la seguridad de los
pueblos a ellos confiados, actuando con suma responsabilidad en
asunto tan grave. Pero una cosa es utilizar la fuerza militar
para defenderse con justicia y otra muy distinta querer someter
a otras naciones. La potencia bélica no legitima cualquier uso
militar o político de ella. Y una vez estallada lamentablemente
la guerra, no por eso todo es lícito entre los beligerantes.
Los que, al servicio de la patria, se hallan en el ejercicio,
considérense instrumentos de la seguridad y libertad de los
pueblos, pues desempeñando bien esta función contribuyen
realmente a estabilizar la paz.
La guerra total
80. El horror y la maldad de la guerra se acrecientan
inmensamente con el incremento de las armas científicas. Con
tales armas, las operaciones bélicas pueden producir
destrucciones enormes e indiscriminadas, las cuales, por tanto,
sobrepasan excesivamente los límites de la legítima defensa. Es
más, si se empleasen a fondo estos medios, que ya se encuentran
en los depósitos de armas de las grandes naciones, sobrevendría
la matanza casi plena y totalmente recíproca de parte a parte
enemiga, sin tener en cuanta las mil devastaciones que
parecerían en el mundo y los perniciosos efectos nacidos del uso
de tales armas.
Todo esto nos obliga a examinar la guerra con mentalidad
totalmente nueva. Sepan los hombres de hoy que habrán de darmuy
seria cuanta de sus acciones bélicas. Pues de sus
determinaciones presentes dependerá en gran parte el curso de
los tiempos venideros.
Teniendo esto es cuenta, este Concilio, haciendo suyas las
condenaciones de la guerra mundial expresadas por los últimos
Sumos Pontífices, declara:
Toda acción bélica que tienda indiscriminadamente a la
destrucción de ciudades enteras o de extensas regiones junto con
sus habitantes, es un crimen contra Dios y la humanidad que hay
que condenar con firmeza y sin vacilaciones.
El riesgo característico de la guerra contemporánea está en que
da ocasión a los que poseen las recientes armas científicas para
cometer tales delitos y con cierta inexorable conexión puede
empujar las voluntades humanas a determinaciones verdaderamente
horribles. Para que esto jamás suceda en el futuro, los obispos
de toda la tierra reunidos aquí piden con insistencia a todos,
principalmente a los jefes de Estado y a los altos jefes del
ejército, que consideren incesantemente tan gran responsabilidad
ante Dios y ante toda la humanidad.
La carrera de armamentos
81. Las armas científicas no se acumulan exclusivamente para el
tiempo de guerra. Puesto que la seguridad de la defensa se juzga
que depende de la capacidad fulminante de rechazar al
adversario, esta acumulación de armas, que se agrava por años,
sirve de manera insólita para aterrar a posibles adversarios.
Muchos la consideran como el más eficaz de todos los medios para
asentar firmemente la paz entre las naciones.
Sea lo que fuere de este sistema de disuasión, convénzanse los
hombres de que la carrera de armamentos, a la que acuden tantas
naciones, no es camino seguro para conservar firmemente la paz,
y que el llamado equilibrio de que ella proviene no es la paz
segura y auténtica. De ahí que no sólo no se eliminan las causas
de conflicto, sino que más bien se corre el riesgo de agravarlas
poco a poco. Al gastar inmensas cantidades en tener siempre a
punto nuevas armas, no se pueden remediar suficientemente tantas
miserias del mundo entero. En vez de restañar verdadera y
radicalmente las disensiones entre las naciones, otras zonas del
mundo quedan afectadas por ellas. Hay que elegir nuevas rutas
que partan de una renovación de la mentalidad para eliminar este
escándalo y poder restablecer la verdadera paz, quedando el
mundo liberado de la ansiedad que le oprime.
Por lo tanto, hay que declarar de nuevo: la carrera de
armamentos es la plaga más grave de la humanidad y perjudica a
los pobres de manera intolerable. Hay que temer seriamente que,
si perdura, engendre todos los estragos funestos cuyos medios ya
prepara.
Advertidos de las calamidades que el género humano ha hecho
posibles, empleemos la pausa de que gozamos, concedida de lo
Alto, para, con mayor conciencia de la propia responsabilidad,
encontrar caminos que solucionen nuestras diferencias de un modo
más digno del hombre. La Providencia divina nos pide
insistentemente que nos liberemos de la antigua esclavitud de la
guerra. Si renunciáramos a este intento, no sabemos a dónde nos
llevará este mal camino por el que hemos entrado.
Prohibición absoluta de la guerra.
La acción internacional para evitar la guerra
82. Bien claro queda, por tanto, que debemos procurar con todas
nuestras fuerzas preparar un época en que, por acuerdo de las
naciones, pueda ser absolutamente prohibida cualquier guerra.
Esto requiere el establecimiento de una autoridad pública
universal reconocida por todos, con poder eficaz para garantizar
la seguridad, el cumplimiento de la justicia y el respeto de los
derechos. Pero antes de que se pueda establecer tan deseada
autoridad es necesario que las actuales asociaciones
internacionales supremas se dediquen de lleno a estudiar los
medios más aptos para la seguridad común. La paz ha de nacer de
la mutua confianza de los pueblos y no debe ser impuesta a las
naciones por el terror de las armas; por ello, todos han de
trabajar para que la carrera de armamentos cese finalmente, para
que comience ya en realidad la reducción de armamentos, no
unilateral, sino simultánea, de mutuo acuerdo, con auténticas y
eficaces garantías.
No hay que despreciar, entretanto, los intentos ya realizados y
que aún se llevan a cabo para alejar el peligro de la guerra.
Más bien hay que ayudar la buena voluntad de muchísimos que, aun
agobiados por las enormes preocupaciones de sus altos cargos,
movidos por el gravísimo deber que les acucia, se esfuerzan, por
eliminar la guerra, que aborrecen, aunque no pueden prescindir
de la complejidad inevitable de las cosas. Hay que pedir con
insistencia a Dios que les dé fuerzas para perseverar en su
intento y llevar a cabo con fortaleza esta tarea de sumo amor a
los hombres, con la que se construye virilmente la paz. Lo cual
hoy exige de ellos con toda certeza que amplíen su mente más
allá de las fronteras de la propianación, renuncien al egoísmo
nacional ya a la ambición de dominar a otras naciones, alimenten
un profundo respeto por toda la humanidad, que corre ya, aunque
tan laboriosamente, hacia su mayor unidad.
Acerca de los problemas de la paz y del desarme, los sondeos y
conversaciones diligente e ininterrumpidamente celebrados y los
congresos internacionales que han tratado de este asunto deben
ser considerados como los primeros pasos para solventar temas
tan espinosos y serios, y hay que promoverlos con mayor urgencia
en el futuro para obtener resultados prácticos. Sin embargo, hay
que evitar el confiarse sólo en los conatos de unos pocos, sin
preocuparse de la reforma en la propia mentalidad. Pues los que
gobiernan a los pueblos, que son garantes del bien común de la
propia nación y al mismo tiempo promotores del bien de todo el
mundo, dependen enormemente de las opiniones y de los
sentimientos de las multitudes. Nada les aprovecha trabajar en
la construcción de la paz mientras los sentimientos de
hostilidad, de menos precio y de desconfianza, los odios
raciales y las ideologías obstinadas, dividen a los hombres y
los enfrentan entre sí. Es de suma urgencia proceder a una
renovación en la educación de la mentalidad y a una nueva
orientación en la opinión pública. Los que se entregan a la
tarea de la educación, principalmente de la juventud, o forman
la opinión pública, tengan como gravísima obligación la
preocupación de formar las mentes de todos en nuevos
sentimientos pacíficos. Tenemos todos que cambiar nuestros
corazones, con los ojos puestos en el orbe entero y en aquellos
trabajos que toso juntos podemos llevar a cabo para que nuestra
generación mejore.
Que no nos engañe una falsa esperanza. Pues, si no se establecen
en el futuro tratados firmes y honestos sobre la paz universal
una vez depuestos los odios y las enemistades, la humanidad, que
ya está en grave peligro, aun a pesar de su ciencia admirable,
quizá sea arrastrada funestamente a aquella hora en la que no
habrá otra paz que la paz horrenda de la muerte. Pero, mientras
dice todo esto, la Iglesia de Cristo, colocada en medio de la
ansiedad de hoy, no cesa de esperar firmemente. A nuestra época,
una y otra vez, oportuna e importunamente, quiere proponer el
mensaje apostólico: Este es el tiempo aceptable para que
cambien los corazones, éste es el día de la salvación.
Sección 2.- Edificar la comunidad internacional
Causas y remedios de las discordias
83. Para edificar la paz se requiere ante todo que se
desarraigen las causas de discordia entre los hombres, que son
las que alimentan las guerras. Entre esas causas deben
desaparecer principalmente las injusticias. No pocas de éstas
provienen de las excesivas desigualdades económicas y de la
lentitud en la aplicación de las soluciones necesarias. Otras
nacen del deseo de dominio y del desprecio por las personas, y,
si ahondamos en los motivos más profundos, brotan de la envidia,
de la desconfianza, de la soberbia y demás pasiones egoístas.
Como el hombre no puede soportar tantas deficiencias en el
orden, éstas hacen que, aun sin haber guerras, el mundo esté
plagado sin cesar de luchas y violencias entre los hombres.
Como, además, existen los mismos males en las relaciones
internacionales, es totalmente necesario que, para vencer y
prevenir semejantes males y para reprimir las violencias
desenfrenadas, las instituciones internacionales cooperen y se
coordinen mejor y más firmemente y se estimule sin descanso la
creación de organismos que promuevan la paz.
La comunidad de las naciones y las instituciones internacionales
84. Dados los lazos tan estrechos y recientes de mutua
dependencia que hoy se dan entre todos los ciudadanos y entre
todos los pueblos de la tierra, la búsqueda certera y la
realización eficaz del bien común universal exigen que la
comunidad de las naciones se dé a sí misma un ordenamiento que
responda a sus obligaciones actuales, teniendo particularmente
en cuanta las numerosas regiones que se encuentran aún hoy en
estado de miseria intolerable.
Para lograr estos fines, las instituciones de la comunidad
internacional deben, cada una por su parte, proveer a las
diversas necesidades de los hombres tanto en el campo de la vida
social, alimentación, higiene, educación, trabajo, como en
múltiples circunstancias particulares que surgen acá y allá; por
ejemplo, la necesidad general que las naciones en vías de
desarrollo sienten de fomentar el progreso, de remediar en todo
el mundo la triste situación de los refugiados o ayudar a los
emigrantes y a sus familias.
Las instituciones internacionales, mundiales o regionales ya
existentes son beneméritas del género humano. Son los primeros
conatos de echar los cimientos internaciones de toda la
comunidad humana para solucionar los gravísimos problemas de
hoy, señaladamente para promover el progreso en todas partes y
evitar la guerra en cualquiera de sus formas. En todos estos
campos, la Iglesia se goza del espíritu de auténtica fraternidad
que actualmente florece entre los cristianos y los no
cristianos, y que se esfuerza por intensificar continuamente los
intentos de prestar ayuda para suprimir ingentes calamidades.
La cooperación internacional en el orden económico
85. La actual unión del género humano exige que se establezca
también una mayor cooperación internacional en el orden
económico. Pues la realidad es que, aunque casi todos los
pueblos han alcanzado la independencia, distan mucho de verse
libres de excesivas desigualdades y de toda suerte de
inadmisibles dependencias, así como de alejar de sí el peligro
de las dificultades internas.
El progreso de un país depende de los medios humanos y
financieros de que dispone. Los ciudadanos deben prepararse, pro
medio de la educación y de la formación profesional, al
ejercicio de las diversas funciones de la vida económica y
social. Para esto se requiere la colaboración de expertos
extranjeros que en su actuación se comporten no como
dominadores, sino como auxiliares y cooperadores. La ayuda
material a los paises en vías de desarrollo no podrá prestarse
si no se operan profundos cambios en las estructuras actuales
del comercio mundial. Los países desarrollados deberán prestar
otros tipos de ayuda, en forma de donativos, préstamos o
inversión de capitales; todo lo cual ha de hacerse con
generosidad y sin ambición por parte del que ayuda y con
absoluta honradez por parte del que recibe tal ayuda.
Para establecer un auténtico orden económico universal hay que
acabar con las pretensiones de lucro excesivo, las ambiciones
nacionalistas, el afán de dominación política, los cálculos de
carácter militarista y las maquinaciones para difundir e imponer
las ideologías. Son muchos los sistemas económicos y sociales
que hoy se proponen; es de desear que los expertos sepan
encontrar en ellos los principios básicos comunes de un sano
comercio mundial. Ello será fácil si todos y cada uno deponen
sus prejuicios y se muestran dispuestos a un diálogo sincero.
Algunas normas oportunas
86. Para esta cooperación parecen oportunas las normas
siguientes:
a) Los pueblos que están en vías de desarrollo entiendanbien que
han de buscar expresa y firmemente, como fin propio del
progreso, la plena perfección humana de sus ciudadanos. Tengan
presente que el progreso surge y se acrecienta principalmente
por medio del trabajo y la preparación de los propios pueblos,
progreso que debe ser impulsado no sólo con las ayudas
exteriores, sino ante todo con el desenvolvimiento de las
propias fuerzas y el cultivo de las dotes y tradiciones propias.
En esta tarea deben sobresalir quienes ejercen mayor influjo
sobre sus conciudadanos.
b) Por su parte, los pueblos ya desarrollados tienen la
obligación gravísima de ayudar a los paises en vías de
desarrollo a cumplir tales cometidos. Por lo cual han de
someterse a las reformas psicológicas y materiales que se
requieren para crear esta cooperación internacional. Busquen
así, con sumo cuidado en las relaciones comerciales con los
paises más débiles y pobres, el bien de estos últimos, porque
tales pueblos necesitan para su propia sustentación los
beneficios que logran con la venta de sus mercancías.
c) Es deber de la comunidad internacional regular y estimular el
desarrollo de forma que los bienes a este fin destinados sean
invertidos con la mayor eficacia y equidad. Pertenece también a
dicha comunidad, salvado el principio de la acción subsidiaria,
ordenar las relaciones económicas en todo el mundo para que se
ajusten a la justicia. Fúndense instituciones capaces de
promover y de ordenar el comercio internacional, en particular
con las naciones menos desarrolladas, y de compensar los
desequilibrios que proceden de la excesiva desigualdad de poder
entre las naciones. Esta ordenación, unida a otras ayudas de
tipo técnico, cultural o monetario, debe ofrecer los recursos
necesarios a los paises que caminan hacia el progreso, de forma
que puedan lograr convenientemente el desarrollo de su propia
economía.
d) En muchas ocasiones urge la necesidad de revisar las
estructuras económicas y sociales; pero hay que prevenirse
frente a soluciones técnicas poco ponderadas y sobre todo
aquellas que ofrecen al hombre ventajas materiales, pero se
oponen a la naturaleza y al perfeccionamiento espiritual del
hombre. Pues no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra
que sale de la boca de Dios (Mt 4,4). Cualquier parcela
de la familia humana, tanto en sí misma como en sus mejores
tradiciones, lleva consigo algo del tesoro espiritual confiado
por Dios a la humanidad, aunque muchos desconocen su origen.
Cooperación internacional en lo tocante al crecimiento
demográfico
87. Es sobremanera necesaria la cooperación internacional en
favor de aquellos pueblos que actualmente con harta frecuencia,
aparte de otras muchas dificultades, se ven agobiados por la que
proviene del rápido aumento de su población. Urge la necesidad
de que, por medio de una plena e intensa cooperación de todos
los paises, pero especialmente de los más ricos, se halle el
modo de disponer y de facilitar a toda la comunidad humana
aquellos bienes que son necesarios para el sustento y para la
conveniente educación del hombre. Son varios los paises que
podrían mejorar mucho sus condiciones de vida si pasaran,
dotados de la conveniente enseñanza, de métodos agrícolas
arcaicos al empleo de las nuevas técnicas, aplicándolas con la
debida prudencia a sus condiciones particulares una vez que se
haya establecido un mejor orden social y se haya distribuido más
equitativamente la propiedad de las tierras.
Los gobiernos respectivos tienen derechos y obligaciones, en lo
que toca a los problemas de su propia población, dentro de los
límites de su específica competencia. Tales son, por ejemplo, la
legislación social y la familiar, la emigración del campo a la
ciudad, la información sobre la situación y necesidades del
país. Como hoy la agitación que en torno a este problema sucede
a los espíritus es tan intensa, es de desear que los católicos
expertos en todas estas materias, particularmente en las
universidades, continúen con intensidad los estudios comenzados
y los desarrollen cada vez más.
Dado que muchos afirman que el crecimiento de la población
mundial, o al menos el de algunos paises, debe frenarse por
todos los medios y con cualquier tipo de intervención de la
autoridad pública, el Concilio exhorta a todos a que se prevenga
frente a las soluciones, propuestas en privado o en público y a
veces impuestas, que contradicen a la moral. Porque, conforme al
inalienable derecho del hombre al matrimonio y a la procreación,
la decisión sobre el número de hijos depende del recto juicio de
los padres, y de ningún modo puede someterse al criterio de la
autoridad pública. Y como el juicio de los padres requiere como
presupuesto una conciencia rectamente formada, es de gran
importancia que todos puedan cultivar una recta y auténticamente
humana responsabilidad que tenga en cuanta la ley divina,
consideradas las circunstancias de la realidad y de la época.
Pero esto exige que se mejoren en todas partes las condiciones
pedagógicas y sociales y sobre todo que se dé una formación
religiosa o, al menos, una íntegra educación moral. Dése al
hombre también conocimiento sabiamente cierto de los progresos
científicos con el estudio de los métodos que pueden ayudar a
los cónyuges en la determinación del número de hijos, métodos
cuya seguridad haya sido bien comprobada y cuya concordancia con
el orden moral esté demostrada.
Misión de los cristianos en la cooperación internacional
88. Cooperen gustosamente y de corazón los cristianos en la
edificación del orden internacional con la observancia auténtica
de las legítimas libertades y la amistosa fraternidad con todos,
tanto más cuanto que la mayor parte de la humanidad sufre
todavía tan grandes necesidades, que con razón puede decirse que
es el propio Cristo quien en los pobres levanta su voz para
despertar la caridad de sus discípulos. Que no sirva de
escándalo a la humanidad el que algunos paises, generalmente los
que tienen una población cristiana sensiblemente mayoritaria,
disfrutan de la opulencia, mientras otros se ven privados de lo
necesario para la vida y viven atormentados por el hambre, las
enfermedades y toda clase de miserias. El espíritu de pobreza y
de caridad son gloria y testimonio de la Iglesia de Cristo.
Merecen, pues, alabanza y ayuda aquellos cristianos, en especial
jóvenes, que se ofrecen voluntariamente para auxiliar a los
demás hombres y pueblos. Más aún, es deber del Pueblo de Dios, y
los primeros los Obispos, con su palabra y ejemplo, el socorrer,
en la medida de sus fuerzas, las miserias de nuestro tiempo y
hacerlo, como era ante costumbre en la Iglesia, no sólo con los
bienes superfluos, sino también con los necesarios.
El modo concreto de las colectas y de los repartos, sin que
tenga que ser regulado de manera rígida y uniforme, ha de
establecerse, sin embargo, de modo conveniente en los niveles
diocesano, nacional y mundial, unida, siempre que parezca
oportuno, la acción de los católicos con la de los demás
hermanos cristianos. Porque el espíritu de caridad en modo
alguno prohíbe el ejercicio fecundo y organizado de la acción
social caritativa, sino que lo impone obligatoriamente. Por eso
es necesario que quienes quieren consagrarse al servicio de los
pueblos en vías de desarrollo se formen en instituciones
adecuadas.
Presencia eficaz de la Iglesia en la comunidad internacional
89. La Iglesia, cuando predica, basada en su misión divina, el
Evangelio a todos los hombres y ofrece los tesoros de la gracia,
contribuye a la consolidación de la paz en todas partes y al
establecimiento de la base firme de la convivencia fraterna
entre los hombres y los pueblos, esto es, el conocimiento de la
ley divina y natural. Es éste el motivo de la absolutamente
necesaria presencia de la Iglesia en la comunidad de los pueblos
para fomentar e incrementar la cooperación de todos, y ello
tanto por sus instituciones públicas como por la plena y sincera
colaboración de los cristianos, inspirada pura y exclusivamente
por el deseo de servir a todos.
Este objetivo podrá alcanzarse con mayor eficacia si los fieles,
conscientes de su responsabilidad humana y cristiana, se
esfuerzan por despertar en su ámbito personal de vida la pronta
voluntad de cooperar con la comunidad internacional. En esta
materia préstese especial cuidado a la formación de la juventud
tanto en la educación religiosa como en la civil.
Participación del cristiano en las instituciones internacionales
90. Forma excelente de la actividad internacional de los
cristianos es, sin duda, la colaboración que individual o
colectivamente prestan en las instituciones fundadas o por
fundar para fomentar la cooperación entre las naciones. A la
creación pacífica y fraterna de la comunidad de los pueblos
pueden servir también de múltiples maneras las varias
asociaciones católicas internacionales, que hay que consolidar
aumentando el número de sus miembros bien formados, los medios
que necesitan y la adecuada coordinación de energías. La
eficacia en la acción y la necesidad del diálogo piden en
nuestra época iniciativas de equipo. Estas asociaciones
contribuyen además no poco al desarrollo del sentido universal,
sin duda muy apropiado para el católico, y a la formación de una
conciencia de la genuina solidaridad y responsabilidad
universales.
Es de desear, finalmente, que los católicos, para ejercer como
es debido su función en la comunidad internacional, procuren
cooperar activa y positivamente con los hermanos separados que
juntamente con ellos practican la caridad evangélica, y también
con todos los hombres que tienen sed de auténtica paz.
El Concilio, considerando las inmensas calamidades que oprimen
todavía a la mayoría de la humanidad, para fomentar en todas
partes la obra de la justicia y el amor de Cristo a los pobres
juzga muy oportuno que se cree un organismo universal de la
Iglesia que tenga como función estimular a la comunidad católica
para promover el desarrollo a los paises pobres y la justicia
social interacional.
CONCLUSIÓN
Tarea de cada fiel y de las Iglesias particulares
91. Todo lo que, extraído del tesoro doctrinal de la Iglesia, ha
propuesto el Concilio, pretende ayudar a todos los hombres de
nuestros días, a los que creen en Dios y a los que no creen en
El de forma explícita, a fin de que, con la más clara percepción
de su entera vocación, ajusten mejor el mundo a la superior
dignidad del hombre, tiendan a una fraternidad universal más
profundamente arraigada y, bajo el impulso del amor, con
esfuerzo generoso y unido, respondan a las urgentes exigencias
de nuestra edad.
Ante la inmensa diversidad de situaciones y de formas culturales
que existen hoy en el mundo, esta exposición, en la mayoría de
sus partes, presenta deliberadamente una forma genérica; más
aún, aunque reitera la doctrina recibida en la Iglesia, como más
de una vez trata de materias sometidas a incesante evolución,
deberá ser continuada y aplicada en el futuro. Confiamos, sin
embargo, que muchas de las cosas que hemos dicho, apoyados en la
palabra de Dios y en el espíritu del Evangelio, podrán prestar a
todos valiosa ayuda, sobre todo una vez que la adaptación a cada
pueblo y a cada mentalidad haya sido llevada a cabo por los
cristianos bajo la dirección de los pastores.
El diálogo entre todos los hombres
92. La Iglesia, en virtud de la misión que tiene de iluminar a
todo el orbe con el mensaje evangélico y de reunir en un solo
Espíritu a todos los hombres de cualquier nación, raza o
cultura, se convierte en señal de la fraternidad que permite y
consolida el diálogo sincero.
Lo cual requiere, en primer lugar, que se promueva en el seno de
la Iglesia la mutua estima, respeto y concordia, reconociendo
todas las legítimas diversidades, para abrir, con fecundidad
siempre creciente, el diálogo entre todos los que integran el
único Pueblo de Dios, tanto los pastores como los demás fieles.
Los lazos de unión de los fieles son mucho más fuertes que los
motivos de división entre ellos. Haya unidad en lo necesario,
libertad en lo dudoso, caridad en todo.
Nuestro espíritu abraza al mismo tiempo a los hermanos que
todavía no viven unidos a nosotros en la plenitud de comunión y
abraza también a sus comunidades. Con todos ellos nos sentimos
unidos por la confesión del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo y por el vínculo de la caridad, conscientes de que la
unidad de los cristianos es objeto de esperanzas y de deseos hoy
incluso por muchos que no creen en Cristo. Los avances que esta
unidad realice en la verdad y en la caridad bajo la poderosa
virtud y la paz para el universomundo. Por ello, con unión de
energías y en formas cada vez más adecuadas para lograr hoy con
eficacia este importante propósito, procuremos que, ajustándonos
cada vez más al Evangelio, cooperemos fraternalmente para servir
a la familia humana, que está llamada en Cristo Jesús a ser la
familia de los hijos de Dios.
Nos dirigimos también por la misma razón a todos los que creen
en Dios y conservan en el legado de sus tradiciones preciados
elementos religiosos y humanos, deseando que el coloquio abierto
nos mueva a todos a recibir fielmente los impulsos del Espíritu
y a ejecutarlos con ánimo álacre.
El deseo de este coloquio, que se siente movido hacia la verdad
por impulso exclusivo de la caridad, salvando siempre la
necesaria prudencia, no excluye a nadie por parte nuestra, ni
siquiera a los que cultivan los bienes esclarecidos del espíritu
humano, pero no reconocen todavía al Autor de todos ellos. Ni
tampoco excluye a aquellos que se oponen a la Iglesia y la
persiguen de varias maneras. Dios Padre es el principio y el fin
de todos. Por ello, todos estamos llamados a ser hermanos. En
consecuencia, con esta común vocación humana y divina, podemos y
debemos cooperar, sin violencias, sin engaños, en verdadera paz,
a la edificación del mundo.
Edificación del mundo y orientación de éste a Dios
93. Los cristianos recordando la palabra del Señor: En esto
conocerán todos que sois mis discípulos, en el amor mutuo que os
tengáis (Io 13,35), no pueden tener otro anhelo mayor que
el de servir con creciente generosidad y con suma eficacia a los
hombres de hoy. Por consiguiente, con la fiel adhesión al
Evangelio y con el uso de las energías propias de éste, unidos a
todos los que aman y practican la justicia, han tomado sobre sí
una tarea ingente que han de cumplir en la tierra, y de la cual
deberán responder ante Aquel que juzgará a todos en el último
día. No todos los que dicen: "¡Señor, Señor!", entrarán en el
reino de los cielos, sino aquellos que hacen la voluntad del
Padre y ponen manos a la obra. Quiere el Padre que reconozcamos
y amemos efectivamente a Cristo, nuestro hermano, en todos los
hombres, con la palabra y con las obras, dando así testimonio de
la Verdad, y que comuniquemos con los demás el misterio del amor
del Padre celestial. Por esta vía, en todo el mundo los hombres
se sentirán despertados a una viva esperanza, que es don del
Espíritu Santo, para que, por fin, llegada la hora, sean
recibidos en la paz y en la suma bienaventuranza en la patria
que brillarácon la gloria del Señor.
"Al que es poderoso para hacer que copiosamente abundemos más de
lo que pedimos o pensamos, en virtud del poder que actúa en
nosotros, a El sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús, en
todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén." (Eph
3,20-21).
Todas y cada una de las cosas que en esta Constitución pastoral
se incluyen han obtenido el beneplácito de los Padres del
sacrosanto Concilio. Y Nos, en virtud de la autoridad apostólica
a Nos confiada por Cristo, todo ello, juntamente con los
venerables Padres, lo aprobamos en el Espíritu Santo, decretamos
y establecemos, y ordenamos que se promulgue, para gloria de
Dios, todo los aprobado conciliarmente.
Roma, en San Pedro, 7 de diciembre de 1965.
Yo, PABLO, Obispo de la Iglesia católica.
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