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Ecumenismo y Espiritualidad
El llamado
de Dios a su pueblo
Vassiliki Rydén
Señor, oro como Tú oraste:
Que todos sean uno, como el Padre está en Ti y Tú en
Él, para que el resto del mundo crea que fue el
Padre Quien Te envió. Por esto, oramos también por
las ovejas que no son de Tu Rebaño, para que ellos
también escuchen Tu Voz. Oramos para que el mundo te
ame, desde hoy, para siempre. Amén.
Introducción
Primero, y antes que nada, doy
gracias a Nuestro Señor, por esta reunión espiritual,
porque es una Gracia dada por Dios, para todos
nosotros, dándonos oportunidades de extender Su
Reino, acercándonos a la reconciliación. Cualquier
delicadeza, de nuestra parte, para restaurar la
tambaleante Casa de Cristo, conmueve al Señor,
profundamente. ¡Cualquier paso hacia una unidad
espiritual, regocija a todo el Cielo!. Ante
cualquier oración ofrecida para la restauración del
Cuerpo de Cristo, la Ira del Padre disminuye. Ante
cualquier reunión, en Su Santo Nombre, por la Unidad,
Sus Bendiciones son derramadas sobre aquéllos que
participan de estas reuniones. Por esto, le doy
Gloria a Dios, Quien nunca nos falla.
En esta hora, quisiera
compartir con ustedes, una presentación del papel de
un laico en la Iglesia, y luego, tres temas. El
primer tema es sobre la metanoia, fruto de la
humildad, que guía a la reconciliación y a la
Unidad. El segundo es acerca de nuestro
pecado de división, y el tercero es el Papel
del Espíritu Santo, al guiarnos hacia la Unidad.
Cuando recibí esta invitación,
para hablar acerca de una espiritualidad ecuménica,
yo estaba renuente, de poner en palabras, mi
experiencia particular con Dios. No me atrevo a
formular una clasificación de "espiritualidad"
respecto de mis propias e íntimas, "conversaciones
con Cristo". Más bien, dejaría a la libertad de
Dios, Quien ha elevado a los profetas, y Quien habló
y se reveló a Sí Mismo "en diversas ocasiones y
bajo diferentes formas" (Hebreos 1,1), para
transmitir, de nuevo, Su Mensaje, a través de una
mano débil, un miembro del Cuerpo de Cristo. En este
sentido, lo siguiente, es una clase diferente de
testimonio de la tradición mística de la Iglesia.
Por lo tanto, lo que escucharán en esta hora, no es
un discurso teológico académico, simplemente, porque
yo no soy teóloga, sino más bien un ejemplo vivo de
un testigo laico, para la Unidad, cuando es llamado
por Dios, para Su Servicio.
Yo provengo de la Iglesia
Griega Ortodoxa. En nuestro libro para la doctrina
de la Iglesia Ortodoxa, libro I, publicado en 1997,
por el Sr. Trembelas, en la página 79, se lee: "Las
revelaciones son definidas como un acto de Dios, por
medio del cual Él notifica a Sus criaturas dotadas
de razón, de acuerdo a su limitada capacidad
intelectual, acerca de los misterios de Su
Existencia, Naturaleza y Voluntad...." etc. Valdría
la pena leer la página 78, en donde se describe la
necesidad de que Dios Mismo guíe a Su Pueblo. Hay
muchas más referencias sobre el papel de los laicos
en nuestra Iglesia Ortodoxa, pero el límite de
tiempo nos impide estudiarlos, aquí, detalladamente.
Es conocido, también, que el
Concilio Vaticano II, ha subrayado la importancia de
que los laicos contribuyan a la propagación de la
Buena Nueva, a través de los varios dones que Dios
confiere a Su Iglesia. En Lumen Gentium, el
Concilio, claramente, declara que los laicos
participan en el oficio profético de Cristo. Cristo
lleva a cabo este oficio profético, no sólo a través
de la jerarquía, sino también, a través de los
laicos. Él, en consecuencia, establece a ambos como
testigos, y les proporciona el sentido de la fe y la
gracia de la palabra (LG 35). Cada laico
tiene un rol que llevar a cabo en este servicio del
Evangelio, de acuerdo al carisma que Dios le ha
dado, y a través de esos dones dados a él, se
convierte, de inmediato, en el testigo y el
instrumento viviente de la misión de la Iglesia
misma, "según la medida de los dones de Cristo"
(Efesios 4,7). Es obvio, entonces, por las
afirmaciones de la Iglesia, que los laicos tienen un
papel, muy importante, que cumplir en el mundo, y
que los carismas, que el Espíritu Santo concede a Su
pueblo, siempre son para el servicio de la
comunidad, y para el beneficio de la Iglesia.
Desde el principio de este
llamado, Nuestro Señor, por la Gracia, se acercó a
mí, con real liberalidad, dirigiéndose a mí, con
poesía, ya que la religión y la virtud han sido Su
Dulce Conversación conmigo, durante los pasados
dieciséis años. Sin ningún mérito fui llamada y
respondí. Las Escrituras dicen: "Yo creí y, por
lo tanto, ésta es la razón por la que hablo". (2
Corintios, 13). Luego, el Señor me pidió que Lo
reconociera, y al reconocerlo, Él me mostró Su Cruz
de Unidad.
Una de las primeras Palabras
que Cristo me dijo, fueron éstas: "¿Qué casa es
más importante, tu casa o Mi Casa?". Yo
contesté: "Tu Casa, Señor". Entonces, Él
dijo: "Revive Mi Casa, embellece Mi Casa, une Mi
Casa". Yo estaba sobrecogida con impotencia, y
me sentí miserable. Me lamenté: "¡No sé cómo hacer
todo esto!. ¡No sé nada!". Entonces, Cristo dijo:
"Permanece siendo nada. Yo quiero una nada, y en tu
nada, Yo mostraré Mi Autoridad, Mi Poder y que Yo
Soy. Así que, muere a ti misma, y permite a Mi
Espíritu Santo que respire sobre ti". De ahí en
adelante, Él me pidió que caminara con Él, pero
después de haber atravesado muchos fuegos
espirituales. De esta manera, recibí la Semilla de
Dios, sin ningún mérito. Está escrito: "Nadie
puede atribuirse nada, sino lo que le haya sido dado
por Dios" (Juan 3, 27).
Esta Obra del Espíritu Santo
está impresa en once volúmenes, y está traducida a
40 idiomas, publicados bajo el nombre de: "La
Verdadera Vida en Dios". En estos escritos
espirituales, vemos cómo Dios está dándonos
oportunidades para ser perfectos, y ser capaces de
alcanzar la deificación, a través de Su Divinidad, y
convertirnos en dioses por participación. Los frutos
de esta Obra son numerosos, porque Ellos, también,
provienen del Señor, y toda cosa buena proviene del
Señor. Vale la pena mencionar uno de ellos. Hoy,
alrededor del mundo, existen más de mil grupos
ecuménicos de oración que fueron formados a través
de estos escritos dictados bajo el nombre de la
"Verdadera Vida en Dios". Estos grupos
ecuménicos de oración están formados por iglesias de
diferentes denominaciones, que se reúnen a orar por
la unidad y la reconciliación de las Iglesias. De
estos grupos, nueve casas de caridad han sido
abiertas para alimentar a los pobres y a los
necesitados. Son llamadas Beth Myriam, que significa
la Casa de María. Habrá otras que abrirán, por la
Gracia de Dios, en un futuro próximo, y estarán
también, en operación.
Por la Gracia de Dios, hasta
ahora, he sido invitada a sesenta países, para dar
testimonio de las grandes obras del Señor. Esto se
ha llevado a cabo, en más de 700 reuniones, ante
Católicos Romanos, Ortodoxos, y miembros de otras
Iglesias. No pude rehusarme a hablar ante otros
hermanos y hermanas, que no son Cristianos. Nuestro
Señor abrió, también, una puerta para los no
Cristianos y, de esta manera, he sido llamada para
dirigirme a los Judíos, al igual que a los Hindúes,
Musulmanes y Budistas, quienes, después de escuchar
la Palabra de Dios, encontraron su libertad y se
reconciliaron con el Dios Trino, pidiendo el
Sacramento del Bautizmo. Ya que Cristo oró al Padre,
por esto, diciendo: "Yo oro, no sólo por éstos,
sino, también, por aquéllos que creerán en Mí, por
sus enseñanzas" (Juan 17, 20).
En marzo de 2000, el Señor nos
permitió reunirnos en su lugar natal, Belén. 450
personas vinieron de todas partes - sí, de más de 55
países, y de 12 diferentes Iglesias - a una reunión
internacional de oración por la paz y la unidad. Nos
reunimos como una sola familia. Con nosotros,
tuvimos a 75 miembros del clero de 12 diferentes
Iglesias, pero, también, a otros clérigos de Tierra
Santa, quienes al enterarse de esta reunión de
oración, se unieron a nosotros. Este evento
ecuménico fue coordinado por algunos Judíos y
Palestinos, quienes fueron conmovidos por los
escritos espirituales de la "Verdadera Vida en
Dios". Ellos creyeron en la Redención de Cristo
y en Su Plan de Salvación, en nuestros días, y se
ofrecieron, como voluntarios, para organizar esta
reunión.
Cuando sabemos cómo, en
nuestros días, los Palestinos y los Judíos están
peleando unos contra otros, su reconciliación es una
señal del Poder del Espíritu Santo, Quien unió a
esas dos naciones, para trabajar en una reunión para
la paz, entre los Cristianos divididos. Como dicen
las Escrituras: "Los que trabajan por la paz,
siembran en la paz, y cosechan frutos de santidad"
(Santiago 3, 18). Esta es una lección para todos
nosotros.
El observar a todos estos
clérigos, usando diferentes vestiduras, y sin
embargo, todos Cristianos; uno al lado del otro,
sonriendo, compartiendo, y sin hacer diferencia
entre ellos, participando en las oraciones y en las
Liturgias, fue, obviamente, un Triunfo para Nuestro
Señor. Vivimos, y saboreamos de antemano, lo que un
día será la unidad entre los Cristianos, y le damos
Gloria a Dios. Antes de los discursos y las
presentaciones, todos los clérigos se formaron en
línea, para llevar a cabo, una procesión. Fue
maravilloso. Algunos estaban sosteniendo íconos,
otros, estatuas del Sagrado Corazón, y una Estatua
de la Virgen María. De hecho, Nuestra Señora fue
sostenida por un pastor Luterano, que estaba muy
orgulloso de llevarla. Otros llevaban incienso,
otros velas. Los sacerdotes Griego Ortodoxos
llevaban, alrededor de sus cuellos, Rosarios que
habían intercambiado por sus Cruces y Panayias, con
los clérigos Católicos Romanos. Todos caminaban
cantando un Himno Bizantino, el Kyrie Eleisson.
Los clérigos, de las diferentes
Iglesias, dieron pláticas acerca de la unidad. Sus
palabras resonaban, como si salieran de una sola voz
y una sola mente. Durante sus pláticas, sentimos el
gran deseo de que todos seamos uno. Incluso, hubo un
momento conmovedor, cuando varios clérigos, de
diferentes Iglesias, estaban sobre el podio, y un
sacerdote Católico Romano se arrodilló y besó los
pies de todos los otros clérigos, pidiendo perdón.
Ante este acto espontáneo de humildad, un sacerdote
Copto hizo lo mismo, y se inclinó para besar los
pies de sus hermanos en Cristo. Observamos la sed de
unidad que tienen los laicos y los clérigos. Pero,
también, sentimos, al mismo tiempo, las grandes
heridas que nuestra división ha causado al Cuerpo
Místico de Cristo, y ésta es la razón, por la que
nos sentimos tan llenos de alegría y consuelo, al
experimentar estos actos sinceros de humildad y
reconciliación. Si hubiera sido una reunión oficial,
y nosotros fuéramos oficiales de la Iglesia, y
tuviéramos el poder y la autoridad, hubiéramos
llevado a cabo la unidad, en ese mismo momento, y
luego, la declararíamos al mundo.
La mayoría de nosotros estamos
cansados de esta división, porque no va de acuerdo
con nuestra ley de amor. Cristo está aún más cansado
de vernos divididos. Los vítores y las aclamaciones
de alegría de todas estas naciones, que estaban
unidas, pidiendo una unidad completa entre los
Cristianos, expusieron, que esta división, no sólo
es un pecado, sino también, un crimen. "Y, sin
embargo, les digo, que el crimen más grande de todos
es mantener las fechas de la Pascua separadas".
Qué bueno será cuando todos gritemos juntos:
"Christos Anesti", a una sola voz, todos en un sólo
día.. Todos decimos: "Que se haga Tu Voluntad, en
la Tierra como en el Cielo.....", entonces, ¿qué
está reteniendo a los oficiales de la Iglesia, para
hacer la Voluntad de Dios y declarar su
reconciliación, si, ya los laicos y sacerdotes
alrededor del mundo, están viviendo una unidad?. La
unidad empezó ayer. La vimos. La vivimos. Nos
regocijamos en ella, y la deseamos tanto, como el
Espíritu Santo la desea. Jesucristo nos unió a todos
por Su Sangre, ¿así que, cómo podemos negar esta
unidad?. "Él es la Paz entre nosotros, y ha
convertido a los Gentiles y a los Judíos, en uno, y
ha roto la barrera que solía separarlos,
destruyendo, en su propia persona, la hostilidad
ocasionada por las reglas y decretos de la Ley"
(Efesios 2, 14-15). ¿Cómo le podemos decir "no"
a Dios, si Él quiere que nos unamos?. ¿Podrá
ser porque nuestros corazones se han endurecido?.
¿Hemos olvidado las Palabras del Santo Padre, cuando
dijo: "Los elementos que nos unen son mucho más
grandes que los que nos dividen?". Así que
debemos de tomar esos elementos y usarlos para
suavizar el camino hacia una unidad total.
Las Gracias que recibimos, en
esos días, en Tierra Santa, fueron innumerables. Un
Archimandrita Griego Ortodoxo, del Patriarcado de
Jerusalén, cuando supo que estábamos ahí, nos invitó
a todos, los 450 asistentes, a la Iglesia del Santo
Sepulcro, y otro día, al Monte Tabor, para estar
presentes en las Liturgias, e incluso, para
compartir los dones presantificados, si así lo
deseábamos, y creíamos en la Sagrada Presencia de
Jesús, en la Sagrada Comunión.
Hubo tantos momentos de alegría
al ver a Ortodoxos, Luteranos, Católicos,
Anglicanos, Bautistas, y demás, orando juntos el
Rosario, todos cerca, el uno del otro, y no
separados, porque, supuestamente, esta oración, sólo
es rezada por los Católicos Romanos. Por el
contrario, no hicimos ninguna diferencia. La oración
del Rosario nos unió a todos, y la exposición del
Santísimo Sacramento, para Su Adoración, aún más, ya
que frente a Nuestro Señor, nos arrodillamos y
sentimos, en esta unidad, que éramos, en efecto, los
hijos e hijas del Altísimo, "porque todos
estábamos movidos por el Espíritu" (Romanos 8, 14),
y como niños pertenecientes a una familia, juntos,
lado a lado, éramos uno, y no, uno contra el otro,
ya que el espíritu de diferencia, ya no estaba entre
nosotros. En estos momentos, notamos "que
estábamos viviendo por la Gracia y no por la Ley"
(Romanos 6, 14). Nuestros corazones estaban
unidos y en la Presencia de Cristo, nos sentimos,
verdaderamente, unidos en el espíritu, y en el amor
de Dios. En efecto, en esos momentos, teníamos una
sola mente y un solo corazón, unidos en el Corazón
de Cristo. Más tarde, todos los clérigos dijeron que
cuando regresaran a sus casas, continuarían
promoviendo esta unidad espiritual y darían
testimonio a sus hermanos de lo que ellos vivieron y
de lo que habían visto, para que, también, ellos se
regocijaran en un sólo Señor.
De lo que notamos, durante
nuestra peregrinación de unidad en Tierra Santa, fue
que sentimos que las oraciones fueron más poderosas
que nuestros discursos y diálogos, porque, apenas
abríamos nuestras bocas para orar juntos, cuando
nuestras oraciones ya estaban siendo escuchadas y
respondidas. Así como el Santo Padre invitó a Asís,
en octubre de 1986, a los representantes de todas
las grandes religiones del mundo, para orar por la
paz, uno al lado del otro, así, debemos seguir esta
línea y promover muchos más de estos encuentros de
diálogo interreligioso, en el futuro.
Y, ahora, después de esta
introducción, hablaré de mi primer tema que es la
metanoia.
El Llamado de Dios a una
profunda metanoia, fruto de la humildad que
nos conduce a la reconciliación y a la unidad
Nosotros, la gente de las
Iglesias, debemos darnos cuenta de que estamos
viviendo en un pecado constante, el pecado de
nuestra división. "Todo reino dividido, en sí
mismo, corre a la ruina, y ninguna ciudad o casa
dividida contra sí misma se sostendrá" (Mateo 12,
25). Incluso, si esta división no viniera,
directamente, de nosotros, sino de nuestros
antepasados, aún, la mantenemos viva, mientras
permanezcamos divididos. No podemos decir que Dios
está complacido, cuando los pastores están, todavía,
separados. No podemos dignarnos a hablar de unidad,
sin atravesar por la metanoia, y poner en práctica
los dos más grandes Mandamientos de Dios. Es como si
quisiéramos construir una casa, sin colocar primero
los cimientos. Los cimientos de la unidad deben ser
la humildad, el Amor Divino, y la conversión de
nuestros corazones. Por qué ¿cómo podemos creer que
podremos alcanzar la unidad, si no nos arrepentimos
y vivimos, plenamente, los dos más grandes
Mandamientos, que están basados en la Ley del Amor?.
Las semillas de la unidad serían, constantemente,
sembradas en una tierra árida y estéril, y ninguna
hierba brotará, en esa clase de aridez, la cual
representa la dureza de nuestro corazón. Tenemos que
meditar y preguntarnos a nosotros mismos: "¿estamos,
quizás, buscando la unidad, conforme a nuestra
propia mente, y es por esto, tal vez, por lo que,
aún, estamos separados, o estamos buscándola como el
Espíritu de Dios la quiere, pero no estamos de
acuerdo con ello?".
Es por esto que, con el temor
del Señor en la mente, sabiendo que Dios sabe lo que
somos en realidad, una verdadera metanoia es
el primer y mayor paso que se requiere, para
proveernos de la luz necesaria que nos conducirá, a
todos, a la unidad espiritual. Esta metanoia,
que es necesaria, es un poder colosal, en sí misma,
que nos transfigurará y será fructífera. Así que,
seamos ricos en pobreza, tal y como el sacerdote,
quien cayó de rodillas, llorando y besando los pies
de sus hermanos, pertenecientes a otras Iglesias,
pidiendo perdón. De esta misma manera,
arrepintámonos con humildad.
Tenemos que derribar los
ladrillos dentro de nuestros corazones, ladrillos de
intolerancia, orgullo, falta de perdón, infidelidad,
desunión, falta de amor, y reconstruir la Iglesia de
Cristo, dentro de nuestros corazones,
reconociéndonos, unos a otros, en nuestros
corazones, permitiendo a Dios ser más en nosotros,
para traernos Su Paz. Tiene que haber una
kenosis, dada a Dios, a través de una más
profunda metanoia, para que Dios nos llene,
pródigamente, con Él Mismo, entonces, seremos
"aceptables como una ofrenda, y santificados por el
Espíritu Santo (Romanos 15, 16)". Como sabemos,
Dios está, incesantemente, dándose a Sí Mismo a
nosotros, para mantener nuestra alma viva, pero,
después de nuestra metanoia, Dios se manifestará a
Sí Mismo, en Poder y Gracia, mientras Él Estará
expresando los Deseos de Su Corazón, mostrándonos
cómo usar la llave de la unidad. Una metanoia no
sólo nos conducirá a una conversión del corazón,
sino que se llevará a cabo una total
transfiguración, porque la metanoia es la
puerta que conduce a las almas de la oscuridad a la
luz. Por lo tanto, hasta este día, no podemos decir
que estamos caminando en la luz, ya que todavía,
estamos divididos y fragmentados. Si no hemos
entrado en la luz, ¿cómo vamos a ver la Divina
Voluntad de Dios, para progresar en la unidad, y
para saber de qué manera Él la desea?. ¿Cómo vamos a
conocer nuestro camino y por donde estamos
caminando, si estamos, todavía en la oscuridad?. Si
no nos apresuramos, esa pequeña llama vacilante que
permanece dentro de nosotros, se apagará.
Necesitamos apresurarnos, haciendo a un lado todos
nuestros prejuicios, y sacar óleo de las reservas de
humildad y amor, para reavivar esa llama vacilante,
convirtiéndola en una antorcha viviente. .
Pero, entonces, cada Iglesia
debe estar dispuesta a morir a su ego y a su
rigidez, y luego, a través de este acto de humildad,
la Presencia de Cristo brillará en ellos. Cada
Iglesia tiene que atravesar por un arrepentimiento
incesante, y adherirse a Cristo, uniéndose en Su
Amor a la humanidad. Con este acto de humildad, los
fracasos pasados y presentes de las Iglesias serán
lavados y se logrará la unidad. Una vez que bajemos
nuestra voz, empezaremos a escuchar la Voz de
Cristo. Solamente, cuando inclinemos nuestras
cabezas, permitiremos que la Cabeza de Cristo Sea
vista, y no la nuestra. Únicamente, cuando nos
inclinemos, completamente, Cristo podrá levantarnos
para ver Su Gloria. Está escrito: "Humíllense,
ante el Señor, y Él los levantará" (Juan 4, 10).
Entonces, y sólo entonces, podremos conocer la
Divina Voluntad del Señor, porque Él demostrará Su
Poder, después de habernos nulificado, y Su Sagrada
Presencia fluirá, a través del desierto de nuestra
alma, como un Río, sanándonos. Luego, cuando nuestra
salud sea restaurada, nuestra alma nos prohibirá
volver a caer y absorber el veneno que estamos
absorbiendo, en nuestra patética división. Tendremos
un sólo deseo, y ese será el estar sedientos por el
Líquido Vivificante, que nos da la vida. Es más,
este Líquido puro y limpio, no sólo nos sanará, sino
que nos desbordará con misericordia y amor.
Habiendo, así, dado al Espíritu Santo, un paso
libre, en nosotros, Él, fácilmente, nos invadirá
abundándonos con Su Luz, y dándonos una metamorfosis
total, transfigurándonos en un cielo.
El Señor me permitió, una vez,
escucharle decir estas Palabras: "Si tú permites
a Mi Espíritu Santo invadirte, Él puede transfigurar
tu alma de un desierto, a un jardín, donde Yo tomaré
Mi Descanso. El Espíritu Santo puede transfigurar tu
alma en un palacio, donde Yo seré Rey, y reinaré
sobre ti. El Espíritu Santo puede transfigurar tu
alma en un Cielo, y desde este Cielo, tú Me
glorificarás". Para alcanzar la unidad, debemos
atravesar por una transfiguración, y mientras, no
hayamos logrado compartir Una Copa, alrededor de un
altar, esto demuestra que esta transfiguración no ha
tenido lugar, dentro de nosotros, ya que, todavía,
vivimos fragmentados. Así que, pasemos por una
metanoia, para permitir que esta transfiguración
tenga lugar, por medio del Espíritu Santo. Sin esta
transfiguración, seremos incapaces de penetrar en
las profundidades de Dios, para ver a Dios y
entenderlo. Esta visión de la Deidad,
indudablemente, atraerá nuestros corazones, en uno
sólo. Al experimentar la visión de Dios, nuestra
alma, también, se dará cuenta de cuánto ofendíamos a
Dios, con nuestra división. Esto será como un acto
de purificación o un juicio menor, pero será el
principio de nuestra nueva vida, en el Único Cristo.
En esta transfiguración,
descubriremos que aunque, todavía, estemos entre los
hombres, nuestro pensamiento estará en el Cielo, y
aunque nuestros cuerpos se muevan entre los hombres,
nuestra alma y mente, capturadas en la Divina
Voluntad, llenas de la nobleza de la Luz de Dios,
será como el caminar de un ángel en las Cortes del
Cielo, entre los santos y ángeles, siendo un
espíritu con el Divino. Entonces, la oración del
"Padre Nuestro" será cumplida, porque Su Reino habrá
venido y Su Voluntad se habrá hecho en la Tierra
como en el Cielo. De ahí en adelante, todas nuestras
acciones serán perfectas y llevadas a cabo sin
ninguna falla, ya que serán Divinas y de acuerdo a
la Mente de Dios. Hemos aprendido que nuestra mente
nunca puede ascender al Cielo, por sí misma, sino
que es sólo Dios, Quien nos puede elevar al Cielo
descubriendo, con gran deleite, Sus Misterios. Si
hubiéramos respondido a la súplica de Cristo de que
"Seamos uno", o si hubiéramos respondido, con
obediencia, a Su Llamado, hoy estaríamos
compartiendo Su Copa, alrededor de un sólo Altar, y
estaríamos diciendo: "Ahora, estoy caminando con
Dios y reinando con Él."
La Iglesia necesita ser
consolidada y la unidad es la única esperanza para
consolidar a la Iglesia. En el estado en que se
encuentra ahora, la Iglesia, en su debilidad, está
perdiendo su brillo, al punto de que no puede
ponerse de pie y extraer, por sí misma, el aceite y
la unción sanadora de la Fuente de Vida, que es el
Espíritu Santo. En su temor de perder sus tesoros,
pero, principalmente, su identidad, y yo diría,
especialmente, nuestra Iglesia Ortodoxa, no sólo
pone barreras en sus ventanas, sino que se asegura
de que sus puertas, también, estén bien cerradas,
sin darse cuenta de que su interior se ha enmohecido.
A causa de su temor, impide que la Gracia fluya en
ella, la que puede conducirla, sin temor, hacia la
unidad y la reconciliación. Quien actúa con temor y
se asegura que las ventanas y las puertas estén,
cuidadosamente, cerradas y aseguradas, generalmente,
tiene temor de que sus objetos de valor le sean
robados. Pero, no es sólo la Iglesia Ortodoxa, las
otras Iglesias se comportan, también, de esta forma.
¿Por qué tienen miedo y se aíslan a sí mismas?. ¿Por
qué algunas todavía aseguran sus puertas?. ¿Acaso
Cristo no ha reconciliado a los Gentiles y a los
Judíos, y los puso a adorar juntos, a un sólo Cristo?.
¿Acaso Cristo no ha rasgado el velo que separaba a
Dios y al hombre, reconciliando a la criatura y al
Creador?. ¿Acaso Cristo no ha destruido las puertas
del infierno y liberado a los espíritus?. ¿Qué más
podría haber hecho Cristo, que no haya hecho ya?. ¿Por
qué, entonces, hasta este día, las Iglesias todavía
se encierran, y erigen paredes para mantener viva
esta división?. Si tan sólo hicieran a un lado sus
temores, su rigidez y sus sospechas, hoy, no
estaríamos hablando de unidad, porque ya estaríamos
celebrando la Sagrada Eucaristía, alrededor de un
sólo Altar.
Si las Iglesias son capaces de
ir más allá de los obstáculos negativos que las
separan, obstáculos que, según las Escrituras, van
contra el logro de la unidad de fe, amor y adoración
entre nosotros, Cristo será Fiel a Su Promesa de
conceder un tiempo de paz al mundo entero. Esta paz
atraerá a cada ser, dentro del Cuerpo Místico de
Cristo, cumpliendo Sus Palabras dadas en Su Oración
al Padre, cuando Él dijo: "Que sean uno en
Nosotros, como Tú Estás en Mí y Yo Estoy en Ti, para
que el mundo crea que fuiste Tú Quien Me envió".
(Juan 17, 21). Esta súplica de Cristo, al Padre,
para que nos uniéramos, claramente, implicaba que la
creación entera será vinculada en una unidad
espiritual, y no en una unidad derivada de un
tratado firmado. Pero tal unidad espiritual en la
que la creación entera será vinculada, no puede
llevarse a cabo sin que el Espíritu de Dios
concediendo Su Poder, a la humanidad. Por esto, el
Espíritu Santo debe edificar nuevos apóstoles que
vayan y evangelicen al mundo, atrayendo la fe del
mundo entero, a la fe en Cristo. Considerando
nuestra división remanente, yo diría que la Iglesia
ha mostrado su debilidad, a este respecto.
A pesar de nuestra miseria, el
Espíritu Santo de Gracia no se detendrá debido a
nuestras fallas humanas, ambiciones e incapacidad de
reducirnos y reconciliarnos para obtener la unidad.
En nuestros días, el Amor de Cristo, a la humanidad,
lo induce a inclinarse, desde las alturas, hasta
nosotros, con Su Preciosísima Sangre, para cubrir
estas imperfecciones. El Espíritu Santo conoce
nuestras debilidades y fallas, así que nadie puede
decir que el Espíritu Santo dejó de derramar Sus
Gracias. Él está ahí, emitiendo un gran sonido, para
que al final, aún los sordos que se han encerrado lo
escuchen y, finalmente, abran las puertas de sus
corazones, y aquéllos que estaban muertos, vuelvan a
la vida. Pues de haber dejado de existir, una vez
más, volverán a ser.
Una de las Gracias que el
Espíritu Santo nos está dando, en nuestros tiempos,
es nuevos apóstoles, que son preparados por Dios,
para emitir de sus labios las Palabras de Dios,
siendo eco de ellas. Pero si nuestras mentes y
corazones no pueden ser conmovidos, fácilmente, y
escucharlos, es, quizás, porque nos hemos vuelto
demasiado técnicos y, desafortunadamente, demasiado
racionalistas. En este ambiente técnico, la
Misericordia de Cristo está afectada, así como la
simplicidad de una vida espiritual en Dios. Es por
esto, que es importante, que, especialmente, la
Iglesia Ortodoxa, pero, también las otras Iglesias,
permitan que el Espíritu Santo sople, libremente,
dentro de ellos un Aliento de Resurrección. En esta
resurrección, se levantarán y se darán cuenta de que
evangelizar es una necesidad para reconciliar al
mundo, que está tan alejado de Dios. Evangelizar una
sociedad descristianizada es, también, un medio para
permitir que la gente de todas las razas y credos,
regresen a Dios y empiecen a buscar el Rostro de
Dios. Cada criatura de la Tierra se puede beneficiar
y así, habiéndose rendido a Dios, el Espíritu Santo
hará el resto y extirpará todos los obstáculos que
impiden el camino, hacia una completa unidad
espiritual.
Dios nos está pidiendo un
cambio desde dentro. Habrá alguien que diga: "Pero,
siempre hemos cumplido la Ley de la Iglesia y la
hemos obedecido...". No es suficiente el cumplir la
Ley de la Iglesia y obedecerla. Nuestra rigidez nos
está condenando. Muchas veces hablamos de la Ley,
pero no la llevamos en nuestro corazón. El corazón
de la Ley es el amor, pero muchas veces vivimos la
letra de la Ley, pero descuidamos vivir el corazón
de la Ley. A menudo, descuidamos los asuntos más
importantes de la Ley, que son el amor, la
misericordia y la buena fe.
Debemos estar dispuestos a orar
más, juntos, porque las oraciones son escuchadas y
respondidas, mientras que los diálogos son sólo
palabras habladas y fórmulas. Como lo mencioné
antes, eso no significa, en forma alguna, que
debemos eliminar nuestras conferencias y pláticas.
¿Pero, qué es más importante para nosotros, la letra
o el espíritu?. Si decimos que la letra, entonces,
trabajaremos como administradores en relación a los
asuntos de Dios, y no tendremos justificación, ni
lograremos nada, porque es como si le estuviéramos
diciendo al Espíritu: "Ya no soy un niño y puedo
caminar por mí mismo". De esta manera, la letra
mataría al Espíritu, y nos convertiríamos en
verdaderos administradores, únicamente manejando
papeles, y dejando cada reunión con un corazón
vacío.
Entonces, ¿qué es más
importante, la ley o el Espíritu?. Si decimos que la
ley, desde ese momento estaremos juzgando a nuestro
hermano, sentado junto a nosotros, perteneciente a
otra Iglesia, mientras que él, igualmente, nos
estará juzgando, y podremos escuchar, de cada uno de
nosotros: "Nosotros estamos en la completa
verdad, y nosotros somos quienes estamos en
lo correcto". Y, de nuevo, estaremos fragmentando a
Cristo, y de nuevo, no lograremos nada. Si empezamos
con la doctrina y sus contenidos, ahí, de nuevo,
terminaremos, quizás más separados y fragmentados,
sin alcanzar nunca lo esencial. No quiero decir con
esto que debemos violar la doctrina, ya que la
doctrina es la existencia misma de la Iglesia. Pero,
si por una vez, le permitimos al Espíritu Santo que
nos guíe, en vez de nosotros dirigir al Espíritu,
entonces el Espíritu Santo aligerará la letra y la
ley, y nos mostrará la verdadera doctrina: que
Jesucristo es el único principio activo en nosotros,
a pesar de nuestras diferencias en terminología
doctrinal. Para este acto de caridad, necesitamos
intensa pobreza de espíritu, y un desbordamiento de
generosidad. Así que, dejemos que nuestros diálogos
doctrinales empiecen con el Espíritu Santo. Que Sea
Él, Quien nos conduzca, de nuestra manga, para
mostrarnos dentro de nuestro corazón, que la esencia
de la doctrina debe de estar basada en el amor, en
el sacrificio, en la redención, y en el actuar sin
pasión alguna.
Nuestro pecado de división
Si nos hemos dividido y
separado, es a causa de nuestra intolerancia, y
nuestro espíritu de orgullo. Hemos alejado la señal
distintiva de la fe, la cual es el Amor Divino, tal
como Cristo dijo acerca de la virtud del amor:
"Por esto, todos los hombres sabrán que son Mis
Discípulos, si se aman los unos a los otros".
Sin embargo, el Amor de Cristo lo impulsa a mostrar
Misericordia Ilimitada en nuestra división, esta
división que trajo a nosotros esta aridez y dureza
de corazón, devastando la Iglesia y trayendo una
apostasía general en el mundo Cristiano. El mundo,
ahora, apóstata como es, no tiene lugar para Dios,
ya que está ocupado en una especie de
autorrealización. El mundo, hoy, se rehúsa a dar
Gloria a Dios, y estamos viviendo en un tiempo, en
el que cada bien, se convierte en un mal. Los
Cristianos están, incesantemente, siendo
descristianizados, a causa de nuestra división, ya
sea eso, o están, constantemente, cayendo en el
error. Miren a su alrededor: una sección de la
Iglesia ha sido cegada por su mente racionalista.
Mientras busquen auxilio en su propio espíritu,
continuarán caminando en la oscuridad. Continuarán
proclamando sus leyes, en vez de la Ley de Dios.
Tratarán de cambiar la Tradición de la Iglesia, a
sus superficialidades humanas y analogías, sin la
Verdad que está en Cristo. Debemos orar por aquellos
Cristianos que, fácilmente, desafian la Divinidad de
Cristo, saqueando la Iglesia, no sólo de sus íconos,
estatuas y valores, sino, también, de la Presencia
Real de Cristo en la Eucaristía. Si proclaman a
Cristo como Rey, y lleno de Gloria, si afirman Su
Poder, proclaman Su Temeroso Poder, cantando
alabanzas a Él, reconociendo Su Omnipotencia y Sus
Grandes Maravillas, les debemos preguntar, ¿por qué
Cristo se convirtió para ellos, en una piedra, en
cuanto a la Magnificencia de Su Divinidad, en Su
Presencia en la Eucaristía?. A menos que vean Su
Divinidad, con ojos espirituales, continuarán siendo
como hombres aletargados, que nunca entienden lo que
se les dice.
El Señor me permitió escucharle
decir estas Palabras: "Yo Soy el Sacerdote
Supremo de toda Mi Casa, esta Casa que el hombre,
cruelmente, ha dividido por su falta de amor. ¿Tengo
que continuar viendo Mi Casa dividida y en tal
rebelión, y no intervenir?. A Mi Eucaristía se le
está dando menos y menos importancia. Que cada raza
sepa que Mi Carne y Mi Sangre vienen de Mi Madre. Mi
Cuerpo viene de la Santísima Virgen, de sangre
pura...."
El fingir y hablar por hablar,
sin sentir, jamás engañó a Cristo, pero siempre que
adoptamos un amor mutuo que conduce a la paz y al
entendimiento, Su Espíritu se regocija. ¿Cómo
podemos, hoy, esperar que Su Espíritu se regocije
cuando las fechas de la Pascua no están unidas, y
todavía, no están, oficialmente, unidas, a menos que
suceda por coincidencia, como este año?. ¿Cómo puede
Su Espíritu regocijarse, cuando los miembros de Su
Cuerpo Místico están, todavía, esparcidos como los
huesos secos de la visión de Ezequiel?. Estamos
audazmente rebelándonos contra Dios y contra todos
los Poderes Celestiales. Estamos, intrépidamente,
transgrediendo Su Ley de Amor, en frente de Su
Trono. Las Escrituras dicen: "Quien sabe lo que
es correcto y no lo hace, comete pecado" (Santiago
4, 17). Las Escrituras no mienten y no pueden
ser rechazadas.
Más aún, ¿cómo esperamos que la
Iglesia tenga credibilidad a los ojos del mundo, si
ésta predica paz, amor, unidad, hermandad y
reconciliación a los países que están masacrando a
su gente, ¿cuando, nosotros, al mismo tiempo,
en nuestro propio centro, estamos masacrando
el Cuerpo de Cristo al arrojarnos, frecuentemente,
flechas venenosas, los unos a los otros?. Nosotros,
la casa real de Cristo, hemos cambiado nuestra
gloria por vergüenza. Dios nos está llamando a
todos, invitándonos a ser uno, para que el mundo
pueda creer (Juan 17, 21). Así que, solamente
cuando la Iglesia sea sanada al unirse y recobre su
fuerza, podrá reconciliar el mundo con Dios. Al
mismo tiempo, una vez consolidada, podrá derribar
todos los poderes oscuros que han ensombrecido al
mundo, y el dominio del maligno, que nos mantiene
dispersos.
El Papel del Espíritu Santo
al conducirnos hacia una unidad espiritual
Es únicamente, el Espíritu
Santo de Gracia, Quien puede hacer progresar a la
Iglesia, rápidamente, hacia la unidad, haciéndonos
vencer nuestros temores de ir hacia delante. El
Espíritu Santo está ahí, para quemar las raíces de
todo lo que nos mantiene divididos, y nos retrasa
para unirnos. El maligno, por supuesto, está
consciente de esto, y continúa provocando
levantamientos ahí, donde, normalmente, no debiera
de haberlos, obstruyendo, penosamente, la obra de la
Iglesia y retrasando la unidad. Es por esto que
pienso que es muy importante someternos al Espíritu
Santo, y prestar más atención a los carismas que Él
Le da a la Iglesia. Debemos dejar de extinguir el
Fuego del Espíritu Santo que puede iluminar el
interior de la Iglesia. Por lo tanto, es importante
que nos dejemos dirigir por la Gracia y no por el
temor. Dejemos que el Espíritu Santo sea como una
Parusía dentro de la Iglesia.
El Cuerpo de Cristo, la
Iglesia, como sabemos, siempre aumenta a través del
Espíritu Santo, y seguirá creciendo, hasta el último
día, porque Cristo es la Roca, el Constructor de la
Iglesia, y el Pastor de Su Pueblo. Cristo es el
Supremo Sacerdote de toda Su Casa, esta Casa que los
hombres, cruelmente, dividieron por su falta de
amor. La belleza, la gloria y el fruto que una vez
dio, en el principio de su existencia, ha caído
ahora como fruta podrida. Si esto está mal, ¿dónde
está esa Iglesia Apostólica, ansiosa de dar
testimonio del Cristo, colocándose en el altar de
los mártires, humillándose en la arena de la
vergüenza y del dolor, antes que negar al Cristo?.
¿Dónde está ese fervor de fe de los discípulos,
ardiendo en deseos de una evangelización global?. Oh
Cristo, ¿cuánto más debe Tu Precioso Cuerpo Ser
Taladrado, Lanceado y Fragmentado, antes de que nos
demos cuenta de que hemos dividido Tu Cuerpo, como
instrumentos del "divisor" mismo?. Lo hemos hecho,
involuntaria, e inconscientemente. Ayúdanos a
encontrar y preservar ese resto tan sagrado, llamado
Tu Iglesia. Ayúdanos a reunirla, nuevamente. Una
unidad de la Iglesia determinada a traer Tu Segunda
Venida, como una Revelación, global.
Aunque sabemos que hay un
abismo ontológico entre el Espíritu Santo y
nosotros, éste puede ser removido por el Espíritu
Santo y Él puede alcanzarnos y mostrarnos, que el
verdadero Cristiano es el que es, interiormente, un
Cristiano, y la verdadera unidad espiritual es y
estará, en el corazón. La Unidad no será de la
letra, sino del Espíritu.
De hecho, sin importar cuanto
esperamos de la Iglesia, sin importar la manera en
que vemos sus fallas, pero también, sus triunfos,
sin importar la Cruz de unidad que colocamos en sus
hombros, al final, sabemos, por experiencia, que
esta Cruz será llevada por los puros de corazón. Si
vamos a decidirnos ahora, por la unidad, entonces,
debemos abrir nuestros corazones y recibir a
aquellas almas que tienen dones del Espíritu Santo.
Cuando, finalmente, confiemos en los pobres de
espíritu, que están dispuestos a cargar la Cruz de
la unidad sobre sus hombros, entonces, tendremos un
campo, totalmente, abierto, en el cual podemos
empezar a sembrar las semillas de una verdadera
unidad Cristiana, que convertirá al mundo y lo
llenará de fragancia. Las Iglesias deben permitir al
Espíritu Santo, Quien es la Fuente Interior de la
unidad Cristiana, el renovarlas y perfumarlas,
primero. Después, ellos, a su vez, perfumarán nación
tras nación, atrayéndolos a ser uno, en la Verdad,
perfumando así el Cuerpo Místico de Cristo. Así que
las Iglesias, especialmente nuestra Iglesia Ortodoxa,
debe tener cuidado de no extinguir el Espíritu, y
perseguir la variedad de Dones que Él distribuye,
para el bienestar de la Iglesia, sino permitir que
Su Llama purifique y vivifique el interior de la
Iglesia, para avanzarla a una unidad espiritual.
El Espíritu Santo llama a Su
Esposa a la unidad, también, y dice:
"Ora, para que Yo, la
Absoluta Plenitud de Dios, la Expresión de tu
espíritu, la Luz en tus ojos, descienda en tu medio,
para mostrar al mundo cuán equivocado estaba, para
mostrar a las Iglesias la iniquidad de su división,
y cómo, aunque ellos dicen, diariamente, que hay Un
Solo Dios, una fe, un Bautizmo y un Dios, Quien Es
el Padre de todos, por encima de todo, a través de
todo y dentro de todo, no tienen caridad los unos
con los otros. No podemos decir: "Ustedes han hecho
todo para preservar la unidad que Yo les ofrecí, en
el principio, cuando todavía eran niños en Mis
Brazos". Hoy, ustedes dicen: "Ya no soy un niño y
puedo caminar por mi mismo". Y desde entonces, se
bajaron de Mis Brazos y acostumbraron sus pasos, a
ir por su propio camino.... ¡Oh, hijo del Padre!. ¡Fruto
del Hijo!. ¡Mi Ciudad y Mi Esposa!. Tu fragancia te
dejó.... ¡Habrá algún sobreviviente en ti, cuando Yo
descienda con Fuerza Completa?". (9.11.94 La
Verdadera Vida en Dios).
Pienso que ya es tiempo de que
dejemos de crear nuevos Gethsemaníes, para Nuestro
Señor. En vez de esto, coloquemos guirnaldas de amor,
en Su Cabeza. Concluiré diciendo que, la unidad
vendrá, solamente, cuando todos nosotros,
verdaderamente, empecemos a amar a Jesucristo. |