Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de
2005
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Clausura
de la Semana de oración por la unidad de los cristianos
- 2004
Nosotros no podemos restaurar la unidad solamente con nuestras
fuerzas. Por eso, Jesús nos dejó su paz
Homilía del cardenal Card. Walter Kasper en la clausura de la
Semana de oración por la unidad de los cristianos de 2004
Basílica San Pablo Extramuros, 25/01/2004
Queridos hermanos y hermanas:
1. "Mi paz os dejo". En estas palabras del evangelio de
san Juan se ha inspirado la Semana de oración por la unidad de
los cristianos de este año. Por eso, a todos vosotros, aquí
presentes, os dirijo el antiguo saludo bíblico y litúrgico:
«Shalom! Pax vobiscum!» ¡La paz esté con vosotros!
Con alegría saludo a las comunidades cristianas de Roma y, sobre
todo, a los hermanos y hermanas de las comunidades no católicas,
unidos a nosotros en la fe en el Señor Jesucristo. Este año un
vínculo especial nos une a los cristianos de Oriente Medio y de
modo particular a los de Siria, donde, en Alepo, se preparó el
texto para la Semana de oración. Pedimos con fervor que la paz
vuelva a esa región del mundo tan atormentada, una región que en
los primeros siglos fue cuna de una rica cultura cristiana, una
región en la que hoy, los cristianos son una minoría, sin
embargo, dan un buen ejemplo de convivencia y colaboración
ecuménica. A estos hermanos y hermanas va nuestra gratitud y
nuestra oración: "¡La paz esté con vosotros!".
2. Desde siempre los hombres anhelan la paz con esperanza, con
nostalgia. Desde siempre, los hombres son contrarios a la
violencia, a la guerra, y siguen creyendo que, al final, será la
paz la que dirá la última palabra. Dios escucha este clamor de
los hombres sedientos de paz, pues es el Dios de los hombres; es
un Dios que responde a nuestras súplicas. "Paz" es uno de sus
nombres (cf. 1 Co 14, 33). «Shalom», la paz, es una antigua
promesa, una promesa que encontramos tanto en el Antiguo
Testamento como en el Nuevo.
Paz no significa simplemente silencio de las armas. La paz es el
ordenamiento que Dios quiere para todas las cosas, un mundo en
el que los hombres vivan juntos sin violencia, en libertad y con
felicidad. La paz es la paz en el cosmos, es la paz entre las
naciones, es la paz dentro de un pueblo, es la paz en lo íntimo
del corazón. La Biblia concluye con la visión de un mundo donde
Dios enjugará de los ojos toda lágrima, donde ya no habrá muerte
ni luto ni gritos ni fatigas (cf. Ap 21, 4).
El Nuevo Testamento nos anuncia que esta esperanza de paz se
realizó en Jesucristo, "pues él es nuestra paz" (Ef 2, 14). En
la cruz Cristo fundó la paz y destruyó el odio, la violencia y
la enemistad. En su cuerpo sufrió la violencia, pero no
respondió con violencia, sino que incluso oró por sus
perseguidores. Pidió a sus discípulos que fueran, como él,
constructores de paz (cf. Mt 5, 9).
Nosotros no podemos restaurar la unidad solamente con nuestras
fuerzas. Por eso, Jesús nos dejó su paz. Infundió en nuestro
corazón su Espíritu: no el espíritu de este mundo, sino el
espíritu de paz, de justicia, de reconciliación, de mansedumbre
y de caridad, el espíritu que transforma nuestro egoísmo y nos
transforma a nosotros mismos, haciéndonos hombres nuevos,
hombres en cuyo corazón reina gozosa la paz de Cristo (cf. Col
3, 15). Los cristianos, hombres a los que ha sido concedida la
paz, debemos ser embajadores, testigos, pioneros de la paz en
este mundo.
3. Queridos hermanos y hermanas, ante la urgencia de este
mensaje de paz, nuestro corazón se llena de dolor y de
vergüenza, pues la imagen que ofrece nuestro mundo, e incluso
nuestras Iglesias, es muy diversa. Nuestras Iglesias están
separadas. A lo largo de la historia, su testimonio, en vez de
ser común y en favor de la paz, ha sido antagonista.
Siempre que los católicos, durante la celebración eucarística,
decimos antes de la comunión: "Mi paz os doy" , añadimos
con sinceridad: "No tengas en cuenta nuestros pecados" .
Eso significa también: no tengas en cuenta el pecado de la
división, el escándalo de la separación. Y todos tenemos motivos
para pedir: "Concédenos la paz y la unidad".
Esta oración, central en la celebración eucarística, ha ido
incrementándose en mi corazón desde hace muchos años. Para mí es
la oración por la unidad de los cristianos. Día tras día, sobre
todo domingo tras domingo, la pronuncian innumerables cristianos
en todo el mundo. Por eso, no puede quedar infructuosa, no puede
quedar sin ser escuchada. Al pronunciarla, nos unimos a la
invocación que Cristo mismo dirigió al Padre en la víspera de su
muerte: "Que todos sean uno" (Jn 17, 21). Jesús pronuncia
esta oración ante nosotros, con nosotros y por nosotros.
4. Así pues, unidos en la oración con Cristo, podemos acoger las
consoladoras palabras del Evangelio: "No se turbe vuestro
corazón" (Jn 14, 1). Palabras importantes, sobre todo en los
momentos en que sentimos la tentación de caer en el desaliento
ante las dificultades que encontramos en el compromiso
ecuménico.
Podemos reconocer que en los últimos decenios, gracias a Dios,
hemos logrado grandes progresos. Ya no utilizamos expresiones de
odio, de desprecio, de burla recíproca. Se ha desarrollado un
nuevo espíritu de fraternidad. Vivimos, trabajamos y oramos
juntos. Hemos llegado a ser amigos.
Pero, si contemplamos el mundo con objetividad, no podemos
fingir que todo va muy bien. A veces percibimos síntomas de
agotamiento ecuménico, signos de un nuevo confesionalismo,
intentos de minar el camino que lleva a la unidad. Después de
colmar las brechas que nos separaban en otro tiempo, ahora
constatamos que se abren otras nuevas en el campo ético.
Ciertamente, desde un punto de vista meramente humano, hay
razones para preocuparse y desanimarse. Pero no hemos de olvidar
que somos cristianos: "Porque no nos dio el Señor a nosotros un
espíritu de timidez, sino de fortaleza, de caridad y de
templanza" (2 Tm 1, 7). Los cristianos son hombres de esperanza.
Esta esperanza no tiene nada que ver con un ingenuo optimismo;
es don de Dios, conservado con paciencia (cf. Rm 5, 4), un don
que nos permite esperar contra toda esperanza (cf. Rm 4, 18) y
saber que Dios es más grande. El concilio Vaticano II puso de
relieve que el movimiento ecuménico nace del impulso del
Espíritu de Dios. Cuando el Espíritu de Dios inicia algo,
siempre lo lleva a cabo. Por eso, no hay motivo para
desalentarse: "No se turbe vuestro corazón" (Jn 14, 1).
5. La fiesta del apóstol san Pablo, que celebramos hoy como
conclusión de la Semana de oración, nos indica qué dirección
hemos de seguir. Nos muestra el camino de la conversión. Jesús
mismo comenzó su predicación con una invitación a la conversión:
"Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1, 15). Eso mismo vale
para el ecumenismo, si queremos dar pasos adelante. El decreto
del concilio Vaticano II sobre el ecumenismo expresa claramente
que no puede existir ecumenismo sin conversión, sin purificación
de la memoria y del corazón, sin un cambio de nuestra manera de
pensar, de nuestra manera de hablar y de nuestra manera de
comportarnos (cf. Unitatis redintegratio, 4 y 7; Ut unum sint,
15 s; 21, etc.). No puede haber ecumenismo sin apertura a la
reforma y a la renovación. También la Iglesia santa, como dice
el concilio Vaticano II, "siempre está necesitada de
purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación"
(Lumen gentium, 8).
Solemos hablar de la conversión de los demás. Pero la conversión
debe comenzar por nosotros mismos. No debemos mirar la paja en
el ojo del hermano, sin darnos cuenta de que tenemos una viga en
nuestro ojo (cf. Mt 7, 3). El ecumenismo nos estimula a hacer
autocrítica. Como dijo el Santo Padre, desempeña también "la
función de un examen de conciencia" (Ut unum sint, 34) y debe
ser una exhortación a pedir perdón. No sólo deben convertirse
los demás; todos debemos convertirnos a Cristo. En la medida en
que estemos unidos a él, estaremos también unidos entre
nosotros.
El diálogo es el método mismo del ecumenismo
Quisiera añadir un segundo punto, que atañe al diálogo. El
diálogo es el método mismo del ecumenismo. No es un simple
intercambio de pensamientos y argumentaciones; se trata de un
intercambio de dones (cf. ib., 28). No debemos fijarnos en lo
que falta al otro, sino prestar atención a sus puntos de fuerza,
a su riqueza. Podemos aprender los unos de los otros,
enriquecernos mutuamente. Debemos ser una bendición los unos
para los otros. Por consiguiente, es falso pensar que el
ecumenismo es un proceso de empobrecimiento, donde el encuentro
con el otro se realiza en torno a un mínimo común denominador.
Al contrario, el ecumenismo no hace perder nada: es un proceso
de crecimiento y enriquecimiento. A través del diálogo, el
Espíritu Santo quiere guiarnos a la verdad completa (cf. Jn 16,
13). Por eso, es preciso tener humildad y capacidad de reconocer
que también nosotros necesitamos de los demás. La actitud
principal de los cristianos no ha de ser la arrogancia o la
obstinación, sino la humildad. Y, ¿por qué esto no debería valer
también para el ecumenismo?
Quisiera recordar, por último, la importancia de la
espiritualidad de comunión. La invitación del Apóstol es clara:
"Os exhorto (...) a que viváis de una manera digna de la
vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad,
mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor,
poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el
vínculo de la paz" (Ef 4, 1-3). Sin esta espiritualidad de
comunión, la comunión institucional resultaría un cuerpo sin
alma. Como dijo muy bien el Santo Padre, la espiritualidad de
comunión significa dejar espacio a los demás, compartir con
ellos sus deseos, sus preocupaciones, sus sufrimientos (cf. Novo
millennio ineunte, 43). Por eso, no debemos fijarnos en las
debilidades de los demás; debemos ser solidarios con ellos, para
ayudarles a superar sus dificultades. Esto nos une. Esto funda
la paz.
Invoquemos ahora al Espíritu de paz; pidámosle que nos haga
instrumentos suyos. La paz del Señor, capaz de superar todas las
tensiones, colme vuestro corazón. El Señor sea misericordioso y
nos conceda su paz. Amén.
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