Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de
2005
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Jesucristo, portador de agua viva. Una reflexión cristiana sobre
la "nueva era"
Intevención del cardenal Paul Poupard en la presentación del
documento
Consejo Pontificio de la Cultura
Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso
De la Nueva Era ya se ha hablado mucho y se seguirá
hablando. Por mi parte, yo pedí a un especialista, Jean Vernette,
que dedicara una voz a los movimientos de la Nueva Era
en la tercera edición de mi Gran Diccionario de las
Religiones, el cual los describe de la siguiente manera:
"Los movimientos de la Nueva Era, como un gran río que
fluye con muchos arroyos, representan una forma típica de
sensibilidad religiosa contemporánea, como una nueva
religiosidad que asume muchos caracteres de la gnosis eterna" (Piemme
2000, pp. 1497-1498). Además, a la Nueva Era se han
dedicado recientemente dos números especiales de la revista
trimestral de cultura religiosa Religiones y sectas en el
mundo (1996, 1-2). En mi editorial presenté así este
fenómeno: "El fenómeno de la Nueva Era, juntamente con
otros nuevos movimientos religiosos, es uno de los desafíos más
urgentes de la fe cristiana. Se trata de un desafío religioso
y, al mismo tiempo, cultural: la Nueva Era
propone teorías y doctrinas sobre Dios, sobre el hombre y sobre
el mundo incompatibles con la fe cristiana. Además, la Nueva
Era es síntoma de una cultura en profunda crisis y, a
la vez, una respuesta equivocada a esta situación de
crisis cultural: a sus inquietudes e interrogantes, a sus
aspiraciones y esperanzas" (Religiones y sectas en el mundo,
6, 1996, p. 7).
Hoy, juntamente con mons. Fitzgerald, tengo el honor de
presentar un documento relativo a este fenómeno, elaborado por
don Peter Fleetwood, entonces oficial del Consejo pontificio
para la cultura, y por la doctora Teresa Osório Gonçalves del
Consejo pontificio para el diálogo interreligioso; por tanto,
fruto de una auténtica y larga colaboración interdicasterial,
precisamente para ayudar a responder "con dulzura y respeto",
como recomendaba el apóstol san Pedro (cf. 1 P 3, 15), a
este desafío religioso y, al mismo tiempo, cultural.
En la actualidad, la cultura occidental, seguida por muchas
otras culturas, ha pasado de un sentido casi instintivo de la
presencia de Dios a lo que a menudo se llama una visión más
"científica" de la realidad. Todo debe ser explicado según
nuestras experiencias diarias. Cualquier cosa que lleve a pensar
en los milagros resulta inmediatamente motivo de sospecha. Así,
todos los gestos y los objetos simbólicos, conocidos como
sacramentales, que antes formaban parte de la praxis religiosa
diaria de todo católico, son hoy, en el panorama religioso,
mucho menos evidentes que antes.
Las razones de ese cambio son muchas y diversas, pero entran
todas en el ámbito del cambio cultural general de formas
tradicionales de religión a expresiones más personales e
individuales de lo que ahora se llama "espiritualidad". Al
parecer, son tres los motivos que han dado origen a ese cambio.
El primero es la sensación de que las religiones tradicionales o
institucionales no pueden dar lo que antes se creía que podían
dar. Algunas personas, en su visión del mundo, no logran
encontrar espacio para creer en un Dios trascendente personal; y
a muchos la experiencia los ha llevado a preguntarse si este
Dios tiene poder para realizar cambios en el mundo o incluso si
existe.
Las tristes experiencias que han afectado al mundo entero han
vuelto muy escépticas a algunas personas con respecto a la
religión: pienso en acontecimientos terribles como el
Holocausto y las consecuencias de la bomba atómica lanzada sobre
Hiroshima y Nagasaki al final de la segunda guerra mundial. Lo
percibí personalmente durante una reciente visita que realicé a
Nagasaki, cuando tuve el privilegio de orar, pero me sentí
totalmente incapaz de encontrar palabras, ante el monumento a la
memoria de aquellas personas cuya vida quedó truncada o
gravemente afectada para siempre en aquel agosto de 1945. Hoy,
la amenaza de una guerra en Oriente Medio me recuerda lo que me
decía mi padre, enfermero durante la segunda guerra mundial. Lo
que me contaba sobre los horrores de la guerra me ayuda a
comprender más fácilmente las dudas de la gente con respecto a
Dios y a la religión. El desconcierto de tantas personas ante el
sufrimiento de los inocentes, explotado también por ciertos
movimientos, explica en parte la fuga de algunos creyentes hacia
ellos.
Hay otra razón para explicar cierta inquietud y cierto rechazo
con respecto a la Iglesia tradicional. No olvidemos que en la
antigua Europa las religiones paganas precristianas eran muy
fuertes y a menudo se producían lamentables conflictos
vinculados al cambio político, pero inevitablemente calificados
como opresión cristiana de las antiguas religiones. Uno de los
pasos más significativos en lo que se podría llamar el ámbito
"espiritual" en el siglo pasado, más o menos, fue una vuelta a
las formas precristianas de religión. Las religiones paganas
contribuyeron en gran medida a sostener algunas de las
ideologías racistas más violentas de Europa, consolidando así la
convicción de que ciertas naciones desempeñan un papel histórico
de alcance mundial hasta el punto de que tienen derecho a
someter a otros pueblos, y eso ha implicado, casi
inevitablemente, un odio hacia la religión cristiana, a la que
se ve como una novata en la escena religiosa. La compleja serie
de fenómenos conocidos con el término de religiones "neopaganas"
pone de manifiesto la necesidad, que sienten muchos, de inventar
modos nuevos para "contraatacar" al cristianismo y volver a una
forma más auténtica de religión, vinculada más íntimamente a la
naturaleza y a la tierra. Por eso, se debe reconocer que en la
religión neopagana no hay sitio para el cristianismo. Guste o
no, se produce una lucha para conquistar la mente y el corazón
de la gente en la relación entre el cristianismo, las antiguas
religiones precristianas y sus "primas" de origen más reciente.
El tercer motivo de un desengaño generalizado con respecto a la
religión institucional deriva de una creciente obsesión en la
cultura occidental por las religiones orientales y los caminos
de sabiduría. Cuando ha resultado más fácil viajar fuera del
propio continente, muchos europeos aventureros han comenzado a
explorar lugares que antes sólo conocían repasando las páginas
de textos antiguos.
La atracción de lo exótico los ha puesto en contacto más
estrecho con las religiones y las prácticas esotéricas de varias
culturas orientales, desde el antiguo Egipto hasta la India y
Tibet. La creciente convicción de que existe cierta verdad de
fondo, un núcleo de verdad en el centro de toda experiencia
religiosa, ha llevado a la idea de que se pueden y deben captar
los elementos característicos de las diversas religiones para
llegar a una forma universal de religión. Una vez más, en ese
ámbito hay poco espacio para las religiones institucionales, en
particular, el judaísmo y el cristianismo. Vale la pena que lo
recordéis la próxima vez que tengáis ocasión de observar un
anuncio publicitario relativo al budismo tibetano o a algún tipo
de encuentro con un chamán; eso se puede ver a menudo en
cualquier capital europea.
Lo que me preocupa es el hecho de que mucha gente, implicada en
esos tipos de espiritualidad oriental o "indígena", en realidad
no es capaz de ser plenamente consciente de lo que se oculta
bajo la invitación inicial a participar en esos encuentros.
Además, conviene notar el hecho de que, desde hace mucho tiempo,
en algunos círculos masónicos que tienden a una religión
universal, existe gran interés por las religiones esotéricas. El
Iluminismo promovía la idea de que era inaceptable que hubiera
tantos conflictos y se hicieran tantas guerras en nombre de la
religión. En esto no puedo por menos de estar de acuerdo. Pero
sería incorrecto no reconocer una actitud antirreligiosa
generalizada que se desarrolló partiendo de la preocupación
original de garantizar el bienestar de la humanidad. También en
ese caso, con frecuencia, se califica como conflicto religioso
lo que, en realidad, no es más que un conflicto de índole
política, económica o social.
El espíritu de esta nueva religión universal se explica más
claramente de una manera muy popular en el musical Hair
del año 1960, cuando al público de todo el mundo se le dijo que
"esta era el alba de la Era del Acuario", una era basada en la
armonía, la comprensión y el amor. En términos astrológicos, la
Era de Piscis ha sido identificada con el tiempo del
cristianismo, pero esta era, según dicen, debería acabar pronto
para dar paso a la Era del Acuario, cuando el cristianismo
perderá su influjo, dejando el sitio a una religión universal
más humana. Gran parte de la moral tradicional no tendría ya
lugar en la nueva Era del Acuario. Sería totalmente transformado
el modo de pensar de la gente y ya no existirían las antiguas
divisiones entre hombres y mujeres. Los seres humanos deberían
ser sistemáticamente llamados a asumir una forma de vida
andrógina, en la que ambos hemisferios del cerebro se usen
oportunamente en armonía y no desconectados como ahora.
Cuando vemos y escuchamos la expresión Nueva Era, es
importante recordar que originariamente se refería a la nueva
Era del Acuario. El documento que se presenta hoy es una
respuesta a la necesidad que experimentan los obispos y los
fieles en varias partes del mundo. Han pedido muchas veces ayuda
para comprender la Nueva Era, puesto que se han dado
cuenta del número de personas implicadas en ese movimiento de
diversos modos y en diferentes niveles. También han solicitado
una guía para responder mejor a este fenómeno ya presente por
doquier. El título mismo del documento aclara, desde el
principio, que el Acuario nunca podrá ofrecer lo que Cristo
puede ofrecer. El encuentro entre Jesús y la samaritana, junto
al pozo de Sicar, que narra el evangelio de san Juan, es el
texto clave que ha guiado la reflexión durante la preparación de
la relación provisional sobre la Nueva Era, que se
presenta hoy. Como se puede ver, el documento no está destinado
a ser una declaración definitiva sobre el tema. Se trata de una
reflexión pastoral encaminada a ayudar a los obispos, a los
catequistas y a los que están comprometidos en los diversos
programas de formación de la Iglesia, para descubrir los
orígenes de la Nueva Era, para ver de qué forma logra
influir en la vida de los cristianos, y para elaborar medios y
métodos adecuados a fin de responder a los numerosos y diversos
desafíos que la Nueva Era plantea a la comunidad
cristiana en aquellas partes del mundo donde se encuentra
presente. Puede ser también un desafío para los cristianos
tentados por lo que la Nueva Era dice a propósito de
Jesucristo, para reconocer las numerosas diferencias entre el
Cristo cósmico y el Cristo histórico. En definitiva, este
documento es un nuevo fruto de la atención que la Iglesia presta
al mundo. Nace del deber que tiene la Iglesia de permanecer fiel
a la buena nueva de la vida, muerte y resurrección de Jesús, que
ofrece de verdad el agua de la vida a todos los que a él
se acercan con la mente y el corazón abiertos.
Podréis comprender mejor la naturaleza y el alcance del
documento si os explico de qué modo se ha escrito. Existe una
comisión interdicasterial de estudio que se ocupa de sectas y
nuevos movimientos religiosos. Forman parte de esa comisión los
secretarios de los Consejos pontificios para la cultura, para el
diálogo interreligioso y para la promoción de la unidad de los
cristianos, así como de la Congregación para la evangelización
de los pueblos. Para preparar este documento, los oficiales de
estos cuatro dicasterios vaticanos que trabajaban en el texto
contaron con la ayuda de un oficial de la Congregación para la
doctrina de la fe. Así, es evidente que la Santa Sede lo ha
considerado un proyecto importante que convenía realizar bien y
con esmero. Ha sido necesario un largo período de tiempo antes
de que este documento viera la luz. Sin embargo, espero que
suscite reflexiones entre los obispos, en las comunidades
católicas y cristianas de todo tipo. Si es sustituido por un
texto mejor y de índole más definitiva, querrá decir que ha
conseguido su finalidad, estimulando a los que están
comprometidos en la pastoral y a los que trabajan con ellos para
reflexionar en el tema de manera teológica.
El documento quiere impulsar a los lectores a hacer todo lo
posible para comprender correctamente el fenómeno de la Nueva
Era. Eso exige una actitud abierta, de la que os hablará a
continuación, con mucho detalle, monseñor Fitzgerald. Pero
quisiera decir que ante este documento algunos cristianos
podrían quejarse de que en él se critican algunas formas
actuales de espiritualidad, en las que están comprometidos. Ya
es problemático el hecho mismo de usar el término Nueva Era
para definir el fenómeno. Por eso, algunos prefieren recurrir al
término Próxima Era, pero, sinceramente hablando, a mi
parecer, se trata sólo de un desplazamiento del problema,
ocultándolo bajo una terminología nebulosa. El hecho de que el
término incluya muchas cosas indica también que no todos los que
adquieren productos de la Nueva Era o afirman que les
sienta bien la terapia Nueva Era han abrazado la
ideología de la Nueva Era. Por consiguiente, es necesario
un cierto discernimiento, tanto por lo que atañe a los productos
con etiqueta Nueva Era, como por lo que atañe a los que,
en mayor o menor medida, podrían considerarse "clientes" de la
Nueva Era. No es lo mismo ser clientes, devotos o
discípulos. La honradez y la integridad nos exigen ser muy
prudentes y no meterlo todo en el mismo saco, etiquetando con
mucha facilidad.
Para concluir, quisiera decir simplemente que la Nueva Era
se presenta como una falsa utopía para responder a la sed
profunda de felicidad del corazón humano, sometido al dramatismo
de la existencia e insatisfecho ante la infelicidad profunda de
la felicidad moderna. La Nueva Era se presenta como una
respuesta engañosa a la esperanza más antigua del hombre, la
esperanza de una Nueva Era de paz, armonía,
reconciliación consigo mismo, con los demás y con la naturaleza.
Esta esperanza religiosa, tan antigua como la humanidad misma,
es una llamada que brota del corazón de los hombres
especialmente en tiempos de crisis. El pequeño documento que se
presenta ahora ayudará a conocer mejor el tema, a discernir entre
las propuestas y a suscitar en la comunidad cristiana un
renovado compromiso de anunciar a Jesucristo, portador del agua
viva.
Seguiré con atención el debate que se entablará ante nuestro
documento, a la vez que doy vivamente las gracias a todo el
equipo de expertos, en especial a don Peter Fleetwood y a la
doctora Teresa Osório Gonçalves, que han trabajado con ahínco y
esmero para poderlo redactar.
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