Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de
2005
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Papado y ecumenismo
P. Fernando Pascual. Catholic.net
El ministerio del Papa es tan importante porque sirve y promueve
la comunión y la unidad en la fe entre todos los cristianos
Buscar y promover la unidad de la Iglesia, buscar y promover la
unidad de los cristianos: esta es una de las misiones más
importantes del Obispo de Roma, este es uno de los retos que
tiene por delante el nuevo Papa, Benedicto XVI.
Lo ha reconocido en su primera homilía, pronunciada ante los
cardenales el miércoles 20 de abril de 2005, en la misma Capilla
Sixtina donde fue elegido Sucesor de Pedro. Especialmente
subrayamos estas reflexiones del Papa:
“Alimentados y apoyados por la Eucaristía, los católicos no
pueden dejar de sentirse estimulados a tender a esa plena unidad
que Cristo deseó ardientemente en el Cenáculo. El sucesor de
Pedro sabe que tiene que hacerse cargo de modo muy particular de
este supremo deseo del divino Maestro. [...] El actual sucesor
de Pedro se deja interpelar en primera persona por esta petición
y está dispuesto a hacer todo lo posible para promover la causa
fundamental del ecumenismo. Tras las huellas de sus predecesores,
está plenamente determinado a cultivar toda iniciativa que pueda
parecer oportuna para promover contactos y el entendimiento con
los representantes de las diferentes iglesias y comunidades
eclesiales. A ellos les dirige también en esta ocasión el saludo
más cordial en Cristo, único Señor de todos”.
¿Por qué es necesario el esfuerzo ecuménico? El hombre, por
motivos muy complejos, tiende a la división, al egoísmo, a
caminar por su cuenta, sin pensar en los otros, sin buscar la
verdad. También esto ocurre entre los bautizados, entre los que
creemos en el mismo Señor Jesús, aunque a veces con credos
diferentes. Por eso resulta tan importante el ministerio del
Papa: porque sirve y promueve la comunión y la unidad en la fe
entre todos los cristianos.
Las iglesias y comunidades eclesiales que se han separado de
Roma, que han roto su unidad con el Papa, que a veces han
perdido contenidos importantes de la fe, no sólo han vivido una
vida sin la plenitud de la savia que viene del Espíritu Santo,
sino que han sufrido divisiones y divisiones cada vez más
profundas entre sus miembros. Basta con observar la historia del
protestantismo para darnos cuenta de esto. Algo parecido, si
bien en un modo distinto, ha ocurrido entre algunos sectores de
las iglesias ortodoxas.
En cambio, la Iglesia católica mantiene una unidad llena de
riqueza. Unidad que no es uniformidad. Muchos se han sorprendido
al ver a cardenales vestidos de un modo “especial” en los
funerales de Juan Pablo II o en los días del cónclave. Esos
cardenales representan a las iglesias católicas de rito
oriental, que son parte de una riquísima tradición de ritos muy
variados que han convivido dentro de la misma Iglesia. Conviene
incluso recordar que, además de la pluralidad de ritos,
coexisten en nuestra Iglesia dos derechos distintos, el Código
de Derecho Canónico para la Iglesia de rito latino, y el Código
de los cánones para las Iglesias orientales.
Benedicto XVI se ha propuesto continuar, tras las huellas de
Juan Pablo II, tras las huellas de tantos Papas a lo largo de
los siglos, el esfuerzo por conseguir que todos los bautizados,
en la riqueza de tradiciones, lenguas y de culturas, vivamos
unidos en un solo rebaño, con un solo Pastor (cf. Jn 10,16), en
la misma fe. Que logremos un día vivir lo que el Espíritu Santo
inspiró a san Pablo: “Un solo Señor, una sola fe, un solo
bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos,
por todos y en todos” (Ef 4,5-6).
Esa fue una de las indicaciones que nos dejó el Concilio
Vaticano II en el decreto Unitatis redintegratio sobre el
ecumenismo (publicado el 21 de noviembre de 1964). Ese fue uno
de los legados que nos dejó Juan Pablo II en la encíclica Ut
unum sint (del 25 de mayo de 1995).
En esta hermosa encíclica Juan Pablo II recordaba la importancia
de la misión ecuménica del Papado: “Esta es un preciso deber
del Obispo de Roma como sucesor del apóstol Pedro. Yo lo llevo a
cabo con la profunda convicción de obedecer al Señor y con plena
conciencia de mi fragilidad humana. En efecto, si Cristo mismo
confió a Pedro esta misión especial en la Iglesia y le encomendó
confirmar a los hermanos, al mismo tiempo le hizo conocer su
debilidad humana y su particular necesidad de conversión: «Y tú,
cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos» (Lc 22,32).
Precisamente en la debilidad humana de Pedro se manifiesta
plenamente cómo el Papa, para cumplir este especial ministerio
en la Iglesia, depende totalmente de la gracia y de la oración
del Señor: «Yo he rogado por ti, para que tu fe no
desfallezca» (Lc 22,32). La conversión de Pedro y de sus
sucesores se apoya en la oración misma del Redentor, en la cual
la Iglesia participa constantemente. En nuestra época ecuménica,
marcada por el concilio Vaticano II, la misión del Obispo de
Roma trata particularmente de recordar la exigencia de la plena
comunión de los discípulos de Cristo” (Ut unum sint n. 4).
No podemos dejar al Papa solo en esta misión, en este esfuerzo
constante por promover la unidad de los creyentes. Todos podemos
y debemos rezar para que pronto, muy pronto, se superen las
barreras que nos han separado de las iglesias orientales y de
aquellas comunidades eclesiales que comparten con nosotros
tantos dones del Señor, movidos por el deseo profundo (que viene
del mismo Dios) de poder abrazarnos un día como miembros de la
única Iglesia de Cristo.
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