Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de
2005
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La oración, fuente verdadera de la búsqueda de la unidad plena
Audiencia general, S.S. Juan Pablo II
Miércoles, 17 de enero de 1996.
1. “El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las
Iglesias” (Ap. 3, 22). Esta invitación concluye la última de las
cartas a las siete Iglesias, de las que habla el Apocalipsis de
San Juan. Lo que se dice aquí a la Iglesia de Laodicea, se
aplica a todas las demás, y -podemos añadir- también a las
Iglesias de todos los tiempos y de todos los lugares; por
consiguiente, también a nosotros, en nuestro tiempo.
El texto describe, ante todo, la situación de los creyentes que
residen en Laodicea a finales del siglo I: Conozco vuestra
conducta -dice el Señor-, sé que no sois ni fríos ni calientes.
Después del fervor de los inicios, viven ahora en un ambiente de
tibieza y de indiferencia religiosa. Han adoptado actitudes de
autosuficiencia y vanagloria: “Tu dices: Soy rico (...), nada me
falta” (Ap. 3, 17).
Lo peor es que no son conscientes de su triste situación. Están
tan cegados, que ya no se dan cuenta de su miseria. Por eso, se
les dirige con claridad la invitación a que se compren “vestidos
blancos”, como los que suelen ponerse los que reciben el
bautismo y que simbolizan la purificación y la vida nueva.
La carta les aconseja que pidan y obtengan del Señor mismo “un
colirio para ponerse en los ojos”, a fin de que su mirada
descubra claramente la peligrosa situación y el pueblo pueda
entregarse con renovado entusiasmo al servicio del Evangelio
(cf. Ap. 3, 18). Estas palabras son una apremiante exhortación a
la conversión y a la renovación de vida. Para subrayar la
urgencia de la exhortación, se afirma: “Mira que estoy a la
puerta y llamo”. Dios mismo toma la iniciativa, viene, ya está a
la puerta y llama. Quiere entrar en comunión con el dueño de
casa, encerrado en su morada. “Si alguno oye mi voz y me abre la
puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap. 3,
20).
2. Ante la inminencia del tercer milenio y de la celebración
para la que nos estamos preparando, de los dos mil años desde la
venida histórica de Jesucristo, el Comité mixto que cada año
propone los temas de la Semana de oración por la unidad de los
cristianos ha querido que el pasaje del Apocalipsis que acabamos
de proclamar inspire para el año 1996 la reflexión común. El
texto quiere impulsar a salir de cierto indiferentismo, de
actitudes de autosuficiencia, e invitar al cambio de vida, a la
vigilancia y a la necesidad de la comunión. Se ha notado
oportunamente que, al escuchar las palabras referidas a la cena,
los cristianos no pueden menos de pensar con comprensible
tristeza en sus eucaristías separadas. Este es, en efecto, el
signo más grave de la división entre los cristianos.
Precisamente a la superación de esas divisiones tienden las
iniciativas del movimiento ecuménico -oración, estudio, diálogo
y colaboración-, todas ellas orientadas a un solo fin: poder
finalmente celebrar juntos la Cena del Señor, reconciliados y en
plena comunión. ¡Cuán importante es, por tanto, perseverar en la
oración!
En efecto, la oración expresa, y a la vez alimenta la esperanza
de una plena comunión en la fe, en la vida y en el testimonio
que juntos debemos dar el evangelio de Jesús durante el tercer
milenio cristiano. La oración es la verdadera fuente de la
búsqueda de la unidad plena.
3. Para impulsar el compromiso ecuménico de la Iglesia católica
y facilitar la reflexión sobre las cuestiones que aún quedan por
resolver con los demás cristianos, publiqué, en mayo del año
pasado, la encíclica Ut unum sint. Así quise volver a
proponer los principios católicos del compromiso ecuménico,
replanteados a la luz de la amplia y positiva experiencia de
estos últimos treinta años de contactos y de diálogo. Esos
principios siguen siendo una guía segura a lo largo del camino
que queda por recorrer para llegar al día bendito de la plena
comunión.
En definitiva, los múltiples diálogos ínter confesionales que se
realizan en la actualidad tienden todos, directa o
indirectamente, a la superación de las divergencias existentes y
al restablecimiento de la plena unidad de todos los creyentes en
Cristo. Los cristianos son cada vez más conscientes de los
elementos de fe que tienen en común.
4. Con las Iglesias ortodoxas el diálogo ha llegado a expresar
una convergencia significativa en la concepción sacramental de
la Iglesia. Esto debe permitir ahora resolver la clara anomalía
que constituye la comunión incompleta. Con ese fin, y para
facilitar la prosecución del diálogo, he propuesto profundizar
el análisis del primado del Obispo de Roma. Todos sabemos que
esa cuestión constituye el mayor obstáculo histórico para el
restablecimiento de la plena unidad entre católicos y ortodoxos.
Así pues, he alentado a todos a buscar “por supuesto juntos, las
formas con las que este ministerio (es decir, el ministerio de
unidad del Obispo de Roma) pueda realizar un servicio de fe y de
amor reconocido por unos y otros” (Ut unum sint, 95).
Por lo que respecta a las antiguas Iglesias orientales y a la
Iglesia asiria, he tenido la alegría de firmar, con algunos de
sus patriarcas, declaraciones de fe común. Se trata de textos
importantes, que permiten aclarar finalmente y superar la
controversia cristológica. Ahora podemos profesar juntos la fe
en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.
El diálogo asume formas diferentes con las comuniones cristianas
mundiales, procedentes de la Reforma. Por lo demás, se ha
caracterizado siempre por un compromiso profundo. Como he
constatado en la encíclica, “El diálogo ha sido y es fecundo,
rico en promesas (...). Se han delineado así perspectivas de
solución inesperadas y al mismo tiempo se ha comprendido la
necesidad de examinar más profundamente algunos argumentos”
(ib., 69).
5. El diálogo, por tanto, prosigue y lo apoyamos todos con
nuestra oración confiada. Quisiera hoy dar las gracias a cuantos
están comprometidos en él, tanto pastores como teólogos, porque
llevan a cabo una acción auténticamente evangélica: trabajan en
favor de la pacificación y la concordia de los espíritus en la
comunidad cristiana.
Acontece a veces que vuelven a presentarse antiguas dificultades
o que aparecen nuevos problemas, retrasando así el camino
ecuménico. Pero el Señor nos invita a proseguir la búsqueda con
perseverancia, en obediencia a su voluntad. El Concilio Vaticano
II se había declarado consciente de que el santo propósito de
reconciliar a todos los cristianos en la unidad de la Iglesia de
Cristo, una y única, “excede las fuerzas y la capacidad humanas”.
Por ello ponía “su esperanza en la oración de
Cristo por la Iglesia, en el amor del Padre para con nosotros y
en el poder del Espíritu Santo” (Unitatis redintegratio,
24). Precisamente por esta razón estamos seguros de que nuestra
fe y nuestra esperanza no quedarán defraudadas.
La Semana de oración por la unidad de los cristianos, que
comenzará precisamente mañana, nos brinda la oportunidad de
intensificar nuestra oración, uniendo para ese fin también los
sufrimientos y los trabajos de cada día. Quiera Dios que gracias
a la contribución de cada uno se apresure el día del pleno
cumplimiento del anhelo del Redentor: Ut unum sint. Nos
lo alcance la maternal intercesión de María, Virgen de la
esperanza y Reina de la paz.
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