Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, julio de
2007
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El
ecumenismo no está en crisis, llega a su madurez
Habla la
teóloga alemana Jutta Burggraf
PAMPLONA,17 julio 2007 (ZENIT.org).-
El reciente documento «Respuestas a algunas preguntas acerca de
ciertos aspectos de la doctrina sobre la Iglesia», publicado por
la Congregación para la Doctrina de la Fe, según la teóloga, «ha
puesto el dedo en la llaga y, al mismo tiempo, ha señalado en
qué dirección deberían ir los futuros diálogos ecuménicos».
El nuevo
texto de la Congregación para la Doctrina de la Fe recuerda que
no aporta ninguna novedad, sino que subraya la doctrina de la
Iglesia ante algunas interpretaciones incorrectas. ¿Qué tipo de
errores se cometen, en este sentido, en el movimiento ecuménico?
Burggraf:
Efectivamente, se puede considerar el ecumenismo como un
movimiento único –suscitado por el mismo Espíritu Santo–, cuyo
fin consiste en promover la unidad entre los cristianos en todo
el mundo. En este movimiento participa cada una de las
comunidades cristianas desde su perspectiva propia. Y cada una
tiene su comprensión específica sobre lo que es la deseada
unidad.
Actualmente, está ganando mucha influencia la llamada «teoría de
las ramas» («branch-theory»), que fue elaborada por la
Asociación para la Promoción de la Unidad de los Cristianos en
el siglo XIX y ampliada en el siglo XX. Según esta teoría, el
cristianismo se entiende como un árbol. Lo que tienen las
diversas confesiones en común, es el tronco, del que salen
varias ramas exactamente iguales: la Iglesia católica, las
Iglesias ortodoxas y las Iglesias que han salido (directa o
indirectamente) de la Reforma protestante.
Los
católicos no podemos aceptar esta teoría. No buscamos una super-Iglesia
(con una concepción «federalista» de la unidad). Según nuestra
fe, la unidad de la Iglesia de Cristo no es una realidad futura,
hoy inexistente, que tendríamos que crear todos juntos. Ni
tampoco es algo repartido entre diversas comunidades, que
sostienen doctrinas a veces contradictorias.
Es más
bien una realidad que, en su núcleo esencial, ya existe y
siempre existió, y que subsiste en la Iglesia católica: está
realizada en ella –a pesar de todas las debilidades de sus
hijos– por la fidelidad del Señor a lo largo de la historia.
¿Así se
puede decir realmente que la unidad de la Iglesia ya existe?
Burggraf:
El término ecumenismo viene de las palabras griegas «oikéin»
(habitar) y «oikós» (casa) que han tenido diversos significados
a lo largo de la historia. Los cristianos las han empleado para
hablar de la Iglesia, la gran casa de Cristo.
La puerta
para entrar en la Iglesia es el Bautismo válido, que se
administra según el rito establecido y en la fe recibida de
Cristo. Esta fe debe abarcar al menos los dos misterios más
grandes que nos han sido revelados: la Santísima Trinidad y la
Encarnación. En consecuencia, todas las personas bautizadas en
estas condiciones, se han «incorporado» a Cristo y han «entrado»
formalmente en su casa. Pueden enfermar e incluso morir
(espiritualmente), pero nadie puede echarles jamás.
Por esto
–recuerda el Concilio Vaticano II– no sólo los católicos son
«cristianos», sino todos los bautizados, en cuanto que sus
respectivas comunidades conservan al menos esta fe mínima en los
dos grandes misterios mencionados. «Son nuestros hermanos –dice
San Agustín– y no dejarán de serlo hasta que dejen de decir:
“Padre nuestro”».
En un niño
recién nacido la gracia de Dios actúa del mismo modo, tanto si
es bautizado en la Iglesia católica como si lo es en una Iglesia
ortodoxa o evangélica.
¿En qué
consiste, entonces, la labor ecuménica desde la perspectiva
católica?
Burggraf:
La Iglesia invita a mirar a nuestros hermanos en la fe no sólo
bajo la perspectiva negativa de lo que «no son» (los no
católicos), sino bajo el prisma positivo de lo que «son» (los
bautizados). Son los «otros cristianos», a los que estamos
profundamente unidos: ¡estamos en la misma casa!
La tarea
ecuménica no consiste, por tanto, en crear la unidad, sino en
hacerla visible a todos los hombres, superando las separaciones
que impiden a la Iglesia mostrarse al mundo tan espléndida como
realmente es.
Por esta
razón, es necesario buscar una forma eclesial que abarque, de un
modo más completo posible, las legítimas diversidades en la
teología, en la espiritualidad y en el culto. En la medida en
que logramos realizar una pluralidad buena y sana, «la Iglesia
resplandece –según el Papa Juan XXIII– más bella aún por la
variedad de los ritos y, semejante a la hija del Rey soberano,
aparece adornada con un vestido multicolor».
Según este
planteamiento positivo, un cristiano no condena ni rechaza a
«los otros», sino que busca sacar a la luz la raíz común de
todas las creencias cristianas, y se alegra cuando descubre en
las otras Iglesias verdades y valores, que quizá no haya tenido
suficientemente en cuenta en su vida personal. Es comprensible
que el Concilio Vaticano II, partiendo de esta perspectiva, haya
abierto el camino a una gran vitalidad y fecundidad. Lo abrió
comprometiendo, en primer lugar, a la misma Iglesia católica que
tomó, de nuevo, conciencia de purificarse y renovarse
constantemente.
La unidad,
cuando se dé algún día, será obra de Dios, «un don que viene de
lo alto.» Es preciso no olvidar nunca que el verdadero
protagonista del movimiento ecuménico es el Espíritu Santo
¿Cómo
reaccionan los protestantes ante esta visión que la Iglesia
tiene de ellos no como Iglesia sino como comunidades eclesiales?
Burggraf:
La primera reacción fue una gran decepción, tanto entre los
protestantes como entre muchos católicos. Se puede comprender,
porque muchos medios han dado la noticia de un modo
sensacionalista y sin explicar que hay distintos modos de
emplear la palabra «Iglesia».
En el
sentido cultural, social y religioso hablamos cada día, sin
ningún problema, de las «Iglesias protestantes», por ejemplo de
la «Iglesia Evangélica de Alemania» (la EKD).
También
las llamamos «Iglesia» en un sentido teológico amplio, en cuanto
pertenecen a la casa de Cristo (forman parte de la Iglesia de
Cristo). Sin embargo, no las llamamos «Iglesia» en sentido
estricto, porque –según la teología católica– carecen de un
elemento constitutivo esencial del ser Iglesia: la sucesión
apostólica en el sacramento del orden.
Pero esto
no es ninguna discriminación, sino que muestra un profundo
respecto hacia ellos. Nuestros hermanos evangélicos,
ciertamente, quieren ser «Iglesia de Cristo» (y lo son); pero
–al menos, hasta hoy– no quieren ser «Iglesia» en el mismo
sentido en que los católicos entendemos esta realidad. No
consideran, por ejemplo, el sacerdocio como un sacramento. Para
expresarlo claramente, no hablan de «sacerdotes», sino de
«pastores» y de «pastoras». En la misma línea, podemos
distinguir entre Iglesia (en sentido católico) y Comunidad.
-¿Cuál es
el mayor escollo ecuménico que se esta afrontando en este
momento?
Burggraf:
Es precisamente la eclesiología. Por tanto, el documento ha
puesto el dedo en la llaga y, al mismo tiempo, ha señalado en
qué dirección deberían ir los futuros diálogos ecuménicos.
Según el
Vaticano II se distinguen diversos modos de pertenecer a la casa
de Cristo. La pertenencia es plena si una persona ha entrado
formalmente –mediante el bautismo– en la Iglesia y se une a ella
a través de un «triple vínculo»: acepta toda la fe, todos los
sacramentos y la autoridad suprema del Santo Padre. Es el caso
de los católicos. La pertenencia, en cambio, es no plena, si una
persona bautizada rechaza uno o varios de los tres vínculos
(totalmente o en parte). Es el caso de los cristianos ortodoxos
y evangélicos.
Sin
embargo, para la salvación no basta la mera pertenencia al
Cuerpo de Cristo, sea plena o no. Todavía más necesaria es la
unión con el Alma del Señor que es –según la imagen que
utilizamos– el Espíritu Santo. En otras palabras, sólo una
persona en gracia llegará a la felicidad eterna con Dios. Puede
ser un católico, un anglicano, luterano u ortodoxo (y también un
seguidor de otra religión).
Las
estructuras visibles de la Iglesia son, ciertamente, necesarias.
Pero en su núcleo más profundo, la Iglesia es la unión con Dios
en Cristo. ¿Quién es más «Iglesia»? Aquel que está más unido a
Cristo. Aquel que ama más.
Es
significativo que Jesucristo nos ponga como modelo de caridad a
un «buen samaritano», es decir a una persona considerada, en
aquellos tiempos, como «hereje». Alberto Magno afirma: «Quien
ayuda a su prójimo en sus sufrimientos –sean espirituales o
materiales– merece más alabanza que una persona que construye
una catedral en cada hito en el camino desde Colonia a Roma,
para que se cante y rece en ellas hasta el fin de los tiempos.
Porque el Hijo de Dios afirma: No he sufrido la muerte por una
catedral, ni por los cantos y rezos, sino que lo he sufrido por
el hombre.»
Sea
sincera: ¿piensa que hoy por hoy el ecumenismo goza de buena
salud?
Burggraf:
El diálogo ecuménico, en varios niveles, se encuentra en pleno
desarrollo. Católicos, ortodoxos y protestantes se han acercado
unos a otros, se han conocido mutuamente, han dejado atrás
viejos prejuicios y clichés y se han dado cuenta de que su
división es un escándalo para el mundo y contraria a los planes
divinos.
Podemos
decir, sin exagerar, que hemos avanzado en el camino hacia la
plena unidad en las últimas décadas más que en varios siglos.
Sin
embargo, el «entusiasmo ecuménico» de los tiempos posteriores al
Concilio ha disminuido.
Se ha
perdido la ilusión –bastante extendida en el mundo entero– de
que las diferencias entre las diversas comunidades cristianas
desaparecerían con relativa facilidad. Se ha visto que el camino
es duro y largo. Pero no estamos en una crisis, sino en una
situación de mayor madurez: vemos hoy más claramente lo que nos
une y lo que nos separa.
Un
ecumenismo sólido está basado sobre la convicción de que, a
pesar de las dificultades, debemos intentar colaborar, dialogar
y, sobre todo, rezar juntos con la esperanza de descubrir la
unidad que de hecho ya existe.
Experta en
ecumenismo y profesora de Teología Sistemática y de Ecumenismo
en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.
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