Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de
2005
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Cristo, fundamento único de la Iglesia (1 Cor 3,1-23)
Mensaje de la Comisión Episcopal de Relaciones
Interconfesionales
18-25 de enero de 2005
Cada año, del 18 al 25 de enero, todos los cristianos somos
convocados de manera muy especial para orar por la unidad.
Aunque son muchos los aspectos que nos unen, todavía estamos
separados unos de otros. Ante esta anómala situación, no podemos
permanecer impasibles, como si no nos afectara o no tuviéramos
nada que hacer. Al contrario: hemos de seguir fielmente a
nuestro Señor Jesucristo que ha querido que la comunidad de sus
discípulos, la Iglesia, fuera una sola cosa en El.
1. Sentido de la oración por la unidad de los cristianos
La Semana de oración por la unidad nos interpela sobre la actual
división, que contrasta con la voluntad de Jesucristo y que
disminuye la capacidad evangelizadora de la Iglesia.
Al rezar por la unidad plena de los cristianos nos unimos a la
oración de Jesús la víspera de su muerte: “No ruego sólo por
éstos sino también por aquellos que, por medio de su palabra,
creerán en mí, para que sean todos uno. Como tú, Padre, en mí y
yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el
mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 20-21). Jesucristo
elevado al cielo intercede siempre ante el Padre por nosotros
para que vivamos como hermanos.
Al orar por la unidad de los cristianos reconocemos que en el
corazón del ecumenismo está la súplica perseverante a Dios para
que nos envíe su Espíritu de concordia y de paz. La oración nos
hace disponibles para trabajar sin desmayos, a pesar de los
obstáculos, según los planes de Dios, que quiere la unidad de
sus hijos. La Semana de oración por la unidad de los cristianos,
que ha sido desde su origen como un despertador de nuestra
conciencia para sintonizar con la voluntad del Señor sobre su
Iglesia y fermento del movimiento ecuménico, debe purificar
nuestro corazón de prejuicios, otorgarnos humildad para
reconocer nuestros fallos y disponernos a la reconciliación.
Cuando en la oración toman parte cristianos, aún separados pero
que aspiran hondamente a la unidad plena y visible, adquiere el
encuentro una significación particular; invitamos a que en la
medida de lo posible se organicen entre las diversas confesiones
cristianas estas celebraciones de oración. Orar juntos empuja
hacia la concordia; recitar unidos el Padrenuestro expresa y
fomenta la unidad de la fe. Jesucristo, que ha prometido estar
con nosotros cuando nos reunimos en su nombre (cf. Mt 18,20),
nos fortalece con su presencia para recorrer los caminos de la
unificación.
2. “Cristo, fundamento único de la Iglesia”
Es el lema de este año para la Semana de oración por la unidad
de los cristianos. Resume la respuesta de san Pablo a los fieles
de Corinto, que por actitudes contrarias a la condición
cristiana estaban divididos, apuntándose a grupos rivales con su
líder a la cabeza (cf. 1 Cor 1, 10-4,21). Pablo, Pedro, Apolo y
otros apóstoles son colaboradores del Señor y ministros del
Evangelio, que han desarrollado diversas tareas en la comunidad;
pero “nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto,
Jesucristo” (1 Cor 3,11). Los apóstoles deben ser servidores de
Cristo y administradores fieles de los misterios de Dios (cf. 1
Cor 4,1). El bien excelente de la unidad de la Iglesia ha
necesitado desde el principio ser reafirmado sobre sus
fundamentos y ser recordado en la exhortación cristiana frente a
las disensiones y escándalos.
El que Jesucristo sea el único fundamento puesto por Dios (cf.
Act 4, 11-12; Ef 2, 19-22; 1 Ped 2,4 ss), sobre el cual se
edifica la Iglesia, significa que por El hemos recibido la
salvación, que El es nuestra paz (cf. Ef 2,14 ss) y que al
margen de la unión con Jesucristo no puede afianzarse la unidad
auténtica entre sus discípulos. Volviendo a Jesús, que es el
Camino, la Verdad y la Vida (cf. Jn 14,6), hallamos los
cristianos la fuente y la base de nuestra concordia. Si
confesamos por la fe al mismo Cristo, debemos estar unidos en un
mismo cuerpo. Nuestra unión será tanto más estrecha cuanto más
unidos estemos todos con Jesucristo.
La Iglesia está inseparablemente unida a Cristo, como el rebaño
a su pastor (cf. Jn 10,16) y como el sarmiento a la vid (15,5),
porque su identidad y su misión es la misma que Cristo le ha
confiado. La fe en Jesucristo, presente en medio de nosotros,
nos reúne a los cristianos en una comunidad de hermanos e hijos
de Dios por el bautismo.
No puede darse en el cristiano una disociación o disyuntiva
entre Jesucristo y la Iglesia, como si para ser cristiano
bastara con asumir el Evangelio solamente en el ámbito personal
excluyendo la comunidad eclesial; ni tampoco sería correcto
acentuar los aspectos organizativos de la Iglesia más que el
Evangelio de Jesucristo, que ha de ser anunciado, celebrado y
vivido personal y eclesialmente. Jesucristo continúa presente en
la Iglesia, y ésta es su prolongación en la tierra. En este
sentido se comprende cómo Jesucristo es su fundamento sobre el
cual la Iglesia debe ser edificada.
3. Un edificio de piedras vivas
El Concilio Vaticano II nos señala que los Apóstoles
construyeron la Iglesia sobre ese fundamento que le da solidez y
cohesión (LG 6). Por ello, el cartel de este año nos
presenta las piedras vivas, que somos todos los cristianos, y
todos juntos, bien unidos y apoyados en Cristo, formamos la
Iglesia. Es una llamada a todos los cristianos, para que cada
uno mire el fundamento que pone, que no puede ser otro que el
Hijo de Dios hecho hombre.
Estamos llamados, pues, a ahondar nuestras raíces en Jesucristo,
que nos ha confiado el Evangelio en el que se contiene su
mensaje de amor, de unidad, de paz, para después anunciarlo con
nuestra vida y nuestras palabras. Por ello, necesitamos
conocerlo y llevarlo a nuestra vida en privado y en público. El
verdadero reto que tenemos todos los cristianos es conocer y
comprender a la Iglesia desde Cristo y sólo desde El. Por ello,
si ignoramos a Cristo y su mensaje, la imagen de la Iglesia
queda totalmente desvirtuada.
El Papa Juan Pablo II nos ha recordado, en numerosas ocasiones,
que Europa ha de revitalizarse mediante la vuelta a sus raíces.
De manera especial lo ha recordado cuando se están poniendo los
cimientos de la nueva Europa, que debe respirar con sus dos
pulmones. También los cristianos estamos necesitados de
descubrir nuestros orígenes, nuestras raíces, ir al fondo de
nuestro ser cristiano. El camino de la unidad de los cristianos
consiste en “ir juntos” hacia Cristo y hacia la unidad
visible querida por El, de tal modo que la unidad en la
diversidad brille en la Iglesia como don del Espíritu Santo,
artífice de la comunión (Exhortación apostólica Ecclesia
in Europa, 30).
4. La Eucaristía, sacramento de unidad de la Iglesia y escuela
de paz
El presente Año de la Eucaristía es una oportunidad para entrar
más intensamente en el dinamismo de unidad y de paz que la
caracteriza.
Jesús murió para reunir a los hijos de Dios dispersos (cf. Jn
11,52); y en la celebración eucarística ofrecemos a Dios “el
sacrificio de la reconciliación perfecta”. Por esto, pedimos al
Padre que al participar del banquete pascual de su Hijo, que es
“sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad”
(San Agustín), nos conceda el Espíritu Santo para que
desaparezcan los obstáculos en el camino de la concordia y la
Iglesia sea en medio de los hombres signo de unidad e
instrumento de paz.
La participación en la Eucaristía es fermento de unidad en la
Iglesia y acicate de amor a los hermanos, y también impulso a la
reunificación de todos los cristianos y a la pacificación de la
humanidad entera.
“La Eucaristía no es sólo expresión de comunión en la vida de la
Iglesia; es también proyecto de solidaridad para toda la
humanidad... El cristiano que participa en la Eucaristía aprende
de ella a hacerse promotor de comunión, de paz, de solidaridad
en todas las circunstancias de la vida. La desgarrada imagen de
nuestro mundo, que ha iniciado el nuevo milenio con el fantasma
del terrorismo y la tragedia de la guerra, convoca más que nunca
a los cristianos a vivir la Eucaristía como una gran escuela de
paz” (Juan Pablo II, Carta apostólica Mane nobiscum, Domine,
27).
Cristo, fundamento único de la Iglesia, está presente de manera
singular en la Eucaristía como llamada a la unidad plena y
visible de la Iglesia. En la mesa eucarística se acrecienta el
deseo de unidad con todos los cristianos y de paz entre todos
los hombres.
Os saludamos con todo afecto:
Ricardo, Obispo de Bilbao y Presidente
Agustín, Arzobispo de Valencia
Jesús, Obispo de Ávila
Esteban, Obispo auxiliar de Valencia