Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de
2005
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Carta a los Presidentes de las Conferencias Episcopales acerca
de la Espiritualidad del Diálogo
Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso
Excelencia:
1.
Aunque siempre han existido contactos entre católicos y
seguidores de otras religiones, el Concilio Vaticano II, y en
particular la Declaración Nostra Aetate, pueden ser
considerados como un momento clave en estas relaciones. Allí se
ha renovado la mirada de la Iglesia hacia las otras religiones.
En los años siguientes, guiados por las enseñanzas del
Magisterio pontificio y por documentos tales como La actitud
de la Iglesia frente a los seguidores de otras religiones
(1984) y Diálogo y anuncio (1991), los católicos han ido
realizando considerables esfuerzos para encontrar a los
seguidores de otras religiones. Han realizado varias iniciativas
que, con el tiempo, han ido aumentando y siendo cada vez más
difundidas. Los encuentros con personas de otras religiones se
verifican en la vida cotidiana, en la promoción conjunta de
proyectos sociales, en el intercambio de experiencias religiosas,
y en intercambios formales donde cristianos y otros creyentes
discuten asuntos de fe o práctica.
Los católicos y los otros cristianos comprometidos en tal
diálogo interreligioso se están convenciendo cada vez más de la
necesidad de una acertada espiritualidad cristiana que sostenga
sus esfuerzos. El cristiano que encuentra a otro creyente no
está comprometido en una actividad marginal de su fe. Al
contrario, es algo que surge de la exigencia de esa fe. Surge de
la fe y debe ser nutrido por la fe.
En octubre de 1998, el Consejo pontificio para el diálogo
interreligioso asumió como tema de su Asamblea Plenaria «la
espiritualidad del diálogo». Al final de la Asamblea, los
miembros pensaron que sería muy útil compartir algunas
reflexiones con nuestros hermanos en el episcopado de todo el
mundo. Me han pedido entonces que les escribiese un informe
sobre algunas de las consideraciones hechas al respecto durante
nuestra reunión, y que pidiese sus reacciones con miras a la
realización de un eventual documento de nuestro Consejo.
2.
Dios es amor y comunión
Dios es amor y comunión. Como nos dice san Juan, Dios es amor
(cf. 1Jn 4,16). El misterio de la Santísima Trinidad nos revela
que el Padre eterno ama al Hijo, el Hijo ama al Padre, y este
mutuo amor del Padre y el Hijo es la persona del Espíritu Santo.
Es mas, el Padre se comunica a Sí mismo totalmente al Hijo que
es Dios de Dios, luz de luz. El Espíritu Santo que procede del
Padre y el Hijo es junto con el Padre y el Hijo un solo Dios que
es comunión en la profundidad de su misterio. Este misterio
trinitario de amor y comunión es el modelo eminente para las
relaciones humanas y es el fundamento del diálogo.
3.
Dios se comunica a Sí mismo a la humanidad
Por esta sobreabundancia de amor, Dios decidió comunicarse a Sí
mismo a los seres humanos que Él había creado. El Unigénito Hijo
de Dios asumió la naturaleza humana «para reunir a todos los
hijos de Dios que están dispersos» (Jn 11: 52), restaurar la
comunión entre Dios y la humanidad, comunicar la vida divina a
las gentes y, finalmente, darles la visión eterna de Dios.
La encarnación es la suprema manifestación de la voluntad
salvífica de Dios. Es el camino escogido por Dios para ir en
búsqueda de los seres humanos, dañados y enajenados de Dios a
causa del pecado original, como el pastor va en busca de la
oveja perdida. La encarnación significa, de un lado, que el Hijo
de Dios asumió todo lo que es positivo en la naturaleza humana.
De otro lado, toma la forma de kenosis. Como san Pablo
escribe a los Filipenses: «tened los mismos sentimientos que
tuvo Cristo Jesús, quien, existiendo en forma de Dios, no reputó
como botín ser igual a Dios, antes se anonadó, tomando la forma
de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la
condición de hombre se humilló hecho obediente hasta la muerte,
y muerte de cruz» (Fil 2:5-8). Este fue el camino escogido por
el plan divino para restablecer la comunión entre la humanidad y
Dios, recapitular todas las cosas de modo que finalmente «Dios
sea todo en todos» (1Cor 15:28; cf. Ef 1:15). Es así que, cuando
los cristianos encuentran a otros creyentes, están llamados a
tener a Cristo en su mente, a seguir sus pasos.
4.
Conversión a Dios
El cristiano que desea entrar en contacto y establecer una
colaboración con otros creyentes tiene que esforzarse, antes que
nada, por convertirse a Dios. En este contexto la conversión a
Dios es entendida como una apertura a la acción del Espíritu
Santo al interno de uno mismo, buscando positivamente discernir
cuál sea la voluntad de Dios y obedecerla, tal como es nota,
mediante una conciencia informada. Cada uno puede, y debe, hacer
progresos en este compromiso de buscar y cumplir la voluntad de
Dios. Mas aún, tanto más las partes en el diálogo interreligioso
«buscan el rostro de Dios» (cf. Sal 27:8), tanto más cerca
estarán unos de otros y tendrán una mejor oportunidad de
entenderse mutuamente. Puede verse, entonces, que el diálogo
interreligioso es una actividad profundamente religiosa.
5.
Identidad cristiana en diálogo
El cristiano que encuentra a otros creyentes lo hace como un
miembro de la comunidad de fe cristiana, o sea, como un testigo
de Jesucristo. Es importante que el cristiano tenga una clara
identidad religiosa. El diálogo interreligioso no pide que el
cristiano deje de lado algunos elementos de su fe o de su
práctica cristiana, ni que los ponga entre paréntesis, o menos
todavía, que dude de ellos. Al contrario, los otros creyentes
quieren conocer claramente quienes están encontrando.
Es nuestra firme convicción que Dios quiere que todas las
personas se salven (cf. 1Tim 2:4) y que Él puede conceder su
gracia también fuera de los limites visibles de la Iglesia (cf.
LG 16; Redemptor Hominis 10). Al mismo tiempo, el
cristiano es consciente que Jesucristo, el Hijo de Dios hecho
hombre, es el único y sólo Salvador de toda la humanidad, y que
sólo en la Iglesia que Cristo ha fundado pueden ser encontrados
los medios de salvación en toda su plenitud. Esto no debe, en
algún modo, inducir a asumir una actitud triunfalista o a actuar
con un complejo de superioridad. Al contrario, es con humildad y
con el deseo de un mutuo enriquecimiento que uno podrá
encontrarse con los otros creyentes, mientras se mantiene firme
en las verdades de la fe cristiana. El diálogo interreligioso,
cuando es conducido en esta visión de fe, en ninguna manera
lleva a un relativismo religioso.
6.
Anuncio y diálogo
En el diálogo, el cristiano es llamado a ser un testigo de
Cristo, imitando el Señor en su proclamación del Reino, su
preocupación y compasión por cada persona individual y en el
respeto por su libertad personal. Es necesario redescubrir la
estrecha conexión que existe entre el diálogo y la proclamación
como elementos de la misión evangelizadora de la Iglesia (cf.
Diálogo y anuncio 77-85). Estos elementos no son
intercambiables, ni pueden confundirse, todavía ellos están
relacionados (cf. Redemptoris Missio 55). El anuncio
aspira a la conversión en el sentido de la aceptación libre de
la Buena Noticia de Cristo y a convertirse en un miembro de la
Iglesia. El diálogo, por su parte, presupone la conversión en el
sentido de un retorno al corazón de Dios en el amor y obediencia
a Su voluntad, en otras palabras, apertura del corazón a la
acción divina (cf. Actitud de la Iglesia frente a los
seguidores de otras religiones 37). Es Dios quien atrae a
las personas a Sí mismo, enviando su Espíritu que actúa en lo
profundo de los corazones.
7.
La necesidad de entender a los otros creyentes
El cristiano comprometido en iniciativas interreligiosas siente
cada vez más la necesidad de comprender las otras religiones
para precisamente entender mejor a los creyentes de las mismas.
Se podrá notar que existen muchos puntos comunes: creer en un
Dios que es Creador, la aspiración a la trascendencia, la
práctica del ayuno y la limosna, el recurso a la oración y la
meditación, la importancia del peregrinaje. Las diferencias, en
todo caso, no deben ser subestimadas. Una espiritualidad
cristiana del diálogo crecerá si ambas dimensiones son
mantenidas. Mientras se aprecia la acción del Espíritu de Dios
entre las gentes de otras religiones, no solo en los corazones
de los individuos, sino también en algunos de sus ritos
religiosos (cf. RM 55), la unicidad de la fe cristiana será
respetada.
8.
En fe, esperanza y caridad
La espiritualidad para animar y sostener el diálogo
interreligioso es la que es vivida en la fe, la esperanza y la
caridad. Existe fe en Dios, que es el Creador y Padre de toda la
humanidad, que permanece en la luz inaccesible y cuyos misterios
la mente humana es incapaz de penetrar. La esperanza caracteriza
un diálogo que no pide ver resultados inmediatos, pero asume con
firmeza la convicción que «el diálogo es un camino para el Reino
y seguramente dará sus frutos, aunque los tiempos y momentos los
tiene fijados el Padre (cf. Hc 1,7)» (RM 57). La caridad que
viene de Dios, y nos es comunicada por el Espíritu Santo, anima
al cristiano a compartir el amor de Dios con otros creyentes de
un modo gratuito. El cristiano está pues convencido de que la
actividad interreligiosa brota del corazón de la fe cristiana.
9.
Alimentada por la oración y el sacrificio
Esta espiritualidad es alimentada por la oración y el
sacrificio. La oración une al cristiano con la bondad y el poder
de Dios, sin el cual nada podemos hacer (cf. Jn 15,5). Sin la
acción vivificantede Dios, la mera actividad humana no es capaz
de efectuar ningún bien espiritual permanente. El sacrificio
refuerza la oración y promueve la comunión con los otros. Los
cristianos, por su fe, aprenden a amar a los otros creyentes aun
cuando estos últimos aparentemente no prueben reciprocidad, o al
menos no inmediatamente. La enseñanza de Cristo es que tenemos
que amar desinteresadamente, que debemos estar listos para
caminar una milla más, que no debemos buscar la venganza si
sufrimos malos tratos sino que debemos buscar vencer el mal con
el bien. Este no es un signo de debilidad, sino de fortaleza
espiritual.
10.
Sus sugerencias
Al comunicar estas reflexiones de nuestra Asamblea Plenaria a
nuestros hermanos en el episcopado, mediante Uds., los
Presidentes de las Conferencias Episcopales, deseo solicitar sus
propias reflexiones y sugerencias. Es obvio que estas tendrán en
cuenta la experiencia del diálogo interreligioso en su área, las
dificultades encontradas, pero también los frutos que han sido
evidenciados. Le sería muy grato si pudiese recibir su respuesta
antes del mes de septiembre de 1999. Ello sería extremamente
útil para nuestro Consejo pontificio para la preparación
de un eventual documento sobre la espiritualidad del diálogo.
Agradeciéndole su cooperación, me suscribo de S.E. devotisimo en
Cristo,
Francis Cardenal Arinze
Presidente
Ciudad del Vaticano, 3 marzo 1999
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Con miras a un documento sobre «la espiritualidad del diálogo»
1. ¿Cuál ha sido la experiencia de diálogo interreligioso en su
diócesis, en su región, en su país? ¿cuáles las mayores
dificultades encontradas? ¿cuáles serían los frutos de este
diálogo?
1. ¿Cuál ha sido el impacto de las relaciones con los creyentes
de otras religiones en la espiritualidad de los cristianos,
laicos, religiosos, religiosas, sacerdotes, en su diócesis,
región o país?
1. ¿Qué puntos de la carta acerca de la espiritualidad del
diálogo considera que son particularmente importantes? ¿Hay
alguno que quisiera fuese desarrollado ulteriormente? ¿Existen
algunos elementos que no han sido mencionados y que quisiera se
incluyesen en un documento sobre «la espiritualidad del diálogo»?
Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso
Via dell'Erba, 1
00120 Ciudad del Vaticano.
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