Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, noviembre de
2005
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Experiencia ortodoxa
Tomas Spidlik
Los siglos parece como si se hubieran detenido cuando un
visitante contempla el monte Athos. Al observar las formas de
vida espiritual en el oriente cristiano, se siente uno
impresionado por el sentido tan vivo de la tradición, de modo
que a los ojos de un extraño las iglesias orientales no parecen
conocer un verdadero desarrollo, una evolución dinámica a lo
largo de los siglos. Pero esta impresión es falsa y se basa
desde el comienzo en un equívoco. El occidente tiene un marcado
sentido por la «forma»; en consecuencia, evolucionar significa
cambiar las formas de vida, de pensamiento. El oriente se parece
a su arte típico, al arte de los iconos; las «formas» siguen
siendo de ordinario tradicionales, pero los coloridos y la luz
cambian continuamente; los pintores intentan verificar todas las
posibilidades artísticas de una forma establecida. De modo
semejante los santos orientales parecen ser tan sólo
verificaciones actuales de las formas espirituales heredadas de
los padres de la iglesia, imágenes dinámicas; las líneas
trazadas por el pasado sólo pueden comprenderse a la luz del
tiempo y en la situación que fue propia e irrepetible de cada
uno. Pero al mismo tiempo también la luz, al ser reflejo de la
Luz del Espíritu, conserva el dinamismo coherente de una vida.
Podemos por tanto seguir sus etapas cronológicas.
I. Del judaísmo al universalismo cristiano
El cristianismo se presenta al principio como un movimiento
judío. Los temas teológicos y las estructuras de las
instituciones cristianas corresponden a aquel ambiente. La vida
espiritual se presenta en primer lugar como adhesión firme de fe
a Jesús, el mesías esperado desde hacía siglos. Los estudios
recientes demuestran que existe una verdadera teología
judeo-cristiana, un intento serio de dar una visión total, de
demostrar que la vida de Cristo y los acontecimientos de la
iglesia corresponden al plan eterno de Dios. La acción del Verbo
divino, prefigurada en la historia de Israel, se extiende a
todas las criaturas. Los pueblos, según la Biblia, no son
iguales por su origen, pero se encuentran iguales dentro de la
iglesia, que no es «ni griega ni judía» (Gál 3 28). Los
«espirituales» de los primeros tiempos se distinguen de los
duros seguidores de la antigua ley por su apertura a la voz del
Espíritu que se hace oír por todas partes. El cristianismo entra
en la historia de los pueblos. La iglesia oriental con su
pluralidad de lenguas, de ritos, de estructuras, de culturas,
dio desde el comienzo un testimonio de este mensaje.
2. La fe y el coloquio con Dios-Padre
No debe sorprendernos el hecho de que entre los cristianos
venidos del paganismo el primer problema de vida espiritual
fuera lo que constituye la esencia del mensaje de Cristo: la
revelación de Dios-Padre. Los padres se daban cuenta de su
novedad. El cristianismo nace en el momento en que el mundo
greco-romano sentía una fuerte necesidad religiosa. Todos los
filósofos predicaban la elevación de la mente a Dios, único
verdadero Bien y única verdadera Belleza. Al mismo tiempo el
judío Filón descubría que bajo estas nobles tendencias se
escondía un «ateísmo». Los filósofos conocen a Dios-ley o a
Dios-idea, pero ignoran al Theos, al Dios-Padre, persona
libre que nos ama y que nos invita a un diálogo continuo con él.
Así pues, los padres tenían que defender la providencia divina
como el primer fundamento de la vida espiritual. Ya Clemente de
Alejandría escribió un tratado Sobre la providencia y
hasta la época bizantina todos se preocuparán en cierto modo de
este tema. Además, podemos considerar el tratado Sobre la
oración de Orígenes como una de las obras maestras de
espiritualidad propia de la situación descrita. La oración no es
más que la consecuencia práctica de la fe en DiosPadre. De ahora
en adelante el tema principal de los escritores espirituales de
oriente será la oración bajo sus diferentes aspectos y en sus
diversas formas.
3. El carismatismo «ontológico» y el carismatismo
«consciente»
Si no hubiera sido «asumida» por el Hijo de Dios, la humanidad
no podría entrar en relación dialogal con Dios Padre. A
continuación, el cristiano en la iglesia se hace cristoforme al
recibir el Espíritu santo. La espiritualidad cristiana es por
tanto «ontológica» (expresión de P. Evdokimov). El hombre se
define como «espiritual» por estar compuesto de tres elementos
(la tricotomía oriental): carne, alma y espíritu (Ireneo,
Adv. haer. V, 9, 1-2: PG 7, 1.144 ss). El «camino real de
nuestra santificación» se nos indica en una fórmula trinitaria
en dos aspectos, ascendente y descendente. Escribe san Basilio:
«El camino del conocimiento de Dios va del único Espíritu, por
medio del único Hijo, hacia el único Padre; y en sentido
inverso, la bondad esencial, la santidad natural, la dignidad
real se derrama desde el Padre por medio del Hijo unigénito
hasta el Espíritu» (Tr. de Spiritu Sancto, 16: PG 32,
137B).
Los cristianos orientales han permanecido fieles a esta
concepción de la santidad cristiana: ser « espirituales en
virtud de la energía del Espíritu» (Juan Crisóstomo, Hom. 2,
5 sobre la oscuridad de los profetas: PG 56, 183A). Con el
pretexto de poner de relieve esta energía del Espíritu los
carismáticos sirios, mesalianos, en el siglo IV, presentan su
acción como externa, que procede de fuera e influye a veces
junto con el diablo en el corazón del hombre. En contra de ellos
san Basilio, aunque reconoce la transcendencia y la divinidad
del Espíritu, defiende al mismo tiempo su unión íntima con los
cristianos, de manera que el Huésped divino se convierte en
nuestra «forma» (eidos), en la parte divinizada de
nuestro «yo» (Tract. de Sp.
Sancto
26: PG 32,
180BC).
Más tarde los orientales llamarán al Espíritu «alma de nuestra
alma», nuestro «hecho interior». «El carismatismo es por tanto
inherente a la naturaleza humana» (P. Evdokimov); pero se vive
«en el misterio», sin identificarse -como pretendían los
mesalianos- con la conciencia, con el sentimiento de la gracia.
4. «Dios no es causa de los males» (san Basilio)
La discusión con los mesalianos llevó a los ortodoxos a dirigir
la atención al problema moral-psicológico del pecado. Desde el
principio los cristianos rechazaron toda solución dualista o
fatalista, ya que atribuir a Dios el mal habría sido una ofensa.
La única causa del pecado podía ser sólo la elección libre del
hombre. Y si se admite que el Espíritu pertenece a la
«naturaleza» del hombre, el mal tendrá que provenir entonces «de
fuera» (en contra de lo que enseñaban los mesalianos) y no se
hace nuestro hasta que no es aceptado libremente. La moral
cristiana comienza precisamente con la distinción entre los
malos pensamientos y las tentaciones por un lado y el pecado
mismo por otro. Más tarde los hesicastas establecerán con una
fina psicología las diversas etapas de penetración y de
resistencia contra los logismoi, los pensamientos
diabólicos. Entre los ermitaños de Egipto se establecieron los
primeros criterios del discernimiento de espíritus.
Evagrio Póntico (+399) con su lista de los «ocho vicios
fundamentales» (que se convirtieron en occidente en los «siete
pecados capitales») puso los fundamentos de una moral que
podríamos llamar «objetiva», distinguiendo entre el bien y el
mal según el objeto del acto humano. Pero nunca se olvidó de que
estas distinciones formales no son más que una ayuda para
alcanzar la pureza del corazón humano y de la mente creada para
ver a Dios en todas las cosas.
5. A la reconquista de la imagen pura de Dios: el nacimiento del
monaquismo
Las enseñanzas sobre el pecado son solamente una expresión
negativa del optimismo cristiano. Es lo que podemos ver en el
monaquismo que surgió en el siglo IV como un gran movimiento que
la iglesia oriental considera esencial para su vida. Todos están
llamados a salvar su alma; los monjes son aquellos cristianos
auténticos que utilizan los medios eficaces para purificar la
imagen de Dios contaminada por el pecado. Lo que impresiona a
primera vista en el monaquismo oriental es su carácter
«cataníctico», penitencial, su huida del mundo y su ascetismo
practicado a veces de una forma dura. En siriaco el nombre
'abila (plañideros) pasa a ser sinónimo de «monjes». El
verdadero sentido del llanto sagrado (penthos a
diferencia del lypos, tristeza, pecado capital) está
expresado en un aforismo de san Efrén: «Las
lágrimas
que caen sobre el cuerpo no resucitan el cadáver; las que caen
sobre el alma la resucitan y la hacen vivir» (In Is. 26,
10, ed.
Roma
1732-1746, t. II, 346).
Si el único mal, el pecado, procede de la decisión libre del
hombre, el ascetismo cristiano se inspira en el firme
convencimiento de que la misma libertad humana está llamada a
liberar al hombre y a todo el mundo del pecado y de sus
consecuencias. El pecado nos arrojó del paraíso; la vida
ascética es el camino de vuelta a la «vida angelical», a la
verdadera «naturaleza» humana.
6. El oriente contemplativo
Hay un motivo especial para que los monjes lleven una vida
angelical: los ángeles ven continuamente el rostro de Dios (cf.
Mt 18, 10).
Según la ley de Justiniano (Nov. 133), la contemplación es la
única finalidad de la vida monástica. Los autores espirituales
de oriente describen las delicias y los diferentes modos de la
contemplación y enseñan los métodos para practicarla. La antigua
tradición de los griegos tuvo también su peso en este caso.
Varios siglos antes de Jesucristo el filósofo Anaxágoras había
declarado la theoria como verdadera finalidad de la vida
humana. Luego, todos los filósofos se mostraron de acuerdo en
afirmar que el entendimiento es la facultad humana más noble. El
patriarca de los monjes, San Basilio Magno, recoge su sentencia:
la mente es la que hace al hombre un ser especial. Pero Basilio
coloca este presupuesto en un ambiente totalmente nuevo: el fin
de la vida humana según el evangelio es amar a Dios (Lc 10,
25-38; Mt 25, 31-46). Pero ¿cómo podría amarlo el hombre de
forma verdaderamente humana si su mente perdiese el recuerdo
continuo de su Creador? Por tanto, los monjes son contemplativos
no por deseos de conocer, sino para amar a Dios. Por otra parte
el amor de Dios que purifica los corazones es la condición
necesaria para la theoria verdaderamente cristiana. Los
autores indican entonces -falseándola- la etimología de esta
palabra: Theos y 'oran, creando así una definición muy
bella de la contemplación: ver a Dios en todas las cosas. Pero
al mismo tiempo declaran que es imposible ver a Dios-Amor sin
amarlo, sin la praxis cristiana.
7. El nacimiento de la mística: la superación definitiva del
intelectualismo
Basada en la fe, en las virtudes y en el amor, la contemplación
cristiana tiene un fondo místico. Este aspecto se desarrolló
expresamente en el siglo IV gracias a san Gregorio de Nisa en su
tratado clásico de la mística cristiana, La vida de Moisés.
En él se describen las fases características del
conocimiento progresivo de Dios. La primera es la percepción de
la fuerza divina que actúa en este mundo; viene luego la
teología «positiva» por medio de conceptos racionales; ésta es
superada por la teología «negativa» o «apofática», que es la
conciencia de que Dios transciende todos los conceptos humanos.
Finalmente el hombre, «tomando las alas del amor», capta el
misterio divino por medio del éxtasis «en medio de las
tinieblas».
Al lado de esta «mística de las tinieblas», Evagrio Póntico puso
las bases para la «mística de la luz». Aun reconociendo el papel
necesario del amor, Evagrio se esfuerza en concebir que es
posible alcanzar a Dios fuera de la inteligencia (ek-stasis);
así pues, la misma inteligencia tiene que purificarse de
manera que consiga aferrar el misterio divino en sí misma
(en-stasis). Esto exige una purificación total, no sólo de
los pecados y de las pasiones, sino incluso de todos los
conceptos limitados, particulares. El entendimiento queda
entonces «desnudo», «sin forma», pudiendo así aferrar el
misterio divino como «luz pura».
El siglo IV es el período de las grandes luchas dogmáticas. Se
forman los símbolos de la fe, se acuñan los términos, se afinan
los conceptos. Pero al propio tiempo nace un gran sentido del
misterio. Si el racionalismo de los filósofos griegos perdura en
las herejías, los padres ortodoxos abren el camino a la mística
cristiana que luego, por medio de Pseudo-Dionisio el Areopagita,
prestará sus formas a la mística occidental.
8. El culto a las imágenes
La lucha contra el iconoclasmo y la consiguiente «victoria de la
ortodoxia» (año 846) podría parecer casi un episodio marginal y
hasta un primer signo de decadencia: después de las grandes
discusiones cristológicas y trinitarias surge una lucha
despiadada sobre la licitud de pintar el rostro de Cristo y de
los santos sobre tablas de madera. Sin embargo, se trata de un
período muy importante en la evolución de la espiritualidad. Es
casi una concientización vivida de la gran síntesis teológica
elaborada por san Máximo Confesor (+662), que constituye el
punto culminante de la espiritualidad de los padres griegos. La
discusión con el monoteísmo le dio ocasión de defender con
energía la divinidad de Cristo junto con la integridad de su
humanidad hasta las últimas consecuencias. Nos presenta entonces
a Cristo, Dios-hombre, como centro y raíz de toda la realidad
cósmica, destinada también a convertirse en realidad
divino-creada. Los cristianos son invitados a participar en una
«liturgia cósmica».
La «visión de Dios en el mundo, es decir, de la Sabiduría
divina» que se presenta a la vista de quienes visitan la iglesia
de Hagia Sophia en Constantinopla es, como escribe Sergio
Bulgakov (The Wisdom of God, London 1937, 13), la
última gran palabra que la iglesia griega ha pronunciado en
favor de la iglesia universal. Este es también realmente el
ideal de la iconografía sagrada: no sólo ver a Dios en todo lo
creado, sino además santificar lo creado, sus formas, sus
colores, para que constituya un lugar de encuentro con Dios y
con los santos.
9. La reforma estudita
Sería un error afirmar que la evolución de las iglesias
ortodoxas se detuvo una vez acabado el VII concilio ecuménico.
Pero por otra parte también es verdad que el período siguiente
está caracterizado por una fidelidad ejemplar a «la fe de los
padres y de los concilios». En los momentos de decadencia las
reformas apelan al «retorno a los padres». Este fue el principio
que inspiró a san Teodoro Estudita ( j'826) en la reforma de los
monasterios bizantinos según el genuino espíritu de san Basilio.
Pero la vida no vuelve hacia atrás. Aunque auténticamente
basilianos, los monasterios estuditas poseen una organización
mucho más desarrollada y el papel de los superiores esté mucho
mejor determinado. Por eso se convierten en comunidades de
trabajo al mismo tiempo que de beneficencia y de cultura: poseen
campos, construyen orfanatos, hospitales, escuelas; sus monjes
se convierten en misioneros en los países balcánicos, en Rusia,
se trasladan a Italia meridional. En los países recién
convertidos difunden una concepción del cristianismo como de un
«reino ortodoxo», semejante a un gran monasterio donde los
gobernantes, la jerarquía, los monjes y el pueblo deberían vivir
en una perfecta «sinfonía».
10. La rigidez en el tradicionalismo
Lo mismo que en occidente, también en oriente la edad media
aparece con rostros diversos, a veces contradictorios. Mirándole
desde el punto de vista de la literatura espiritual, queda uno
impresionado por el estancamiento del pensamiento, por el
tradicionalismo profesado abiertamente como un signo infalible
de la ortodoxia.
El antiguo imperio se derrumba por todas partes. Bizancio se
considera el último bastión de la religión y de la civilización.
Muchas comunidades cristianas habían caído bajo el dominio de
los musulmanes y vivían o semivivían intentando conservar lo
mejor posible los tesoros de la tradición de los padres.
Pero en ese mismo tradicionalismo rígido cayeron también
las iglesias que habían quedado libres en los estados
cristianos, como las del imperio bizantino antes de la caída de
Constantinopla, las de Rusia, Etiopía... La herencia religiosa y
cultural del pasado se presentaba entonces desproporcionadamente
tan grande que nadie se sentía con ánimos de poder añadirle algo
nuevo que no fuese una herejía.
En este sentido resultan sin duda características las palabras
del ruso José de Volokolamsk: «El hombre de los tiempos
presentes se ha hecho tan débil en la fe que ya no es digno de
ser iluminado por el Espíritu santo para poder imitar aquello
que fueron en otros tiempos los confesores y los bienaventurados
padres de la iglesia, llenos del espíritu y de la fuerza de
Dios. Pero no tenemos que dejarnos llevar por la desesperación.
Por esta razón Dios, amigo de los hombres, nos ha dado la divina
Escritura, para que nosotros, dóciles a sus enseñanzas, no nos
dejemos engañar de los impíos herejes» (Prosvetitel'
Illuminator, Kazan 1857, 582ss).
Empiezan a multiplicarse los elogios a las «divinas escrituras».
Los escritores se limitan a hacer florilegios de ellas
(«abejas», en ruso) profesando solemnemente que no han añadido a
ellos «nada de su propia cabeza». Pero no tiene que engañarnos
ese término. Las «escrituras» no significan en ese caso la
Biblia, como entre los reformados, sino todo lo que habían
dejado los padres y escritores de la antigüedad. La obediencia a
estos documentos del pasado llevó a veces al cisma, como en el
caso de los «viejos creyentes» de Rusia, con ocasión de una
pequeña reforma litúrgica bajo el patriarca Nicón de Moscú
(siglo XVII).
11. La disensión carismática; el hesicasmo
Identificar el cristianismo con los conceptos tradicionales y
los deberes cristianos con las reglas de una cierta sociedad
siempre suscita oposiciones. En oriente estas oposiciones
aparecieron de múltiples formas.
En comparación con el occidente son raros los movimientos
heréticos. Los « judaizantes» y los «strigolniki» en la Rusia
del siglo VI nacieron más bien bajo la influencia europea.
Al contrario, alcanzó un gran vigor la disensión
religioso-política en la forma de los salo¡ (término
siríaco helenizado), jurodivye (eslavo), o «locos por
Cristo» (en Rusia son 36 los que se veneran como santos). Cuando
en Moscú uno escupía al pasar un honorable ciudadano y se
inclinaba respetuosamente ante un bandido llevado al suplicio no
podía expresar con mayor espectacularidad la opinión de que las
verdaderas leyes de Dios son interiores y que vale muy poco la
justicia exterior.
El gran movimiento del hesicasmo tiene que juzgarse no
tanto como una oposición, sino más bien como una corriente
distinta, aunque igualmente tradicional en el mejor sentido de
la palabra, del tradicionalismo externo.
Hubo hesicastas famosos entre los antiguos monjes de Egipto, en
el Sinaí. Algunos de ellos fueron verdaderos místicos. Pero a
partir del siglo XI se pueden observar ciertas tendencias
nuevas, como un hambre de gozar, experimentándolo, el «paraíso
interior», de saborear la dulzura de la paz y la tranquilidad
del corazón. En el ambiente bizantino el hesicasmo se presenta
como una vuelta consciente a la espiritualidad de los
solitarios, en reacción contra la tendencia de los estuditas.
Cuando alrededor del año 1325 llegó Gregorio el Sinaíta al monte
Athos, se quedó sorprendido de que también allí los monjes se
dedicasen a la «praxis exterior», a la observancia de las reglas
y mandamientos, pero sin conocer la «praxis interior», el arte
de vigilar sus propios pensamientos, la vigilancia del corazón,
la «atención» (prosoché) que es la «madre de la oración»
(proseuché)». A continuación, el monte Athos se convirtió
en el centro de este movimiento de los hesicastas, que buscaban
la unión con Dios por medio de la hesychía, la paz
externa e interna. A comienzos del siglo XIV el monje Nicéforo
describió allí el llamado «método físico», que consiste en
regular la respiración, concentrándose en el lugar donde está el
corazón, o en el ombligo, y repitiendo la fórmula de la
oración a Jesús:
«Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí pecador».
2. Los problemas monásticos
Toda la historia de la iglesia oriental es inconcebible sin el
conocimiento del monaquismo. En Bizancio, en los siglo IX-X hubo
una reacción por parte de las universidades y de los hombres de
la corte en contra de los «zelantes» (religiosos
intransigentes). Pero en este conflicto fueron los monjes los
que alcanzaron la victoria final. A continuación los monasterios
se multiplicaron e influyeron por todo el oriente. No se
distinguían, como en occidente, diversas «órdenes», aunque
también en ellos se notaban diversas tendencias. Para la
historia de la vida religiosa resulta bastante instructiva la
evolución del monaquismo ruso. A comienzos del siglo XVI
entraron en conflicto dos tendencias zelantes en la reforma: la
corriente típicamente tradicionalista (san José de Volokolamsk,
+1515) y los que buscaban una reestructuración nueva, más libre,
en el sentido del hesicasmo (san Nilo Sorkij, +1508). Las
dos tendencias tuvieron un éxito inmediato, pero durante un
tiempo relativamente breve. El verdadero despertar del
monaquismo ruso se debe a los startsi, padres
espirituales, famosos desde el siglo XVIII. Es la confirmación,
en el plano de la vida espiritual, de la validez de las
relaciones vivas y personales más allá de las reglas y de los
principios escritos.
13. La
espiritualidad del corazón
Durante la edad media las iglesias orientales vivían su vida
espiritual en ambientes fieles a su propia tradición. Desde el
siglo XVII los contactos con la civilización racionalista
europea produjeron en un primer momento incertidumbres y
vacilaciones semejantes a las de la iglesia occidental frente a
la ilustración. Pero muy pronto se diversificaron las reacciones
de las iglesias. Los occidentales intentaron con un gran
esfuerzo verificar los «fundamentos racionales de la fe» así
como de toda la vida ascética. Por el contrario, los orientales
volvieron con insistencia a la convicción mística de que la fe y
la vida espiritual son «metalógicas». El punto de contacto entre
Dios y el hombre no es la « razón», sino el «corazón».
La «espiritualidad del corazón», que había aparecido ya en
tiempos de los padres como reacción popular contra la
contemplación intelectual de los doctos, fue defendida desde el
siglo pasado con plena conciencia, especialmente por los rusos,
como la espiritualidad típica ortodoxa en oposición al occidente
racionalista. Insiste en los «sentimientos espirituales». Las
expresiones, si las tomásemos en sentido vulgar, podrían
originar algún malentendido. Pero colocadas en su ambiente
expresan la necesidad de una espiritualidad menos analítica,
integral, divino-humana, en la que todas las dimensiones del ser
colaboran armónicamente y alcanzan una estabilidad en la
oración, que se manifiesta por medio de una intuición
espiritual, «sentimiento del corazón» unido al Espíritu santo.
«El Espíritu y el corazón divididos entre sí -escribe Teófanes
el Recluso, autor clásico de esta tendencia (+1894)-
hacen al hombre totalmente incapaz».
14. El cristocentrismo de los pensadores rusos del siglo pasado
También a la iglesia oriental le tocó sufrir los insultos
lanzados contra ella por la ilustración, que la acusaba de
seguir conservando el oscurantismo medieval. Sobre todo si se
tiene en cuenta que en Rusia el progreso venía del occidente,
mientras que la iglesia con su tradición estaba ligada al
oriente. Desde los tiempos de Pedro el Grande (+1725), la
inteligencia rusa busca el camino de su formación cultural en
occidente. Pero casi siempre sus representantes volvieron
desengañados e interiormente atormentados por el « espíritu
analítico» del occidente racionalista.
A menudo, después de una larga crisis personal, casi todos se
ponen a soñar con un ideal: devolver la unidad deseada al
pensamiento europeo roto. Esta sería la vocación propia de la
nueva filosofía rusa. Esta unidad debe ser viva y al mismo
tiempo universal; por consiguiente, debe buscarse solamente en
Cristo, dicen abiertamente los principales representantes del
pensamiento ruso. «Cristo es la ley interna del mundo», afirma
ya G. S. Skovoroda (+ 1794), el primer representante de
la filosofía rusa moderna (Obras, en ruso, Petersburgo
1912 78). En este mismo sentido escribe F. M. Dostoyevskij (+
1881): «Hacerse uno genuinamente ruso significa precisamente
introducir de forma definitiva la conciliación en las
contradicciones europeas... según la ley evangélica de Cristo»
(Diario de un escritor, agosto 1880, capítulo II; ed.
rusa de Berlin 1922, 598). Esta unidad, afirma P. Florensky ( j-
probablemente en 1946), no puede ser una nueva reanudación del
esfuerzo «escolástico», sino que tiene que alcanzar su fondo
natural en la unidad viva de las tres divinas personas.
15. El
escatologismo
Durante el concilio Vaticano II se suscitó de nuevo el problema
de la perspectiva escatológica del cristianismo. Se trata de un
aspecto que, a juicio de los ortodoxos recientes, ha quedado
bastante marginado en la teología latina. Pero cuando se habla
del «escatologismo oriental» hay que observar que también él se
presenta bajo diversos puntos de vista. Puede llamarse
«catastrófico» cuando, especialmente en tiempos de desastre, se
predica una catástrofe cercana. Pero puede decirse «de
recompensa» cuando se promete el premio futuro por los esfuerzos
realizados. El escatologismo de los padres griegos podría
llamarse «apocatástico», en cuanto que la perfección se describe
como una vuelta al paraíso. Pero el escatologismo típico de los
teólogos y de los pensadores rusos más recientes podría llamarse
«antropológico» en un sentido totalmente social: el hombre, su
existencia, sus derechos, su libertad, pero también sus
pensamientos, sus tendencias, todos sus problemas humanos sólo
pueden comprenderse y resolverse fijando la mirada en la última
perfección del mundo, en la segunda venida de Jesucristo. De
este modo, según las palabras de P: Evdokimov, toda alma
cristiana se comprende en su «eterno femenino», en cuanto que da
a luz al Cristo que viene.
16. La sofiologia
Las doctrinas «sofiológicas» o «sofiánicas» dominan las
concepciones teológicas de los rusos recientes: V. Soloviev, P.
Florensky, S. Bulgakov, B. Zenkovsky. El modo de exponerlas es
bastante diverso, pero los une el esfuerzo común de superar el
desesperado determinismo científico del hombre moderno (en este
sentido vuelve el primer problema cristiano a finales de la
antigüedad), de «ver el mundo litúrgicamente», de captar en una
visión total la actividad cósmica de Dios Creador junto con la
obra misteriosa de la gracia, la santificación en la iglesia, la
divinización del mundo. Más allá del mundo «muerto»,
«objetivado», que nos presentan las ciencias y los sistemas
filosóficos, la Sofia, la Sabiduría divino-humana tal como la
concibe Florensky, es una «omni-unidad» de la criatura que
participa de la vida de la santísima Trinidad. Por consiguiente,
la Sofía es la verdadera realidad del mundo. Es
divino-humana-cósmica; es antitética, dinámica, dialogal. Por
consiguiente, descubrir la esencia de todas las cosas (tal como
fue siempre el ideal de la filosofía) es posible únicamente en
el diálogo con el Padre, el Hijo y el Espíritu santo, partiendo
de todo lo creado, es decir, en la oración. Estudiar el mundo
rezando es la única ciencia verdadera digna del homo sapiens.
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