Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida
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La rabia y el orgullo
Oriana Fallaci
Me pides que hable, esta vez. Me pides que rompa, al menos esta
vez, el silencio por el que he optado y que, desde hace años, me
he impuesto para no mezclarme con las chicharras. Y lo hago.
Porque he sabido que, incluso en Italia, algunos se alegraron,
como aquella tarde se alegraron en televisión los palestinos de
Gaza. «¡Victoria, victoria!». Hombres, mujeres y niños. Siempre
que se pueda seguir definiendo como hombre, mujer o niño al que
hace una cosa así.
He sabido que algunas chicharras de lujo, políticos o supuestos
políticos, intelectuales o supuestos intelectuales, amén de
otros individuos que no merecen la calificación de ciudadanos,
se comportan sustancialmente de la misma forma. Dicen: «Les está
bien empleado a los americanos».
Me siento muy, muy indignada. Indignada con una rabia fría,
lúcida y racional. Una rabia que elimina cualquier atisbo de
distanciamiento o de indulgencia. Una rabia que me invita a
responderles y, sobre todo, a escupirles. Les escupo a todos
ellos. Indignada como yo, la poetisa afroamericana Maya Angelou,
rugió también: «Be angry.
It's good
to be angry, it's healthy» (Indignaos. Es bueno estar
indignados.
Es sano). No sé si indignarme es saludable para mí.
Pero sé que no les sentará bien a ellos, a los que admiran a
Osama bin Laden, a los que le expresan comprensión, simpatía o
solidaridad. Con tu petición se ha encendido un detonante, que
hace mucho tiempo que quiere explotar. Ya lo verás.
Me pides que cuente cómo he vivido yo este Apocalipsis. Que
escriba, en suma, mi testimonio. Ahí va. Estaba en casa. Mi casa
está situada en el centro de Manhattan y, a las nueve en punto,
tuve la sensación de un peligro inminente que quizás no me
alcanzase, pero que ciertamente me iba a afectar profundamente.
Era la sensación que se siente en la guerra, durante el combate,
cuando con todos los poros de tu piel sientes las balas o el
cohete que silba, estiras las orejas y gritas al que está a tu
lado: «¡Down! ¡Get down!» (¡Al suelo. Echate al suelo!). Tardé
un poco en reaccionar. ¡No estaba ni en Vietnam ni en una de las
numerosas y horribles guerras que, desde la II Guerra Mundial,
han atormentado mi vida! Estaba en Nueva York, caramba, una
maravillosa mañana de septiembre del año 2001.
Pero la sensación siguió apoderándose de mí, inexplicable, y
entonces hice lo que no suelo hacer nunca por la mañana. Encendí
la televisión. El sonido no funcionaba, pero la pantalla, sí. Y
en todos los canales, aquí hay casi 100 canales, veía una Torre
del World Trade Center que ardía como una gigantesca cerilla.
¿Un cortocircuito? ¿Una avioneta estrellada contra la Torre? ¿O
un atentado terrorista planeado? Casi paralizada, permanecí fija
ante la pantalla y, mientras la miraba fijamente y me planteaba
esas tres preguntas, apareció un avión. Blanco y grande. Un
avión de línea. Volaba bajísimo. Y volando bajísimo se dirigía
hacia la segunda Torre como un bombardero que apunta a su
objetivo y se arroja sobre él. Entonces me di cuenta de lo que
estaba pasando. Me di cuenta, porque, en ese mismo momento,
volvió la voz a mi tele, transmitiendo un coro de gritos
salvajes. Realmente salvajes: «¡Oh God, oh, God, God, God,
Gooooooood!». Y el avión penetró en la segunda Torre como un
cuchillo que corta un trozo de mantequilla.
TROZO DE HIELO
Eran las nueve y cuarto. Y no me pidas que recuerde lo que sentí
durante aquellos 15 minutos. No lo sé, no lo recuerdo. Era como
un trozo de hielo. Incluso mi cerebro estaba helado. Ni siquiera
recuerdo si algunas cosas las vi sobre la primera o sobre la
segunda Torre. La gente que, para no morir abrasada viva, se
lanzaba por las ventanas desde el piso 80 ó 90, por ejemplo.
Rompían los cristales de las ventanas y se lanzaban al vacío
como si se lanzasen de un avión en paracaídas, y caían
lentamente. Agitando las piernas y los brazos, nadando en el
aire. Sí, parecía que nadaban en el aire. Y no acababan de
llegar abajo. Hacia el piso 30, aceleraban. Se ponían a
gesticular, desesperados, supongo que arrepentidos, como si
gritasen «Help, help». Y quizás lo gritasen de verdad. Por fin,
caían en el suelo y paf.
Mira, pensaba estar vacunada contra todo y, esencialmente, lo
estoy. Ya nada me sorprende. Ni siquiera cuando me indigno y me
irrito. Pero en la guerra siempre vi a gente que muere
asesinada. Nunca había visto a gente que muere matándose, es
decir, lanzándose sin paracaídas del piso 80, 90 ó 100. Además,
en la guerra siempre vi trastos que explotan en abanico. En la
guerra siempre oí un gran ruido. En cambio, las dos Torres no
explotaron. La primera implosionó y se tragó a sí misma. La
segunda, se fundió, se disolvió. Por el calor se disolvió como
un trozo de mantequilla al fuego. Y todo sucedió, o al menos así
me pareció a mí, en medio de un silencio de tumba. ¿Es posible?
¿Reinaba realmente ese silencio o estaba dentro de mí?
Tengo que decirte también que, en la guerra, siempre vi un
número limitado de muertes. Cada combate, 200 ó 300 muertos.
Como máximo, 400. Como en Dak To, en Vietnam. Y cuando terminó
la batalla y los americanos se pusieron a rescatar a sus heridos
y a contar a sus muertos, no podía dar crédito a mis ojos. En la
matanza de Ciudad de México, aquélla en la que incluso a mí me
hirió una bala, recogieron al menos 800 muertos. Y, cuando
creyéndome muerta, me llevaron al tanatorio, los cadáveres que
había a mi alrededor me parecían un diluvio.
Pues bien, en las dos Torres trabajaban casi 50.000 personas. Y
pocos tuvieron el tiempo suficiente para salir de ellas. Los
ascensores no funcionaban, obviamente, y para bajar a pie desde
los últimos pisos se tardaba una eternidad. Siempre que se lo
permitiesen las llamas. Jamás sabremos el número exacto de
muertos. ¿40.000, 45.000...? Los americanos no lo dirán jamás.
Para no subrayar la intensidad de este Apocalipsis. Para no dar
una satisfacción más a Osama bin Laden e incentivar otros
apocalipsis.
Y además, los dos abismos que han absorbido a decenas de miles
de criaturas son demasiado profundos. Como máximo, los operarios
desenterrarán trozos de miembros esparcidos por todas partes.
Una nariz aquí y un brazo, allá. O una especie de barro, que
parece café machacado, y que es, en realidad, materia orgánica.
Los residuos de los cuerpos que en un momento quedan reducidos a
polvo. El alcalde Giuliani envió otros 10.000 sacos. Pero no los
utilizaron.
¿Qué siento por los kamikazes que murieron con ellos? Ningún
respeto. Ninguna piedad. Ni siquiera piedad. Yo que, casi
siempre, termino cediendo a la piedad. A mí, los kamikazes, es
decir, los tipos que se suicidan para matar a los demás, siempre
me parecieron antipáticos, comenzando por los japoneses de la II
Guerra Mundial.
Sólo los consideré beneficiosos para bloquear la llegada de las
tropas enemigas, prendiendo fuego a la pólvora y saltando por
los aires con la ciudad, en Turín. Nunca los consideré soldados.
Y mucho menos los considero mártires o héroes, como aullando y
escupiendo saliva me los definió Arafat en 1972, cuando lo
entrevisté en Amán, el lugar donde sus mariscales entrenaban
incluso a los terroristas de la Beider-Meinhoff.
KAMIKAZES
Los considero tan sólo vanidosos. Vanidosos que, en vez de
buscar la gloria a través del cine, de la política o del
deporte, la buscan en la muerte propia y en la de los demás. Una
muerte que, en vez del Oscar, de la poltrona ministerial o del
título de Liga, les procurará (o eso creen) admiración. Y, en el
caso de los que rezan a Alá, un lugar en el paraíso del que
habla el Corán: el paraíso donde los héroes gozan de las huríes.
Son incluso vanidosos físicamente. Tengo ante mis ojos la
fotografía de dos kamikazes de los que hablo en mi libro
Insciallah, la novela que comienza con la destrucción de la base
americana (más de 400 muertos) y de la base francesa (más de 350
muertos) en Beirut. Se habían hecho sacar esta foto antes de ir
a morir y, antes de dirigirse a la muerte, habían pasado por el
peluquero. ¡Qué buen corte de pelo! ¡Qué bigotes engominados,
qué barbas tan bien recortadas, qué patillas tan bien
igualadas...!
¡Cómo me gustaría poder decirle cuatro cosas bien dichas al
señor Arafat! Entre él y yo no hay buen feeling. Nunca me
perdonó ni las repetidas diferencias de opinión que tuvimos
durante aquel encuentro ni el juicio que hice sobre él en mi
libro Entrevista con la historia. Y por mi parte, tampoco le he
perdonado nada. Ni siquiera el que un periodista italiano, que
se presentó ante él imprudentemente diciendo que era «amigo
mío», se encontrase al instante con una pistola apuntándole al
corazón. No nos volvimos a ver más. Pecado. Porque, si lo
volviese a ver de nuevo, o mejor dicho, si me concediese
audiencia, le gritaría en las narices quiénes son los mártires y
los héroes.
Le gritaría: Ilustre señor Arafat, los mártires son los
pasajeros de los cuatro aviones secuestrados y transformados en
bombas humanas. Entre ellos, la niña de cuatro años que se
desintegró en el interior de la segunda Torre. Ilustre señor
Arafat, los mártires son los empleados que trabajaban en las dos
Torres y en el Pentágono. Ilustre señor Arafat, los mártires son
los bomberos muertos por intentar salvarlos. ¿Y sabe usted
quiénes son los héroes? Son los pasajeros del vuelo que iba a
estrellarse contra la Casa Blanca y que se estrelló en un bosque
de Pensilvania, porque se rebelaron contra los terroristas.
Ellos sí que están en el paraíso, ilustre señor Arafat. La
desgracia es que ahora sea usted el jefe de Estado ad perpetuum,
que se comporta como un monarca, que visita al Papa y afirma que
el terrorismo no le gusta y manda condolencias a Bush. Y quizás
con su camaleónica capacidad para desmentirse, sería capaz de
responderme que tengo razón. Pero cambiemos de disco. Como todo
el mundo sabe, estoy muy enferma y, hablando de Arafat, me sube
la fiebre.
Prefiero hablar de la invulnerabilidad que muchos en Europa
atribuían a Estados Unidos. ¿Qué tipo de invulnerabilidad?
Cuanto más democrática y abierta es una sociedad, más expuesta
está al terrorismo. Cuanto más libre es un país y menos
gobernado está por un régimen policial, más sufre o se arriesga
a sufrir las matanzas que durante tantos años se produjeron en
Italia, en Alemania y en otras zonas de Europa. Y ahora tienen
lugar, agigantadas, en Norteamérica. No en vano los países no
democráticos, gobernados por regímenes policiales, han albergado
y financiado y ayudan a los terroristas.
Por ejemplo, la Unión Soviética, los países satélites de la
Unión Soviética y la China Popular. La Libia de Gadafi, Irak,
Irán, Siria, el Líbano arafatiano, el propio Egipto, la propia
Arabia Saudí, el propio Pakistán, obviamente Afganistán y todas
las regiones musulmanas de Africa. En los aeropuertos y en los
aviones de esos países siempre me he sentido segura. Serena como
un recién nacido que duerme plácidamente. Lo único que temía era
ser arrestada porque ponía a parir a los terroristas.
En cambio, en los aeropuertos y en los aviones europeos siempre
me he sentido nerviosilla. Y en los aeropuertos y en los aviones
americanos, realmente nerviosa. Y en Nueva York, dos veces más
nerviosa. En Washington, no. Debo admitirlo. Realmente no me
esperaba el avión contra el Pentágono.
A mi juicio, en suma, nunca ha sido un problema de si, sino un
problema de cuándo. ¿Por qué crees que el martes por la mañana
mi subconsciente me lo advirtió con una profunda inquietud y una
rara sensación de peligro? ¿Por qué crees que, contrariamente a
mis costumbres, encendí el televisor? ¿Por qué crees que entre
las tres cuestiones que me planteaba mientras ardía la primera
Torre y la voz de mi tele no funcionaba, estaba la del atentado?
¿Y por qué crees que apenas aparecido en pantalla el segundo
avión lo comprendí todo?
Por ser Estados Unidos el país más potente del mundo, el más
rico, el más poderoso, el más moderno, cayeron casi todos en esa
insidia. A veces, incluso los propios americanos. Y es que la
invulnerabilidad de Norteamérica nace precisamente de su fuerza,
de su riqueza, de su potencia, de su modernidad. Es la habitual
historia del pez que se muerde la cola.
Nace también de su esencia multiétnica, de su liberalidad, de su
respeto por los ciudadanos y por los huéspedes. Por ejemplo,
cerca de 24 millones de americanos son árabes-musulmanes. Y
cuando un Mustafá o un Mohamed viene, por ejemplo de Afganistán,
a visitar a un tío, nadie le prohíbe apuntarse a una escuela
para aprender a pilotar un 757. Nadie le prohíbe inscribirse en
una universidad (una costumbre que espero que cambie) para
estudiar química y biología, las dos ciencias necesarias para
desencadenar una guerra bacteriológica. Nadie. Ni siquiera si el
Gobierno teme que el hijo de Alá secuestre un 757 o eche un
puñado de bacterias en el depósito de agua y desencadene una
hecatombe. (Digo si, porque, esta vez, el Gobierno no sabía nada
y el papelón de la CIA y del FBI no tiene parangón. Si fuese el
presidente de Estados Unidos los echaría a todos a patadas en el
culo por cretinos).
SIMBOLOS
Y dicho esto, volvamos al razonamiento inicial. ¿Cuáles son los
símbolos de la fuerza, de la riqueza, de la potencia de la
modernidad americana? No son el jazz y el rock and roll, el
chicle o la hamburguesa, Broadway o Hollywood. Son sus
rascacielos. Su Pentágono. Su ciencia. Su tecnología. Esos
rascacielos impresionantes, tan altos, tan bellos que, al alzar
los ojos, casi olvidas las pirámides y los divinos palacios de
nuestro pasado. Esos aviones gigantescos, exagerados, que se
utilizan como en otro tiempo se utilizaban los veleros y los
camiones, porque todo se mueve a través de los aviones. Todo. El
correo, el pescado fresco y nosotros mismos (no olvidemos que la
guerra aérea la inventaron ellos. O al menos la guerra aérea
desarrollada hasta la histeria).
Ese terrible Pentágono, esa fortaleza que da miedo sólo con
mirarla. Esa ciencia omnipresente y casi omnipotente. Esa
extraordinaria tecnología que, en pocos años, cambió por
completo nuestra vida cotidiana, nuestra milenaria manera de
comunicarnos, comer y vivir. ¿Y dónde les ha golpeado el
reverendo Osama bin Laden? En los rascacielos y en el Pentágono.
¿Cómo? Con los aviones, con la ciencia, con la tecnología.
By the way. ¿Sabes qué es lo que más me impresiona de este
triste millonario, de este fallido playboy que, además de
cortejar a las princesas rubias y retozar en los night club
(como hacía en Beirut, cuando tenía 20 años), se divierte
matando a la gente en nombre de Mahoma y de Alá? El hecho de que
su desmesurado patrimonio provenga también de los beneficios de
una Corporation especializada en demoliciones y que él mismo sea
un experto demoledor. La demolición es una especialidad
americana.
Cuando nos vimos, te noté casi sorprendido de la heroica
eficacia y de la admirable unidad con la que los americanos han
afrontado este Apocalipsis. Pues, sí. A pesar de los defectos
que continuamente se le echan en cara, y que yo misma les echo
en cara (aunque los de Europa y, especialmente, los de Italia
son todavía peores), Estados Unidos es un país que tiene grandes
cosas que enseñarnos.
A propósito de la heroica eficacia, déjame levantar una peana
para el alcalde de Nueva York. Ese Rudolph Giuliani al que
nosotros, los italianos, deberemos dar gracias de rodillas.
Porque tiene un apellido italiano y es de origen italiano y está
quedando como un héroe ante todo el mundo. Es una gran, un
grandísimo alcalde, Rudolph Giuliani. Te lo dice una que nunca
está contenta por nada y con nadie, comenzando por sí misma.
Es un alcalde digno de otro grandísimo alcalde con apellido
italiano, Fiorello La Guardia, a cuya escuela deberían ir muchos
de nuestros alcaldes. Tendrían que presentarse humildemente,
incluso con ceniza en la cabeza, ante él para preguntarle: «Sor
Giuliani, por favor, dígame cómo se hace». El no delega sus
deberes en el prójimo, no. No pierde tiempo en tonterías ni en
medrajes personales. No se divide entre el cargo de alcalde y el
de ministro o diputado. (¿Hay alguien que me esté escuchando en
las tres ciudades de Stendhal, es decir, en Nápoles, en
Florencia y en Roma?).
Llegó instantes después de la catástrofe, entró en el segundo
rascacielos y corrió el peligro de transformarse en cenizas como
los demás. Se salvó por los pelos y por casualidad. Y al cabo de
cuatro días, volvió a poner en pie la ciudad. Una ciudad que
tiene nueve millones y medio de habitantes y casi dos sólo en
Manhattan. Cómo lo hizo, no lo sé. Está enfermo, como yo, el
pobre. El cáncer que va y viene, le ha mordido también a él. Y,
como yo, hace como si estuviese sano y sigue trabajando. Pero yo
trabajo en una mesa, caramba, y sentada.
El, en cambio... Parecía un general de ésos que participan
directamente en la batalla. Un soldado que se lanza al ataque
con la bayoneta calada. «Adelante, vamos, vamos, arriba. Vamos a
salir de esto lo más pronto posible». Pero podía hacer eso,
porque la gente era, es, como él. Gente sin vanidad y sin
pereza, habría dicho mi padre, y con cojones. En cuanto a la
admirable capacidad de unirse, a la forma de cerrar filas de una
manera casi marcial con la que los estadounidenses responden a
las desgracias y al enemigo, pues, tengo que decirte que me ha
sorprendido incluso a mí.
Sabía, sí, que esa capacidad había explotado en los tiempos de
Pearl Harbor, cuando el pueblo se fundió en torno a Roosevelt y
Roosevelt entró en guerra contra la Alemania de Hitler, la
Italia de Mussolini y el Japón de Hiro Hito. La había advertido,
sí, después del asesinato de Kennedy. Pero después de todo esto,
había venido la Guerra de Vietnam, la lacerante división
ocasionada por la Guerra de Vietnam y, en cierto sentido, esa
guerra me había recordado su Guerra Civil de hace siglo y medio.
Por eso, cuando vi a blancos y negros llorar abrazados, y digo
bien abrazados, cuando vi a demócratas y republicanos cantar
abrazados God bless America, cuando les vi olvidarse de todas
sus diferencias, me quedé de piedra. Lo mismo me pasó cuando oí
a Bill Clinton (una persona hacia la cual nunca sentí ternura
alguna) declarar: «Apretémonos en torno a Bush, tened confianza
en nuestro presidente». Y lo mismo me pasó cuando esas mismas
palabras fueron repetidas con fuerza por su mujer, Hillary,
ahora senadora por el estado de Nueva York. Y cuando fueron
reiteradas por Lieberman, el ex candidato demócrata a la
Vicepresidencia (sólo el desaparecido Al Gore permaneció
escuálidamente callado). Y cuando el Congreso votó por
unanimidad aceptar la guerra y castigar a los responsables.
¡Ojalá Italia aprendiese esta lección! Está tan dividida nuestra
Italia. ¡Es un país tan lleno de facciones y tan envenenado por
sus mezquindades tribales! En Italia, se odian incluso en el
seno del mismo partido. No consiguen estar juntos ni siquiera
cuando tienen el mismo emblema, el mismo distintivo. Celosos,
llenos de bilis, vanidosos y mezquinos, sólo piensan en sus
propios intereses personales. En la propia carrera, en la propia
gloria, en la propia popularidad de periferia. Por los propios
intereses personales se desprecian, se traicionan, se acusan y
se escupen...
Estoy absolutamente convencida de que, si Osama bin Laden
hiciese saltar por los aires la Torre de Giotto o la Torre de
Pisa, la oposición le echaría la culpa al Gobierno. Y el
Gobierno se la echaría a la oposición. Y los jefecillos del
Gobierno y de la oposición se las echarían a sus propios
compañeros y camaradas de partido. Y dicho esto, déjame que te
explique de dónde nace la capacidad de unirse que caracteriza a
los americanos.
Nace de su patriotismo. No sé si en Italia habéis visto y
entendido qué pasó en Nueva York cuando Bush fue a dar las
gracias a los operarios (y operarias) que excavan entre los
escombros de las dos Torres intentando encontrar algún
superviviente y sólo extraen narices y dedos. Y sin embargo, no
ceden. Sin resignarse y si les preguntas cómo lo hacen, te
responden: «I can allow myself to be exhausted, not to be
defeated» (Puedo permitirme estar exhausto, pero no estar
derrotado). Todos. Jóvenes, jovencísimos, viejos y de mediana
edad. Blancos, negros, amarillos, marrones y violetas...
¿Los habéis visto o no?
Mientras Bush les daba las gracias, ellos no paraban de agitar
sus banderitas americanas, levantar el puño cerrado y rugir:
«USA, USA, USA». En un país totalitario, habría pensado: «¡Qué
bien se lo ha montado el poder!». En Norteamérica, no. En
Estados Unidos, estas cosas no se organizan. No se manipulan ni
se ordenan. Especialmente en una metrópoli desencantada como
Nueva York y con operarios como los operarios de Nueva York.
Son grandes tipos los operarios de Nueva York. Más libres que el
viento. No se les puede manipular. No obedecen ni a sus
sindicatos. Pero si le tocas la bandera, si le tocas la
patria... En inglés, no existe la palabra patria. Para decir
patria hay que unir dos palabras. Father Land, Tierra de los
Padres. Mother Land, Tierra Madre. Native Land, Tierra Nativa. O
decir simplemente My country, mi país. Pero sí existe el
sustantivo patriotismo. Y exceptuando Francia, no me imagino un
país más patriótico que Estados Unidos. ¡Me emocioné tanto
viendo a esos operarios apretando el puño y enarbolando las
banderitas mientras rugían USA, USA, USA, sin que nadie se lo
mandase!
HUMILLACION
Y sentí también una especie de humillación. Porque no me puedo
imaginar a los operarios italianos enarbolando la bandera
tricolor y rugiendo Italia, Italia, Italia. En las
manifestaciones y en los comicios he visto enarbolar muchas
banderas rojas. Ríos y lagos de banderas rojas. Pero siempre he
visto enarbolar muy pocas banderas tricolores. Mal dirigidos o
tiranizados por una izquierda arrogante y devota de la Unión
Soviética, las banderas tricolores se las han dejado siempre a
los adversarios. Y tengo que decir que tampoco los adversarios
han hecho muy buen uso de ella, pero, al menos no la han
despreciado, gracias a Dios. Y lo mismo digo de los que van a
misa.
En cuanto al patán con la camisa verde y la corbata verde, ni
siquiera sabe cuáles son los colores de la tricolor y estaría
encantado de retrotraernos a la guerra entre Florencia y Siena.
Resultado: hoy, la bandera italiana se ve sólo en las
Olimpiadas, si, por casualidad, se gana una medalla. Peor aún:
se ve sólo en los estadios, cuando hay un partido de fútbol
internacional. Unica ocasión, también, en la que se puede oír el
grito de Italia, Italia.
Hay, pues, una gran diferencia entre un país en el que la
bandera de la patria es enarbolada por los gamberros en los
estadios, y un país en el que la enarbola el pueblo entero. Por
ejemplo, los operarios irreductibles que excavan entre las
ruinas para sacar alguna oreja o alguna nariz de las criaturas
masacradas por los hijos de Alá. O para recoger esa especie de
café molido, que es lo único que queda de los fallecidos.
El hecho es que América es un país especial, mi querido amigo.
Un país al que hay que envidiar, del que hay que estar celosos,
por cosas que nada tienen que ver con su riqueza, etc. Es un
país envidiable porque ha nacido de una necesidad del alma, la
necesidad de tener una patria, y de la idea más sublime que el
hombre haya concebido jamás: la idea de la libertad, o de la
libertad esposada con la idea de la igualdad. Es un país
envidiable porque, en aquella época, la idea de libertad no
estaba de moda. Y mucho menos, la de igualdad. Sólo hablaban de
ellas algunos filósofos llamados ilustrados. Estos conceptos
sólo se encontraban en un carísimo libraco llamado Enciclopedia.
Y aparte de los escritores y demás intelectuales, aparte de los
príncipes y de los señores que tenían dinero para comprar el
libraco o los libros que habían inspirado el libraco, ¿quién
sabía algo de la Ilustración? ¡No era algo que se pudiese comer
la Ilustración! Ni siquiera hablaban de la libertad y de la
igualdad los revolucionarios de la Revolución Francesa, dado que
dicha Revolución comenzó en 1789, es decir, 13 años después de
la Revolución Americana, que comenzó en 1776. (Otra
particularidad que ignoran o fingen olvidar los del «qué bien
empleado les está a los americanos». ¡Raza de hipócritas!).
Es un país especial, un país envidiable, además, porque aquella
idea es entendida y asumida por ciudadanos a menudo analfabetos
o con poca instrucción. Los ciudadanos de las colonias
americanas. Y porque es materializada por un pequeño grupo de
líderes extraordinarios, por hombres de una gran cultura y de
una gran calidad. The Founding Fathers, los Padres Fundadores,
los Benjamin Franklin, los Thomas Jefferson, los Thomas Paine,
los John Adams, los George Washington, etc. ¡Gente muy distinta
de los abogaduchos (como justamente los llamaba Vittorio
Alfieri) de la Revolución Francesa! ¡Gente muy diferente de los
sombríos e histéricos verdugos del Terror, los Marat, los
Danton, los Saint Just y los Robespierre!
Los Padres Fundadores eran tipos que conocían el griego y el
latín como nunca lo conocerán los profesores italianos de griego
y latín (si es que existen todavía). Tipos que en griego habían
leído a Aristóteles y a Platón y que, en latín, se habían leído
a Séneca y a Cicerón. Y que se habían estudiado los principios
de la democracia griega más que los marxistas de mi época
estudiaban la teoría de la plusvalía (si es que realmente se la
estudiaban).
Jefferson conocía incluso el italiano (le llamaba toscano). En
italiano hablaba y leía con gran facilidad. De hecho, junto con
las 2.000 vides, los 1.000 olivos y los cuadernos de música que
escaseaban en Virginia, el florentino Filippo Mazzei, en 1774,
le llevó varias copias de un libro escrito por un tal Cesare
Beccaria titulado De los delitos y de las penas.
Por su parte, el autodidacta Franklyn era un genio. Científico,
impresor, editor, escritor, periodista, político e inventor. En
1752, descubrió la naturaleza eléctrica del rayo e inventó el
pararrayos. Casi nada. Con estos líderes extraordinarios, con
estos hombres de gran calidad, en 1776, los ciudadanos, a menudo
analfabetos o poco instruidos, se rebelaron contra Inglaterra.
Hicieron la Guerra de la Independencia y la Revolución
Americana.
LIBERTAD E IGUALDAD
Y a pesar de los fusiles y de la pólvora, a pesar de los muertos
que conlleva toda guerra, no hicieron una guerra con los ríos de
sangre de la futura Revolución Francesa. No la hicieron con la
guillotina ni con las matanzas de La Vendée. La hicieron con un
pergamino que, junto a la necesidad del alma (la necesidad de
tener una patria), concretaba la sublime idea de la libertad o
de la libertad esposada con la igualdad. La Declaración de la
Independencia.
«We hold
these truths to be self-evident...
Consideramos evidente esta realidad. Que todos los hombres son
creados iguales. Que son dotados por el Creador de ciertos
derechos inalienables. Que, entre estos derechos, está el
derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la
felicidad. Que para asegurar estos derechos los hombres deben
instituir gobiernos...».
Y ese pergamino, que desde la Revolución Francesa en adelante
todos hemos bien o mal copiado o en el que nos hemos inspirado,
constituye todavía la espina dorsal de Estados Unidos. La linfa
vital de esta nación. ¿Sabes por qué? Porque transforma a los
súbditos en ciudadanos. Porque transforma a la plebe en pueblo.
Porque la invita o la exige a gobernarse, expresar su propia
individualidad, buscar su propia felicidad.
Todo lo contrario de lo que hacía el comunismo, prohibiendo a la
gente rebelarse, gobernarse, expresarse y colocando a Su
Majestad el Estado en el trono que antes habían ocupado los
reyes. «El comunismo es un régimen monárquico, una monarquía de
viejo cuño. Por eso, le corta los cojones a los hombres. Y
cuando a un hombre se le cortan los cojones, ya no es un
hombre», decía mi padre. Decía también que, en vez de rescatar a
la plebe, el comunismo convertía a todos en plebe y mataba a
todos de hambre.
A mi juicio, Estados Unidos rescata a la plebe. Son todos
plebeyos en Norteamérica. Blancos, negros, amarillos, marrones,
violetas, estúpidos, inteligentes, pobres y ricos. Incluso los
más plebeyos son precisamente los ricos. En la mayoría de los
casos, son maleducados y groseros. Se ve rápidamente que no son
nada refinados y que no se apañan con el buen gusto o la
sofisticación. A pesar del dinero que se gastan en vestirse, por
ejemplo, son tan poco elegantes que, a su lado, la reina de
Inglaterra parece chic. Pero están rescatados. Y en este mundo
no hay nada más fuerte y más potente que la plebe rescatada. Te
rompes siempre los cuernos contra la plebe rescatada.
Y contra Estados Unidos se han roto siempre todos los cuernos.
Ingleses, alemanes, mexicanos, rusos, nazis, fascistas y
comunistas. Por último se los han roto incluso los vietnamitas
que, después de su victoria, han tenido que pactar con ellos, de
tal forma que, cuando un ex presidente de Estados Unidos va a
hacerles una visita, tocan el cielo con un dedo. «Bienvenido
señor presidente, bienvenido señor presidente». Con los hijos de
Alá el conflicto será duro. Muy duro y muy largo. A no ser que
el resto de Occidente decida ayudar, razone un poco y les eche
una mano.
No estoy hablando, como es obvio, a las hienas que se relamen
viendo las imágenes de las matanzas y se burlan diciendo «qué
bien les está a los americanos». Estoy hablando a las personas
que, sin ser estúpidas ni tontas, están sumidas todavía en la
prudencia y en la duda. Y a esas les digo: ¡Despertaos, por
favor, despertaos de una vez! Intimidados como estáis por el
miedo de ir a contracorriente, es decir de parecer racistas
(palabra totalmente inapropiada, porque el discurso no es sobre
una raza, sino sobre una religión), no os dais cuenta o no
queréis daros cuenta de que estamos ante una cruzada al revés.
Habituados como estáis al doble juego, afectados como estáis por
la miopía, no entendéis o no queréis entender que estamos ante
una guerra de religión. Querida y declarada por una franja del
Islam, pero, en cualquier caso, una guerra de religión. Una
guerra que ellos llaman yihad. Guerra santa. Una guerra que no
mira a la conquista de nuestro territorio, quizás, pero que
ciertamente mira a la conquista de nuestra libertad y de nuestra
civilización. Al aniquilamiento de nuestra forma de vivir y de
morir, de nuestra forma de rezar o de no rezar, de nuestra
manera de comer, beber, vestirnos, divertirnos o informarnos...
No entendéis o no queréis entender que si no nos oponemos, si no
nos defendemos, si no luchamos, la yihad vencerá. Y destruirá el
mundo que, bien o mal, hemos conseguido construir, cambiar,
mejorar, hacer un poco más inteligente, menos hipócrita e,
incluso, nada hipócrita. Y con la destrucción de nuestro mundo
destruirá nuestra cultura, nuestro arte, nuestra ciencia,
nuestra moral, nuestros valores y nuestros placeres... ¡Por
Jesucristo!
¿No os dais cuenta de que los Osama bin Laden se creen
autorizados a mataros a vosotros y a vuestros hijos, porque
bebéis vino o cerveza, porque no lleváis barba larga o chador,
porque vais al teatro y al cine, porque escucháis música y
cantáis canciones, porque bailáis en las discotecas o en
vuestras casas, porque veis la televisión, porque vestís
minifalda o pantalones cortos, porque estáis desnudos o casi en
el mar o en las piscinas y porque hacéis el amor cuando os
parece, donde os parece y con quien os parece? ¿No os importa
nada de esto, estúpidos? Yo soy atea, gracias a Dios. Pero no
tengo intención alguna de dejarme matar por serlo.
Lo vengo diciendo desde hace 20 años. Desde hace 20 años. Con
cierta moderación, pero con la misma pasión, hace 20 años
escribí sobre este asunto un artículo de fondo en el Corriere
della Sera. Era el artículo de una persona acostumbrada a estar
con todas las razas y todos los credos, de una ciudadana
acostumbrada a combatir contra todos los fascismos y todas las
intolerancias, de una laica sin tabúes. Pero era también el
artículo de una persona indignada con los que no olían el tufo
de una guerra santa que se acercaba y contra los que les
perdonaban demasiado a los hijos de Alá.
CULTURA
Hacía en dicho artículo un razonamiento que sonaba, más o menos,
así, hace 20 años: «¿Qué sentido tiene respetar a quien no nos
respeta? ¿Qué sentido tiene defender su cultura o su presunta
cultura, cuando ellos desprecian la nuestra? Yo quiero defender
nuestra cultura y les informo que Dante Alighieri me gusta más
que Omar Khayan». Se abrieron los cielos. Me crucificaron.
«¡Racista, racista!».
Fueron los propios progresistas (en aquella época se llamaban
comunistas) los que me crucificaron. El mismo insulto me lo
dedicaron cuando los soviéticos invadieron Afganistán.
¿Recuerdan a aquellos barbudos con sotana y turbante que antes
de disparar los morteros, elevaban preces al Señor? «¡Allah
akbar! ¡Allah akbar!». Yo los recuerdo perfectamente. Y al ver
unir la palabra de Dios a los golpes de mortero, me ponía
malita. Me parecía estar en el medievo y decía: «Los soviéticos
son lo que son. Pero hay que admitir que, haciendo esta guerra,
nos están protegiendo incluso a nosotros. Y les doy las
gracias». Se volvieron a abrir los cielos. «¡Racista, racista!».
En su ceguera ni siquiera querían oírme hablar de las
atrocidades que los hijos de Alá cometían con los militares a
los que hacían prisioneros. (Les cortaban los brazos y las
piernas, ¿recuerdan? Un pequeño vicio al que se habían dedicado
ya en el Líbano con los prisioneros cristianos y hebreos).
No querían que lo contase. Y para hacerse los progresistas
aplaudían a los estadounidenses que acongojados por el miedo a
la Unión Soviética llenaban de armas al heroico pueblo afgano.
Entrenaban a los barbudos, y con los barbudos al barbudísimo
Osama bin Laden. ¡Fuera los rusos de Afganistán! ¡Los rusos
tienen que salir de Afganistán!
Pues bien, los rusos se fueron de Afganistán. ¿Contentos? Pero
desde Afganistán los barbudos del barbudísimo Osama bin Laden
llegaron a Nueva York con los barbudos sirios, egipcios,
iraquíes, libaneses, palestinos y saudíes que componían la banda
de los 19 kamikazes identificados ¿Contentos? Peor aún. Ahora,
aquí, se discute del próximo ataque que nos golpeará con armas
químicas, biológicas, radiactivas y nucleares. Se dice que la
nueva catástrofe es inevitable, porque Irak les proporciona los
materiales. Se habla de vacunación, de máscaras de gas, de
peste. Hay quien se está preguntando ya cuándo tendrá lugar...
¿Contentos?
Algunos no están ni contentos ni descontentos. Se muestran
indiferentes. Norteamérica está muy lejos y entre Europa y
América hay un océano... Pues no, queridos míos. No. El océano
no es más que un hilo de agua. Porque cuando está en juego el
destino de Occidente, la supervivencia de nuestra civilización,
Nueva York somos todos nosotros.
América somos todos. Los italianos, los franceses, los ingleses,
los alemanes, los austriacos, los húngaros, los eslovacos, los
polacos, los escandinavos, los belgas, los españoles, los
griegos, los portugueses. Si se hunde América, se hunde Europa.
Si se hunde Occidente, nos hundimos todos. Y no sólo en sentido
financiero, es decir en el sentido que me parece que es el que
más os preocupa. (Una vez, cuando era joven e ingenua, le dije a
Arthur Miller: «Los americanos miden todo por el dinero, sólo
piensan en el dinero». Y Arthur Miller me contestó: «¿Ustedes
no?»).
Nos hundimos en todos los sentidos, querido amigo. Y en el lugar
de campanas, encontraremos muecines, en vez de minifaldas, el
chador, en vez de coñac, leche de camello. ¿No entendéis ni
esto, ni siquiera esto? Blair lo ha entendido. Vino aquí y le
renovó a Bush la solidaridad de los británicos. No una
solidaridad de pacotilla, sino una solidaridad basada en la caza
a los terroristas y en la alianza militar. Chirac, no. Como
sabes, hace dos semanas estuvo aquí en visita oficial.
Una visita prevista desde hace tiempo, no una visita ad hoc. Vio
las masacres de las dos Torres, supo que los muertos son un
número incalculable e, incluso, inconfesable, pero no se
conmovió. Durante una entrevista en la CNN, mi amiga Christiane
Amanpour le preguntó más de cuatro veces de qué forma y en qué
medida pensaba luchar contra esta yihad y, las cuatro veces,
Chirac evitó dar una respuesta. Se escurrió como una anguila. Me
daban ganas de gritarle: «Monsieur le President, ¿recuerda el
desembarco en Normandía? ¿Sabe cuántos americanos murieron en
Normandía para expulsar a los alemanes de Francia?».
Excepto Blair, en el resto de los demás líderes europeos veo
pocos Ricardos Corazón de León. Y mucho menos en Italia, donde
el Gobierno no ha descubierto ni arrestado a ningún cómplice de
Osama bin Laden. ¡Por Dios, señor Cavaliere, por Dios! A pesar
del temor de la guerra, en todos los países de Europa han sido
descubiertos y arrestados algunos cómplices de Osama bin Laden.
En Francia, en Alemania, en el Reino Unido, en España... Pero en
Italia, donde las mezquitas de Milán, de Turín y de Roma están
repletas de bellacos que aplauden a Osama bin Laden, de
terroristas que esperan hacer saltar por los aires la Cúpula de
San Pedro, ninguno. Cero. Nada. Ninguno.
Explíquemelo, señor Cavaliere. ¿Es que son tan incapaces sus
policías y sus carabineros? ¿Son tan ineptos sus servicios
secretos? ¿Son tan estúpidos sus funcionarios? ¿Es que todos los
musulmanes de Italia son unos santos? ¿Es que ninguno de los
hijos de Alá que hospedamos tiene nada que ver con lo que ha
sucedido y está sucediendo? ¿O es que por investigar, por
descubrir y por arrestar a los que hasta hoy no ha descubierto
ni ha detenido, teme que le canten la cantinela habitual de
racista, racista? Ya ve que yo no.
¡Por Jesucristo! No le niego a nadie el derecho a tener miedo.
El que no tiene miedo a la guerra es un cretino. Y el que quiere
hacer creer que no tiene miedo a la guerra, tal y como he
escrito mil veces, es un cretino y un estúpido a la vez. Pero en
la vida y en la historia hay casos en los que no es lícito tener
miedo. Casos en los que tener miedo es inmoral e incivil. Y los
que, por debilidad o falta de coraje o por estar acostumbrados a
tener el pie en dos estribos se sustraen a esta tragedia, a mí
me parecen masoquistas.
LOS HIJOS DE
ALÁ
¿Que por qué quiero hacer este discurso sobre lo que tú llamas
'contraste entre las dos culturas'? Pues, si quieres saberlo,
porque a mí me fastidia hablar incluso de dos culturas.
Ponerlas sobre el mismo plano, como si fuesen dos realidades
paralelas, de igual peso y de igual medida. Porque detrás de
nuestra civilización están Homero, Sócrates, Platón, Aristóteles
y Fidias, entre otros muchos. Está la antigua Grecia con su
Partenón y su descubrimiento de la Democracia. Está la antigua
Roma con su grandeza, sus leyes y su concepción de la Ley. Con
su escultura, su literatura y su arquitectura. Sus palacios y
sus anfiteatros, sus acueductos, sus puentes y sus calzadas.
Está un revolucionario, aquel Cristo muerto en la cruz, que nos
enseñó (y hay que tener paciencia si no lo hemos aprendido) el
concepto del amor y de la justicia. Está incluso una Iglesia,
que nos dio la Inquisición, de acuerdo. Que torturó y quemó
1.000 veces en la hoguera, de acuerdo. Que nos oprimió durante
siglos, que durante siglos nos obligó sólo a esculpir y a pintar
cristos y vírgenes, y que casi asesina a Galileo Galilei. Pero
también contribuyó decisivamente a la Historia del Pensamiento,
¿sí o no?
Y, además, detrás de nuestra civilización está el Renacimiento.
Están Leonardo da Vinci, Miguel Angel, Rafael o la música de
Bach, Mozart y Beethoven. Con Rossini, Donizetti, Verdi and
company. Esa música sin la cual no sabemos vivir y que en su
cultura, o en su supuesta cultura, está prohibida. Pobre de ti
si tarareas una cancioncilla o los coros de Nabucco.
Y por último está la ciencia. Una ciencia que ha descubierto
muchas enfermedades y las cura. Yo sigo viva, por ahora, gracias
a nuestra ciencia, no a la de Mahoma. Una ciencia que ha
inventado máquinas maravillosas. El tren, el coche, el avión,
las naves espaciales con las que hemos ido a la Luna y quizás
pronto vayamos a Marte. Una ciencia que ha cambiado la faz de
este planeta con la electricidad, la radio, el teléfono, la
televisión... Por cierto, ¿es verdad que los santones de la
izquierda no quieren decir todo esto que yo acabo de enumerar?
¡Válgame Dios, qué bobos! No cambiarán jamás. Pues bien, hagamos
ahora la pregunta fatal: y detrás de la otra cultura, ¿qué hay?
Busca, busca, porque yo sólo encuentro a Mahoma con su Corán y a
Averroes con sus méritos de estudioso (los comentarios sobre
Aristóteles, etc.), al que Arafat encasqueta el honor de haber
creado incluso los números y las matemáticas. De nuevo
chillándome en la cara, de nuevo cubriéndome de pollos, en 1972,
me dijo que su cultura era superior a la mía, muy superior a la
mía, porque sus antepasados habían inventado los números y las
matemáticas.
MEMORIA
Pero Arafat tiene poca memoria. Por eso cambia de idea y se
desmiente cada cinco minutos. Sus antepasados no inventaron los
números ni las matemáticas. Inventaron la grafía de los números,
que también nosotros, los infieles, utilizamos, y las
matemáticas fueron concebidas casi al mismo tiempo por todas las
antiguas civilizaciones. En Mesopotamia, en Grecia, en la India,
en China, en Egipto y entre los mayas... Sus antepasados,
ilustre señor Arafat, sólo nos han dejado unas cuantas bellas
mezquitas y un libro con el que, desde hace 1.400 años, nos
rompen las crismas mucho más que los cristianos nos la rompían
con la Biblia y los hebreos con la Torá.
Y ahora veamos cuáles son los méritos que adornan al Corán. ¿Se
puede hablar realmente de méritos del Corán? Desde que los hijos
de Alá casi destruyeron Nueva York, los expertos del Islam no
dejan de cantarme las alabanzas de Mahoma. Me explican que el
Corán predica la paz, la fraternidad y la justicia. (Por lo
demás, lo dice hasta Bush, pobre Bush. Y es lógico que Bush
tenga que tranquilizar a los 24 millones de musulmanes
estadounidenses, convencerlos de que cuenten todo lo que saben
sobre los eventuales parientes o amigos o conocidos fieles de
Osama bin Laden).
¿Pero cómo se come eso con la historia del ojo por ojo y diente
por diente? ¿Cómo se come con el chador y el velo que cubre el
rostro de las musulmanas, que hasta para poder echarle una
ojeada al prójimo esas infelices tienen que mirar a través de
una tupida rejilla colocada a la altura de sus ojos? ¿Cómo se
come eso con la poligamia y con el principio de que las mujeres
deben contar menos que los camellos, no deben ir a la escuela,
no deben hacerse fotografías, etc? ¿Cómo se come eso con el veto
a los alcoholes y con la pena de muerte para el que beba? Porque
también esto está en el Corán. Y no me parece tan justo, tan
fraterno ni tan pacífico.
Esta es, pues, mi respuesta a tu pregunta sobre el contraste de
las dos culturas. En el mundo hay sitio para todos, digo yo. En
su casa, cada cual hace lo que quiere. Y si en algunos países
las mujeres son tan estúpidas que aceptan el chador e incluso el
velo con rejilla a la altura de los ojos, peor para ellas. Si
son tan estúpidas como para aceptar no ir a la escuela, no ir al
doctor, no hacerse fotografías, etcétera, peor para ellas. Si
son tan necias como para casarse con un badulaque que quiere
tener cuatro mujeres, peor para ellas. Si sus maridos son tan
bobos como para no beber vino ni cerveza, ídem. No seré yo quien
se lo impida. Faltaría más. He sido educada en el concepto de
libertad y mi madre siempre decía: «El mundo es bello porque es
muy variado». Pero si me pretenden imponer todas esas cosas a
mí, en mi casa...
Porque la verdad es que lo pretenden. Osama bin Laden afirma que
todo el planeta Tierra deber ser musulmán, que tenemos que
convertirnos al Islam, que por las buenas o por las malas él nos
hará convertir, que para eso nos masacra y nos seguirá
masacrando. Y esto no puede gustarnos, no. Debe darnos, por el
contrario, razones más que suficientes para matarle a él.
CRUZADA
Pero la cosa no se resuelve, ni se termina, con la muerte de
Osama bin Laden. Porque hay ya decenas de miles de Osamas bin
Laden, y no están sólo en Afganistán y en los demás países
árabes. Están en todas partes, y los más aguerridos están
precisamente en Occidente. En nuestras ciudades, en nuestras
calles, en nuestras universidades, en los laboratorios
tecnológicos. Una tecnología que cualquier idiota puede manejar.
Hace tiempo que comenzó la cruzada. Y funciona como un reloj
suizo, sostenida por una fe y una perfidia sólo equiparable a la
fe y a la perfidia de Torquemada cuando dirigía la Inquisición.
De hecho, es imposible dialogar con ellos. Razonar, impensable.
Tratarlos con indulgencia o tolerancia o esperanza, un suicidio.
Y el que crea lo contrario es un iluso.
Te lo dice una que conoció bastante bien ese tipo de fanatismo
en Irán, Pakistán, Bangladesh, Arabia Saudí, Kuwait, Libia,
Jordania, el Líbano y en su propia casa, es decir, en Italia.
Una que lo ha experimentado incluso en muchos y muy variados
episodios triviales y grotescos, con los que ha tenido
confirmación absoluta de su fanatismo. Nunca olvidaré lo que me
pasó en la embajada iraní de Roma, cuando fui a pedir un visado
para viajar a Teherán, para entrevistar a Jomeini, y me presenté
con las uñas pintadas de rojo. Para ellos, signo de inmoralidad.
Me trataron como una prostituta a la que hay que quemar en la
hoguera. Me querían obligar a quitarme el esmalte. Y si no les
hubiese dicho lo que tenían que quitarse ellos, o incluso
cortarse...
Nunca olvidaré tampoco lo que me pasó en Qom, la ciudad santa de
Jomeini, donde como mujer fui rechazada en todos los hoteles.
Para entrevistar a Jomeini tenía que ponerme un chador, para
ponerme el chador tenía que quitarme los vaqueros y para
quitarme los vaqueros quería utilizar el coche con el que había
viajado desde Teherán. Pero el intérprete me lo impidió. «Está
usted loca, loca de remate, hacer una cosa así en Qom es correr
el riesgo de ser fusilada». Prefirió llevarme al antiguo Palacio
Real, donde un guardia piadoso nos acogió y nos dejó la antigua
Sala del Trono.
De hecho, yo me sentía como la Virgen que para dar a luz al Niño
Jesús se refugia junto a José en el pesebre del asno y del buey.
Pero a un hombre y a una mujer no casados entre sí, el Corán les
prohíbe estar en la misma estancia con la puerta cerrada y, hete
aquí, que de pronto la puerta se abrió. El mulá dedicado al
control de la moralidad irrumpió gritando «vergüenza, vergüenza,
pecado, pecado». Y, para él, sólo había una forma de no terminar
fusilados: casarnos. Firmar el acta de matrimonio que el mulá
nos restregaba en las narices.
El problema era que el intérprete tenía una mujer española, una
tal Consuelo, que no estaba dispuesta en absoluto a aceptar la
poligamia y, además, yo no quería casarme con nadie. Y mucho
menos con un iraní con esposa española y que no estaba dispuesta
en absoluto a aceptar la poligamia. Al mismo tiempo, no quería
morir fusilada ni perder la entrevista con Jomeini. En ese
dilema me debatía cuando...
Te ríes, ¿verdad? Te parecen tonterías. Pues, entonces, no te
cuento el final de este episodio. Para hacerte llorar te contaré
el de 12 jovencitos impuros que, terminada la guerra de
Bangladesh, vi ajusticiar en Dacca. Los ajusticiaron en el
estadio de Dacca, a golpes de bayoneta en el tórax o en el
vientre, ante la presencia de 20.000 fieles que, desde las
tribunas, aplaudían en nombre de Dios. Chillaban «¡Allah akbar,
Allah akbar!».
Lo sé, lo sé, en el Coliseo, los antiguos romanos, aquellos
antiguos romanos de los que mi cultura se siente orgullosa, se
divertían viendo morir a los cristianos como pasto de los
leones. Lo sé, lo sé, en todos los países de Europa, los
cristianos, aquellos cristianos a los que, a pesar de mi
ateísmo, les reconozco la contribución que han hecho a la
Historia del Pensamiento, se divertían viendo arder a los
herejes. Pero, desde entonces, ha llovido mucho. Nos hemos
vuelto más civilizados, e incluso los hijos de Alá deberían
haber comprendido que ciertas cosas no se hacen.
Tras los 12 jovencitos impuros, mataron a un niño que, para
intentar salvar al hermano condenado a muerte, se había
abalanzado sobre los verdugos. Los militares le rompieron la
cabeza a puntapiés con sus botas. Y si no me crees, vuelve a
leer mi crónica y la crónica de los periodistas franceses y
alemanes que, presos del terror como yo, estaban también allí. O
mejor aún, mira las fotos que uno de ellos consiguió.
De todas formas, lo que quiero subrayar no es esto. Lo que
quiero subrayar es que, concluido el acto, los 20.000 fieles
(muchas mujeres entre ellos) abandonaron las tribunas y bajaron
al terreno de juego. No de una forma despavorida, no. De una
forma ordenada y solemne. Lentamente compusieron un cortejo y,
siempre en nombre de Dios, pisaron a los cadáveres. Siempre
gritando «¡Allah akbar, Allah akbar!». Los destruyeron como a
las Torres Gemelas de Nueva York. Los redujeron a un tapiz
sanguinolento de huesos rotos.
REHENES ESTADOUNIDENSES
Y así podría seguir hasta el infinito. Podría contarte cosas
nunca dichas, cosas para ponerte los pelos de punta. Sobre el
chocho de Jomeini, por ejemplo, que después de la entrevista
celebró una asamblea en Qom para declarar que yo le acusaba de
cortarle los pechos a las mujeres. De tal asamblea salió un
vídeo que durante meses fue transmitido por la televisión de
Teherán, de tal forma que, cuando al año siguiente volví a
Teherán, fui arrestada apenas puse el pie en el aeropuerto. Y
las pasé canutas, muy canutas.
Era la época de los rehenes estadounidenses. Podría hablarte de
aquel Mujib Rahman que, siempre en Dacca, había ordenado a sus
guerrilleros que me eliminasen por ser una europea peligrosa, y
menos mal que un coronel inglés me salvó, poniendo su propia
vida en peligro. O de aquel palestino, de nombre Habash, que me
mantuvo durante 20 minutos con una metralleta colocada en la
sien. ¡Dios mío, qué gente! Los únicos con los que mantuve una
relación civilizada fueron el pobre Alí Bhutto, el primer
ministro de Pakistán, ahorcado por ser demasiado amigo de
Occidente, y el bravísimo rey de Jordania, Husein. Pero esos dos
eran tan musulmanes como yo católica.
Pero aterricemos y veamos la conclusión de mi razonamiento. Una
conclusión que seguro no les gustará a muchos, dado que defender
la propia cultura, en Italia, se está convirtiendo en un pecado
mortal. Y dado que, intimidados por la palabra «racista»,
impropiamente utilizada, todos callan como conejos. Yo no voy a
levantar tiendas a La Meca. Yo no voy a cantar padrenuestros y
avemarías ante la tumba de Mahoma. Yo no voy a hacer pipí en el
mármol de sus mezquitas ni a hacer caca a los pies de sus
minaretes.
Cuando me encuentro en sus países (de los que no guardo buen
recuerdo), jamás olvido que soy huésped y extranjera. Estoy
atenta a no ofenderles con costumbres, gestos o comportamientos
que para nosotros son normales, pero que para ellos son
inadmisibles. Los trato con obsequioso respeto, obsequiosa
cortesía, me disculpo si por descuido o ignorancia infrinjo
algunas de sus reglas o supersticiones.
Y este grito de dolor y de indignación te lo he escrito teniendo
ante los ojos imágenes que no siempre eran las apocalípticas
escenas con las que comencé mi discurso. A veces, en vez de
dichas imágenes, veía otras, para mí simbólicas (y por lo tanto,
indignantes), de la gran tienda con la que, el verano pasado,
los musulmanes somalíes hollaron, ensuciaron y ultrajaron
durante tres meses la plaza del Duomo de Florencia. Mi ciudad.
Una tienda levantada para censurar, condenar e insultar al
Gobierno italiano que les albergaba, pero que no les concedía
los visados necesarios para pasearse por Europa y no les dejaba
introducir en Italia la horda de sus parientes: madres, abuelos,
hermanos, hermanas, tíos, tías, primos, cuñadas encinta e,
incluso, parientes de los parientes. Una tienda situada al lado
del bello Palacio del Arzobispado, en cuyas escalinatas dejaban
sus sandalias o las babuchas que, en sus países, alinean fuera
de las mezquitas. Y junto a las sandalias y a las babuchas, las
botellas vacías de agua con la que se lavaban los pies antes de
la oración. Una tienda colocada frente a la catedral con la
cúpula de Brunelleschi y al lado del Bautisterio con las puertas
de oro de Ghiberti.
Una tienda, por fin, amueblada como un vulgar apartamento:
sillas, mesas, chaise-longues y colchones para dormir y hacer el
amor, y hornos para cocer la comida y apestar la plaza con el
humo y con el olor. Y, gracias a la inconsciencia del ENEL que
ilumina nuestras obras de arte cuando quiere, luz eléctrica
gratis.
Gracias a una grabadora, los gritos de un vociferante muecín que
puntualmente exhortaba a los fieles, ensordecía a los infieles y
tapaba el sonido de las campanas. Y junto a todo esto, los
amarillos regueros de orina que profanaban los mármoles del
Bautisterio (¡qué asco! ¡Tienen la meada larga estos hijos de
Alá! ¿Cómo hacían para llegar al objetivo, separado de la verja
de protección y, por lo tanto, distante casi dos metros de su
aparato urinario?). Junto a los regueros amarillos de orina, el
hedor de la mierda que bloqueaba el portón de San Salvador del
obispo, la exquisita iglesia románica (del año 1000) que se
encuentra a la espalda de la plaza del Duomo y que los hijos de
Alá habían transformado en un cagatorio. Lo sé de primera mano.
Lo sé bien porque fui yo la que te llamé y te rogué que hablases
de ellos en el Corriere, ¿recuerdas? Llamé también al alcalde,
que tuvo la amabilidad de venir a mi casa. Me escuchó y me dio
la razón: «Tiene razón, toda la razón...». Pero no hizo levantar
la tienda. Se olvidó del tema o no fue capaz de conseguirlo.
Llamé incluso al ministro de Exteriores, que era un florentino,
un florentino de esos que hablan con acento muy florentino y,
por lo tanto, perfecto conocedor de la situación. También él me
escuchó. Y me dio la razón: «Sí, sí, tiene usted toda la razón».
Pero no movió un dedo para quitar la tienda. Y no sólo eso sino
que, además, rápidamente contentó a los hijos de Alá que
orinaban en el Bautisterio y cagaban en San Salvatore del Obispo
(me da la sensación de que de las abuelas, las madres, los
hermanos y hermanas, los tíos y tías, los primos y las cuñadas
encinta están ya donde querían estar. Es decir, en Florencia y
en las demás ciudades de Europa).
Entonces cambié de sistema. Llamé a un simpático policía que
dirige la oficina de seguridad de la ciudad y le dije: «Querido
agente, no soy un político. Por eso, cuando digo que voy a hacer
una cosa, la hago. Además conozco la guerra y hay ciertas cosas
que me son familiares. Si mañana por la mañana no levantan la
jodida tienda, la quemo. Juro por mi honor que la quemo y que ni
siquiera un regimiento de carabineros conseguirá impedírmelo. Y
por esto que acabo de confesarle, quiero, además, ser arrestada,
llevada a la cárcel esposada. Así termino saliendo en todos los
periódicos».
Pues bien, siendo más inteligente que todos los demás, al cabo
de pocas horas hizo levantar la tienda. En el lugar de la tienda
quedó sólo una inmensa y repugnante mancha de suciedad. Toda una
victoria pírrica. Pírrica porque no influyó para nada en los
demás estúpidos que, desde hace años, hieren y humillan a la que
era la capital del arte, la cultura y la belleza. Pírrica porque
no desanimó para nada a los otros arrogantísimos huéspedes de la
ciudad: a los albaneses, sudaneses, bengalíes, tunecinos,
argelinos, paquistaníes y nigerianos, que con tanto fervor
contribuyen al comercio de la droga y de la prostitución, por lo
que parece no prohibido por el Corán.
Sí, sí, están todos donde estaban antes de que mi policía
levantase la tienda. Dentro de la plaza de los Uffizi, a los
pies de la Torre de Giotto. Delante de la Logia de Orcagna,
alrededor de la Logia de Porcellino. Frente a la Biblioteca
Nacional, a la entrada de los museos. En el Puente Viejo, donde
de vez en cuando se lían a cuchilladas o a tiros. En todos los
lugares en los que han pretendido o conseguido que el municipio
les financie (sí, señor, les financie).
En el atrio de la iglesia de San Lorenzo, donde se emborrachan
con vino, cerveza y licores, raza de hipócritas, y donde
profieren todo tipo de obscenidades a las mujeres. (El verano
pasado, en ese atrio, me las dijeron incluso a mí, que soy ya
una mujer mayor. Y, como es lógico, les planté cara. Sí, sí les
planté cara. Uno sigue todavía allí, doliéndole los genitales).
En medio de las históricas calles, donde campan a sus anchas con
el pretexto de vender sus mercancías. Por mercancías entiendo
bolsos y maletas copiadas de modelos protegidos con sus
respectivas marcas y, por lo tanto, ilegales. Amén de sus
postales, lapiceros, estatuillas africanas que los turistas
ignorantes creen que son esculturas de Bernini, o ropa. («Je
connais mes droits [Conozco mis derechos]», me espetó, en el
Puente Viejo, uno al que vi vender ropa).
RESIGNACION
Y si al ciudadano se le ocurre protestar, si les responde que
«esos derechos los vas a ejercer a tu casa», se le tacha
inmediatamente de «racista, racista». Mucho cuidado con que un
polícía municipal se le acerque y le insinúe: «Señor hijo de
Alá, excelencia, ¿no le molestaría demasiado apartarse un
poquito para dejar pasar a la gente?». Se lo comen vivo. Lo
agreden con sus navajas. O, como mínimo, insultan a su madre y a
su progenie. «Racista, racista». Y la gente lo soporta todo,
resignada. No reacciona ni siquiera cuando les gritas lo que mi
abuelo gritaba durante la época del fascismo: «¿No os importa
nada la dignidad? ¿No tenéis un poco de orgullo, cabestros?».
Sé que eso pasa también en otras ciudades. En Turín, por
ejemplo. Esa Turín que hizo Italia y que, ahora, ya casi no
parece una ciudad italiana. Parece Argel, Dacca, Nairobi,
Damasco o Beirut. En Venecia. Esa Venecia en la que las palomas
de la plaza de San Marcos fueron sustituidas por tapetes con la
mercancía y, donde incluso Otelo se sentíría a disgusto. En
Génova. Esa Génova donde los maravillosos palacios que Rubens
admiraba tanto fueron secuestrados por ellos y se deterioran
como bellas mujeres violadas. En Roma. Esa Roma donde el cinismo
de la política, de la mentira, de todos los colores, los corteja
con la esperanza de conseguir su futuro voto y donde los protege
el mismísimo Papa. (Santidad, ¿por qué no los acoge, en nombre
del Dios único, en el Vaticano? A condición, que quede claro, de
que no ensucien incluso la Capilla Sixtina, las estatuas de
Miguel Angel y los cuadros de Rafael).
TRABAJO
En fin, ahora soy yo la que no entiende. No entiendo por qué a
los hijos de Alá en Italia se les llama «trabajadores
extranjeros». O «mano de obra que necesitamos». No hay duda
alguna de que algunos de ellos trabajan. Los italianos se han
vuelto unos señoritingos. Van de vacaciones a las Seychelles y
vienen a Nueva York a comprar ropa en Bloomingdale's. Se
avergüenzan de trabajar como obreros y como campesinos y no
quieren que se les asocie ya con el proletariado.
¿Pero aquellos de los que estoy hablando qué trabajadores son?
¿Qué trabajo hacen? ¿De qué forma suplen la necesidad de mano de
obra que el ex proletario italiano ya no cubre? ¿Vagabundeando
por la ciudad con el pretexto de las mercancías para vender?
¿Zanganeando y estropeando nuestros monumentos? ¿Rezando cinco
veces al día?
Además, hay otra cosa que no entiendo. Si realmente son tan
pobres, ¿quién les da el dinero para el viaje en los aviones o
en los barcos que los traen a Italia? ¿Quién les da los 10
millones por cabeza (10 millones como mínimo) necesarios para
comprarse el billete? ¿No se los estará pagando, al menos en
parte, Osama bin Laden, con el objetivo de poner en marcha una
conquista que no es sólo una conquista de almas, sino también
una conquista de territorio?
Y aunque no se lo dé, esta historia no me convence. Aunque
nuestros huéspedes fuesen absolutamente inocentes, aunque entre
ellos no haya ninguno que quiera destruir la Torre de Pisa o la
Torre de Giotto, ninguno que quiera obligarme a llevar el
chador, ninguno que quiera quemarme en la hoguera de una nueva
Inquisición, su presencia me alarma. Me produce desazón. Y se
equivoca el que se plantea este fenómeno a la ligera o con
optimismo. Se equivoca, sobre todo, quien compara la oleada
migratoria que se está abatiendo sobre Italia y sobre Europa con
la oleada migratoria que nos condujo a América en la segunda
mitad del siglo XIX, incluso a finales del XIX y comienzos del
XX. Y te digo el porqué.
LA RABIA Y EL ORGULLO (y III)
Mi patria, mi Italia
Por Oriana Fallaci
Sabedora de la polémica que suscitará, la escritora Oriana
Fallaci concluye en estas páginas su experiencia en los ataques
del 11 de septiembre con una reflexión sobre la patria. «Algunas
de estas cosas tenía que decirlas. Las he dicho. Ahora dejadme
en paz. La puerta se cierra de nuevo y no quiero volverla a
abrir».
No hace mucho tiempo tuve la oportunidad de captar una frase
pronunciada por uno de los miles de presidentes del Consejo que
honraron a Italia desde hace décadas. «¡Mi tío también fue
emigrante! ¡Recuerdo a mi tío marchar con la maleta de tela a
América!» O algo así. Pues no, querido. No. No es lo mismo. Y no
lo es, por dos motivos bastante sencillos.
El primero es que, en la segunda mitad del XIX, la oleada
migratoria hacia América no se realizó de una forma clandestina
ni por prepotencia de quien la efectuaba. Fueron los americanos
los que la querían y la solicitaron. Y por medio de una
disposición concreta del Congreso. «Venid, venid, que os
necesitamos. Venid y os regalamos un buen trozo de tierra». Los
estadounidenses han hecho incluso una película sobre el tema,
protagonizada por Tom Cruise y Nicole Kidman, cuyo final me
llamó muchísimo la atención. Se trata de la escena en la que los
desgraciados corren para plantar su banderita blanca en el
terreno que será suyo, pero sólo los más jóvenes y los más
fuertes lo consiguen. Los demás se quedan con un palmo de
narices y algunos mueren en la carrera.
Que yo sepa, en Italia nunca hubo una decisión del Parlamento
invitando o solicitando a nuestros huéspedes a abandonar sus
países. «Venid, venid, que os necesitamos. Si venís os regalamos
una finca en Chianti». Han llegado aquí por propia iniciativa,
con sus malditas pateras y ante las barbas de los policías que
intentaban hacerles regresar. Más que una emigración es, pues,
una invasión efectuada bajo la consigna de la clandestinidad.
Una clandestinidad que preocupa porque no es una clandestinidad
bondadosa y dolorosa. Es una clandestinidad arrogante y
protegida por el cinismo de los políticos que cierran un ojo y,
a veces, los dos ante ella.
Nunca olvidaré las asambleas con las que los clandestinos
llenaron las plazas de Italia, el año pasado, para conseguir sus
permisos de residencia. Sus rostros turbios y feos. Sus puños
alzados, amenazantes. Sus voces airadas que me retrotraían al
Teherán de Jomeini. No lo olvidaré jamás, porque me sentí vejada
por los ministros que decían: «Querríamos repatriarlos, pero no
sabemos dónde se esconden». ¡Estúpidos! En nuestras plazas había
miles de ellos y ciertamente no se escondían en absoluto. Para
repatriarlos, hubiera bastado con ponerlos en fila, por favor,
querido señor, acomódese, y acompañarlos a un puerto o a un
aeropuerto.
El segundo motivo, querido sobrino del tío de la maleta de tela,
lo entendería incluso un escolar de primaria. Para exponerlo,
bastan un par de elementos. Uno: América es un continente. Y en
la segunda mitad del XIX, es decir cuando el Congreso
estadounidense dio su visto bueno a la inmigración, dicho
continente estaba casi despoblado. La mayoría de la población se
condensaba en los estados del Este, es decir, en los estados de
la zona del Atlántico y en el Mid West había todavía muy poca
gente. Y California estaba casi vacía. Pues bien, Italia no es
un continente. Es un país muy pequeño y muy poblado.
Dos: Estados Unidos es un país bastante joven. Piense que la
Guerra de la Independencia tuvo lugar a finales del 1700, se
deduce, pues, que apenas tiene 200 años y se entiende por qué su
identidad cultural no está todavía bien definida. Italia, por el
contrario, es un país muy viejo. Su historia tiene al menos
3.000 años. Su identidad cultural es, pues, muy precisa y,
dejémonos de tonterías, no está dispuesta a prescindir de una
religión que se llama la religión católica y de una iglesia que
se llama la Iglesia católica. La gente como yo suele decir: «No
quiero tener tratos con la Iglesia católica. Pero claro que los
tenemos. Y muchos. Me guste o no. Nací en un paisaje de
iglesias, conventos, cristos, vírgenes y santos. La primera
música que oí al venir al mundo fue la música de las campanas.
Las campanas de Santa María del Fiore, cuyos tañidos sofocaba
con su cháchara el muecín de la época de la tienda. Y con esa
música y en medio de ese paisaje crecí. Y a través de esa música
y de ese paisaje aprendí qué es la arquitectura, qué es la
escultura, qué es la pintura y qué es el arte. Y a través de esa
iglesia (después rechazada) comencé a preguntarme qué es el
Bien, qué es el Mal... ¡Por Dios!
¿Lo ves? He escrito «por Dios». Con todo mi laicismo, con todo
mi ateísmo, estoy tan impregnada de la cultura católica que
forma parte incluso de mi forma de expresarme. Adiós, gracias a
Dios, por Dios, Jesús, Dios mío, Madonna mía, qué Cristo...
Estas frases me vienen espontáneas. Tan espontáneas que ni
siquiera me doy cuenta de que las pronuncio o las escribo.
¿Quieres que te las diga todas? A pesar de que no le haya
perdonado jamás al catolicismo las infamias que me impuso
durante siglos, comenzando por la Inquisición que quemaba
incluso a las abuelas, pobres abuelas, y a pesar de que no esté
en absoluto de acuerdo con los curas y no entienda nada de sus
plegarias, me gusta tanto la música de las campanas... Una
música que me acaricia el corazón. Me encantan también esos
cristos y esas vírgenes y esos santos pintados o esculpidos.
Incluso tengo la manía de los iconos. Me gustan también los
conventos y los monasterios. Me proporcionan un sentido de paz
y, a veces, incluso envidio a sus inquilinos. Y, además,
admitámoslo: nuestras catedrales son más bellas que las
mezquitas y las sinagogas, ¿sí o no? Son más bellas también que
las iglesias protestantes.
RELIGIONES
Mira, el cementerio de mi familia es un cementerio protestante.
Acoge a los muertos de todas las religiones, pero es
protestante. Y una bisabuela mía era valdense. Una tía abuela,
evangélica. A la bisabuela valdense no la conocí. Pero sí
conocí, en cambio, a la tía abuela evangélica. Cuando era niña,
me llevaba siempre a las funciones de su iglesia en Vía de Benci
en Florencia y, Dios mío, cómo me aburría... Me sentía
totalmente sola en medio de aquellos fieles que sólo cantaban
salmos, con aquel cura que no era un cura y que sólo leía la
Biblia, en aquella iglesia que no me parecía una iglesia y que,
excepto un pequeño púlpito, sólo tenía un gran crucifijo. Nada
de ángeles, ni de vírgenes, ni de incienso... Echaba de menos
incluso el olor del incienso y me hubiera gustado estar en la
vecina basílica de la Santa Cruz donde había todas estas cosas.
Las cosas a las que estaba acostumbrada. En mi casa de campo, en
Toscana, hay una pequeña capilla. Está siempre cerrada. Desde
que murió mi madre, nadie entra en ella. Pero, a veces, yo voy a
limpiarle el polvo, a controlar que los ratones no hagan allí
sus nidos y, a pesar de mi educación laica, me encuentro en ella
muy a gusto. A pesar de mi anticlericalismo, me muevo en la
capilla como pez en el agua. Y creo que la mayoría de los
italianos te confesaría lo mismo (A mí me lo confesó
Berlinguer).
¡Santo Dios!, (me río), te estoy diciendo que nosotros, los
italianos, no estamos en las mismas condiciones que los
estadounidenses: mosaico de grupos étnicos y religiosos,
mescolanza de 1.000 culturas, abiertos a cualquier invasión y,
al mismo tiempo, capaces de rechazarlas todas. Te estoy diciendo
que, precisamente porque está definida desde hace muchos siglos
y es muy precisa, nuestra identidad cultural no puede soportar
una oleada migratoria compuesta por personas que, de una u otra
forma, quieren cambiar nuestro sistema de vida. Nuestros
valores. Te estoy diciendo que entre nosotros no hay cabida para
los muecines, para los minaretes, para los falsos abstemios,
para su jodido medievo, para su jodido chador. Y si lo hubiese,
no se lo daría. Porque equivaldría a echar fuera a Dante
Alighieri, a Leonardo da Vinci, a Miguel Angel, a Rafael, al
Renacimiento, al Resurgimiento, a la libertad que hemos
conquistado bien o mal, a nuestra patria. Significaría
regalarles Italia. Y yo, no les regalo Italia.
Soy italiana. Se equivocan los tontos que me creen ya
estadounidense. Nunca he pedido la ciudadanía estadounidense.
Hace años, un embajador americano me la ofreció a través del
celebrity status y, tras haberle dado las gracias, le respondí:
«Sir, estoy bastante vinculada a América. Me peleo siempre con
ella, le echo en cara muchas cosas y, sin embargo, estoy
profundamente vinculada a ella. América es para mí un amante o,
incluso, un marido al que siempre permaneceré fiel. Siempre que
no me ponga los cuernos. Me gusta este marido. Y no me olvido
jamás de que si no hubiese decidido luchar contra Hitler y
contra Mussolini, hoy hablaría alemán. No olvido jamás que si no
le hubiese plantado cara a la Unión Soviética, hoy hablaría
ruso. Le quiero bien a mi marido y me resulta simpático. Me
encanta, por ejemplo, el hecho de que cuando llego a Nueva York
y entrego mi pasaporte con el certificado de residencia, el
aduanero me diga con una gran sonrisa: «Welcome home». Me parece
un gesto tan generoso y tan afectuoso. Además, me recuerda que
Estados Unidos siempre ha sido el refugium peccatorum de la
gente sin patria. Pero yo, Sir, ya tengo una patria. Mi patria
es Italia. Italia es mi madre. Sir, amo a Italia. Y coger la
ciudadanía americana me parecería renegar de mi madre».
También le dije que mi lengua es el italiano, que en italiano
escribo y que, en inglés, me traduzco y basta. Con el mismo
espíritu con el que me traduzco en francés, sintiéndola una
lengua extranjera. Y también le conté que, cuando oigo el himno
nacional me conmuevo. Que cuando escucho el «Hermanos de Italia,
la Italia que está despierta, parapá, parapá, parapá» se me hace
un nudo en la garganta. Ni siquiera me doy cuenta de que, como
himno, es más bien malucho. Sólo pienso: es el himno de mi
patria. Por lo demás, el nudo en la garganta también se me pone
cuando contemplo la bandera blanca, roja y verde que ondea al
viento. Forofos de los estadios aparte, se entiende. Tengo una
bandera blanca, roja y verde del XIX. Toda llena de manchas, de
manchas de sangre y toda roída por la polilla. Y si bien en el
centro está el escudo saboyano (sin Cavour y sin Victor Emmanuel
II y sin Garibaldi que se inclinó ante esa insignia, no
habríamos conseguido la Unidad de Italia), la guardo como oro en
paño. La conservo como una joya. ¡Hemos muerto por esta
tricolor! Ahorcados, decapitados, fusilados. Asesinados por los
austriacos, por el Papa, por el duque de Módena, por los
Borbones. Con esta tricolor hemos hecho el Resurgimiento. Y la
unidad de Italia y la guerra en el Carso y la Resistencia.
Por esta tricolor mi tatarabuelo materno, Giobatta, luchó en
Curtatone y en Montanara y quedó horrendamente desfigurado por
un trabucazo austriaco. Por esta tricolor, mis tíos paternos
soportaron todo tipo de penalidades en las trincheras del Carso.
Por esta tricolor, mi padre fue arrestado y torturado en Villa
Triste por los nazi-fascistas. Por esta tricolor, toda mi
familia hizo la Resistencia. Una Resistencia que hice incluso
yo. En las filas de Justicia y Libertad, con el nombre de guerra
de Emilia. Tenía 14 años. Cuando al año siguiente, me dieron el
alta en el Ejército Italiano-Cuerpo de Voluntarios de la
Libertad, me sentí tan orgullosa. ¡Jesús y María, había sido un
soldado italiano! Y cuando me informaron de que, al darme de
alta, me correspondían 14.540 liras, no sabía si aceptarlas o
no. Me parecía injusto aceptarlas por haber cumplido mi deber
con la patria. Pero las acepté. En casa, nadie tenía zapatillas.
Y con ese dinero compramos zapatillas para mí y para mis
hermanas.
Naturalmente, mi patria, mi Italia, no es la Italia de hoy. La
Italia jaranera, cazurra y vulgar de los italianos que piensan
sólo en jubilarse antes de los 50 y que sólo se apasionan por
las vacaciones en el extranjero y por los partidos de fútbol. La
Italia tonta, estúpida, pusilánime de esas pequeñas hienas que,
por estrechar la mano de una estrella de Hollywood, venderían a
su propia hija a un burdel de Beirut, pero si los kamikazes de
Osama bin Laden reducen miles de neoyorquinos a una montaña de
cenizas que parece café machacado, dicen contentos: «Les está
bien empleado a los americanos».
La Italia
escuálida, cobarde, sin alma, de los partidos presuntuosos e
incapaces que no saben ni ganar ni perder, pero saben como pegar
los grasientos traseros de sus representantes a las poltronas de
diputados, de ministros o de alcaldes. La Italia todavía
mussoliniana de los fascistas negros y rojos que te inducen a
recordar la terrible profecía de Ennio Flaiano: «En Italia, los
fascistas se dividen en dos categorías: los fascistas y los
antifascistas». Tampoco es la Italia de los magistrados y de los
políticos que, ignorando la consecutio-temporum, pontifican
desde las pantallas televisivas con monstruosos errores de
sintaxis. Tampoco es la Italia de los jóvenes que, teniendo
tales maestros, se ahogan en la ignorancia más escandalosa, en
la superficialidad más ingenua y en el vacío más absoluto. De
ahí que a los errores de sintaxis ellos añadan los errores de
ortografía y si les preguntas quiénes eran los Carbonarios,
quiénes eran los liberales, quién era Silvio Pellico, quién era
Mazzini, quién era Massimo D'Azeglio, quién era Cavour, quién
era Victor Emmanuel II, te miran con la pupila cerrada y la
lengua floja. No saben nada. Como máximo, estos pequeños idiotas
sólo saben recitar los nombres de los aspirantes a terroristas
en tiempos de paz y de democracia, ondear las banderas negras y
esconder el rostro detrás de pasamontañas. Ineptos.
Y tampoco me gusta la Italia de las chicharras que, después de
leer esto, me odiarán por haber escrito la verdad. Entre un
plato de espaguetis y otro, me maldecirán, desearán que sea
asesinada por uno de sus protegidos, es decir, por Osama bin
Laden. No, no. Mi Italia es una Italia ideal. Es la Italia que
soñaba de muchacha, cuando fui dada de alta del Ejército
Italiano-Cuerpo de Voluntarios de la Libertad, y estaba llena de
ilusiones. Una Italia seria, inteligente, digna y valiente y,
por lo tanto, merecedora de respeto. Y cuidado con el que me
toque a esa Italia o con el que se ría o se burle de ella.
Cuidado con el que me la robe o con el que me la invada. Porque
para mí es lo mismo que los que la invaden sean los franceses de
Napoleón, los austriacos de Francisco José, los alemanes de
Hitler o los comparsas de Osama bin Laden. Y me da lo mismo que,
para invadirla, utilicen cañones o pateras.
Te saludo afectuosamente, mi querido Ferrucio, y te advierto: no
me pidas nada nunca más. Y mucho menos que participe en
polémicas vanas. Lo que tenía que decir lo dije. Me lo han
ordenado la rabia y el orgullo. La conciencia limpia y la edad
me lo han permitido. Pero ahora tengo que volver al trabajo y no
quiero ser molestada. Punto y final.
FIN
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