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DIARIO DE DORA AMADOR  (PAG. 2)
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29 de abril de 2010                                                                                                                                   

Las rosas

 

Hoy hace 19 años que murió mi madre. He elegido dos poesías que recordé ayer para dedicárselas hoy. Le llevo rosas al cementerio y allí estaré un rato. A su velorio le llevé también rosas –no una corona, un arreglo floral precioso– como solíamos hacer mi hermana y yo en sus cumpleaños. Le encantaba la celebración, con los consabidos regalos, todos encima de la cama, el cake y el happy birthday, Zoraida.

¿Por qué las poesías? Ella era poeta. Le escribía versos a los niños, sus alumnos. Pero además, si no es por ella yo no hubiera podido estudiar literatura. Cuando terminé todos los cursos que era posible tomar de noche (de 7 a 10 p.m., porque teníamos que trabajar ambas para mantener la casa, ella en la escuela, yo en una oficina de 8 de la mañana a 5 de la tarde), me dijo que no trabajara más y me dedicara a estudiar. Sé que los padres hacen eso por sus hijos, pero créanme, fue un sacrificio. Estábamos las dos solas –mi hermana se quedó en Nueva York con su esposo, hasta que todos vinimos a vivir a Miami en 1981– y por tanto contaríamos sólo con su salario. Trabajé en la biblioteca de la universidad, pero se gana una miseria, no daba para nada, pero fue una experiencia buena, se llamaba el work-study program. Fueron años universitarios muy hermosos. Aunque no terminé la Maestría. Fue una pena, porque tomé todas las clases y el examen de grado, pero no escribí jamás la tesis. Estaba harta de la academia. Hoy me pesa un poco, no mucho, porque a fin de cuentas, DioDiario4s está a cargo de las cosas y aunque uno cometa errores inmensos "todo conspira para el bien de los que aman a Dios". Yo lo amo. Y miren donde me encuentro: donde él quiere, no me cabe la menor duda.

Pero es que todo converge también. Hace poco leía una de las críticas literarias de Rafael Rojas en su blog Libros del crepúsculo y habló sobre Arcadio Díaz Quiñones, que fue profesor mío en la Universidad de Puerto Rico. Con él tomé dos de mis clases favoritas: una de poesía hispanoamericana y la otra sobre la autobiografía como género literario. Dos de los poetas que estudiamos fueron Borges, por supuesto, y el mexicano Xavier Villaurrutia. Elegí una poesía de cada uno de ellos dedicado a la rosa. Las pueden leer abajo

Hoy también descubrí y compré un libro en Amazon que me va a fascinar, ya me fascina: Autobiography: Narrative of Transformation, de Carolyn A. Barros. Supongo que todo esto sucedió porque tenía a Arcadio en el subconsciente, pero creo que tuvo que ver también el momento en que me encuentro.

Piso el umbral de un cambio grande en mi vida que me hacer sentir alegre y libre. Dentro de algunos días cumplo 62 años y me retiro. Voy a estudiar, a leer, a rezar más y a escribir más aquí, en esta página. Es muy posible que me dedique también a visitar asilos de ancianos u hogares de niños abusados y abandonados. Me gustó mucho emplear horas en ese ministerio cuando viví en conventos religiosos por tres años. Nunca llegué a ser monja. Me quedé en el umbral, gracias a Dios.

Éste no, este de la vejez y el retiro los atravieso, a no ser que me muera antes. Espero que no, porque tengo deseos de hacer muchas cosas con mi tiempo libre. ¿Pero podrá Cuba apartarse de mi corazón y de mi quehacer? No, eso no es posible. Aunque ya ocupa su justo lugar secundario después de Cristo. Si muero en el exilio, bendito sea. Ya tengo mi urna comprada donde pondrán mis cenizas. Es transparente y está en una linda capilla en el cementerio católico Mercy, a donde voy mañana.

Mucho bien me hizo leer recientemente la obra de la monja benedictina Joan Chittister El don de los años. Saber envejecer. Lo recomiendo a todas y todos los que se vayan acercando al crepúsculo de la vida. Aquí están las poesías:

Nocturno rosa
Xavier Villaurrutia

A José Gorostiza

 

Yo también hablo de la rosa.

Pero mi rosa no es la rosa fría

ni la de piel de niño,

ni la rosa que gira

tan lentamente que su movimiento

es una misteriosa forma de la quietud.

 

No es la rosa sedienta,

ni la sangrante llaga,

ni la rosa coronada de espinas,

ni la rosa de la resurrección.

 

No es la rosa de pétalos desnudos,

ni la rosa encerada,

ni la llama de seda,

ni tampoco la rosa llamarada.

 

No es la rosa veleta,

ni la úlcera secreta,

ni la rosa puntual que da la hora,

ni la brújula rosa marinera.

 

No, no es la rosa rosa

sino la rosa increada,

la sumergida rosa,

la nocturna,

la rosa inmaterial,

la rosa hueca.

 

Es la rosa del tacto en las tinieblas,

es la rosa que avanza enardecida,

la rosa de rosadas uñas,

la rosa yema de los dedos ávidos,

la rosa digital

la rosa ciega.

 

Es la rosa moldura del oído,

la rosa oreja,

la espiral del ruido,

la rosa concha siempre abandonada

en la más alta espuma de la almohada.

 

Es la rosa encarnada de la boca,

la rosa que habla despierta

como si estuviera dormida.

Es la rosa entreabierta

de la que mana sombra,

la rosa entraña

que se pliega y expande

evocada, invocada, abocada,

es la rosa labial,

la rosa herida.

 

Es la rosa que abre los párpados,

la rosa vigilante, desvelada,

la rosa del insomnio desojada.

 

Es la rosa del humo,

la rosa de ceniza,

la negra rosa de carbón diamante

que silenciosa horada las tinieblas

y no ocupa lugar en el espacio.

La rosa
Jorge Luis Borges

La rosa,
la inmarcesible rosa que no canto,
la que es peso y fragancia,
la del negro jardín en la alta noche,
la de cualquier jardín y cualquier tarde,
la rosa que resurge de la tenue
ceniza por el arte de la alquimia,
la rosa de los persas y de Ariosto,
la que siempre está sola,
la que siempre es la rosa de las rosas,
la joven flor platónica,
la ardiente y ciega rosa que no canto,
la rosa inalcanzable.

 

 

27 de abril de 2010

Voy a la fiesta de mi amor
Dora Amador

 

 

 

Parte de este artículo, titulado originalmente "Corazón abierto", fue publicado el 30 de septiembre de 1991 en El Nuevo Herald a pocos meses de la muerte de mi madre. Bastante hice. No podía en aquel entonces asimilar, mucho menos expresar el horror, la infamia de cierta clase médica y del sistema de servicios de salud de Estados Unidos (hospitales, seguros médicos, las farmacéuticas –Big Pharma–, etcétera). Ahora puedo, ahora sé, pero no deja de estremecer o paralizar la capacidad de mal que tiene el ser humano.

No me canso de repetirlo, el mal tiene nombres y rostros, en este caso administradores de hospitales, médicos, ejecutivos y juntas directivas de grandes corporaciones formadas por hombres y mujeres sentados alrededor de una mesa tomando decisiones cuyo único fin es cómo obtener la mayor ganancia económica posible de un paciente. Exprimir sus posibilidades al máximo y por tanto, como fue el caso de mi madre, mantenerlo vivo artificialmente si es bueno el seguro, casi siempre Medicare, que es el que cubre a la población mayor de 65 años. Yo le vi la cara a la maldad humana como nunca antes en el hospital donde murió mi madre: El Kendall Regional Hospital.

Aunque digo la verdad no culpo del todo al sistema de servicio de salud de este país. A mi madre le había llegado su hora sencillamente. Hora que se prolongó demasiado, cierto. Hoy no sé qué hubiese sido mejor si su muerte súbita o la larga agonía de estar intubada a un ventilador de respiración artificial con una parálisis muscular inducida. Su cuerpo estaba totalmente paralizado, pero no su mente. De eso me di cuenta: lo escuchaba todo porque los monitores se alteraban cuando yo o mi hermana o algún familiar cercano entraba al cuarto de cuidado intensivo. Un día le insistí al oído, muy bajito, como solía repetirle que la quería, que si me oía que moviera su mano que yo tenía agarrada. La observé bien. Después de unos minutos la movió rápido a la vez que de su boca cerrada salió como un quejido. Me pareció que había hecho mucho esfuerzo, un esfuerzo casi sobrenatural para poder mover un poquito la mano. Quería que supiera que me había escuchado. Yo no sabía que estaba medicada con un paralizante del cuerpo. Creía que estaba en estado de coma. ¿Lo estaba? Yo le pregunté al médico si estaba sufriendo, mi única obsesión era que no sufriera, me dijo que no: estaba out, fuera.

Le he añadido al escrito que sigue algunos hechos, algunas experiencias. Pensaba que me iba a hacer daño pero todo lo contrario, me ha ayudado ahora, al cabo de 19 años releer esto y tratar de explicar –mejor, explicarme– algunas cosas.

Corazón abierto

La muerte revoloteaba por el aire, pero yo no la veía. Ese domingo mi madre estaba sana, la sentía vital, como de costumbre. ¿Quién iba a imaginar el golpe que rondaba?

Todavía me parece estar viéndola entrar aquel día en la cocina, con su ramo de florecitas lilas y amarillas en la mano que acababa de recoger del patio, como hacía con los jazmines al atardecer.

Fue un día feliz, de familia reunida alrededor de la mesa, reino gozoso de fuentes y platos, vino y conversación. Después, un café de prolongada sobremesa. Alegría de un almuerzo memorable en un Domingo de Ramos (Yo no sabía que era Domingo de Ramos, lo supe tiempo después).

Al caer la noche, ya en mi apartamento, recibí la llamada: tenía un dolor muy raro en el pecho y sentía el brazo izquierdo caído, también le dolía. No perdí tiempo, le envié la ambulancia y salí rápida. Todavía estaba el rescue en su casa cuando llegué. Tendida en la camilla del vehículo, con la cámara de oxígeno puesta, mi madre temblaba. Estaba muy nerviosa, tan extrañada de lo que ocurría como yo.

Qué iba a saber yo el vértigo que me aguardaba tras las paredes del hospital.

Fiel a la costumbre de este país, el medico de guardia de Emergencia lo dijo todo delante de ella: el infarto era inminente. Había que ponerle una inyección para disolver el coágulo que tenía alojado muy cerca del corazón, pero podía morir en el proceso por una hemorragia. La inyección era muy efectiva, pero también peligrosa. No nos dio ninguna esperanza, podía pasar una cosa o la otra. ¿Firmábamos o no los papeles?

Mi hermana y yo los firmamos.

Mi madre se salvó. Una vez pasado el peligro –fueron solo minutos de espera, creo, pero en ese instante infinito queda abolida la concepción del tiempo–, me acerqué a su cama y le sonreí para darle seguridad de que todo lo malo había pasado ¡La vi tan pequeñita e indefensa! Como nunca la había visto. Ella me sonrió también, pero las dos sabíamos.

Había que operarla del corazón, nos dijeron al otro día, cuando le hicieron todas las pruebas. Tenía bloqueada la arteria principal y era urgente implantarle varios bypasses.

Recuerdo las noches de espera por el día de la cirugía. Trasiego de familia, revistas, coladas de café, postales, flores, pastelitos que alguien le traía, cuentos y mucho ánimo: "Hoy en día eso es normal. Todo el mundo se opera del corazón". "Es como una apendicitis". Tuvo que pasar casi una semana pues el medicamento que le habían dado tenía que perder su efecto anticoagulante.

Y llegó el día. La noche antes vimos un poco de televisión, conversamos sobre cosas algo triviales, las dos tratando de restarle importancia al asunto. En un momento dado me pidió el teléfono para llamar a amistades y familiares en Nueva York y Puerto Rico, con las que había hablado antes. Pero observé que quería llamarlos uno a uno. No me di cuenta de que se estaba despidiendo.

La oí bromear, y a alguien hacerle un recuento rápido, pero muy preciso, de nuestra vida en el exilio: los días duros del refugio; la relocalización para Boston –era principios de los 60, fuimos parte de miles de cubanos enviados a otros estados–, la nieve, el inglés, las factorías, los trenes, la extrañeza inenarrable. Por fin, en el año 65, la mudada a Puerto Rico, donde volvió a ejercer como maestra, su profesión.

Cuando colgó el teléfono me acerqué a su cama y le di un beso, era hora de dormir. Aunque yo tenía el temor que inspira toda cirugía mayor, estaba confiada en que mi madre saldría de allí bien, como tantas otras personas que han pasado por eso.

Al otro día de operada la sentaron en la butaca, se veía bien, todo iba de maravilla. Recuerdo cuando el cirujano entró al cuarto, miró al monitor y dijo: "Un corazón de 15 años, mira eso". Yo había pedido vacaciones del trabajo para ayudarla en la recuperación durante dos o tres semanas en la casa.

Cuando las cosas se empezaron a complicar fue a las 48 horas. Tenía los pulmones congestionados y sentada en la cama hablaba disparates. Después supe que eso le pasa a los pacientes en la sala de cuidados intensivos. Pierden la noción de todo, enloquecen un poco por un tiempo. Pero yo estaba desesperada, ¿qué pasaba? "Me quitaron a mis hijas", dijo mirando la nada, un lugar del cuarto vacío. Empezó a regañarnos a mi hermana y a mí como si fuéramos niñas. "Zory, niña suelta eso que te vas a dar un golpe". "Dory, ¿quién te juntó los dientes? ¿No vas a ser ninguna Juana de Arco". (Todavía hoy me pregunto por qué dijo eso, yo no recuerdo haberle dicho que había tenido un sueño muy marcante en mi vida con Juana de Arco, eso no lo dije nunca, pero sí siempre me decía que acabara de olvidarme de Cuba y de la lucha que siempre tenía. También que me iba a ver alguna vez con un libro y un disco cubriéndome mis genitales y mi trasero, porque todo me lo gastaba en libros y discos. Me criticaba cariñosamente por mi idealismo, pero ella era igual, o peor.

Lo que más me impresionó de ese momento de alucinaciones que me pareció eterno –estaba yo sola con ella en el cuarto– fue cuando de pronto la vi con la mirada perdida diciendo "Se acabó la fiesta". Y después un gesto en la boca, una mueca que es común al que quiere expresar sin palabras "¿Es esto todo? En su caso supe que se preguntaba en silencio "¿Esta es la vida? ¿Así se acaba todo? ¿Qué mierda". Ya estaba cuerda.

Mi madre tuvo más de 20 días de agonía. Los médicos sabían, a las 72 horas de operada, que no sobreviviría. Salió bien de la operación, pero la atacó una pneumonía fulminante a las 48 horas. La bacteria se llama pseudomona y se coge en los hospitales, muy posiblemente en el tubo del ventilador de respiración artificial. Murió de septicemia, infección en la sangre. Ella fumaba, incluso cuando su médico le ordenó que dejara el cigarro lo siguió haciendo a escondidas. Y padecía de enfisema. Fue la combinación de ambas cosas: la bacteria intrahospitalaria oportunista que siempre ataca el lado más debil del recién operado y su condición de fumadora desde joven en Cuba.

¿Por qué le prolongaron la vida artificialmente por tanto tiempo? ¿Creían de verdad que se iba a salvar? Ellos sabían que no. Cierto, el cirujano y su médico hablaron con mi hermana y conmigo (mi padrastro casi no existía, lo único que hacía era llorar) y nos dijeron que tenía muy pocas posibilidades de vida por la pneumonía invasiva. Le pregunté cuántas. Uno por ciento. Un uno por ciento es una cifra que da espacio para un milagro.

Pero esto nos lo dijeron cuando ya estaba intubada. Es decir, la pneumonía ya la había adquirido. Recuerdo perfectamente cuando ella misma ayudó al pulmonólogo insertarle el tubo por la boca. Estaba consciente. El momento de desatino había pasado. Todo fue tan rápido, tan inesperado, tan horrible, que se me unen los acontecimientos.

Un pulmón colapsó, le hicieron una incisión por la espalda para sacarle flemas, al rato vi horrorizada cómo su pecho se inflaba, porque el aire que entraba por el ventilador no llegaba al pulmón que no existía. Estaban desbaratados. Para intentar eliminar la sepsis empezaron a darle diálisis, no le funcionaban los riñones. Todo empezaba a colapsar. Yo también, mi hermana también, mi padrastro sólo miraba en silencio todo, estaba colapsado hacía tiempo. La vida se hacía añicos minuto a minuto. No existían ni el tiempo ni el espacio. Solo mima que se moría. Habíamos hablado con el médico al segundo día de la díalisis. Tomamos la decisión adecuada: detenerla, era inútil.

Ya mima no era un cuerpo, sino partes de un cuerpo en una cama y cada especialista quería dirigir lo que se debería de hacer. Su médico personal habló con el encargado de la diálisis y el especialista en riñones.

La sección de cuidados intensivos vigila mucho las entradas de la gente para sacarlas o impedirles que entren. Yo violé todas las reglas, no me iba del hospital y nadie podía impedir que entrara para estar a su lado todo el tiempo que quería. Un día una enfermera me dijo que me iba a enfermar: "Está muy, muy enferma, puedes coger la infección". ¿Y a mí que me importaba? De hecho, tengo un primo que no sé si por nerviosismo o qué, cada vez que entraba le daba por lavarse las manos mirándola y yo le miraba la espuma en las manos que se frotaba. Es un hombre bueno, que la quería mucho. A mima la quería todo el mundo. Increíble, siempre se reía diciendo que era el taxi de la familia, porque llevaba en su carro a los viejos a las visitas al médico, y fue la que primero se murió. (Es asombroso que todas mis tías comenzarona morirse al mismo tiempo: Ana le siguió a mima, Cohinta a Ana, Ernestina, que se quedó en Cuba, a Cohinta, y Oilda, también en Pinar del Río fue la última, ésa duró más).

Mi mamá era la que arreglaba los conflictos y aflicciones familiares. Trataba siempre de que la gente se llevara bien. Y mi familia se las trae. Mi tía favorita se llamaba Ana Luisa, le encantaba cantar y hacer chistes. Era la mamá de mi primo gay, Carmelo de Paula ex actor de teatro en la Cuba de final de los 50. Ya tiene más de 70 años, pero ha sido muy afortunado, dada la promiscuidad homosexual masculina –y femenina–, se ha mantenido con su pareja, mi Adolfo querido, por más de 40 años. Ellos me introdujeron a la vida neoyorquina. Yo tenía 17 años. Teatro en Broadway, tardes y noches dedicadas a la música y la conversación. Paseos inolvidables por el Village, las librerías, los cafés. Con ellos fui a ver muchas obras, pero recuerdo particularmente la noche de Jacques Brel is alive and well, cuya música me fascinó un tiempo, y a La Lupe en concierto dándole golpes al pianista y quitándose los zapatos.

 

 

El primer libro que me regaló Adolfo, de quien estaba algo enamorada y los tres lo sabíamos, fue El filo de la navaja, de Somerset Maugham. Vi la película con Tyrone Power varias veces. No hace mucho, en una reunión de primos que vinieron de todas partes a Miami, le dije que lo curioso de su influencia en mí que jamás fue consciente, a lo mejor es casualidad, fue que en vez de irme al Tíbet, como Larry Darrell, el personaje de Maugham, buscando la sabiduría entre los monjes budistas, me había ido a monasterios benedictinos y trapenses católicos por todo Estados Unidos. ¿Se acuerdan del final de la novela? Larry termina de taxista en Manhattan, habiendo dejado a su novia millonaria por su viaje espiritual al Tíbet. 

 

Continúo con la muerte. Me mudé para el hospital, y entraba a su cuarto cada vez que podía. La tarde que siguió a las instrucciones del médico para que detuvieran las diálisis vi que no estaba en su cama, pregunté: la habían llevado a darse diálisis. Corrí. Abrí la puerta de aquel monstruoso lugar lleno de máquinas. Mima estaba conectada a los aparatos que le sacaban toda la sangre, se la purificaban y se la volvían a inyectar en las arterias. Había un anciano sentado, que me miró con tristeza, vigilaba los aparatos, y un médico de pie. Entré. Pregunté que por qué estaban haciendo eso, ya se había decidido no darle más diálisis.

Estas fueron las palabras de aquel médico cubano alto y autoritario: "Yo soy el que manda en este departamento, y no le voy a suspender la diálisis. Si quieres, ven, desconéctala tú". Lo miré un rato en silencio, quien habitaba en mí no era yo, quizá era un cadáver. Salí y oí la puerta cerrarse detrás de mí.

Llamé a su médico y se suspendió la diálisis. Esta experiencia me marcó de una manera especial. Empezaba a comprender que había algo más que interés por salvarle la vida. Las cuentas del hospital que llegaron después de su muerte ascendían a casi $300,000. Medicare y su seguro suplementario pagaron todo.

Gracias a Barack Obama, por quien voté y cada día me alegro más, infinidad de personas no van a sufrir más por abusos inhumanos del sistema de salud de este país que hasta ahora ha sido neoliberal. Más de 40,000 personas mueren al año por no tener seguro médico, incontables ancianos se mueren en hospitales donde le prolongan la vida innecesariamente para ganar dinero. Estoy en contra de la eutanasia por supuesto, pero la muerte tiene un curso normal, que llega y punto, sobre todo si se es anciano. Es un escándalo, un crimen contra la humanidad lo que se ha practicado aquí hasta ahora. Pero eso es otro tema, un tema de ética médica que hay que tratar a fondo.

Afuera, en la sala de espera del hospital muy al principio de todo, conocí a una monja, Hija de la Caridad, que tenía a su hermana también en estado grave. Había venido de Cuba para cuidarla. Yo no tenía contacto con nadie religioso hacía décadas. No iba a la iglesia, aunque siempre tuve fe. Me gustaba ir a la Ermita de la Caridad a veces, de hecho, iba bastante, pero a sentarme en los bancos en silencio, cuando estaba casi vacía. O me iba al muro frente al mar. Yo hoy no puedo entender bien qué fe básica tenía, sin ninguna formación religiosa, pero dondequiera que me mudaba ponía una estampita de Cristo detrás, encima de la puerta, como se hacía en Cuba. Todo esto sin ningún cumplimiento ni compromiso católico ni sentido de culpa, mucho menos de la libertad ni el alcance de la verdad ni del verdadero sentido del amor incondicional de Dios por mí. Todo lo que hacía era creo, como una realidad arquetípica a la que obedecía. Mucho más se estaba gestando, yo diría que desde el vientre materno.

Dios puso allí a aquella monja cubana. Yo andaba con una pequeña Biblia de Jerusalén como si fuera una tabla de salvación en medio de un naufragio caminando por los pasillos del hospital. Había estudiado la Biblia en mis clases de literatura comparada. Dostoyevsky, Kafka sin Job, ni pensarlo. Me maravillaba tenerla, regalarla. Recomendaba diletante el Libro de los Proverbios, ¡El Cantar de los Cantares! Eclesiastés:

Palabras de Cohélet, hijo de David, rey en Jerusalén.
¡Vanidad, pura vanidad!, dice Cohélet.
¡Vanidad, pura vanidad! ¡Nada más que vanidad!
¿Qué provecho saca el hombre
de todo el esfuerzo que realiza bajo el sol?

Nada nuevo bajo el sol
Una generación se va y la otra viene,
y la tierra siempre permanece.
El sol sale y se pone,
y se dirige afanosamente hacia el lugar
de donde saldrá otra vez.
El viento va hacia el sur
y gira hacia el norte;
va dando vueltas y vueltas,
y retorna sobre su curso.
Todos los ríos van al mar
y el mar nunca se llena;
al mismo lugar donde van los ríos,
allí vuelven a ir.
Todas las cosas están gastadas,
más de lo que se puede expresar.
¿No se sacia el ojo de ver
y el oído no se cansa de escuchar?
Lo que fue, eso mismo será;
lo que se hizo, eso mismo se hará:
¡no hay nada nuevo bajo el sol!
Si hay algo de lo que dicen:
"Mira, esto sí que es algo nuevo",
en realidad, eso mismo ya existió
muchísimo antes que nosotros.
No queda el recuerdo de las cosas pasadas,
ni quedará el recuerdo de las futuras
en aquellos que vendrán después.

Siempre creí en Dios. Pero no consideraba en lo absoluto el pecado, esa palabra no tenía significado para mí. Vivía la plenitud del hedonismo, el placer, la lectura, la gratificación instantánea. El estudio, sí, la música, sí, el cine, sí, ¡y Cuba y el anhelo del regreso. Y mi pasión por el trabajo, y la búsqueda de la justicia! El sexo sí, sí, aun sin amor, sí, ¿por qué no? Eros me poseía. Luchábamos, jugábamos, saciada e insaciable. Era la razón de ser: hacer el amor. Cómo se confunde el amor con el sexo, yo buscaba amar, ser amada, pero primaba el deseo desorientado y por supuesto, los conflictos posesivos que surgían de la posesión de un cuerpo. En fin, ya todo eso pasó, gracias a Dios.

Una noche, en la sala de espera, la monja sentada a mi lado me dijo: cierra los ojos e imagínate un arcoiris. Y entonces me empezó a hablar de cada color y no sé cuántas cosas más espirituales, campos magnéticos, de energía, de amor, que me calmaron mucho. Al otro día me preguntó si yo iba a misa. Le dije que no. Me dijo que si quería ir con ella ese día, un domingo.

Me atraía mucho un árbol que había afuera del hospital. Donde único me sentía protegida era debajo de él. No sé que tendrían las ramas y el tronco, al que me recostaba. Me paraba allí debajo largo rato y alguna cosa parecida a la paz se me acercaba. Después, mucho después, comprendí que era el árbol de la vida y también el madero de la cruz.

El colmo de mi ignorancia o de mi indiferencia religiosa es que no sabía ni siquiera la importancia de la unción de los enfermos. Por supuesto, todo esto viene también de una educación carente de práctica religosa. Mi madre creía en Dios y tenía devoción a la Virgen de la Caridad. Pero no íbamos a misa ni a retiros, nada de eso. Creo que ella iba a misa de difuntos, más bien por asuntos sociales, de familia, yo no. Mi hermana mucho menos hasta el día de hoy. Jamás entra a una iglesia, no le agradan los curas ni las monjas y ni siquiera aceptó ir a las misas de difuntos que le di a mima.

Fui a la Santa Eucaristía, que significa celebración, con Sor Mercedes aquel domingo. Lloré mucho, sollocé por primera vez sin poder parar delante de la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre más bella que hay en Miami, que está en la iglesia St. Kirian, en la Calle 40 (Bird Road) y la Avenida 128, cerca del hospital.

A partir de ese momento todo comenzó a cambiar. La consagración del pan y del vino, el sacerdote que celebró la misa fue a darle la unción de los enfermos a mima; la inteligencia, la sensibilidad de aquella cubana religiosa, que me dijo: "Vamos a comulgar", y comulgué como lo más natural del mundo sin confesarme, ¡qué libertad! La esperanza la encontré en los sacramentos, en el altar. No sé cómo pasó. Todo sucedía simultáneamente.

Y llegó el 29 de abril en que escuché decir a un médico que desconectaran a mima o hablaría. Le pregunté a la enfermera. Me dijo la verdad: si le quitamos este suero se muere hoy. Era para mantenerle la presión. Yo no entendía todavía, estaba devastada, como una autómata. Entonces llegó mi hermana. Hablamos. Mi padrastro estaba algo mejor. Nos miramos los tres. Dimos la orden: quiténselo. En efecto, pasaron algunas horas. La línea verde que registra la presión en el monitor, los latidos del corazón, que siempre está en curvas altas y bajas comenzó a estabilizarse. La presión seguía bajando. Hasta que la línea verde no subió ni bajó más: una recta final, literalmente y el sonido del beep se extendió como la línea. Me pareció un tren que salía. Mima se iba a algún lugar, no moría, se iba.

Todo el día estuvimos cerca de ella, al lado de la cama. Hasta que su ángel llegó.

Muchas veces la he sentido cerca, se ha comunicado conmigo a través de algo, lo sé. Y con mi hermana, lo hemos hablado. Mima está en el cielo. Creo en la vida eterna y sé que me reuniré con ella cuando llegue mi hora. Y Jesús me abrace y me conduzca al paraíso, la casa del Padre donde no habrá más dolor ni llanto ni muerte, sólo paz y felicidad.

El Nuevo Testamento afirma que el amor terrenal, incluso el carnal es sólo una sombría e insignificante chispa del amor que experimentaremos sin cesar, para siempre junto a Dios. El único deseo que siempre tendremos y que será satisfecho eternamente es estar junto a Él. Ahí comienza la fiesta, el banquete de bodas infinito.

 

25 de abril de 2010

La música de mi madre

Esta nostalgia no es mía, la padecía mi madre. Hoy quiero hacerle un homenaje porque faltan días para que se cumplan 19 años de su muerte, y la recuerdo mucho en este tiempo final de abril. Además se acerca el día de las madres.

El artículo que sigue –"La maestra rural"– lo escribí hace tiempo, las fotos debajo de los vídeos son también de muchos años. Escribiré algo cuando pueda, si es que puedo, sobre ella y sobre él, mi padre. Me propongo así retomar la narración de mi vida, necesito hacerlo y decirlo todo, o casi todo. Dios ha hecho maravillas en mí. ¿Qué sería sin la fe? ¿Sin la esperanza de la vida eterna? Mi refugio, mi redentor, Cristo, mi amor, ayúdame, no apartes de mí tu mirada, no me sueltes de la mano que soy de barro.
En ti confío. 

La maestra rural
Dora Amador


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
Mima.
Mima con 47 años, yo con 17 en Nueva York, 1965.
Mima, mi hermana y yo, Nueva York, abril de 1965

Nosotras tres y mi padrastro, Manuel Sotolongo en Miami. Se casaron ya mayores, ella de 57 y él de 62. Aquí ya tienen más años. Ella murió a los 73, el 29 de abril de 1991, él a los 95, en agosto del 2009.

                                             Mi padre y yo en mis 15

Dedicatoria de la foto que me envió de Cuba en 1963 (Yo vivía con mi padre y mi madrastra hasta que ella llegó): "Esa es tu Mima cuando tú estabas a su lado, la que nunca te olvidará, pues tú eres la razón de mi vida. ¡Que Dios nos reúna pronto! Mientras tanto no me olvides mi amor, tu mima. Zora".

Estampita de la Caridad del Cobre que me envió estando en Cuba. Por detrás dice: "Que esta virgencita te ilumine y te haga feliz y te haga comprender que sólo con lágrimas se conquista la verdadera felicidad. Ten fe en Dios. Él te oirá y te ayudará. Mima".

 

 

 

24 de abril de 2010

Evitaré la melancolía

Salmo 41

Como busca la cierva
corrientes de agua,
así mi alma te busca
a ti, Dios mío;

tiene sed de Dios,
del Dios vivo:
¿cuándo entraré a ver
el rostro de Dios?

Las lágrimas son mi pan
noche y día,
mientras todo el día me repiten:
«¿Dónde está tu Dios?»

Recuerdo otros tiempos,
y desahogo mi alma conmigo:
cómo marchaba a la cabeza del grupo,
hacia la casa de Dios,
entre cantos de júbilo y alabanza,
en el bullicio de la fiesta.

¿Por qué te acongojas, alma mía,
por qué te me turbas?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo:
«Salud de mi rostro, Dios mío».

Cuando mi alma se acongoja,
te recuerdo
desde el Jordán y el Hermón
y el Monte Menor.

Una sima grita a otra sima
con voz de cascadas:
tus torrentes y tus olas
me han arrollado.

 

 

De día el Señor
me hará misericordia,
de noche cantaré la alabanza
del Dios de mi vida.

Diré a Dios: «Roca mía,
¿por qué me olvidas?
¿Por qué voy andando, sombrío,
hostigado por mi enemigo?»

Se me rompen los huesos
por las burlas del adversario;
todo el día me preguntan:
«¿Dónde está tu Dios?»

¿Por qué te acongojas, alma mía,
por qué te me turbas?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo:
«Salud de mi rostro, Dios mío».

Fin del Salmo 42

Que yo me acerque al altar de Dios,
al Dios de mi alegría;
que te dé gracias al son de la cítara,
Dios, Dios mío.

¿Por qué te acongojas, alma mía,
por qué te me turbas?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo:
«Salud de mi rostro, Dios mío».