El vicario general de La Habana
Nicolás Perez Diez Argüelles
Durante
la clandestinidad fui alguien de misa y comunión
diaria. Por eso cuando, después de destruir a mi
familia y a mí mismo, la alta jerarquía de la
Iglesia católica tuvo que escoger entre la
libertad y el miedo, y escogió el miedo, caí en
una profunda crisis religiosa que aún no he
logrado superar.
Nuestra Iglesia en 1959 no la tuvo fácil. Se
detuvo confusa y desorientada ante dos caminos a
seguir: doblar la cerviz frente al comunismo
para sobrevivir privilegiando el trabajo
pastoral o, aun a costa de su propia
destrucción, lanzarse a defender principios
eternos como la libertad de conciencia, el
respeto a la dignidad humana y los derechos del
hombre. Triunfaron 2,000 años de sabiduría de
una institución sobre la esencia de la doctrina
que predicó Cristo. Y los principales
responsables del triunfo de la experiencia
humana sobre la espiritualidad divina fueron el
nuncio del Vaticano en La Habana, monseñor
Cesare Zacci, y el sacerdote cubano Carlos
Manuel de Céspedes.
En cuanto a Zacci, me comentan que hasta hace
poco seguía diciendo en Roma, en conciliábulos
de cardenales, que su labor diplomática en Cuba
había sido
summa cum
laude.
Carlos Manuel es hoy el vicario general de La
Habana y no escarmienta, sigue como el perro
huevero comiendo nidos de gallina aunque le
quemen el hocico. Con la importancia que piensa
le confiere su casulla, no abandona el hábito de
jugar a la alta política, ni pierde el vicio de
echar sal a esa herida que impide la
reconciliación de nuestro pueblo. Y en un conato
del protagonismo que tanto le gusta --según El
Nuevo Herald del 13 de junio-- el vicario acaba
de expresar su admiración por
el Che
Guevara.
Carlos Manuel en los últimos 50 años le ha hecho
gran daño a su Iglesia. Y ahora no deja de
proferir inconveniencias, que le impiden
reconocer sus errores, a pesar de que el barco
castrista es un Titanic político y moral.
Si tuviera hoy delante a Carlos Manuel, al que
lo mata no su historia sino la memoria del
pueblo de Cuba, le diría que debe concentrarse
en pensar. Sentarse en una silla, bajar la
cabeza, poner la punta de sus dedos en las
sienes y recordar. ¿Tiene siquiera una idea vaga
sobre qué pasó el Lunes de Resurrección de 1966,
cuando fue detenido por Seguridad del Estado un
sacerdote franciscano acusado de proteger a
fugitivos de la justicia? Miguel Angel Loredo,
su íntimo amigo, profesor como él en el
Seminario San Carlos, su compañero de
discusiones e inquietudes, su antípoda en el
rumbo que debía tomar la Iglesia cubana de
entonces. ¿Recuerda Carlos Manuel como negó a
Miguel Angel antes que el gallo cantara tres
veces? ¿Recuerda cuando, mintiendo cobardemente
en una entrevista a la revista mexicana
Sucesos,
declaró que Miguel se encontraba en aquellos
instantes en una granja de rehabilitación
arrepentido de sus errores y pecados, cuando en
realidad estaba incomunicado y era interrogado y
brutalmente torturado en una celda en solitario
de Villa Marista?
A este Carlos Manuel, que acaba de declarar
sobre el
Che Guevara: ''Tal hombre merece no
sólo respeto, sino también admiración
entrañable'', no como sacerdote, sino como
hombre y cubano le preguntaría: señor vicario de
la ciudad de La Habana, ¿ha escuchado por
casualidad los nombres de Rogelio González
Corzo, Virgilio Campanería, Manolín Guillot,
Alberto Tapia Ruano, Antonio Díaz Pou y decenas
de mártires que murieron frente al paredón de
fusilamiento gritando ''Viva Cristo Rey''? ¿Por
qué durante medio siglo, señor De Céspedes,
aunque conoce sus historias perfectamente, nunca
ha nombrado a ninguno de estos casi niños,
héroes, mártires, católicos militantes, y pone
por las nubes a esta altura del juego a alguien
como el
Che, que en el fondo, y lo sabe
perfectamente, sentía por usted un infinito
desprecio?
Pero nunca en sus anteriores desfases Carlos
Manuel había tocado fondo como en esta ocasión,
en la cual, tratando de defender a Ernesto
Guevara a ultranza, se cubrió bajo el manto de
ese santo de Juan Pablo II y, sacándolo
totalmente fuera de contexto, lo cita cuando el
Santo Padre dice de Guevara: ''No lo conozco a
fondo, pero sé que se preocupó por los pobres,
consecuentemente merece mi respeto''. Que un
intelectual de alto calibre cite la opinión en
tres palabras de Juan Pablo II sobre un marxista
leninista de horca y cuchillo, despiadado,
calculador y frío y con un montón de crímenes a
sus espaldas, sin nombrar ni tangencialmente los
puntos de vista de Su Santidad sobre el
comunismo y los comunistas es, cuando menos, un
acto fanático y malintencionado de su parte.
Hubo
un tiempo que sentí por el vicario de la ciudad
de La Habana mucho resentimiento. Hoy, ese
hombre que no tiene patria, ni iglesia ni
pueblo, y que un día soñó con ser cardenal y hoy
no es nadie, me provoca lástima.
Y aunque católicos que respeto criticarán en
esta ocasión mi falta de tolerancia, quiero
entiendan que aquí nadie está haciendo los
juicios de carácter de un hombre, sino estamos
juzgando una época histórica, en la cual la
realidad sin atenuantes, que ilumina y ciega,
fue más dura que el corazón del marabú.
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