Razón filosófica del cristianismo al alba del
terder milenio
Jean Ladirère
Traducción: Nazario Vivero
NOTA DEL TRADUCTOR. El presente
trabajo es la traducción, del original francés,
de un extracto del Postfacio, redactado por el
autor, a la obra Raison philosophique
et christianisme à l´aube du iiiè. millénaire,
editada por Philippe Capelle y Jean Greisch,
en las Edic. du Cerf, Paris, 2004, pp. 345 a
386.
Desde el punto de vista de los
grandes acontecimientos cósmicos, nada
particular se relaciona con el año 2,000, cuya
posición singular, en la articulación de dos
milenios, resulta simplemente de las
convenciones que están en la base del calendario
actualmente en vigor. En cuanto al decursar de
la historia, él ha estado marcado, durante el
último siglo, por acontecimientos mucho más
importantes que los acaecidos el 1º. de Enero de
2001. Sin embargo, estamos tan habituados a
establecer nuestras referencias temporales con
respecto al calendario, que el paso del segundo
al tercer milenio de nuestra era nos parece
constituir, por sí mismo, un acontecimiento de
alta significación, que sugiere la idea de un
nuevo comienzo. En verdad sabemos muy bien que
las problemáticas actuales se inscriben en una
sucesión continua y que su comienzo remite a
procesos históricos que ya habían comenzado
mucho antes de la llegada del tercer milenio. No
obstante, puede ser oportuno sacar provecho de
una circunstancia de carácter convencional, como
es un cambio de milenio, para tomar cierta
distancia con relación a la marcha de los
acontecimientos y recapitular las acciones en
curso.
La acción sujeta a interrogación
durante el Coloquio cuyas actas se recogen en el
presente volumen es la del caminar filosófico,
considerado, como lo indicaba el título dado al
Coloquio, desde el punto de vista de sus
relaciones con el cristianismo. La cuestión que
las mismas plantean remonta a los inicios del
cristianismo; a ese momento en que los primeros
testigos del Evangelio se encontraron con la
filosofía tal cual ella se había constituido en
la cultura griega, como se ve, por ejemplo, en
ese pasaje de los Hechos de los Apóstoles en el
que se lee que san Pablo, hablando de la
Resurrección, recibió de sus interlocutores la
siguiente respuesta: “Sobre eso te escucharemos
una próxima vez”. San Pablo, debía, sin duda,
esperar una tal reacción. En la Primera Carta a
los Corintios él desarrolla una antítesis
radical entre la sabiduría, en el sentido de los
Griegos, y la sabiduría de Dios: “Mientras los
Judíos piden signos y los Griegos buscan
sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo
crucificado, escándalo para los judíos y locura
para los paganos. …Lo que es locura de Dios es
más sabio que los hombres y lo que es debilidad
de Dios es más fuerte que los hombres” (1 Cor,
1, 23-25).
Esto parece reclamar una
estrategia de ruptura con respecto a la
filosofía. Sin embargo, aun manteniendo
firmemente la trascendencia absoluta de la
Palabra de Dios con respecto a los discursos de
sabiduría, en el sentido de la filosofía, la
tradición de la Iglesia siempre ha dado crédito
a la razón, a nombre mismo de la palabra de la
fe. La razón humana pertenece al orden creado,
que es obra de Dios, y si la naturaleza humana
ha sido afectada por el pecado, permanece, sin
embargo, totalmente fiable en su constitución
esencial. Cuando la teología se construye en
forma sistemática, ella no duda en asumir,
mediante las modificaciones que la fidelidad al
dato cristiano exigía, toda una organización
racional, procedente de todo lo que le había
permanecido asequible de la tradición filosófica
griega. Ahora bien, si la Iglesia reconoce a la
filosofía un valor propio, desde el punto de
vista mismo de la fe cristiana, no es sólo en
razón de los servicios que ella puede ofrecer
así a la teología, sino también en virtud de la
significación intrínseca de la filosofía como
dimensión irreductible de la vida del espíritu.
La reflexión emprendida en el
marco del Coloquio, cuyas actas se presentan
aquí, retoma, de manera eminentemente
constructiva, toda esta problemática de las
relaciones entre filosofía y cristianismo,
situándola en el contexto de la cultura
contemporánea y proponiendo no sólo una visión
comprehensiva de la situación actual de la
filosofía, sino también y sobre todo, líneas de
investigación que sugieren, de manera directa,
tareas a proseguir o a emprender. De modo muy
patente, los organizadores del Coloquio se han
empeñado en situarlo, desde el inicio, en el
terreno de una reflexión sistemática, que encare
toda la problemática de manera renovada, sin
hacer intervenir estudios de carácter puramente
histórico y sin situarse en el punto de vista de
tal o cual tradición particular. Se ve así que,
en las comunicaciones presentadas, no se
encuentran una referencia directa a las
discusiones del siglo pasado sobre la filosofía
cristiana ni tampoco reflexión alguna, a manera
de balance, sobre el gran proyecto de la
neo-escolástica. No obstante, lo más
significativo en el Coloquio, más aún que su
preocupación por la sistematicidad, es la de la
búsqueda de universalidad verdadera y, por lo
tanto, necesariamente también, la de asumir la
diversidad. De este modo se pueden reconocer
tres momentos en la reflexión planteada: la
ubicación del cuestionamiento inducido por el
título del Coloquio, la presentación de la
situación actual de la filosofía desde el punto
de vista del encuentro de culturas, la
exploración de problemáticas consideradas
particularmente importantes y que desembocan
directamente en programas concretos de
investigación.
La filosofía es una empresa que
se ha dado de una vez, desde su inicio, un
carácter de radicalidad, pero que, por otra
parte, siempre ha estado en la incertidumbre con
respecto a sus objetivos. Ella se descubre,
siempre de nuevo, en el esfuerzo mismo por el
cual intenta ponerse en marcha. De una cierta
manera ella es totalmente autónoma, en el
sentido de que le pertenece definirse ella misma
y asignarse a sí misma las tareas en las cuales
cree poder reconocer la forma concreta de la
exigencia que está en el principio de su
caminar. Sin embargo, por otra parte, ella
depende de la situación histórica en la cual se
instaura, en el sentido de que es a partir de
aquello que adviene en el proceso de la
historia, que ella puede elaborar, de una manera
precisa, las cuestiones a las cuales ella se
propondrá a sí misma la tarea de responder. No
obstante, es de su propia iniciativa que depende
la formulación de dichas cuestiones, y es ella
misma quien debe juzgar de su pertinencia. De
este modo se puede decir que la filosofía se
construye definiéndose e, inversamente, que ella
se define construyéndose. No hay un movimiento
lineal, partiendo de un problema claramente
formulado y que progresa por etapas hasta una
solución satisfactoria. Hay más bien el
descubrimiento progresivo de un cierto
cuestionamiento e incluso un caminar que ha
comenzado en una relativa oscuridad, sin clara
visión de lo que ella implícitamente
comprometía. Es precisamente en el
cuestionamiento así instaurado, que la filosofía
se reconoce ella misma y que, de una cierta
manera, ella recomienza. Ahora bien, en dicho
recomenzar, ella se apoya sobre lo que ya ella
instituyó y puede así tematizar el movimiento
mismo que ella realiza, dándose así una
conciencia más clara de sus desafíos.
Este proyecto de tematización
encuentra su efectividad y al mismo tiempo su
representación en el paso a un plano “meta”, en
el cual el pensamiento se hace presente a sí
mismo, precisamente como instauración de un
cierto cuestionamiento, que se cuestiona a sí
mismo tematizándose. Por medio de esta
reflexividad, él asume el talante de un momento
primero, en el cual el pensamiento se asume a sí
mismo en una autoposición que le da su sentido……
Un segundo grupo de
comunicaciones se relaciona (como ya se ha
indicado) con “la situación actual de la
filosofía desde el punto de vista del encuentro
de las culturas”. Lo que en dicha situación
resulta problemático para la reflexión
filosófica, no es la diversidad como tal, que es
tan sólo un hecho cultural, sino lo que
concretamente se revela en la diversidad, a
saber, la diferencia. Ahora bien, si hay una
diferencia que se puede relacionar globalmente
con el conjunto de dimensiones constitutivas de
una cultura, también existe otra, de carácter
específico, que opera al interior de la
dimensión que se puede calificar como
“filosófica”. Esta situación podría expresarse
distinguiendo la “diferencia cultural” y la
“diferencia filosófica”. Esta última puede ser
considerada como el reflejo, en el pensamiento,
de la primera. Sin embargo, ella puede
igualmente manifestarse como interna a un mismo
campo cultural.
El tercer momento de la reflexión
se consagró a la exploración de cuatro
problemáticas particulares, dependientes de
cuatro regiones típicas del ámbito filosófico:
epistemología, fundamentos de la ética,
filosofía de la religión, filosofía política.
Para cada caso, la preocupación ha sido ir al
encuentro de las cuestiones particularmente
representativas del trabajo filosófico
contemporáneo y que tienen, al mismo tiempo, una
incidencia directa sobre las relaciones entre
razón filosófica y cristianismo….
Como se ve, el Coloquio del año
2000 ha permitido establecer una especie de
diagnóstico de la situación presente de la
filosofía, considerada en sus relaciones con el
cristianismo. Ahora bien, su aporte esencial es
haber puesto en evidencia las problemáticas que
se abren para el trabajo filosófico a partir de
dicho diagnóstico y haber propuesto un marco
general de reflexión en el cual se inscriben
programas de investigación directamente
inspiradores y que sugieren prolongaciones
fecundas del encuentro de marzo 2000. Entre las
problemáticas que se presentaron, la más
significativa, sin duda, desde el punto de vista
de la evolución actual de la civilización, es la
que concierne a las implicaciones, para la
filosofía, del encuentro de las culturas. En el
contexto de dicho proceso histórico, el concepto
de universalidad, adquiere un sentido totalmente
concreto. Ahora bien, por lo mismo, se abre un
debate sobre las relaciones que pueden y deben
pensarse entre la realidad de la
universalización y las condiciones de
enraizamiento de la filosofía, las cuales son
necesariamente particularizantes y que, además,
muestran insistentemente su valor en lo que se
ha llamado “la reivindicación de identidad”.
Se trataba, sin embargo, de
examinar esta problemática desde el punto de
vista del objetivo asignado al Coloquio. Por lo
tanto, la reflexión se ha centrado en la
significación del encuentro de las culturas,
tanto para la filosofía como para el
cristianismo, más precisamente aún para la
teología, que es el componente reflexivo de este
último. Ahora bien, resulta que la cuestión de
las relaciones entre “filosofía” y “teología” no
se plantea de la misma manera en los diferentes
ámbitos culturales, por una parte, porque el
modo de recepción del cristianismo (y en
particular de la teología, por lo tanto) ha
estado fuertemente condicionado por las
circunstancias históricas y las diferencias
culturales, pero también y sobre todo, por otra
parte, porque el término “filosofía” debe ser
entendido, en el contexto de esta cuestión, en
un sentido muy general, cubriendo de hecho
formas de pensamiento que, como se ha señalado
anteriormente, difieren no sólo en sus
contenidos explícitos, sino también, más
profundamente aún, por lo que podría llamarse,
en términos husserlianos, sus respectivas
intencionalidades constituyentes.
Sin embargo, uno se da cuenta de
que, si no se puede pasar simplemente de una
forma de pensamiento a otra por una simple
transposición de significaciones, existe como
una posibilidad de resonancia, que permite
reconocer afinidades e incluso descubrir
convergencias. Tal vez se podría útilmente, en
el diálogo generalizado que se busca instaurar,
comenzar por plantear cuestiones que permitirían
dar un contenido concreto a las intenciones que
llaman al diálogo. Por supuesto, el
cuestionamiento se ejerce necesariamente a
partir de una situación cultural determinada y
no a partir de un punto de vista que se creería
en capacidad de comprenderlo todo. Ahora bien,
una cuestión puede crear una resonancia y
suscitar, como respuesta, otras cuestiones. De
este modo, el diálogo podría tener sus
oportunidades…
…..Conviene recordar, de entrada,
según lo sugiere el título del Coloquio, que
sólo existe problema en la medida en que se
acepta que hay un espacio de pensamiento que se
distingue del pensamiento propiamente religioso,
tal cual éste se ha elaborado en la tradición
cristiana y que, incluso si él tiene ciertas
afinidades con este último, posee un estatuto de
autonomía que lo hace diferente. Por otra
parte, supuesto esto como aceptado, sólo existe
problema si este espacio de pensamiento
autónomo, de alguna manera, tiene el proyecto de
construir un discurso en el cual podría
expresarse una palabra concerniente a las
últimas condiciones de la existencia humana e
incluso de toda la realidad. En toda
generalidad, la filosofía puede, precisamente,
ser caracterizada por un proyecto tal. Si se
admiten estas dos condiciones, la primera
cuestión que se plantea inevitablemente es la de
la compatibilidad entre ambas formas de
pensamiento. Aunque el término “filosofía” sea
usado aquí en un sentido muy amplio, es en el
marco de la tradición filosófica “occidental”
que dicha cuestión queda así planteada. Ella
tiene, pues, un carácter particular, pero está
formulada con la expectativa de que la misma
podrá coincidir con cuestionamientos análogos,
elaborados a partir de otras formas de
pensamiento “filosófico”.
El caminar filosófico podría
caracterizarse, incluso cuando se presenta bajo
la forma de un sistema conceptual abstracto,
como el esfuerzo de la existencia para
comprenderse ella misma y para reapropiarse su
ser. Lo que este retorno de la existencia sobre
sí misma muestra, es que, a la vez, ella está
separada, en su efectividad, de lo que sería su
ser realizado, y es deseo de reencontrarse ella
misma en su verdad auténtica. En la tensión que
la atraviesa así ella se descubre responsable de
sí misma o, en otros términos, portadora de una
destinación. Esta, aquello a lo que ella está
llamada, es el acceso a la vida feliz, en la
reconciliación con su propio ser y con todas las
condiciones que deben hacer posible esta última
realización de sí misma.
La filosofía, en esta
perspectiva, es el movimiento reflexivo por el
cual la existencia se compromete en la
reapropiación de su ser. De manera más precisa
aún, ella es el descubrimiento de las
estructuras constitutivas que hacen posible su
estatuto y, por lo tanto, en particular, que
fundamentan su responsabilidad con respecto a sí
misma. Ahora bien, uno debe preguntarse si ella
no es algo más. La existencia sólo es real en
una efectividad, en la que se pone en juego
precisamente aquello anunciado por el movimiento
reflexivo. Retomando una célebre expresión
utilizada por Wittgenstein a propósito del
lenguaje, se podría decir que la existencia
recibe su efectividad en una “forma de vida”, es
decir, en las disposiciones concretas en y por
las cuales ella se inscribe en el curso del
mundo y se sitúa efectivamente con respecto a
los otros, a la historia, al cosmos, al núcleo
más recóndito de la realidad total. El problema
que la existencia es para sí misma es el de su
compromiso en una forma de vida que sea para
ella un encauzamiento concreto hacia su ser
auténtico. La propia filosofía podría ser una
tal forma de vida y, por lo tanto, ser ella
misma la asunción por la existencia de su
responsabilidad con respecto a sí misma.
Si la filosofía es tan sólo este
caminar reflexivo que hace aparecer las
estructuras constitutivas de la existencia,
tales como la temporalidad, la corporeidad, la
relación con la alteridad, ella sólo visualiza
la existencia desde un punto de vista formal. Se
podría decir que ella es tan sólo una lógica de
la existencia y, en ese caso, no se ve claro lo
que podría hacerla incompatible con la fe
cristiana. Por el contrario, se podrá decir que
ella aclara la existencia sobre su propia
constitución y, en particular, sobre las
condiciones estructurales que hacen posible esta
forma de vida particular que es la vida según la
fe cristiana. La reflexión, ciertamente, pide un
compromiso, pero se trata de un compromiso que
sólo concierne a la existencia de manera aún
indirecta, en cuanto que pone en juego la
comprehensión que la existencia puede darse de
su estatuto y de su responsabilidad. No es aún
una forma de vida, que compromete directa y
radicalmente, y en totalidad, a la existencia
con respecto a su propio ser.
Sin embargo, si se hace de la
propia filosofía una forma de vida, como
encauzamiento hacia la vida auténtica y ya, por
lo tanto, como anticipación de ésta, uno se ve
conducido a reinterpretar el contenido de la fe
cristiana como no siendo otra cosa sino la
presentación, en términos simbólicos, de lo que
la filosofía expresa en su propio lenguaje,
puramente conceptual, convertido en adecuado a
los datos efectivos de la experiencia. Ahora
bien, una interpretación semejante es
exactamente una destrucción de la fe. Lo cual
significa que entre ésta y una tal filosofía
existe franca incompatibilidad. Sin embargo,
existe una manera de comprender la tarea
filosófica en una forma que no es la de un
discurso puramente formal ni la de una
“deconstrucción” radical. Al parecer, hay que
admitir que existe en el proyecto filosófico
algo más que la idea de una clarificación de
carácter radical, léase, un movimiento que
compromete ya a la existencia con respecto a su
ser auténtico.
Para precisar esto, puede ser
útil recurrir a la distinción, ya clásica, entre
el punto de vista existenciario, que concierne
los aspectos estructurales de la existencia, sus
principios de constitución, su armazón formal,
expresado por la idea de una “lógica de la
existencia”, y el punto de vista existencial,
que concierne la efectividad de la existencia,
la manera en que ella se compromete
concretamente con respecto a sí misma; en
resumen, la forma de vida que ella asume. La
idea de una pura lógica de la existencia no
puede bastar para dar cuenta de la dimensión de
responsabilidad y de compromiso de la filosofía,
es decir, de su dimensión existencial. Sin
embargo, ello no implica necesariamente una
concepción de la filosofía como forma de vida
que encamina a la existencia hacia la vida
auténtica, es decir, como vía de salvación. Si,
en efecto, existen condiciones constitutivas de
la existencia como tal, también existen
condiciones relativas a la instauración y a la
asunción de tal o cual forma de vida particular,
es decir, de las condiciones de carácter
existencial. Ellas tienen, en cuanto
condiciones, lo mismo que las condiciones
constitutivas, un carácter formal y su análisis
no es aún la asunción efectiva, en una forma de
vida específica, de la forma de existencia
concreta que ellas hacen posible. De este modo,
la distinción heideggeriana entre lo auténtico y
lo inauténtico, no es, por sí misma, un
compromiso en tal o cual modalidad de
existencia, pero ella indica formalmente de qué
se trata existencialmente en un compromiso
semejante. En particular, la filosofía puede
perfectamente darse como tarea analizar las
condiciones de posibilidad del compromiso
existencial que la fe cristiana presupone, lo
que ya pone en juego un cierto compromiso, en el
reconocimiento de lo que constituye
auténticamente la experiencia de esta fe, sin
asumirla efectivamente en un compromiso
religioso.
Se podría incluso ir más lejos,
tomando en consideración un tipo de filosofía
que se presentaría como encauzamiento hacia la
vida auténtica y que caracterizaría a ésta como
participación en la vida del Absoluto, ya sea
que éste sea concebido como Acción, como
Pensamiento, como Querer o según tal o cual otra
calificación. En vez de interpretar la fe
cristiana como una expresión simbólica de dicho
discurso filosófico, se podría, invirtiendo los
términos, interpretar éste como una
representación simbólica de lo que de sí misma
dice la fe cristiana. La “representación” tiene
por función relacionar un sistema de
determinaciones de carácter abstracto y la
realidad concreta en la cual dichas
determinaciones encuentran su efectividad. El
discurso filosófico de este tipo podría ser así
comprendido como una especie de itinerarium
mentis, que sería como una imagen, poniendo
en relación las condiciones de posibilidad de
carácter formal, tales como un cierto tipo de
historicidad, con la forma de vida de la fe
cristiana, o lo que, en definitiva, sería lo
mismo, con el proceso histórico concreto en el
cual se construye progresivamente el “reino de
Dios”.
Si se suponen satisfechas las
condiciones de compatibilidad, uno se encuentra
con una cuestión que ya no tiene que ver con la
simple posibilidad de una fe religiosa, como la
fe cristiana, sino con el contenido mismo de
dicha fe: ¿existiría un caminar propiamente
filosófico que tendría una relación directa con
el contenido de la fe cristiana? Se podría
intentar precisar esta cuestión general
distinguiendo dos ámbitos de cuestionamiento: un
primero sería el de las cuestiones inducidas por
la idea de revelación; el segundo el de las
cuestiones filosóficas inducidas por la
estructura dogmática de la fe cristiana.
La fe cristiana remite a
“acontecimientos fundadores”, que están
esencialmente (es decir, independientemente de
los acontecimientos anunciadores reportados en
el Antiguo Testamento) constituidos por la vida,
la muerte y la resurrección de Jesucristo, y por
el contenido de la predicación de Jesús, tal
cual ha sido relatado por los primeros
discípulos y recibido en la tradición de la
Iglesia. Lo que se ha producido en dichos
acontecimientos ha sido comprendido por los
cristianos como una “revelación”, es decir, como
una manifestación de Dios, que de una cierta
manera ha hecho visible algo del misterio de
Dios o del proyecto de Dios para los hombres. La
persona misma de Jesús ha sido comprendida como
la forma por excelencia de esta manifestación,
la visibilidad misma de la divinidad, según la
palabra del propio Jesús: “el que me ha visto ha
visto al Padre”. Siendo una pura iniciativa de
Dios, la revelación se dirige a los hombres como
una invitación a entrar en lo que ella propone,
a saber, en la efectividad de lo que ella
instaura y promete,
La cuestión que se plantea
entonces es la de saber cómo puede ser recibida
esta revelación. Las condiciones de su
receptividad no son todavía la revelación misma;
ellas necesariamente la preceden. Ellas deben,
por lo tanto, estar inscritas en el propio ser
del hombre. La revelación tiene un sentido
soteriológico; ella se presenta a sí misma como
el anuncio y también ya como la realización de
la salvación en Jesucristo. La venida de ésta
sólo tiene sentido si el hombre se encuentra,
por su estado, en una situación de aflicción, de
la cual él no puede salir por sí mismo, y de la
que puede esperar liberarse sólo por una
salvación que necesariamente debe venirle de
otra parte. Una primera condición de
receptividad es lo que se podría llamar la
correspondencia entre el estatuto existencial
del hombre y el carácter salvífico de la
revelación. Dicha correspondencia es la
presencia, en el estatuto ontológico del hombre,
de una dimensión de derelicción y, al mismo
tiempo, de un deseo de salvación. Por lo demás,
ya que la revelación es una proposición que
espera una respuesta, ella supone una cierta
forma de encuentro y, por lo tanto, la
existencia de una especie de espacio común en el
que el hombre puede hacerse sensible a lo que
Dios manifiesta de Sí mismo revelándose. Sin
embargo, esto requiere una condición
correlativa, a saber, la capacidad, en el ser
humano, de percibir, en los signos y las
palabras en los cuales se expresa la revelación,
la significación de éstos. Dicho de otro modo,
la revelación sólo puede ser efectiva si en el
ser del hombre existe una potencia de
comprehensión que lo hace capaz de concordar con
lo que se revela, pese a la relativa oscuridad
en virtud de la cual la fe sólo nos hace ver
como “en enigma”. Una cuarta condición concierne
la respuesta a lo que la revelación propone.
Dicha respuesta no es simplemente una palabra de
aquiescencia, sino un compromiso de todo el ser,
por el cual éste ratifica la palabra revelante y
se inscribe en el gran proceso del advenimiento
de la salvación. Un tal compromiso comporta, de
suyo, una dimensión de abandono de sí, lo que
supone la capacidad de salir de sí y de abrirse
a una alteridad radical, y una dimensión de
confianza, la cual supone, a su vez, la
capacidad de confiar su ser a la potencia
salvífica reconocida en aquello por medio de lo
cual ella se manifiesta.
Ahora bien, estas diferentes
condiciones se relacionan con capacidades y
propiedades que pertenecen a la constitución
misma del ser humano y que debe ser posible
examinar en un movimiento analítico y reflexivo
que la razón humana puede realizar sin todavía
entrar en el reconocimiento explícito de la
revelación y sin por ello, pues, comprometerse
en una experiencia propiamente religiosa. La
cuestión de saber si esas condiciones están
efectivamente presentes en la estructura de la
existencia y en la percepción que el ser humano
tiene de sí mismo es una cuestión filosófica.
Sin embargo, ella tiene su motivación en una
cuestión teológica, que concierne directamente
la naturaleza y las condiciones de la
revelación.
El segundo ámbito en el que se
puede encontrar este mismo tipo de situación es
el de las cuestiones de naturaleza filosófica
inducidas por la estructura dogmática de la fe
cristiana. Dicha estructura es directamente
visible en la organización interna del Credo,
el cual expresa lo esencial del contenido
objetivo de la fe cristiana. Ahora bien, incluso
sin entrar en un esfuerzo de comprehensión de
dicho contenido, se puede destacar que las
grandes articulaciones del Credo, las
cuales evocan sucesivamente la creación, la
Encarnación-Redención, la recepción del Espíritu
y la vida de la Iglesia, corresponden a lo que
la fe cristiana afirma del ser de Dios, a saber,
que Él es trino y que la unidad de la naturaleza
divina se distribuye, de algún modo, en tres
personas: al Padre se le atribuye la creación,
al Verbo la Redención, al Espíritu la
santificación, tal como ésta se lleva adelante
en la vida de la Iglesia. Ahora bien, la
teología ha intentado pensar la constitución
trinitaria por medio de los conceptos de
procesión y de relación, y comprendiendo a la
“persona” como “relación subsistente”. Esto
parece dar la prioridad a la relación sobre la
sustancia e introduce implicaciones ontológicas
de gran alcance. Estos datos teológicos
sugieren, pues, cuestiones propiamente
filosóficas, que pueden ser tomadas en
consideración independientemente de todo
contexto teológico. Una primera cuestión se
refiere a una ontología de la relación: ¿cómo
hay que comprender la idea de fundamento para
dar cuenta de la posibilidad de una realidad
procesual y relacional? Resulta natural pensar
entonces en las perspectivas especulativas
abiertas por el pensamiento de Whitehead.
La estructura trinitaria del
Credo expone la doble procesión en la cual
no cesa de realizarse el movimiento interno de
la única esencia divina. Sin embargo, al mismo
tiempo ella da cuenta del doble movimiento ad
extra que planta en la existencia a la
realidad finita y que aporta a los hombres la
salvación. La primera fase de dicho movimiento
concierne la constitución de las cosas: es la
instauración de un régimen de existencia que no
es el de Dios, aunque pueda ser pensado como
participando, de una cierta manera, en el de
Dios. Ese gesto primero, al suscitar un mundo
que es para el hombre un habitat, proporcionado
a su propia esencia, instaura, de algún modo, la
condición previa a la segunda fase del
movimiento, es decir, a la instauración del
orden de la gracia, marcado por el
acontecimiento de la Encarnación del Verbo y por
los de la vida, la muerte y resurrección de
Cristo, de la venida del Espíritu y de la
historia de la Iglesia.
Ahora bien, a esas dos fases del
movimiento ad extra corresponden
estatutos ontológicos profundamente diferentes.
Por una parte, lo que hay es un proceso que
termina por establecer un orden de cosas que
tiene en sí mismo los recursos necesarios para
mantenerse en el ser, y que, de este modo, es,
en un cierto sentido, autónomo. Este orden es el
reinado de lo constituido. En
cuanto tal él contiene en sí lo que es la fuente
siempre presente de la constitución de lo
constituido, aquello que se puede denominar lo
originario. Por otra parte, en la segunda
fase, lo que hay es una llegada imprevista, la
cual está en el origen de un orden no reductible
al de la constitución, y en ese sentido,
gratuito, trascendente con respecto a lo
constituido. El se presenta al ser humano como
una proposición y un llamado y, de este modo, él
es condición de posibilidad de una destinación.
Ya presente, como realidad advenida, él es
también, como llamado, todavía algo por venir.
Lo que está por venir, según lo que dice la
última frase del Credo, es del orden de
un eschaton. A lo originario, que es una
llegada imprevista, se opone el momento del
cumplimiento, que es una destinación. Lo que
caracteriza al estatuto del orden de la gracia
podrá expresarse por medio del concepto de
acontecimiento.
Esta dualidad entre lo que es del
orden de lo constituido y aquello que es del
orden del acontecimiento sugiere una cuestión de
orden filosófico. Esta es independiente de lo
que la sugiere, pero la reflexión que ella
suscita puede, tal vez, ser iluminadora para la
teología, en la medida en que ésta la recoge
como algo que viene de ese otra parte
que, con respecto a ella es el campo filosófico.
Existe una mirada sobre las cosas que las fija,
por así decirlo, en su constitución, como lo
dice la idea de esencia. Sin embargo, como ya se
ha indicado, existe también otra mirada que las
ve como atravesadas por una corriente procesual.
Ahora bien, si existe un tipo de proceso que es
tan sólo el despliegue de una esencia, también
existe otro tipo de proceso - que la visión
teológica ejemplifica de manera eminente, pero
que ya está presente en la realidad constituida
en cuanto tal- en el cual intervienen momentos
en los que hay una pura venida intempestiva,
discontinuidad, emergencia, irreductibilidad a
lo ya constituido; en resumen, aquello
precisamente que expresa el concepto de
acontecimiento. Lo que adviene, la pura
ocurrencia, es lo que no está previsto ni
esperado, sino lo que sólo se deja encontrar. No
obstante, aunque no deriva de lo ya constituido,
el acontecimiento, en cuanto encuentro, sólo
tiene sentido, como acontecimiento, en la medida
en que él concierne a lo constituido y él sólo
puede concernirlo en la medida en que éste
último contiene ya en sí mismo la posibilidad de
ofrecerse al encuentro, de interiorizarlo, y, en
definitiva, de acogerlo. La cuestión filosófica
que se plantea aquí puede ser formulada de la
siguiente manera: ¿cómo se puede pensar el
estatuto ontológico del acontecimiento y cómo
hay que pensar lo constituido para dar cuenta de
la posibilidad del encuentro de éste y de lo que
es puro advenimiento?
El cuestionamiento
filosófico inspirado por los problemas
conceptuales que la teología encuentra no puede,
sin embargo, quedarse ahí. Hay que intentar
descubrir aquello que puede unificar las dos
perspectivas presentadas: la relativa a las
condiciones de receptividad de la Palabra de
Dios y la relativa a los presupuestos implicados
por el contenido mismo de la fe cristiana.
Podría mostrarse la unidad de ambas perspectivas
retomando de la primera la idea de la existencia
como “deseo de encontrarse ella misma en su
verdad auténtica”, y tomando de la segunda la
idea de acontecimiento. Se podría mostrar
entonces que ambas ideas se reúnen en la idea de
esperanza. Ahora bien, esto supone una reflexión
sobre el estatuto ontológico de la existencia.
Ella se descubre como dada a sí misma y como
debiendo recibirse de dicha donación. Lo que
ella recibe es la capacidad de erigirse ella
misma, lo cual fundamenta su responsabilidad con
respecto a sí misma. Por ello, ella debe ser
comprendida como el acontecimiento continuado de
dicha donación en la cual ella recibe su
autoconstitución. Pero ella la recibe como
determinando una tarea: la reapropiación, por
medio de lo que ella hace de sí misma, de su ser
auténtico, es decir, de todas las condiciones
implicadas en el acontecimiento originario del
cual ella procede. Ahora bien, al inscribir esta
tarea en su constitución, este acontecimiento
inscribe en ella también una promesa. La tensión
que la encamina hacia su realización puede
entonces ser comprendida como esperanza. Se
puede decir que es una esperanza ontológica.
Perteneciendo al orden de lo constituido, puesto
que está inscrita en la estructura de la
existencia, ella no es esta esperanza eficaz, la
cual es, en el orden de la salvación, “la espera
de los bienes por venir”. Pero sí es el
constitutivo más fundamental de esta apertura
que hace a la existencia capaz de recibir el
anuncio de la salvación.
A este resumen de un
cuestionamiento posible, que concierne a la
filosofía como tal, en su autonomía, tal vez es
necesario añadir la evocación de dos cuestiones
que conciernen a la filosofía desde el punto de
vista de la teología: ¿cómo se explica el
crédito otorgado por el cristianismo a la
filosofía, considerada independientemente de la
ayuda directa que ella puede aportarle a la
teología?; y ¿cuál podría ser su significación
en la economía de la vida cristiana? Nos
limitaremos aquí a breves sugerencias.
La cuestión del crédito otorgado
a la filosofía podría ser abordada a partir de
la distinción, antes mencionada, entre lo
constituido y lo que es del orden del
acontecimiento. La filosofía es un esfuerzo de
comprehensión de carácter radical que versa
sobre la totalidad de lo que, de manera directa
o indirecta, es dado en la experiencia. Lo que
la distingue de la ciencia es, sin duda, por una
parte, su proyecto de radicalidad, que la
conduce a intentar develar todos los
presupuestos de la experiencia, hasta los más
originarios, y, por otra parte, la necesaria
puesta en juego de la existencia que dicho
proyecto implica. De este modo ella está se ve
llevada a concebir la existencia como portadora
de una destinación y como responsable de su ser
por venir. Ahora bien, es precisamente esta
existencia, con sus estructuras constitutivas y
su carácter de destinación, la que constituye el
desafío de la experiencia religiosa. La
teología, reflexionando sobre la significación
de esta experiencia, reinterpreta la relación de
la existencia con una destinación como espera de
una salvación. La fe religiosa, por su parte,
reasume en la perspectiva escatológica que ella
instaura, la dinámica existencial que la
reflexión filosófica descubre en el núcleo de la
realidad humana. Ella integra así en lo que de
acontecimiento tiene la venida del Reino de Dios
todo lo que pertenece a lo constitutivo de la
existencia. La comprehensión de dicho
constitutivo es el previo indispensable para la
comprehensión del acontecimiento. Corresponde a
la teología pensar la articulación de ambas
dimensiones de comprehensión, en la fidelidad
simultánea a lo que es dado en la donación
originaria que subtiende a la existencia y a lo
dado en el acontecimiento siempre actual de la
Encarnación-Redención.
En cuanto a la significación que
podría serle reconocida a la filosofía desde el
punto de vista de la fe cristiana, se la podría
religar a la estructura trinitaria del Credo.
En cuanto que ella explora en su
constitución más esencial, la realidad en
general y, en particular la realidad humana, y,
por lo tanto, el orden de la creación en toda su
amplitud, la filosofía intenta manifestar la
inteligibilidad intrínseca de ello. A dicho
título, ella puede ser considerada como una
forma de celebración de la creación,
susceptible, por lo demás, de hacerse eco, según
sus recursos propios, de las formas propiamente
religiosas que pueden tener la misma finalidad.
En cuanto que ella visualiza una comprehensión
radical, contribuye a la constitución de un
orden de la razón (entendida en el sentido más
amplio) y es la auto-reflexión de dicha razón.
El dinamismo que ella pone así por obra puede
ser considerado como la traza, en el mundo
visible, de la presencia actuante del Verbo
eterno, “por el que todo ha sido hecho” y que ha
venido a este mundo para conducirlo hacia su
salvación. Al asumir su parte en la construcción
de un universo de sentido, la filosofía rinde
testimonio a la acción del Verbo en la historia.
Por último, al mismo tiempo que búsqueda de la
comprehensión, la filosofía en su práctica, es
también un compromiso que tiene alguna relación
con la destinación de la existencia. En cuanto
que ella es de este modo un itinerarium
mentis, puede ser considerada como una
parábola del caminar del alma que va al
encuentro de aquello que el anuncio de la
salvación le hace esperar, bajo la moción del
Espíritu Santo. |