El Señor te bendiga
y te guarde;
te muestre su rostro
y tenga misericordia
de ti.
Vuelva a ti su mirada
y te conceda la paz.
El Señor te bendiga.


C U B A

El ciristianismo: fundamento de la oposición cubana

Los cubanos del exilio
y su misión evangelizadora
en la diáspora

Introducciones a los libros de la Biblia

La Biblia Latinoamericana y de Jerusalén

Textos fundamentales

Textos fundamentales (II)

Documentos y ensayos

Documento de Aparecida

El cambio social y personal, de costumbres y estructuras, en el documento de Aparecida
Umberto Mauro Marsich

Catequesis
de Benedicto XVI
sobre los
Padre de la Iglesia

 

El “peso” de la divinidad en el Mundo Antiguo

Alfredo Valvo

Excepto los hebreos, los antiguos temían la voluntad de los dioses. Deseaban liberarse del capricho del fatum, pero lo consideraban imposible. El hombre se considerabapasto de la divinidad. ¿Qué cambió, para que sin cambiar elmundo, el hombre se enfrentara a su libertad?

Cuánto se interrogaba el mundo antiguo por el futuro (curiosidad que nunca ha disminuido, y mucho más en tiempos como los actuales cuando éste parece menos incitado) emerge claramente de las diversas modalidades con las que, de manera más o menos evolucionada y racional, los hombres del pasado interrogaban a las divinidades sobre sus intenciones y su voluntad. Todas las civilizaciones del Mediterráneo y de Mesopotamia practicaban formas de interrogación a los dioses y era una creencia difundida que estos respondían a través de profecías, oráculos y formas de divinización como la observación del vuelo de los pájaros o el análisis del interior de los animales sacrificados. En Roma, toda iniciativa civil o política, como la inauguración de un templo o la partida del ejército para una campaña militar, era precedida por la petición dirigida a los dioses de auspicios favorables, y la consulta de los auspicios le tocaba al magistrado que habría comandado las operaciones. Esto testimonia lo fuerte que era el ligamen entre los dioses y los hombres, y sobre todo, lo misteriosa que sentían la voluntad divina con respecto a ellos, por que ésta no era sentida como tranquilizadora, sino insidiosa para los hombres. Sobre la divinización nos ha quedado la obra de reflexión filosófica de Cicerón titulada "Sobre la divinidad", que se acerca a otra obra ciceroniana titulada "Sobre los responsos de los arúspice".

El único pueblo que esperaba con fe la venida del propio rey eran los Hebreos. Es más, como ha escrito un reconocido historiador del mundo antiguo, Arnaldo Momigliano, los Hebreos son el único pueblo para el cual la propia historia coincide con la propia fe. El profetismo judío tiene como punto de llegada y como su plena realización la venida del Mesías. En cambio, la espera de los otros pueblos de la Antigüedad estaba llena de temor. Esta fue una de las razones que favorecieron el nacimiento de las religiones mistéricas, es decir, cultos a los que estaba conectada la esperanza de una vida más allá de la muerte, a los que estaban admitidos solo aquellos que acogían estas formas y que progresaban en ellas. A los cultos mistéricos se adherían sobre todo personas simples y de capas sociales poco elevadas, mientras que las familias importantes permanecían fieles a los cultos tradicionales.

A los dioses se les atribuían también intervenciones directas en la vida del hombre como signos portentosos e inexplicables o los sueños, o incluso a través de personas particularmente cercanas a ellos y privilegiadas, como las Sibilas y las Pitonisas, inspiradas por Apolo, que profetizaban (es decir hablaban en nombre de los dioses), a veces de manera ambigua, al punto que resultaban veraces, en lugares de culto famosos, como los santuarios de Delfos y de Dodona, en Grecia, pero también poetas y cantantes ciegos, como Tiresia, que predicaba el fin de Troya, o el mismo Homero: esto les acreditaba ante los hombres porque se creía que ellos veían con los ojos de la mente, y también esto demuestra que el punto de encuentro entre los hombres y los dioses era la mente, el espíritu. Así puede decirse también de Edipo que se ciega para "ver" y conocer finalmente su destino.

En todo esto hay una forma exasperada y casi paradójica en el intento de establecer una relación con los dioses, pero por otra parte esto es un síntoma de la espera de una revelación, más indispensable todavía por la condición humana que, en la concepción de los antiguos, era totalmente dependiente del capricho del hado, al cual parecían estar sometidos incluso los dioses. Este determinismo tiene prisionera a la humanidad e impide que ésta pueda hacer otra cosa que desear la propia liberación, sin ser nunca agotada en su deseo. La espera, ayer y hoy, está siempre ligada al propio destino, a la angustia frente a lo desconocido en el cual, aunque si los poetas trágicos de la edad clásica entreveían un resplandor de esperanza, racionalmente no hay sitio más que para la desesperación o para la búsqueda de la fama que pueda perpetuar el recuerdo pero que no ofrece consolación. Sófocles hace decir a Edipo: "la mejor condición para el hombre es no nacer, pero una vez nacido, volver lo más rápido posible a allí de donde he venido".

Esta concepción pesimista de la vida asume una notable relevancia también en la concepción de la historia. Algunos pueblos de la Antigüedad creían estar destinados a terminar después de un determinado número de años: por ejemplo, los Etruscos creían que su pueblo se extinguiría tras 8 ó 10 siglos (la duración de los siglos etruscos variaba muchísimo: desde más de cien años a algunos años), y el paso de un siglo a otro era anunciado por fenómenos a menudo pavorosos como el sonido inexplicable de un cuerno.

Junto a las profecías, oráculos, adivinaciones, existía también la apocalíptica, término usado a menudo impropiamente como sinónimo de evento trágico y devastador, pero que tiene el significado de "revelación"; de hecho, en griego, el término significa "descubrir" lo que estaba cubierto. Se trata de una revelación. El género apocalíptico, que encuentra sus raíces en algunos textos proféticos y en el tardo judaísmo, alcanza su plena y típica expresión en el cristianismo y el Apocalipsis más célebre es el de San Juan, escrito a finales del siglo I, al que su autor ha confiado la revelación de la fin del mundo (escatología).

Como se ha dicho, con la única excepción de los Hebreos, el mundo antiguo pre-cristiano consume su espera no en la esperanza de la propia liberación ni en la salvación, pero sólo en el deseo de conocer lo que le espera y cuándo vendrá el fin del mundo. En verdad si asociamos todo esto a la "plenitud de los tiempos" de San Pablo (Gal 4, 4) comprendemos como habría venido el momento de la liberación para el hombre de sus miedos del fin y como la revelación, que tomó el nombre del Evangelio (es decir, "buena nueva", en analogía con los decretos imperiales romanos, como ha recordado recientemente Benedicto XVI, siendo alternativo a ellos), representó al cumplimiento de la espera: era esa la buena noticia que se esperaba desde hace siglos.

De hecho, sólo la revelación puede responder a la necesidad de verdad que está dentro del hombre. Platón, en el Fedón, donde se debate de la inmortalidad del alma, contaba que la balsa dejada a la violencia del mar en busca de la verdad encontrará más fácilmente un atracadero si es la Verdad la que va a su encuentro.

La revelación es por lo tanto la "solución", es decir, el desenlace de la larga espera a la que los hombres habían sido obligados pese a los esfuerzos intelectuales a los que se habían sometido porque el hombre, dice claramente Platón, no puede encontrar solo la Verdad.

El significado busca al hombre.com

 

Webmaster: Alexandria Library Incorporated