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El “peso” de la divinidad en el Mundo Antiguo
Alfredo Valvo
Excepto los hebreos, los antiguos temían la
voluntad de los dioses. Deseaban liberarse del
capricho del fatum, pero lo consideraban
imposible. El hombre se considerabapasto de la
divinidad. ¿Qué cambió, para que sin cambiar
elmundo, el hombre se enfrentara a su libertad?
Cuánto se interrogaba el mundo antiguo por el
futuro (curiosidad que nunca ha disminuido, y
mucho más en tiempos como los actuales cuando
éste parece menos incitado) emerge claramente de
las diversas modalidades con las que, de manera
más o menos evolucionada y racional, los hombres
del pasado interrogaban a las divinidades sobre
sus intenciones y su voluntad. Todas las
civilizaciones del Mediterráneo y de Mesopotamia
practicaban formas de interrogación a los dioses
y era una creencia difundida que estos
respondían a través de profecías, oráculos y
formas de divinización como la observación del
vuelo de los pájaros o el análisis del interior
de los animales sacrificados. En Roma, toda
iniciativa civil o política, como la
inauguración de un templo o la partida del
ejército para una campaña militar, era precedida
por la petición dirigida a los dioses de
auspicios favorables, y la consulta de los
auspicios le tocaba al magistrado que habría
comandado las operaciones. Esto testimonia lo
fuerte que era el ligamen entre los dioses y los
hombres, y sobre todo, lo misteriosa que sentían
la voluntad divina con respecto a ellos, por que
ésta no era sentida como tranquilizadora, sino
insidiosa para los hombres. Sobre la
divinización nos ha quedado la obra de reflexión
filosófica de Cicerón titulada "Sobre la
divinidad", que se acerca a otra obra
ciceroniana titulada "Sobre los responsos de los
arúspice".
El único pueblo que esperaba con fe la venida
del propio rey eran los Hebreos. Es más, como ha
escrito un reconocido historiador del mundo
antiguo, Arnaldo Momigliano, los Hebreos son el
único pueblo para el cual la propia historia
coincide con la propia fe. El profetismo judío
tiene como punto de llegada y como su plena
realización la venida del Mesías. En cambio, la
espera de los otros pueblos de la Antigüedad
estaba llena de temor. Esta fue una de las
razones que favorecieron el nacimiento de las
religiones mistéricas, es decir, cultos a los
que estaba conectada la esperanza de una vida
más allá de la muerte, a los que estaban
admitidos solo aquellos que acogían estas formas
y que progresaban en ellas. A los cultos
mistéricos se adherían sobre todo personas
simples y de capas sociales poco elevadas,
mientras que las familias importantes
permanecían fieles a los cultos tradicionales.
A los dioses se les atribuían también
intervenciones directas en la vida del hombre
como signos portentosos e inexplicables o los
sueños, o incluso a través de personas
particularmente cercanas a ellos y
privilegiadas, como las Sibilas y las Pitonisas,
inspiradas por Apolo, que profetizaban (es decir
hablaban en nombre de los dioses), a veces de
manera ambigua, al punto que resultaban veraces,
en lugares de culto famosos, como los santuarios
de Delfos y de Dodona, en Grecia, pero también
poetas y cantantes ciegos, como Tiresia, que
predicaba el fin de Troya, o el mismo Homero:
esto les acreditaba ante los hombres porque se
creía que ellos veían con los ojos de la mente,
y también esto demuestra que el punto de
encuentro entre los hombres y los dioses era la
mente, el espíritu. Así puede decirse también de
Edipo que se ciega para "ver" y conocer
finalmente su destino.
En todo esto hay una forma exasperada y casi
paradójica en el intento de establecer una
relación con los dioses, pero por otra parte
esto es un síntoma de la espera de una
revelación, más indispensable todavía por la
condición humana que, en la concepción de los
antiguos, era totalmente dependiente del
capricho del hado, al cual parecían estar
sometidos incluso los dioses. Este determinismo
tiene prisionera a la humanidad e impide que
ésta pueda hacer otra cosa que desear la propia
liberación, sin ser nunca agotada en su deseo.
La espera, ayer y hoy, está siempre ligada al
propio destino, a la angustia frente a lo
desconocido en el cual, aunque si los poetas
trágicos de la edad clásica entreveían un
resplandor de esperanza, racionalmente no hay
sitio más que para la desesperación o para la
búsqueda de la fama que pueda perpetuar el
recuerdo pero que no ofrece consolación.
Sófocles hace decir a Edipo: "la mejor condición
para el hombre es no nacer, pero una vez nacido,
volver lo más rápido posible a allí de donde he
venido".
Esta concepción pesimista de la vida asume una
notable relevancia también en la concepción de
la historia. Algunos pueblos de la Antigüedad
creían estar destinados a terminar después de un
determinado número de años: por ejemplo, los
Etruscos creían que su pueblo se extinguiría
tras 8 ó 10 siglos (la duración de los siglos
etruscos variaba muchísimo: desde más de cien
años a algunos años), y el paso de un siglo a
otro era anunciado por fenómenos a menudo
pavorosos como el sonido inexplicable de un
cuerno.
Junto a las profecías, oráculos, adivinaciones,
existía también la apocalíptica, término usado a
menudo impropiamente como sinónimo de evento
trágico y devastador, pero que tiene el
significado de "revelación"; de hecho, en
griego, el término significa "descubrir" lo que
estaba cubierto. Se trata de una revelación. El
género apocalíptico, que encuentra sus raíces en
algunos textos proféticos y en el tardo
judaísmo, alcanza su plena y típica expresión en
el cristianismo y el Apocalipsis más célebre es
el de San Juan, escrito a finales del siglo I,
al que su autor ha confiado la revelación de la
fin del mundo (escatología).
Como se ha dicho, con la única excepción de los
Hebreos, el mundo antiguo pre-cristiano consume
su espera no en la esperanza de la propia
liberación ni en la salvación, pero sólo en el
deseo de conocer lo que le espera y cuándo
vendrá el fin del mundo. En verdad si asociamos
todo esto a la "plenitud de los tiempos" de San
Pablo (Gal 4, 4) comprendemos como habría venido
el momento de la liberación para el hombre de
sus miedos del fin y como la revelación, que
tomó el nombre del Evangelio (es decir, "buena
nueva", en analogía con los decretos imperiales
romanos, como ha recordado recientemente
Benedicto XVI, siendo alternativo a ellos),
representó al cumplimiento de la espera: era esa
la buena noticia que se esperaba desde hace
siglos.
De hecho, sólo la revelación puede responder a
la necesidad de verdad que está dentro del
hombre. Platón, en el Fedón, donde se debate de
la inmortalidad del alma, contaba que la balsa
dejada a la violencia del mar en busca de la
verdad encontrará más fácilmente un atracadero
si es la Verdad la que va a su encuentro.
La revelación es por lo tanto la "solución", es
decir, el desenlace de la larga espera a la que
los hombres habían sido obligados pese a los
esfuerzos intelectuales a los que se habían
sometido porque el hombre, dice claramente
Platón, no puede encontrar solo la Verdad.
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