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La política en la doctrina social de la Iglesia
Pedro Morandé Court
Introducción
El tema asignado a esta exposición está
magistralmente recogido y resumido en el
Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI),
tanto en la sección que explica los principios
generales de la enseñanza social, cuanto en el
capítulo destinado al análisis de la comunidad
política. En la imposibilidad de abordar en
breves minutos el conjunto de todos sus
elementos, quisiera llamar la atención solamente
sobre algunos aspectos que parecen especialmente
relevantes de esta enseñanza en el contexto del
proceso de globalización en curso, a saber, el
papel de la sociedad civil y del Estado, la
relación entre el orden jurídico y el orden
político y la influencia creciente de los medios
de comunicación de masas en la constitución del
espacio público.
Pero antes de referirme a ellos quisiera
señalar, a modo introductorio, que la política
está al servicio del bien común de la sociedad,
es decir, debe ayudar a garantizar "el conjunto
de las condiciones de la vida social que hacen
posible a las asociaciones y a cada uno de sus
miembros el logro más pleno y más fácil de la
propia perfección" (GS n.26). La Iglesia enseña
que el ser humano es por su propia naturaleza un
ser social, cuya vocación es participar de la
comunión con Dios y en Dios, que se ha revelado
intrínsecamente como una comunión de personas,
como también, participar de la comunión con los
demás seres humanos que han sido llamados a
idéntica vocación. Por ello, la perfección del
ser humano no representa solamente un bien
individual, del cual cada persona es
responsable, sino también un bien para todas las
comunidades en que él participa, las cuales se
hacen así co-responsables del bien compartido.
El bien común de las personas, de las sociedades
intermedias y de la sociedad en su conjunto
tiene así tanto una dimensión transitiva como
una intransitiva. Por la primera, procura
garantizar el bien personal de cada uno de los
seres humanos ayudándoles a su perfección. Por
la segunda, valora en sí misma esta sociabilidad
que hace posible a los seres humanos vivir en la
verdad y en la caridad, es decir, en comunión.
Por ello, al cuidado y responsabilidad colectiva
sobre el bien común le ha llamado también el
magisterio "justicia social", en el doble
sentido de dar a cada uno lo que le es debido en
justicia, como también, velar para que el
vínculo de sociabilidad entre las personas sea
en sí mismo justo y digno de ellas. El bien
común no es, en consecuencia, un producto o
agregación de valor, una suerte de sumatoria de
bienes privados, o de bienes públicos de
"interés general", sino un bien que sólo existe
en cuanto compartido y que no puede ser
apropiado o distribuido privadamente sin que en
ese mismo acto se destruya. Así puede entenderse
la enseña del Papa Benedicto XVI cuando afirma
que "el orden justo de la sociedad y del Estado
es una tarea principal de la política". Y
agrega: "La justicia es el objeto y, por tanto,
también la medida intrínseca de toda política.
La política es más que una simple técnica para
determinar los ordenamientos públicos: su origen
y su meta están precisamente en la justicia, y
ésta es de naturaleza ética" (DCE n.28 a).
Una visión de este tipo hace inmediatamente
comprensible también otros dos principios
tradicionales de la DSI: la solidaridad y la
subsidiariedad. Dice el Compendio de la DSI que
"la solidaridad confiere particular relieve a la
intrínseca sociabilidad de la persona humana, a
la igualdad de todos en dignidad y derechos, al
camino común de los hombres y de los pueblos
hacia una unidad cada vez más convencida" (n.
192). Y más adelante agrega: "El término
solidaridad expresa en síntesis la exigencia de
reconocer en el conjunto de los vínculos que
unen a los hombres y a los grupos sociales entre
sí, el espacio ofrecido a la libertad humana
para ocuparse del crecimiento común, compartido
por todos" (n. 194). Un orden justo sólo puede
ser solidario en los términos antes descritos.
Pero por otra parte, este espacio social
ofrecido a la libertad humana no puede
desconocer que cada persona humana es una unidad
sustancial, un fin en sí misma, y que participa
de la sociedad de diversos modos y a través de
distintas asociaciones, algunas de las cuales
pueden ser circunstanciales u orientadas al
logro de un propósito específico, como las
sociedades comerciales, por ejemplo, pero otras,
sin embargo, ser portadoras del bien compartido
de una sociabilidad intrínsecamente justa, como
el matrimonio, la familia, la escuela o la
comunidad religiosa, por ejemplo, que exigen ser
reconocidas en su naturaleza y autonomía, con la
autoridad necesaria para gobernar su propio
destino y decidir sobre aquello que le conviene.
Este reconocimiento es la esencia del principio
de subsidiariedad, que pide respetar el
protagonismo propio de la libertad de las
personas y de las asociaciones en que ellas se
han involucrado de tal manera que, su
pertenencia a ellas, pone en juego la vocación a
la comunión en algunos de sus aspectos
esenciales. La tarea fundamental de la justicia
social, a este respecto, es armonizar la vida y
la acción de estos diversos tipos de grupos en
que las personas se involucran, sabiendo
distinguir entre aquellos cuyos bienes son de
apropiación privada de aquellos que representan
un bien en sí mismo y que sólo puede existir por
la sociabilidad compartida. Como bien precisa la
frase ya citada del Papa, el orden justo que
compete a la actividad política no sólo se
refiere al Estado, sino también a la sociedad
misma.
Pues bien, con estas breves precisiones
introductorias paso a referirme a los tres temas
mencionados al inicio.
Sociedad civil y Estado
Suele entenderse la política en la actualidad
como aquella actividad que compete a los órganos
del Estado, particularmente al poder
constituyente y legislativo, por una parte, y a
los órganos de gobierno, por otra. Como en el
contexto de sociedades democráticas o en vías de
democratización tales órganos contemplan la
elección popular de sus integrantes, la
preocupación política se extiende a los partidos
políticos y a los sistemas electorales en que
ellos están involucrados, al financiamiento de
las campañas y a la libertad de prensa y de
expresión que dan legitimidad al conjunto del
procedimiento. Dado que el elector es individual
y las decisiones políticas son vinculantes para
todos, se suele conceptualizar la vida política
como la relación entre el individuo y el Estado,
como si entre ambos no existiese ninguna
mediación intermedia, distinta a la que
representan los propios partidos políticos como
formas de canalización de las preferencias de la
población hacia los diferentes candidatos en
competencia. Por razones que no es del caso
analizar aquí, los grupos que forman la sociedad
civil no son considerados actores políticos
importantes y se los sitúa antes en la esfera
privada que en la pública.
Esta preponderancia de una visión
simultáneamente estatista e individualista sobre
la política surge de la idea de que la
soberanía, aunque reside genéricamente en la
nación o, si el concepto se considera ya
obsoleto, en los electores, se transfiere a los
órganos del Estado de tal suerte que, una vez
elegidos los titulares de las diversas
funciones, ellos ejercen una suerte de monopolio
del poder sobre el espacio público, con los
contrabalances y equilibrios que las
constituciones disponen y, desde la Declaración
Universal de los Derechos Humanos de 1948, con
respeto y sujeción a los derechos personales
reconocidos por el ordenamiento jurídico. Sin
embargo, podría afirmarse que fue justamente
contra esta concepción de la soberanía que
surgió la Doctrina Social de la Iglesia. Como
sostiene brillantemente Russel Hittinger, ella
no nace tanto de la compasión que despertó la
situación de los trabajadores como resultado de
la industrialización y del conflicto
correspondiente entre capital y trabajo, sino
más bien de la necesidad de la Iglesia de
defender sus asociaciones y, particularmente,
sus escuelas, de la pretensión del Estado de ser
la única persona jurídica de derecho público,
considerando a todas las personas naturales y
demás personas jurídicas como súbditos. La
consecuencia de esta interpretación, como él
mismo señala, sería que todos los grupos de
personas que forman parte de la sociedad civil,
no podrían aspirar a otro status jurídico que el
resultante de contratos entre individuos
privados, a menos que el propio Estado les
"conceda" un status jurídico distinto. Aunque
tal concepción tiene un origen preciso en la
Revolución Francesa, se extendió a varios otros
países y sus ecos llegan realmente hasta
nuestros días si se observa la discusión pública
en varios países o la interpretación jurídica
del principio de subsidiariedad en varios
Estados.
Ejemplos emblemáticos de ello son la legislación
y la política respecto al matrimonio y a la
familia, los que son considerados crecientemente
como una mera realidad de hecho o como una
asociación contractual entre privados, como
también la consideración de la escuela como un
mero prestador de servicios educacionales que
pueden recibir subvención del Estado cuando se
considera que es demasiado gravoso que éste los
preste por sí mismo y prefiere externalizarlos,
pero se guarda el derecho de definir el
curriculum escolar nacional, de realizar las
pruebas relativas al rendimiento escolar o de
exigir una acreditación externa a los
establecimientos educacionales. La tendencia de
la sociedad actual a organizar todas sus
actividades en sistemas funcionales orientados a
la obtención de resultados y evaluados por su
productividad y rendimiento tiende a desconocer
la realidad de las sociedades y grupos humanos
intermedios, especialmente, el aporte que ellos
realizan al bien común con su propia
sociabilidad.
Juan Pablo II acuñó la expresión "subjetividad
de la sociedad" (CA n.13) para definir la
contribución que hacen los grupos de personas y
asociaciones intermedias al bien común de la
sociedad y al desarrollo de su cultura. Con ello
pareciera que quería indicar que la referencia
indispensable que la sociedad debe prestar a la
dignidad de la persona humana no sólo se expresa
en términos individuales, sino también en la
experiencia de sociabilidad comunional que
realiza la vocación de los seres humanos a ser
personas, comenzando ciertamente por las
familias. También habló de la necesidad de
desarrollar una auténtica "ecología humana" o
"ecología social" (CA n.38) para preservar la
dignidad y la calidad de la vida de la sociedad
en el contexto de la solidaridad
intergeneracional que da sustentabilidad al
desarrollo social en el mediano y largo plazo.
Es decir, se trata de aspectos esenciales de la
responsabilidad política para la construcción de
un orden justo y que atañen no sólo a los
actores políticos propiamente tales, sino que a
la sociedad en su conjunto.
El actual proceso de globalización, que ha
puesto de manifiesto que los vínculos sociales
trascienden las fronteras jurisdiccionales de
los Estados, ha contribuido también a mostrar la
importancia creciente de la sociedad civil y de
sus organizaciones en la búsqueda del bien común
y de la paz social. Aunque el nombre con que se
les designa actualmente, "tercer sector", para
diferenciarlas del sector público y del sector
privado, no parece el más afortunado, puesto que
nada dice del valor moral que representa su
propia experiencia de sociabilidad, existe, sin
embargo, la conciencia de que estas
organizaciones no gubernamentales y sin fines de
lucro tienen un lugar insustituible en la
gobernabilidad de la sociedad y en la más justa
distribución de los bienes y de las
oportunidades para el desarrollo de los
diferentes sectores sociales. Y aunque ellas
mismas operan con gran eficiencia, su renuncia
al lucro y la incorporación del trabajo
voluntario no remunerado recuerdan a la sociedad
que la eficiencia no puede constituirse en el
valor supremo de la vida social, sino que debe
subordinarse al valor más alto de la dignidad
humana y del orden justo que ella reclama. El
gran desafío de la política pareciera ser, a
este respecto, que deje de ser autorreferente en
cuanto a la conquista y mantención del poder
político para ponerse al servicio de las
personas y de aquellas asociaciones que
contribuyen a su perfección.
Orden jurídico y orden político
Dice el Compendio de la DSI: "Considerar a la
persona humana como fundamento y fin de la
comunidad política significa trabajar, ante
todo, por el reconocimiento y el respeto de su
dignidad mediante la tutela y la promoción de
los derechos fundamentales e inalienables del
hombre". Y citando a Juan XXIII agrega: "En la
época actual se considera que el bien común
consiste principalmente en la defensa de los
derechos y deberes de la persona humana"
(n.388). Los derechos y deberes de las personas
e instituciones encuentran su expresión más
transparente en el orden jurídico. Por ello, la
DSI ha considerado tradicionalmente el orden
jurídico y el orden político como inseparables,
aunque ha reconocido también que el orden
jurídico por sí mismo no es suficiente para
producir una convivencia humana digna y
pacífica, si no existe simultáneamente y como
fundamento la amistad civil y, en último
término, la caridad fraterna.
No obstante que la mayor parte de los Estados,
después de la trágica experiencia de la segunda
guerra mundial y del holocausto, han incorporado
los derechos humanos a sus fundamentos
constitucionales es posible observar en la
actualidad un cierto distanciamiento fáctico
entre el orden jurídico y el sistema político en
variadas direcciones. Por una parte, se da la
tendencia a referir todo el ordenamiento
jurídico a la ley positiva, con prescindencia de
cualquier referencia a la ley moral natural o a
un principio trascendente respecto de la
voluntad legislativa. Con ello, se subordina de
hecho el orden jurídico al sustento político de
las mayorías que gobiernan. Por otra, se da
también con frecuencia el hecho de que los
propios agentes del Estado, bajo el pretexto de
amenazas excepcionales a la seguridad, actúan al
margen de la ley y violando sus preceptos,
amparados en una impunidad de hecho. Finalmente,
la desregulación jurídica o su insuficiencia
frente al vertiginoso desarrollo de la técnica,
de la ciencia, de las comunicaciones y, en
general, de la eficiente operación de los
restantes subsistemas funcionales de la sociedad
está produciendo el fenómeno de que importantes
actividades de la vida social encuentren
mecanismos de regulación eficaces al margen de
la ley, cuya consecuencia no es sólo la
desprotección frente a los derechos básicos de
las personas, sino también el desprestigio y la
deslegitimación del orden jurídico como tal. No
son pocos los países entre los cuales el
prestigio institucional de los tres poderes del
Estado se ubica entre los más bajos del ranking
de instituciones y, de entre ellos, el poder
judicial es el más deteriorado, bajo sospechas
de arbitrariedad y corrupción.
Baste recordar la necesidad que sintió Juan
Pablo II de escribir su encíclica Evangelium
vitae condenando el aborto y la eutanasia, pero
recordando, al mismo tiempo, que la comunidad
política tiene el deber de dictar leyes justas,
respetando los valores morales que derivan de la
verdad misma del ser humano, de la ley moral
natural y objetiva, que es punto de referencia
normativo para la ley civil. Siguiendo a Santo
Tomás de Aquino recordaba que una ley injusta es
inicua y deja de ser ley para transformarse en
un acto de violencia (EV n.72). El Papa
Benedicto XVI ha recordado en repetidas
ocasiones que cuando se pone a Dios entre
paréntesis o se vive y actúa como si no
existiese, se deforma trágicamente el sentido de
la realidad y se abandona el fundamento de la
moral. Por ello, afirma que "la razón ha de
purificarse constantemente, porque su ceguera
ética, que deriva de la preponderancia del
interés y del poder que la deslumbran, es un
peligro que nunca se puede descartar
totalmente". Y agrega enseguida que la doctrina
social católica "desea simplemente contribuir a
la purificación de la razón y aportar su propia
ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora,
pueda ser reconocido y después puesto también en
práctica" (DCE n.28 a).
Esta ceguera ética de la razón no es ciertamente
un problema exclusivo de la política. También la
encontramos en la economía, en la ciencia y en
tantas otras actividades. Sin embargo, en la
política esta ceguera se vuelve paradigmática,
puesto que comete injusticia en nombre del orden
justo, poniendo la arbitrariedad y la violencia
como fundamentos de la convivencia social. La
amistad cívica requiere para poder florecer de
la confiabilidad en las personas y en las
instituciones, y la autoridad política más que
cualquier otra autoridad social puede ayudar a
cimentarla como a destruirla. Tal vez en esto
radique hoy la más importante contribución que
la política hace a la sociedad en su conjunto:
darle la credibilidad y transparencia necesarias
para que la confianza sea un recurso preferible
a la violencia.
Política y medios de comunicación
La revolución electrónica de las comunicaciones
ha permitido que los medios masivos de
comunicación transformen muy sustancialmente el
espacio público de la vida social. Penetrando
hasta la intimidad de los hogares, los medios
han logrado familiarizar a las personas y las
familias con los asuntos que atañen a toda la
sociedad y se han hecho, a su vez, portadores de
las necesidades sociales hacia las autoridades
políticas. El eficiente funcionamiento de la
democracia actual sería impensable sin la
información transmitida por los medios,
especialmente, el desarrollo de una permanente
fiscalización ciudadana de los actos de
gobernantes y legisladores. Parte importante de
la actividad política se realiza, en
consecuencia, a través de los medios y en los
medios, complementando y reforzando, en
ocasiones, la acción de las instituciones
políticas, pero también, a veces, anticipándola
y hasta sustituyéndola, contribuyendo con ello a
una cierta desinstitucionalización de la
actividad social, en general, y de la política,
en particular, entre otras razones, por el hecho
de que las instituciones no son capaces de
trabajar al ritmo impuesto por una comunicación
"en tiempo real".
Desde el Concilio Vaticano II, el magisterio de
la Iglesia ha acompañado con gran aprecio el
desarrollo de los medios de comunicación
electrónica y también ha hecho uso de ellos para
llevar la voz de los pontífices hasta los
confines del mundo. Pero ha manifestado también
la necesidad de un discernimiento y juicio
evangélico sobre los contenidos que se
transmiten y sobre su efecto sobre la formación
de las conciencias y las relaciones humanas que
fomentan o inhiben. Como ha dicho recientemente
el Papa en un congreso de universitarios
católicos dedicados a la formación de
comunicadores, "es evidente que en el centro de
cualquier reflexión seria sobre la naturaleza y
la finalidad de las comunicaciones humanas debe
estar un compromiso con las cuestiones relativas
a la verdad. Un comunicador puede intentar
informar, educar, entretener, convencer,
consolar, pero el valor final de cualquier
comunicación reside en su veracidad". Pero
advertía enseguida que la "pasión por la verdad,
que también puede servirse de cierto
escepticismo metodológico, especialmente en
cuestiones de interés público, no debe
distorsionarse ni convertirse en un cinismo
relativista según el cual se rechace o ignore
habitualmente cualquier apelación a la verdad y
a la belleza".
Tengo la impresión que esta advertencia del Papa
se aplica de manera especial a los políticos
quienes de hecho deben valerse habitualmente de
ese "cierto escepticismo metodológico" en sus
actos de fiscalización y control de la autoridad
política, como también cuando reciben peticiones
interesadas de grupos de persuasión y de presión
profesionales. Pero también tienen la tentación
de valerse de esta metodología y transformarla
en un cierto cinismo relativista de cara a los
medios de comunicación con el propósito de
cautivar audiencias, familiarizarlas con su
imagen y acrecentar el caudal de votos. A ello
les ayuda la alta credibilidad de que gozan los
medios de información entre la población y la
actitud de las audiencias que buscan
entretención a costa de los foros y de las
discusiones acerca de los problemas de las
personas, sin que importe, muchas veces, ni la
artificialidad de los problemas, ni la veracidad
de las imputaciones si ellas ayudan a decidir
quienes son ganadores y perdedores. El simulacro
y la impostura, el escándalo y hasta las
extravagancias pueden tener también su rédito si
ayudan a llamar la atención de los espectadores
y a posicionar una figura pública. Aunque se
pueda decir, en cierto sentido, que tal problema
ha acompañado siempre la vida política de las
naciones, los medios lo han potenciado y
masificado a niveles antes desconocidos, pues el
espacio público ha invadido también la
privacidad de los hogares.
Otro efecto de los medios de comunicación sobre
la vida social y política es la acentuación del
corto plazo y del presente en perjuicio del
mediano y largo plazo. No se trata ciertamente
de un efecto intencionalmente provocado, sino
que es consecuencia de la tecnología misma de
comunicación en "tiempo real". Las noticias
tienen un tiempo de vigencia cada vez más corto
y se olvidan con rapidez, aunque perduren en el
registro. Como son efímeras, valoran también lo
efímero, el instante. La actividad política,
crecientemente dependiente de los medios masivos
de comunicación, ha debido adaptarse
progresivamente a este mismo criterio de
temporalidad. Pero ello ha colaborado a despojar
a la actividad política de su dimensión
cultural, puesto que esta última apela a la
formación de tradiciones y a su transmisión
intergeneracional. Pone también en riesgo la
realización de los valores de la verdad, la
libertad y la justicia que son los valores
esenciales que la doctrina social de la Iglesia
propone para la vida social, puesto que ellos
necesitan tiempo para ser comprendidos en
profundidad, paciencia y perseverancia para
encarnarse y socializarse. La sobrevaloración
del instante favorece su sustitución por
sucedáneos y distractores, pudiendo llegar a
deformar gravemente la conciencia moral de las
naciones.
Pues bien, por las razones antes expuestas
parece indispensable ampliar la visión sobre la
política más allá de los límites estrechos que
usualmente le ponen los partidos políticos y los
procesos electorales. Desde la doctrina social
de la Iglesia podemos entender la política como
toda la actividad humana que procura reconocer y
realizar el bien común de la sociedad, de
construir un orden justo, de dar un testimonio
de esperanza. Ningún ámbito de la vida social se
sustrae a esta dimensión política, sino que ella
los cruza todos transversalmente: la familia, la
cultura, la educación, la ciencia, los medios de
comunicación y ciertamente también, los ámbitos
específicos del gobierno, de la legislación y de
la judicatura. Desde la dignidad de cada persona
humana, la actividad política hay que entenderla
en su proyección moral y cultural antes que en
su dimensión tecnológica. Cuando la tecnología
deja de tener raíces profundas en la cultura, se
transforma en una tecnocracia ciega a las
necesidades humanas. Por ello, el Papa Benedicto
XVI nos advierte que "El recto estado de las
cosas humanas, el bienestar moral del mundo,
nunca puede garantizarse solamente a través de
estructuras, por muy válidas que éstas sean.
Dichas estructuras no sólo son importantes, sino
necesarias; sin embargo, no pueden ni deben
dejar al margen la libertad del hombre. Incluso
las mejores estructuras funcionan únicamente
cuando en una comunidad existen unas
convicciones vivas capaces de motivar a los
hombres para una adhesión libre al ordenamiento
comunitario. La libertad necesita una
convicción; una convicción no existe por sí
misma, sino que ha de ser conquistada
comunitariamente siempre de nuevo". Y agrega:
"Quien promete el mundo mejor que duraría
irrevocablemente para siempre, hace una falsa
promesa, pues ignora la libertad humana. La
libertad debe ser conquistada para el bien una y
otra vez" (Ss n.24).
Esta es, según me parece, la exigente forma de
la caridad a cuyo servicio está la política. La
doctrina social de la Iglesia ilumina con la luz
de la revelación y de la fe el significado de la
vida política como la opción de la libertad por
el bien de la comunidad, por el bien común. Pero
esta doctrina sería letra muerta si no tuviera
testigos creíbles que la encarnaran en cada una
de las diversas y complejas realidades sociales
que constituyen a la sociedad globalizada que
está emergiendo. La doctrina surge de la misma
experiencia de la Iglesia, de sus comunidades
cristianas. El crédito o descrédito de la
doctrina social depende, en consecuencia, de la
vitalidad, coherencia y creatividad de estas
comunidades, de su apertura al Espíritu Santo
como espíritu de la verdad y de la libertad.
Asombra, por una parte, ver el crecimiento del
voluntariado entre los cristianos en las
múltiples iniciativas caritativas en medio de la
sociedad civil. Se echa de menos, en cambio, una
presencia cristiana más incisiva en el espacio
público, en los areópagos del pensamiento y de
las comunicaciones sociales, en la formación de
la opinión pública, en la educación de las
nuevas generaciones en el "ethos" cristiano.
El magisterio social de la Iglesia tiene como
columna vertebral la prioridad de las personas y
su vocación a la santidad. Pero enseña también
que cada persona es un ser-en-relación, nacido
para la comunión en la verdad y en la caridad.
Necesita, por tanto, de la fortaleza de las
familias y de las comunidades de personas donde
se aprende qué significa amar y ser amado. Este
primer círculo del tejido social se amplía ahora
considerablemente, por medio de la comunicación,
a la división internacional del trabajo, a la
vida política del Estado, a las relaciones
internacionales, a la diversidad de culturas y a
la necesidad de una convivencia pacífica de los
pueblos entre sí y de éstos con la naturaleza.
El servicio de la política se despliega en cada
uno de estos niveles, pero es necesario que los
distinga y que reconozca a cada uno de ellos su
status ontológico y su jerarquía para que sea
posible la construcción de un orden justo al
servicio de la vocación humana.
Profesor de la Facultad de Ciencias Sociales de
la Pontificia Universidad Católica de Santiago
de Chile. Conferencia pronunciada en el
seminario internacional "La política, forma
exigente de caridad", convocado en Roma por el
Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz. |