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La paradoja política
Paul Ricoeur
Traducción Nazario Vivero
Este artículo fue publicado
originariamente en la revista “Esprit” (París,
Mayo de 1957) y reproducido en la segunda
edición del libro del autor “Historia y Verdad”
(París, 1964).
El acontecimiento de Budapest,
como todo acontecimiento digno de ese nombre,
tiene una potencia indefinida de
estremecimiento; nos ha tocado y removido, a
varios niveles de nuestra realidad: en el de la
sensibilidad histórica, rasgada por lo
inesperado; en el del cálculo político a mediano
plazo; en el de la reflexión durable sobre las
estructuras políticas de la existencia humana.
Sería necesario ir y venir continuamente de la
una a la otra de estas potencias del
acontecimiento.
No tenemos que deplorar haber
expresado de entrada su poder de choque, sin
preocupación por reajustar demasiado rápido la
táctica; por más prevista que hayan querido
presentarla los hábiles, aquéllos que jamás son
tomados desprevenidos, la revuelta ha sido una
sorpresa, porque ella ha tenido lugar: las
Llamas de Budapest... No hay que apresurarse en
“recuperar” (resorber) los acontecimientos, si
se quiere ser instruido por ellos.
Y además, este acontecimiento al
que se le ha dejado hablar por si mismo, hay que
evaluarlo, colocarlo en su lugar en una
situación de conjunto, quitarle su carácter
insólito, hacerlo entrar en relación con la
guerra de Argelia, la traición del partido
socialista, la disolución del Frente
Republicano, la resistencia del comunista
francés a la desestalinización; en resumen, es
necesario pasar de la emoción absoluta a la
consideración relativa. Otros en este número
seguirán esta línea.
Por mi parte, el acontecimiento
de Budapest, unido a la Revolución de Octubre de
Varsovia, ha relanzado, confirmado, inclinado,
radicalizado, una reflexión sobre el poder
político, que no comienza con dicho
acontecimiento, puesto que ya había dado lugar a
varios estudios inéditos, pronunciados en el
Colegio Filosófico, en ESPRIT, y en otras
partes. Lo que me ha sorprendido en estos
acontecimientos es que revelan, a través de las
revoluciones económico-sociales, la estabilidad
de la problemática del poder. La sorpresa
consiste en que el Poder no tiene historia, por
así decirlo; que su historia se repite, se
estanca. La sorpresa, precisamente, es que no
hay verdadera sorpresa política. Las técnicas
cambian, las relaciones de los hombres con
respecto a las cosas evolucionan,, sin embargo,
el poder desarrolla la misma paradoja, la de un
doble progreso: en racionalidad y en
posibilidades de perversión.
Que el problema del poder
político en la economía socialista no sea
fundamentalmente diferente que en la
capitalista, que ofrezca posibilidades
comparables, si no acrecentadas, de tiranía, y
que reclame controles democráticos tan estrictos
o incluso más rigurosos aún; he aquí lo que de
entrada rehúsa todo pensamiento que no cree en
la autonomía relativa de lo político con
respecto a la historia económico-social de las
sociedades.
Esta autonomía de lo político me
parece residir en dos rasgos contrastantes. Por
una parte, lo político realiza una relación
humana que no se deja reducir a los conflictos
de clases ni en general a las tensiones
económico-sociales de la sociedad: el Estado más
marcado por una clase dominante es Estado,
precisamente, en cuanto expresa el querer
fundamental de la nación en su conjunto, de modo
que no está radicalmente afectado, en cuanto
Estado, por los cambios, radicales sin embargo,
en la esfera económica. Por este primer rasgo,
la existencia política del hombre desarrolla un
tipo de racionalidad específica,
irreductible a las dialécticas de base
económica.
Por otra parte, la política
desarrolla males específicos, que son
precisamente políticos, males del poder
político; éstos no se dejan reducir a otros, en
particular a la alienación económica. Por
consiguiente, la explotación económica puede
desaparecer y el mal político persistir; más
aún, los medios desarrollados por el Estado para
poner fin a la explotación económica, pueden ser
la ocasión de abusos de poder, novedosos en su
expresión, en sus efectos, pero fundamentalmente
idénticos, en su móvil pasional, a aquéllos de
los Estados del pasado.
Racionalidad específica, mal
específico: tal es la doble y paradójica
originalidad de lo político. La tarea de la
filosofía política es, a mi entender, explicitar
esta originalidad y dilucidar su paradoja,
porque el mal político sólo puede desarrollarse
sobre la base de la racionalidad específica de
lo político.
Es preciso resistir a la
tentación da oponer dos estilos de reflexión
política: uno que daría mayor importancia a la
racionalidad de lo político, con Aristóteles,
Rousseau y Hegel; y el otro, que acentuaría la
violencia y la mentira del poder, según la
crítica platónica del “tirano”, la apología
maquiavélica del “príncipe” y la crítica
marxista de “la alineación política”. Es
necesario mantener esta paradoja: que el mayor
mal se adhiere a la mayor racionalidad; que hay
una alienación política, porque lo
político es relativamente autónomo.
Lo que hay, pues, que decir de
entrada, es esta autonomía de lo político.
I. LA AUTONOMÍA DE LO
POLÍTICO
Lo que resulta permanentemente
admirable en el pensamiento político de los
griegos es que ningún filósofo entre ellos
-salvo tal vez Epicuro- se resignó a excluir la
política del campo de lo razonable, que ellos
exploraban; todos o casi todos supieron que si a
lo político se le proclamaba malvado, extraño,
“otro”, a los ojos de la razón y del discurso
filosófico; que si lo político era literalmente
enviado al diablo, sería la propia razón la que
zozobraría. Porque ella entonces no sería ya
más, razón de y en la realidad, ya que la
realidad humana es política. Si nada fuese
razonable en la existencia política de los
hombres, la razón no sería real, flotaría en el
aire y la filosofía se exilaría en los
trasfondos del Ideal y del Deber. Ninguna gran
filosofía se ha resignado a esto, incluso (y
sobre todo) si ella comienza por criticar la
existencia cotidiana y caída, y de entrada se
desentiende del mundo; toda gran filosofía
quiere comprender la realidad política para
comprenderse ella misma.
Ahora bien, la política sólo
revela su sentido, si su mira - su
télos - puede ser religada a la intención
fundamental de la filosofía misma, al Bien y a
la Felicidad. Los Antiguos no comprendían que
una Política - una filosofía política - pudiese
- comenzar por otra cosa que no fuese una
teleología del Estado, -de la “cosa
pública”, ella misma situada con respecto a la
mira última de los hombres. La Política
de Aristóteles comienza así: “ Todo Estado, como
sabemos, es una sociedad, la espera de un bien
es su principio como lo es de toda asociación,
porque todas las acciones de los hombres tienen
por fin lo que ellos estiman un bien. Todas las
sociedades tienen, pues, por objetivo, algún
beneficio y aquélla que es la principal y que
contiene en sí misma a todas las otras, se
propone el mayor beneficio posible. Se la nombra
Estado o Sociedad”. Es por medio del
“buen-vivir” que política y ética se implican
mutuamente.
Por lo tanto, reflexionar sobre
la autonomía de lo político, es reencontrar en
la teleología del Estado, su manera irreductible
de contribuir a la humanidad del hombre. La
especificidad de lo político sólo puede
aparecer por medio de esta teleología: es la
especificidad de una mira, de una intención. Por
medio del bien político los hombres persiguen un
bien que no sabrían alcanzar de otro modo y
dicho bien es una parte de la razón y de la
felicidad. Esta búsqueda y este télos
constituyen la “naturaleza” de la Sociedad
(Cité) la naturaleza de ésta es su fin, como “la
naturaleza de cada cosa es su fin”
(Aristóteles).
A partir de esto la filosofía
política está determinada a buscar cómo este
sentido - que es “fin” y “naturaleza”
del Estado - reside en el Estado como un todo,
como un cuerpo integral, y, por consiguiente,
cómo la humanidad adviene al hombre por medio
del cuerpo político. La convicción profunda de
toda la filosofía política es que el ser “que
naturalmente, y no por efecto del azar,
existiría sin patria alguna, sería un individuo
detestable, muy por encima o muy por debajo del
hombre... porque quien no tiene necesidad de los
otros hombres o no puede decidirse a permanecer
con ellos, es un dios o una especie de bestia;
del mismo modo, la inclinación natural conduce
a todos los hombres a este género de sociedad.”
El hecho de que la destinación del hombre pase
por un cuerpo, por un todo, por una Sociedad
definida por su “suficiencia”; todo esto impide
comenzar por la oposición entre el Estado
y el ciudadano. La óptica de la filosofía es,
por el contrario, que el individuo sólo se
convierte en humano en esta totalidad, la cual
es la “universalidad de los ciudadanos”; el
umbral de la humanidad es el de la ciudadanía y
el ciudadano sólo lo es por la Sociedad; de modo
que la filosofía política va de la Felicidad,
que todos los hombres persiguen, al fin propio
de la Sociedad, de ésta a su naturaleza como
totalidad suficiente y de ésta al ciudadano;
porque el “Estado es el sujeto constante de la
política y del gobierno”, el movimiento del
pensamiento propiamente político va de la
Sociedad al ciudadano y no a la inversa: “es
ciudadano aquél que en el país que habita es
admitido a la jurisdicción y a. la
deliberación”; de modo que el ciudadano se
caracteriza por el atributo del poder: “porque
es por la participación en el poder (puissance)
público que nosotros lo definimos”.
A su vez, la ciudadanía
desarrolla las “virtudes” específicas de esta
participación en el poder público; son las
“virtudes” propias las que regulan la relación
del gobierno con los hombres libres, las cuales
son virtudes de obediencia distintas a la
servilidad, así como el gobierno (commandement)
de la sociedad digna de ese nombre lo es con
respecto al despotismo. De modo que el
pensamiento político va de la sociedad a la
ciudadanía y de ésta al civismo y no en sentido
inverso.
Tal es la disciplina de
pensamiento que propone el modelo antiguo; tal
también aquélla que debe imponerse todo
individuo que quiera conquistar el derecho a
hablar seriamente del mal político. Una
meditación sobre la política que comenzara por
la oposición entre el “filósofo” y el “tirano” y
rebajase todo ejercicio del poder a la maldad
de la voluntad de poder, se encerraría para
siempre en un moralismo de conclusión nihilista;
es necesario que en su primer movimiento,
la reflexión política desplace la figura del
“tirano” hacia los márgenes y la haga aparecer
como la posibilidad atemorizante que ella no
puede conjurar, porque los hombres son malvados;
pero esto no será el objeto de la ciencia
política: “Convendría mencionar en último lugar
a la tiranía como a la peor de todas las
depravaciones y la menos digna del nombre de
constitución. Por esto la hemos reservado para
el final” (Aristóteles).
Pero la autonomía de lo político
es algo más que esta vaga destinación
comunitaria del animal humano y que esta entrada
del hombre en la humanidad por medio de la
ciudadanía; es más precisamente la especificidad
del nexo político como opuesto al nexo
económico. Este segundo momento de la reflexión
es fundamental para lo que vendrá, porque el mal
político será tan específico como este nexo, y
la terapéutica de dicho mal lo será igualmente.
Me parece que no se puede abordar
la crítica de autenticidad de la vida política,
sin haber bien delimitado previamente la esfera
política y haber reconocido la validez de la
distinción entre lo político y lo económico.
Toda crítica supone esta distinción y en modo
alguno la anula.
Ahora bien, ninguna reflexión
mejor que la de Rousseau prepara para este
reconocimiento. Reencontrar y repetir en sí
mismo la motivación más profunda del “contrato
social” es, al mismo tiempo, reencontrar el
sentido de lo político como tal; un retorno a
Rousseau que sea como un intermedio del regreso
a los Antiguos - particularmente a la
Política de Aristóteles - me pare ce que
debe ofrecer la base y el trasfondo para toda
crítica del poder que no podría comenzar desde
sí misma.
La gran e invencible idea del
Contrato Social es que el cuerpo político
nace de un acto virtual, de un consentimiento
que no es un acontecimiento histórico, sino que
sólo aflora en la reflexión. Este acto es un
pacto: no un pacto de cada uno con cada uno ni
tampoco un pacto de dimisión en favor de un
tercero no contrayente, el soberano, el cual, no
siendo contrayente, sería absoluto; no, sino un
pacto de cada uno con todos, el cual constituye
al pueblo como pueblo, al constituirlo en
Estado. Esta idea admirable, tan criticada y mal
comprendida, es la ecuación de base de la
filosofía política: “Encontrar una forma de
asociación que defienda y proteja a la persona y
los bienes de cada asociado con toda la fuerza
común, y por la cual, cada uno, uniéndose a
todos, no obedezca más que a sí mismo y
permanezca tan libre como antes”. No es el
trueque de la libertad salvaje contra la
seguridad, sino el paso a la existencia civil
por medio de la ley aceptada por todos.
Uno podrá decir todo lo que
quiera e incluso todo lo que sea necesario,
contra la abstracción, la idealidad y la
hipocresía de este pacto - y esto también es
verdad, en su lugar y en su orden - pero, de
entrada, es necesario reconocer en él el acto
fundador de la nación; ninguna dialéctica
económica puede engendrar dicho acto; es él el
que constituyo lo político como tal.
¿ No ha tenido lugar dicho
pacto?. Precisamente, corresponde a la
naturaleza del consentimiento político, el cual
constituye la unidad de la comunidad humana
organizada y orientada por el Estado, poder ser
recuperada sólo en un acto que no ha tenido
lugar, en un contrato que no ha sido contraído,
en un pacto implícito y tácito, que sólo aparece
en la toma de conciencia política, en la
retrospección y la reflexión.
Es por ello que la mentira se
introducirá tan fácilmente en lo político; éste
está inclinado a aquélla, porque el nexo
político tiene la realidad de la idealidad: -
ésta es la de la igualdad de cada uno ante
todos, “porque cada uno, ofreciéndose
totalmente, la condición es igual para todos, y
ésta, siendo idéntica para todos, ninguno tiene
interés de hacerla onerosa a los otros” - pero
antes de ser la hipocresía tras la cual se
esconde la explotación del hombre por el hombre,
la igualdad ante la ley, la igualdad ideal de
cada uno ante todos, es la verdad de lo
político. Ella es la que constituye la
realidad del Estado. A la inversa, la
realidad del Estado, irreductible a los
conflictos de clase, a la dinámica de la
dominación y la alienación económicas, es el
advenimiento de una legalidad que jamás será
completamente reductible a la proyección de los
intereses de la clase dominante en la esfera del
derecho; desde que hay Estado, cuerpo político,
organización de la comunidad histórica, existe
la realidad de esta idealidad y hay un punto de
vista del Estado que jamás puede coincidir
plenamente con el fenómeno de la dominación de
clase. Si el Estado se redujese a la proyección
ideal de los intereses de la clase dominante, ya
no habría más Estado político, sino poder
despótico; ahora bien incluso el Estado más
despótico es aún Estado, en cuanto que algo del
bien común de la universalidad de los
ciudadanos, pasa a través de la tiranía y
trasciende el interés del grupo o grupos
dominantes. De la misma manera, sólo la
autonomía originaria de lo político puede
explicar el uso hipócrita de la legalidad para
encubrir la explotación económica, porque la
clase dominante no sentiría la necesidad de
proyectar sus intereses en la ficción jurídica,
si ésta no fuera, de entrada, la condición de
la existencia real del Estado; para convertirse
en el Estado, una clase debe introducir sus
intereses en la esfera de universalidad del
derecho, y este derecho sólo podrá enmascarar la
relación de fuerza, en la medida en que el poder
del Estado procede él mismo de la idealidad del
pacto.
No desconozco las dificultades de
la noción de voluntad general, de soberanía, en
Rousseau; éste hablaba ya en el manuscristo de
Ginebra, del “abismo de la política en la
constitución del Estado” (como en la
constitución del hombre, la acción del alma
sobre el cuerpo es el abismo de. la filosofía);
Rousseau no tiene la culpa de estas
dificultades. Ellas pertenecen a lo político
como tal: ser un pacto que es un acto virtual y
que funda una comunidad real, una idealidad del
derecho que legitima la realidad de la fuerza,
una ficción totalmente dispuesta a recubrir la
hipocresía de una clase dominante, pero que
antes de dar ocasión a la mentira, fundamenta la
libertad de los ciudadanos, una libertad que
ignora los casos particulares, las diferencias
reales de poder, las condiciones verdaderas de
las personas, pero que vale por su abstracción
misma; tal es propiamente el laberinto de lo
político.
En el fondo, Rousseau es
Aristóteles; el pacto que engendra al cuerpo
político es, en lenguaje voluntarista y en el
plano del pacto virtual, (del “como si”), el
télos de la Sociedad (Cité) según los
griegos. Allí donde Aristóteles dice
“naturaleza”’, fin, Rousseau” dice “pacto”,
“voluntad general”; pero es, fundamentalmente,
la misma cosa. En ambos casos se trata de la
especificidad de lo político, reflexionada en la
conciencia filosófica. Rousseau ha reconocido el
acto artificial de una subjetividad
ideal, de una “persona pública”, allí donde
Aristóteles discernía una naturaleza
objetiva; pero la voluntad general de Rousseau
es objetiva y la naturaleza objetiva de
Aristóteles es la del hombre que tiende a la
felicidad. El acuerdo profundo de ambas fórmulas
aparece en su misma reciprocidad. En ambos
casos, a través del télos de la Sociedad
y del pacto generador de la voluntad
general, se trata de mostrar la coincidencia
entre una voluntad individual y pasional, y la
voluntad objetiva y política; en resumen, de
hacer pasar la humanidad del hombre por la
legalidad y la sujeción civiles.
Rousseau es Aristóteles.
Tal vez sería necesario constatar
que Hegel no dijo algo distinto. Esto es
importante puesto que, como se verá, Marx
procedió a la crítica del Estado burgués y,
pensaba él, de todo Estado, a través de la
Filosofía del Derecho de Hegel. De este modo
sería todo el pensamiento político de Occidente,
jalonado por Aristóteles, Rousseau y Hegel, el
que habría sido citado por la crítica marxista.
Cuando Hegel ve en el Estado la
razón realizada en el hombre, no piensa en tal
Estado particular o en uno cualquiera, sino en
esa realidad que eclosiona a través de los
Estados empíricos, y a la cual acceden las
naciones cuando traspasan el umbral de la
organización en Estado moderno, con sus órganos
diferenciados, una constitución, una
administración, etc., y llegan a la
responsabilidad histórica en el marco de las
relaciones de Estado a Estado. Así entendido,
el Estado aparece como aquello que las
voluntades desean para realizar su libertad: es
decir, una organización razonable, universal, de
la libertad. Las fórmulas más extremas, más
escandalosas, de Hegel, sobre el Estado, que
Eric Weil retomaba recientemente en su libro
sobre Hegel y el Estado (1) deben ser
entendidas como la expresión límite, como la
arista más aguda de un pensamiento que ha
decidido situar todas. sus recriminaciones
dentro, y no- fuera, de la realidad política
plenamente reconocida. Es a partir de esta
expresión límite, que resulta necesario
comprender todo lo que puede ser dicho contra el
Estado y contra la demencial pretensión
que se ampara de su intención razonable.
II. EL PODER Y EL MAL
Hay una alienación política
específica porque lo político es autónomo. Es la
otra cara de esta paradoja que es necesario
aclarar ahora. El nudo del problema reside en
que el Estado es Voluntad. Uno podrá destacar
cuanto quiera la racionalidad que arriba a la
historia por medio de lo político; esto es
verdad, pero si el Estado es razonable en
intención, él avanza a través de la historia
basándose en decisiones. Resulta necesario hacer
entrar en la definición de lo político, la idea
de decisiones de alcance histórico, es
decir, que cambian de manera durable la
destinación del grupo humano que este Estado
organiza y dirige. Lo político es organización
razonable; la política es decisión: análisis
probable de situaciones, apuesta probable acerca
del futuro. Lo político no funciona sin la
política.
Lo político recibe su sentido a
posteriori, en la reflexión, en la
“retrospección”; la política se desarrolla en
proporción a, en la “prospección”, en el
proyecto, es decir, tanto en un desciframiento
incierto de los acontecimientos contemporáneos
como en la firmeza de las resoluciones. Es por
ello que si la función política, si lo
político no tiene intermitencias, se puede
decir, en un cierto sentido, que la
política sólo existe en los grandes momentos, en
las “crisis’, en los “giros”, en los nudos
gordianos de la historia.
Pero si no es posible definir lo
político sin incluir en ello el momento
voluntario de la decisión, tampoco es posible
hablar de “decisión política “ sin reflexionar
sobre el poder.
Pasar de lo político a la
política es pasar del advenimiento a los
acontecimientos, de la soberanía al soberano,
del Estado al gobierno, de la Razón histórica al
Poder.
De modo que la especificidad de
lo político se manifiesta en la de sus medios;
el Estado, considerado desde el punto de vista
de la política, es la instancia que tiene el
monopolio de la coacción física legítima; el
adjetivo legítimo atestigua que la definición
del Estado por su medio específico, remite a la
definición del mismo Estado por su fin y su
forma; pero si incluso por casualidad el Estado
llegase alguna vez a identificarse con su
fundamento de legitimidad -por ejemplo,
convirtiéndose en autoridad de la ley- dicho
Estado tendría aún el monopolio de la coacción;
continuaría siendo todavía poder de algunos
sobre todos; acumularía aún una legitimidad, es
decir, un poder moral de exigir y una violencia
sin recurso, o lo que es igual, un poder físico
de coacción.
Con esto llegamos a la idea misma
de la política en toda su extensión;
diremos que es el conjunto de las actividades
que tienen por objeto el ejercicio del poder y,
por lo tanto, también, la conquista y
conservación del mismo; progresivamente será
política, toda actividad que tenga como
objetivo, o incluso simplemente como efecto,
influenciar el reparto del poder(2).
La política es - en cuanto
definida por su referencia al poder - la que
plantea el problema del mal político. Hay un
problema acerca de éste, porque existe un
problema específico del poder.
No es que el poder sea el mal,
pero él es una magnitud del hombre eminentemente
sujeta al mal; tal vez él es, en la historia, la
mayor ocasión del mal y la mayor demostración
del mismo. Y esto, porque el poder es una gran
cosa; porque es el --instrumento de la
racionalidad histórica del Estado. En ningún
momento hay abandonar esta paradoja.
Este mal específico del poder ha
sido reconocido por los más grandes pensadores
políticos, que forman así un conjunto
impresionante. Los profetas de Israel y el
Sócrates del Gorgias se encuentran
exactamente en este punto; el Príncipe de
Maquiavelo, la Crítica de la Filosofía del
Derecho de Hegel por Marx, el Estado y la
Revolución de Lenín - y... el Informe
Kruchov, ese extraordinario documento acerca del
mal en política - dicen fundamentalmente la
misma casa en contextos teológicos y filosóficos
radicalmente diferentes. Esta convergencia misma
atestigua la estabilidad de la problemática
política a través de la historia, y, gracias a
ella, comprendemos estos textos como una
verdad para todos los tiempos.
Resulta sorprendente que la más
antigua profecía bíblica escrita, la de Amós,
denuncie fundamentalmente crímenes políticos y
no faltas individuales (3). Allí donde uno
estaría tentado de ver tan sólo una
supervivencia de la fenecida idea de pecado
colectivo, anterior a la individualización de la
pena y de la falta, es necesario saber discernir
la denuncia del mal político como mal del poder;
es la existencia política del hombre la que da
al pecado su dimensión histórica, su potencia
devastadora y, si osamos decirlo, su grandeza.
La muerte de Jesús, como la de Sócrates, pasa
por un acto político, por un proceso político;
es una instancia política, la misma que aseguró
por su orden y tranquilidad el triunfo histórico
de la humanitas y la universalitas,
el poder político romano, la que irguió la cruz:
“Él padeció bajo Poncio Pilato”.
De modo que el pecado se muestra
en el poder y éste descubre la verdadera
naturaleza del pecado, que no es placer, sino
orgullo de la potencia, mal de tener y de poder.
El Gorgias no dice otra
cosa; se puede decir incluso, que la filosofía
socrática y platónica ha nacido, en parte, de
una reflexión sobre el “tirano”, es decir, sobre
el poder sin ley y sin consentimiento por parte
de los sujetos. ¿Cómo es posible el tirano - el
reverso - del filósofo?. Esta pregunta llega al
corazón de la filosofía, porque la tiranía no es
posible sin una falsificación de la palabra,
es decir, de ese poder, humano por excelencia,
de decir las cosas y de comunicarse con los
hombres. Toda la argumentación de Platón en el
Gorgias descansa en esta conjunción entre
la perversión de la filosofía, re presentada por
la sofística, y la perversión de la política,
representada por la tiranía. Tiranía y sofística
forman una pareja monstruosa. Platón descubre
así un aspecto del mal político, diferente de la
potencia, pero estrechamente ligado a ella: la
“adulación”, es decir, el arte de arrancar la
persuasión por otros medios que gracias a la
verdad; de este modo, muestra el nexo entre
política y no-verdad. Esto llega muy lejos, si
resulta verdad que la palabra es el medio, el
elemento de la humanidad, el logos que
hace al hombre semejante al hombre y fundamenta
la comunicación. La mentira, la adulación, la
no-verdad - males políticos por excelencia -
arruinan así al hombre en su origen, que es
palabra, discurso, razón.
He aquí, pues, una doble
meditación sobre el orgullo de la potencia y
sobre la no-verdad, que revela en ellos, males
ligados a la esencia de la política.
Ahora bien, vuelvo a encontrar
esta doble meditación en esas dos grandes obras
de la filosofía política que son; el Príncipe
de Maquiavelo, y el Estado y la Revolución
de Lenín, que atestiguan la permanencia de la
problemática del poder a través de la variedad
de los regímenes, la evolución de las técnicas y
las transformaciones de los condicionamientos
económicos y sociales. La cuestión del poder, de
su ejercicio, conquista, defensa, y extensión,
tiene una estabilidad asombrosa y fácilmente
haría creer en la permanencia de una natura1eza
humana.
Se ha hablado muy mal del
“maquiavelismo”, pero si como se debe, se quiere
tomar en serio el Príncipe, se descubrirá
que no resulta tan fácil eludir su problema, que
es, propiamente, el de la instauración de un
nuevo poder, de un nuevo Estado. El Príncipe es
la lógica implacable de la acción política: es
la lógica de los medios, la pura técnica de la
adquisición y conservación del poder; técnica
totalmente dominada por la relación política
esencial amigo-enemigo, pudiendo ser este último
exterior o interior, pueblo, nobleza, ejército o
consejero, y todo amigo pudiendo convertirse en
enemigo y a la inversa. Ella se mueve dentro de
un vasto espectro que va desde la potencia
militar hasta los sentimientos de temor y
reconocimiento, venganza y fidelidad. El
Príncipe, que conoce todos los resortes del
poder, la inmensidad, variedad y contrastes de
su espectro, será estratega y psicólogo,
león y zorro. De este modo,
Maquiavelo planteaba el verdadero problema de
la violencia política, que no es el de la
violencia vana, de lo arbitrario y el frenesí,
sino el de la violencia calculada y limitada,
regulada por el proyecto mismo de instaurar un
Estado durable. Se puede decir, sin duda, que
gracias a este cálculo, la violencia
instauradora se somete al juicio de la legalidad
instaurada, pero ésta, esta “república”, está
marcada, desde el origen, por la violencia que
ha triunfado. Así nacieron todas las naciones,
todos los poderes y todos los regímenes; su
nacimiento violento ha sido reabsorbido en la
nueva legitimidad que ellos han engendrado, pero
ésta conserva algo de contingente, de
propiamente histórico, que su nacimiento
violento no cesa de comunicarle.
Maquiavelo ha hecho aflorar,
pues, la relación entre la política y la
violencia; en ello reside su probidad, su
veracidad.
Varios siglos después, Marx y
Lenín volvían a un tema que puede calificarse de
platónico: el problema de la “conciencia
engañosa”. En efecto, me parece que lo más
interesante que hay en la crítica marxista de la
política y del Estado hegeliano, no es su
explicación de éste a partir de las relaciones
de poder entre clases y, por lo tanto, la
reducción del mal político a un mal
económico-social, sino la descripción de dicho
mal como mal específico de la política. Pienso
incluso que la gran desgracia que afecta a toda
la obra del marxismo-leninismo y que pesa sobre
los regímenes engendrados por el marxismo, es
esta reducción del mal político al mal
económico, y de ahí, la ilusión de que una
sociedad liberada de las contradicciones de la
sociedad burguesa, quedaría también liberada de
la alienación política. Ahora bien, lo esencial
de la crítica de Marx (4) es que el Estado no es
lo que pretende ser, y que no puede ser. ¿ Qué
pretende él ser ?
Si Hegel tiene razón, el Estado
es la conciliación, en una esfera superior, de
los intereses y los individuos, inconciliables
al nivel de lo que Hegel llama la sociedad
civil, y que nosotros llamaríamos el plano
económico-social. El mundo incoherente de las
relaciones privadas está arbitrado y
racionalizado por la instancia superior del
Estado. Este es el mediador y, por ello, la
razón. Y cada uno de nosotros alcanza su
libertad como un derecho, a través de la
instancia del Estado. Es políticamente que yo
soy libre. Es en este sentido que Hegel dice que
el Estado es representativo: existe en la
representación, y el hombre se representa en
él Lo esencial de la crítica de Marx es la
denuncia de que en esta pretensión hay una
ilusión: el Estado no es el verdadero mundo
del hombre, sino un mundo otro e irreal;
él sólo resuelve las contradicciones reales en
un derecho ficticio, el cual, a su vez, está en
contradicción con las relaciones reales entre
los hombres.
Es a partir de este engaño
esencial, de esta discordancia entre la
pretensión y el ser verdadero, que Marx
reencuentra el problema de la violencia, porque
la soberanía, al no ser producto del pueblo en
su realidad concreta, sino otro mundo, soñado,
está obligada a darse el apoyo de un soberano
real, concreto, empírico. El idealismo del
derecho sólo se mantiene en la historia, gracias
al realismo de lo arbitrario del príncipe. He
aquí que la esfera política que se divide entre
el ideal de la soberanía y la realidad
del poder, entre la soberanía y el soberano,
entre la constitución y el gobierno, incluso la
policía. Poco importa que Marx sólo haya
conocido la monarquía constitucional. La
descomposición de la constitución y del monarca,
del derecho y de lo arbitrario, es una
contradicción interna a todo poder
político. Esto también es verdad en la
República. Ved cómo el año pasado hábiles
políticos nos robaron nuestros votos, imponiendo
el poder de hecho contra la soberanía del cuerpo
electoral; el soberano siempre tiende a estafar
la soberanía: este es el mal político esencial.
Ningún Estado existe sin un gobierno, una
administración, una policía; del mismo modo,
este fenómeno de la alienación política está
presente en todos los regímenes y todas las
formas constitucionales; es la sociedad política
la que comporta esta contradicción externa entre
una esfera ideal de las relaciones de derecho, y
otra real de las relaciones comunitarias, así
como la contradicción interna entra la soberanía
y el soberano, la constitución y el poder, en
última instancia, la policía. Soñamos con un
Estado donde quedaría resuelta la contradicción
radical que existe entre la universalidad que
está en la mira del Estado, y la particularidad
y lo arbitrario que lo afectan en realidad. El
mal está en que este sueño es inalcanzable.
Desgraciadamente, Marx no vio el
carácter autónomo de esta contradicción, sino
una simple superestructura, es decir, la
transposición, en un plano sobreañadido, de las
contradicciones que pertenecen al plano inferior
de la sociedad capitalista y, finalmente, un
efecto de la oposición de las clases. El Estado
es entonces, tan sólo, el instrumento de la
violencia de clase, mientras que, tal vez,
siempre tiene un designio, un proyecto que
sobrepasa las clases y que su maleficio propio
es la contrapartida de ese gran designio.
Habiendo quedado así reducido el Estado a un
medio de opresión de la clase dominante, su
ilusión de ser la conciliación universal ya no
es más que un caso particular de este vicio de
las sociedades burguesas, que sólo pueden
soportar su propia deficiencia o resolver su
contradicción, evadiéndose en el sueño del
derecho.
Pienso que es necesario mantener,
contra Marx y Lenín, que la alienación política
es irreductible a toda otra y constitutiva de la
existencia humana, y, en este sentido, que el
modo de existencia política comporta la escisión
entre la vida abstracta del ciudadano y la vida
concreta de la familia y del trabajo. Pienso
también que así se salva lo mejor de la crítica
marxista, que converge con la crítica
maquiavélica, platónica y bíblica, del poder.
Como prueba de esto sólo deseo
referirme al informe Kruschov. Lo que me parece
fundamental es que la crítica que en él se hace
de Stalin, sólo tiene sentido si la alienación
de la política es autónoma, irreductible a la de
la sociedad económica. Si no ¿ cómo se puede
criticar a Stalin y continuar aprobando la
economía socialista y el régimen soviético?. No
hay informe Kruschov posible, sin una crítica
del poder y de sus vicios. Pero como el marxismo
no da cabida a una problemática autónoma del
poder, se repliega en la anécdota y la crítica
moralizante. A Togliatti se le fue la lengua el
día que dijo que las explicaciones del Informe
Kruschov no le satisfacían, y que él preguntaba
cómo había sido posible el fenómeno Stalin en un
régimen socialista. No había modo de darle
respuesta, porque ésta sólo puede proceder de
una crítica del poder socialista, la cual no se
ha realizado y que, tal vez, no podría hacerse
en el marco del marxismo, al menos en la
medida en que el marxismo reduce todas las
alienaciones a la económico-social.
Yo quisiera que quedase bien
claro, de une vez por todas, que el tema del mal
político que acaba de ser desarrollado, en modo
alguno constituye un “pesimismo” político ni
justifica ningún “derrotismo” político. Las
etiquetas pesimista y optimista, por lo demás,
hay que proscribirlas de la reflexión
filosófica: pesimismo y optimismo son humores y
sólo dependen de la caracterología y, por lo
tanto, no juegan aquí ningún papel. Sin embargo
y sobre todo, la lucidez con respecto al
mal del poder, no debería ser separada de una
reflexión total sobre lo político; ahora bien,
dicha reflexión revela que la política sólo
puede ser el ámbito del mayor mal, gracias a su
lugar eminente en la existencia humana. La
grandeza del mal político está a la altura de la
existencia política del hombre; más que
cualquier otra, una meditación sobre el mal
político, que lo acercaría al mal radical, y que
incluso haría de él la mayor aproximación a
dicho mal, debe permanecer indisociable de una
meditación sobre la significación radical de la
política. Toda condena de ésta como malvada,
resulta engañosa, malévola, mala, si omite
situar esta descripción en la dimensión del
animal político. El análisis de lo político como
racionalidad en marcha del hombre, no resulta
abolido, sino está siempre presupuesto por la
meditación sobre el mal político. Por el
contrario éste sólo es serio, porque es el
mal de esta racionalidad, el mal específico
de esta grandeza específica.
En particular, la crítica
marxista del Estado, no suprime el análisis de
la soberanía, desde Rousseau hasta Hegel, sino
más bien, presupone la verdad de dicho análisis.
Si no existe la verdad de la voluntad general
(Rousseau), si no hay teleología de la historia
a través de la “insociable sociabilidad” y por
medio de esta “astucia (ruse, List) de la razón”
que es la racionalidad política (Kant); si el
Estado no es “representativo” de la humanidad
del hombre, entonces el mal político no es
grave. Porque el Estado es precisamente
una cierta expresión de la racionalidad de la
historia, una victoria sobre las pasiones del
hombre privado, sobre los intereses “civiles” e,
incluso, sobre los de clase, él es la magnitud
(grandeur) humana más expuesta, la más amenazada
e inclinada al mal.
El “mal” político es, en sentido
propio, la locura de la grandeza (grandeur), es
decir, la locura de lo que es grande. !Grandeza
y culpabilidad del Poder!.
Por ello, el hombre no puede
eludir la política so pena de eludir su propia
humanidad. A través de la historia y gracias a
la política, el hombre se confronta con su
grandeza y su culpabilidad.
¿Cómo podría deducirse un
“derrotismo” político de esta lucidez?. Tal
reflexión conduce más bien a la vigilancia
política. Es aquí donde la reflexión,
terminando su gran desvío, se aproxima a la
actualidad y da el paso de la crítica a la
práctica.
3. El PROBLEMA DEL PODER EN UN
REGIMEN SOCIALISTA.
Si nuestro análisis de la
paradoja del poder es exacto, y si el Estado es,
a la vez, más racional que el individuo y más
pasional que éste, el gran problema de la
democracia es el control del Estado por
el pueblo. Este problema es tan irreductible
como la racionalidad del Estado lo es a la
historia económico-social, y la maldad de éste
lo es a las contradicciones de las clases. Ese
problema del control del Estado consiste en lo
siguiente: inventar técnicas institucionales
especialmente destinadas a hacer posible el
ejercicio del poder e imposible su abuso. La
noción de “control” procede directamente de la
paradoja central de la existencia política del
hombre; ella es la resolución práctica de
esta paradoja. En efecto, se trata de que el
Estado sea y que no lo sea en demasía; que
dirija, organice y decida, a fin de que el
propio animal político sea; pero que el tirano
resulte improbable.
Tan sólo una filosofía política
que ha reconocido la especificidad do lo
político -la de su función y la de su mal - está
en capacidad de plantear correctamente el
problema del control político.
Por esta razón, la reducción de
la alienación política a la económica, me parece
ser el punto débil del pensamiento político del
marxismo. Esta reducción de la alineación
política ha conducido al marxismo –leninismo, en
efecto, a sustituir el problema del control del
Estado por otro: el de su desaparición..
Esta sustitución me parece desastrosa: ella
remite a un futuro indeterminado el fin del mal
del Estado, mientras que el verdadero problema
político práctico es el de la limitación de
dicho mal en el presente; una escatología de la
inocencia asume el lugar de una ética de la
violencia limitada. De una vez, la tesis de la
desaparición del Estado, prometiendo demasiado,
pero para más tarde, tolera igualmente
demasiado, pero ahora; dicha tesis sirve de
cobertura y de excusa para la perpetuación del
terrorismo; gracias a una paradoja maléfica, la
tesis del carácter provisional del Estado, se
convierte en la mejor justificación para la
prolongación sin fin de la dictadura del
proletariado e incumba el totalitarismo.
Ahora bien, es necesario ver bien
claro que la teoría de la desaparición del
Estado es una consecuencia lógica de la
reducción de la alienación política a la
económica: si el Estado es tan sólo un órgano de
represión que procede de los
antagonismos de clase y expresa la dominación
de una de éstas, él desaparecerá con las últimas
secuelas de la división de la sociedad en
clases.
Pero la cuestión es saber si el
fin de la apropiación privada de los medios de
producción puede conllevar el fin de todas
las alienaciones. Tal vez la misma apropiación
no sea más que una forma privilegiada del poder
del hombre sobre el hombre; tal vez el dinero
mismo no sea más que un medio de dominación
entre otros; tal vez es el mismo espíritu de
dominación el que se expresa, tanto en la
explotación por el dinero como en la tiranía
burocrática, en la dictadura intelectual y en el
clericalismo.
Sea lo que sea de la unidad
oculta de todas las alienaciones, lo cual no es
nuestro tema aquí, la reducción de la forma
política a la económica es indirectamente
responsable del mito de la desaparición del
Estado.
Es verdad que Marx, Engels y
Lenín intentaron elaborar esta teoría sobre la
base de la experiencia. La Comuna de París fue
interpretada por ellos como una promesa y un
inicio de verificación experimental de la tesis
de la desaparición del Estado. Ella mostraba, a
sus ojos, que la dictadura del proletariado
podía ser, ciertamente, algo distinto que la
simple transferencia del poder represivo del
Estado a otras manos, e incluso ya la demolición
de la máquina del Estado en cuanto “fuerza
especial” de represión. En efecto, si el
pueblo armado sustituye al ejército permanente;
si la policía puede ser eliminada en cualquier
momento; si la burocracia puede ser desmantelada
como cuerpo organizado y reducida a la condición
salarial más baja, entonces la fuerza general de
la mayoría del pueblo reemplaza a la fuerza
especial de represión del Estado burgués, y el
comienzo de la desaparición del Estado coincide
con la dictadura del proletariado. Como lo dice
Lenín: “es imposible pasar del capitalismo al
socialismo sin un cierto retorno al democratismo
primitivo”. La desaparición del Estado es, pues,
contemporánea de la dictadura del proletariado,
en la medida en que ésta es una revolución
verdaderamente popular que desintegra los
órganos represivos del Estado burgués. Marx
puede incluso decir: “la Comuna no era ya un
Estado en el sentido propio de le palabra”.
En el pensamiento de Marx y
Lenín, la tesis de la desaparición del Estado no
era, pues, una tesis hipócrita, sino sincera.
Pocos hombres incluso han esperado tan poco del
Estado como los grandes marxistas: “Mientras el
proletariado tenga aún necesidad de un Estado,
dice la carta a Bebel, ciertamente no
para la libertad, sino para reprimir a sus
adversarios, y el día en que sea posible hablar
de libertad, el Estado dejará de existir como
tal”.
Pero si la desaparición del
Estado es el criterio de buena salud de la
dictadura del proletariado la cuestión se
plantea, cruel: ¿ por qué, de hecho, la
desaparición del Estado no ha coincidido con la
dictadura del proletariado?.; ¿ por qué, de
hecho, el Estado socialista ha reforzado el
poder del Estado, hasta el punto de verificar el
axioma que Marx creía verdadero únicamente para
las revoluciones burguesas: “Todos los
cataclismos sólo han hecho más perfecta esta
máquina en vez de destruirla” (“El dieciocho
Brumario”)?.
Intentar responder esta pregunta
es también dar al informe Kruschov el basamento
que la falta, porque es explicar cómo ha sido
posible el fenómeno Stalin en un régimen
socialista.
Mi hipótesis de trabajo, como lo
propone la reflexión anterior, es que Stalin ha
sido posible, porque no se reconoció la
permanencia de la problemática del poder en el
paso de la antigua sociedad a la nueva; porque
se creyó que el fin de la explotación económica
implicaba necesariamente el de la represión
política; porque se creyó que el Estado es
provisional, y se sustituyó el problema de su
control por el de su desaparición.
En resumen, mi hipótesis de
trabajo es que el Estado no puede
perecer, y que no pudiéndolo, debe ser
controlado gracias a una técnica
institucional especial.
Me parece que es necesario ir aún
más lejos y decir que el Estado socialista
requiere, más que el Estado burgués, un control
popular vigilante, precisamente, porque su
racionalidad es más grande, y extiende el
cálculo, la previsión, a sectores de la
existencia humana, confiados, en otras partes o
en otros tiempos, al azar y a la improvisación.
La racionalidad de un Estado planificador, que
intenta suprimir, a largo plazo, los
antagonismos de clase, y que incluso pretende
poner fin a la división de la sociedad en
clases, es más grande; su poder también lo es y
los medios ofrecidos a la tiranía son igualmente
mayores.
Me parece que la tarea de una
crítica del poder socialista debería ser la de
mostrar, con toda lucidez y lealtad, las nuevas
posibilidades de alienación política ligadas a
la lucha misma contra la alienación económica y
al fortalecimiento del poder del Estado que
dicha lucha conlleva.
He aquí a1gunas direcciones en
las cuales podría encaminarse esta investigación
acerca del poder en un régimen socialista:
1. Sería necesario ver, en primer
lugar, en qué medida, “la administración de las
cosas” es necesariamente un “gobierno de las
personas”, y en qué medida, el progreso en dicha
administración, suscita un aumento del poder
político del hombre sobre el hombre.
Por ejemplo, la planificación
implica une selección de carácter económico, que
concierne el orden de prioridad en la
satisfacción de las necesidades y la puesta en
obra de los medios de producción. Pero esta
decisión es inmediatamente algo más que
económica; es función de una política, es decir,
de un proyecto a largo plazo que concierne la
orientación de la comunidad humana comprometida
en la experiencia de planificación. La
proporción de la parte reinvertida y de la parte
consumida, y la de los bienes, tanto de cultura
como materiales, en el equilibrio general del
plan, dependen de una “ visión estratégica
global”, en la que la economía se inserta en la
política. Un plan es una técnica puesta al
servicio de un proyecto global, civilizador,
animado por valores implícitos; en resumen, de
un proyecto que concierne, en última instancia,
a la humanidad misma del hombre. Por esto, lo
político es el alma de lo económico, en cuanto
él expresa el querer y el poder.
La administración de las cosas no
debería ser, pues, un sustitutivo del gobierno
dc las personas, porque la técnica razonable de
ordenamiento de las necesidades y trabajos del
hombre, al nivel macroscópico del Estado, no
debería desligarse de todo contexto
ético-cultural; de modo que el poder político es
el que, en última instancia, combina las escalas
de preferencia y las posibilidades tecnológicas,
las aspiraciones latentes de la
comunidad humana y los medios obtenidos gracias
al conocimiento de las leyes económicas. Esta
articulación de la ética y de lo técnico en la
“tarea” de planificación, es la razón
fundamental por la cual la administración de las
cosas implica el gobierno de las
personas.
2. Sería necesario, además,
mostrar cómo este fortalecimiento del poder del
Estado, ligado a la extensión de las
competencias del Estado socialista con respecto
al burgués, desarrolla posiciones de abuso
que le son propias en tanto que Estado
socialista. Esto sería la puesta en obra de
la idea, desarrollada anteriormente, de que el
Estado más racional tiene las mayores ocasiones
de ser pasional.
Engels señalaba ya en su
“Anti-Dühring”, que la organización de la
producción permanecería autoritaria y represiva,
incluso después de la expropiación de los
expropiadores, mientras duren la antigua
división del trabajo y las otras alineaciones,
que hacen de éste una carga y no una alegría. El
reparto del trabajo y el afecto mismo, cuando
éste. no es espontáneo, depende aún de la
coacción y ésta está exactamente ligada al paso
del azar a la racionalidad.
La tentación del
trabajo forzado se convierte así en una de las
mayores del Estado socialista; ahora bien, éste
es el que menos guarnecido está contra dicha
tentación, porque la planificación le da también
el monopolio económico de la coacción
sicológica (cultura, prensa, propaganda están
englobadas en el plan, y, por lo tanto,
económicamente determinadas por el Estado).
El Estado socialista tendrá, pues, a su
disposición, todo el arsenal de medios,
incluidos los sicológicos, y que van desde el
estímulo y la emulación hasta la deportación.
A estas ocasiones de abuso, que
ofrece la organización de los medios de
producción, se añade la tentación de vencer les
resistencias irracionales por medios más
expeditos que la discusión y la educación. El
Estado razonable encuentra, en efecto,
resistencias de todo tipo: unas derivadas del
fenómeno de la supervivencia (bien descrito por
los marxistas chinos en particular, y por Lenín
en la “Enfermedad infantil del comunismo”),
resistencias éstas típicas del mundo agrícola y
de la pequeña burguesía; la sicología de los
ejecutantes no se acompasa al ritmo de los
tecnócratas y permanece apegada a situaciones
antiguas. Aparecen así resistencias de carácter
psicológico, que no dependen de un interés, sino
de familiaridad con condiciones económicas
superadas. Pero todas las resistencias no se
explican por estas supervivencias. El Estado
planificador tiene un proyecto más vasto y a más
largo plazo que el individuo, cuyo interés es
más inmediato, limitado al horizonte de su
muerte; a lo sumo, a la de sus hijos.
Entretanto, el Estado cuenta por generaciones.
Como él y el individuo no están en la misma
longitud de onda temporal, este último
desarrolla intereses que no son naturalmente
acordes con los del Estado.
Se conocen bien, al menos dos
manifestaciones de esta distancia entre la mira
del Estado y la del ciudadano: ésta concierne el
reparto entre inversión y consumo inmediato;
aquélla, la determinación de las normas y las
cadencias en la producción. Los
micro-intereses de los individuos y las
macro-decisiones del poder están en tensión
constante y ésta desarrolla una dialéctica de
reivindicación individual y coacción estatal,
que es una ocasión de abuso.
Existen, pues, tensiones y
contradicciones que no son sucedáneas de la
apropiación privada de los medios de producción,
y algunas de ellas, derivan, incluso, del nuevo
poder del Estado.
Por último, el Estado socialista
es un Estado más ideológico que el “liberal”; él
puede reasumir los viejos sueños de unificación
del ámbito de la verdad en una ortodoxia que
englobe todas las manifestaciones del saber y
todas las expresiones de la palabra humana.
Con el pretexto de disciplina revolucionaria
y eficacia tecnocrática puede justificar una
pretorización completa de los espíritus; lo
puede, es decir, tiene tal tentación y los
medios, ya que dispone del monopolio de las
subsistencias.
Todas estas reflexiones convergen
hacia la misma conclusión: si el Estado
socialista no suprime, sino que renueva la
problemática del Estado - si hace progresar la
racionalidad de éste y aumenta las ocasiones de
perversión - el problema del control
democrático del Estado es aún más urgente en el
régimen socialista que en el capitalista, y el
mito de la desaparición del Estado
obstaculiza un tratamiento sistemático de este
problema.
3. La tercera tarea de una
crítica del poder en régimen socialista sería,
entonces, retomar la crítica del Estado liberal
a la luz de esta idea del control democrático,
para discernir qué disposiciones institucionales
de este Estado serían independientes del
fenómeno de dominación de clase y
específicamente apropiadas para la limitación
del abuso del poder. Esta crítica no podía
ciertamente ser hecha durante la fase
propiamente crítica del socialismo; el Estado
liberal debía aparecer casi fatalmente como un
medio hipócrita de permitir la explotación
económica. El discernimiento entre instrumento
de dominación de una clase y control democrático
en general se impone hoy tras la amarga
experiencia del estalinismo; tal vez el marxismo
contenga en sí mismo el principio de esta
revisión, cuando enseña que una clase, en su
fase ascendente, ejerce une función universal;
al inventar el problema de los controles
democráticos, los “filósofos” del siglo XVIII,
inventaron el liberalismo verdadero, el
cual sobrepasa, sin duda, el sino (destinée) de
la burguesía. No es por el hecho de que la
burguesía tuvo necesidad de estos controles para
limitar el poder monárquico y feudal, y
facilitar su propia ascensión, que los mismos
agotan su significación duradera en su uso
momentáneo. En su intención profunda, la
política liberal comportaba un elemento de
universalidad, porque era acorde con la
problemática universal del Estado, más allá de
la forma del Estado burgués. Por esto resulta
posible retomar esta política liberal en un
contexto socialista.
Quisiera ahora dar algunos
ejemplos de ese discernimiento aplicado a
las estructuras del Estado liberal; de este
deslinde entre los aspectos “universales” y los
“burgueses” de dichas estructuras. Los
presentaré de manera problemática, porque nos
encontramos aquí al término práctico de una
crítica del poder socialista, cuyos primeros
pasos apenas han sido dados:
a) ¿No es la independencia del
“juez” la primerísima condición de un recurso
permanente contra el abuso del poder?.
Me parece que el juez es un
personaje que debe colocarse voluntariamente,
por el consentimiento de todos, al margen de los
conflictos fundamentales de la sociedad.
Se dirá que la independencia del
juez es una abstracción. La sociedad requiere,
precisamente, para su respiración humana, una
función “ideal”, una abstracción deseada,
concertada, en la cual ella proyecte el ideal
de la legalidad, que legitime la realidad del
poder. Sin esta proyección en la cual el Estado
se representa a sí mismo en cuanto legítimo, el
individuo está a la merced de aquél, y el poder
mismo se encuentra sin protección contra su
propia arbitrariedad. Es evidente que los
procesos de Moscú, Budapest, Praga y otros, han
sido posibles porque la independencia del juez
no estaba ni técnicamente asegurada ni
ideológicamente fundamentada en una teoría del
juez en cuanto hombre imparcial, en tanto que
abstracción con figura humana y ley encarnada.
Stalin fue posible porque siempre hubo jueces
para juzgar según los dictámenes de él.
b) El acceso de los ciudadanos a
fuentes de información, de conocimiento y de
ciencia, independientes de las del Estado ¿no es
la segunda condición de un recurso permanente
contra el abuso del poder?.
Hemos visto que el Estado
moderno decide sobre el sentido de la vida, ya
que él orienta económicamente todas las
decisiones del hombre por sus macro-decisiones
de planificadores. Ahora bien este poder será
cada vez más indiscernible de un poder
totalitario, si los ciudadanos no pueden
formarse, por ellos mismos, una opinión con
respecto a la naturaleza y el riesgo de dichas
macro-decisiones.
El Estado planificador
requiere, más que cualquier otro, la
contrapartida de una opinión pública, en
el sentido fuerte de la palabra, es decir, de un
público que tenga opiniones, y de una opinión
que posea una expresión pública. Se puede ver lo
que esto implica: una prensa que pertenezca a
sus lectores y no al Estado, y cuya libertad de
información y expresión, están constitucional y
económicamente garantizadas. Stalin fue posible,
porque no había ninguna opinión pública que
pudiese comenzar la crítica. De suyo, es sólo el
Estado post-estalinista, y no el pueblo, el que
ha podido decir que Stalin era malvado.
El ejercicio independiente
de la justicia y la formación igualmente
independiente de la opinión son los dos pulmones
de un Estado políticamente sano. Sin ello es la
asfixia.
Estas dos nociones son tan
importantes, que es con base en ellas que se ha
realizado la ruptura del estalinismo. Es sobre
les nociones de justicia y de verdad
que cristalizó la revuelta. Esto explica el
papel de los intelectuales en la frustrada
revolución de Hungría y en la triunfante de
Polonia. Si los intelectuales, escritores y
artistas han jugado un papel decisivo en estos
acontecimientos es porque la cuestión no era
económica y social, pese a la miseria y los
bajos salarios; el reto era propiamente político
o, más exactamente aún, era el asunto de la
nueva “alienación” política que infectaba al
poder socialista. Ahora bien, el problema de la
alienación política, como lo sabemos desde el “Gorgias”,
es el problema de la no-verdad. Lo hemos
aprendido también gracias a la crítica marxista
del Estado burgués, la cual se sitúa por
completo en el terreno de la no-verdad,
del ser y de la apariencia, de la mistificación,
de la mentira. Es precisamente aquí que está
implicado el intelectual en cuanto tal en la
política. El ha sido así colocado a la cabeza de
una revolución y no sólo en sus filas, desde el
momento en que el móvil de ésta es más político
que económico y que concierne la relación del
poder con la verdad y la justicia.
c) Me parece, además, que la
democracia del trabajo requiere una cierta
dialéctica entre el Estado y los consejos
obreros. Hemos visto que los intereses a largo
plazo de un Estado, incluso sustraído al dinero,
no coinciden inmediatamente con los de los
trabajadores. Esto es evidente en período
socialista, en el sentido exacto de la palabra,
es decir, en una fase de desigualdad de los
salarios y de la especialización profesional,
que opone entre sí a los trabajadores manuales,
los técnicos, los directores y los
intelectuales; es también evidente en período de
rápida industrialización, incluso forzada. Por
consiguiente, sólo una organización de las
tensiones entre el Estado y los sindicatos que
representan los diversos intereses de los
trabajadores, puede asegurar la búsqueda
titubeante de un equilibrio viable, es decir, a
la vez económicamente rentable y humanamente
soportable. En particular, el derecho de huelga
me parece ser el único recurso de los obreros
contra el Estado, incluso contra el Estado de
los obreros. El postulado de la coincidencia
inmediata entre la voluntad del Estado
socialista y todos los intereses de todos los
trabajadores me parece ser una ilusión
perniciosa y una peligrosa excusa para el abuso
del poder del Estado.
d) Por último, el problema clave
es el del control del Estado por el pueblo, por
la base democráticamente organizada. Es aquí
donde las reflexiones y experiencias de los
comunistas yugoslavos y polacos deben ser
seguidas y analizadas de cerca. Habrá que saber
si el pluralismo de los partidos, la técnica de
las “elecciones libres” y el régimen
parlamentario tienen relación con este
“universalismo” del Estado liberal o si
pertenecen, irremediablemente, al período
burgués de dicho Estado liberal. No es
necesario tener sobre esto una idea
preconcebida, ni en pro ni en contra, ni a
favor de la costumbre occidental ni de la
crítica radical; no hay que apurarse demasiado
en responder. Es cierto que las técnicas de
planificación exigen que la forma socialista de
la producción no quede, sin más, entregada a los
vaivenes de una consulta electoral, y sea
irrevocable, como lo es la forma republicana de
nuestro gobierno. La ejecución del Plan exige
plenos poderes, un gobierno de larga duración,
un presupuesto a largo plazo; ahora bien,
nuestras técnicas parlamentarias, nuestra manera
de hacer alternar a las mayorías en el poder,
parecen poco compatibles con las tareas de la
nueva racionalidad estatal. Por otra parte, no
es menos cierto, que la discusión es una
necesidad vital para el Estado; es ella la que
le da orientación e impulso, la que puede
contener sus abusos. La democracia es discusión.
Es necesario, pues, que, de una u otra manera,
dicha discusión sea organizada; es aquí
donde se plantea la cuestión de los partidos o
del Partido único. Lo que puede argumentarse en
favor del pluralismo de los partidos es que
dicho sistema no sólo ha reflejado las
tensiones entre grupos sociales, determinadas
por la división de la sociedad en clases, sino
que también ha brindado una organización
a la discusión política en cuanto tal, y ha
tenido, pues, una significación “universal.” y
no sólo “burguesa”. Un análisis de la noción de
partido tomando como solo criterio el
económico-social me parece, pues, peligrosamente
estrecho y propicio a alentar la tiranía. Por
esto es necesario juzgar las nociones de
partidos múltiples y partido único, no sólo
desde el punto de vista de la dinámica de las
clases, sino también desde el de las técnicas de
control del Estado. Sólo una crítica del poder
en régimen socialista podría hacer progresar
esta cuestión; dicha crítica apenas ha sido
esbozada.
Yo no sé si el término
“liberalismo” político puede ser salvado del
descrédito; - tal vez su vecindad con el
liberalismo económico lo ha comprometido
definitivamente - aunque desde hace algún
tiempo, la etiqueta “liberal” tiende a
constituir un delito a los ojos de los
social-fascistas en Argelia y en París y
reencuentra así su antigua juventud.
Si la palabra pudiera ser
salvada, diría bastante bien lo que debe ser
dicho: que el problema central de la política es
la libertad; sea que el Estado la
fundamente por su racionalidad; sea que ella
limite, por su resistencia, las pasiones
del poder.
CITAS
1)”Si la sociedad es, pues, la
base, la materia, en modo alguno informe, del
Estado, la razón consciente de sí está toda ella
del lado del Estado: fuera de él, puede haber
moral concreta, tradición, trabajo, derecho
abstracto, sentimiento, virtud; pero no razón.
Sólo el Estado piensa; sólo él puede ser
pensado totalmente”(68). Se puede leer la
definición del Estado en ibid, p. 45.
2) Max Weber llama político “al
conjunto de esfuerzos con vistas a participar en
el poder, o de influenciar el reparto del mismo,
sea dentro del Estado o entre los Estados” (“La
Política como oficio”).
3)
Amós, 1, 3 - 15: “... porque
ellos han machacado con trillos de hierro a
Galaad ... por haber deportado poblaciones
enteras para entregarlas a Edom..., por haber
perseguido con espada a su hermano, ahogando
toda compasión... por haber reventado a las
mujeres encintas de Galaad, para ensanchar su
territorio, hago irrevocable mi decisión” .
4)
Ver J.Y. Calvez, “El pensamiento
de Karl Marx”, capítulo sobre la alienación
política. |