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El mártir de la Caridad
Julio Estorino
El domingo 14 de septiembre se
celebró una misa en honor de Arnoldo Socorro
Sánchez en la Ermita de la Caridad a las 3 p.m.
Al final, todos los fieles fueron en procesión
hasta el Salón Padre Félix Varela donde se
colocó la foto del joven mártir,
que había sido expuesto durante la misa.
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Mons. Agustín
Román cuenta cómo a los pocos días del asesinato del joven de la
Acción Católica, él y otros 130 sacerdotes fueron expulsados de
Cuba en el barco Covadonga rumbo a España. Ahí también iba el
obispo auxiliar de La Habana, Mons. Eduardo Boza Masvidal. |
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Tenía 17 años y se
llamaba Arnaldo Socorro Sánchez. Había nacido en
Unión de Reyes, un pequeño pueblo de los llanos
matanceros y desde hacía cinco años vivía en La
Habana, adonde la familia se había mudado en
busca de mejores horizontes. Apuesto, de mirada
clara y honda, el muchacho vivía la hermosa fe
de los humildes. Era miembro de la Juventud
Obrera Católica y, a la par que trabajaba para
ayudar a la economía familiar, estudiaba,
gracias a una beca, en la Escuela
Electromecánica del Colegio de Belén.
Sus padres,
Gregorio y Carlota, habían sabido inculcarle los
valores firmes de los que, siendo muy pobres,
son, a la vez, muy íntegros. –“Voy al cine” le
dijo a la madre para no preocuparla, aquel
domingo 10 de septiembre de 1961.
Pero no fue al
cine. Fue a la iglesia de La Caridad, en el
corazón de La Habana, desde donde debía partir
aquella tarde una procesión con la imagen de la
Virgen patrona de los cubanos… una procesión con
ribetes singulares.
Corrían días de
severas confrontaciones entre la dictadura
castrista y la Iglesia Católica. La persecución
religiosa no conocía las púdicas sutilezas que
vendrían después y los obispos de aquella época
advertían visionariamente sobre los avances del
marxismo, encarnando las más legítimas
aspiraciones de un creciente sector de la
población que, desengañado del fidelismo,
trataba de detener el total despojo de la nación
cubana.
Destruidas todas
las instituciones del país y controlados por el
gobierno todos los medios de difusión, la
Iglesia se había convertido en el último reducto
de la libertad, como si ésta regresara
totalmente a su origen, Dios.
En tales
circunstancias, aquella no podía ser una
procesión cualquiera. Inevitablemente, la fe se
identificaba con el rechazo al sistema ateo que
se imponía en Cuba a sangre y fuego y tanto el
gobierno como el pueblo sabían que la
manifestación religiosa sería también un
termómetro de los sentimientos populares
respecto al régimen que, aparentemente, temía no
salir muy bien de la prueba.
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Estas mujeres también fueron testigos de lo
ocurrido en la procesión de la
iglesia y la procesión de la Virgen de la Caridad. Estuvieron
presentes en la misa y después en el Salón Varela. |
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A eso de las dos
de la tarde el templo y sus alrededores
reventaban de público, cuando el entonces Obispo
Auxiliar de La Habana, Monseñor Eduardo Boza
Masvidal, que era también párroco de La Caridad,
anunció que el gobierno había retirado el
permiso para la procesión y, previendo un
inevitable enfrentamiento, pidió a los fieles
que regresaran a sus hogares. Los fieles, sin
embargo, no se fueron. Tal vez entendían que, en
aquellos momentos, la casa de la Madre era el
único hogar.
Eduardo de la Fuente estaba allí, junto al
muchacho a quien no conocía, y nos lo cuenta:
…”la situación estaba caliente… los milicianos
nos rodeaban y comunistas vestidos de civil
trataban de infiltrarse entre los católicos…
nosotros tratábamos de mantener la calma sin
renunciar a nuestros derechos… El tiempo
transcurría y la multitud crecía… Vi allí a un
militar que se arrancó sus galones y entró a la
iglesia a rezar… Un ómnibus se detuvo frente al
templo y el chofer dijo a los pasajeros:
“Señores, todos somos cubanos. Vamos a la
procesión”… Todos se bajaron dando vivas a
Cristo Rey… Un negro se enfrentaba a un
miliciano y le gritaba: “¡Mátame, maric… que yo
quiero ser el primero en caer, para que no se
diga que los negros somos ñángaras!”…
-“Comenzaba a
oscurecer –sigue contando Eduardo de la Fuente-
y la tensión se hacía inaguantable. Aquel
muchacho, Arnaldo Socorro, se hizo de un cuadro
de la Virgen de la Caridad y lo elevó en sus
manos… lo seguimos, pretendimos salir hacia la
calle Reina, pero los castristas nos repelieron
a puro golpe… regresamos y nos reagrupamos. En
una esquina de la iglesia, un hombre fuerte, de
pull-over y pantalón verdeolivo, portando una
metralleta checa, abrió fuego…
-“Arnaldo cayó al
suelo manando abundante sangre… lo recogimos y
corrimos con él. En un automóvil lo llevamos a
la Casa de Socorros de Corrales, donde lo
dejamos… Se tomó la decisión de que la procesión
continuaría, porque ya entonces nos comprometía
la sangre de aquel muchacho… Partimos
nuevamente… En el Prado nos echaron encima los
camiones militares y ya por el Capitolio se
atrincheraron y comenzaron a disparar…
Milagrosamente no hubo más muertos… Regresamos a
la iglesia con el cuadro de la Virgen que
Arnaldo había enarbolado”…
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Julio Estorino presenta a Eduardo de la Fuente,
quien recogió el cadáver de Arnaldo Socorro. |
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Eduardo de la
Fuente se conmueve todavía ante el recuerdo de
aquel día. Y se indigna todavía al recordar lo
que vino después: el gobierno se apropió del
cadáver de Arnaldo, el joven militante de la
Acción Católica. Sus medios de prensa dijeron
que se trataba de un joven revolucionario que
había tratado de detener la manifestación de los
“esbirros con sotana” y que había sido asesinado
desde el interior de la iglesia por el padre
Agnelio Blanco, quien, a la sazón, se encontraba
en Isla de Pinos. Al tratar de protestar, los
familiares del mártir fueron tajantemente
advertidos: -“El muerto es de ustedes, pero el
entierro es nuestro”. Y así fue. Le rindieron
honores de combatiente caído en combate y un
dirigente comunista, Jesús Soto, despidió el
duelo con un encendido discurso revolucionario
cuajado de falsedades.
Aquel joven cubano
fue despojado no solamente de su vida, sino
también de su identidad católica. La verdad se
supo, de boca en boca, y Cuba se estremeció de
dolor. Siete días más tarde el obispo Boza
Masvidal y 130 sacerdotes más, serían expulsados
de la isla a punta de fusil. Ahora, tantos años
después, es justo que esa verdad se divulgue
ampliamente y que la memoria de aquel joven
católico que ofrendó su vida a los pies de la
Santísima Virgen María de la Caridad del Cobre,
en testimonio de fe y de amor patrio, sea
debidamente desagraviada. En estos días en que
honramos de forma especial a la Virgen Mambisa,
Arnaldo estará también, sin duda, orando por
Cuba.
El domingo 14 de septiembre, a las 3:00 PM, en
la Ermita de la Caridad, se ofrecerá una misa de
acción de gracias por la vida de Arnaldo
Socorro, tras la cual se develará una foto del
mártir en el Salón Padre Félix Varela. Todos
están invitados. |