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Hermenéutica y
crítica de las ideologías
Paul Ricoeur
Traducción: Nazario Vivero
Introducción
El debate al que se alude bajo
este título excede considerablemente los límites
de una discusión acerca del fundamento de las
ciencias sociales. Pone en juego lo que
denominaría el gesto
filosófico de base.
¿Acaso este gesto es la
declaración de las condiciones históricas a las
que está sometida toda comprensión humana bajo
el régimen de la finitud? ¿O, más bien, este
gesto es, en última instancia, un gesto de
desafío, un gesto crítico, indefinidamente
retomado e indefinidamente puesto contra la
"falsa conciencia", contra las distorsiones de
la comunicación humana, detrás de las cuales se
disimula el ejercicio permanente de la
dominación y la violencia? Tal es la puesta en
juego filosófica de un debate que parece, de
entrada, ligarse al plan de la epistemología de
las ciencias llamadas del espíritu. Esta puesta
en juego parece enunciarse en los términos de
una alternativa: O la conciencia hermenéutica o
la conciencia crítica. Pero ¿es realmente así?
¿No será que la propia alternativa debe ser
recusada? Pero ¿es posible acaso una
hermenéutica que haga justicia a la crítica de
las ideologías, quiero decir, que muestre la
necesidad del fondo mismo de sus propias
exigencias? Se presiente que el desafío es
inmenso. No vamos a arriesgarlo de golpe en
términos tan generales y en una actitud tan
ambiciosa; más bien tomaremos como eje de
referencia una discusión contemporánea, que
tiene la ventaja de presentar el problema en
forma de alternativa. Si finalmente hay que
superarla, al menos no lo será por la ignorancia
de las dificultades que hay que vencer.
Los dos protagonistas de la
alternativa son: por el lado de la hermenéutica,
Hans G. Gadamer; por el lado crítico, Júrgen
Habermas. Hoy el dossier de su polémica
es público; está parcialmente reproducido en un
pequeño volumen, Hermeneutik und
Ideologiekritik publicadas por Suhrkamp, en
1971 (1). De este dossier sacaré las
líneas de fuerza del conflicto que opone
Hermenéutica y Teoría Crítica de las Ideologías.
Tomaré como piedra de toque del debate la
apreciación de la Tradición en una y otra
filosofía; a la apreciación positiva de la
Hermenéutica responde la aproximación recelosa
de la Teoría de las Ideologías, que sólo quiere
ver en ella la expresión sistemáticamente
distorsionada de la comunicación bajo los
efectos de un ejercicio no reconocido de la
violencia.
La elección de esta piedra de
toque del debate tiene la ventaja de poner de
inmediato en evidencia una confrontación que
remite a la "reivindicación de universalidad" de
la hermenéutica.
En efecto, si la crítica de las
ideologías tiene algún interés lo es en la
medida en que es una disciplina no hermenéutica,
que se inscribe fuera de la esfera de
competencia de una ciencia o de una, filosofía
de la interpretación y que le marca el límite
fundamental. Me ceñiré en la primera parte de
este ensayo a presentar las piezas del
dossier lo haré en los términos de una
simple alternativa: o la hermenéutica o la
crítica de las ideologías. Reservare para la
segunda parte una reflexión de carácter más
personal, centrada en las dos cuestiones
siguientes:
1. ¿Bajo qué condiciones una
filosofía hermenéutica puede dar cuenta en sí
misma de la legítima demanda de una crítica de
las ideologías? ¿Es al precio de su
reivindicación de universalidad y de una
reelaboración suficientemente profunda de su
programa y su proyecto?
2. ¿Bajo qué condiciones es
posible una critica de las ideologías? ¿Puede
ser ella, en última instancia, despojada de
presupuestos hermenéuticos?
Quiero aclarar que ningún esbozo
de anexión, que ningún sincretismo presidirá
este debate. Por otra parte estoy dispuesto a
decir con Gadamer que cada una de las dos
teorías habla desde un lugar diferente, pero que
cada una puede reconocer la reivindicación de
universalidad de la otra, de tal manera que el
lugar de cada una esté inscripto en la
estructura de la otra.
1. La alternativa
1. Gadamer: La hermenéutica
de las tradiciones
Se puede ir directo al punto
crítico al Brennpunkt que Habermas ataca
desde su Lógica de las Ciencias Sociales,
a saber, la concepción de la conciencia
histórica y la rehabilitación, en forma de
provocación, de tres conceptos ligados: el de
prejuicio, el de autoridad y el de tradición.
Este texto, en efecto, no es secundario,
accesorio o marginal. Se vincula directamente a
la experiencia central, o, como acabo de decir,
al lugar desde donde habla esta hermenéutica y
dónde ella eleva su reivindicación de
universalidad. Esta experiencia es la del
escándalo que constituye, según la escala de la
conciencia moderna, la especie de
dístanciación alienante de Verfremdung
que es, mucho más que un sentimiento o que
un humor, la presuposición ontológica que
sostiene la conducta objetiva de las ciencias
humanas. La metodología de estas ciencias
implica ineluctablemente un distanciamiento, que
a su vez presupone la destrucción de la relación
primordial de pertenencia Zugehörigkeit
sin la cual no existiría relación con lo
histórico como tal. Este debate entre
distanciación alienante y experiencia de
pertenencia es perseguido por Gadamer en las
tres esferas entre las cuales se reparte la
experiencia hermenéutica: esfera estética,
esfera histórica, esfera lingüística.
En la esfera estética, la
experiencia estética, la experiencia de ser
embargado, es lo que siempre precede y hace
posible el ejercicio crítico del juicio del cual
Kant ha hecho la teoría, bajo el título de
juicio del gusto. En la esfera histórica, es la
conciencia de ser llevado por tradiciones que me
preceden la que hace posible todo ejercicio de
una metodología histórica al nivel de las
ciencias humanas y sociales. Por fin, en la
esfera del lenguaje, que en cierta manera
atraviesa las dos precedentes, la copertenencia
a las cosas dichas por las grandes voces de los
creadores de discursos precede y hace posible
toda reducción instrumental del lenguaje y toda
pretensión de dominar por técnicas objetivas las
estructuras del texto de nuestra cultura. Así
una única y misma tesis discurre a través de las
tres partes de Wahrheit und Methode. Si
nuestro debate se localiza en la segunda parte,
está ya atado y en cierta manera comprometido a
lo estético, al mismo tiempo que sólo se cumple
en la experiencia lingüística, donde conciencia
estética y conciencia histórica son llevadas al
discurso.
La teoría de la conciencia
histórica constituye así el microcosmos de la
obra entera y la miniatura del gran debate.
Pero al mismo tiempo que la
filosofía hermenéutica declara la amplitud de su
mirada, declara también su punto de partida. El
lugar desde donde habla Gadamer está determinado
por la historia de las tentativas para resolver
el problema del fundamento de las ciencias del
espíritu en el romanticismo alemán, luego, en
Dilthey y, finalmente, sobre la base de la
ontología heideggeriana. El propio Gadamer lo
confiesa gustoso aun cuando atestigua la
universalidad de la dimensión hermenéutica; esta
universalidad no es abstracta, está centrada
para cada investigador en una problemática
dominante, en una experiencia privilegiada: "Mi
propia tentativa, escribe al comienzo de
Retórica, hermenéutica y crítica de la
Ideología, se relaciona con la recuperación
de la herencia del romanticismo alemán por
Dilthey, en la medida en que él toma como tema
la teoría de las ciencias del espíritu, sin
dejar de hacerla reposar sobre un fundamento
nuevo y mucho más amplio; la experiencia del
arte, con la victoriosa experiencia de la
contemporaneidad que le es propia, da bien la
réplica a la distanciación histórica en las
ciencias del espíritu" (2). La
hermenéutica, en consecuencia, tiene una mira
que precede y sobrepasa toda ciencia, mira
atestiguada por "el carácter lingüístico
universal del comportamiento relativo al mundo"
(ibid., 208); pero la universalidad de esta
mirada es la contrapartida de la estrechez de la
experiencia inicial en la que arraiga. No es,
por tanto, indiferente para el debate con los
sostenedores de la crítica de las ideologías que
sea subrayado, al mismo tiempo que la pretensión
de universalidad, la confesión de localidad de
la experiencia inicial. Hubiese sido, en efecto,
igualmente concebible tomar no ya la conciencia
histórica como tal, sino la teoría de la
exégesis, de la interpretación de los textos en
la experiencia de la lectura, como era posible,
sobre la base de la misma herencia, la
hermenéutica de Schleiermacher. Al elegir este
punto de partida algo diferente, como yo mismo
propondré hacerlo en la segunda parte de este
ensayo, nos prepararíamos a dar al problema de
la distanciación, de la alienación, una
significación más positiva que en la estimación
de Gadamer. No es, en consecuencia, totalmente
indiferente que Gadamer haya precisamente
descartado como menos significativa una
reflexión sobre "el ser para el texto" <Sein
zum Texte), que él parece reducir a una
reflexión sobre el problema de la traducción,
erigida en modelo del carácter lingüístico del
comportamiento humano con respecto al mundo. Es,
sin embargo, a esta reflexión a la que yo
volveré en la segunda parte de este estudio, con
la esperanza de sacar una orientación de
pensamiento menos sometida que la de Gadamer a
la problemática de la tradición y, por eso
mismo, más receptiva de la crítica de las
ideologías. Al tomar preferentemente por eje de
reflexión la conciencia histórica y la cuestión
de las condiciones de posibilidad de las
ciencias del espíritu, Gadamer orientaba
inevitablemente la filosofía hermenéutica hacia
la rehabilitación del prejuicio y la apología de
la tradición y de la autoridad, y colocaba esta
filosofía hermenéutica en una posición
conflictiva con toda critica de las ideologías.
A la vez, el conflicto mismo, a despecho de la
terminología moderna, era reducido a su
formulación más antigua, contemporánea de la
lucha entre el espíritu del romanticismo y el de
la Aufklärung, debiendo tomar la forma de
una repetición del mismo conflicto a lo largo de
una trayectoria obligada que partía del
romanticismo como punto inicial, pasaba por la
etapa epistemológica de las ciencias del
espíritu con Dilthey y era sometida a la
transposición ontológica con Heidegger.
Dicho de otro modo, al adoptar la
experiencia privilegiada de la conciencia
histórica, Gadamer adoptaba también una cierta
trayectoria filosófica que el debía
ineluctablemente reiterar.
En efecto, la lucha entre el
romanticismo y el iluminismo se ha constituido
en nuestro propio problema, y la oposición entre
dos actitudes filosóficas fundamentales ha
tomado cuerpo: por un lado, la Aufklärung y su
lucha contra los prejuicios, por el otro, el
romanticismo y su nostalgia del pasado.
El problema está en saber si el
conflicto moderno entre la critica de las
ideologías, según la escuela de Frankfurt, y la
hermenéutica, según Gadamer, marca algún
progreso con relación a este debate.
En lo que concierne a Gadamer, su
intención declarada no tiene dudas: se trata de
no recaer en el atolladero romántico. El gran
desarrollo de la 2a. parte de Verdad y
Método, "la conciencia expuesta a los efectos de
la historia" (es así que propongo traducir,
es decir, comentar, la famosa
Wirkungsgeschichtliches Bewusstsein),
contiene el vivo reproche asignado a la
filosofía romántica de sólo haber operado una
reinversión del pro al contra, o, más bien, del
contra al pro, sin haber logrado desplazar la
problemática misma, ni cambiar el terreno del
debate. El prejuicio, en efecto, es una
categoría de la Aufklärung, la categoría
por excelencia, bajo la falsa forma de la
precipitación (juzgar demasiado rápido) y la
prevención (seguir la costumbre, la autoridad).
El prejuicio es de lo que hay que desembarazarse
para comenzar a pensar, para osar pensar según
el famoso adagio sapere aude, para
acceder a la edad adulta, a la Mündigkeit.
Para reecontrar un sentido menos
unívocamente negativo del término prejuicio
(convertido casi en sinónimo de juicio
infundado, de juicio falso), y para restaurar la
ambivalencia que el praeiudicium latino
ha podido tener en la tradición jurídica
anterior al Iluminismo, habría que poder volver
a cuestionar el presupuesto de una filosofía que
opone razón y prejuicio. Pero, estos
presupuestos son los mismos de una filosofía
crítica. En efecto, para una filosofía del
juicio y una filosofía crítica es una filosofía
del juicio el prejuicio es una categoría
dominante negativa. Lo que, en consecuencia,
debe ser puesto en cuestión es el primado del
juicio en el comportamiento del hombre en
relación con el mundo; ahora bien, únicamente
una filosofía que hace de la objetividad, cuyo
modelo está suministrado por las ciencias, la
medida del conocimiento erige al juicio en
Tribunal. Juicio y prejuicio son categorías
dominantes sólo en el tipo de filosofía nacida
de Descartes que hizo de la conciencia metódica
la llave de nuestra relación con el ser y los
seres. En consecuencia, bajo la filosofía del
juicio, bajo la problemática del sujeto y del
objeto, hay que profundizar para alcanzar una
rehabilitación del prejuicio a fin de que no sea
una simple negación del espíritu de las luces.
Así la filosofía romántica
resultaría ser, a la vez, una primera fundación
del problema y un fracaso fundamental. Una
primera fundación, porque ella osa denegar el
"descrédito arrojado sobre el prejuicio por la
Aufklärung" (pág. 256), un fracaso
fundamental, porque ella sólo ha revertido la
respuesta sin revertir la pregunta. El
romanticismo, en efecto, lleva su combate al
terreno definido por el adversario, a saber: el
rol de la tradición y de la autoridad en la
interpretación. Sobre este mismo terreno, sobre
esta misma base de la cuestión, se magnifica al
mythos en lugar de celebrar el logos,
que se aboga por lo Antiguo a expensas de lo
Nuevo, por la Cristiandad histórica contra el
Estado moderno, por la Comunidad fraternal
contra el Socialismo jurídico, por el
Inconsciente genial contra la Conciencia
estéril, por el pasado mítico contra el futuro
de las utopías racionales, por la imaginación
poética contra la fría racionalización. La
hermenéutica romántica liga así su destino a
todo lo que hace figura de Restauración.
Tal es el atolladero en el cual
la hermenéutica de la conciencia histórica no
quiere recaer. Una vez más, la cuestión es saber
si la hermenéutica de Gadamer ha sobrepasado
verdaderamente el punto de partida romántico de
la hermenéutica y si su afirmación de que "el
serhombre encuentra su finitud en el hecho de
que, desde ya, él se encuentra en el seno de las
tradiciones" (p 260), escapa al juego de
inversiones en el que él ve encerrado al
romanticismo filosófico, frente a las
pretensiones de toda filosofía crítica.
Gadamer estima que sólo a partir
de la filosofía de Heidegger la problemática del
prejuicio puede ser renovada, precisamente, en
tanto que problemática. A este respecto, la
etapa propiamente diltheyana del problema no es
de manera alguna decisiva. Por el contrario, a
Dilthey le debemos la ilusión de que hay dos
cientificidades, dos metodologías, dos
epistemologías, la de las ciencias de la
naturaleza y la de las del espíritu. Por esta
razón, a pesar de su deuda con Dilthey, Gadamer
no vacila en escribir: "Dilthey no ha sabido
liberarse de la teoría tradicional del
conocimiento" (261). Su punto de partida, en
efecto, sigue siendo la conciencia de sí, dueña
de sí misma; con él la subjetividad sigue siendo
la última referencia. El reino de la Erlebnis
es el reino de algo primordial que yo soy.
En este sentido, lo fundamental, es el
Innesein, la interioridad, la toma de
conciencia de sí. Es, entonces, contra Dilthey,
tanto como contra la Aufklärung siempre
resurgente, que Gadamer proclama: "He aquí por
qué los prejuicios del individuo, más que sus
juicios, constituyen la realidad histórica
(geschichtliche) de su ser" (261). La
rehabilitación del prejuicio, de la autoridad,
de la tradición, será entonces dirigida contra
el reino de la subjetividad y de la
interioridad, es decir, contra los criterios de
la reflexividad. Esta polémica antireflexiva
contribuirá aún a dar al alegato como se dirá
luego la apariencia de un retorno a una
posición precrítica. Por más provocativo por no
decir provocador que sea este alegato, él tiende
a la reconquista de la dimensión histórica sobre
el momento reflexivo. La historia me precede y
se anticipa a mi reflexión. Yo pertenezco a la
historia antes de pertenecerme. Ahora bien,
Dilthey no pudo comprender esto porque su
revolución sigue siendo epistemológica y porque
su criterio reflexivo prevalece sobre su
conciencia histórica.
Nos podemos preguntar, sin
embargo, si la energía de la crítica contra
Dilthey no tiene la misma significación que el
ataque contra el romanticismo. ¿No es acaso la
fidelidad a Dilthey, más profunda que la critica
dirigida a él, lo que explica que la cuestión de
la historia y de la historicidad, y no la del
texto y la exégesis, la que continúa
suministrando, lo que llamaría, en un sentido
cercano a ciertas expresiones del propio
Gadamer, la experiencia princeps de la
hermenéutica?
Pues bien, es tal vez a este
nivel que hay que interrogar la hermenéutica de
Gadamer, es decir, a un nivel en el cual su
fidelidad a Dílthey es más significativa que su
crítica. Guardamos en reserva esta cuestión para
la segunda parte, y seguimos el movimiento que
pasa de la critica del romanticismo y de la
epistemología diltheyana a la fase propiamente
heideggeriana del problema.
Restituir la dimensión histórica
del hombre exige mucho más que una simple
reforma metodológica; entendámonos: mucho más
que una legitimación simplemente epistemológíca
de la idea de "ciencias del espíritu", frente a
las demandas de las ciencias de la naturaleza.
Sólo una inversión fundamental, que subordine la
teoría del conocimiento a la ontología, hacer
aparecer el verdadero sentido de la
"Vorstruktur des Verstehens" de la
preestructura (o de la estructura de
anticipación) del comprender que condiciona toda
rehabilitación del prejuicio.
Todos tenemos presente en la
memoria el texto de Sein und Zeit sobre
el comprender, texto donde Heidegger, acumulando
las expresiones que exhiben el prefijo "Vor"
(Vorhabe, Vorsicht, Vorgriff), funda el círculo
hermenéutico de las "ciencias del espíritu"
sobre una estructura de antícipación que
pertenece a la posición misma de nuestro ser en
el ser. Gadamer lo dice bien: "La agudeza del
pensamiento hermenéutico de Heidegger no es
tanto probar que hay allí un círculo, cuanto
probar que este círculo tiene un sentido
ontológico positivo" (251). Pero es notable que
Gadamer no remite solamente al parágrafo 31, que
pertenece aún a la Analítica Fundamental del
Dasein (que es el título de la primera
sección), sino al parágrafo 63, que desplaza
decididamente la problemática de la
interpretación hacia la cuestión de la
temporalidad como tal; no se trata solamente del
Da del serahí sino de su poderserintegral
(Ganzseinkönnen), que se atestigua en los
tres éxtasis temporales de la “preocupación”
(souci). Gadamer tiene toda la razón de
preguntar: "Se podría interrogar sobre las
consecuencias que trae para la hermenéutica de
las ciencias del espíritu el hecho de que
Heidegger deriva fundamentalmente la estructura
circular del comprender de la temporalidad del
Dasein" (ibid). Pero Heidegger mismo no se ha
planteado estas cuestiones, que tal vez nos
remitirían de modo inesperado al tema critico,
que se habría querido expurgar con la
preocupación puramente epistemológica o
metodológica. Si se sigue el movimiento de
radicalización (que lleva no solamente de
Dilthey a Heidegger, sino, en el interior mismo
de Ser y Tiempo, del parágrafo 31 al
parágrafo 63, es decir, de la analítica
preparatoria a la cuestión de la totalidad)
aparece que la experiencia privilegiada sí aún
se puede hablar así no es más la historia de los
historiadores, sino la historia misma de la
cuestión del sentido del ser en la metafísica
occidental. Aparece, entonces, que la situación
hermenéutica en la cual la interrogación se
despliega, está marcada por aquello que la
estructura de anticipación, a partir de la cual
interrogamos al ser, ha suministrado por la
historia de la metafísica. Es ella quien ocupa
el lugar del prejuicio.
Nosotros tendremos que
preguntarnos más adelante si el punto de vista
crítico que Heidegger instaura, con respecto a
esta tradición, no contiene ya en germen una
cierta rehabilitación, no ya del prejuicio, sino
de la crítica de los prejuicios. Es allí donde
Heidegger impone al problema del prejuicio el
desplazamiento fundamental. El prejuicio
Vormeinung forma parte de la estructura de
anticipación (léase Sein und Zeit, pág.
150, tr. franc., pág. 187). El ejemplo de la
exégesis del texto es aquí más que un caso
particular: es un revelador, en el sentido
fotográfico del término. Heidegger puede muy
bien llamar "modo derivado" a la interpretación
filológica (152, fr.189); ella, sin embargo,
sigue siendo la piedra de toque. Allí puede ser
percibida la necesidad de remontar desde el
circulo vicioso en el cual gira la
interpretación filológica, en tanto que ella se
comprende a partir de un modelo de cientificidad
comparable al de las ciencias exactas, al
círculo no vicioso de la estructura de
anticipación del ser mismo que nosotros somos.
Pero Heidegger no está interesado
en el movimiento de retorno que va de la
estructura de antícipación que nos constituye al
círculo hermenéutico en sus aspectos propiamente
metodológicos. Es una pena, porque en este
trayecto de retorno la hermenéutica se expone a
encontrar la crítica y más particularmente la
crítica de las ideologías.
Por esto nuestro propio
cuestionamiento de Heidegger y Gadamer partirá
de las dificultades planteadas en este trayecto
de retorno sobre el cual sólo se legítima la
idea de que la interpretación filológica es un
"modo derivado del comprender fundamental".
Mientras no se haya intentado proceder a esta
derivación, no se habrá mostrado aún que la
preestructura misma es fundamental. Porque nada
es fundamental, sino en la medida en que alguna
otra cosa ha sido derivada.
Sobre este triple fondo
romántico, diltheyano, heideggeriano hay que
volver a colocar la contribución propia de
Gadamer a la problemática. Con respecto a
esto, su texto es como un palimpsesto en el que
se puede distinguir siempre, como en espesor y
en transparencia, un estrato romántico, un
estrato diltheyano y un estrato heideggeriano, y
en el que se puede, en consecuencia, leer cada
uno de esos tres niveles. A su vez, cada uno de
estos niveles se refleja en lo que Gadamer dice
ahora en su propio nombre. Como sus adversarios
bien lo vieron, el aporte propio de Gadamer
concierne, en primer lugar, al lazo que él
instituye, a un nivel en cierto modo
fenomenológico, entre prejuicio, tradición
y autoridad; luego, la interpretación
ontológica de esta secuencia a partir del
concepto de Wirkungsgeschichtliches
Bewusstsein, que yo traduzco por "conciencia
expuesta a los efectos de la historia" o
"conciencia de la eficacia histórica" (Fataud
dice "conciencia insertada en el devenir
histórico"); finalmente, la consecuencia
epistemológica, que él llama, en los Pequeños
Escritos, la consecuencia metacritica, a
saber: que una crítica exhaustiva de los
prejuicios es decir, de las ideologías es
imposible, en ausencia de un punto cero desde
donde podría ser hecha.
Retomemos cada uno de estos tres
puntos: la fenomenología del prejuicio, de la
tradición y de la autoridad; la ontología de la
conciencia, expuesta a los efectos de la
historia, la crítica de la crítica.
Con un atisbo de provocación
Gadamer se aboca a rehabilitar conjuntamente el
prejuicio, la tradición y la autoridad. El
análisis es "fenomenológico" en el sentido de
que intenta extraer una esencia de estos tres
fenómenos que la apreciación peyorativa de la
Aufklärung habría oscurecido.
El prejuicio, para comenzar por
él, no es el polo adverso de una razón sin
supuestos, es un componente del comprender,
ligado al carácter históricamente finito del ser
humano. Es falso que no haya más que prejuicios
no fundados; existen, en sentido jurídico,
prejuicios que pueden estar o no fundados
ulteriormente y aun "prejuicios legítimos". En
relación con esto, si los prejuicios por
precipitación son los más difíciles de
rehabilitar, los prejuicios por prevención
tienen una significación profunda que desaparece
en un análisis conducido a partir de una
posición puramente crítica. El prejuicio contra
el prejuicio procede en efecto de un prejuicio
muy profundamente arraigado contra la autoridad,
que se identifica demasiado rápidamente con la
dominación y la violencia. El concepto de
autoridad nos introduce en el corazón del debate
con la crítica de la ideología. No nos olvidemos
que este concepto también está en el centro de
la sociología política de Max Weber: "El Estado
es por excelencia la institución que reposa
sobre la creencia en la legitimidad de su
autoridad y de su legítimo derecho a usar de la
violencia en última instancia". Ahora bien, para
Gadamer el análisis sufre una deformación a
partir de la época de la Aufklärung,
debido a la confusión entre dominación,
autoridad y violencia. Aquí se impone el
análisis de su esencia. Para la Aufklärung
la autoridad tiene necesariamente por
contrapartida la obediencia ciega: "Pues bien,
la autoridad, en su esencia, no implica nada de
esto. Ciertamente, la autoridad atañe en primer
lugar a personas. Pero la autoridad de las
personas no se funda en un acto de sumisión y
abdicación de la razón, sino en un acto de
aceptación y reconocimiento, por el que
conocemos y reconocemos que el otro nos es
superior en juicio y apercepción, que su juicio
nos precede, que tiene prioridad sobre el
nuestro. Por eso mismo, en realidad, la
autoridad no se concede, sino que se adquiere;
ella debe necesariamente ser adquirida por quien
pretenda tenerla. Descansa sobre la
consideración, en consecuencia, sobre un acto de
la misma razón, que, consciente de sus límites,
otorga a otros una mayor apercepción.
Comprendida así, en su verdadero sentido, la
autoridad no tiene nada que ver con la
obediencia ciega a una orden dada. La autoridad
no tiene relación inmediata con la obediencia,
sino que reposa sobre el reconocimiento".
(Wahrheit und Methode. pág. 264).
El concepto clave es entonces el
de reconocimiento (Anerkennung) que
sustituye al de obediencia. Pues bien, este
concepto, señalémoslo de paso, implica un cierto
momento crítico: "El reconocimiento de la
autoridad, diremos más adelante, está siempre
ligado a la idea de que eso que dice la
autoridad no es arbitrario ni irracional, sino
que puede ser admitido en principio. En esto
consiste la esencia de la autoridad que
reivindican el educador, el superior, el
especialista" (ibid). En favor de este momento
crítico, no es imposible articular una sobre
otra, esta fenomenología de la autoridad y la
critica de la ideología.
Pero no es este el aspecto de las
cosas que está finalmente subrayado por Gadamer.
A despecho de su crítica anterior, Gadamer
vuelve a un tema del romanticismo alemán,
enlazando autoridad y tradición. Lo que tiene
autoridad es la tradición. Cuando llega a esta
ecuación, Gadamer habla como romántico: "Hay una
forma de autoridad que el romanticismo ha
defendido con un particular ardor, la tradición.
Todo aquello que ha sido consagrado por la
tradición transmitida y por la costumbre posee
una autoridad devenida anónima, y nuestro ser
históricamente finito está determinado por esta
autoridad de las cosas recibidas que ejerce una
influencia poderosa (Gewalt) sobre
nuestra manera de obrar y sobre nuestro
comportamiento, y no solamente aquella que se
justifica por razones. Toda educación descansa
sobre eso… [Costumbres y tradiciones] son
recibidas con toda libertad, pero de ninguna
manera creadas con toda libertad de
discernimiento o fundadas en su validez.
Precisamente es esto a lo que llamamos
tradición: al fundamento de su validez. Y
debemos efectivamente al romanticismo esta
rectificación de la Aufklärung,
restableciendo el derecho que conserva la
tradición aun fuera de fundamentos racionales,
así como su papel determinante para nuestras
disposiciones y nuestro comportamiento. En la
perspectiva del carácter indispensable de la
tradición, la ética antigua funda el paso de la
ética a la política, que es el arte de bien
legislar, se puede decir que eso es lo que hace
la superioridad de la ética de los antiguos
sobre la filosofía moral de los modernos. En
comparación, la Aufklärung moderna es
abstracta y revolucionaria" (pág. 265) (Se ha
observado cómo la palabra Gewalt se ha
deslizado en el texto, en la huella de
Autorität, así como la de Herrschaft
en la expresión Herrschaft von Tradition
(ibid).
Ciertamente, Gadamer cree no
haber caído en el atolladero del debate sin
salida entre romanticismo e iluminismo. Hay que
agradecerle haber intentado aproximar, en lugar
de oponer, autoridad y razón. La autoridad
obtiene su sentido verdadero de su contribución
a la madurez de un juicio libre: "recibir la
autoridad" es entonces también hacerla pasar por
la criba de la duda y la crítica. Más
fundamentalmente, el lazo entre autoridad y
razón estriba en que "la tradición no cesa de
ser un factor de la libertad y de la historia
misma" (pág. 265). Esto no se percibe si se
confunde la “preservación" (Bewahrung) de
una herencia cultural con la simple preservación
de una realidad natural. Una tradición exige ser
aprehendida, asumida, mantenida; en esto ella es
un acto de razón: "La preservación no resulta de
un comportamiento menos libre que la
transformación y la innovación" (266).
Se puede observar en todo caso
que Gadamer emplea el término Vernunft,
razón, y no Verstand, entendimiento. Es
posible un diálogo sobre esta base con Habermas
y K.O. Apel, preocupados también de defender un
concepto de razón distinto del de entendimiento
planificador, que ellos ven sometido al proyecto
puramente tecnológico. No está excluido que la
distinción grata a la escuela de Frankfurt entre
acción comunicativa, obra de la razón, y acción
instrumental, obra del entendimiento
tecnológico, sólo se sostiene con el recurso a
la tradición al menos a la tradición cultural
viviente, en oposición a la tradición politizada
e institucionalizada. Igualmente la distinción
que hace Eric Weil entre lo racional de la
tecnología y lo razonable de la política estaría
aquí también bien ubicada; en Eric Weil, como en
los otros, eso razonable no se produce sin un
diálogo entre el espíritu de innovación y el
espíritu de tradición.
La interpretación propiamente
"ontológica" de la secuencia
prejuicioautoridadtradición cristaliza de alguna
manera en la categoría de Wirkungsgeschichte
o Wirkungsgeschichtliches Bewusstsein
(literalmente, conciencia de la historia de los
efectos) que marca la cúspide de la reflexión de
Gadamer sobre la fundación de las ciencias del
espíritu.
Esta categoría ya no depende más
de la metodología, de la Forschung
histórica, sino de la conciencia reflexiva de
esta metodología. Es una categoría de la toma de
conciencia de la historia. Se verá más adelante
que algunos conceptos de Habermas, tales como la
idea reguladora de comunicación ilimitada, se
sitúan a la misma altura que la comprensión de
sí de las ciencias sociales.
Importa, en consecuencia,
analizar con la mayor lucidez este concepto de
conciencia de la historia de los efectos. A
grandes rasgos se puede decir que es la
conciencia de estar expuesto a la historia y a
su acción, de una manera tal que no se puede
objetivar esta acción sobre nosotros, porque
esta eficacia forma parte de su sentido en tanto
que fenómeno histórico. Leemos en los Kleine
Schriften: "Por esto quiero decir ante todo
que no nos podemos sustraer al devenir
histórico, ponernos a distancia de él para que
el pasado sea para nosotros un objeto.
Nosotros estamos siempre situados en la
historia. Quiero decir que nuestra conciencia
está determinada por un devenir histórico real,
de tal modo, que' no tiene la libertad de
situarse frente al pasado. Quiero decir, por
otra parte, que se trata de tomar siempre
conciencia de la acción que así se ejerce sobre
nosotros, de tal manera que todo pasado del que
acabamos de tener experiencia nos obliga a
hacernos cargo de él totalmente, de asumir de
alguna manera su verdad".
Pero se puede analizar este hecho
masivo y global de pertenencia y de dependencia
de la conciencia con respecto a eso mismo que la
afecta, antes de nacer a sí misma como
conciencia. Esta acción propiamente deferente,
incorporada a la toma de conciencia, se deja
articular al nivel del pensamiento
lingüísticofilosófico de la siguiente manera.
Cuatro temas me parecen concurrir
a esta categoría de conciencia de la historia de
la eficacia.
De entrada este concepto tiene
que ser puesto en relación y en tensión con el
de distancia histórica que Gadamer ha
elaborado en el parágrafo que precede al que
leemos, y del que la Forschung constituye
una condición metodológica. La distancia es un
hecho; la puesta a distancia, un comportamiento
metodológico. La historia de los efectos o de la
eficacia es precisamente la que se ejerce bajo
la condición de la distancia histórica. Es la
proximidad de lo lejano. De allí la ilusión,
contra la cual lucha Gadamer, que la "distancia"
ponga fin a nuestro choque con el pasado y que
por lo mismo suscite una situación comparable a
la objetividad de las ciencias de la naturaleza,
en la misma medida en que, con la familiaridad
perdida, rompamos también con lo arbitrario.
Contra esta ilusión importa restaurar la
paradoja de la "alteridad" del pasado. La
historia eficiente es la eficacia en la
distancia.
Segundo tema incorporado a esta
idea de la eficacia histórica: no hay un
sobrevuelo que permita dominar con la mirada
el conjunto de estos efectos; entre finitud y
saber absoluto, es necesario elegir; el concepto
de historia eficiente es un concepto dentro de
una ontología de la finitud. Juega el mismo rol
que el de "proyecto arrojado" y el de
"situación" en la ontología heideggeriana. El
ser histórico es aquél que no entra jamás en el
saber de sí. Si hay un concepto hegeliano
correspondiente, no sería el de Wissen,
de saber, sino el de Substanz, que Hegel
emplea todas las veces que hay que decir ese
fondo no dominable que viene al discurso por la
dialéctica; pero entonces, para hacerle
justicia, hay que remontar el curso de la
Fenomenología del Espíritu y no descenderlo
hacia el saber absoluto.
El tercer tema corrige algo lo
precedente: sí no hay sobrevuelo, tampoco existe
situación alguna que nos limite absolutamente.
Allí donde hay situación hay horizonte,
como eso que puede estrecharse o ensancharse.
Como lo atestigua el círculo visual de nuestra
existencia, el paisaje se jerarquiza entre lo
próximo, lo lejano y lo abierto. Pasa lo mismo
en la comprensión histórica: se ha creído estar
en paz con este concepto de horizonte,
identificándolo con la regla del método de
transportarse al punto de vista del otro; el
horizonte es, entonces, el horizonte del otro;
se cree así haber alineado la historia sobre la
objetividad de las ciencias. Adoptar el punto de
vista del otro con el olvido del propio punto de
vista, ¿no es acaso la objetividad?. Sin
embargo, nada es más ruinoso que esta
asimilación falaz, porque el texto así tratado
como objeto absoluto es desposeído de su
pretensión de decirnos algo sobre la cosa.
Ahora bien, esta pretensión sólo
se sostiene por la idea de un acuerdo previo
sobre la cosa misma. Nada arruina más el sentido
mismo de la empresa histórica que esta puesta a
distancia objetiva que suspende a la vez la
tensión de los puntos de vista y la pretensión
de la tradición de transmitir una palabra
verdadera sobre eso que es.
Si se restablece la dialéctica de
los puntos de vista y la tensión entre lo otro y
lo propio, se llega al concepto más elevado
nuestro cuarto tema, esto es, al de fusión de
horizontes. Este es un concepto dialéctico
que procede de un doble rechazo: el del
objetivismo, según el cual la objetivación del
otro se hace con el olvido de lo propio, y el
del saber absoluto, según el cual la historia
universal es susceptible de articularse en un
único horizonte. Nosotros no existimos ni en
horizontes cerrados, ni en un horizonte único.
No hay horizonte cerrado, puesto que nos podemos
transportar a otro punto de vista y a otra
cultura. Seria una robinsonada pretender que el
otro es inaccesible. Tampoco hay horizonte
único, puesto que la tensión de lo otro y lo
propio es insuperable. Gadamer parece admitir
por un momento la idea de un único horizonte
englobante de todos los puntos de vista como en
la monadología de Leibniz (W. und M. pág. 288).
Pareciera que es para luchar contra el
pluralismo radical de Nietzsche que Gadamer
remite a la incomunicabilidad y arruina
la idea "de entenderse en la
cosa", esencial para la filosofía misma del
logos. Esto es por lo que la posición de
Gadamer tiene más afinidad con Hegel, en la
medida en que la comprensión histórica requiere
"un entendimiento sobre la cosa", es decir, un
único logos de la comunicación; pero su
posición es solamente tangencial a la de Hegel,
porque su ontología heideggeríana de la finitud
le impide hacer de este único horizonte un
saber. La palabra misma horizonte marca un
último rechazo a la idea de un saber, en el que
sería recogida la fusión de horizontes. El
contraste en virtud del cual un punto de vista
se destaca sobre el fondo de los otros
(Abhebung), marca la distancia entre la
hermenéutica y todo tipo de hegelianismo.
La teoría del prejuicio recibe su
característica más propia de este concepto
insuperable de fusión de horizontes: el
prejuicio es el horizonte del presente, es la
finitud de lo próximo en su apertura a lo
lejano. De esta relación a lo propio y a lo
otro, el concepto de prejuicio recibe su último
toque dialéctico: en la medida en que yo me
transporto a lo otro yo me aporto a mí mismo con
mí horizonte presente, con mis prejuicios.
Solamente en esta tensión entre lo otro y lo
propio, entre el texto del pasado y el punto de
vista del lector es que el prejuicio deviene
operante constitutivo de historicidad.
Las implicaciones epistemológicas
de este concepto ontológíco de eficiencia
histórica son fáciles de discernir. Conciernen
al estatuto mismo de la investigación en las
"ciencias del espíritu". Es allí adonde Gadamer
quería llegar. La Forschung, la
Inquiry, la investigación científica, no
escapa a la conciencia histórica de aquellos que
viven y hacen la historia. El saber histórico no
puede liberarse de la condición histórica. Por
esto es que el proyecte de una ciencia libre de
prejuicios es imposible. A partir de una
tradición que la interprete, la historia plantea
al pasado cuestiones significativas, prosigue
una investigación significativa, alcanza
resultados significativos. La insistencia sobre
la palabra Bedeutung no deja ninguna
duda: la historia como ciencia recibe sus
significaciones, tanto al comienzo como al fin
de la investigación, del lazo que ella guarda
con una tradición recibida y reconocida. Entre
la acción de la tradición y la investigación
histórica se anuda un pacto que ninguna
conciencia crítica podría romper so pena de
convertir a la investigación misma en algo sin
sentido. La historia de los historiadores
(Historie) no puede, pues, más que llevar a
un grado más elevado de conciencia la vida misma
en la historia (Geschichte). "La misma
investigación histórica moderna no es sólo
investigación, búsqueda, sino transmisión de
tradiciones". (W. und M., pág. 268). El nexo del
hombre con el pasado precede y envuelve el trato
puramente objetivo de los hechos del pasado.
Será una cuestión saber si el ideal de una
comunicación sin limites y sin apremios, que
Habermas opone al concepto de tradición, escapa
al argumento de Gadamer, según el cual la idea
de conocimiento acabado de la historia es
impensable y, por eso mismo, el de un objeto en
sí de la historia.
Sea cual fuere eel alcance de
este argumento contra una crítica de las
ideologías erigida en instancia suprema, la
hermenéutica pretende finalmente erigirse en
critica de la crítica o metacrítica.
¿Por qué metacrítica? Lo que está
en juego bajo este término, es lo que Gadamer
llama en los "Kleine Schriften I" la
"universalidad del problema hermenéutico" Veo
tres significaciones a esta noción de
universalidad. En primer lugar, la pretensión de
que la hermenéutica tenga la misma amplitud que
la ciencia. La universalidad es inicialmente, en
efecto, una reivindicación levantada por la
ciencia; concierne a nuestro saber y a nuestro
poder. La hermenéutica pretende cubrir el mismo
dominio que la investigación científica,
fundándola en una experiencia del mundo que
precede y envuelve al saber y al poder de la
ciencia. Esta reivindicación de universalidad se
eleva, entonces, sobre el mismo terreno que la
crítica, la cual también se dirige a las
condiciones de posibilidad del conocimiento, del
saber y del poder efectuados por la ciencia.
Esta primera universalidad procede, pues, de la
tarea misma de la hermenéutica "de restablecer
los lazos que unen el mundo de los objetos que
se han vuelto disponibles y sometidos a nuestra
arbitrariedad mediante lo que llamamos el mundo
de la técnica con las leyes fundamentales de
nuestro ser, sustraída a nuestra arbitrariedad y
que no nos corresponde hacer, sino honrar. ("La
universalidad del problema hermenéutico,
Kleine Schriften I pág. 101). Sustraer a
nuestra arbitrariedad eso que la ciencia somete
a nuestra arbitrariedad, he aquí la primera
tarea metacrítica.
Pero se podría decir que esta
universalidad está aún viviendo de prestado. La
hermenéutica, según Gadamer, tiene una
universalidad propia que sé alcanza
paradójicamente sólo a partir de algunas
experiencias privilegiadas con vocación
universal. En efecto, so pena de devenir una
Methodik, la hermenéutica no puede elevar su
pretensión a la universalidad sino a partir de
dominios muy concretos, es decir, a partir de
hermenéuticas regionales a las que siempre hay
que desregionalizar. En este esfuerzo de
desregionalización ella encuentra tal vez una
resistencia que afecta a la naturaleza misma de
las experienciastestigos de las cuales ella se
desprende. En efecto, estas experiencias son por
excelencia experiencias de alienación
(Verfremdung), ya se den, como se ha dicho,
en la conciencia estética, en la conciencia
histórica o en la conciencia lingüística. Esta
lucha contra la distanciación metodológica hace
a su vez de la hermenéutica una crítica de la
crítica; hay que remontar siempre la roca de
Sísifo, restaurar el suelo ontológico que la
metodología ha erosionado. Pero, por lo mismo,
la crítica de la crítica conduce a asumir una
tesis que parecerá muy sospechosa a los ojos de
la "crítica": que ya existe un "consensus" que
funda la posibilidad de la relación estética, de
la relación histórica y de la relación
lingüística. A Schleiermacher que definía la
hermenéutica como el arte de evitar el
malentendido (Missverständnis) Gadamer le
responde: ¿Acaso todo malentendido no está en
verdad precedido por algo como un "acuerdo" que
lo sostiene?.
Esta idea de un tragendes
Einverständnis es absolutamente fundamental;
la afirmación que un acuerdo previo soporta al
malentendido mismo, es el tema metacrítico por
excelencia. El nos conduce al mismo tiempo al
tercer concepto de universalidad en Gadamer.
El elemento universal que permite
desregionalizar la hermenéutica es el lenguaje
mismo. El acuerdo que nos lleva es el
entendimiento en el diálogo; no forzosamente el
enfrentamiento sosegado, sino la relación
preguntarespuesta en su radicalidad: "Esto es
propiamente el fenómeno hermenéutico primitivo,
a saber, que no hay aserción posible que no
pueda ser comprendida como respuesta a una
pregunta, y que esa es la manera como ella puede
ser comprendida" (ibid, pág. 107). Esto es por
lo que toda hermenéutica culmina en el concepto
de Sprachlichkeit o "dimensión de
lenguaje" (langagiére), quedando bien
entendido que por lenguaje hay que entender aquí
no el sistema de las lenguas, sino la
recolección de cosas dichas, el compendio de los
mensajes más significativos, vehiculados no sólo
por el lenguaje ordinario, sino por todos los
lenguajes eminentes que nos han hecho eso que
somos.
Nos acercaremos a la crítica de
Habermas preguntando: Si "el diálogo que
somos" es propiamente el elemento universal
que permite desregionalizar la hermenéutica, o
bien, si él no constituye una experiencia muy
particular, que envuelve tanto la posibilidad de
cegarse a la verdadera situación de hecho de la
comunicación humana como la de mantener la
esperanza en una comunicación sin trabas y sin
límites.
2. La Crítica de las
Ideologías: Habermas
Quisiera presentar ahora al
segundo protagonista de este debate, reducido a
un simple duelo. A fin de esclarecer la
discusión colocaré en cuatro puntos sucesivos su
crítica de las ideologías en cuanto
alternativa a una
hermenéutica de las tradiciones.
1) Allí donde Gadamer pide
prestado al romanticismo filosófico su concepto
de prejuicio, reinterpretado por medio de
la noción heideggeriana de la precomprensión,
Habermas desarrolla un concepto de interés,
proveniente del marxismo, reinterpretado por
Lukács y la escuela de Frankfurt (Horkheimer,
Adorno, Marcuse, K.O. Apel, etc.).
2) Allí donde Gadamer se apoya en
las ciencias del espíritu, comprendidas
como reinterpretación de la tradición cultural
en el presente histórico, Habermas recurre a las
ciencias sociales críticas, directamente
dirigidas contra las reificaciones
institucionales.
3) Allí donde Gadamer introduce
el malentendido, como obstáculo interno a
la comprensión, Habermas desarrolla una teoría
de las ideologías, en el sentido de una
distorsión sistemática de la comunicación por
los efectos disimulados de la violencia.
4) Finalmente, allí donde Gadamer
funda la tarea hermenéutica sobre una ontología
del "diálogo que nosotros somos", Habermas
invoca el ideal regulador de una
comunicación sin límites ni coacción que, lejos
de precedernos, nos dirige a partir del futuro.
Presento a modo de intento, de
manera muy esquemática, la alternativa a los
fines de clarificación. El debate resultaría sin
interés si estas dos posiciones en apariencia
antitéticas no comportasen una zona de
coincidencia que debería, según pienso,
convertirse en un punto de partida para una
nueva fase de la hermenéutica que delinearé en
la segunda parte. Pero, retomemos cada una de
las líneas del desacuerdo.
1. El concepto de interés,
por el cual comienzo y que opongo polarmente
al de prejuicio y al de precomprensión, nos
lleva a decir algunas palabras acerca de las
relaciones de Habermas con el marxismo, que son
comparables a las de Gadamer con el romanticismo
filosófico.
Este marxismo tan particular de
Habermas no tiene, por así decirlo, nada en
común con el de Althusser y, por lo mismo,
conducirá a una teoría muy diferente de las
ideologías.
En Conocimiento e Interés,
publicado en 1968, el marxismo es reubicado en
el interior de una arqueología del saber, que, a
diferencia de la de Foucault, no apunta a
destacar estructuras discontinuas que ningún
sujeto constituye ni maneja, sino que, por el
contrario, apunta a redelinear la historia
continua de una misma problemática, la de la
reflexión, deteriorada en un objetivismo y
un positivismo crecientes. Este libro quiere ser
la reconstrucción de la "prehistoria del
positivismo moderno" y, por este motivo, la
historia de la disolución de la función crítica
con un fin que
podríamos llamar apologético: el
de recobrar la experiencia perdida de la
reflexión" (Prefacio). El marxismo,
reubicado en la historia de las conquistas y
olvidos de la reflexión, sólo puede aparecer
como un fenómeno muy ambiguo: por un lado
pertenece a la historia de la reflexión crítica,
situándose en el extremo de una línea que parte
de Kant y pasa por Fichte y Hegel. No tengo
tiempo de mostrar cómo Habermas ve esta serie de
radicalizaciones de la tarea de la reflexión a
través de las etapas del sujeto kantiano, de la
conciencia fenomenológica hegeliana, del sujeto
productor fichteano, para desembocar en la
síntesis del hombre y la naturaleza en la
actividad productiva. Esta simple manera de
colocar la filiación del marxismo a partir de la
cuestión crítica es en sí misma muy reveladora;
concebir el marxismo como una solución nueva
aportada al problema de las condiciones de
posibilidad de la objetividad y del objeto,
decir que “en el materialismo el trabajo tiene
la función de síntesis”, es elegir para
el marxismo una lectura propiamente "crítica",
en el sentido kantiano y postkantiano del
término; esto es por lo que, según Habermas, en
Marx la crítica de la economía política toma el
lugar de la lógica en el idealismo. Reubicado
así en la historia de la función crítica de la
reflexión, el marxismo sólo puede aparecer a la
vez como la posición más avanzada de la
metacrítica, en la medida en que el hombre
productor toma el lugar del sujeto trascendental
y del espíritu hegeliano, y como una etapa en la
historia del olvido de la reflexión y en la
avanzada de los positivismos y los objetivismos.
La apología del hombre productor conduce a
hipostasiar, a expensas de otras, una categoría
de la acción: la acción instrumental.
Para comprender esta crítica, que
se pretende interna al marxismo, es necesario
introducir el concepto de interés. Seguiré aquí
el ensayo de 1965, puesto como apéndice a
Conocimiento e Interés, antes de retomar
esta obra.
El concepto de interés se opone a
toda pretensión del sujeto teórico de situarse
más allá de la esfera del deseo, pretensión que
Habermas ve en la obra de Platón, Kant, Hegel y
Husserl. Precisamente la tarea de la filosofía
crítica es desenmascarar los intereses
subyacentes a la empresa del conocimiento. Este
concepto, por diferente que sea del concepto de
prejuicio y de tradición en Gadamer, tiene un
cierto aire de familia que tendrá que ser
aclarado más adelante. Digamos, por el momento,
que permite introducir por primera vez el
concepto de ideología, en el sentido de un
conocimiento pretendidamente desinteresado, que
sirve para disimular un interés bajo la forma de
una racionalización, en un sentido muy cercano
al de Freud.
Es importante, para apreciar la
crítica de Habermas a Marx, comprender que hay
intereses o, más exactamente, una pluralidad
de esferas de interés. Habermas distingue
tres intereses de base, donde cada uno regula
una esfera de Forschung, de
investigación, y, en consecuencia, a un grupo de
ciencias.
En primer lugar está el
interés técnico o, más aún, instrumental,
que regula las "ciencias empíricoanalíticas";
las regula en el sentido de que la significación
de los posibles enunciados de carácter empírico
reside en su explotabilidad técnica: los hechos
pertenecientes a las ciencias empíricas están
constituidos por una organización "a priori" de
nuestra experiencia en el sistema behaviorista
de la acción instrumental. La tesis próxima al
pragmatismo de Dewey y Pierce será decisiva en
su momento para comprender el juego de lo que
Habermas, después de Marcuse, entiende por la
ideología moderna, a saber: la ciencia y la
técnica mismas. La posibilidad más cercana a la
ideología resulta de esta correlación entre el
conocimiento empírico y el interés técnico, que
Habermas define más exactamente como "interés
cognitivo en el control técnico aplicado a los
procesos objetivados".
Hay una segunda esfera de
interés, que no es más técnico, sino práctico,
en el sentido kantiano del término. En otros
escritos, Habermas opone acción comunicativa
a acción instrumental; la esfera
práctica es la esfera de la comunicación
interhumana. Le corresponde el dominio de "las
ciencias históricohermenéuticas"; la
significación de las proposiciones producidas en
este dominio no procede de la previsión posible
y de la explotabilidad técnica, sino de la
comprensión del sentido; esta comprensión se
hace por el canal de la interpretación de
mensajes intercambiados en el lenguaje
ordinario, por medio de la interpretación de los
textos transmitidos por la tradición y, en fin,
gracias a la interiorización de las normas que
institucionalizan los roles sociales. Aquí
evidentemente nos encontramos más próximos a
Gadamer y más lejos de Marx, más cerca de
Gadamer, porque, a este nivel de la acción
comunicativa, la comprensión está sometida a las
condiciones de la precomprensión del intérprete,
y esta precomprensión se hace sobre el fondo de
significaciones tradicionales incorporadas a la
aprehensión de todo fenómeno nuevo. El acento
práctico puesto por Habermas sobre las ciencias
hermenéuticas no es totalmente extraño a
Gadamer, en la medida en que éste liga la
interpretación de lo antiguo y del allá a la
"aplicación" (Anwendung) aquí, hoy.
Cuanto más cerca estamos de Gadamer, más nos
alejamos de Marx. En efecto, es de la distinción
entre estos dos niveles de interés interés
tecnológico e interéspráctico, entre estos dos
niveles de acción acción instrumental y acción
comunicativa, entre estos dos niveles de ciencia
ciencia empíricoanalítica y ciencia
históricohermenéutica, que procede la crítica
interna del marxismo (retomo aquí
Conocimiento e Interés donde lo había dejado
en su momento).
La crítica se pretende interna en
el sentido de que Habermas discierne en Marx
mismo el esbozo de su propia distinción entre
dos tipos de interés, de acción y de ciencia; él
la ve en la famosa distinción entre "fuerzas
productivas" y "relaciones de producción",
designando estas últimas las formas
institucionales en las que se ejerce la
actividad productiva. El marxismo, en efecto,
descansa sobre la discordancia entre fuerza y
forma; la actividad de producción no debería
engendrar más que una única humanidad
autoproductiva, una única "esencia genérica" del
hombre; de las "relaciones de producción"
procede el desgarro del sujeto productor en
clases antagónicas: Habermas ve allí el esbozo
de su propia distinción, en el sentido de que
los fenómenos de dominación y violencia, la
disimulación de estas relaciones de fuerza en
las ideologías y la empresa política de la
liberación acontecen en la esfera de las
relaciones de producción y no en la de las
fuerzas de producción. En consecuencia,
hay que tomar conciencia de la distinción de las
dos esferas, de la acción instrumental y de la
acción comunicativa, para dar cuenta de los
mismos fenómenos que Marx analizó: antagonismo,
dominación, disimulación, liberación. Pero es
precisamente lo que el marxismo no puede hacer.
Colocando fuerzas y relaciones bajo el mismo
concepto de producción, él se impide desdoblar
realmente los intereses y, en consecuencia,
también los niveles de la acción y las esferas
de ciencia. En esto él pertenece explícitamente
a la historia del positivismo, a la historia del
olvido de la reflexión, sin dejar de pertenecer
implícitamente a la historia de la toma de
conciencia de las reificaciones que afectan la
comunicación.
2.
Pero nosotros no hemos hablado
aún del tercer tipo de interés que Habermas
llama el interés por la emancipación. A
éste se refiere un tercer tipo de ciencias:
las ciencias sociales
críticas.
Aquí tocamos la más importante
fuente de discordancia con Gadamer; mientras que
éste toma por referencia inicial las "ciencias
del espíritu", Habermas invoca las "ciencias
sociales críticas". Esta elección inicial está
cargada de consecuencias. Las "ciencias del
espíritu" están cercanas a eso que Gadamer llama
las humaniora, las humanidades; éstas son
esencialmente las ciencias de la cultura, de la
reposición de las herencias culturales en el
presente histórico; son, en consecuencia, por
naturaleza, ciencias de la tradición,
ciertamente de la tradición reinterpretada,
reinventada por su implicación aquí y hoy, pero
de la tradición continuada. Es a estas ciencias
que la hermenéutica de Gadamer liga inicialmente
su destino. Ellas pueden comportar un momento
crítico, pero inclinan por naturaleza a luchar
contra la distanciación alienante de la
conciencia estética, histórica y lingüística.
Por eso mismo ellas impiden introducir la
instancia crítica más allá del reconocimiento de
la autoridad, de la misma tradición
reinterpretada; la instancia crítica sólo puede
desenvolverse como un momento subordinado a la
conciencia de finitud y de dependencia con
respecto a las figuras de la precomprensión que
siempre precede y envuelve a la instancia
crítica.
En las ciencias sociales críticas
todo sucede de otro modo. Ellas son críticas por
constitución; eso las distingue no sólo de las
ciencias empiricoanalíticas del funcionamiento
social, sino de las ciencias
históricohermenéuticas descritas más arriba y
puestas bajo el signo del interés práctico; las
ciencias sociales críticas se asignan por tarea
discernir, bajo las regularidades observables de
las ciencias sociales empíricas, formas de
relaciones de dependencia "ideológicamente
congeladas", reificaciones que sólo pueden ser
transformadas críticamente. Es, entonces, el
interés por la emancipación el que regula la
aproximación crítica; este interés Habermas lo
llama también autoreflexión; él
suministra el cuadro de referencia para las
proposiciones críticas: La autoreflexión, dice
en el ensayo de 1965, libera al sujeto de las
dependencias de las potencias hipostasiadas.
Como se ve, este interés es el mismo que animaba
a las filosofías del pasado; es común a la
filosofía y a las ciencias sociales criticas; es
el interés por la Selbständigkeit, por la
autonomía, por la independencia, pero la
ontología lo disimulaba en una realidad ya dada,
en un ser que nos porta; este interés sólo es
activo en la instancia crítica que desenmascara
los intereses operantes en las actividades de
conocimiento, que muestra la dependencia del
sujeto teórico a las condiciones empíricas
surgidas de las coacciones institucionales y que
orienta el reconocimiento de estas formas de
coacción hacia la emancipación.
La instancia crítica se coloca
así por encima de la conciencia hermenéutica,
puesto que ella se entiende a sí misma como
instancia de "disolución" de las coacciones
surgidas, no de la naturaleza, sino de las
instituciones. Un abismo separa así al proyecto
hermenéutico, que pone la tradición asumida por
encima del juicio, del proyecto crítico, que
sitúa a la reflexión por encima de la coacción
institucionalizada.
3. De este modo hemos sido
conducidos, paso a paso, hacia el tercer punto
de discordancia, que es el objeto mismo de
nuestro debate. Lo enunciamos así: el concepto
de ideología tiene en una ciencia social critica
el lugar que tiene el concepto de malentendido,
de incomprensión, en una hermenéutica de las
tradiciones. Fue Schleiermacher quien, antes que
Gadamer, alió la hermenéutica al concepto de
malentendido. Hay hermenéutica allí donde hay
malentendido. Pero hay hermenéutica porque
existe la convicción y la confianza de que la
comprensión, que precede y envuelve al
malentendido, tiene con qué reintegrar el
malentendido a la comprensión a través del
movimiento mismo de la pregunta y respuesta
desde el modelo dialogal. El malentendido es, si
así se puede decir, homogéneo a la comprensión,
del mismo género que ella; esto es porque la
comprensión no apela a procedimientos
explicativos, los cuales son referidos a las
pretensiones abusivas del "metodologismo".
Todo sucede de otro modo con el
concepto de ideología. ¿Oué es lo que hace la
diferencia? Habermas recurre aquí constantemente
al paralelismo entre psicoanálisis y teoría de
las ideologías. Este paralelismo reposa sobre
los siguientes criterios:
Primer rasgo:
En la escuela de Frankfurt y en
una línea que se puede aún decir marxista en
sentido muy general, la distorsión está
constantemente referida a la acción represiva de
una autoridad, es decir, a la violencia. Aquí la
"censura" en sentido freudiano es el concepto
clave, puesto que es un concepto de origen
político que adviene al campo de las ciencias
sociales críticas tras haber pasado por el
psicoanálisis. Este nexo entre ideología y
violencia es capital porque introduce en el
campo de la reflexión dimensiones que, sin estar
ausentes en la hermenéutica, no están acentuadas
por ella, a saber: el trabajo y el poder.
Decimos, en sentido marxista amplio, que es con
ocasión del trabajo humano cómo se ejercen los
fenómenos de dominación de una clase sobre otra
y que la ideología expresa, de la manera que se
dirá oportunamente, estos fenómenos de
dominación. En el lenguaje de Habermas, el
fenómeno de dominación se produce en la esfera
de la acción comunicativa; allí el lenguaje está
distorsionado en sus condiciones de ejercicio en
el plano de la competencia comunicativa. Por eso
una hermenéutica que se mantiene en la idealidad
de la Sprachlichkeit encuentra su limite
en un fenómeno que sólo afecta al lenguaje como
tal porque la relación entre las tres
dimensiones trabajo, poder, lenguaje está
alterada.
Segundo rasgo:
Porque las distorsiones del
lenguaje no provienen del uso del lenguaje como
tal, sino de su relación con el trabajo y el
poder, estas distorsiones son apenas
cognoscibles por los miembros de la comunidad.
Este desconocimiento es específico del fenómeno
de la ideología. Para hacer la fenomenología es
necesario recurrir a conceptos de tipo
psicoanalítico: la ilusión en tanto que
distinta del error, la proyección en
tanto que constitución de una falsa
trascendencia, la racionalización en
tanto que reacomodación tardía de las
motivaciones, según las apariencias de una
justificación racional; para decir la misma cosa
en la esfera de las ciencias sociales críticas,
Habermas habla de "pseudocomunicación" o de
"comprensión sistemáticamente distorsionada", en
oposición al simple malentendido.
Tercer rasgo:
si el desconocimiento es
insuperable por la vía dialogal directa, la
disolución de las ideologías debe hacer el rodeo
de procedimientos explicativos y no simplemente
comprensivos; estos procedimientos ponen en
juego un aparato teórico que no se puede derivar
de ninguna hermenéutica que prolongase solamente
en el plano del arte la interpretación
espontánea del discurso ordinario en la
conversación. Aún aquí el psicoanálisis
suministra un buen modelo: este ejemplo ha sido
largamente desarrollado en la tercera parte de
Conocimiento e Interés y en un artículo
titulado: La reivindicaci6n de universalidad
de la hermenéutica (Hermeneutik und
ldeologiekritik, p. 12055). Habermas adopta
aquí la interpretación del psicoanálisis
propuesta por A. Lorenzer como Sprachanalyse,
según la cual la “comprensión" de sentido se
hace por "reconstrucción" de una "escena
primitiva", puesta en relación con otras dos
"escenas", la "escena" de orden "sintomático" y
la "escena" artificial de la situación de
"transferencia". Ciertamente, el psicoanálisis
queda en la esfera del comprender y de un
comprender que finaliza en la toma de conciencia
del paciente; en este sentido Habermas la llama
una Tiefenhermeneutik, una "hermenéutica
de profundidad"; pero esta comprensión de
sentido exige el rodeo de una "reconstrucción"
de los procesos de "dessimbolización" que el
psicoanálisis recorre en un sentido inverso
según las vías de una "resimbolización". El
psicoanálisis no es, entonces, del todo exterior
a la hermenéutica, dado que podemos aún
expresarlo en términos de "dessimbolización" y
"resimbolización"; él constituye más bien una
experiencia límite, a causa de la fuerza
explicativa ligada a la "reconstrucción" de la
"escena primitiva". Dicho de otro modo, para
"comprender" el qué del síntoma, hay que
"explicar" su por qué. En esta fase
explicativa juega el aparato teórico que
encuadra las condiciones de posibilidad de la
explicación y de la reconstrucción: conceptos
tópicos (las tres instancias y los tres roles),
conceptos económicos (mecanismo de defensa,
rechazo primario y secundario, escisiones,
conceptos genéticos (los famosos estadios y las
organizaciones simbólicas sucesivas). En lo que
concierne en particular a las tres instancias de
yoellosuperyo, dice Habermas, están
religadas a la esfera de la comunicación por el
intermedio del proceso dialogal de elucidación
por el cual el enfermo es reconducido a la
reflexión sobre sí mismo.
La metapsicología, concluye
Habermas, "solo puede ser fundada como
metahermenéutica" )o.c., pág. 149). Habermas
desdichadamente no nos dice nada acerca de la
manera en que sería necesario transponer el
esquema, a la vez explicativo y
metahermenéutico, del psicoanálisis al plan de
las ideologías. Pienso que habría que decir que
las distorsiones de la comunicación, ligadas al
fenómeno social de dominación y violencia,
constituyen también fenómenos de
dessimbolización. Habermas habla a veces, de
manera muy feliz, "de excomunicación", pensando
en la distinción de Wittgenstein entre lenguaje
público y lenguaje privado; también habría que
mostrar en qué sentido la comprensión de estos
fenómenos exige una reconstrucción allí donde se
encontrarían algunos rasgos de la comprensión
"escénica", es decir, la triple "escena",
actual, original y transferencial. En todo caso
habría que mostrar cómo la comprensión exige una
etapa de explicación tal que el sentido sólo es
comprendido si el origen del nosentido es
explicado. Por último, habría que mostrar cómo
esta explicación pone en juego un aparato
teórico comparable a la tópica o a la economía
freudiana, cuyos conceptos rectores no pueden
ser tomados en préstamo ni a la experiencia
dialogal, en el marco del lenguaje ordinario, ni
a una exégesis de textos, injertada en la
comprensión directa del discurso.
Tales son los rasgos mayores del
concepto de ideología: impacto de la violencia
en el discurso, disimulación (cuya llave escapa
a la conciencia), necesidad del rodeo por la
explicación de las causas. Por estos tres rasgos
el fenómeno ideológico constituye una
experiencialímite para la hermenéutica.
Mientras que la hermenéutica no hace más que
desarrollar una competencia natural, nosotros
tenemos necesidad de una metahermenéutica para
hacer la teoría de las deformaciones de la
competencia comunicativa. La crítica es esa
teoría de la competencia comunicativa que
envuelve el arte de comprender, las técnicas
para vencer la incomprensión y la ciencia
explicativa de las distorsiones.
4. No quisiera terminar esta
presentación demasiado esquemática del
pensamiento de Habermas sin decir algunas
palabras de la divergencia, tal vez más
profunda, que lo separa de Gadamer.
Para Habermas, el defecto
principal de la hermenéutica de Gadamer es haber
ontologizado la hermenéutica; él entiende
por ello su insistencia sobre el acuerdo, sobre
el entendido, como si el consenso que nos
precede fuese algo constitutivo, dado en el ser.
¿No dice acaso Gadamer que la comprensión es
Sein más que conciencia (Bewusstsein)?
¿No habla acaso con el poeta del "diálogo
que nosotros somos"? ¿No entiende acaso la
Sprachlichkeit para una constitución
ontológica como un medio en el cual nos
movemos? Más fundamentalmente aún, ¿no arraiga
la hermenéutica de la comprensión en una
ontología de la finitud? Habermas no puede tener
más que desconfianza para eso que le parece ser
la hipóstasis ontológica de una experiencia
rara, a saber, la experiencia de estar
precedidos en nuestros diálogos más felices por
el acuerdo que los sostiene. Pero no se puede
canonizar esta experiencia y hacerla el modelo,
el paradigma, de la acción comunicativa, Lo que
lo impide es precisamente el fenómeno
ideológico, Si la ideología fuese solamente un
obstáculo interno a la comprensión, un
malentendido que el solo ejercicio de la
pregunta y respuesta pudiese reintegrar,
entonces se podría decir que "allí donde hay
malentendido, hay un acuerdo previo".
Corresponde a una crítica de las
ideologías pensar en términos de anticipación
eso que la hermenéutica de las tradiciones
piensa en términos de tradición asumida, Dicho
de otro modo, la crítica de las ideologías
implica que sea puesta como idea reguladora,
delante nuestro, eso que la hermenéutica de las
tradiciones concibe como existiendo en el origen
de la comprensión, Aquí entra en juego eso que
hemos llamado el tercer interés que mueve al
conocimiento, el interés por la emancipación;
es este interés, lo hemos visto, el que
anima a las ciencias sociales críticas, es,
entonces, él también el que da un marco de
referencia a todas las significaciones puestas
en juego en el psicoanálisis y en la crítica de
las ideologías. La autoreflexi5n es el concepto
correlativo al interés por la emancipación. Esto
es por lo que no se puede fundar la
autoreflexión sobre un consensus previo,
Lo que hay antes es precisamente la comunicación
quebrada, No podemos hablar con Gadamer del
acuerdo que sostiene la comprensión, sin
presumir una convergencia de tradiciones que no
existe, sin hipostasiar el pasado, que es
también el lugar de la conciencia falsa, sin
ontologizar, en fin, la lengua, que no es más
que una "competencia comunicativa" desde siempre
distorsionada.
Es necesario colocar toda la
crítica de las ideologías bajo el signo de una
idea reguladora, esto es, la de una comunicación
sin límites y sin coacción, El acento kantiano
es aquí evidente; la idea reguladora es más
deber ser que ser, más anticipación que
reminiscencia. Esta idea es la que da sentido a
toda crítica psicoanalítica o sociológica;
porque no hay dessimbolización sino para un
proyecto de resimbolización, y no hay un
proyecto tal más que en la perspectiva
revolucionaria del fin de la violencia. Allí
donde la hermenéutica de las tradiciones se
preocupaba por destacar la esencia de la
autoridad, para remitiría al reconocimiento de
una superioridad, el interés por la emancipación
remite hacia la "novena de las tesis sobre
Feuerbach": "los filósofos han interpretado al
mundo, ahora se trata de transformarlo", Un
escatologismo de la noviolencia constituye así
el horizonte filosófico último de una crítica de
las ideologías. Este escatologismo, próximo al
de Ernst Bloch, toma el lugar que tiene la
ontología del acuerdo lingüistico en una
hermenéutica de las tradiciones.
II. Para
una
hermenéutica crítica
1. Reflexión crítica sobre la
hermenéutica
Quisiera ahora reflexionar por
cuenta propia sobre los presupuestos de una y
otra concepción y abordar los problemas
planteados desde mi Introducción. Estos
problemas conciernen, decíamos, a la
significación del gesto filosófico más
fundamental. El gesto de la hermenéutica es un
gesto humilde de reconocimiento de las
condiciones históricas a las que está sometida
toda comprensión humana bajo el régimen de la
finitud; el de la crítica de las ideologías es
un gesto soberbio de desafío dirigido contra las
distorsiones de la comunicación humana. Por el
primero, me inserto en el devenir histórico al
cual me sé pertenecer; por el segundo, opongo al
estado actual de la comunicación humana
falsifica'da la idea de una liberación de la
palabra, de una liberación esencialmente
política, guiada por la idealímite de la
comunicación sin trabas y sin límites.
Mi propósito no es fundar la
hermenéutica de las tradiciones y la crítica de
las ideologías en un supersistema que las
englobe. Lo he dicho desde el principio, cada
una habla desde un lugar diferente, Y está bien
así. Pero puede exigirse a cada una reconocer a
la otra, no como una posición extranjera y
puramente adversa, sino como levantando a su
manera una legítima reivindicación.
Con este espíritu retomo las dos
cuestiones introducidas en la Introducción:
¿Bajo qué condición puede una filosofía
hermenéutica dar cuenta en si misma del
requerimiento de una crítica de las ideologías?
¿Bajo qué condición es posible una crítica de
las ideologías? ¿Puede ella en último análisis
estar desnuda de presupuestos hermenéuticos?
La primera pregunta pone en juego
la capacidad de la hermenéutica de dar cuenta de
una instancia crítica en general. ¿Cómo puede
haber crítica en hermenéutica? De entrada
señalo que reconocer la instancia crítica es una
veleidad de la hermenéutica reiterada sin cesar,
pero sin cesar abortada. A partir de Heidegger,
en efecto, la hermenéutica está toda entera
comprometida en el movimiento de remontarse
al fundamento que, de una cuestión
epistemológica, concerniente a las condiciones
de posibilidad de las "ciencias del espíritu",
conduce a la estructura ontológica del
comprender. Se puede entonces preguntar si el
trayecto de retorno es posible. Sin embargo,
sobre este trayecto de retorno se podría
atestiguar y confirmar la afirmación que las
cuestiones de crítica exegéticahistórico son
cuestiones "derivadas", que el circulo
hermenéutico, en el sentido de los exégetas,
está "fundado" en la estructura de anticipación
de la comprensión en el plano ontológico
fundamental.
Pero la hermenéutica ontológica
parece incapaz, por razones estructurales, de
desplegar esta problemática del regreso. En
Heidegger mismo la cuestión es abandonada en
cuanto fue planteada. Se lee en Ser y Tiempo:
"El circulo característico de la
comprensión. encubre en sí una posibilidad
auténtica de conocer más original; sólo se la
aprehende correctamente si la explicitación
(Auslegung = interpretación) se da como
tarea primera, permanente y última, no dejándose
imponer sus adquisiciones y visiones previas y
sus anticipaciones por algunas intuiciones (Einfälle)
y nociones populares, sino asegurándose su tema
científico por el desenvolvimiento de sus
anticipaciones según las cosas mismas". He aquí
planteada en principio, la distinción entre la
anticipación según las cosas mismas y una
anticipación obtenida de las ideas insuficientes
(Einfälle) y las nociones populares (Volksbegriffe);
estos dos términos tienen un parentesco
visible con los prejuicios por "precipitación" y
por "prevención". Pero, ¿cómo ir más lejos, si
se declara inmediatamente que "los presupuestos
ontológicos de todo conocimiento histórico
trascienden esencialmente la idea de rigor
propia a las ciencias exactas" y que se elude la
cuestión del rigor propio de las ciencias
históricas mismas?
La preocupación por enraizar el
círculo más profundamente que toda epistemología
impide repetir la cuestión epistemológica
después de la ontología. ¿Es esto decir que en
Heidegger mismo no habría ningún desarrollo que
corresponda al momento crítico de una
epistemología? Sí, pero este desarrollo está
aplicado en otra parte. Pasando de la Analítica
del Dasein, a la que pertenece aún la
teoría del comprender y del interpretar, a la
teoría de la temporalidad y de la totalidad, a
la que pertenece la segunda meditación sobre el
comprender (Parágrafo 63), parece que todo el
esfuerzo critico está prodigado en el trabajo de
desconstrucción de la metafísica; se
comprende por qué: desde el momento en que la
hermenéutica se convierte en hermenéutica del
ser del sentido del ser, la estructura de
anticipación, propia de la cuestión del sentido
del ser, está dada por la historia de la
metafísica que ocupa exactamente el lugar del
prejuicio. Desde entonces la hermenéutica del
ser despliega todos sus recursos críticos en su
debate con la sustancia griega y medieval, con
el cogito cartesiano y
kantiano; la confrontación con la
tradición metafísica del Occidente ocupa el
lugar de una crítica de los prejuicios. Dicho de
otro modo, en una perspectiva heideggeriana la
única crítica interna que se puede concebir como
parte integrante de la empresa de desocultación,
es la desconstrucción de la metafísica; y una
crítica propiamente epistemológica no puede ser
reasumida más que indirectamente, en la medida
en que puedan ser discernidos residuos
metafísicos operantes hasta en las ciencias
pretendidamente positivas o empíricas. Pero esta
crítica de los prejuicios de origen metafísico
no puede tener lugar en una verdadera
confrontación' con las ciencias humanas, con su
metodología y con sus presupuestos
epistemológicos. Dicho de otro modo, propiamente
el punzante cuidado por la radicalidad impide
hacer el trayecto de retorno de la hermenéutica
general hacia las hermenéuticas regionales:
filología, historia, psicología profunda, etc.
En cuanto a Gadamer, él está
seguro que ha captado profundamente la urgencia
de esta "dialéctica descendiente", de lo
fundamental a lo derivado. Así dice: "Podrá uno
interrogarse acerca de las consecuencias que
acarrea para la hermenéutica de las ciencias del
espíritu el hecho de que Heidegger derive
(Ableitung) fundamentalmente la estructura
circular del comprender de la temporalidad del
Dasein" (Vérité et Méthode, pág. 250).
Son estas "consecuencias" las que, en efecto,
nos interesan. Porque es en el movimiento de
derivación donde el deslinde entre
precomprensión y prejuicio constituye el
problema y donde la cuestión crítica surge
nuevamente en el corazón mismo de la
comprensión. Así Gadamer, hablando de los textos
de nuestra cultura, no cesa de insistir acerca
de que es por ellos mismos que esos textos son
significantes, que hay una "cosa del texto" que
se dirige a nosotros. Pero, ¿cómo dejar hablar
la "cosa del texto" sin afrontar la cuestión
crítica de la mezcla de la precomprensión y del
prejuicio?
Ahora bien, me parece que la
hermenéutica de Gadamer está impedida de
comprometerse a fondo en esta vía, no sólo
porque como en Heidegger todo el esfuerzo del
pensamiento está invertido en la radicalización
del problema del fundamento, sino porque la
experiencia hermenéutica misma impide avanzar
sobre las vías del reconocimiento de toda
instancia crítica.
La experiencia princeps,
que determina el lugar mismo desde donde esta
hermenéutica eleva su reivindicación de
universalidad, contiene la refutación de la
"distanciación alienante" de la Verfremdung
que rige la actitud objetivante de las
ciencias humanas. Desde entonces toda la obra
toma un carácter dicotómico, que se marca hasta
en el titulo Verdad y
Método,
en el cual la alternativa
sobrepasa la conjunción. Es esta situación
inicial de alternativa, de dicotomía, la que me
parece impide reconocer realmente la instancia
crítica y, en consecuencia, hacer justicia a una
crítica de las ideologías, expresión moderna y
postmarxista de la instancia crítica.
Mi propia interrogación procede
de esta comprobación. ¿No convendría, me
pregunto, desplazar el lugar inicial de la
cuestión hermenéutica, reformular la cuestión de
base de la hermenéutica, de manera tal que una
cierta dialéctica entre la experiencia de
pertenencia y la distanciación alienante se
convierta en la fuerza misma, la llave de la
vida interna de la hermenéutica?
La idea de semejante
desplazamiento del lugar inicial de la cuestión
hermenéutica me ha sido sugerida por la historia
misma del problema hermenéutico. A lo largo de
esta historia, el acento no cesa de recaer sobre
la exégesis, sobre la filología, es decir, sobre
la especie de relación con la tradición, que se
funda sobre la mediación de textos, de
documentos, de monumentos, cuyo estatuto es
comparable al de los textos. Schleiermacher es
exégeta del Nuevo Testamento y traductor de
Platón. En cuanto a Dilthey, ve la especificidad
de la interpretación (Auslegung), en
relación a la comprensión directa del otro
(Verstehung), en el fenómeno de la fijación
por la escritura y, más genéricamente, de la
inscripción.
Volviendo así a una problemática
del texto, de la exégesis y la filología,
pareciera que de entrada restringimos la mirada,
el alcance, el ángulo de visión de la
hermenéutica. Pero, como toda reivindicación de
universalidad es emitida desde cualquier parte,
se puede esperar que la restauración del lazo de
la hermenéutica y la exégesis haga aparecer a su
vez los rasgos de universalidad que, sin
contradecir verdaderamente la hermenéutica de
Gadamer, la rectifique en un sentido decisivo
para la resolución misma del debate con la
crítica de las ideologías. Quisiera esbozar
cuatro temas que constituyen una suerte de
complemento crítico a la hermenéutica de las
tradiciones.
a) La distanciación, en la cual
esta hermenéutica tiende a ver una suerte de
decadencia ontológica, aparece como un
componente positivo del ser para el texto; ella
pertenece propiamente a la interpretación, no
como su contrario, sino como su condición, Este
momento de distanciación está implicado en la
fijación por la escritura y en todos los
fenómenos comparables en el orden de la
transmisión del discurso. La escritura, en
efecto, no se reduce de ninguna manera a la
fijación material del discurso; ésta es la
condición de un fenómeno mucho más fundamental,
el de la autonomía del texto, Triple autonomía:
con respecto a la intención del autor;con
respecto a la situación cultural y a todos los
condicionamientos sociológicos de la producción
del texto; con respecto en fin del destinatario
primitivo. Lo que el texto significa ya no
coincide más con eso que el autor quería decir;
significación verbal y significación mental
tienen destinos distintos. Esta primera
modalidad de autonomía desde ya implica la
posibilidad de que la "cosa del texto" escape al
limitado horizonte intencional de su autor, y
que el mundo del texto haga estallar el mundo de
su autor. Pero esto, que es verdadero para las
condiciones psicológicas, lo es también para las
condiciones sociológicas; y, así como está
dispuesto a liquidar al autor, no está menos
dispuesto a hacer la misma operación en el orden
sociológico. Lo propio de la obra de arte, de la
obra literaria, de toda obra es, sin embargo,
trascender sus propias condiciones
psicosociológicas de producción y abrirse hacia
una serie ilimitada de lecturas, ellas mismas
situadas en contextos socioculturales siempre
diferentes; resumiendo: pertenece a la obra
descontextualizarse, tanto desde el punto de
vista sociológico como psicológico, y
recontextualizarse de otro modo, lo que
constituye el acto de la lectura. De lo que
resulta que la mediación del texto no podría ser
tratada como una extensión de la situación
dialogal; en efecto, en el diálogo la
reciprocidad del discurso está dada
anticipadamente por el coloquio mismo; con la
escritura el destinatario original es
trascendido. Más allá de él mismo, la obra misma
se crea una audiencia virtualmente extendida a
quien sepa leer.
Se puede ver en este
franqueamiento la condición más fundamental para
el reconocimiento de una instancia crítica en el
corazón de la interpretación; porque aquí la
distanciación pertenece a la mediación misma.
Estas precisiones no hacen, en un
cierto sentido, más que prolongar eso que
Gadamer mismo dice, por una parte, de la
"distancia temporal" (la que vimos más arriba,
que es un componente de la "conciencia expuesta
a la eficacia histórica") y, por otra parte, de
la Schriftlichkeit, que, según el mismo
Gadamer, agrega nuevos rasgos a la
Sprachlichkeit. Pero, al mismo tiempo que
este análisis prolonga el de Gadamer, desplaza
un poco el acento. Porque la distanciación que
revela la escritura está ya presente en el
discurso mismo, que contiene en germen la
distanciación de lo dicho al decir,
según un famoso análisis de Hegel al
comienzo de la Fenomenología del Espíritu:
el decir desvanece, pero lo dicho
subsiste". En este sentido la escritura no
representa ninguna revolución radical en la
constitución del discurso, sino que realiza su
intención más profunda.
b) La hermenéutica debe
satisfacer una segunda condición si ella quiere
dar cuenta de una instancia crítica a partir de
sus propias premisas; debe superar la ruinosa
dicotomía, heredada de Dilthey, entre "explicar"
y "comprender". Esta dicotomía, como se sabe,
procede de la convicción de que toda actitud
explicativa ha sido tomada de la metodología de
las ciencias de la naturaleza e
indebidamente extendidas a las ciencias del
espíritu. La aparición, en el campo de la
teoría del texto, de modelos semiológicos nos
convence de que no toda explicación es
naturalista o causal, los modelos semiológicos,
aplicados en particular a la teoría del relato,
están tomados del dominio mismo del lenguaje por
extensión de las unidades más pequeñas que la
frase a unidades más grandes que la frase
(poemas, relatos, etc.). La categoría, bajo la
cual hay que colocar el discurso no es aquí la
de la escritura, sino la de la obra, es decir,
una categoría que depende de la "praxis",
del trabajo; pertenece al discurso poder ser
producido a la manera de una obra, presentando
estructura y forma. Más aún que la escritura, la
producción del discurso como obra opera una
objetivación gracias a la cual se puede leer en
condiciones existenciales siempre nuevas. Pero a
diferencia del simple discurso de la
conversación, que entra en el movimiento
espontáneo de la pregunta y respuesta, el
discurso en tanto que obra "arraiga" en
estructuras que reclaman una descripción y una
explicación que mediaticen el “comprender".
Estamos aquí en una situación cercana a la
descripta por Habermas: la reconstrucción
es el camino de la comprensión; pero esta
situación no es propia del psicoanálisis ni de
todo eso que Habermas designa con el término de
"hermenéutica de las profundidades"; esta
condición es la de la obra en general. Si,
entonces, hay una hermenéutica y yo lo creo,
contra el estructuralismo, que quisiera
limitarse a la etapa explicativa ella no se
constituye a contracorriente de la explicación
estructural, sino a través de su mediación. En
efecto, es tarea del comprender llevar al
discurso eso que de entrada se da como
estructura. Pero hay que ir tan lejos como sea
posible en la vía de la objetivación, hasta ese
punto donde el análisis estructural pone al
descubierto la semántica profunda de un
texto, antes de pretender "comprender" el texto
a partir de la "cosa" que en él habla. La
cosa del texto no es eso que una lectura
ingenua del texto revela, sino eso que la
disposición formal del texto mediatiza. Si esto
es así, verdad y método no constituyen una
alternativa, sino un proceso dialéctico.
c) De un tercer modo, la
hermenéutica de los textos se vuelve hacia la
crítica de las ideologías. El momento
propiamente hermenéutico, me parece, es aquél en
que la interrogación, transgrediendo la clausura
del texto. se transporta hacia eso que Gadamer
llama "la cosa del texto", a saber: la suerte de
mundo abierto por él. Este momento puede
ser llamado el de la referencia, en
recuerdo de la distinción de Frege entre sentido
y referencia. El sentido de la obra es su
organización interna, su referencia es el modo
de ser desplegado delante del texto.
De paso señalo que la ruptura más
decisiva con la hermenéutica romántica está
aquí; no hay intención oculta que buscar detrás
del texto, sino un mundo a desplegar delante de
él. Ahora bien, este poder del texto de abrir
una dimensión de realidad comporta, en su
principio mismo, un recurso contra toda realidad
dada y, por eso mismo, la posibilidad de una
crítica de lo real. En el discurso poético es
donde esta potencia subversiva es más viva. La
estrategia de este discurso se sostiene toda
entera en el equilibrio de dos momentos:
suspensión de la referencia del lenguaje
ordinario y apertura de una referencia de
segundo grado, que es otro nombre para eso que
designamos más arriba como mundo de la obra,
mundo abierto por la obra. Con la poesía, la
ficción es el camino de la redescripción o, para
hablar como Aristóteles en la Poética, la
creación de un mythos, de una "fábula",
es el camino de la mimesis, de la
imitación creadora. Aún aquí desplegamos un tema
esbozado por Gadamer mismo, en particular en sus
magníficas páginas sobre el juego. Pero,
llevando a fondo esta meditación sobre la
relación entre ficción y
redescripción, introducimos un tema critico
que la hermenéutica de las tradiciones tiende a
arrojar fuera de sus fronteras. Este tema
critico estaba sin embargo contenido en potencia
en el análisis heideggeriano del comprender. Uno
recuerda que Heidegger adjuntaba al comprender
la noción de "proyección de mis posibles más
propios"; esto significa que el modo de ser del
mundo abierto por el texto es el modo de lo
posible o, mejor, del poderser; en esto reside
la fuerza subversiva de lo imaginario.
La paradoja de la referencia
poética consiste precisamente en esto:
que la realidad sólo es
redescrita en la misma medida en que el discurso
se eleve a la ficción.
Pertenece en consecuencia a una
hermenéutica del poderser volcarse hacia una
crítica de las ideologías, donde ella constituya
la posibilidad más fundamental. La
distanciación, por lo mismo, se inscribe en el
corazón de la referencia: el discurso poético se
distancia de lo real cotidiano, visualizando al
ser como poderser.
d) Por último la hermenéutica de
los textos designa el lugar vacío de una crítica
de las ideologías. Este último punto concierne
al estatuto de la subjetividad en la
interpretación. En efecto, si el primer cuidado
de la hermenéutica no es descubrir una intención
oculta detrás del texto, sino desplegar un mundo
delante de él, la auténtica comprensión de si es
aquella que, según el deseo mismo de Heidegger y
Gadamer, se deja instruir por la "cosa del
texto". La relación con el mundo del texto toma
el lugar de la relación con la subjetividad del
autor; al mismo tiempo el problema de la
subjetividad del lector está igualmente
desplazado. Comprender no es proyectarse en el
texto, sino exponerse al texto; es recibir un sí
mismo más vasto de la apropiación de las
proposiciones de mundo que la interpretación
despliega. Brevemente, es la "cosa del texto"
que da al lector su dimensión de subjetividad;
la comprensión ya no es más una constitución de
la que el sujeto tendría la llave. Si llevamos a
cabo esta sugerencia, hay que decir que la
subjetividad del lector está tan puesta en
suspenso, irrealizada, potencializada como el
mundo mismo que el texto despliega. Dicho de
otro modo, si la ficción es una dimensión
fundamental de la referencia del texto, también
es una dimensión fundamental de la subjetividad
del lector. Leyendo me irrealizo. La lectura me
introduce en las variaciones imaginativas del
ego. La metamorfosis del mundo según el
juego es también la metamorfosis lúdica del
ego.
Veo en esta idea de "variación
imaginativa del ego" la posibilidad más
fundamental para una crítica de las ilusiones
del sujeto. Este vínculo podría quedar
disimulado o no desarrollado en una hermenéutica
de las tradiciones en peligro de introducir
prematuramente un concepto de apropiación
(Aneignung) dirigido contra la distanciación
alienante. Pero si la distanciación consigo
mismo no es una deformación a combatir, sino la
condición de posibilidad de la comprensión de si
mismo delante del texto, la apropiación es el
complemento dialéctico de la distanciación. Así
la crítica de las ideologías puede ser asumida
en un concepto de comprensión de si que implique
orgánicamente una crítica de las ilusiones dei
sujeto. La distanciación de sí mismo requiere
que la apropiación de las proposiciones del
mundo ofrecidas por el texto pase por la
desapropiación de si. La crítica de la
conciencia falsa puede así convertirse en
parte integrante de la hermenéutica y conferir a
la crítica de las ideologías la dimensión
metahermenéutica que Habermas le atribuye.
2. Reflexión hermenéutica
sobre la crítica
Quisiera ahora ejercer sobre la
crítica de las ideologías una reflexión
simétrica a la precedente, que apuntaría a poner
a prueba la reivindicación de universalidad de
la crítica de las ideologías. No espero que esta
reflexión remita la crítica de las ideologías al
redil de la hermenéutica, sino que ella
compruebe el propósito de Gadamer, según el cual
las dos "universalidades", la de la hermenéutica
y la de la "crítica de las ideologías" se
interpenetran. Se podría también presentar la
cuestión en los términos de Habermas: ¿bajo qué
condiciones la crítica puede ofrecerse como una
metahermenéutica?
Propongo seguir el orden de las
tesis que me han servido para presentar
esquemáticamente el pensamiento de Habermas.
1. Comenzaré por la teoría de los
intereses que subyace a la crítica de las
ideologías, la de la fenomenología
transcendental y la del positivismo. Podemos
cuestionarnos lo que autoriza la secuencia de
las tesis:
que toda Forschung esté
regulada por un interés que da a las
significaciones de su campo un cuadro prejuicial
de referencias; que estos intereses sean tres (y
no uno, ni dos, ni cuatro): interés técnico,
interés práctico, interés por la emancipación;
que estos intereses estén enraizados en la
historia natural de la especie humana, pero que
ellos marcan la emergencia del hombre por encima
de la naturaleza, tomando forma en el medio del
trabajo, del poder y del lenguaje; que, en la
reflexión sobre si, conocimiento o interés son
uno; que la unidad del conocimiento y del
interés se atestigua en una dialéctica que
discierne los rasgos históricos de la represión
del diálogo y reconstruye eso que ha sido
reprimido.
¿Estas "tesis" están justificadas
por una descripción empírica? No, dado que
entonces se caería bajo el yugo de las ciencias
empíricoanalíticas, de las que se ha dicho que
dependen de un interés, el nombrado en
primer término. ¿Estas tesis son una teoría, en
el sentido dado a este término por ejemplo en
psicoanálisis, es decir, en el sentido de una
red de hipótesis explicativas que permiten la
reconstrucción de una "escena primitiva"? No,
porque entonces estas tesis se harían
regionales, como toda teoría, y estarían aún
justificadas por un interés, tal vez el interés
por la emancipación; y la justificación se haría
circular.
¿No haría falta, entonces,
reconocer que el descubrimiento de los
intereses, en la raíz del conocimiento, la
jerarquización de intereses y su relación con la
trilogía trabajopoderlenguaje depende de una
antropología filosófica, pariente de la
analítica del Dasein de Heidegger, más
particularmente, de su hermenéutica del “cuido”?.
Si es así, estos intereses no son ni
observables, ni entidades teóricas como el
yo, el superyo o el ello en
Freud, sino "existenciarios". Su análisis
depende de una hermenéutica en la medida en que
son a la vez "lo más próximo" y lo "más
disimulado", y que hay que desocultar para
reconocerlos.
Se puede muy bien llamar
metahermenéutica, si se quiere, a esta analítica
de los intereses, si se admite que la
hermenéutica es principalmente una hermenéutica
del discurso, es decir, un idealismo de la vida
lingüística; pero hemos visto que no es nada de
esto, que la hermenéutica de la precomprensión
es fundamentalmente hermenéutica de la finitud,
Esto es por lo que acepto gustoso decir que la
crítica de las ideologías levanta su
reivindicación desde otro lugar que la
hermenéutica, a saber: aquél donde se enlaza la
secuencia trabajopoderlenguaje. Pero las dos
reivindicaciones se cruzan en un lugar común: la
hermenéutica de la finitud, que asegura "a
priori" la correlación entre el concepto de
prejuicio y el de ideología.
2.
Quisiera ahora considerar
nuevamente el pacto que Habermas instaura entre
ciencia social crítica e interés por la
emancipación, Nosotros hemos opuesto fuertemente
este privilegio de las ciencias sociales
críticas al de las ciencias
históricohermenéuticas que inclina hacia el
reconocimiento de la autoridad de las
tradiciones más que hacia la acción
revolucionaria vuelta contra la opresión.
La pregunta que dirige aquí la
hermenéutica a la crítica de las ideologías es
ésta: ¿Puede asignarse al interés por la
emancipación, que motiva este tercer ciclo de
ciencias, un estatuto tan distinto como el que
supone el interés que anima a las ciencias
históricohermenéuticas? Esta distinción es
afirmada demasiado dogmáticamente como para
ahondar la fosa entre interés por la
emancipación e interés ético. Pero los análisis
concretos de Habermas mismo desmienten este
propósito dogmático. Es notable como las
distorsiones que el psicoanálisis describe y
explica son interpretadas, en el nivel
metahermenéutico donde Habermas las coloca, como
distorsiones de la competencia comunicativa.
Todo indica que a este nivel operan también las
distorsiones pertenecientes a la crítica de las
ideologías. Recordemos cómo Habermas
reinterpreta el marxismo sobre la base de una
dialéctica entre acción instrumental y acción
comunicativa. Es en el corazón de la acción
comunicativa donde la institucionalización de
las relaciones humanas sufre la reificación que
la hace irreconocible a los protagonistas de la
comunicación. Así, entonces, todas las
distorsiones, las que el psicoanálisis descubre,
las que denuncia la crítica de las ideologías,
son distorsiones de la capacidad comunicativa de
los hombres.
¿Podemos, entonces, tratar al
interés por la emancipación como un interés
distinto?. No me parece, si se considera además
que, tomando positivamente como un motivo propio
y ya no negativamente a partir de las
reificaciones que él combate, este interés no
tiene otro contenido que el ideal de la
comunicación sin trabas y sin límites. El
interés por la emancipación seria, en efecto,
abstracto y exangüe si no se inscribiese en el
plan mismo en que las ciencias
históricohermenéuticas se ejercen, es decir, la
acción comunicativa. Pero, entonces, si es así,
¿una crítica de las distorsiones puede ser
separada de la experiencia comunicativa misma,
allí donde ella ha comenzado, allí donde es
real, allí donde es ejemplar. La tarea de la
hermenéutica de las tradiciones consiste en
recordar a la crítica de las ideologías que es
sobre el fondo de la reinterpretación creadora
de las herencias culturales desde donde el
hombre puede proyectar su emancipación y
anticipar una comunicación sin trabas y sin
limites. Si no tuviésemos ninguna experiencia de
la comunicación, todo lo reducida y mutilada que
se quiera, ¿podríamos desearla para todos los
hombres y a todos los niveles de
institucionalización del vínculo social?
Por mi parte, me parece, que una
crítica no puede ser jamás primera ni última; no
se critican las distorsiones más que en nombre
de un consensus, que no podemos anticipar
simplemente en el vacío, al modo, de una idea
reguladora, si esta idea reguladora no es
ejemplificada: uno de los lugares mismos de la
ejemplificación del ideal de la comunicación es
precisamente nuestra capacidad de vencer la
distancia cultural en la interpretación de las
obras recibidas del pasado. Quien no es capaz de
interpretar su pasado, no puede ser capaz de
proyectar concretamente su interés por la
emancipación.
3. Llego al tercer punto del
desacuerdo entre hermenéutica de las tradiciones
y crítica de las ideologías; concierne al abismo
que separaría el simple malentendido de la
distorsión patológica e ideológica. No volveré
sobre los argumentos ya expuestos un poco más
arriba y que tienden a atenuar la diferencia
entre malentendido y distorsión; un a
hermenéutica de las profundidades sigue siendo
una hermenéutica, aun cuando la llamemos
metahermenéutica. Quisiera más bien insistir
sobre un aspecto de la teoría de las ideologías
que no debe nada al paralelismo entre
psicoanálisis y teoría de las ideologías. Gran
parte de la obra de Habermas se dirige no a la
teoría de las ideologías tomada abstractamente,
sino a las ideologías contemporáneas. Ahora
bien, puesto que la teoría de las ideologías
está desarrollada concretamente en el marco de
una crítica del tiempo presente, revela aspectos
que exigen que se aproxime concretamente, y no
simplemente de modo teórico, el interés por la
emancipación al interés por la comunicación en
el marco de las tradiciones reinterpretadas.
¿Cuál es, según Habermas. la
ideología dominante del tiempo presente? Su
respuesta está próxima a la de Herbert Marcuse y
a la de Jacques Ellul: la ideología
científicotecnológica. No desarrollaré aquí los
argumentos de Habermas que ponen en juego toda
una interpretación del capitalismo avanzado y de
las sociedades industriales desarrolladas; voy
derechamente al rasgo principal que, a mi
entender, reubica imperiosamente la teoría de
las ideologías en el campo hermenéutico. La
sociedad industrial moderna, según Habermas, ha
reemplazado las legitimaciones tradicionales y
las creencias de base utilizadas como
justificación del poder por una ideología de la
ciencia y la tecnología. El Estado moderno, en
efecto, no es más un Estado consagrado a
representar los intereses de una clase opresora,
sino a eliminar las disfunciones del sistema
industrial; justificar la plusvalía disimulando
su mecanismo no es más desde entonces la primera
función legitimante de la ideología, como en la
época del capitalismo liberal descripta por
Marx, simplemente porque la plusvalía no es más
la fuente principal de productividad, y su
apropiación el rasgo dominante del sistema; el
rasgo dominante del sistema es la productividad
de la racionalidad misma, incorporada en los
ordenadores; lo que hay que legitimar, pues, es
el mantenimiento y el crecimiento del sistema
mismo. Para esto sirve precisamente el aparato
científicotécnico convertido en una ideología,
es decir, una legitimación de las relaciones de
dominio y de desigualdad necesarias al
funcionamiento del sistema industrial, pero
disimuladas bajo las gratificaciones del sistema
con placeres de todas clases. La ideología
moderna difiere, en consecuencia, sensiblemente
de aquella descripta por Marx, que no vale más
que para un corto periodo del capitalismo
liberal y que, por eso, no tiene ninguna
universalidad en el tiempo; no hay más,
entonces, ideología preburguesa, y la ideología
burguesa está expresamente ligada al
"camouflage" del dominio bajo la
institución legal del libre contrato de trabajo.
Admitida esta descripción de la
ideología moderna, ¿qué significa en términos de
interés? Pues bien, significa que el subsistema
de la acción instrumental ha cesado de ser un
subsistema y que sus categorías han invadido la
esfera de la acción comunicativa. En esto
consiste la famosa "racionalización" de la que
hablaba Max Weber: no solamente la racionalidad
conquista nuevos dominios de la acción
instrumental, sino que ella subordina a si misma
el de la acción comunicativa. Max Weber había
descrito este fenómeno en términos de
"desencantamiento" y "desdivinización"; Habermas
lo describe como olvido y pérdida de la
diferencia entre el plan de la acción
instrumental, que es también el del trabajo, y
el plan de la acción comunicativa, que es
también el de las normas consentidas,' del
intercambio simbólico, de las estructuras de la
personalidad, de los procedimientos de decisión
razonable. En el sistema capitalista moderno,
que parece identificarse aquí al sistema
industrial como tal, la antigua cuestión griega
del "bien vivir" es abolida en beneficio del
funcionamiento de un sistema manipulado. Los
problemas de praxis ligados a la
comunicación en particular el deseo de someter a
la discusión pública y a la decisión democrática
la elección de las grandes opciones políticas no
han desaparecido; ellos subsisten pero
reprimidos. Precisamente porque su eliminación
no es automática y porque la necesidad de
legitimación permanece insatisfecha, hay siempre
necesidad de una ideología para legitimar la
autoridad que asegure el funcionamiento del
sistema; técnica y ciencia asumen hoy ese rol
ideológico. Pero, entonces, la cuestión que el
hermeneuta dirige al critico de la ideología
contemporánea es ésta: admitamos que la
ideología consiste hoy en la disimulación de la
diferencia entre el orden normativo de la acción
comunicativa y el condicionamiento burocrático,
es decir, en la disolución de la esfera de
ínteracción mediatizada por el lenguaje en las
estructuras de la acción instrumental, ¿cómo
hacer para que el interés por la emancipación no
quede en un deseo piadoso, sino encarnándola en
el despertar de la acción comunicativa sino
sobre el retomar creador de las herencias
culturales?
4. Esta ineludible aproximación
entre el despertar de la responsabilidad
política y la reanimación de las fuentes
tradicionales de la acción comunicativa me
llevan a decir una palabra, para terminar, sobre
eso que ha parecido ser la cuarta y más
importante diferencia entre conciencia
hermenéutica y conciencia crítica. La primera,
decíamos, está orientada hacia un acuerdo, hacia
un consensus que nos precede y que, en
este sentido, es; la segunda anticipa el futuro
de una liberación, cuya idea reguladora no es un
ser sino un ideal, el ideal de la comunicación
sin trabas y sin limites.
Con esta antítesis aparente
tocamos lo más vivo, pero tal vez lo más vano
del debate.
Ya que, por último, el
hermeneuta: ¿Desde dónde habla Ud. cuando apela
a la Selbstreflexión, si no es desde ese
lugar que Ud. mismo ha denunciado como un
nolugar, el nolugar del sujeto transcendental?
Ciertamente, Ud. habla a partir del fondo de una
tradición. Esta tradición tal vez no sea la
misma que la de Gadamer; puede ser precisamente
la de la Aufklärung, mientras que la de
Gadamer sería la del Romanticismo. Pero sigue
siendo una tradición, la tradición de la
emancipación, más bien que la tradición de la
rememoración. La crítica también es una
tradición. Diría incluso que ella hunde sus
raíces en la más impresionante tradición de los
actos liberadores, los del Exodo y de la
Resurrección. Tal vez ya no habría interés por
la emancipación, ni tampoco por la anticipación
de la liberación, si se borrase del género
humano la memoria del Exodo, la memoria de la
Resurrección...
Si esto es así, nada es más
engañoso que la pretendida antinomia entre una
ontología del entendimiento previo y una
escatología de la liberación. Hemos encontrado
estas falsas antinomias muchas veces en el curso
de coloquios precedentes: ¡como si hubiese que
elegir entre la reminiscencia y la esperanza!.
En términos teológicos, la escatología no es
nada sin la narración de los actos de liberación
del pasado.
Esbozando esta dialéctica de la
rememoración de las tradiciones y de la
anticipación de la liberación, no quiero en modo
alguno abolir la diferencia entre una
hermenéutica y una crítica de las ideologías.
Cada una, una vez más, tiene un lugar
privilegiado y, si se puede decir, preferencias
regionales diferentes: aquí, una atención a las
herencias culturales, centrada, tal vez, de una
manera más decidida sobre la teoría del texto;
allá, una teoría de las instituciones y de los
fenómenos de dominación, centrada sobre el
análisis de las reificaciones y las
alienaciones. En la medida en que una y otra
tienen siempre necesidad de regionalizarse para
asegurarse del carácter concreto de sus
reivindicaciones de universalidad, sus
diferencias deben ser conservadas contra toda
confusión. Pero la tarea de la reflexión
filosófica consiste en poner al abrigo de
oposiciones engañosas el interés por la
reinterpretación de las herencias culturales
recibidas del pasado y el interés por las
proyecciones futuristas de una humanidad
liberada. En el caso que estos dos intereses se
separen radicalmente, entonces hermenéutica y
crítica no serían ellas mismas más que…
ideologías.
NOTAS
1. He aquí someramente la
historia del debate. En 1965, aparece la segunda
edición de Wahrheit und Merhode de H. G.
Gadamer, publicada por primera vez en 1960. Esta
edicíón contiene un prefacio que responde a un
primer grupo de críticas. Habermas lanza un
primer ataque en 1967, en su Lógica de
las ciencias humanas, dirigido contra la
sección de Verdad y Método, sobre
la que nos concentraremos, a saber: la
rehabilitación del prejuicio, de la autoridad y
la tradición, y la famosa teoría de la
"conciencia histórica eficiente". Gadamer
publica en el mismo año, en los Kleine
Schriften I, una conferencia de 1965,
titulada La universalidad del problema
hermenéutico, de la cual encontramos
traducción francesa en los "Archives de
Philosophie" de 1970 (págs. 3171, así como otro
ensayo. Filosofía, hermenéutica y
crítica de las Ideologías, igualmente
traducido en "Archives de Filosofía", 1971 (pág.
2072301. Habermas responde en un largo ensayo:
La reivindicación de universalidad de la
hermenéutica, publicada en Festschrift
en honor a H.G.Gadamer, titulado
Hermenéutica y Dialéctica, en 1970. Pero la
obra principal de Habermas que nosotros
consideraremos se titula: Erkenntnis und
Interesse (Conocimiento e Intereses) de 1968
contiene en el apéndice una importante
exposición de principios y método, publicado en
1965, bajo el título Perspectivas. Su
concepción de las formas actuales de la
ideología se encuentra en Tecnología y
Ciencia comprendidas como ideología,
ofrecida a Herbert Marcuse por su 70º
aniversario, en 1968.
2. Retórica, Hermenéutica y
crítica de la Ideología, traducción francesa
en "Archives de Phiiosophíe" de 1971 (págs.
207230). |