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El desafío actual, globalizar la solidaridad
Discurso del Papa a la fundación "Centesimus
Annus, pro Pontifice"
Me alegra encontrarme hoy con vosotros y os doy
mi cordial bienvenida. Doy las gracias al conde
Lorenzo Rossi di Montelera, que en calidad de
presidente de la Fundación ha interpretado
vuestros sentimientos, exponiendo también las
líneas de acción seguidas durante este año.
Saludo al señor cardenal Attilio Nicora y a los
arzobispos Claudio Maria Celli y Domenico
Calcagno, así como a cada uno de vosotros, a
quienes renuevo la expresión de mi gratitud por
el servicio que prestáis a la Iglesia, dando una
generosa aportación a las múltiples iniciativas
de la Santa Sede al servicio de los pobres en
numerosas partes del mundo. En este sentido, os
agradezco, en particular, el donativo que habéis
querido traerme con ocasión de este encuentro.
Este año, para vuestra reunión tradicional,
habéis elegido como tema: "El capital social y
el desarrollo humano". Así, habéis reflexionado
sobre la necesidad, sentida por muchos, de
promover un desarrollo global atento a la
promoción integral del hombre, mostrando también
la contribución que pueden dar asociaciones de
voluntariado, fundaciones sin ánimo de lucro y
otros grupos surgidos con el objetivo de hacer
cada vez más solidario el entramado social.
Un desarrollo armonioso es posible si las
opciones económicas y políticas realizadas
tienen en cuenta los principios fundamentales
que lo hacen accesible a todos: me refiero, en
particular, a los principios de subsidiariedad y
solidaridad. En el centro de toda programación
económica, considerando especialmente la vasta y
compleja red de relaciones que caracteriza la
época posmoderna, debe estar siempre la persona,
creada a imagen de Dios y querida por él para
custodiar y administrar los inmensos recursos de
la creación. Sólo una cultura común de la
participación responsable y activa puede
permitir a todo ser humano sentirse no usuario o
testigo pasivo, sino colaborador activo en el
proceso de desarrollo mundial.
El hombre, al que Dios en el Génesis confía la
tierra, tiene la tarea de hacer fructificar
todos los bienes terrenos, comprometiéndose a
usarlos para satisfacer las múltiples
necesidades de cada uno de los miembros de la
familia humana. En efecto, una de las metáforas
recurrentes en el Evangelio es precisamente la
del administrador. Por tanto, con la actitud de
un administrador fiel el hombre debe gestionar
los recursos que Dios le ha confiado,
poniéndolos a disposición de todos. En otras
palabras, es preciso evitar que el beneficio sea
solamente individual, o que formas de
colectivismo opriman la libertad personal.
El interés económico y comercial no debe
convertirse nunca en algo exclusivo, porque de
hecho mortificaría la dignidad humana. Puesto
que el actual proceso de globalización que está
atravesando el mundo afecta cada vez más a los
campos de la cultura, la economía, las finanzas
y la política, hoy el gran desafío es
"globalizar" no sólo los intereses económicos y
comerciales, sino también las expectativas de
solidaridad, respetando y valorando la
aportación de todos los componentes de la
sociedad.
Como habéis reafirmado oportunamente, el
crecimiento económico no debe separarse jamás de
la búsqueda de un desarrollo humano y social
integral. A este respecto, la Iglesia, en su
doctrina social, subraya la importancia de la
aportación de los cuerpos intermedios según el
principio de subsidiariedad, para contribuir
libremente a orientar los cambios culturales y
sociales y dirigirlos a un auténtico progreso
del hombre y de la colectividad. A este
propósito, en la encíclica Spe salvi reafirmé
que «las mejores estructuras funcionan
únicamente cuando en una comunidad existen unas
convicciones vivas capaces de motivar a los
hombres para una adhesión libre al ordenamiento
comunitario» (n. 24).
Queridos amigos, a la vez que os renuevo mi
gratitud por el generoso apoyo que dais
incansablemente a las actividades de caridad y
de promoción humana de la Iglesia, os invito a
ofrecer la contribución de vuestra reflexión
también para la realización de un orden
económico mundial justo. A este respecto, me
complace retomar una elocuente afirmación del
concilio Vaticano II: «Los cristianos -se lee en
la constitución Gaudium et spes- nada pueden
desear más ardientemente que servir cada vez más
generosa y eficazmente a los hombres del mundo
actual. Y así, prestando fielmente su adhesión
al Evangelio y disponiendo de su fuerza, unidos
a todos los que aman y practican la justicia,
han tomado sobre sí la realización de una tarea
inmensa en esta tierra...» (n. 93). Proseguid
con este espíritu vuestra acción en favor de
tantos hermanos nuestros. En el último día, el
día del Juicio universal, nos preguntarán si
hemos utilizado cuanto Dios ha puesto a nuestra
disposición para satisfacer las legítimas
expectativas y las necesidades de nuestros
hermanos, especialmente de los más pequeños y
necesitados.
Que la Virgen María, a quien hoy contemplamos en
su visita a su anciana prima Isabel, os obtenga
a cada uno la gracia de ser siempre solícito con
el prójimo. Os aseguro un recuerdo en la oración
y con afecto os imparto mi bendición apostólica
a vosotros, aquí presentes, a vuestras familias
y a cuantos colaboran con vosotros en vuestras
diversas actividades profesionales.
31 de mayo de 2008.
Traducción distribuida por la Santa Sede
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