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Contactar con Dios
Dolores Aleixandre
"Hui-Tzu dijo a Chuang-Tzu: "Tus enseñanzas no
tienen ningún valor práctico.
Chuang-Tzu respondió: "Sólo los que conocen el
valor de lo inútil pueden hablar de lo que es
útil."
"Al despertar del sueño dijo Jacob: Realmente
está el Señor en este lugar y yo no lo sabía."
(Gen 28)
Cuenta una vieja historia de la Biblia que una
noche Jacob se echó a dormir en medio del campo.
Como de costumbre iba huyendo, en este caso de
su hermano Esaú que lo perseguía a causa del
contencioso "lentejas por primogenitura" que los
interesados pueden leer en Gen 25,29-34. El caso
es que Jacob se pasaba la vida escapando y casi
sólo cuando era de noche y se echaba a dormir,
podía Dios alcanzarlo. Aquella noche soñó con
una escalera que, plantada en la tierra, llegaba
hasta el cielo y por la que subían y bajaban
ángeles. Jacob se despertó lleno de estupor y
llamó a aquel lugar "morada de Dios" (Gen
28,10-22). Mucho tiempo después lo encontramos
diciendo: "Soy yo demasiado pequeño para toda la
misericordia y fidelidad que el Señor ha tenido
conmigo..."(Gen 32,11): un hombre de "lo útil"
había comprendido el valor de "lo inútil."
Al releer hoy esa historia podemos quedarnos tan
estupefactos como Jacob ante la noticia que la
narración nos comunica: el mundo de Dios y el
nuestro están en contacto, la escalera de la
comunicación con El está siempre a nuestro
alcance, existen caminos de acceso a Dios y
posibilidad de encontrarlo y de acoger sus
visitas.
Otra narración pintoresca del Antiguo Testamento
nos cuenta que un tal Jonás, de profesión
profeta, había puesto también los pies en
polvorosa para escapar de Dios que quería
enviarlo a anunciar salvación a Ninive. Pero
Jonás, como buen israelita, abominaba a los
ninivitas que eran gentuza pagana y no estaba
por la labor de colaborar con Dios en el
disparate de convertirlos. Así que, en vez de
tomar el camino de Nínive, se embarcó en
dirección contraria, rumbo a Tarsis. Pero Jonás
no contaba con la terquedad de Dios ni con la
gimkana de obstáculos que iba a encontrar en su
huída: hay una tempestad, los marineros le tiran
al mar y se lo traga un inmenso pez. Y mira por
donde, a Jonás el fugitivo no se le ocurre mejor
cosa que hacer en el vientre del pez que ponerse
a rezar.
Y cada uno de nosotros podría concluir
acertadamente: "pues si alguien oró en una
situación semejante, quiere decir que cualquiera
de los momentos que yo vivo, por extraños que
resulten, nunca serán tan insólitos como el
interior de una ballena, así que, por lo visto,
todos y cada uno de los lugares y situaciones en
que me encuentre: un atasco de circulación, la
antesala del dentista, el vagón de metro, la
cola de la pescadería o la cumbre de una
montaña, son lugares aptos y a propósito para
contactar con Dios."
Nada que objetar a templos, capillas,
santuarios, ermitas o monasterios: sólo recordar
que Dios no necesita ninguno de esos ámbitos
(quizá sí nosotros, por aquello del sosiego y de
que nos dejen en paz), pero siempre que no nos
hagan olvidar que no existe ningún lugar ni
situación "fuera de cobertura" para la
comunicación con Dios.
Ese es el gran testimonio que nos dan los
creyentes de la Biblia: al hojear sus páginas
los encontramos orando junto a un pozo (Gen 24)
o en la orilla del mar (Ex 15,1ss); en medio del
tumulto de la gente o en pleno desierto (Mt
4,1-11); al lado de una tumba (Jn 11, 41) o con
un niño en brazos (Gen 21,15); junto al lecho
nupcial (Tob 8,5) o rodeados de leones (Dan
6,23).
Y tampoco parece que lo hacían desde las
actitudes anímicas más idóneas: se dirigen a
Dios cuando se sienten agradecidos y también
cuando están furiosos, claman a El en las
fronteras de la increencia, la rebeldía o el
escepticismo, lo bendicen o lo increpan desde
la cima de la confianza o desde el abismo de la
desesperación.
Y uno deduce: la cosa no puede ser tan difícil,
muchos otros antes que yo intentaron eso de
rezar y lo consiguieron; parece que el secreto
está en ensanchar las zonas de contacto... ¿Y si
probara yo también?
Uno de las causas de que algunos han desistido
de hacerlo después de haberlo intentado, es que
se empeñaron en contactar con Dios desde otra
situación distinta de la que era realmente la
suya en aquel momento (cuando tenga tiempo,
cuando esté menos cansado, cuando encuentre un
lugar apropiado...), y todo eso son arenas
movedizas por irreales en comparación con la
roca firme de la realidad concreta y actual en
la que se está. Porque es esa situación la que
hay que concienciar, nombrar, acoger, tocar, y
extender ante Dios, como el tapiz precioso que
un mercader expone para que un comprador lo
admire. Y darnos tiempo para hacer la
experiencia (otros muchos la hicieron antes que
nosotros), de que Dios es un "cliente
incondicional" de todas nuestros tapices y sabe
mejor que nadie apreciarlos, valorarlos,
acariciar su textura, admirar el revés de su
trama, y hasta remendar sus rotos y embellecer
su dibujo.
Las páginas que siguen pretenden acompañarte en
esta aventura si decides emprenderla, aunque sea
de manera vacilante. Vas a encontrar
"narraciones de contactos" partiendo de
situaciones humanas elementales: el cansancio,
la prisa, la muerte, la monotonía, la gracia, la
des-gracia... Son relatos esquemáticos en los
que todo ocurre con mucha rapidez, pero piensa
que como el encuentro con Dios es una relación,
hay que invertir en ella tiempo y paciente
espera. Lo que vas a leer son sólo pistas, luego
tú seguirás tu propio camino y tus propios
ritmos para encontrar a Dios y dejarte encontrar
por El a través de todo lo que constituye la
trama de tu vida: relaciones, deseos, miedo,
alegrías, soledad, inquietud, asombro...
Puedes empezar ahora mismo, estás en buen lugar
allí donde estés y en buen momento tal como te
encuentras ahora.
Quizá en este instante estés empezando el
aprendizaje vital más apasionante de tu
existencia.[1]
DESDE EL CANSANCIO
De pie en el metro abarrotado, con doce
interminables estaciones por delante.
Arrastrando el carro de la compra escalera
arriba (cuarto piso sin ascensor). Detrás del
mostrador, o delante del ordenador, o junto a la
pizarra de la clase, hartos de clientas
pesadísimas, ciudadanos impertinentísimos o
niños inquietísimos (y yo con la cabeza a punto
de explotar...) De noche, sentada en una silla
metálica junto a la cama del abuelo, internado
por tercera vez en dos meses por la cosa de los
bronquios.
Ahora y aquí. Detecto mi cansancio, trato de no
rechazarlo. Está aquí, conmigo, pesando sobre
mí, hinchando mis piernas, atacándome por la
espalda, rodeando mis riñones. Lo saludo,
intento llamarlo por su nombre: "Tanto gusto,
Doña Bola de Plomo", "¿Cómo le va, Don Saco de
Arena?", "Parece que vienen Vds. mucho por
aquí...(Si consigo sonreir un poco, todo puede
ir mejor...) Trato de respirar despacio, de
tomar una pequeña distancia, de despegarme de mi
propia fatiga, de abrir un espacio a otra
Presencia.
Leo o recuerdo: "Jesús, cansado del camino, se
sentó junto al pozo. Era mediodía" (Jn 4,6) Le
miro tan derrotado como yo, y encima el calor y
la sed. Me siento yo también en el brocal del
pozo o en el bordillo de la acera junto a él. No
tengo ganas de decir nada y a lo mejor a él le
pasa lo mismo. Estamos en silencio,
comunicándonos sin palabras por qué estamos tan
agotados. Quizá le oigo decir con timidez:
"Cuando estés muy cansada o con agobio, vente
aquí y lo pasamos juntos. Es lo que hago yo con
mi Padre y no sé bien cómo, pero estar con él me
descansa."
Me habla de gente que conoce desde hace tiempo,
gente importante y famosa, de la que sale en la
Biblia, amigos suyos al parecer, que todo el
mundo piensa que eran muy fuertes y muy
resistentes, pero que de vez en cuando no podían
más y se querían morir, de puro cansados: un tal
Moisés que se quejaba mucho a Dios porque
llevaba detrás un pueblo muy pesado y a ratos le
presentaba la dimisión y le decía: "Si lo sé, no
vengo" (al desierto, claro), y cosas parecidas
(Num 11,11-15). Pero a pesar de todo, no le
fallaba nunca a la cita, y eso que era en lo
alto del Sinaí y no estaba ya para muchos
trotes...
O también el profeta Elías, que había montado un
show de mucho cuidado en el monte Carmelo, se
había cargado a todos los profetas de la
oposición (esas cosas por entonces no se veían
tan mal como ahora...), había conseguido lluvia
después de tres años de sequía y había hecho una
salida triunfal corriendo delante del carro del
rey...(1Re 18); pues en la escena siguiente,
sale huyendo hacia el desierto porque la reina
Jezabel, que era malísima, lo amenaza, se
adentra por allá solo, empieza a caminar sin
rumbo y cuando está ya medio deshidratado y al
borde de la insolación, se tumba debajo de un
arbusto y se pone a dar voces diciendo que se
quiere morir y que ya no aguanta más. Y a Dios
le dio muchísima ternura verle así de derrotado
y le mandó por mensajero agua fresca y pan
recién hecho, y sobre todo unas palabras de
ánimo que lo dejaron como nuevo y le ayudaron a
reemprender el camino hacia el Sinaí que era
donde le había citado Dios (que se le nota como
una fijación con ese sitio...) (1 Re 19).
Le hablo yo también de conocidos míos que andan
peor que yo: un compañero de oficina que tiene a
su suegra en casa con Alzhymer y no les deja
pegar ojo por las noches. Una amiga de toda la
vida con un hijo drogata que ha dejado cinco
veces los programas de rehabilitación y la
familia está al borde de la locura. Gente que he
visto en una exposición de fotografías de
Sebastiao Salgado trabajando en una mina de oro
de Brasil en condiciones estremecedoras.
Nos quedamos callados otra vez. El me sugiere
que pongamos todo ese cansancio entre las manos
del Padre, que reclinemos la cabeza en su
regazo, como en esa escultura en que Adán
descansa la cabeza sobre el regazo de su Creador
que tiene puesta la mano sobre su cabeza. Lo
hago y me quedo dormida un ratito.
Me despierto y sigo cansada, pero es distinto.
Vuelvo a respirar hondo. Gracias. Hasta mañana.
DESDE LA PRISA
Sólo a mi puede pasarme que se me rompa la
lavadora precisamente el día en que tengo que
hora en el médico, cita con la tutora de mi hija
Ana, recogerla luego en casa de mi cuñada que se
la ha llevado al cine y dos llamadas urgentes en
el contestador: mi madre: "te necesito para que
me acompañes al dentista"; mi marido desde
Barcelona: "...me lo fotocopias y me lo mandas
por correo urgente". Y por la noche, cena en
casa de una amiga que está deprimida.
Termino exhausta de recoger la inundación y
salgo de casa a toda velocidad, cruzando a lo
loco para parar un taxi con riesgo de atropello.
Y una vez dentro, lo que me faltaba: atasco en
la M30. Parados. Bueno, yo parada no, porque mi
mente galopa sin resuello, escoltada por los
fieles lebreles del agobio y la ansiedad.
Ahora y aquí. Me recuesto en el asiento, cierro
los ojos y respiro profundo. Busco la sensación
de prisa en los escondites de mi cuerpo: ¿en la
cabeza? No. ¿En los pies? Tampoco. La descubro
alojada en los alrededores del estómago y en el
vértice de los pulmones, que es desde donde
estoy respirando, como si tuviera un ataque de
asma. Ya te tengo, estás ahí, no te escondas que
te siento. Contemplo mi prisa: es un mono que
brinca; un tumulto de gente empujándose para
entrar en unos almacenes el primer día de
rebajas; una carrera desenfrenada por llegar a
ninguna parte.
Trato de sacarla de sus escondrijos y de que me
deje un poco tranquila. La pongo delante de mí,
sobre la alfombrilla del taxi. Abro la
ventanilla para ver si se escapa por ahí como el
genio de Aladino. Recurro al humor y reúno
mentalmente a todos lo que me esperan. Los
imagino haciéndose cargo de la situación: mi
médico escuchando las quejas de la tutora por el
plantón y recetándole Valium 5; ; mi amiga
deprimida contándole sus penas a mi madre
mientras le pone coñac con aspirina en la muela
del juicio; el dentista en casa con su bata
blanca, tratando de arreglarme la lavadora; Ana
haciendo barquitos de papel con las fotocopias
que está esperando su padre desde Barcelona y
echándolas a navegar por la nueva inundación que
ha conseguido el celo artesanal del dentista. Y
luego, todos a cenar juntos para celebrar que yo
haya desaparecido, seguramente a tomarme un
respiro: "pobrecilla, tiene demasiadas cosas
encima..."
Un poco más relajada, saco el evangelio del
bolso y lo abro:
"Marta, Marta... " (- Señor, que me llamo
Encarnita...). Ya lo sabe, pero le debo recordar
mucho a aquella amiga suya que le pasaba como a
mí: cada vez que él iba por Betania que era el
pueblo donde vivía ella, se alojaba en su casa
(Lc 10,32-41); pero como no avisaba nunca, a la
tal Marta le entraba el delirium tremens de los
preparativos: se ponía a cocinar cuatro cosas a
la vez, medio histérica: "no me da tiempo, no me
da tiempo, y el horno que no va bien, y las
patatas que siguen duras, y esta carne que debe
ser de rinoceronte..."
Miro a la otra hermana, a María, y me entra
mucha envidia de verla tan tranquila, sentada
junto a Jesús. Se levanta y me deja el sitio:
"tengo que echarle una mano a Marta, si no se
pone inaguantable..." Me siento sobre los
talones como si fuera una gheisa y ni siquiera
me dan calambres. La cosa empieza bien.
Jesús me mira y mi montaña de prisas empieza a
derretirse. Al contarle mis agobios, noto que se
van ordenando, como si los fuera guardando
doblados y limpios en un armario que huele a
lavanda. Me acuerdo de un canto que oí en misa:
"Entre tus manos están mis afanes, mi suerte
está en tus manos." Se lo repito una vez, y
otra...
"No hay más que una cosa que es de verdad
importante". Y me asombro al darme cuenta de
que, en el fondo, eso que es lo "único
necesario" está ya en el fondo de mi corazón
lleno de nombres, lleno de rostros de personas
que quiero y a las que quiero demostrar mi
cariño. Sólo que tengo que aprender a hacerlo
sin empeñarme en atender a diez asuntos a la
vez, sin acelerarme, sin pretender llegar a
todo, sino poniendo las cosas una detrás de otra
y encontrando espacios de sosiego como éste con
más frecuencia, dejándome mirar por Alguien que
no me acosa, ni me exige, ni me reclama nada.
Me entran ganas de rezar el Padre nuestro junto
a Jesús y ahí se acaba de serenar mi ansiedad:
al decirlo despacio, me doy cuenta de él también
tiene prisas, pero diferentes: la de que todos
nos enteremos de que a Dios podemos llamarle
Padre y Madre; la de su apasionamiento por el
sueño de Dios que es un mundo de hijos y
hermanos reconciliados; la de contagiarnos la
urgencia de que el que el pan y los bienes, que
son de todos, lleguen a todos, porque en eso
consiste eso que él llama Reino.
"Son 1.215, señora". Hemos llegado. Pago al
taxista y le doy una propina espléndida: al fin
y al cabo me ha llevado hasta Betania.
Doblo la esquina de la casa del médico y desde
el bar de enfrente me llega el aroma de bollos
recién hechos. Cruzo la calle y entro a tomarme
un café y un croissant a la plancha.
Hace una tarde preciosa.
DESDE EL TANATORIO
Me desplomo sobre una silla del tanatorio
después de mirar por el cristal el rostro
irreconocible de Mirentxu dentro de la caja y me
pongo a llorar desconsolada. La noticia de su
muerte ha sido un mazazo que no esperaba.
Precisamente ella, que era un chorro de
vitalidad, y de proyectos, y de sabiduría para
disfrutar de la vida. Precisamente ella, que era
un nudo de relaciones, una de esas personas con
el don rarísimo de establecer vínculos estables
y únicos con montones de gentes de todo tipo y
condición. Precisamente ella, que nos hacía
falta a tantas personas y que nos deja tan
desvalidos, a Luis y a los niños sobre todo. Y
justo cuando parecía que estaba mejor y que el
tratamiento estaba surgiendo efecto.
No hay derecho, pienso. Y me suben oleadas de
rebeldía y de preguntas. ¿Por qué ella, por qué?
No entiendo nada ni quiero entenderlo; es
injusto y cruel e incomprensible y se me atascan
las lágrimas en la garganta.
En el tanatorio abarrotado hay un silencio
denso. Miro los rostros de tanta gente, conocida
y desconocida y leo en todos el mismo estupor y
la misma pena honda que nos quita hasta la gana
de hablar.
Va a haber una misa y siento, junto a la
necesidad de rezar, una especie de bloqueo con
Dios, una imposibilidad de dirigirme a El,
porque en el fondo le estoy pidiendo cuentas de
esta muerte incomprensible. Espero que el cura
no se ponga a repetirnos una homilía de plástico
de las de siempre: que la muerte es un misterio
insondable, que ella está ya gozando en el cielo
y que nos tiene que consolar mucho el que haya
dejado de sufrir. Lo miro con prevención,
conminándole internamente a que se abstenga de
decirnos nada de eso.
"Lectura del santo evangelio según San Juan":
"Las hermanas de Lázaro le mandaron este
recado:-Señor, tu amigo está enfermo (...) El
dijo: "-Nuestro amigo Lázaro está dormido; voy a
despertarlo.(...) Al ver a María llorando y a
los judíos que lo acompañaban llorando, Jesús se
estremeció por dentro y dijo muy agitado:-¿Dónde
lo habéis puesto?. Le dicen: -Señor, ven a ver.
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
-¡Cuánto lo quería...!" (Jn 11,3.11.35)
No comenta nada y propone unos momentos de
silencio.
Ahora y aquí. Renunciar a las explicaciones, a
los intentos de saber por qué, al lenguaje
nefasto del "Dios lo ha permitido", "hay que
aceptar su santísima voluntad...", "se ve que ya
había completado su carrera, después de hacer
tanto bien..."
¡Fuera! Echar a latigazos a esos mercaderes que
nos ofrecen idolillos canijos del dios que "se
lleva siempre a los mejores...", del dios de
"los inescrutables designios", del dios que
decidió ayer, con el pulgar hacia abajo como
Nerón, la muerte de Mirentxu.
Expulsar a la calle, sin contemplaciones, a
todos los que intenten profanar nuestro templo
y ocupar con palabras huecas como globos
hinchados, el espacio vacío de una ausencia que
nos hace daño. Porque ese dios con el que
pretenden consolarnos no tiene nada que ver con
el de Jesús.
Y por eso, abrirle la puerta solamente a él,
deshecho también por la muerte de su amigo
Lázaro. A ese Jesús que también preguntaba "por
qué", que se atrevió a decir que no quería morir
y que gritó: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me
has abandonado? Dejarle entrar, y sentarse
junto nosotros, y llorar porque Mirentxu ya no
está a nuestro lado y porque no está dormida
sino muerta.
Aceptar su silencio, tan impotente como el
nuestro y también sus lágrimas. Apoyar la cabeza
sobre su hombro y hablarle de ella, y de cuánto
la queríamos, y del hueco que nos deja.
Dejar que su presencia vaya dándonos seguridad y
amansándonos la rebeldía, no el dolor. Consentir
que, tímidamente, se nos vaya encendiendo en
medio de la oscuridad la llamita de una fe
vacilante; escuchar su voz que nos asegura que
Mirentxu está en buenas manos.
Pedir a Jesús que ponga la roca de su propia fe
debajo de nuestros pies, que nos deje apoyarnos
en la confianza inquebrantable que él tenía en
aquél a quien llamaba Abba, Padre.
Confesarle que aborrecemos las calcomanías de
colores chillones que nos presentan un cielo
lleno de ángeles tocando el arpa y personajes
vestidos de blanco y palmas en las manos, como
en un interminable domingo de Ramos y sin más
aliciente que la visión beatífica. Escucharle
recordarnos que él de lo que habló fue de un
hogar caliente con sitio para todos, de una mesa
abierta en la que habrá buena comida y vinos de
solera, de un Dios que enjugará las lágrimas de
todos los rostros y lavará los pies de sus
hijos, llenos de polvo del camino. Y que no
tiene la culpa de que luego vengan algunos
teólogos y lo compliquen todo.
Quedamos con él y entre nosotros en que lo de
Mirentxu no se va a acabar aquí: que vamos a
seguir cuidando el tejido relacional que ella ha
dejado a medias, y que cada uno va a encargarse
de recordar a los otros que ella nos sigue
animando en una tarea en la que queda mucho por
hacer.
Son las 12 de la noche y cierran la sala donde
estamos. Fuera ha descargado una tormenta y
huele a asfalto mojado. Nos abrazamos fuerte y
nos miramos sin decirnos más que "Hasta mañana".
Pero cada uno de nosotros ha vuelto a encontrar,
como tantas veces nos ocurría al estar junto a
Mirentxu, la certeza de que la muerte no tiene
la última palabra y de que la Vida es siempre
más fuerte.
DESDE LA MONOTONIA
"- Con esta es la décima vez que os explico en
este mes que que en el verbo "hacer", la a que
va delante del infinitivo es preposición y no
lleva h, pero si va delante de participio sí la
lleva porque es la forma compuesta del verbo: o
sea que no es lo mismo "voy a hacer" que "él ha
hecho"..." Treinta y dos caras de chavales miran
la pizarra sin verla, mucho más interesados en
las Spice Girls, los problemas de su acné o el
fútbol que en los arbitrarios caprichos de
distribución de la H. Aborrezco dar clase los
viernes por la tarde.
"-Paco, me va a poner tres rodajas de pescadilla
y cuarto y mitad de boquerones. Y me los
limpias, por favor." Diez minutos más de cola en
la pescadería y aún me queda la de Dionisio, el
pollero, que nunca tiene prisa y siempre
pregunta a la que le toca:"-¿Qué te pongo,
bonita?"; y luego la de la frutería barata, que
está como siempre a tope. Cada viernes por la
tarde, lo mismo.
"Y entonces fue mi sobrino y le dijo al
médico:"-Oiga dostor ¿y cree Vd. que voy a
quedar bien de la operación de juanetes?" La
hermana Aurelia tiene el don de ponerme
irracionalmente frenética (será que es viernes
por la tarde), no sólo porque dice dostor y es
inútil intentar que lo pronuncie bien, sino
porque no soporto escucharle, una vez más, la
historia de los juanetes de su sobrino.
¿Será que es ésto lo que la vida da de sí? ¿O
tendré yo alguna neurosis oculta que me hace tan
aburrida la monotonía de lo cotidiano y me la
convierte en una penitencia? Porque a veces me
imagino el purgatorio como una banda sonora en
que se oye mi voz explicando, sin interrupción,
las reglas de la H; a Dionisio el pollero
repitiendo como una cacatúa amaestrada: "¿Qué te
pongo, bonita? ¿Qué te pongo, bonita?", y al
sobrino de la hermana Aurelia, tan inasequible
al desaliento como su tía, haciéndole al dostor
la trascendental pregunta acerca del porvenir de
sus juanetes.
Albergo la sospecha de que el problema del
rechazo al peso de lo cotidiano está en mí y no
en todo eso que me produce tanto tedio; pero hay
días, y hoy es uno de ellos, en que me hundo en
la miseria al verme tan incapaz de mirar lo que
me rodea sin encontrarlo desteñido, amorfo,
repetitivo y sin rastro de novedad.
Ahora y aquí. Abro el evangelio y voy a parar a
la curación del ciego Bartimeo (Mc 10,42-56). Me
siento yo también en la cuneta, consciente de
que estoy tan ciega como él, y me pongo primero
a susurrar y luego a gritar: "Jesús, ¡ten
compasión de mí...!"
Sigo leyendo: "Llamaron al ciego diciendo:-¡Ten
ánimo! ¡Levántate! Te llama..." (Mi deformación
lingüística me hace fijarme, de entrada, en que
el ciego escuchó dos imperativos muy fuertes y
muy desestabilizadores, pero que descansaban
sobre un indicativo glorioso: "te llama". Ahí
debió estar para Bartimeo la fuerza secreta que
le hizo soltar el viejo manto de su vieja
mentalidad y dar un brinco para ir al encuentro
de Jesús.)
Decido dejarme atraer por la fuerza de esa
llamada y me acerco a él. Me paro delante del
Maestro con mi mirada cegata y trato de
exponerme, con todas mis zonas de sombra y las
escamas de mis ojos, ante una mirada que no me
juzga con severidad ni me hace reproches, sino
que me envuelve en una ternura cálida, como la
del sol en una mañana de verano.
Estoy ahí callada y sin prisa, dejándome mirar,
con cierto temor en el fondo a resultarle pesada
y reincidente con mis problemas, como me pasa a
mí con la gente. Le digo que atienda primero a
Bartimeo que al fin y al cabo estaba antes que
yo, pero sobre todo porque me parece que mi caso
es más complicado y le va a llevar más tiempo.
Nos sentamos al borde de la cuneta y me pide que
le hable de de los chavales de mi clase. Llevo
con ellos tres años y me conozco bien la
problemática de cada familia y la situación
conflictiva del barrio. Al nombrarle a cada uno
me doy cuenta de cuánto los quiero y cuánto me
importan, y me ocurre algo parecido al hablarle
después de la comunidad: de lo que siento que me
aportan, del camino de Evangelio que intuyo en
cada una, de los vínculos que nos unen, más allá
de las tensiones y las dificultades de la
convivencia, del proyecto común que llevamos
entre manos...
Y él me habla de sus años en Nazaret y del
misterio de que siendo las horas y las semanas y
los años tan iguales, había una novedad
escondida en lo que iba descubriendo cada día:
lo que el rabino le leía de los profetas en la
sinagoga; el campo, tan distinto en otoño, en
invierno o en primavera; la sorpresa de que un
mismo salmo le resonara diferente si era su
madre o José quien lo rezaba; el crecer de los
niños del pueblo y el envejecer de los
ancianos... Y también el deseo creciente de
decirle a la gente más hundida que el reino de
Dios está ya dentro de cada uno, y la alegría de
darse cuenta de que cada día le iba creciendo la
afinidad con el Padre del cielo.
Me viene a la memoria, de pronto, una frase del
cántico de Zacarías: "por la entrañable
misericordia de nuestro Dios, nos visita el sol
que nace de lo alto..." y siento que también a
mí me está visitando el sol, y que está
colándose por las rendijas del cuarto oscuro
donde se agazapan mis ansiedades y mis harturas.
Sé que, como Bartimeo, no tengo otro modo de
recobrar la vista que éste de dejarme iluminar
por las palabras de Jesús y su presencia; pero
pienso que a mí no se me van a curar los ojos de
repente, sino poco a poco, y con paciencia, y
recibiendo humildemente, como si fuera el pan,
la luz de cada día.
Y que tengo que ir aprendiendo pacientemente a
acoger la presencia del Reino escondido en lo
cotidiano, y asombrarme de que ese amor que está
en mí y que no me pertenece pero me habita, me
vaya haciendo capaz de descubrir la novedad de
cada persona y de cada cosa.
Para este viernes por la tarde ya tengo la luz
que necesito y, de momento, voy a ponerme a
discurrir alguna manera nueva de explicar las
reglas de la H.
Quizá y como práctica cuaresmal de este año, le
pida a la hermana Aurelia que invite un día a
merendar a su sobrino y así poder evaluar, en
vivo y en directo, los resultados de la
intervención del dostor, no sea que también yo
tenga que operarme un día de juanetes.
De todas maneras, he tomado una decisión en la
que pienso ser inflexible: a partir del próximo
viernes voy a comprar el pollo en el puesto de
"Aves Gómez" donde, además de despachar muy
deprisa, te saludan diciendo: "Vd.me dirá en qué
puedo servirle, guapa..."
DESDE LA GRACIA Y LA DES-GRACIA
Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo, grave.
(César Vallejo)
Al salir del geriátrico de visitar a una anciana
demenciada con la que tengo un parentesco
lejano, estoy por darle la razón a César
Vallejo. Porque lo que vengo de ver me ha dejado
los ánimos por los suelos y el corazón lleno de
agobio: he visto a personas que no es que van
envejeciendo, sino que se desploman mientras la
vida los va deshabitando.
Pero me doy cuenta de que mi malestar desborda
la situación concreta de este aparcamiento para
viejos: siento una especie de opresión en el
pecho y una especie de marea negra que me va
invadiendo. Noto que, de repente, se me ha
esfumado toda la ilusión que tenía por la
vacaciones que empiezo pasado mañana con dos
amigas (después de ahorrar durante años, por fin
vamos a poder realizar el sueño de ir a Grecia y
recorrer las islas de Egeo).
Estoy en un momento de plenitud de mi vida:
trabajo en lo que me gusta, me siento querida y
vinculada con mucha gente y estoy metida de
lleno en aprendizajes vitales que me dinamizan y
me ayudan a disfrutar de la existencia. Y además
he empezado un proceso de profundización
creyente que me está haciendo encontrar a Dios
en lo más hondo de mí misma, dándome una
sensación nueva de armonía y serenidad.
Pero en este momento ni serenidad, ni plenitud,
ni armonía: más bien caos y desconcierto. Se ve
que mis avances deben ser muy frágiles porque
esta tarde se me está descolocando todo. Hasta
la fe. La siento como un torreón que parecía
fuerte pero que ahora está asediado por un
ejército de dudas y preguntas y deja ver la
debilidad de sus cimientos y las brechas de sus
muros. Y casi lo de menos es lo que he visto
esta tarde: lo peor es el aluvión de recuerdos,
datos e imágenes que se han desencadenado en mi
conciencia; como si, al entreabrir mi puerta
para dejar entrar a alguien que sufre,
estuvieran aprovechando para irrumpir en mí no
sólo tristes imágenes de geriátricos o
psiquiátricos, sino las de esas multitudes
heridas y empobrecidas del mundo, todas esas
situaciones que prefiero habitualmente relegar a
zonas de olvido, con el pretexto de que yo no
puedo solucionar nada y de que se trata de
problemas mundiales que me desbordan.
Así que aquí estoy, en plena calle y en víspera
de mis vacaciones, viendo desfilar por mi
imaginación los rostros de los niños de aquel
siniestro orfanato de China, los de los mendigos
que piden en los vagones del metro, caravanas de
gente famélica en Africa y de indígenas
expulsados de sus tierras y la foto de premio
Pulitzer de aquel buitre acercándose a una niña
etíope moribunda.
Y Dios ausente de todo ese dolor (lucho con la
tentación de hacerle responsable..). Y su
presencia, tan compañera de mis días, en
paradero desconocido cuando más falta me hace. Y
todas las explicaciones sobre el mal que leí en
el libro que me recomendó un cura amigo y en el
que todo estaba clarísimo, absolutamente
inservibles. Sólo un peso a agobiante del sin
sentido de la vida humana, mientras yo estoy con
las maletas hechas para escapar de su amenaza
refugiándome en Corfú.
Ahora y aquí. Entro en una iglesia que me
pilla de camino, milagrosamente abierta y me
siento en el último banco con la cabeza entre
las manos. Lo primero que se me ocurre es que
Dios va a pedirme que renuncie al viaje a
Grecia (en realidad lo doy ya por perdido...),
que dé el dinero a Manos Unidas y posiblemente
que me vaya de voluntaria durante las vacaciones
a algún campo de refugiados del Zaire.
Pues no, ni eso. Sólo silencio, y ausencia, y un
muro de granito detrás del que debe estar un
Dios que se ha vuelto amnésico y hermético.
Salgo peor de lo que entré y me vuelvo a casa
porque entre otras cosas, y más allá de
problemas metafísicos, tendré que llamar a mis
amigas y a la agencia con el bombazo de que
anulo el viaje. Me derrumbo en el sillón junto a
la mesita del teléfono, donde dejé el libro de
Vallejo y vuelvo a abrirlo de manera mecánica,
como para retrasar la decisión de las llamadas:
"Y Dios sobresaltado nos oprime
el pulso, grave, mudo,
y como padre a su pequeña,
apenas,
pero apenas, entreabre los sangrientos algodones
y entre sus dedos toma la esperanza."
Lo cierro y me quedo en silencio, sobrecogida.
Dejo pasar mucho tiempo.
Se está haciendo de noche y me sorprendo al
contactar en mi interior con una sensación de
infinito asombro. Porque muy lentamente, me voy
dando cuenta de que mi imagen de Dios se me está
"deslocalizando", se está retirando de los
espacios donde yo lo tenía fijado para emerger,
misteriosamente, en ese mundo subhumano que me
provoca temor y rechazo, en medio de esas
situaciones donde me parecía abolida la
esperanza.
Y desde ahí me invita a no huir de los infiernos
del sufrimiento cotidiano de la gente, sino a
descender con él, que los ha conocido y vencido
desde dentro. A no pretender acallar mis
preguntas a fuerza de razonamientos ni
evasiones, sino a cargar pacientemente con ellas
y a tratar de buscar un nuevo alojamiento para
mi fe que no sea la tranquilidad de un optimismo
ignorante, sino la inquieta certeza que abre la
esperanza. Una esperanza "que nace en medio de
la aflicción, esperanza humedecida por las
lágrimas y por la sangre, pero no por eso menos
real y vital. Dios enfermo, ausente y sordo, y a
la vez Dios enfermero, interesado y tierno."[2]
Empiezan a bullirme por dentro cosas en las que
tiene que cambiar en mi vida: valores a
jerarquizar (¿com-pasión por encima de búsqueda
de armonía personal?); determinaciones que tomar
(¿dónde y con quiénes reemprender mi búsqueda de
ese Dios que no se agota en mi interioridad?);
lugares nuevos que frecuentar (¿no habrá
"infiernos", más cercanos a mí de lo que creía,
a los que comenzar a aproximarme?); recursos
personales (¿tiempo, saberes, proyectos,
entrañas...?) que puedan servirle a Dios de
"dedos" que hagan llegar esperanza a tantas
heridas...
Toda yo soy un volcán de inquietud y de
interrogantes. Pero, increíblemente, en este
momento, y aunque supongo que la decisión es
ambigua, siento que tengo que irme con mis
amigas a Grecia y disfrutar allí con toda el
alma.
Porque intuyo que este Dios de rostro nuevo que
hoy me visita, es también el Dios de la alegría
humana y de la fiesta, el del Cantar de los
cantares y la danza a la orilla del mar; el de
la esplendidez de vino en Caná y el derroche de
pan en el desierto. No es sólo el Dios de los
límites, es también el Dios de aquellos momentos
de plenitud en los que a veces experimentamos,
como en un anticipo de lo definitivo, la dicha
prometida a los hijos, cuando el último enemigo
vencido sea la muerte y ya no haya llanto, ni
luto, ni gemido.
Y eso, al menos por esta vez, necesito
celebrarlo con él desde Corfú.
[1] Un consejo: cómprate un Evangelio pequeño y
un librito de Salmos que no pesen ni abulten
para poder llevar al menos uno de los dos
siempre contigo.
[2]GUSTAVO GUTIERREZ, "Lenguaje Teológico:
plenitud del silencio, Páginas 137 Feb.1996, 67 |