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El conflicto, ¿signo de contradicción y de
unidad?
Paul Ricoeur
Traducción Nazario Vivero
Maîtriser les conflits», Chronique Sociale de
France;
Lyon, nov-déc., 1972, pp. 77-93)
Durante la Semana Social de Rennes, se me
había solicitado esbozar un análisis, de
carácter general, de las motivaciones que
nutren nuestras reacciones ante los conflictos.
Hoy procederé de un modo algo distinto. En una
primera parte, hilvanaré, paso a paso, la
descripción de los nuevos conflictos en nuestra
sociedad. Después, en la segunda parte, situaré,
frente a estos neo-conflictos, algunas
actitudes de carácter ideológico que
enmascaran el sentido o incluso la realidad y
que nos comprometen con comportamientos
estériles: ideología del diálogo o ideología de
la confrontación – táctica de huída ante el
conflicto o cultura del conflicto a toda costa.
Por último, en la tercera parte, extraeré de la
crítica de esas motivaciones-pantallas
algunas sugerencias teóricas y prácticas
dirigidas hacia la búsqueda de una nueva
estrategia del conflicto.
I. LOS NEO-CONFLICTOS EN LAS SOCIEDADES
INDUSTRIALES AVANZADAS.
Quisiera someter a discusión un análisis que no
pretende, de manera alguna, ser exhaustivo, sino
que se limita expresamente a lo que yo llamaría
los conflictos de punta de la sociedad
industrial avanzada. Sin duda mi análisis será
demasiado parcial y partidario, al no tener yo
experiencia directa del mundo del trabajo
industrial y habiendo observado sólo un medio
limitado y particular, el universitario, con la
ventaja, ciertamente, de una comparación
bastante amplia de dichos medios, en Europa y en
los Estados Unidos, desde hace casi quince años.
Es decir, no consideraré directamente el
problema de la lucha de clases ni en el seno de
nuestras sociedades ni, a escala de continentes,
entre pueblos ricos y pobres. No es que niegue
este problema; pienso, por el contrario, que si
las nuevas contradicciones, que son específicas,
plantean un problema difícil a nuestra sociedad,
es, precisamente, porque ellas se superponen a
aquellas otras, no resueltas, heredadas del
siglo pasado. Como si una segunda ola se echara
encima de la primera, cuando ésta no se ha
retirado aún.
En este sentido, admito que las nuevas
contradicciones, las que han nacido del
desarrollo, están mal planteadas y son difíciles
de resolver, porque crecen sobre el terreno de
las anteriores, heredadas del siglo XIX. Por lo
tanto, con todas estas reservas, propongo el
análisis de esas contradicciones que tienen un
carácter novedoso y que Marx, por ejemplo, no
pudo analizar porque el desarrollo aún no las
había producido.
1.- Ausencia de proyecto colectivo
Un primer rasgo me impresiona, como profesor y
como educador, y es la ausencia de proyecto
colectivo en nuestras sociedades. Se ve muy bien
el de los pueblos sub-desarrollados: alcanzar a
los países llamados desarrollados -o hacer otra
cosa, como China-. Pero ¿y los
super-desarrollados? Su ausencia de proyecto
colectivo se conjuga con el eclipse de las
normas y el olvido de las herencias
tradicionales. Digo que se conjuga; no queriendo
zanjar entre una interpretación que acusaría al
colapso de las normas y otra que acusaría a la
ausencia de proyecto. Hablemos más bien de un
fenómeno de agotamiento; una herencia
sólo se mantiene viva, en efecto, mientras puede
ser reinterpretada, creativamente, en
situaciones nuevas. Pero la experiencia
dramática de nuestro tiempo es la convicción
difusa, invasora, de que por primera vez nuestra
herencia cultural no parece ya capaz de una
reinterpretación creadora, de una proyección
hacia el futuro. De ahí el recurso a la
experiencia “salvaje”, a partir de la tabla
rasa, ésta es, al menos, la impresión que he
recogido, sobre todo en los Estados Unidos, en
los medios universitarios más tocados por los
modos de vida desintegrados de los marginados.
Ahora bien, yo digo que hay aquí una
situación conflictiva y grávida de nueva
violencia, porque es ella la que provoca la
polarización que caracteriza particularmente a
las sociedades más avanzadas: polarización entre
lo que yo llamaría las ilusiones de la
disidencia y las tentaciones del orden.
Ilusión de la disidencia
Ilusiones de la disidencia:
todas las instituciones aparecen como un bloque
indivisible de poder y de represión; todas las
autoridades son el "establishment": desde
los bancos hasta las iglesias, pasando por las
empresas, la universidad y la policía.
La sociedad, así esquematizada, sólo puede hacer
surgir una estrategia del afrontamiento y la
polarización, destinada a revelar el rostro
represivo que se oculta detrás de toda máscara
liberal. Y si la palabra misma, cautiva del
poder, ya no es escuchada, queda entonces la
acción puntual, la violencia muda. Así se
instala en la disidencia una de las juventudes
más inteligentes y más honestas: ella despliega
sus campamentos fuera del aparato de la
democracia formal, al margen de la burocracia de
los partidos y de los sindicatos, y, a su vez,
es corroída por la grupusculización, que
introduce la disidencia en la disidencia. De
todo ello, el resto de la sociedad no ve apenas
más que el exterior pintoresco: los vestidos,
las costumbres, el nomadismo y la anti-cultura;
en resumen, un rostro a la vez tierno y
agresivo.
Tentación del orden
El otro polo lo conocemos muy bien:
esencialmente reactivo, se alimenta de miedo y
odio. Lo más pavoroso es que la tentación del
orden parece afectar hoy tota1mente a la
clase media puesta en posición defensiva. A
primera vista es una curiosa paradoja que la
entrada en la abundancia esté acompañada de
tanta inseguridad; como si quienes han
franqueado la frontera de la abundancia
resintiesen toda ventaja social como una
adquisición amenazada por el menor signo de
recesión, y que es preciso defender contra el
estrato social inmediatamente inferior. De ahí
la defensa avariciosa de todo privilegio y el
apetito obsesivo de seguridad.
Volveré más adelante sobre la expresión
política de este miedo: la ley y el orden. Es
asombroso, en efecto, que las democracias
liberales ofrezcan tan poca resistencia a esta
amenaza. Yo propondré, en su momento, una
hipótesis. La reacción moral, que es la
que nos interesa particularmente aquí, es más
significativa, aunque más disimulada. Ante lo
que aparece como la disolución de las normas
bajo la acción corrosiva de los grupos
disidentes, la tendencia es a reafirmar esas
normas de un modo no creador y puramente
conservador: la concepción puramente defensiva
del cristianismo que se ha apoderado de los
medios religiosos es otro aspecto impresionante
de esta reacción moral. La religión
institucionalizada tiende a re-centrarse sobre
grupos establecidos homogéneos, frente a la
amenaza que representa, para ellos, el
desarrollo de los grupos informales,
subterráneos, no estructurados; y a ripostar,
por medio de un reforzamiento institucional, a
las intrusiones de lo imprevisto.
Es así como la tentación del orden se insinúa en
lo profundo de la vida personal: cada cual se
crispa sobre aquello que le parece que conserva
alguna consistencia en medio de la confusión
general: familia, profesión, tiempo libre,
concebidos a la medida privada; la misma vida
espiritual está infectada por un sentimiento de
falta de esperanza y de impotencia ante grandes
peligros e incertidumbres. Frente al nomadismo
más o menos agresivo de los disidentes, el
hombre del orden se concibe a sí mismo como un
sedentario sitiado o un náufrago en una isla
batida por amenazas.
Esta es la polaridad mayor que me parece
caracterizar a la sociedad contemporánea. Me he
cuidado muy bien de identificarla con un
conflicto de generaciones, el cual, si bien
real, es sólo la expresión, en términos de edad,
de una polarización fundamental que tiene
aspectos económicos, sociales, políticos,
culturales y espirituales.
2. El mito de lo simple
Con este trasfondo, quisiera plantear un segundo
gran tema: somos testigos del agotamiento del
sueño tecnológico y del renacimiento de lo que
Alfred Sauvy llama el “mito de lo simple".
Tal vez estemos, en efecto, al final de un sueño
de dominación de la naturaleza, añadido a un
sueño de crecimiento cuantitativo ilimitado de
los goces. Es destacable, a este respecto, que
la crítica del sistema, sobre todo entre los
izquierdistas americanos, se dirija directamente
a este aspecto de nuestra situación. Saltándose,
acaso injustamente, la crítica propiamente
económica y social de esta sociedad, toman
directamente este aspecto del agotamiento del
sueño de dominación; y si ellos atacan el lucro,
lo hacen menos como la tara del sistema
económico que como síntoma de una enfermedad más
profundamente enraizada que el mismo capitalismo
y que alcanza al conjunto de los comportamientos
colectivos e individuales en relación con los
hombres y con la naturaleza. Como todos saben,
la denuncia de Marcase del “hombre
unidimensional” es el testimonio más ostensible
de esta clase de crítica. El éxito fulminante de
las campañas contra la polución y la exagerada
admiración por la ecología son otros índices de
ello. Sobre la base de esta crítica, se ven
renacer temas románticos que, en el siglo
pasado, en la época de la industrialización
naciente, pasaban por reaccionarios: juicio
contra la ciudad, contra la cultura civilizada y
libresca. De todo esto se alimenta el “mito de
lo simple”; por ello, entiendo la tentación de
reconstruir, al lado de la sociedad global
demasiado compleja, una sociedad neo-arcaica,
artesanal y agreste, débilmente
institucionalizada (volveré sobre este punto) o
al menos instituida al nivel de una economía de
subsistencia y de trueque.
No hay nada más peligroso que el “mito de lo
simple”. La sociedad del porvenir no será más
simple que la nuestra: tendrá también ciudades y
computadoras; los problemas de comunicación
serán cada vez más complejos, en el sentido
material de la palabra, pero también en el plano
administrativo y político.
Pero no se puede subestimar el potencial de
violencia que se acumula en esta frontera entre
la sociedad organizada y la sociedad
“alternativa”. Por violencia entiendo, no sólo
ni aún principalmente, lo que a veces se llama
la “subversión”, sino también, y tanto más, la
masa de intolerancia que la sociedad organizada
comienza ya a acumular: el acoso a los jóvenes,
el odio a los disidentes, son signos precursores
de ello. Por segunda vez, hemos vuelto a este
círculo vicioso de la disidencia y de la
represión.
3. Agotamiento de la democracia
representativa
Una tercera fuente de conflictos resulta de otro
fenómeno: el agotamiento de la democracia
representativa, al cual responden diversas
tentativas de democracia directa.
Quisiera insistir aquí en un aspecto de nuestra
sociedad que me inquieta considerablemente.
Todos hemos oído hace algunos años, y aún lo
oímos de tiempo en tiempo, el slogan:
elecciones-traiciones. Antes de protestar,
comprendamos. ¿Por qué este agotamiento de la
democracia representativa? He dicho antes que
propondría una hipótesis; aquí está: la
democracia anglo-sajona ha dado al mundo un
modelo institucional que tiende esencialmente a
hacer prevalecer la ley de la mayoría sobre la
minoría por medio de elecciones libres
destinadas a designar a los representantes del
pueblo; este principio democrático, y la
práctica más o menos fiel que lo ha puesto en
obra, han sido la gran conquista y el gran logro
en el plano político, sobre todo en los países
anglo-sajones en los dos o tres últimos siglos.
Pero este principio no ha conservado un valor
progresivo, e incluso progresista, más que
cuando la misma mayoría ha representado la
conjunción entre los explotados y la parte
ilustrada de la opinión, ávida de cambio, de
libertad y de justicia.
Se podría preguntar si la tendencia actual no es
totalmente distinta.
Parece que la idea mayoritaria, por la extensión
inmensa de la clase media, tiende a
identificarse con la defensa de lo adquirido y
con la resistencia al cambio. De aquí la
tentación inversa de una militancia
deliberadamente minoritaria y los intentos
esporádicos de democracia directa.
Más allá de las instituciones, lo que tal vez
habría que poner en el banquillo de los acusados
es al "hombre liberal", que es quien las ha
generado.
Se puede legítimamente acusar a los liberales de
haber tolerado la injusticia en la misma medida
en que su libertad de expresión ha sido
salvaguardada, entendiendo por esto,
esencialmente, la libertad de palabra, de
reunión, de publicación, en beneficio, ante
todo, de quienes pueden hablar. Hay una traición
de los liberales: han sido ellos quienes han
hecho las guerras coloniales y quienes, hasta
muy recientemente, han apoyado la guerra de
Vietnam. Ha ocurrido como si la tolerancia mutua
entre gentes de palabra se cambiase,
subrepticiamente, en tolerancia a la injusticia
y en ceguera frente a los estados de violencia,
mientras se exacerbaba la sensibilidad hacia las
acciones de violencia.
Tentación de democracia directa
De ahí el sueño de la democracia directa, que
es, a la política, lo que el mito de la vida
simple es a la tecnología, y, de modo más
general, lo que la experiencia salvaje es a la
ausencia de proyecto colectivo, al eclipse de
las normas y al olvido de las herencias.
Ahora bien, este mismo sueño de democracia
directa, está cargado de violencia. La tentación
es grande de poner en cortocircuito los
procedimientos jurídicos e ir directamente a los
tribunales populares. También es grande la
tentación de hacer lo mismo con todas las
delegaciones del poder e ir directamente a la
reivindicación salvaje y sin intermediarios. Se
olvida entonces que la democracia política ha
sido una conquista muy laboriosa y muy frágil,
basada en sutiles procedimientos de discurso y
en complejas convenciones de arbitrio de
conflictos. Un autor ha dicho: “la democracia es
el procedimiento”; y es verdad. Si se pierde
dicho sentido, surgen temibles ilusiones: las de
una política directa de las masas sin
intermediarios organizados. Tal vez se viola
entonces una regla insuperable de la acción
política eficaz. El precio a pagar es bien
conocido: es el prurito de depuración que acecha
a todo ejercicio del poder que desprecia el
procedimiento. De igual forma, la manera en que
tal o cual grupo político lucha por el poder
permite presagiar bastante bien el modo en que
lo ejercerá. Hegel describe esta situación en la
Fenomenología del Espíritu, cuando
analiza el fenómeno del Terror de 1793; a ese
propósito habla del “furor de destrucción” que
se apodera de la libertad sin institución.
Pero, por la otra parte, del lado de la sociedad
institucional, las tentaciones de réplica no son
menos temibles: de este modo, la sombra del
Estado policiaco, acrecentada por todas las
reacciones defensivo-agresivas de la clase media
– y, tal vez también, de una parte de la clase
obrera – se extiende sobre las viejas
democracias.
Estos son, pues, los análisis que propongo con
respecto a los neo-conflictos de la sociedad
industrial avanzada.
II. DOS PANTALLAS IDEOLOGICAS.
Quisiera proceder ahora a un análisis de
motivaciones.
Hasta ahora no he considerado más que síntomas:
la tentación del orden y la ilusión de la
disidencia; el agotamiento del sueño tecnológico
y el mito de lo simple; el agotamiento de la
democracia representativa y la tentación de la
democracia directa. Quisiera ahora descubrir,
bajo estos síntomas, algunas líneas de fuerza
subyacentes. Abordaré, ante todo, lo que yo
llamaría motivaciones-pantalla o, si se quiere,
ideologías, dando a esta palabra las dos
significaciones siguientes:
- una esquematización impuesta por la fuerza a
los hechos;
- después, y sobre todo, una concepción
obcecada, falsificadora, que impide reconocer la
realidad. Por supuesto siempre hay ideología en
los análisis sociales y políticos.
Yo quisiera señalar dos motivaciones-pantalla,
dos ideologías, que son opuestas y cada una se
alimenta de la otra.
1. La ideología de la conciliación a toda
costa.
La primera de ellas nos llevará más tiempo,
porque proviene del medio cristiano. Es la
ideología de la paz a toda costa; una
ideología surgida del cristianismo, en el
sentido de que pretende fundarse en la
predicaoi6n cristiana del amor, tanto bajo su
forma teológica como práctica. Predicación
teológica: "Dios es amor". Predicación práctica:
"amaos los unos a los otros".
Es un hecho que esta confesión de fe -que es la
mía- conduce, muy a menudo, a negar teórica y
prácticamente la fecundidad de cualquier
conflicto; teóricamente, rechazando el oonf1icto
como mal y pecado; prácticamente, rechazando
todo recurso a una estrategia conf1ictiva. Es
curioso observar que el rechazo de la lucha de
clases, de la violencia revolucionaria, de la
guerrilla urbana y de todas las formas de
violencia nueva que yo señalaba anteriormente,
ocupa el lugar de la antigua objeción de
conciencia a la guerra y al servicio militar.
Como contrapartida de este rechazo, se
privilegia a toda costa la conciliación y la
reconci1iación. Es preciso confesar que este
debate desgarra en la actualidad la conciencia
cristiana, dividida entre un centrismo profundo
y de principio, siempre en busca de una tercera
vía, y un izquierdismo que busca en una
ideología de la revoluci6n una expresión más
próxima a la exigencia radical del Evangelio.
Yo quisiera combatir esta ideología del diálogo
(que es una idea cristiana enloquecida o, más
bien, convertida en juiciosa) tanto en el plano
de los hechos como en el de los principios.
De entrada, en el plano de los hechos.
Mi crítica se apoya en la toma de conciencia del
carácter irreductib1e de las situaciones de
conflicto en la sociedad contemporánea. No
repetiré la descripción, ya hecha, de los
neo-conflictos; me limito a responder a dos
objeciones.
Ante todo, se podría objetar que el conflicto es
un rasgo arcaico de nuestra sociedad y que un
poco más de racionalidad le pondrá fin.
Se podría pensar también que con la racionalidad
tecnológica se borrará el papel de la
política como lugar de conflictos (se conoce
el famoso adagio: un día la administración de
las cosas reemplazará al gobierno de los
hombres).
A la primera objeción responderé que es una idea
ingenua pensar que una sociedad de la previsión
y del cálculo -una sociedad del plan,
definida hace algunos años por M. Massé como el
anti-azar- deba suprimir las fuentes de
conflictos. El retroceso del azar en nuestras
sociedades señala más bien la extensi6n de la
esfera de control y decisión de los hombres, los
cuales, a la vez, son llevados a optar, allí
donde en el pasado el azar y las fatalidades
actuaban a favor o en contra del hombre, pero
según determinaciones no controladas y mal
conocidas, incluso desconocidas y desestimadas.
Por lo tanto, quien dice extensión de la
previsión dice ampliación de las opciones; y
quien dice ampliación de éstas, dice
multip1icación de las a1ternativas referentes a
los órdenes de prioridad; las sociedades de la
previsión son sociedades de opción. Toda
p1anificación democrática desemboca, en última
instancia, en la cuestión: ¿Qué clase de
sociedad queremos finalmente? Responder a esta
cuestión es poner en orden proyectos parciales
con relación a un proyecto global, introducir
una prioridad entre posibles preferencias:
¿dónde pondremos el acento, en el máximo
consumo, en el prestigio, en el poder, en la
calidad de la vida, la salud y la cultura?
Ahora bien, es una ilusión creer que los hombres
se pondrán de acuerdo fácilmente en un proyecto
global: al contrario, se puede pensar –y aún
esperar- que con la ampliaci6n de la consulta
democrática y la mu1tipiicación del número de
instancias consultadas la opción global se
convertirá en el reto de una competición cada
vez más ardiente; una simple reflexión muestra
que es poco probable que los deseos a corto
plazo -y de corta vida - de los individuos
puedan coincidir nunca sin conflicto con el
interés colectivo de largo plazo de una
sociedad, tal como los competentes podrán
concebirlo y proyectarlo. (Por competente
entiendo no sólo a los tecnócratas, a los
especialistas, sino a todos aquellos que, por
una ref1exión global aplicada a la dinámica de
las sociedades, se sustraerán a la fascinación
del corto plazo tal como la cultiva un hombre de
deseo y de muerte.) La extensión de la previsión
no disminuirá, sino que aumentará el conflicto.
La ilusión ligada a la segunda objeción no es
menos peligrosa que la primera. Efectivamente es
un error creer que el debilitamiento de lo
político está en el horizonte de nuestra
historia. Por un tiempo indefinido, la decisión
po1ítica - a la cual finalmente retorna toda
opción de prioridad en el plano económico y
tecnológico - seguirá siendo una fuente
irreductible de conflictos.
Por mi parte, concedo un gran crédito a los
análisis de lo político desarrollados por un
pensador como Julien Freund en "La esencia de lo
político". Según él, la acción política obedece
a condiciones propias; la ley de la acción
política es esencialmente la ley del conflicto,
de la lucha con vistas al poder; no pudiendo ser
compartido por todos, el poder es siempre objeto
de competencia; por esta razón, la relación
amigo/enemigo sigue siendo una categoría
irreductible de lo político.
Me parece pues peligroso soñar con la muerte del
Estado; por el contrario, el que sueña con la
disolución de lo político corre el riesgo de no
prestar atención a los procedimientos, que hay
que renovar sin cesar, para limitar los efectos
y los defectos del poder. Max Weber,
dirigiéndose a los pacifistas alemanes poco
después de la primera guerra mundial, y
reflexionando con ellos sobre la naturaleza de
lo político, subrayaba que el uso de la fuerza
formaba parte de la ética de responsabilidad que
preside el ejercicio político del poder; según
él, aquél que no haya integrado esta idea en su
visión del mundo, se deslizará, tarde o
temprano, del pacifismo al terrorismo; por otra
parte, ¿ no se ve a menudo a las mismas gentes
denunciar la pena de muerte y declararse, al
mismo tiempo, a favor de la justicia expeditiva
de los tribunales populares? Ya Hegel había
meditado sobre esta brusca transformación de la
negación teórica del conflicto en el furor
destructivo del terror. Del mismo modo, por no
haber reflexionado sobre los conflictos propios
del ejercicio del poder -en la pretensión y en
la conquista, en el derrocamiento y el
mantenimiento del mismo – el marxismo se
encontró totalmente desguarnecido, teórica y
prácticamente, ante un fenómeno como el
estalinismo. Para el marxismo, la esencia de los
conflictos es puramente económica y social; los
conflictos políticos no hacen más que reflejar
las contradicciones de la esfera
económico-social; de aquí que una política que
se proponga eliminar las contradicciones en esta
esfera es juzgada como buena, cualquiera que
sean las propias contradicciones que ella
desarrolle. La fuente de este error está en la
teoría misma: si se admite que los conflictos
tienen únicamente una fuente económica, se está
sin defensa contra la patología propiamente
política, y, más particularmente, contra la
patología que siempre puede insertarse en la
resolución política de los conflictos
económicos. Sólo quienes han reconocido, teórica
y prácticamente -como Maquiavelo, Rousseau,
Hegel, Max Weber- la naturaleza
irreductiblemente polémica y conflictiva del
ejercicio del poder, pueden estar armados contra
la patología engendrada por esta estructura
conflictiva. El carácter de decisión que se
halla unido a la política como tal, con su
cortejo de presión, fuerza y violencia, parece
que es un rasgo esencial de la acción política
tal como la conocemos hasta el presente.
Tal vez aún se objetará que este estatuto
conflictivo de lo político desaparecerá junto
con ciertos conflictos mayores de la sociedad,
precisamente los de clases. Por mi parte,
considero improbable que la solución de los
conflictos descritos por Marx, supuestos
provenir sólo de la apropiación privada de los
medios de producción, ponga fin a todo
antagonismo entre grupos sociales. La
experiencia de medio siglo de ejercicio del
poder en los países socialistas muestra más bien
que no hay nada de eso. Eso no es sorprendente,
porque los conflictos de prioridad, ligados a la
previsión, y los de competencia, ligados al
ejercicio de la decisión, son rasgos inevitables
de nuestra sociedad. Un análisis de la dinámica
de los sistemas que existen actualmente conduce
directamente a la conclusión de que los medios
empleados para resolver una clase de
contradicción, desarrolla nuevas
contradicciones, las cuales, desplazándose,
trasladan también el lugar y la forma del
conflicto.
Todos estos ejemplos, y los análisis y
reflexiones relacionados con ellos, convergen
hacia la misma conclusión, a saber, que las
relaciones sociales, económicas y sobre todo
políticas, desarrollan formas de conflictos que
impiden que se les aplique directamente y sin
intermediario un modelo de conciliación o de
reconciliación que vale para las relaciones de
persona a persona. Los conflictos sociales y
políticos son irreductibles a la situación de
diálogo engendrada por nuestra experiencia
interpersonal.
Esto por lo que se refiere a los hechos. Pero
quisiera combatir, sobre el terreno de los
principios, lo que he llamado ideología de la
conciliación a toda costa; y combatirla en su
mismo terreno, que es propiamente teológico.
En mi opinión, es tarea de una teología del amor
hacerse cargo de esta dialéctica del conflicto
inevitable; lo digo con la conciencia de
oponerme a quienes -marxistas en particu1ar-
consideran toda teología del amor como una
ideología de camuflaje destinada a hacer
soportable la explotación. Lo que es ideológico
no es la teología del amor, sino su reducción a
un modelo muy simple, el del diálogo, y la
aplicación de este modelo reducido a situaciones
para las que no está hecho. Por eso nuestra
tarea es restituir a la teología del amor sus
dimensiones comunitarias, políticas y aún
cósmicas, que la ideología individualista
(privatista", como dice el teólogo alemán Metz)
ha asfixiado.
¿Cómo restituir su plena dimensión a una
teología del amor? Ante todo, me parece,
volviendo a colocar este tema en su ámbito
teológico global; es esa separación la que ha
hecho de esta noción de amor una abstracción
ideológica; el ámbito teológico global de la
noción del amor se expresa en el concepto de
Reino de Dios.
Es en su relación con este tema del Reino en
marcha que toma sentido la afirmación de que
Dios es amor, y también la del mandamiento
práctico: Amaos los unos a los otros. Reubicado
así en el trasfondo de la predicación del Reino,
el tema del amor recibe la dimensión amplia de
la esperanza, es decir, de la certeza de las
postrimerías.
Pero este primer paso hacia una teología del
amor, completa y concreta, requiere un segundo
paso. Si el amor es una categoría del Reino de
Dios y a este título comporta una dimensión
escatológica, entonces no es otra cosa que la
justicia. Esto es lo que no comprendemos, o
comprendemos muy escasamente, cuando hacemos de
la caridad la contrapartida, el complemento o el
sustituto de la justicia; el amor tiene la misma
extensión que la justicia, es su alma, el
impulso, la motivación profunda; le da su mira,
que es el otro, de quien testimonia el valor
absoluto; añade la certeza del corazón a lo que
corre el riesgo de convertirse en jurídico,
tecnocrático, burocrático, en el ejercicio de la
justicia. Pero a cambio, es en la justicia donde
está la realización efectiva, institucional,
social del amor.
Tercer paso hacia una auténtica teología del
amor (y este tercer paso se conecta con nuestro
problema del conflicto): si el amor es solidario
del objeto escatológico de la esperanza, y si el
camino de su realización es la justicia, el amor
-que nos exige que el otro sea libre y
reconocido- debe ser capaz de asumir los
conflictos. El amor es revolucionario; el amor
asume el poder de cambio radical de la esperanza
y de la justicia. El amor engendra el conflicto:
he aquí la paradoja que es preciso que asumamos
teo1ógica, humana, políticamente.
Esto es lo que quería decir acerca de la primera
ideología, la primera motivación-pantalla, la
misma que nosotros, cristianos, alimentamos
continuamente.
2. La ideología del conflicto a toda costa.
En cuanto a la segunda ideología, si bien
venida del exterior del cristianismo, tiende hoy
a converger, desde el interior, con lo que yo
llamaba anteriormente el izquierdismo cristiano.
La denominaré la ideología del conflicto a
toda costa.
Ella nos viene por la vía de una
"hegelianizaci6n" difusa de todos nuestros
pensamientos y comportamientos; hege1ianización
que es, preciso decirlo, tiene poco que ver con
la filosofía misma de Hegel, el cual no ha
pensado más que una cosa: la contradicción
superada, sobrepasada, en la acción, en el arte,
la religión y la filosofía. A lo que apunto es a
un hegelianismo popular, que nos ha sido
trasmitido a través de todas las
popularizaciones de Marx y de Nietzsche.
Es un fenómeno cultural global que hemos de
intentar comprender, porque es lo que subyace a
todos los comportamientos de disidencia que he
descrito en la primera parte. Igual que la
ideología del diálogo enceguece ante algunos
hechos masivos, en particular de naturaleza
política, como he recordado antes, la ideología
del conflicto a toda costa oculta otros hechos
masivos que no se concilian fácilmente con los
precedentes. Estos hechos son, en mi opinión, de
dos clases. Por una parte, la atenuación de un
tipo de conflictos -los que han surgido del
siglo XIX, de la penuria- y que han dominado las
situaciones industriales avanzadas, de tipo
capitalista, hasta hoy; testimonio de ello son
el avance de las legislaciones de tipo Seguridad
Social (que no derivan de la ideología de la
lucha de clases, sino de una ideología del tipo
Centrum alemán) y sobre todo el avance de
los procedimientos de conciliación y las
estrategias de concertación, en particular en la
Europa Occidental. Esta atenuación de una clase
de conflictos, aquéllos hacia los que todos los
teóricos socialistas del siglo pasado han
dirigido sus análisis, crea una situación
teórica de frustración, que reclama un
reforzamiento, por compensación, de la ideología
del conflicto a toda costa.
Este primer hecho masivo parece reforzado por un
segundo, también considerable: la tendencia de
las grandes potencias nucleares a evitar la
escalada hacia los extremos en los conflictos
armados. Ciertamente esto no ha suprimido las
guerras y la amenaza atómica está siempre
presente; pero adquiere cada vez más el carácter
de un accidente no deseado, que la diplomacia y
la estrategia tienden precisamente a
circunscribir y a reducir. Por ello ha resultado
cada vez más difícil reintroducir
comportamientos de ruptura en la estrategia
social de concertación y en la estrategia
internacional y militar de disuasión y de
equilibrio del terror. De ahí la tentación de
aplicar, y aún de imponer, una estrategia
esencialmente artificial, minoritaria y
voluntarista, a situaciones que hacen cada vez
más improbables las acciones de ruptura.
Quisiera reflexionar y atraer su atención ahora
sobre esta ideología del conflicto a toda costa
y esta estrategia del artificio, porque creo que
aquí está la fuente de una patología social de
un género muy novedoso que estará jalonada por
cuatro palabras: provocación, marginación,
teatralización , no-comunicación.
Hay, en efecto, un camino inevitable que
conduce, de la búsqueda de la polarización a
toda costa, a la voluntad de hacer fracasar todo
intento institucional de concertación por
acciones de ruptura, hasta la táctica de la
provocación; (tomo por ejemplo las
"reivindicaciones no-negociables" presentadas
por los estudiantes de algunos campus
norteamericanos).
Desgraciadamente no puede impugnarse que este
engranaje depende de la patología social. En su
último estadio, el de la provocación, esta
táctica ofrece una salida a los impulsos
agresivos y neuróticos de los jefes secundarios
y de los terroristas clandestinos. La palabra
provocador lo define bien. En una sociedad muy
evolucionada y en la que los mecanismos sociales
son muy frágiles, la táctica de provocación me
parece en el fondo anti-pedagógica: en efecto,
el problema fundamental para la izquierda
revolucionaria hoy en día es ganar nuevas capas
sociales para la crítica del sistema; pero se
las aliena y aleja de la toma de conciencia, a
base de traumatismos y provocaciones, en tanto
que el grueso de la opinión es rechazada en una
actitud defensiva-represiva.
La marginación es, sin duda, el mayor
peligro que corren actualmente los grupos de
impugnación; ella es la contrapartida del
reforzamiento de todos los poderes establecidos,
en un sentido cada vez más represivo y
policiaco. La polarización -que se nos quiere
imponer a toda costa- está a punto de producir
en todas partes del mundo sus amargos frutos: el
ciclo impugnación-represión está bien
instrumentado, pero actúa cada vez más en
beneficio del poder y en detrimento de las
libertades públicas.
En cuanto a la acción, o mejor pseudo-acción,
está contaminada por la búsqueda de lo
espectacular, por la teatralización. Es
impresionante ver que cuando la acción se hace
ineficaz tiende a convertirse en espectacular.
Yo comprendo ciertamente la intención: cuando la
palabra ordinaria ha perdido su eficacia, puede
parecer hábil aplicar, a las masas
cloroformizadas, una terapéutica de choque;
pero el efecto es tan desastroso para los que
administran la medicina como para quienes la
reciben Es lo que yo llamo la teatralización.
Entiendo por esto la sustitución de la política
real por una especie de política-ficción,
incapaz de separar lo fantástico de lo real, y
reducido a una puesta en escena. Yo quisiera que
la "guerrilla-theater", tal como la he visto
funcionar en las Universidades norteamericanas,
fuese un medio nuevo y eficaz de abrir las masas
a la política, pero sería preciso que ello no
fuese el índice de que toda la acción se ha
convertido en teatral. Es cierto que la acción
simbólica tiene su fuerza, como la tenían los
gestos simbólicos de los antiguos profetas de
Israel; pero ¿hay algo más peligroso que una
acción reducida a un fantasma y subrepticiamente
sustraída a las condiciones reales de la acción
eficaz?. La acción tiene sus leyes, su propia
racionalidad; es el signo de la contra-cultura
negar estas leyes y esta racionalidad. Pero el
precio que se paga está ahí: la impotencia para
ejercer influjo sobre la sociedad.
Lo más grave de todo es el progreso de la
no-comunicación en la sociedad, lo que ha
sido evocado por M. Laplantine. La patología del
conflicto en nuestra sociedad llega a su culmen
cuando el adversario ya ni siquiera es
reconocido; se ha hablado aquí de la sociedad en
migajas, en todos los planos: profesional,
cultural, religioso; su aspecto más grave es la
ruptura del lugar social al nivel del lenguaje,
de los géneros de vida, y el nacimiento de una
sociedad paralela o, como dicen los
norteamericanos, de la "alternative society".
Pero, ¿qué alternativa sino la disidencia que
deja todo en su lugar, que inquieta y amenaza
sin plantar semillas de cambio?
III. RIPOSTA A LA IDEOLOGÍA: hacia una nueva
estrategia del conflicto.
He aquí lo que yo quería decir sobre las
motivaciones-pantalla, sobre las ideologías.
Nuestro problema actual es atravesar esas
motivaciones-pantalla y liquidar en nosotros
esta comprensión ideológica de los conflictos.
He tratado la ideología como una esquematización
impuesta por la fuerza a los hechos, sea para
minimizar sea para imponer el conflicto, y,
sobre todo, como una concepción-pantalla que
impide reconocer la realidad. La riposta a la
ideología debe ser a la vez empírica,
teórica y práctica.
l. Riposta empírica:
Hoy es preciso tener el espíritu muy
flexible, muy experimental, muy atento a las
formas antiguas y nuevas del conflicto, no
contentarse con análisis que tienen más de un
siglo, sino ser muy descriptivos, discernir los
verdaderos conflictos, tanto contra las
ideologías que los enmascaran como contra las
que los magnifican. Es lo que he intentado hacer
en la primera parte de este trabajo.
2. Riposta teórica:
Necesitamos una reflexión fundamental sobre el
conflicto, sobre su función. Aquí quisiera
aportar la contribución de una reflexión más
propiamente filosófica y discernir el reto de
todos los conflictos descritos. Por mi parte, me
impresiona que en nuestros días no podamos
llegar a unir estas dos palabras: libertad e
institución. El reto que se oculta tras el
conflicto de la sociedad represiva y la libertad
salvaje, de la ideología del diálogo y de la del
conflicto a toda costa, es éste: ¿cómo conjugar
los progresos de la libertad y los de la
institución? Aquí es donde yo veo el ámbito, el
núcleo del drama y del desgarramiento
contemporáneo. Tenemos una buena crítica de los
sistemas económicos, ya se trate del capitalismo
o del socialismo autoritario; pero los
conflictos mayores nos trasladan más allá de
esta crítica de los sistemas.
Lo que me parece que está en cuestión es la
posibilidad misma de vivir en instituciones.
En efecto, por una parte, las instituciones han
llegado a ser ilegibles e indescifrables,
extrañas y alienantes, pesadas e insoportables;
por otra parte, somos presa del fantasma de una
libertad sin instituciones. Me parece que esta
es la paradoja que subyace a lo que he
denominado la ilusión de la disidencia y la
tentación del orden.
Ahora bien, para afrontar este vértigo de doble
sentido, del orden y de la libertad salvaje, es
preciso rehacer hoy todo un trabajo de
pensamiento, como el que han hecho los grandes
filósofos políticos: Platón y Aristóteles entre
los antiguos, Maquiavelo, Rousseau y Hegel entre
los modernos. La tarea, hoy como ayer, es
interrogarse sobre lo que puede ser una libertad
sensata, es decir, una libertad que tenga
sentido. No es necesario, en cada época,
reinventar el problema del "Contrato social"
de Rousseau, es decir, la idea de un pacto en el
cual "cada uno se dé a todos sin darse a nadie";
dicho de otro modo, la idea de una renuncia
mutua, por la cual la libertad salvaje desiste a
favor de la libertad civil. Para Rousseau, es
cierto, el contrato era sólo un contrato
político en el que lo que estaba en juego era el
Estado y su soberanía. Hoy, para nosotros, el
problema es el del nexo social más elemental, al
nivel del lenguaje, de la sexualidad y del
ejercicio de toda clase de autoridad. Tomado en
su extensión más general, el desafío del
"Contrato social" es "la entrada en
instituciones". La tarea de nuestro tiempo es,
por lo tanto, pasar del "contrato social
restringido" (a lo política y a la soberanía) a
un "contrato social generalizado" (a toda
institución).
Si rechazamos esta problemática, nuestra
libertad seguirá siendo algo arbitrario,
obstinado y devastador; lo que Hegel, siguiendo
en esto a Rousseau, llamaba "libertad del vacío,
furia de destrucción". Y, en efecto, una
libertad que no entre en institución es
potencialmente terrorista. De aquí que hoy la
piedra angular de una filosofía social es ésta:
repensar todas las instituciones en función de
un criterio único: la realización y el
florecimiento de la libertad.
La institución no es nada en sí misma; consiste
en un conjunto de reglas aplicadas a las
actuaciones y a los comportamientos sociales,
que permite a la libertad de cada cual
realizarse sin dañar la de los otros. Todo
pensamiento político fundamental debe mantenerse
en este punto crucial donde se entrelazan la
institución y la libertad, o mejor, donde se
engendran mutuamente. Si la institución no se
sitúa en ese trayecto inteligible que Hegel
llamaba "la realización de la libertad", se
convierte en opaca, ilegible, indescifrable, y
cada cual comienza a soñar su libertad fuera de
las leyes.
En cambio, una cosa es cierta: lo más contrario
a todo pensamiento político – y finalmente a
toda acción política- es la reivindicación de lo
informe. En términos positivos, la entrada en
institución forma parte del concepto de
libertad, si, por lo menos, la libertad sensata
debe ser otra cosa que la arbitraria y salvaje.
Una apología de la libertad salvaje, al eliminar
la cuestión del sentido, conduce,
inevitablemente, a la "furia de destrucción".
A partir de esta convicción fundamental, podemos
ahora volver a los problemas concretos que
mencionaré para terminar.
Efectivamente, sólo el que conserve en lo más
profundo de su convicción la exigencia de una
síntesis de la libertad y del sentido, de lo
arbitrario y de la institución, puede vivir de
modo sensato el conflicto central de la sociedad
moderna. Aunque hoy en día no estamos incluso
en situación de dar una figura a nuestra
esperanza, podemos ya darle un nombre a nuestro
descontento, reflexionar sobre él y
comprenderlo. Es cierto que desde el mundo
capitalista hasta el mundo comunista, la
historia humana no ha logrado realizar una
síntesis exitosa entre el poder de decidir,
detentado por los diversos poderes y concentrado
en la autoridad del Estado y, por otra parte, la
pulsión de las libertades movidas por un sueño
de espontaneidad, de auto-determinación y de
auto-gestión; en una palabra, de creatividad.
Pero al dar un nombre a nuestro descontento,
damos también la forma de una flecha a nuestro
deseo.
3. Riposta práctica:
Bajo este título daré algunas sugerencias
prácticas referentes a lo que yo llamaría una
nueva estrategia de los conflictos. Pero nos
encontramos aquí en un terreno tan nuevo que nos
agarra desprevenidos hasta el punto de que es
necesario dar a estas sugerencias la forma de
pregunta: "El conflicto, ¿signo de contradicción
o de unidad?"
a) Hay una primera cuestión que se plantean
frecuentemente los educadores y todos los que
tienen a su cargo una responsabilidad y una
autoridad, y la tarea de mantener en estado de
funcionamiento una institución cualquiera:
¿hasta qué punto, y cómo, asumir en la conducta
social la especie de experimentación salvaje
que hemos visto desplegarse en el terreno de las
costumbres, de las relacione sociales y
políticas? ¿Debemos extender la tolerancia de la
sociedad con respecto a todos los
comportamientos "anómicos"? ¿Debemos y podemos
hacerlo? He oído decir recientemente que una
sociedad no funciona sino en base a una
lealtad incondicional (loyalisme). Si esto
es cierto, todo descenso de las tolerancias por
debajo de un nivel crítico ¿no provoca, tarde o
temprano, la réplica de un nuevo “orden moral”,
de derecha o de izquierda, que ofrece y – si es
necesario impone – una nueva lealtad
incondicional?. En resumen, ¿hasta dónde no ir
demasiado lejos en el dejar hacer, dejar pasar?.
Tal vez no haya respuesta abstracta, al margen
de la reconstitución de un cierto consenso
social referente a los umbrales, los límites, y
de una especie de tacto, cualidad mayor del
hombre de Estado de mañana, concebido igualmente
como educador de la comunidad y como depositario
de la decisión política.
b) Una segunda cuestión se refiere al buen uso
de las acciones de ruptura, simbólicas o no,
violentas o no. Yo admito que ellas puedan
despertar a las masas de su adormecimiento; pero
también ahí hay en algún punto un umbral
crítico; más allá de éste, aquellas acciones ya
no son comprendidas y no provocan más que miedo,
odio y cólera. El problema actual es hacer
comprender, "concientizar", como dicen nuestros
amigos latinoamericanos; para esta tarea no
convienen acciones demasiado manifiestamente
teatralizadas, sino verdaderas campañas de
explicación. Tenemos necesidad de mediadores
sociales que no busquen ni conciliar ni
polarizar a toda costa, sino que ayuden a cada
cual a reconocer a su adversario; en mi opinión,
el mediador social es aquél que explica, al
hombre del poder, las motivaciones profundas de
la impugnación, y le revela que es él quien no
tiene proyecto global - y no, como él cree, su
adversario, a quien tan fácilmente acusa de
"querer destruirlo todo sin saber qué cosa poner
en su lugar"; pero el mediador social es también
aquél que explica al anarquista la necesidad y
el sentido de la entrada en institución; para
este fin, ¡le dará un pequeño curso sobre Hegel!.
Pero también existe la cuestión de saber lo que
se puede esperar hoy de un esfuerzo así para "concientizar"
- que yo opongo a "traumatizar". ¿Cómo hacerlo
cuando el tiempo libre y la cultura popular
están captados y modelados por los mismos
poderes que reinan sobre la producción y el
consumo?
c) Hay una tercera cuestión -y es inmensa-:
saber qué pasa y qué va a pasar en cuanto al
viejo debate entre reforma y revolución. Yo
tiendo a decir que, planteado en términos de
alternativa, el debate es puramente académico y
escolástico. Lo esencial es saber, en cada
situación, qué cambios se consideran deseables
y razonables; es una cuestión de
oportunidad y de ocasión de saber qué estrategia
es apropiada. Porque si las reformas pueden ser
acusadas de consolidar y prolongar el
sistema, las revoluciones -sobre todo las
fallidas- tienen un costo económico, social y,
sobre todo, humano, que no se quiere evaluar.
Nuestras sociedades han superado, tal vez, el
punto de esta alternativa. Quizás hemos entrado
en el tiempo de la estrategia compleja, en la
que fases de negociación, de concertación,
alternarán con fases de agitación, de ruptura y
hasta de violencia, pero sin que el ritmo de
crecimiento quede fundamentalmente amenazado.
Esta cláusula plantea hoy, a la acción
revolucionaria, condiciones desconocidas por las
sociedades menos avanzadas y, por esta razón,
menos frágiles que las nuestras.
Mi tendencia aquí sería decir que la revolución
y la reforma no pertenecen a los mismos planos
de referencia: la revolución se sitúa, sobre
todo, al nivel de las convicciones y de las
motivaciones: es el "no" del gran rechazo; la
reforma caracteriza el nivel de la acción; ella
designa los cambios de fondo impuestos a la
realidad social y política. Los momentos de
ruptura violenta son, tal vez, necesarios; pero
hay que pensar en ellos sólo como una peripecia.
La revolución no es una peripecia: es la presión
continua de la convicción sobre la acción
responsable. Una nueva distribución se esboza
así entre los términos mayores que sirven para
definir una estrategia de la acción política.
Pero no quiero quitar su forma interrogativa a
esta tercera sugerencia; es una pregunta que
someto a su consideración: ¿han superado o no
nuestras sociedades las formas clásicas de la
acción revolucionaria, tal como ellas fueron
codificadas por los grandes pensadores
socialistas, de Proudhon y Marx a Lenín y
Trotsky ?
Termino con esta sugerencia, que perturba unas
cuantas ideas preconcebidas. Pero ¿ no estamos
destinados a ser sacados de quicio en lo
referente a nuestras ideas recibidas, si
queremos permanecer atentos a las formas nuevas
de los conflictos y a proyectar los nuevos
rasgos de la acción misma?.
Nuestro modo de participar en los "gemidos de la
creación" es inscribir nuestra esperanza en una
lectura atenta y en una acción innovadora. |