|
En Comunión: La reconciliación no es “borrón y
cuenta nueva”
Alicia Marill
La palabra “reconciliación” tiene efectos
conflictivos para el exilio cubano. Es una de
esas palabras que han sido mal usadas y mal
interpretadas.
También ha sido utilizada de una manera que da
la impresión de que se quiere borrar fácilmente
la complejidad del dolor cimentado por las
bárbaras injusticias del régimen castrista en
sus 42 años. La experiencia del exilio se define
a través del dolor que continúa marcando
nuestras vidas. No es cosa del pasado. Hay
traumas a raíz de la experiencia de haber sido
desposeídos de nuestra patria y de las
experiencias de humillación de las famosas
depuraciones, a principios del régimen. Muchos
llevamos el trauma de encarcelamientos,
fusilamientos, torturas, constantes amenazas, y
de familias desaparecidas en el mar. El exilio
vive día a día el gran dolor de las tragedias de
las separaciones familiares de padres, abuelos,
tíos, hermanos, primos, que en muchos casos
nunca pudieron reunirse.
El drama de la “Isla Prisión”, como define
nuestra isla Armando Valladares, se vive desde
el destierro con el sufrimiento propio y el de
los nuestros allá. Dolor que muchas veces es
objeto de burla y de infamia dentro del medio en
que nos ha tocado vivir.
En este marco del dolor cubano hay un llamado de
la Iglesia a la reconciliación. La pregunta que
resalta es: ¿Con quién? Muchos cubanos nos
resistimos a abrazar este concepto y tenemos
razón. Para los cubanos no puede haber una
reconciliación con Castro, quien no se
arrepiente de nada. Para concebir un proyecto de
reconciliación, hay que aceptar que sin libertad
y justicia no hay reconciliación. Nuestra patria
sigue sufriendo las consecuencias y el trauma de
una revolución que ha implantado una cultura de
la muerte. Sin embargo, nuestro espíritu y
nuestra sangre cubana buscan la alegría de
vivir.
Entonces, si somos cristianos, ¿cómo podríamos
concebir un proceso por el cual, al menos,
logremos aceptar que tenemos que forjar juntos
un camino de unidad entre nosotros, los
creyentes de aquí y de allá? Un camino que nos
haga reconocer el dolor del pueblo cubano y a la
vez buscar cómo comenzar un trayecto que nos una
como pueblo, ya que la feroz ideología de Castro
muchas veces ha logrado separarnos. La
reconciliación no se dirige al gobierno de Cuba
ni a sus representantes.
El papa Juan Pablo II se dirigió a los obispos
de la Conferencia Episcopal de Cuba en julio de
2001 y les animó a continuar en el trabajo
paciente en favor de la justicia, de la
verdadera libertad de los hijos de Dios y de la
reconciliación entre todos los cubanos, los que
viven en la Isla y los que se hallan en otras
partes, no ahorrando esfuerzos conciliadores que
permitan ampliar siempre el trabajo caritativo
de la Iglesia en la promoción humana del pueblo.
No es un secreto que muchos cubanos católicos de
la Isla y de la diáspora hace tiempo que hacemos
grandes esfuerzos en correspondencia con todas
las dimensiones que encierra ese mensaje del
Papa.
Ahora bien, lo que nunca hemos podido saber a
ciencia cierta es qué significa ese “trabajo
paciente” en favor de una reconciliación.
Muchas veces se propone de ejemplo modelos de
otros países, que han sufrido conflictos
violentos provocados por regímenes
dictatoriales, que someten a la esclavitud a su
gente y cometen oprobios y crímenes contra gran
parte de su pueblo. Lo de Cuba es diferente.
Esto lo decimos siempre los cubanos, y es
verdad. El sistema político enfermizo que
llenaríamos muchas páginas describiendo, no ha
llegado a su fin. Se nos hace difícil considerar
una verdadera transformación de los cubanos y de
nuestra patria, aunque todos la soñamos. Juan
Pablo II, acertadamente, expresa que esta
añoranza sincera también conlleva la paradoja de
factores existentes que causan profundas
divisiones.
Desde la fe cristiana, la reconciliación es un
llamado a vivir “en comunión”, en común unión, y
es un llamado a sanar y a hacer justicia. La
justicia en sentido bíblico es un deber de
corregir todo lo que no va con el Dios de
misericordia, amor y verdad.
La justicia ha de ser parte integral del vivir
el Evangelio. Por lo tanto, el primer paso es
“reconocer el dolor de todo el pueblo cubano y
sus raíces”. Es reconocer que nos han destrozado
anteriormente.
El arzobispo Favalora, inspirado por los
principios de nuestra fe, la palabra de Dios,
las enseñanzas de la doctrina social de la
Iglesia y los últimos documentos de Juan Pablo
II, particularmente Ecclesia in América, ha
asumido la iniciativa de convocar a líderes
católicos cubanos para desarrollar un proceso
que promueva la valoración de nuestros
sentimientos, y un acercamiento entre los
católicos de la diáspora en la Arquidiócesis de
Miami y la Iglesia de Cuba. Este proceso de la
arquidiócesis se ha titulado En Comunión.
El nombre surge de las varias sesiones que hemos
tenido unas cuarenta personas, cubanos católicos
comprometidos con Cuba y con nuestra Iglesia. El
liderazgo de este esfuerzo lo han llevado dos
jóvenes cubanos hijos de Manuel y Eloísa
Hidalgo. Ellos, los hermanos Bibi y Patricio, se
formaron profesionalmente en universidades
prestigiosas, y dedicaron sus investigaciones al
estudio de cómo reconstruir comunidades en
conflicto, y aplicaron sus conocimientos y sus
esfuerzos a reflexionar sobre su propia
historia.
El primer propósito de la visión del proceso
En Comunión es reconocer el dolor de todo el
pueblo cubano, e invita a crear un espacio
sagrado desde donde podamos reconocer nuestro
dolor personal, y entender con empatía y respeto
lo que ha significado el proceso del exilio y el
sufrimiento del pueblo en Cuba durante este
tiempo, así como hacer una lectura de este hecho
de dolor desde la fe, atendiendo a los aspectos
de redención, que son un llamado a la misión.
Este proceso desde la fe nos ayuda a ver con
claridad que, a raíz del sufrimiento, nuestras
vidas en el exilio han dado mucho fruto. Y no
sólo eso, sino que tenemos un legado de
historias heroicas fundamentadas en la fe.
La reconciliación, el encontrar un sentido a
nuestro dolor y a nuestra misión, no significa
olvidar. Jamás se tratará, como en aquel viejo
adagio, de que “hay que perdonar y olvidar”.
Quizás podamos perdonar, porque descubrimos la
gracia de Dios irrumpiendo en nuestra vidas;
pero es un mandato de nuestra fe el recordar.
Jesús dijo en la última cena: “Hagan esto en
memoria mía”.
Recordar es llevar en el corazón. Nuestros
corazones están llenos de cicatrices; pero la
memoria nos ha de servir de impulso para llevar
la justicia y llevar la redención, la cultura de
la vida de nuestra fe a donde quiera que haya
una cultura de la muerte.
Abril de 2003
La Voz Católica |