|
La comunión del diablo
Andrés Reynaldo
Suele decirse que las naciones tienen los
gobiernos que se merecen. Por mucho que uno se
resista a estas simplificaciones, no cabe duda
de que llevan algo de verdad. Al menos en el
caso cubano. Hay un sórdido sedimento en nuestra
estructura profunda que aún le da raíz al
castrismo. El asunto es complicado. Es como si
la vida nacional transcurriera a perpetuidad en
opuestos planos, de manera que el bien nunca
atenúa el mal. Planos en perverso desequilibrio,
para colmo, ya que con frecuencia el mal
consigue sofocar al bien.
En ese panorama de desenfrenada abyección se
inscribe un reciente artículo sobre Ernesto Che
Guevara, en realidad una apología, de monseñor
Carlos Manuel de Céspedes, publicado en Granma.
Durante años, la Iglesia Católica ha solicitado
a las autoridades un espacio en los medios. Tras
la visita del secretario de Estado del Vaticano,
el cardenal Tarcisio Bertone, esta posibilidad
cobró cuerpo. Algunos nos preguntábamos de qué
podrían hablar los representantes de la Iglesia
sin irritar el estrecho marco de expresión
oficial. ¿Hablarían de los presos políticos? ¿De
la ausencia de libertades? ¿De las violaciones
de los derechos humanos? Bueno, era una
incógnita que ahora Carlos Manuel nos despeja
inequívocamente: van a hablar de lo mismo que
habla la dictadura, con la misma entonación, la
misma gramática y el mismo desprecio por la más
elemental decencia.
Carlos Manuel recuerda que una vez Juan Pablo II
dijo que el Che le inspiraba respeto, puesto que
había luchado en nombre de los pobres. En esa
anécdota, nuestro culto prelado parecía buscar
una patente de corso. Ignoro si la cita está
sacada fuera de contexto. Sea como sea, si Karol
Wojtyla dijo eso del Che cometió un error
imperdonable. Se olvidó de quién era el Che y,
peor aún, se olvidó de quién era él. Se olvidó
de los mártires de la Iglesia polaca. Se olvidó
del padre Jerzy Popieluszko. Y se olvidó de
Cristo. De igual manera que cometió una
monstruosa pifia al demorar en condenar los
abusos contra menores cometidos durante décadas
por sacerdotes católicos en Estados Unidos, con
la cómplice aquiescencia de sus obispos. Por lo
demás, si asesinar, corromper y destruir en
nombre de los pobres sirve de absolución, vamos
a terminar rehabilitando a Hitler, Pol Pot,
Stalin y Mao, entre otros tiranos y genocidas de
marca mayor.
Cada vez que se toca este tema, sale alguien a
moderar con el detalle de que la Iglesia cubana
tiene que morderse la lengua para no
desaparecer. Igualmente se acusa que es muy
fácil criticar desde Miami. Respuesta número
uno: nadie les reprocha que se muerdan la
lengua, sino que hablen como hablan de su amo
los sirvientes pusilánimes. Segunda respuesta:
la comodidad de lanzar una crítica desde el
exilio no cancela el derecho a la crítica. Uno
pudiera conformarse con que la Iglesia volcara
todas sus energías en una angélica misión
pastoral, haciendo la vista gorda a los desmanes
de la dictadura. Incluso hasta sería explicable
que su papel se rebajara a una mera gestión
inmobiliaria. Pero, obviamente, gente como
Carlos Manuel está jugando otro juego. Y ese
juego huele a azufre.
Hay que tener un rostro de piedra, la dignidad
de una yegua en celo y el corazón encharcado de
estiércol para haber jurado imitar a Cristo y
terminar alabando al hombre que conducía, con
pedante frivolidad, los fusilamientos de la
crema y nata de la juventud católica. ¿De dónde
vienes tú, Carlos Manuel de los Palotes, a
ofendernos con esas repugnantes paparruchadas de
nostálgica viuda, llorando por un extranjero que
disfrutó matar, maltratar y ningunear a los
cubanos? ¿Qué te obliga, en tu vejez y ya cerca
de la muerte, a revolcarte tan ligero de ropas
en la infamia de una dictadura que ha herido con
alevosía a tu nación, tu cultura, tu Iglesia y
tu familia? ¿Será que tu vanidad ha devorado tu
persona? ¿Será que tu deuda con el castrismo la
pagas con lo que debes a Dios?
Asco dan estos curas que chupan la bota de su
verdugo. Asco da también el silencio de los
obispos de la isla. ¿Cuál es el miedo? ¿Cuál es
la mordaza? Si la dictadura y el Vaticano están
de luna de miel, ¿tenemos que lavarles las
sábanas? ¿Cuánto vamos a sacrificar los cubanos
a esta diplomacia de peluquería? ¿Cuál torcido
acápite de romana disciplina exime a vuestras
Eminencias de caminar el Via Crucis de su
pueblo? ¿Cuántos espíritus van a iluminar con la
hostia de la mendacidad?
En el altar del Che, Carlos Manuel ha oficiado
misa.
Que el Señor se apiade de su alma. |