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Breve aproximación personal al Che Guevara
Monseñor Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal
Granma
La Habana, 27 de Mayo del 2008
Era costumbre del Papa Juan Pablo II viajar
acompañado por periodistas que, luego,
reportarían el viaje. Durante el vuelo, en algún
momento, el Papa pasaba a la cabina ocupada por
los periodistas y hablaba un rato con ellos. Le
preguntaban habitualmente no solo sobre ese
viaje, sino también sobre casi todo lo humano y
lo divino que les interesase en ese momento. En
la anécdota que voy a referir, se trataba de un
viaje a África —Juan Pablo II realizó varios a
ese continente—, hacia finales de la década de
los ochenta o a inicios de la de los noventa. Ya
en esos años se especulaba acerca de una posible
visita de Juan Pablo II a Cuba. Se vino a
concretar en enero de 1998. En algún periódico o
revista de entonces, leí lo siguiente que,
ahora, trato de reconstruir, fiado a mi memoria.
En la cabina aérea se había hablado ya de la
descolonización de los países africanos,
relativamente reciente entonces. Si se tocaba
ese tema, resultaba casi ineludible referirse,
de algún modo, a Cuba y al Che, uno de los
protagonistas de ese proceso. La pregunta fue
directa: "¿Qué opina Su Santidad sobre el Che?".
Según el artículo que entonces leí, el Papa
habría guardado un silencio reflexivo durante
algunos instantes. Lo rompió diciendo, con
sencillez iluminadora: "No lo conozco a fondo,
pero sé que se preocupó por los pobres.
Consecuentemente, merece mi respeto". Me doy
cuenta de que el juicio de Juan Pablo II me
condujo a una aproximación más justa acerca del
Che. A la hora de juzgar los hechos de una
persona, no deberíamos eludir las motivaciones
que tuvo para realizarlos, para asumir una
actitud ante la vida. El Che no es una
excepción. Una cosa son los excesos que podría
haber cometido en el marco de esa
"preocupación", y otra, de muy diverso carácter,
las que cometen hombres y grupos por las
sinrazones del egoísmo y la ambición
desmesurada.
Como la mayoría de los cubanos, tuve las
primeras referencias firmes acerca del Che
cuando empezó la guerrilla en la Sierra Maestra,
después del desembarco del "Granma", o sea, a
inicios de diciembre de 1956. Ya yo estudiaba en
el Seminario de La Habana y, entonces, la
condición disciplinar de la institución, hoy
diversa, nos dificultaba las informaciones
acerca de la situación política y de casi todo
lo que ocurría en nuestro País y en el mundo.
Afortunadamente, yo mantenía comunicación asidua
no solo con mi familia, sino también con amigos,
entre los que se encontraban compañeros
universitarios. El Che resultaba ser el más
enigmático de los líderes de aquel proceso. A
los cubanos los conocíamos; al Che lo
empezábamos a conocer.
Todas las referencias coincidían en afirmar su
arrojo casi temerario ante el peligro, así como
el espíritu de disciplina. Conocimos que era
médico y se hacían historias acerca de su viaje
por América Latina, su presencia en la Guatemala
de Arbenz, el encuentro con Raúl y Fidel en
México, etc. Casi todos valoraban también, desde
aquel entonces, la coherencia entre sus
convicciones y los hechos de su vida. Se decía,
asimismo, que era un lector voraz de buena
literatura, con una marcada preferencia por los
libros de Filosofía, y por los autores clásicos;
no solo los españoles, sino también los griegos
y latinos, lo cual me gustaba mucho. Se afirmaba
su cultura política de orientación marxista, lo
cual, para muchos cubanos de la época,
constituía un obstáculo para llegar a apreciarlo
positivamente. Reconozco que para mí no lo era
tanto pues, aunque discrepaba de la carencia de
una metafísica y de su negación de la
trascendencia en el marxismo, simpatizaba con el
énfasis en el socialismo. Evidentemente, el
marxismo no era, ni es, mi orientación
filosófico-política; pero tampoco lo era, ni lo
es, el anticomunismo, más visceral que racional.
Aunque algunos miraban con desconfianza su
condición de extranjero, desde aquellos años
algunos amigos, y yo personalmente,
relacionábamos su presencia en el seno de la
Revolución cubana, con la de tantos extranjeros
que cooperaron con nuestros movimientos
independentistas del siglo XIX; sobre todo con
la de Máximo Gómez. El Generalísimo dominicano,
lo sabemos de sobra, es parte integrante del
panteón patriótico e internacionalista cubano.
A medida que nos encaminábamos a la victoria
revolucionaria y, ya en la etapa final,
villaclareña, de la guerrilla, las anécdotas
acerca del Che, naturalmente, se multiplicaban.
Y mis preguntas a mí mismo, acerca de él,
también. Junto con los datos positivos, se me
presentaba una actitud justiciera radical, dura
y fría, frente a las debilidades y errores
humanos; actitud que nunca me ha resultado
positiva cuando la descubro en personas de mi
entorno, o en personas a las que llego por el
camino de mis estudios de historia. Los primeros
meses de Gobierno Revolucionario, con el Che ya
instalado en La Habana, parecían confirmar, a
mis ojos, la demasía de tal ánimo justiciero,
tanto en el Che, como en la mayoría de los
dirigentes históricos de la Revolución. Los
discursos y escritos del Che en la época estaban
en la misma línea.
Sin embargo, también se me incrementaba la
admiración ante su coherencia existencial e
intelectual, así como su sensibilidad social.
Algunos amigos míos, personales, llegaron a ser
colaboradores cercanos del Che en ese periodo.
Ellos constituyeron una preciosa fuente de
información acerca de la riqueza y matices de su
temperamento. No lo podíamos encerrar en su
palabra congelada. Ni a él, ni a nadie. Y con
esa difícil especie de contradicción en mi
acercamiento al Che, llegamos a su etapa final,
conocida de primera mano por su "diario" de
campaña en Bolivia. Lamentablemente, nunca lo
traté. Durante una buena parte de su presencia
en Cuba, yo vivía y estudiaba en Roma (agosto de
1959 a agosto de 1963). Desapareció el Che de
Cuba —África, Bolivia y muerte por asesinato—,
sin que yo hubiese podido llenar la laguna de no
haber tenido el acercamiento, casi
imprescindible, para conocer y valorar
rectamente a una persona.
Luego vinieron los años del entusiasmo ante el
Che, en Cuba y fuera de ella, aún entre personas
y grupos que tomaban distancias con relación al
proceso revolucionario cubano. Años del
crecimiento, casi mitológico, de la imagen, la
de la memoria y la de la iconografía, centrada
esta en la fotografía de Korda. Recordemos el
mayo parisino de 1968 y todo lo que ha sucedido
después, en relación —directa o no— con ese mes
irrepetible. Años también, de la aparición de
los ensayos y biografías. Imposible acceder a
tantas obras. En más de una ocasión, pedí
orientación al respecto a Manuel Piñeiro, con
quien yo mantuve una buena amistad, nunca
deteriorada por las discrepancias discutibles.
Por mi parte, pues, han sido los años de la
decantación de la imagen del Che.
Y ahora aparece "Evocación. Mi vida al lado del
Che", el libro insustituible de Aleida March, la
esposa y compañera afectiva del Che en sus años
cubanos, los definitivos y definitorios. Ella es
la única que podía custodiar la presencia de
esos rasgos de la intimidad y testimoniarlos
ahora, a una distancia de más de cuarenta años,
con su prosa sencilla, como la de quien conversa
familiarmente. Como deben haber sido contadas
estas cosas a sus hijos, que no tuvieron mejor
puente hacia el Che que Aleida, su madre. Ahora
nos ha tocado en suerte, también a nosotros,
acceder a ese camino testimonial, asomarnos a
esas realidades no aprehensibles por otra vía
que no hubiese sido esta, la del testimonio de
la esposa y madre de sus hijos. Camino
complementario irrenunciable por parte de todos
los que deseamos "conocer" al Che por entero.
Conocerlo en su médula interior y en las
fibrillas del corazón; conocerlo en ese nivel
del ser humano en el que se deciden tanto las
realidades cotidianas más pequeñas, como las del
peso social y visible; nivel en el que surgen,
se deciden y empiezan a vislumbrarse los errores
y las virtudes, las dimensiones positivas y las
que no lo son.
Todos los caminos me confluyen ahora en la frase
de Juan Pablo II citada en el inicio de esta
reflexión. Casi todo en el Che debería ser
contemplado a la luz de su opción coherente y
radical por los pobres; de su pasión por lo que
solemos llamar "justicia social". Tan coherente
y radical, tan acerina fue su pasión, que lo
llevó a la ofrenda de su propia vida. Y cuando
un hombre entero llega a esos extremos, las
discrepancias con él adquieren otro tono, pues
tal hombre merece, no solo respeto, sino también
admiración entrañable. |