El Señor te bendiga
y te guarde;
te muestre su rostro
y tenga misericordia
de ti.
Vuelva a ti su mirada
y te conceda la paz.
El Señor te bendiga.

 

Merton en mí

Dora Amador

"He recibido tres regalos por los que nunca estaré suficientemente agradecido: primero mi fe católica; segundo, mi vocación monástica; tercero, la llamada a ser escritor y compartir mis creencias con otros". Thomas Merton

Thomas Merton

Que la vida y obra de Merton me tocaban profundamente, de forma inusitada, ya se me había revelado. Su deambular por las catedrales e iglesias de Europa, que confundió con sólo un poderoso gozo estético, su búsqueda interior, la creciente necesidad de Dios, de un Amor que supera todos los amores, una entrega absoluta, total que desborda cualquier otra entrega, y la culminación: su conversión al catolicismo, son también mías. Es la máxima vivencia de la belleza, adoración, necesidad de agradecer y alabar que te posee para siempre, la relación profunda con Dios a la cual te sientes llamada, el silencio, la oración y el asombro ante lo sagrado, sobrecogimiento ante tanto esplendor, al fin, de la Verdad y el Amor hallados.

Mi acercamiento a Merton, el signo, el guía, el santo –hay tantos y tantas no canonizados– que es para mí, culmina con La montaña de los siete círculos, su autobiografía, donde el autor traza magistralmente la trayectoria de su vida convulsa –los apasionantes estudios literarios y los encuentros con entrañables compañeros de estudios, divertidas fiestas de risas y licores, la vehemente búsqueda de placer, incluida claro, la lectura, “el frenesí de la cama”, como diría Susan Sontag–, libros, libros: poesía, narrativa, ensayos, historia y política, discutir sobre justicia y paz, entender el mundo, vivirlo y probarlo todo, saber mucho, apropiarse de la belleza y el instante. ¿Llegar a la sabiduría? Extraños caminos tiene Dios. Merton comprende que todo es vanidad, vacío y sinsentido, precipicio sin fin, hasta que descubre su camino cuando irrumpe en su vida Dios.

Yo, ante la tumba de Thomas Merton

Después de su conversión, intenta entrar en la orden franciscana, lo rechazan por su pecaminosa vida pasada. Pero descubre y entra en el monasterio trapense de Getsemaní, en Kentucky, donde vive la austera vida de silencio y soledad de los monjes; los últimos años incluso pide hacer votos de ermitaño y se va a vivir fuera del monasterio, en una casita solo, dentro de los predios del bosque de Getsemaní.

Pero Merton estaba convocado a ser más que un gran intelectual, un monje místico, el escritor y guía  de espiritualidad más grande de Estados Unidos y uno de los mayores del mundo. Eso no hubiera sucedido si no entra en la orden cisterciense, llevando la vida de oración, lectura, pensamiento, soledad y silencio, pero sobre todo, la gracia que Dios le dio para ser lo que en realidad estaba llamado a ser. Ahí escribe, en 1948, su autobiografía, y su riquísima y trascendente obra hasta su muerte, tan significativa.

Hace tiempo cito, y seguiré citando, al monje trapense, porque es uno de mis maestros. Lo primero que leí de él fue The Silent Life. Después le siguió un número considerable de obras maravillosas dedicadas a la vida contemplativa, entre ellas el clásico Nuevas semillas de contemplación, Zen and the Birds of Appetite, una colección de ensayos sobre budismo y lo que el autor llama la ``nueva conciencia religiosa'', en el que lamenta los prejuicios católicos contra otras religiones, a pesar de que el Concilio Vaticano II estableció la importancia y la necesidad del diálogo interreligioso. Merton insta a cobrar conciencia de que los cristianos tienen mucho que aprender del hinduismo, del budismo, el confucianismo y especialmente del Budismo Zen. En ese mismo libro tiene un precioso ensayo comparativo sobre el misticismo sufí, cristiano y budista. El verano de 1996, durante unas vacaciones que hice en tren por Estados Unidos, leí dos de sus otras obras definitivas: The Sign of Jonas y Conjectures of a Guilty Bystander .

Pero volvamos atrás, al momento en que estoy leyendo La montaña de los siete círculos. Descubro ahí que Merton anda en una guagua “salvaje'' y repleta por las carreteras y montañas cubanas, mirando por la ventanilla, buscando ceibas solitarias donde ver a la Virgen, rezando rosarios, asistiendo a misas, como un delirio de amor en la isla que lo hechizaba, de rodillas ante la consagración, comulgando, buscando a Creador, buscándose. Merton asciende hacia la Basílica del Cobre, y a medida que va llegando ora: “¡Ahí estás, Caridad del Cobre! Es a ti a quien he venido a ver . . .''

Entra en la iglesias de Santiago de Cuba y Matanzas, también en las de Camagüey, donde descubre, asombrado, que hay una con el nombre de La Soledad, ¡la soledad!, que pronto lo abrazaría para su bien, su crecimiento, su iluminación interior y del mundo a través de sus escritos en el monasterio.

Fue en una de esas en La Habana, la iglesia de San Francisco, donde Merton tuvo en 1940 su primera experiencia mística. Allí, dice, vio la luz, una luz indescriptible. Comenzó en el momento de la consagración, cuando el sacerdote levantó la hostia; seguidamente oyó a unos estudiantes que se hallaban sentados al frente en la iglesia pronunciar las palabras: “Creo en Dios'', y se inició la secuencia que era a la vez sincronía: triunfo que a la vez es luz que a la vez es voz y sacudida y éxtasis que estalló cegándolo ante lo que ya supo era la manifestación de Dios, que hacía sólo unos instantes había llamado metafóricamente luz, pero en realidad era la conciencia de la Verdad, que es la visión del Amor. Y entonces sintió el gozo, la paz, la felicidad que tanto buscaba de saber que el cielo se hallaba allí, en aquel altar, entre aquella gente, en aquella isla, en aquel momento.

En el proceso de conversión que vivió Merton, el viaje a Cuba fue decisivo. La Virgen de la Caridad le concedió lo que le había pedido en su subida al Cobre: que le permitiera entrar al sacerdocio. Y en la iglesia de San Francisco, donde irrumpió la luz, se inició su mística, que dio paso a una espiritualidad renovada, contemplativa y ecuménica, trasformadora en la Iglesia Católica norteamericana y mundial. Dice sobre este tema, Fernando Beltrán Llavador, monje cisterciense, professor de la Universidaad de Salamanca, en el Primer Retiro mertoniano realizado en España en el 2000, en la Abadía de Viaceli, Cóbreces (Cantabria):

Aunque Thomas Merton refleja su experiencia de Dios en fechas anteriores a las nuestras, quisiera comenzar esta pequeña selección destacando lo que le ocurrió oyendo misa el 29 de abril de 1940 en Camagüey (Cuba):

‘Supe con la certidumbre más absoluta e incuestionable que ante mí... ([pero] en ningún lugar) directamente presente a algún tipo de aprehensión mía más allá de los sentidos, estaba a la vez Dios en toda su esencia, en todo su poder, en la carne y en sí mismo y rodeado de los rostros radiantes de miles, de millones, de innumerables santos contemplando su gloria y alabando su santo nombre. La certeza inconmovible, el conocimiento claro e inmediato de que el cielo estaba justo ante mí, me sacudió como un trueno y me atravesó como un rayo que parecía que me sacaban al instante de la tierra’

Esa experiencia precipitaría su posterior andadura de conversión y transformación personal, que sería acrisolada paulatinamente en el monasterio de Getsemaní. Si Merton convence a lectores de todo tipo es porque en él se percibe, y en verdad podríamos decir que se anticipa, y se participa de, una experiencia genuina de Dios. Esa experiencia inspira e impregna los escritos de Merton, que rezuman savia vital y relevancia existencial”.

A finales de 1968 Merton había sido invitado a un encuentro y a un retiro con monjes contemplativos budistas y cristianos en Bangkok.  Estando allí, murió accidentalmente cuando tocó el cable de un abanico después de una ducha, saliendo del baño. Había ido a descansar a su habitación después de una charla que había dado por la mañana y se preparaba para una sesión de preguntas y respuestas que tendría esa tarde. Merton murió electrocutado a la edad de 53 años, el 10 de diciembre de 1968, el día en que se cumplían precisamente 40 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Fue el primer estadounidense que habló públicamente en contra de las armas nucleares, de la necesidad urgente de la paz, denunciar la guerra de Vietnam. Curiosa ironía que el cadáver de este profeta haya sido llevado de Bangkok a Estados Unidos en un avión lleno de cadáveres de soldados muertos en Vietnam. El avión hizo escala en Saigón para recoger los cuerpos destrozados de los jóvenes estadounidenses. Su lucha contra el racismo, la discriminación, la guerra, el armamentismo y su defensa incansable por la lucha no violenta plasmados en numerosos libros se han convertido en clásicos sobre el tema.

¿No es simbólico que en un mismo año mueran él y Martin Luther King Jr.? ¿Y que en 2008 se cumplan además de los 60 años de la instauración de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la muerte de Mahatma Gandhi?

Merton, el primer religioso católico que aboga con urgencia por el ecumenismo y el diálogo interreligioso, el primero también que estudia el budismo Zen y su relación con la contemplación cristiana, cuando nadie en Occidente sabía nada de budismo. Son históricas las reuniones que sostuvo con grandes maestros de esa espiritualidad oriental, haciéndoles a ellos accesible, comprensible, integrable el cristianismo. Hoy, es lugar común a nivel internacional estos encuentros, estos estudios y el llamado urgente a establecer lazos comunicantes, un diálogo constructivo entre las religiones, buscando siempre más lo que nos une que lo que nos separa. Más los místicos y contemplativos, donde ya se trasciende, al fin, todo entendimiento, todo pensamiento, es la unión absoluta con el Otro, es cuando el alma está absorta, en éxtasis amando y dejándose amar. Nada más.

Qué lejos de la verdad es el comentario de alguien o algunos mediocres de que Merton abandonaría a la larga el catolicismo para hacerse budista. Todo lo contrario, su fe en Cristo, su cristianismo raigal fue precisamente lo que lo movió a buscar el amor entre todos, la comprensión y la unión fraterna entre todas las religiones. Dios es uno, y quiere salvar al mundo, incluyendo a no bautizados. Para probarlo, si es que alguien necesita prueba de tanta grandeza inspirada por el Espíritu de Dios, la encuentra en unas hojas de su diario escritas dos días antes de su muerte. Ahí habla de que se iba en ese momento a celebrar la misa, de que va a almorzar con el delegado apostólico de Bangkok. Cuando viaja por Asia, sigue día a día su tradición monástica, celebrando la eucaristía, rezando el Oficio Divino y manteniendo sus devociones personales. Lleva siempre consigo un rosario y un icono de la Santísima Virgen con el Niño Jesús.

"Ahora nuestros espíritus son uno" dijo el Dalai Lama después de rezar en la tumba de Merton, junto al Abad del Monasterio de Getsemaní Timothy Kelly.

En su autobiografía titulada Freedom in Exile, el Dalai Lama describe el impresionante encuentro que tuvo con Thomas Merton en Dharamsala, en India, a finales de noviembre de 1968, cuando el monje católico lo fue a visitar días antes de continuar en su viaje por Asia, rumbo a Bangkok, donde murió: "This was the first time that I had been struck by such a feeling of spirituality in anyone who professed Christianity. Since then, I have come across others with similar qualities, but is was Merton who introduced me to the real meaning of the word «Christian»."

Hace poco tiempo fui a pasar la Semana Santa en el monasterio de Getsemaní, lo primero que hice fue arrodillarme ante su tumba, una cruz blanca igual que muchas que la rodeaban, con su nombre y sus fechas de nacimiento y muerte. ¿Muerte? Vida eterna, plenitud, el encuentro, al fin eternamente, con el Amado, el paraíso recobrado, el Reino de Dios.

Señor, dueño nuestro,
¡que admirable es tu nombre
en toda la tierra!
Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos;
la luna y las estrellas que has creado,
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él,
El ser humano para que cuides de él?

                                                  Salmo 8

¡Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.
Toda mi vida te bendeciré
Y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré con manjares exquisitos,
Y mis labios de alabarán jubilosos.
En el lecho me acuerdo de ti
Y velando medito en ti
Porque fuiste mi auxilio,
Y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
Mi alma está unida a ti,
Y tu diestra me sostiene.

                                         Salmo 62

Nueva edición, con motivo del 40 aniversario de su muerte el 10 de diciembre de 2008, de un artículo aparecido originalmente en El Nuevo Herald el 13 de marzo de 1997 con el título de Merton en Cuba

 

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