“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

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XXX - Feb. 2009

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Sobre la muerte

Dora Amador

Que la muerte llegue así, como siempre, inesperada e injusta, que tanto se sufra en la vida, ¿tiene sentido? Que la caridad se haga un imperativo súbito a ser obedecido con prontitud, como movida súbitamente por una fuerza mayor, ¿qué significa? La autora reflexiona sobre la muerte de Diana y la Madre Teresa.

Fue el féretro y aquel Aleluya, que todavía me parece oír, lo más triste del funeral que por horas tuvo cautiva a una audiencia calculada en 2,000 millones de personas, que ignorando diferencias lingüísticas o culturales veía lo mismo, escuchaba lo mismo, sentía lo mismo: era la conmoción absoluta, inexpresable ante el enigma de la muerte. Y entonces, no sé si fue escuchando el coro cantar la inolvidable oración de San Francisco de Asís:

Señor:
Hazme un instrumento de tu paz, que donde haya odio,
siembre yo amor,
donde haya injuria, perdón,
donde haya duda, fe,
donde haya desesperación, esperanza,
dónde haya oscuridad, luz,
donde haya tristeza, alegría.

¡Oh, Divino Maestro!
Concédeme que no busque
ser consolado, sino consolar,
ser comprendido,
sino comprender,
ser amado, sino amar.
Porque dando es como recibimos, perdonando se nos perdona,
y muriendo en ti nacemos para la vida eterna.

O a Tony Blair citando a San Pablo:

Aunque hable todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy un metal estridente, un platillo discordante.

Aunque posea el don de la profecía y conozca los misterios todos y la ciencia entera, aunque tenga una fe como para mover montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque reparta todos mis bienes y entregue mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve.

El amor es paciente, es amable, el amor no es envidioso ni fanfarrón, no es orgulloso ni grosero ni egoísta, no se irrita, no apunta las ofensas, no se alegra de la injusticia, se alegra de la verdad. El amor todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca acabará. Las profecías serán eliminadas, las lenguas cesarán, el conocimiento será eliminado. Porque ahora conocemos a medias, profetizamos a medias; cuando llegue lo perfecto, lo parcial será eliminado. Cuando era niño hablaba como niño; al hacerme adulto, abandoné las niñerías. Ahora vemos como enigmas en un espejo, entonces veremos cara a cara. Ahora conozco a medias, entonces conoceré tan bien como soy conocido. Ahora nos quedan la fe, la esperanza y el amor. La más importante de las tres es el amor.

O si fue al oír las palabras de una de las hermanas de Diana: "Para los que aman, el tiempo es la eternidad". O la impactante homilía del obispo. Era Cristo, hablando a través de todos ellos. O fue después, al sonido de las campanas repicando. "¿Dónde está, muerte, tu victoria?" ¿Cuántos escucharon de veras? ¿Cuántos vieron más allá de la pompa y la apariencia?

La oblación

Cuando el ataúd salía en hombros de la abadía y se vio el resplandor de un crucifijo que aguardaba en la puerta, me di cuenta: la muerte de Diana era una oblación.

Que de pronto un sábado cualquiera se paralizara la rutina en las vidas de tantos millones de seres humanos y que todos rezaran o escucharan al unísono el Padre Nuestro; que Jesús se hiciera presente así, inesperadamente, en todas las pantallas de televisión y se adueñara de esa manera de nuestra atención y nuestro tiempo, como un ladrón que entra en la casa; que su Palabra, evocada por todos los que hablaban desde la abadía de Westminster, fuera oída por tantos oídos sordos, que su cuerpo colgando de una cruz se presentara ante tantos ojos voluntariamente ciegos; que su principal predicación, la caridad, se hiciera un imperativo súbito a ser obedecido con prontitud y gozo, algo nos quieren decir.

Aunque mucho significan, no fueron los incontables ramos de flores ni las lágrimas, las expresionas inenarrables de asombro en los rostros, ni los lamentos, ni las elegías escritas por hombres y mujeres de pueblo. Fueron las donaciones para las obras de caridad que se multiplican por hora, y el compromiso a que se ven impelidos los gobernantes de eliminar las minas que mutilan y asesinan. ¿Qué en realidad nos ha querido decir todo .esto?

¿Por qué hablaba tanto la Madre Teresa, como lo hace Juan Pablo II del "valor salvífico del sufrimiento"? ¿Por qué aquí en esta tierra, la virtud y las obras buenas reciben raramente su recompensa y la maldad escapa a todo castigo? Sí o no, se cuestiona Maurice Blondel: ¿tiene la vida un sentido, y tiene el hombre un destino?

Los cristianos sabemos que la muerte es el verdadero nacimiento, el fin de la prueba, porque la vida es el suceso fugaz que decide el destino humano después de la muerte.

Lo que se ha de manifestar

La resurrección de Cristo implica la resurrección de los muertos: "Si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muerto, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe", explica Pablo. En el Reino, se nos promete, veremos a Dios cara a cara, felicidad inimaginable a la mente humana. "Los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros"... "Ni oído oyó, ni ojo vio lo que nos tiene guardado el Padre en su Reino a los que le fuimos fieles".

Ahora pregunto a todos los que vieron el funeral de Diana y podrán ver el de la Madre Teresa este fin de semana: ¿tomamos en serio lo que vimos y oímos en una abadía de Londres, lo que veremos y oiremos en una iglesia de Calcuta? ¿Qué nos indica el desbordamiento inaudito, escandaloso, de donaciones caritativas tanto a las obras de Diana como a las Misioneras de la Caridad? Yendo a la raíz, yendo al corazón de la cuestión, ¿qué significa esta urgencia de caridad? ¿Quién las impulsa, quien las pide, qué quiere?

1997/07/11

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