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Sobre la muerte
Dora Amador
Que la muerte llegue así, como siempre, inesperada e
injusta, que tanto se sufra en la vida, ¿tiene sentido?
Que la caridad se haga un imperativo súbito a ser
obedecido con prontitud, como movida súbitamente por una
fuerza mayor, ¿qué significa? La autora reflexiona sobre
la muerte de Diana y la Madre Teresa.
Fue el féretro y aquel Aleluya, que todavía me parece
oír, lo más triste del funeral que por horas tuvo
cautiva a una audiencia calculada en 2,000 millones de
personas, que ignorando diferencias lingüísticas o
culturales veía lo mismo, escuchaba lo mismo, sentía lo
mismo: era la conmoción absoluta, inexpresable ante el
enigma de la muerte. Y entonces, no sé si fue escuchando
el coro cantar la inolvidable oración de San Francisco
de Asís:
Señor:
Hazme un instrumento de tu paz, que donde haya odio,
siembre yo amor,
donde haya injuria, perdón,
donde haya duda, fe,
donde haya desesperación, esperanza,
dónde haya oscuridad, luz,
donde haya tristeza, alegría.
¡Oh, Divino Maestro!
Concédeme que no busque
ser consolado, sino consolar,
ser comprendido,
sino comprender,
ser amado, sino amar.
Porque dando es como recibimos, perdonando se nos
perdona,
y muriendo en ti nacemos para la vida eterna.
O a Tony Blair citando a San Pablo:
Aunque hable todas las lenguas de los hombres y de los
ángeles, si no tengo amor, soy un metal estridente, un
platillo discordante.
Aunque posea el don de la profecía y conozca los
misterios todos y la ciencia entera, aunque tenga una fe
como para mover montañas, si no tengo amor, no soy nada.
Aunque reparta todos mis bienes y entregue mi cuerpo a
las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve.
El amor es paciente, es amable, el amor no es envidioso
ni fanfarrón, no es orgulloso ni grosero ni egoísta, no
se irrita, no apunta las ofensas, no se alegra de la
injusticia, se alegra de la verdad. El amor todo lo
aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
El amor nunca acabará. Las profecías serán eliminadas,
las lenguas cesarán, el conocimiento será eliminado.
Porque ahora conocemos a medias, profetizamos a medias;
cuando llegue lo perfecto, lo parcial será eliminado.
Cuando era niño hablaba como niño; al hacerme adulto,
abandoné las niñerías. Ahora vemos como enigmas en un
espejo, entonces veremos cara a cara. Ahora conozco a
medias, entonces conoceré tan bien como soy conocido.
Ahora nos quedan la fe, la esperanza y el amor. La más
importante de las tres es el amor.
O si fue al oír las palabras de una de las hermanas de
Diana: "Para los que aman, el tiempo es la eternidad". O
la impactante homilía del obispo. Era Cristo, hablando a
través de todos ellos. O fue después, al sonido de las
campanas repicando. "¿Dónde está, muerte, tu victoria?"
¿Cuántos escucharon de veras? ¿Cuántos vieron más allá
de la pompa y la apariencia?
La oblación
Cuando el ataúd salía en hombros de la abadía y se vio
el resplandor de un crucifijo que aguardaba en la
puerta, me di cuenta: la muerte de Diana era una
oblación.
Que de pronto un sábado cualquiera se paralizara la
rutina en las vidas de tantos millones de seres humanos
y que todos rezaran o escucharan al unísono el Padre
Nuestro; que Jesús se hiciera presente así,
inesperadamente, en todas las pantallas de televisión y
se adueñara de esa manera de nuestra atención y nuestro
tiempo, como un ladrón que entra en la casa; que su
Palabra, evocada por todos los que hablaban desde la
abadía de Westminster, fuera oída por tantos oídos
sordos, que su cuerpo colgando de una cruz se presentara
ante tantos ojos voluntariamente ciegos; que su
principal predicación, la caridad, se hiciera un
imperativo súbito a ser obedecido con prontitud y gozo,
algo nos quieren decir.
Aunque mucho significan, no fueron los incontables ramos
de flores ni las lágrimas, las expresionas inenarrables
de asombro en los rostros, ni los lamentos, ni las
elegías escritas por hombres y mujeres de pueblo. Fueron
las donaciones para las obras de caridad que se
multiplican por hora, y el compromiso a que se ven
impelidos los gobernantes de eliminar las minas que
mutilan y asesinan. ¿Qué en realidad nos ha querido
decir todo .esto?
¿Por qué hablaba tanto la Madre Teresa, como lo hace
Juan Pablo II del "valor salvífico del sufrimiento"?
¿Por qué aquí en esta tierra, la virtud y las obras
buenas reciben raramente su recompensa y la maldad
escapa a todo castigo? Sí o no, se cuestiona Maurice
Blondel: ¿tiene la vida un sentido, y tiene el hombre un
destino?
Los cristianos sabemos que la muerte es el verdadero
nacimiento, el fin de la prueba, porque la vida es el
suceso fugaz que decide el destino humano después de la
muerte.
Lo que se ha de manifestar
La resurrección de Cristo implica la resurrección de los
muertos: "Si se predica que Cristo ha resucitado de
entre los muertos, ¿cómo andan diciendo algunos entre
vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay
resurrección de muerto, tampoco Cristo resucitó. Y si no
resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía
también vuestra fe", explica Pablo. En el Reino, se nos
promete, veremos a Dios cara a cara, felicidad
inimaginable a la mente humana. "Los sufrimientos del
tiempo presente no son comparables con la gloria que se
ha de manifestar en nosotros"... "Ni oído oyó, ni ojo
vio lo que nos tiene guardado el Padre en su Reino a los
que le fuimos fieles".
Ahora pregunto a todos los que vieron el funeral de
Diana y podrán ver el de la Madre Teresa este fin de
semana: ¿tomamos en serio lo que vimos y oímos en una
abadía de Londres, lo que veremos y oiremos en una
iglesia de Calcuta? ¿Qué nos indica el desbordamiento
inaudito, escandaloso, de donaciones caritativas tanto a
las obras de Diana como a las Misioneras de la Caridad?
Yendo a la raíz, yendo al corazón de la cuestión, ¿qué
significa esta urgencia de caridad? ¿Quién las impulsa,
quien las pide, qué quiere?
1997/07/11 |