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La promesa cumplida
Dora Amador
En un acontecimiento histórico, el cardenal Jaime Ortega
establece un paralelo entre las primeras comunidades
cristianas y lo que ha sufrido la Iglesia católica
cubana.
Primero fue la noticia, apenas creíble. Después las
imágenes y el repique esplendoroso de las campanas de la
catedral anunciando la misa al aire libre ante miles de
cubanos en la histórica plaza, el domingo 29 de junio,
día de San Pedro y San Pablo. Y no sólo los que estaban
allí presenciaron la realización de la promesa, para
muchos milagro: el pueblo de Cuba entero lo supo a
través de la radio, lo leyó en el periódico Granma, lo
vio a través de la televisión en un spot de un minuto.
Un minuto después de casi cuatro décadas de ausencia y
de prohibición, de persecución de cristianos, de afanoso
e inútil intento de desterrar a Dios del corazón de los
cubanos.
Tres veces
Esa Iglesia, que nace de la fe en Cristo Salvador, fue
fundada para siempre. La promesa de Jesús habría de
mantenerse: 'El poder del infierno no la derrotará' dijo
el cardenal cubano Jaime Ortega frente a la multitud que
lo escuchaba en silencio. Tres veces en, su magnífico
discurso hizo referencia a la promesa, constatada este
histórico domingo. Parafraseando el evangelio, el
prelado cubano logró establecer un paralelismo entre la
Iglesia de los primeros cristianos y la Iglesia cubana
desde que Fidel Castro llegó al poder.
Parafraseo ahora yo su lectura del evangelio aplicada a
Cuba: ".¿Quién dice la gente que soy yo?", le pregunta
Jesús a Pedro. La respuesta, que se apoya en los
comentarios y razonamientos de la gente incrédula que
intenta de alguna forma explicarse el fenómeno
inexplicable, escandaloso que es Jesús, es la respuesta
misma que le escuchamos hoy a letrados, historiadores,
periodistas, idólatras, comunistas, investigadores,
encuestadores: "Unos dicen que eres un profeta, que eres
un sabio, un iluminado, un luchador por los derechos del
hombre, un revolucionario..." le contesta el apóstol. Y
entonces Jesús le pregunta: ¿Y tú, quién dices tú que
soy yo? "Tú eres el Mesías, el Hijo dé Dios vivo". "Y tú
eres Pedro. Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia".
A este intercambio de palabras fundacionales
entre el Maestro y el discípulo, le llamó el Arzobispo
de La Habana un "diálogo que implica a todos los seres
humanos, incluyéndonos a nosotros, lo que estamos ahora
aquí". ¿Qué quiso decir con esto? Que la comprensión del
ser de la Iglesia, antes y ahora, sólo se da en el
ámbito de la fe. El descubrimiento de la naturaleza
íntima de la Iglesia, de su fuerza constitutiva, está en
estrecha relación con la fe en Cristo. Por eso, aunque
haya sufrido y sufra ataques extremos, revoluciones
devastadoras, "persecuciones abiertas o larvadas",
errores cometidos por los mismos cristianos, a pesar de
todo eso, se mantiene en pie la palabra infalible de
Jesucristo: "El mal no derrotará a la Iglesia..." .
Prueba: sus 2,000 años de existencia.
Escuchemos hablar desde el mismo epicentro del
totalitarismo ateo a un cardenal ferozmente criticado
por un ignorante sector del exilio cubano. Rememora el
prelado el martirio de Pedro y Pablo: "Pablo, sereno
ante la muerte porque está seguro de haber cumplido su
parte en el gran proyecto de Dios. Pedro... un pobre
Galileo desconocido, que muere mártir en Roma y destrona
espiritual y culturalmente a todos los cesares... Esa es
la historia de nuestro origen... una cadena de martirio
hasta nuestros días y algunos milagros patentes, otros
no tan visibles, pero no menos grandes. Amor, entrega,
servicio, con miserias y pecados, y una promesa que se
cumple siempre: 'El infierno no derrotará a la Iglesia'
".
¿Habrá quien dude de la enorme carga profética que en
aquella plaza tenían las palabras de un emocionado Jaime
Ortega Alamino?
Ese mismo domingo, aquí en Miami, apareció en este
periódico una encuesta, otra más, sobre los
cubanoamericanos. Ante la pregunta "¿Qué efecto tendrá
la visita del Papa en Cuba?" La mayoría, según el
sondeo, dijo que "ninguna diferencia". Pero mientras
aquí se leía y comentaba la encuesta versada en
política, economía, migración, allá en la Plaza de la
Catedral de La Habana, resonaba la voz: "Las respuestas
que sirven para establecer estadísticas de opinión no
valen para el Reino de Dios. Las mayorías matemáticas no
determinan lo que es la verdad ni lo que es el bien...
La respuesta no puede ser masificada, ni periodística,
sino personal y en ella le va a uno la vida". Es la
diferencia entre lo que decía la gente sobre Jesús, y lo
que respondió Pedro cuando habló desde lo más profundo
de su corazón. Cuestión de fe.
Jesús es el Hijo de Dios y Juan Pablo II, mensajero de
la verdad y de la esperanza, como decían los cartelones
de miles de jóvenes cubanos en la plaza de la catedral
habanera. El heredero de Pedro, visitará la nación
cubana —por eso oramos—, y su presencia y sus palabras
serán de una importancia imposible de calcular, por una
sola verdad: es la fe que arde en el corazón de cada
cubana y cada cubano creyente, allá y aquí en el exilio.
Esa fe nos revela que el que viene, es en nombre del
Señor.
"Esta misa es el signo de algo nuevo que desde el
anuncio de la visita del Papa empezó a vislumbrarse",
dijo el cardenal cubano.
Signo de algo nuevo
¿Habrá quien dude del signo, habrá quien no vea ese
"algo nuevo" que ya se vislumbra? Dentro de muy poco la
imagen de la Caridad del Cobre visitará parroquias por
toda la isla, y después de más de tres décadas de
prohibición, se inician ya las procesiones por las
calles.
Sin triunfalismos absurdos ni esperando milagros, aunque
creo en ellos, es necesario que ese exilio "católico"
que critica a la Iglesia cubana (la Iglesia siempre es
mucho más que un cardenal o un obispo), y ese otro
sector también del exilio que hace planes para "ir a
evangelizar cuando llegue el momento apropiado",
recuerde que sin recursos, utilizando "Biblias
furtivas", "compartiendo el pan en las casas, con un
escasísimo número de sacerdotes y religiosas, sin acceso
a ningún medio de comunicación, perseguida por el
régimen, textualmente viviendo la experiencia de los
primeros cristianos, las catacumbas, esa Iglesia no sólo
sobrevivió estos terribles años, creció, se fortificó
con lo único que se necesita: un puñado de hombres y
mujeres llenos de fe, y ahí está hoy, como prueba
fehaciente una vez más de que la promesa cristiana no
falla.
Julio 3, 1997 |