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Perestroika, USA
Dora Amador
Las calles de Nueva York se parecen cada vez más a las
de Calcuta, aunque no se si en la India hay tanto
criminal. Washington es quizá más peligrosa, aunque creo
que, en asesinatos, Detroit va a la cabeza. ¿O es Los
Angeles? Cualquiera que sea, que no le agarre la noche
por los alrededores del Capitolio o de cualquiera de los
monumentos que simbolizaban en Washington la grandeza de
esta nación. Le podría costar fácilmente la vida. La
violencia es tal en esa ciudad, que un columnista local
pidió en 1989 que las Fuerzas Armadas ocuparan el lugar
de la policía para controlar la violencia y los crímenes
en Washington, D.C. En otras palabras, ley marcial en la
capital. No se llevó a cabo, claro, aunque las cosas han
empeorado en estos tres años.
Este país se desmorona, se nos viene abajo. La gran
corporación sacó la garra, se quitó el disfraz. Y no es
ya el descalabro --y el descaro repugnante de los altos
empresarios para con miles de empleados-- de Pan
American, General Motors, Eastern. O los probables
despidos masivos causados por provechosas fusiones de
empresas como Xerox, IBM, Chase Manhattan, Chemical
Bank, Manufacturer's Hanover, Citicorp y otras. No es
tampoco el desastre económico nacional --ni la falta de
sensibilidad absoluta para con los miles de ancianos que
tenían ahí todos sus ahorros-- causado por el fraude de
las instituciones de ahorro y préstamos. Es que hay que
cambiarlo todo. El país está sumido en una peligrosa
recesión y como remedio, se bajan las tasas de interés
para impulsar a los ciudadanos a comprar, es decir, a
endeudarlos más.
Más que la indigencia creciente de la clase pobre (32
millones de personas, cifra conservadora dada por el
gobierno), es la indigencia moral de los poderosos y los
ricos, para quienes únicamente ha trabajado en realidad
George Bush. Como ya supimos hace poco, el salario de
los altos ejecutivos japoneses es menos de 20 veces
mayor que el de sus empleados, pero los altos ejecutivos
norteamericanos ganan 160 veces más que sus empleados.
Por supuesto, cuando la empresa "se va a la quiebra",
los ejecutivos se retiran con millones de dólares,
mientras cientos de miles de trabajadores se quedan en
la calle sin un centavo y sin seguro médico.
El servicio médico que la "potencia" del mundo --donde
40 millones de personas carecen de seguro médico-- le
ofrece a su población no se puede comparar con el de
Francia, Canadá, España, Gran Bretaña, Alemania y Suiza,
para mencionar sólo algunos de los países desarrollados.
Aunque en realidad ya no se sabe qué será peor, pues si
tiene un buen seguro y debe ir al médico o lo
hospitalizan, Dios lo proteja, no por la enfermedad,
sino por la marabunta de doctores, técnicos y
especialistas que hacen su agosto con su cuerpo. Usted
sabe, además de infinidad de placas y análisis, puede
que, entre otras cosas, lo operen sin necesidad.
La generación de la posguerra (baby boom generation
, nacidos entre 1946 y 1964), unos 80 millones de
personas, es la única en la historia del país que casi
está convencida de que no recibirá el retiro del Seguro
Social, porque estará en bancarrota, ni los beneficios
médicos del Medicare, porque los médicos y los
hospitales lo habrán exprimido hasta la última gota.
Desde la Segunda Guerra Mundial hasta el presente,
Estados Unidos ha gastado más de $10 billones en la
industria militar, cerca de $2 billones más que el valor
estimado de todos los activos o bienes tangibles del
país, excepto la tierra misma. Según un estudio llevado
a cabo por el ingeniero John C. Ullman, titulado
Correcting the Trillion Dollar Mistake (Corrigiendo
el error del billón de dólares) , publicado en Los
Angeles Daily News , más de un tercio de los ingenieros
y científicos de Estados Unidos trabajan para la
industria militar. Mientras aquí se producían, como en
la desmembrada Unión Soviética, bombas nucleares y
equipo de guerra de la más alta tecnología, Japón
producía bienes de consumo, campo en el que ya está a la
cabeza en el mundo, y Alemania maquinarias industriales
y otros bienes de capital, donde ya ocupa el primer
lugar en el mundo.
Pero no habría tanto que lamentar si a pesar de esto el
invaluable material humano no estuviera amenazado. Este
no es el caso.
Tomemos un solo ejemplo: la educación. La Universidad de
Michigan acaba de hacer pública una evaluación escolar
internacional que llevó a cabo hace poco. Uno de los
resultados es que, en matemáticas, las escuelas
elementales mejor calificadas de Estados Unidos quedaron
por debajo de las peor calificadas de Japón, Corea y
China. En otra evaluación sobre matemáticas y ciencia
realizada en estudiantes de 13 años de seis países, los
estudiantes de Estados Unidos quedaron en último lugar.
Le precedían Irlanda, Corea, España, Reino Unido y
Canadá. Súmele a eso que los resultados de
aprovechamiento académico de los alumnos norteamericanos
han estado disminuyendo alarmantemente en los últimos 20
años. En 1991, se llegó al nivel más bajo en la historia.
Entre las causas del desastre educativo nacional se
menciona que los maestros les piden menos tareas a los
estudiantes que antes, los libros de texto contienen un
vocabulario más fácil, y las notas son infladas por los
maestros.
Poco importa si es el rap o el heavy metal lo que
se oye en los guetos y suburbios de las ciudades. Lo
cierto es que el futuro de este país está en las manos y
los cerebros de esos millones de jóvenes que suben con
furor el volumen de cantos que glorifican la violencia,
la violación, el cinismo, la desconfianza, la avaricia.
Aunque hay intentos de corregirlas, las canciones rap y
heavy metal aterran.
Estados Unidos necesita una reestructuración radical en
sus instituciones. Algunas de ellas, podridas sin
remedio. Urge un nuevo pensamiento, se requieren nuevos
valores para que se salve, no como imperio, pues su hora
pasó, sino como nación admirable y poderosa. Ojalá no
sea demasiado tarde.
Enero 2, 1992 |