“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

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XXX - Feb. 2009

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 “No me toques”, le dijo Jesús a la enamorada

Dora Amador

Noli me tangere, literalmente quiere decir «no me toques», palabras que Jesucristo dijo a María Magdalena después de la resurrección y cuya cita corresponde con el versículo 17 del capítulo 20 del evangelio de San Juan. La frase se hizo famosa como título de las obras de arte de grandes maestros de todos los tiempos, en las que se quería recrear el momento en que Jesús le advierte que no lo haga, porque aún no había subido al Padre. ¿Lo tocaría después?

Yo lo toco siempre y él a mí, dentro de lo más profundo de mi corazón, ahí habita, como una llama ardiente que no se apaga, que ilumina, que toma fuerza arrebatadora, la que nos impulsa a hablar de él, de su misericordia, de su ternura, de su locura de amor por cada uno y una de nosotros. ¿No dio por eso su vida?

Lo toco cuando como su cuerpo y bebo su sangre, y uno y otro nos vamos convirtiendo: yo en él, él en mí.

Dice brillantemente el franciscano Raniero Cantalamessa, OFM: “Como Jesús vive del Padre y para el Padre, así, al comulgar en el santo misterio de su cuerpo y de su sangre, vivimos de Jesús y para Jesús… mientras en todos los demás casos quien come es quien asimila lo que come, aquí el que es comido asimila a quien lo come. A quien se acerca a recibirlo Jesús le repite lo que decía a Agustín: “No serás tú quien me asimile, sino que seré yo quien te asimile .

“En la Eucaristía recibimos el cuerpo y la sangre de Cristo, pero ¡también Cristo “recibe” nuestro cuerpo y nuestra sangre! Él nos dice: “Toma, esto es mi cuerpo”, pero también nosotros podemos decirle: “Toma, esto es mi cuerpo”.

“¡He visto al Señor!” le dice María de Magdala, a quien Jesús le había sacado de adentro siete demonios, a Pedro y a Juan. ¿Cuáles fueron esos demonios? No lo sabemos, no se nos dice. Pero quedó purificada, limpia para siempre. ¿Se imaginan la expresión de la discípula cuando vio que Jesús no estaba muerto, que estaba vivo? Esa es nuestra fe, esa, nuestra vida.

En los cortos artículos que aquí aparecen se aclara la enorme injusticia, la implacable misoginia con que fue tratada esta mujer, la apóstol de los apóstoles, la preferida, la evangelizadora por excelencia: María Magdalena, a quien escogió el Señor, entre todos –a una mujer– para que lo viera por primera vez resucitado y se lo anunciara a los apóstoles.

Y así, nos confirmó lo que nos dijo una y otra vez: resucitaremos todos algún día, como él, primogénito. Y lo veremos cara a cara, para vivir eternamente en el Paraíso que nos tiene preparado, un banquete de bodas en el que beberemos el mejor vino juntos todos en la felicidad, el amor infinitos.

Julio, 2009

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