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“No me
toques”, le dijo Jesús a la enamorada
Dora Amador
Noli me tangere,
literalmente quiere decir «no me toques», palabras que
Jesucristo dijo a María Magdalena después de la
resurrección y cuya cita corresponde con el versículo 17
del capítulo 20 del evangelio de San Juan. La frase se
hizo famosa como título de las obras de arte de grandes
maestros de todos los tiempos, en las que se quería
recrear el momento en que Jesús le advierte que no lo
haga, porque aún no había subido al Padre. ¿Lo tocaría
después?
Yo lo toco siempre y él a mí, dentro de lo más profundo
de mi corazón, ahí habita, como una llama ardiente que
no se apaga, que ilumina, que toma fuerza arrebatadora,
la que nos impulsa a hablar de él, de su misericordia,
de su ternura, de su locura de amor por cada uno y una
de nosotros. ¿No dio por eso su vida?
Lo toco cuando como su cuerpo y bebo su sangre, y uno y
otro nos vamos convirtiendo: yo en él, él en mí.
Dice brillantemente el franciscano Raniero Cantalamessa,
OFM: “Como Jesús vive del Padre y para el Padre, así, al
comulgar en el santo misterio de su cuerpo y de su
sangre, vivimos de Jesús y para Jesús… mientras en todos
los demás casos quien come es quien asimila lo que come,
aquí el que es comido asimila a quien lo come. A quien
se acerca a recibirlo Jesús le repite lo que decía a
Agustín: “No serás tú quien me asimile, sino que seré yo
quien te asimile .
“En la Eucaristía recibimos el cuerpo y la sangre de
Cristo, pero ¡también Cristo “recibe” nuestro cuerpo y
nuestra sangre! Él nos dice: “Toma, esto es mi cuerpo”,
pero también nosotros podemos decirle: “Toma, esto es mi
cuerpo”.
“¡He visto al Señor!” le dice María de Magdala, a quien
Jesús le había sacado de adentro siete demonios, a Pedro
y a Juan. ¿Cuáles fueron esos demonios? No lo sabemos,
no se nos dice. Pero quedó purificada, limpia para
siempre. ¿Se imaginan la expresión de la discípula
cuando vio que Jesús no estaba muerto, que estaba vivo?
Esa es nuestra fe, esa, nuestra vida.
En los cortos artículos que aquí aparecen se aclara la
enorme injusticia, la implacable misoginia con que fue
tratada esta mujer, la apóstol de los apóstoles, la
preferida, la evangelizadora por excelencia: María
Magdalena, a quien escogió el Señor, entre todos –a una
mujer– para que lo viera por primera vez resucitado y se
lo anunciara a los apóstoles.
Y así, nos confirmó lo que nos dijo una y otra vez:
resucitaremos todos algún día, como él, primogénito. Y
lo veremos cara a cara, para vivir eternamente en el
Paraíso que nos tiene preparado, un banquete de bodas en
el que beberemos el mejor vino juntos todos en la
felicidad, el amor infinitos.
Julio, 2009 |