“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

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XXX - Feb. 2009

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El llamado de Tampa

Dora Amador

La presencia y la palabra viva de José Martí me llegaban como un eco doloroso en la helada mañana de Tampa:

"Yo abrazo a todos los que saben amar. Yo traigo la estrella, y traigo la paloma, en mi corazón… ¡Porque eso es esta ciudad; eso es la emigración cubana entera; eso es lo que venimos haciendo en estos años de trabajo sin ahorro, de familia sin gusto, de vida sin sabor, de muerte disimulada! ¡A la patria que allí se cae a pedazos y se ha quedado ciega, hay que llevar la patria piadosa y previsora que aquí se levanta! ¡A lo que queda de patria allí… ! De las entrañas desgarradas levantemos un amor inextinguible por la patria sin la que ningún hombre vive feliz, ni el bueno ni el malo. Allí está, de allí nos llama, se la oye gemir, nos la violan y nos la befan y nos la gangrenan a nuestros ojos, nos corrompen y nos despedazan a la madre de nuestro corazón".

Más de 100 años después de este discurso, Con todos y para el bien de todos, pronunciado por Martí en el Liceo Cubano de Tampa, llega a la ciudad-cuna de la independencia cubana Jaime Ortega Alamino y nos llama de nuevo. De nuevo la emoción que estalla en himnos a la patria, en banderas cubanas que se elevan a lo alto, en lágrimas y risas, empujones para abrirse paso, decirle algo, darle la mano. "Es el líder espiritual de nuestra patria", dijo el presidente del Centro Histórico Cultural de Tampa, Orlando Rodríguez. "Estoy tan feliz de que haya dirigido una oración en memoria de los muertos que aparecen en el manto", dijo a su vez Rolando Pérez Pedrero, bisnieto de uno de los primeros tabaqueros de Ybor City, y presidente del Círculo Cubano de Tampa. Se refería al impresionante manto que un grupo de hombres y mujeres de la Fundación Nacional Cubano Americana tenía desplegado en las afueras del templo mostrando los nombres de los cubanos asesinados por el régimen de Fidel Castro. "Tuvo un significado político muy importante, que haya orado por ellos y por los mártires de la Acción Católica, de Bahía de Cochinos, los muertos en el avión de Barbados", decía Pérez Pedrero. Unas 1,400 personas llenábamos la iglesia San Pablo para compartir la Eucaristía presidida por el cardenal cubano. Fue la culminación de un día para mí inolvidable, de visitar lugares de honda significación: el Círculo Cubano de Tampa, el Parque José Martí, la Unión Martí-Maceo.

El cometido riesgoso

Como todas las suyas, fue ésta una homilía que estremecía. Se podía sentir en el aire, en el silencio de todos atentos a su palabra, palabra que era llama y semilla, torrente de amor cristiano, llamándonos a la acción urgente de la solidaridad:

"¿Cómo cumplir con el programa de Jesús de ser sal y luz aquí en Tampa, en Estados Unidos? ¿Cómo cumplirlo en Cuba, en mi Arquidiócesis de La Habana?

“Comprometedor y riesgoso este cometido: porque según el profeta Isaías, `tu luz romperá como la aurora' si practicas de veras el amor y la justicia. 'Si partes tu pan con el hambriento, si hospedas a los pobres sin techo, si vistes al que va desnudo, y no te cierras a tus semejantes'… Serás así sal y luz, no por lo que expliquen tus labios, sino por las obras concretas que realices, impulsado por el amor. Ser luz no es brillar, es aportar claridad y color a la vida, y no hay luz sin desgaste de energía, no se puede alumbrar sin consumirse en cierto modo. Por eso les hablaba de sacrificio y de Cruz.

"El amor no puede consistir sólo en buenas palabras… El amor tiene que concretarse en obras, y ¿cómo hacerlo cuando las necesidades son tantas? ¿Cómo cumplir con esa misión tan propia de la Iglesia, cuando se dificulta el establecer y hacer funcionar las estructuras mínimas necesarias para ejercer con criterios actualizados una auténtica solidaridad?"

Vi, o me empeñé en ver en la ovación y los aplausos, en el llanto de algunos, en las expresiones de los rostros, que esta vez no seria un profeta clamando en el desierto.

Y por primera vez me pregunté allí cómo hubiera obrado Martí si en vez de combatir a españoles, hubiera sido a cubanos. El amor inmenso que sintió siempre por Cuba, plasmado a través de toda su obra, me dice que no hubiera optado por una cruenta guerra civil entre hermanos.

Porque, ¿qué llanto es más desgarrador, el de la madre del joven miliciano que murió en Girón, o el de la exiliada que nunca más vio a su hijo cuando salió en la Brigada 2506 rumbo a Bahía de Cochinos?

Escándalo y locura

A veces no puedo evitar recordar, al mirar a los cubanos del exilio, aquel pasaje del Evangelio: "Como ovejas sin pastor… "Así hemos estado por muchos, muchos años de sufrimiento y desolación. Ahora nos llega de nuevo una voz que nos predica el amor y la Cruz, "que es escándalo para unos y locura para otros, pero que, para los que creemos en Cristo, es vida y salvación".

Acudamos al llamado urgente de solidaridad con los de allá. Basta de retóricas y de odios, de tibiezas, de tanto hablar y esperar en la inercia cómoda de la abundancia. Basta también, los de allá, de abandonar la patria.

De eso se trata, intentar ser luz, luz que rompa como la aurora, para que al fin la Cuba nueva, que ya germina en los corazones, nazca de una vez, con todos y para el bien de todos.

Febrero 8, 1996

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