“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

 

 

 

La oveja perdida

DORA AMADOR
17 de Mayo de 2009

Jesús rescata a la oveja perdida. Yo en el precipicio del sinsentido

Influenciada por los blogs cubanos, particularmente los de la isla, por el deseo de escribir mis experiencias pasadas y presentes y llevar un diario ocasional con la libertad, exposición e inmediatez que da este medio, es que la revista católica digital Palabra que he estado publicando durante cuatro años se convierte también en un lugar íntimo, interior, que quiere ser público, y que he subtitulado “mi espacio sagrado” con dos epígrafes muy significativos para mí. Así pues, la página web es ahora en parte blog, y conserva el mismo nombre: Palabra, www.palabracubana.org.

El pasado público, no menos intenso que el privado, ha ido quedando plasmado en mi obra periodística, principalmente en El Nuevo Herald, que podríamos llamar incluso Memorias, en la medida en que ha sido mi modo de interpretar la realidad histórica que me ha tocado vivir y cómo me han interpretado a mí muchos lectores, algunos poseídos de un fanatismo político en el que predominó por muchos años una especie de terrorismo verbal –del cual fui víctima por escribir lo que pensaba–, que se alimentaba de la calumnia y el ataque. Los tiempos han cambiado y porque sé lo que ha costado, pero sobre todo por amor a la verdad, reclamo mi pequeña parte de responsabilidad en que este exilio sea mucho más tolerante y plural. Puedo decir sin exagerar que me apedrearon verbalmente muchas veces, pero nada me calló. El lector podrá comprobarlo en los escritos hechos al fragor de batallas que con el pasar de los años y los desencantos abandoné. La polémica acerca de Cuba me repugna, cuando no me aburre enormemente.

Jesús, el buen pastor, me ama y me conoce mejor que yo misma.
 Paz y felicidad, el gozo perfecto.

Sin embargo, este acontecer doloroso y a la vez admirable, ilusionado y fracasado que hemos vivido los cubanos en Miami y del que he ido dejando testimonio por más de 20 años en El Nuevo Herald, no debe ignorarlo el historiador o la historiadora de una Cuba futura y libre. Sé lo que digo, nuestra historia, la de la isla, reescrita allá a partir de 1959 está llena de mentiras. El periodismo isleño de estos 50 años ha sido uno de los más censurados y falseados del mundo. Pero tiempo habrá y por tanto perspectiva para que se escriba la verdadera historia de Cuba y de la diáspora a partir de 1959. Son dos volúmenes de una misma historia. Me consuela pensar que mis columnas, mis reportajes, mis documentales sobre Cuba y los cubanos, sirvan como una de las fuentes de esa historia que está por escribirse. Los documentales, uno transmitido por el Canal 51 –El exilio cubano, del trauma al triunfo, 1989–, y otros dos por el Canal 23 –El archivo del exilio, 1985 y La Crisis de Octubre: 25 años después, 1987–, los podrá ver el interesado en la Cuban Heritage Collection, en la Biblioteca de la Universidad de Miami.

Así pues, en esta nueva edición de Palabra aparecen todas mis columnas publicadas en El Nuevo Herald desde 1988 hasta el presente. También lo publicado en La Voz Católica mientras fui directora de ese periódico de la Arquidiócesis de Miami –desde diciembre de 2001 a noviembre de 2004– y en Palabra.

La verdad conlleva riesgos muy altos, Jesús es la prueba mayor. Si me propongo hacer este camino del pasado y del momento presente es principalmente porque creo que puede servir como testimonio de una conversión religiosa al catolicismo que transformó mi vida para siempre. En Cristo encontré el sentido, el amor, la verdad, que había buscado toda mi vida. Él, que me conoce mejor que yo a mí misma, que me ama incondicionalmente y me redimió para siempre, me tomó de la mano, me cargó lleno de ternura estando yo al borde del precipicio. En Dios hallé todo, nada me falta.

 

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