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La intervención posible
Dora Amador
Superada la repulsión primaria, dos cosas confirmo al
leer el informe que Raúl Castro presentó ante el Comité
Central del Partido Comunista cubano el 23 de marzo:
cuán similares son los discursos de la caverna castrista
y de los extremistas del exilio, y cuán inevitable se
hace la intervención americana en la isla. Una tercera
cosa constato: cuánto daño han hecho en Miami los que,
en su estupidez y ceguera, no vieron lo importante y
efectivo que era, y fue, el encuentro y el diálogo entre
cubanos, los de allá con los de acá: diálogo de
escritores y artistas, de disidentes, de sociólogos e
intelectuales, de profesionales, de gente que iba y
venía de visita. Ese reconocimiento mutuo, que se
intensificó en los últimos años en conferencias,
tertulias privadas, encuentros en algunas casas,
derribaba andamiajes ideológicos para construir puentes
de verdadero debate sobre la crisis cubana y su futuro.
Ese debate no era, no es inútil. Esas personas no
regresaban a la Universidad de La Habana, al Centro de
Estudios de. América, a sus puestos de trabajo —o de
desempleo— con la misma mentalidad. La libertad y la
democracia se contagian. "Diversos compañeros fueron
cayendo en la tela de araña urdida por los cubanólogos
extranjeros", dice Raúl Castro, "en verdad servidores de
Estados Unidos, en su política de fomentar el
quintacolumnismo… Las instituciones tienen que servir… a
los intereses de nuestro pueblo. Y ello no lo pueden
pasar por alto sus investigadores a la hora de debatir y
fijar posiciones en los talleres, en seminarios dentro y
fuera de Cuba".
Es significativo que en su discurso el ministro de
Defensa llame a estos intelectuales igual que algunos
exiliados: "cubanólogos". El vocablo es de cuño miamense;
lo ideó alguien y después lo repitieron los periodistas
papagayos, a la caza siempre de ideas y palabritas que
hagan parecer original su trillado discurso; observo que
lo practican para criticar y engañar a quienes imitan.
Son los políticamente correctos, siempre tras el plagio
y el protagonismo que los haga sentir gente.
Lo mismo ocurre con las visitas de cubanos de allá y de
acá. Siempre el aislamiento les fue más ventajoso a los
comunistas. "Desde el punto de vista de la penetración
ideológica", dice Raúl Castro, "sin duda es perjudicial…
la visita de cubanos desde Estados Unidos a sus
familiares en Cuba y viceversa". Me pregunto cuántas
horas habrán pasado los hermanos al mando ideando un
plan por medio del cual pudieran obtener los dólares del
exilio, pero no las visitas, para evitar el "contagio
ideológico". ¿Cortarán ahora las líneas de teléfono?
Raúl Castro amenaza con un "nuevo Viet Nam en Cuba" y
cómo se fortalece "cada día la preparación para la
defensa basada en la concepción de la Guerra de Todo el
Pueblo". Un bombardeo computarizado tipo Iraq a Cuba es
imposible si se pretende evitar inmensas bajas en la
población civil, las bases militares están bajo tierra
diseminadas por todo el país. Pero Cuba está en estado
de alerta para una guerra inminente, la quiere.
Me da la impresión de que Estados Unidos también. Este
país debe de temer, y con razón, que los comunistas
ganen las elecciones en Rusia en junio y se apoderen de
nuevo de Cuba, algo que Castro aguarda ansioso. Debe de
temer y de presentir una salida masiva de balseros en
cualquier momento, debe de temer que la planta nuclear
de Juraguá eche a andar, proyecto que Rusia, si ganan
los estalinistas, pondría en marcha de inmediato. Aunque
no se ha dado a la publicidad, sospecho que el estado de
alerta militar creado en la Florida el mes pasado no se
ha descontinuado del todo. La política de confrontación
es irreversible.
Verdaderamente, todo recurso parece estar agotado.
Yo también estoy agotada.
Como periodista —esta batalla librada en la prensa ha
sido larga y demoledora, que por años he defendido en
este espacio la causa de la libertad de Cuba, de la
disidencia interna y de la no violencia, veo cuán inútil
ha sido todo. ¿Ha sido inútil? ¿Podría alguien por favor
hacer algún día la historia de los periodistas
independientes de Miami? No sufrimos cárcel, como los
periodistas independientes de Cuba, pero ¡ay! cuánta
agresión solapada, cuánta presión, cuánto golpe bajo,
cuánta canallada.
Hallé en el pensamiento y la acción fecundos de Vaclav
Havel, de Henry David Thoreau —creador del concepto de
desobediencia civil como arma de lucha en el siglo
pasado—, de Gandhi y de Martin Luther King una ética
cuyas raíces se encuentran en la figura cumbre de Jesús.
¿A qué cubano no violento recurrir? ¿A Félix Varela? ¿A
los disidentes genuinos que sufrieron atropello en su
momento en Cuba y en Miami? ¿Es la inercia del pueblo
cubano ante el derrumbe del país una resistencia
pacífica no concertada, pero efectiva?
Cuando caía en el bache paralizante del desaliento, como
aquel 10 de diciembre del 92, Día de los Derechos
Humanos, en que hubo las redadas y golpizas a los
disidentes; cuando tenía que defenderme o callar ante un
ataque radial o escrito por mi defensa al excepcional
Programa Transitorio de Oswaldo Payá; el derecho de
Tomás Sánchez a exhibir su obra en Miami; del arquitecto
Eduardo Luis Rodríguez a hablar ante una audiencia de
cubanos exiliados en conferencias auspiciadas por el
Instituto de Investigaciones Cubanas, y de Mercedes Arce
y otros a debatir en congresos del Instituto de Estudios
Cubanos; cuando defendí y defiendo al cardenal Jaime
Ortega; cuando en noviembre del año pasado insté a que
Concilio Cubano celebrara su reunión en Cuba y que
asistiéramos los exiliados —fue la activista Teté
Machado la que me informó del plan en embrión , y hubo
cinismo y alguna reciclada burla machista, porque no
pensaron los estrategas militares del exilio en las
consecuencias que semejante "ingenuidad" podría
acarrear; cuando me invadía la desesperanza, la
decepción, el desamparo total, Dios me daba fuerzas, me
daba fe. ¿Fe en qué? En la llama interior que me
inspira: Cristo, Cuba.
Porque no se trata de estrategia, ni de intervención
extranjera, se trata, se trataba, de un cambio radical
de corazón. Pero es pedirle demasiado a los cubanos.
Abril 18, 1996 |