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La hora cumbre
Dora Amador
El régimen cubano está amenazando a los que asisten a
las misas que se están celebrando en La Habana. También
anuncian represalias para los que planeen ir a las que
ofrecerá el Papa. Es hora, dice la autora, de recordar
aquel pedido constante de Jesús, que más que pedido, es
un mandato evangélico: 'No tengan miedo'.
El gobierno cubano hará todo lo posible para que los
exiliados no vayan a Cuba durante la visita del Papa. Ya
han empezado a enviar mensajes inequívocamente
intimidatorios para desalentarlos. Más aún: el informe
de Fides acerca de que el régimen está hostigando a las
personas que asisten a las misas al aire libre que se
celebran en La Habana en preparación para la visita del
Papa confirma que, para los católicos, ha llegado una
hora cumbre. "No tengáis miedo", nos pide una y otra vez
Jesús en los evangelios. "No tengáis miedo", nos pide
también una y otra vez Juan Pablo II en Cruzando el
umbral de la esperanza.
La agencia noticiosa Fides, que publica el semanario de
la Congregación para la Evangelización de los Pueblos,
la institución misionera de la Iglesia Católica
encargada de los asuntos de desarrollo dirigida por el
jesuita Bernardo Cervelera, informa en su boletín del 10
de octubre que ha habido amenazas de despido a
trabajadores, la presencia de agentes de seguridad del
estado en actos religiosos y la filmación por parte de
la policía de asistentes a las misas. Gerentes de
compañías, miembros oficiales del partido y jefes de
seguridad que han formado filas para recibir la
comunión, han desaparecido después de las misas y se han
ausentado de sus trabajos durante semanas. De acuerdo
con las mismas fuentes, estas personas son sometidas a
interrogatorios y reciben amenazas.
Que la seguridad del estado está infiltrada en las misas
públicas y que lo estará mucho más en las del Santo
Padre es algo que todos conocemos; que los medios de
transporte de por sí dificilísimos no van a mejorar para
que los cubanos acudan a las celebraciones, lo sabemos;
que el régimen de La Habana hará lo indecible para que
la presencia de Karol Woytila no signifique nada, o casi
nada en el curso nacional dictado por el 5to. Congreso
del Partido Comunista iniciado ayer, lo sabemos también.
Pero otra cosa sabemos: que el seguimiento de Jesús nos
exige ser testimonios del evangelio. Ese evangelio nos
pide primero que nada amor, amar incluso a nuestros
enemigos. Nos pide que seamos mansos, nunca violentos. Y
nos pide valor. La fe da todo esto. Y la visita del Papa
es un asunto de fe, ¿de qué otra cosa va a ser? El Papa
va a Cuba a celebrar misas para los cubanos. Una misa es
una ofrenda a Dios en la que, por medio de la
consagración, el pan y el vino se transforman en el
cuerpo y la sangre de Cristo que se ofrecen como
sacrificio. ¿De dónde, si no es de la fe, surge esa
necesidad profunda de acercarse al altar y comulgar? ¿De
dónde si no ese inmenso regocijo, esa esperanza grande,
que hoy llena los corazones de tantos cubanos de allá y
de acá por la llegada de Juan Pablo II?
Entre ruinas y baches, miseria y muchas necesidades
sobrevive el pueblo cubano. ¡Ay!, pero qué testimonio
tan excepcional el que he podido ver en estos días. Una
amiga acaba de llegar de la isla y me ha mostrado los
álbumes de fotos más impresionantes que recuerde. Se
dedicó a visitar iglesias y a retratarlas, y vi dónde se
ha iniciado ya la reconstrucción de Cuba. La vi. Es ahí,
en la Iglesia, que se levanta físicamente de los
escombros. Muchos templos se están pintando,
reconstruyendo, limpiando para la visita del Papa. En la
Catedral de La Habana se acaba de abrir una capilla
donde está expuesto siempre el Santísimo, preciosa.
No sé, es difícil expresar lo que sentí ante estas
fotografías de altares y vitrales, cúpulas, imágenes de
la Caridad con escudos y banderas e islas talladas; mis
ojos están tan adaptados a ver las ruinas, y allí
estaban también, en las calles y los edificios, en los
rostros de hombres sentados en aceras, con la mirada
perdida, pero por primera vez vi algo milagroso, como si
Cuba resucitara lentamente.
En esta hora en que se acerca la llegada del mensajero
de la esperanza a la patria, sólo te pido, Dios del
amor, que llenes de fe el espíritu de los cubanos, y que
nada, ni el más feroz odio anticristiano de allá o de
acá, logre apartarnos de ti. Bastante tiempo estuvimos
sin asistir a un templo, muchos años te tuvimos
olvidado. Es hora de que, desnudos hasta los huesos,
hambrientos y sedientos, desterrados, despojados de
todo, los más pobres de entre los pobres de América, de
rodillas pronunciemos: Sálvanos.
Noviembre 16,
1997
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