Gozos y
Esperanzas II: La Dignidad de la Persona Humana
Alfredo Romagosa
Continuamos comentando sobre el documento
Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo
Actual del Concilio Vaticano II, conocido como
Gaudium et Spes (Los gozos y las esperanzas). En el
artículo anterior hablamos sobre la introducción y los
antecedentes al documento. El resto del documento está
dividido en una Primera Parte titulada La Iglesia y
la Vocación del Hombre, y una Segunda Parte sobre
problemas especificos. Empezamos con el primer capítulo
de la Primera Parte, titulado La Dignidad de la
Persona Humana.
La Dignidad de la Persona Humana
Las padres del concilio se sintieron movidos por el
Espíritu a discernir los signos de los tiempos y a
tratar de iluminar la situación humana con la luz de la
fe. La Iglesia coincide con el mundo en reconocer que
“los bienes de la tierra deben ordenarse en función del
hombre, centro y cima de todos ellos.” [#12] Pero puede
haber gran controversia sobre la visión sobre el
hombre. Desde el punto de vista cristiano, la dignidad
y grandeza del ser humano están basadas en su relación
con Dios: “La Biblia nos enseña que el hombre ha sido
creado “a imagen de Dios”, con capacidad para conocer y
amar a su Creador, y que por Dios ha sido constituido
señor de la entera creación visible para gobernarla y
usarla glorificando a Dios.” [#12]
El ser humano está llamado a la relación con Dios, pero
este llamado no es tan solo individual. La orientación
social del hombre es esencial a su naturaleza:
Pero Dios no creó al hombre en solitario. Desde el
principio los hizo hombre y mujer (Gen l,27).
Esta sociedad de hombre y mujer es la expresión primera
de la comunión de personas humanas. El hombre es, en
efecto, por su íntima naturaleza, un ser social, y no
puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse
con los demás. [#12]
Inteligencia y Sabiduría
Dese el punto de vista biológico, la grandeza del ser
humano está basada en su mente:
Tiene razón el hombre, participante de la luz de la
inteligencia divina, cuando afirma que por virtud de su
inteligencia es superior al universo material. Con el
ejercicio infatigable de su ingenio a lo largo de los
siglos, la humanidad ha realizado grandes avances en las
ciencias positivas, en el campo de la técnica y en la
esfera de las artes liberales. Pero en nuestra época ha
obtenido éxitos extraordinarios en la investigación y en
el dominio del mundo material.
Pero el poder de la inteligencia tiene que ser
canalizado por la sutileza de la sabiduría, “la cual
atrae con suavidad la mente del hombre a la búsqueda y
al amor de la verdad y del bien.” Y se corre gran
peligro si nuestras sociedades no le prestan la debida
atención a la formación de esta sabiduría, la cual solo
puede ser completada por el don del Espíritu Santo, que
nos lleva a “contemplar y saborear el misterio del plan
divino.” [#15]
La Conciencia
Una parte esencial del conocimiento del plan divino está
en la formación de la conciencia:
En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre
la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo,
pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando
es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole
que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el
mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una
ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia
consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado
personalmente... Es la conciencia la que de modo
admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento
consiste en el amor de Dios y del prójimo. [#16]
La universalidad de la conciencia permite que podamos
cooperar con otros que no conocen la revelación
ciristiana: “La fidelidad a esta conciencia une a los
cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y
resolver con acierto los numerosos problemas morales que
se presentan al individuo y a la sociedad.” Aunque hay
que reconocer también que el ser humano a menudo “se
despreocupa de buscar la verdad y el bien y la
conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el
hábito del pecado.” [#17]
El Ateismo
La Iglesia reconoce la seriedad del desafío del ateísmo
moderno:
La razón más alta de la dignidad humana consiste en la
vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo
nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios...
Muchos son, sin embargo, los que hoy día se desentienden
del todo de esta íntima y vital unión con Dios o la
niegan en forma explícita. Es este ateísmo uno de los
fenómenos más graves de nuestro tiempo. Y debe ser
examinado con toda atención.
La palabra “ateísmo” designa realidades muy diversas.
Unos niegan a Dios expresamente. Otros afirman que nada
puede decirse acerca de Dios... Hay quienes exaltan
tanto al hombre, que dejan sin contenido la fe en Dios,
ya que les interesa más, a lo que parece, la afirmación
del hombre que la negación de Dios. Hay quienes imaginan
un Dios por ellos rechazado, que nada tiene que ver con
el Dios del Evangelio. Otros ni siquiera se plantean la
cuestión de la existencia de Dios, porque, al parecer,
no sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el
motivo de preocuparse por la religión. Además, el
ateísmo nace a veces como violenta protesta contra la
existencia del mal en el mundo. [#19]
Los cristianos estamos llamados a tomar conciencia de
que tenemos parte de la responsabilidad sobre este
problema cuando damos un mal ejemplo de nuestra
religión: “con el descuido de la educación religiosa, o
con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso
con los defectos de su vida religiosa, moral y social.”
Podemos también contribuir a aliviar el problema:
Esto se logra principalmente con el testimonio de una fe
viva y adulta, educada para poder percibir con lucidez
las dificultades y poderlas vencer... Mucho contribuye,
finalmente, a esta afirmación de la presencia de Dios el
amor fraterno de los fieles, que con espíritu unánime
colaboran en la fe del Evangelio y se alzan como signo
de unidad. [#21]
La Comunidad Humana
El documento insiste en la naturaleza comunitaria del
ser Humano, y resalta la importancia de esto en el
contexto moderno de la de la globalización:
Dios, que cuida de todos con paterna solicitud, ha
querido que los hombres constituyan una sola familia y
se traten entre sí con espíritu de hermanos. Todos han
sido creados a imagen y semejanza de Dios, quien hizo de
uno todo el linaje humano y para poblar toda la faz de
la tierra (Hechos 17,26), y todos son llamados a un solo
e idéntico fin, esto es, Dios mismo.
Por lo cual, el amor de Dios y del prójimo es el primero
y el mayor mandamiento. La Sagrada Escritura nos enseña
que el amor de Dios no puede separarse del amor del
prójimo... Esta doctrina posee hoy extraordinaria
importancia a causa de dos hechos: la creciente
interdependencia mutua de los hombres y la unificación
asimismo creciente del mundo. [#24]
El Bien Común
La Iglesia Católica tiene una tradición muy completa de
enseñanzas sociales prácticas, comenzando con la
encíclica Rerum Novarum de León XIII (1891) y
continuando con otras encíclicas y documentos publicados
por muchos de los papas. El reiterar estas enseñanzas
en un documento de un Concilio Ecuménico les da más
fuerza y vigencia. Uno de los conceptos claves de estas
enseñanzas es el del bien común:
La interdependencia, cada vez más estrecha, y su
progresiva universalización hacen que el bien común
-esto es, el conjunto de condiciones de la vida social
que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus
miembros el logro más pleno y más fácil de la propia
perfección- se universalice cada vez más, e implique por
ello derechos y obligaciones que miran a todo el género
humano. Todo grupo social debe tener en cuenta las
necesidades y las legítimas aspiraciones de los demás
grupos; más aún, debe tener muy en cuenta el bien común
de toda la familia humana. [#26]
En nuestra época principalmente urge la obligación de
acercarnos a todos y de servirlos con eficacia cuando
llegue el caso, ya se trate de ese anciano abandonado de
todos, o de ese trabajador extranjero despreciado
injustamente, o de ese desterrado, o de ese hijo
ilegítimo que debe aguantar sin razón el pecado que él
no cometió, o de ese hambriento que recrimina nuestra
conciencia recordando la palabra del Señor: Cuantas
veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores,
a mí me lo hicisteis. (Mt 25,40).
No sólo esto. Todo cuanto atenta contra la vida
-homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto,
eutanasia y el mismo suicidio deliberado-; cuanto viola
la integridad de la persona humana, como, por ejemplo,
las mutilaciones, las torturas morales o físicas, los
conatos sistemáticos para dominar la mente ajena; cuanto
ofende a la dignidad humana, como son las condiciones
infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, las
deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata
de blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales
degradantes, que reducen al operario al rango de mero
instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la
responsabilidad de la persona humana: todas estas
prácticas y otras parecidas son en sí mismas infamantes,
degradan la civilización humana, deshonran más a sus
autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias
al honor debido al Creador. [#27]
La Igualdad Esencial entre los Seres Humanos
El documento establece la igualdad fundamental de todos
los seres humanos:
Porque todos ellos, dotados de alma racional y creados a
imagen de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo
origen. Y porque, redimidos por Cristo, disfrutan de la
misma vocación y de idéntico destino.
Es evidente que no todos los hombres son iguales en lo
que toca a la capacidad física y a las cualidades
intelectuales y morales. Sin embargo, toda forma de
discriminación en los derechos fundamentales de la
persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo,
raza, color, condición social, lengua o religión, debe
ser vencida y eliminada por ser contraria al plan divino.
En verdad, es lamentable que los derechos fundamentales
de la persona no estén todavía protegidos en la forma
debida por todas partes. Es lo que sucede cuando se
niega a la mujer el derecho de escoger libremente esposo
y de abrazar el estado de vida que prefiera o se le
impide tener acceso a una educación y a una cultura
iguales a las que se conceden al hombre.
Más aún, aunque existen desigualdades justas entre los
hombres, sin embargo, la igual dignidad de la persona
exige que se llegue a una situación social más humana y
más justa. Resulta escandaloso el hecho de las excesivas
desigualdades económicas y sociales que se dan entre los
miembros y los pueblos de una misma familia humana. Son
contrarias a la justicia social, a la equidad, a la
dignidad de la persona humana y a la paz social e
internacional. [#29]
Hay que superar la ética individualista
La profunda y rápida transformación de la vida exige con
suma urgencia que no haya nadie que, por despreocupación
frente a la realidad o por pura inercia, se conforme con
una ética meramente individualista. El deber de justicia
y caridad se cumple cada vez más contribuyendo cada uno
al bien común según la propia capacidad y la necesidad
ajena, promoviendo y ayudando a las instituciones, así
públicas como privadas, que sirven para mejorar las
condiciones de vida del hombre.
Hay quienes profesan amplias y generosas opiniones, pero
en realidad viven siempre como si nunca tuvieran cuidado
alguno de las necesidades sociales. No sólo esto; en
varios países son muchos los que menosprecian las leyes
y las normas sociales. No pocos, con diversos
subterfugios y fraudes, no tienen reparo en soslayar los
impuestos justos u otros deberes para con la sociedad.
[#30]
Para que cada uno pueda cultivar con mayor cuidado el
sentido de su responsabilidad tanto respecto a sí mismo
como de los varios grupos sociales de los que es
miembro, hay que procurar con suma diligencia una más
amplia cultura espiritual, valiéndose para ello de los
extraordinarios medios de que el género humano dispone
hoy día. Particularmente la educación de los jóvenes,
sea el que sea el origen social de éstos, debe
orientarse de tal modo, que forme hombres y mujeres que
no sólo sean personas cultas, sino también de generoso
corazón, de acuerdo con las exigencias perentorias de
nuestra época.
Es necesario por ello estimular en todos la voluntad de
participar en los esfuerzos comunes. Merece alabanza la
conducta de aquellas naciones en las que la mayor parte
de los ciudadanos participa con verdadera libertad en la
vida pública. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, la
situación real de cada país y el necesario vigor de la
autoridad pública. Para que todos los ciudadanos se
sientan impulsados a participar en la vida de los
diferentes grupos que integran el cuerpo social, es
necesario que encuentren en dichos grupos valores que
los atraigan y los dispongan a ponerse al servicio de
los demás. Se puede pensar con toda razón que el
porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan
dar a las generaciones venideras razones para vivir y
razones para esperar.
[#31]
Fuentes:
·
Enlace al Documento Gaudium et Spes
·
Enlace al Documento Rerum Novarum
·
Walter M. Abbott, S.J., The Documents of Vatican II
(New York: America Press, 1966).
Julio, 2009 |