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La flotilla de la libertad de Cuba
Dora Amador
Rumbo a la Patria
Esta noche, como tantas otras con fecha 7 de septiembre,
esperaré despierta las 12. A esa hora encenderé el fuego
y oraré. De rodillas ante la llama voy a pedirle a la
Virgen la libertad de Cuba, que salve a los cubanos, que
haga realidad mi anhelo mayor: el regreso. Lo haré de
nuevo.
Que la Virgen de la Caridad, cuyo día celebramos mañana,
haya surgido sobre las aguas para salvar a tres cubanos
que zozobraban hace casi 400 años, fue el doloroso
presagio de nuestro destino, un incesante naufragio. Ese
designio incomprensible se repitió el sábado 2 de
septiembre, día en que zarpó la flotilla del Movimiento
Democracia rumbo al límite de las 12 millas de Cuba.
Cuando comenzaron a llegar las noticias a través de la
radio y después las imágenes del desastre del Sundown II;
cuando vi aquellos cuerpos flotando en el mar naufragó
mi espíritu. Cuando supe la muerte de Lázaro Gutiérrez,
un hombre a quien no conocía, sentí tan cerca su fervor,
el mío, y me golpeó comprender súbitamente que este
hombre encarnaba a todo un pueblo, patético e impotente.
A Lázaro lo quemaba una llama que lo llevó a la muerte.
Cuando después vi la congoja reflejada en el rostro de
Ramón Saúl Sánchez, líder del Movimiento Democracia, y
escuché su decisión de abortar la flotilla, mi angustia
creció, pero comprendí: en la lucha pacífica de protesta
y desobediencia civil se contemplan esas desgracias: hay
accidentes, hay muertes, pero jamás ocasionadas por un
acto de violencia de parte de quienes ejercen esta
táctica. Cierto que fue irresponsable abordar ese barco
y permitir su salida, pero no nos detengamos ahora sólo
en inculparnos, lamentarnos o avergonzarnos del
"ridículo", porque no lo fue. Fue una tragedia, una
desgracia. Otra más.
El triunfo de la moral
El fundamento de la resistencia pasiva de Mahatma Gandhi,
o del Movimiento de Derechos Civiles de Martin Luther
King, por ejemplo, radica en reparar la injusticia
basándose en el sufrimiento para resistir al adversario
sin rencor y en la lucha sin violencia. Y la llama
prende precisamente porque es un movimiento espontáneo y
masivo en el que sus seguidores no comparten la misma
visión política, o militan, si es que militan, en un
mismo partido. Los une un ideal, una injusticia
padecida, y deciden ser libres ejerciendo su derecho a
serio. Y triunfa la ética, la moral, los principios que
los mueve. En las protestas y las largas marchas de
ambos líderes hubo percances, también hubo intrigas y
zancadillas por parte de compañeros que en realidad eran
adversarios solapados en busca de la luz de otros para
su propia agenda. Pero los que portan la luz del amor a
la justicia, a la libertad, a la paz y la fraternidad no
se dejan robar la antorcha, porque se apagaría, la
mantienen en alto sin detenerse, y sin detenerse tampoco
se dejan cegar por la luz súbita y poderosa que esa
antorcha despide, porque en fuego fatuo se transmutaría.
La llama, el fuego
Miro la llama débil, pequeña, vacilante, vulnerable, y
pienso en las inmensas posibilidades que guarda si sólo
logra extenderse y hacer arder lo que tiene a su
alrededor. El fuego, ese gran destructor, es también,
como su enemigo, el agua, un elemento purificador. Se
mueve vehementemente, y a medida que devora se, vuelve
más y más voraz. Vive en el cielo, nos llega con el
rayo, y vive en las entrañas de la tierra, en el volcán.
El fuego alumbra y quema, transmuta, eleva. Perdidos en
esta noche oscura, 'los cubanos necesitamos una llama
que nos alumbre, que nos abrace, que nos conduzca rumbo
a la patria. Esa llama la tiene en estos momentos el
Movimiento Democracia.
Y afortunadamente, una de las opciones que el movimiento
está considerando, como me afirmó Ramón Saúl, es entrar
en Cuba y realizar sus actos de protesta allí. Creo que
seria uno de los mayores logros del exilio: comenzar a
pensar en el regreso como vía válida y eficaz de acabar
con la dictadura. Uno de nuestros derechos humanos que
está siendo violado es la libre entrada y salida del
país: es hora de reclamarlo. Como es hora de que los de
allá reclamen el derecho a entrar en todos los hoteles,
tiendas y restaurantes y exigir servicios y mercancías
que sean pagables en pesos cubanos, la moneda nacional,
no en dólares. Debemos iniciar las marchas de protesta
pacífica en todas las ciudades; las iglesias deben
iniciar procesiones con velas por las noches; y sin
tregua exigirles a los gobernantes su renuncia y la
celebración de elecciones libres vigiladas por Naciones
Unidas. Hay que dirigirse a Varadero, al Hotel Nacional,
a la Plaza de la Revolución, al Malecón y lanzar el
grito de libertad.
El 2 de septiembre, día en que zarpó la flotilla, me
desperté muy temprano, antes del amanecer, y encendí dos
cirios: uno en honor a Félix Varela, José Martí, Antonio
Maceo, José Antonio Echeverría, Antonio Guiteras, el
otro a la Caridad. Y a esa hora oré por que la llama de
la desobediencia civil y la resistencia pasiva que había
prendido en el exilio, prendiera en Cuba.
Esta noche cumpliré yo también el designio, y frente a
la Caridad del Cobre, símbolo de libertad nuestra,
arderán de nuevo mis cirios. Yo sé que la lumbre no
arderá en vano.
Septiembre 7, 1995 |