“No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. [3] Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. [4] Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, [5] y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.  Isaías 53. 2-5
 

 


 

 

 

La flotilla de la libertad de Cuba

Dora Amador

Rumbo a la Patria

Esta noche, como tantas otras con fecha 7 de septiembre, esperaré despierta las 12. A esa hora encenderé el fuego y oraré. De rodillas ante la llama voy a pedirle a la Virgen la libertad de Cuba, que salve a los cubanos, que haga realidad mi anhelo mayor: el regreso. Lo haré de nuevo.

Que la Virgen de la Caridad, cuyo día celebramos mañana, haya surgido sobre las aguas para salvar a tres cubanos que zozobraban hace casi 400 años, fue el doloroso presagio de nuestro destino, un incesante naufragio. Ese designio incomprensible se repitió el sábado 2 de septiembre, día en que zarpó la flotilla del Movimiento Democracia rumbo al límite de las 12 millas de Cuba. Cuando comenzaron a llegar las noticias a través de la radio y después las imágenes del desastre del Sundown II; cuando vi aquellos cuerpos flotando en el mar naufragó mi espíritu. Cuando supe la muerte de Lázaro Gutiérrez, un hombre a quien no conocía, sentí tan cerca su fervor, el mío, y me golpeó comprender súbitamente que este hombre encarnaba a todo un pueblo, patético e impotente. A Lázaro lo quemaba una llama que lo llevó a la muerte. Cuando después vi la congoja reflejada en el rostro de Ramón Saúl Sánchez, líder del Movimiento Democracia, y escuché su decisión de abortar la flotilla, mi angustia creció, pero comprendí: en la lucha pacífica de protesta y desobediencia civil se contemplan esas desgracias: hay accidentes, hay muertes, pero jamás ocasionadas por un acto de violencia de parte de quienes ejercen esta táctica. Cierto que fue irresponsable abordar ese barco y permitir su salida, pero no nos detengamos ahora sólo en inculparnos, lamentarnos o avergonzarnos del "ridículo", porque no lo fue. Fue una tragedia, una desgracia. Otra más.

El triunfo de la moral

El fundamento de la resistencia pasiva de Mahatma Gandhi, o del Movimiento de Derechos Civiles de Martin Luther King, por ejemplo, radica en reparar la injusticia basándose en el sufrimiento para resistir al adversario sin rencor y en la lucha sin violencia. Y la llama prende precisamente porque es un movimiento espontáneo y masivo en el que sus seguidores no comparten la misma visión política, o militan, si es que militan, en un mismo partido. Los une un ideal, una injusticia padecida, y deciden ser libres ejerciendo su derecho a serio. Y triunfa la ética, la moral, los principios que los mueve. En las protestas y las largas marchas de ambos líderes hubo percances, también hubo intrigas y zancadillas por parte de compañeros que en realidad eran adversarios solapados en busca de la luz de otros para su propia agenda. Pero los que portan la luz del amor a la justicia, a la libertad, a la paz y la fraternidad no se dejan robar la antorcha, porque se apagaría, la mantienen en alto sin detenerse, y sin detenerse tampoco se dejan cegar por la luz súbita y poderosa que esa antorcha despide, porque en fuego fatuo se transmutaría.

La llama, el fuego

Miro la llama débil, pequeña, vacilante, vulnerable, y pienso en las inmensas posibilidades que guarda si sólo logra extenderse y hacer arder lo que tiene a su alrededor. El fuego, ese gran destructor, es también, como su enemigo, el agua, un elemento purificador. Se mueve vehementemente, y a medida que devora se, vuelve más y más voraz. Vive en el cielo, nos llega con el rayo, y vive en las entrañas de la tierra, en el volcán. El fuego alumbra y quema, transmuta, eleva. Perdidos en esta noche oscura, 'los cubanos necesitamos una llama que nos alumbre, que nos abrace, que nos conduzca rumbo a la patria. Esa llama la tiene en estos momentos el Movimiento Democracia.

Y afortunadamente, una de las opciones que el movimiento está considerando, como me afirmó Ramón Saúl, es entrar en Cuba y realizar sus actos de protesta allí. Creo que seria uno de los mayores logros del exilio: comenzar a pensar en el regreso como vía válida y eficaz de acabar con la dictadura. Uno de nuestros derechos humanos que está siendo violado es la libre entrada y salida del país: es hora de reclamarlo. Como es hora de que los de allá reclamen el derecho a entrar en todos los hoteles, tiendas y restaurantes y exigir servicios y mercancías que sean pagables en pesos cubanos, la moneda nacional, no en dólares. Debemos iniciar las marchas de protesta pacífica en todas las ciudades; las iglesias deben iniciar procesiones con velas por las noches; y sin tregua exigirles a los gobernantes su renuncia y la celebración de elecciones libres vigiladas por Naciones Unidas. Hay que dirigirse a Varadero, al Hotel Nacional, a la Plaza de la Revolución, al Malecón y lanzar el grito de libertad.

El 2 de septiembre, día en que zarpó la flotilla, me desperté muy temprano, antes del amanecer, y encendí dos cirios: uno en honor a Félix Varela, José Martí, Antonio Maceo, José Antonio Echeverría, Antonio Guiteras, el otro a la Caridad. Y a esa hora oré por que la llama de la desobediencia civil y la resistencia pasiva que había prendido en el exilio, prendiera en Cuba.

Esta noche cumpliré yo también el designio, y frente a la Caridad del Cobre, símbolo de libertad nuestra, arderán de nuevo mis cirios. Yo sé que la lumbre no arderá en vano.

Septiembre 7, 1995

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