El
dolor por los pecados de los sacerdotes
debe purificar la Iglesia
“Discurso que pronunció Juan Pablo II a los cardenales y
obispos de Estados Unidos y de la Curia romana reunidos
en el Vaticano el 23 y 24 de abril
Queridos hermanos:
1. Permítanme asegurarles ante todo mi gran aprecio por
el esfuerzo que están realizando para mantenernos
informados a la Santa Sede y a mí personalmente sobre la
compleja y difícil situación que ha surgido en su país
en los meses recientes. Confío en que estas discusiones
suyas den mucho fruto para el bien de los católicos de
Estados Unidos. Han venido a la casa del sucesor de
Pedro, cuya tarea consiste en confirmar a sus hermanos
obispos en la fe y en el amor, y en unirles en torno a
Cristo al servicio del Pueblo de Dios. La puerta de esta
casa está siempre abierta para ustedes. En particular,
cuando sus comunidades se encuentran en el dolor.
Al igual que ustedes, yo también he quedado
profundamente apenado por el hecho de que sacerdotes y
religiosos, cuya vocación es la de ayudar a la gente a
vivir la santidad según Dios, han provocado ellos mismos
estos sufrimientos y escándalos a menores. A causa del
grave daño provocado por algunos sacerdotes y
religiosos, la Iglesia misma es vista con desconfianza,
y muchos se han ofendido por la manera en que han
percibido la acción los líderes de la Iglesia en esta
materia. El tipo de abuso que ha causado esta crisis es
en todos los sentidos equivocado y justamente
considerado como un crimen por la sociedad; es también
un espantoso pecado a los ojos de Dios. A las víctimas y
a sus familias, dondequiera que estén, les expreso mi
profundo sentimiento de solidaridad y preocupación.
2. Es verdad que una generalizada falta de conocimiento
de la naturaleza del problema y el consejo de expertos
clínicos llevó en ocasiones a los obispos a tomar
decisiones que, según los acontecimientos sucesivos, se
han demostrado erróneas. Ustedes están trabajando ahora
para establecer criterios más fidedignos para asegurar
que este tipo de errores no se repitan. Al mismo tiempo,
incluso reconociendo el carácter indispensable de estos
criterios, no podemos olvidar el poder de la conversión
cristiana, esta decisión radical de abandonar el pecado
y de regresar a Dios, que alcanza las profundidades del
alma de una persona y que puede producir un cambio
extraordinario.
Tampoco deberíamos olvidar el inmenso bien espiritual,
humano y social que la gran mayoría de los sacerdotes y
religiosos en Estados Unidos han hecho y siguen
haciendo. La Iglesia Católica en su país siempre ha
promovido los valores cristianos con gran vigor y
generosidad, de manera que ha ayudado a consolidar todo
lo que hay de noble en el pueblo estadounidense.
Un gran obra de arte ha sido manchada, pero conserva su
belleza; es una verdad que toda crítica intelectualmente
honesta reconocerá. A las comunidades católicas en
Estados Unidos, a sus pastores y miembros, a religiosos
y religiosas, a los profesores de las universidades y
escuelas católicas, a los misioneros estadounidenses en
todas las partes del mundo, se dirige el profundo
agradecimiento de toda la Iglesia católica y la gratitud
personal del obispo de Roma.
3. El abuso de menores es un grave síntoma de una crisis
que está afectando no sólo a la Iglesia, sino a la
sociedad en su conjunto. Es una profunda crisis de
moralidad sexual, incluso de las relaciones humanas, y
sus primeras víctimas son la familia y los jóvenes. Al
afrontar el problema del abuso con claridad y
determinación, la Iglesia debe ayudar a la sociedad a
comprender y afrontar esta crisis en su corazón.
Debe quedar totalmente claro a los fieles católicos, y a
toda la comunidad, que los obispos y los superiores
están preocupados, ante todo, por el bien espiritual de
las almas. La gente necesita saber que no hay lugar en
el sacerdocio y en la vida religiosa para quienes dañan
a los menores. Tienen que saber que los obispos y los
sacerdotes están totalmente comprometidos en la plenitud
de la verdad católica sobre asuntos de moral sexual, una
verdad tan esencial a la renovación del sacerdocio y del
episcopado, como a la renovación de la vida matrimonial
y familiar.
4. Tenemos que confiar que este tiempo de prueba traerá
una purificación de toda la comunidad católica, una
purificación necesitada urgentemente si la Iglesia
quiere predicar de manera más efectiva el Evangelio de
Jesucristo en toda su fuerza liberadora. Ahora ustedes
tienen que asegurar que allí donde abunda el pecado, la
gracia sobreabunda (Romanos 5:20). Tanto sufrimiento,
tanta tristeza debe llevar a un sacerdocio más santo, a
un episcopado más santo, a una Iglesia más santa.
Sólo Dios es la fuente de la santidad, y tenemos que
dirigirnos sobre todo a El para pedir perdón, curación y
la gracia de afrontar este desafío con un aliento sin
compromisos y con armonía de intentos. Al igual que el
Buen Pastor del Evangelio del domingo pasado, los
pastores deben ser entre sus fieles y su gente hombres
que inspiran profunda confianza y que les llevan hacia
aguas donde pueden descansar (Salmo 22:2).
Pido al Señor que les dé a los obispos de Estados Unidos
la fuerza para construir la respuesta a la crisis actual
sobre sólidos cimientos de fe y sobre una genuina
caridad pastoral hacia las víctimas, al igual que a los
sacerdotes y a toda la comunidad católica en su país. Y
pido a los católicos que estén cerca de sus sacerdotes y
obispos, y que les apoyen con sus oraciones en estos
momentos difíciles.
¡Que la paz de Cristo resucitado esté con ustedes!
Vaticano, 23 de abril de 2002” |